25 août 2019

Entrevista con Karina Sáinz Borgo

Se ha publicado en Voz Pópuli

Errata: Donde se dice 190 millones de euros ha de decirse 290. Claro que con esa familia y el Proceso en general estos detalles no tienen la menor importancia.

19 août 2019

Dichoso aquel...

ATRIO es un sitio especial, mucho más que un hotel o un restaurante con dos estrellas Michelin. Julián Rodríguez era también un tipo especial,  finísimo en todo aquello que hacía. Atrio, en la vieja ciudad de Cáceres, acaba de cumplir veinticinco años y el escritor y editor Julián Rodríguez acaba de morir con cincuenta.  Horas antes de su inesperada muerte contó en facebook lo que había hecho ese día, nada especial y todo ello, a la luz del desenlace, extraordinario y luminoso: un paseo por la sierra segoviana, el encuentro  con un vendedor ambulante de melones, un libro generoso, una música escogida, una cena tan frugal como exquisita junto a su perra y una copa de buen vino, mientras esperaba a su mujer. Era un hombre benéfico y discreto, y dejó la escena con sigilo.

Tanto, que ni siquiera llegó a ver publicado su último libro, este monumental Atrio que celebra precisamente esos veinticinco años de trabajo. Se lo encargaron sus dueños José Polo y Toño Pérez, protagonistas de una de las historias más fascinantes relacionadas con el dificilísimo arte de comer y beber sin perder las formas. Al fin y al cabo defienden que lo mejor de una buena comida y un gran vino es la conversación. Y esto precisamente fue lo que Julián Rodríguez ideó para ese libro: conversaciones. Convocó en Atrio a tres personas relacionadas con ese proyecto. Cada una de ellas es especial en lo suyo, sobresaliente, único.Y aunque los convocó, claro, por separado, se ve bien lo que todos ellos tienen en común: hablan en voz baja, no presumen, no son vanidosos, no van de nada: Rafael Moneo (en cuyo estudio trabajaron Tuñón y Mansilla, autores de la asombrosa y refinadísima arquitectura de Atrio), Ferrán Adriá (en cuyos fogones se formó Toño) y Telmo Rodríguez (a cuyos saberes vinateros no es ajena la mítica bodega que ha reunido Jose). 

Nada más. Palabras y unas fotografías. Y nada menos. Unas y otras dan cuenta de aquello a lo que tiene derecho cualquier ser humano: gozar los dones materiales y espirituales de esta vida sin causar pesadumbre, dolor ni injustica a nadie. Noblemente. Algo que no tiene que ver, por cierto, con el lujo o el dinero. Así lo prueban los orígenes de ese Atrio y el final, tan horaciano, tan «beatus ille...», de nuestro amigo, nuestro «dichoso aquel...».

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de agosto de 2019]

12 août 2019

Escaparates

EL centro histórico de una ciudad es como un escaparate, donde guarda y muestra al mismo tiempo lo mejor de sí. La gente busca esos centros y los recorre con un detenimiento y atención que no pone en otras partes, lo cual los ha vuelto, principalmente en la Era del Turismo, muy codiciados como fuente de ingresos. Cuando las autoridades municipales madrileñas invirtieron un dinero considerable en buscar los huesos de Cervantes, no les movía únicamente un propósito piadoso o cultural, sino convertir el Barrio de las Letras en algo parecido a Stratford-upon-Avon, rentable santuario chespiriano.

Las razones para restringir el tráfico en la zona conocida como Madrid Centro son de índole diversa: ambientales, culturales y económicas: mejor calidad del aire y disminución de atascos y ruido, invitación a una más humanizada socialización de la ciudad mediante paseos e incremento de los negocios relacionados con estas mejoras indudables. Uno de los más ardientes defensores (valga la hipérbole) de Madrid Centro ha sido uno: confiaba en ahorrarme los tres mil euros anuales de garaje. En los seis meses que lleva funcionando Madrid Centro, sin embargo, siguen sin verse sitios libres para aparcar en la calle, al contrario, todo sigue igual o peor al respecto. 

En Venecia, ciudad-escaparate por antonomasia, no hay coches, como es sabido, pero tiene otros problemas, el mayor de los cuales acaso no sean ni las lanchas motoras y sus erosivos oleajes ni los grandes cruceros, sino esa gentrificación que la está vaciando de vecinos. Eran estos la sangre que la mantenía viva, pero cada día se parece más a un hermoso animal disecado, alambres y serrín con preciosos ojos de cristal (de Murano, naturalmente).  Como tantos, sueña uno con un Madrid sin coches; también sin el nuestro. Pero en ese sueño hay pasajes de verdadera pesadilla (basada en hechos reales), cuando ve uno desaparecer a una velocidad de vértigo vampirizado por el turismo todo aquello que había convertido nuestro barrio en un centro en verdad histórico, tiendas, talleres, tabernas... y sobre todo vecinos. Era, sí, un modesto y encantador escaparate de ciudad provinciana, pero los vecinos están teniendo que emigrar a barrios más baratos. De modo que los coches empiezan a no ser tampoco el mayor de nuestros problemas.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de agosto de 2019]

5 août 2019

Una derrota memorable

EN la práctica del deporte muchas derrotas causan una cierta tristeza, por fortuna pasajera, y otras son además dolorosas, pero sólo unas pocas son homéricas, es decir, aquellas que, como sucede en la Ilíada, engrandecen por igual al vencedor y al vencido. Nadie puede asegurar que Aquiles o Héctor fuesen unos perdedores, por más que el destino les tuviese reservada la muerte en el campo de batalla. En la final de Wimbledon de este año, en verdad épica, como lo fue la de hace once años entre Nadal y Federer, ganó, como es sabido, Djokovic, pero no podemos decir que perdiese Federer.

Nadie hubiera podido expresarlo mejor que Toni Nadal, uno de esos raros sabios que adivinan donde otros hemos de deducir: “Francamente, antes de empezar el partido de esta increíble final de Wimbledon no me apetecía ver ganar a ninguno de los dos contrincantes. Creo que las razones son obvias. A medida que fue avanzando el encuentro, sin embargo, sobre todo en los últimos juegos del quinto set, no me apetecía ver perder a ninguno de los dos”. 

En su crónica, Toni Nadal, que es un cronista generoso, dejó de mencionar la actitud del público de la pista central de Wimbledon, tan manifiestamente favorable a Federer como hostil a su adversario. Los aplausos para uno y los abucheos hacia el otro tenían a menudo un punto de arbitrariedad irritante. El caso es que cuando, contra todo pronóstico (llegó Federer a disponer de dos matchball con su servicio) y contra el mayoritario deseo de la grada ganó Djokovic, este lo celebró de una manera extraña. Se plantó en medio de la pista, miró desafiante a la grada con una sonrisa irónica, se puso en cuclillas y le vimos pellizcar el césped, arrancar unas briznas de hierba, llevárselas lentamente a la boca y empezar a masticarlas. Lo repitió dos veces. Suele hacerlo, pero esta vez sin dejar de mirar a la grada, atónita. Lo ha dicho uno alguna vez: Federer es la lírica, Nadal la épica y Djokovic el psicoanálisis. Es posible que este no tenga un estilo definido y propio de jugar, frente a Federer y Nadal que sí lo tienen, pero aun respetando aquel abismado gesto del jugador serbio (el público había dejado de serlo para pasar a ser sólo una turba maleducada), nos ayudó a todos a  comprender que este Wimbledon será recordado tanto o más  por quien lo perdió que por quien lo ganó.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de agosto de 2019]

29 juillet 2019

Refugiados del Borba

LA cosa que más gusta a un alcalde (y a una alcaldesa) es poner y quitar. Poner y quitar es la cristalización del mando, la zona erógena, como si dijéramos, de la ordenanza. No hay alcalde o alcaldesa que no haya ordenado un buen día a su cuadrilla de municipales como quien dispone de su propia casa: «Me van ustedes a quitar esta estatua de aquí, la calle que se llamaba desde el siglo XVI Costanilla del Duende pasará a llamarse de Hermógenes Becerra porque lo digo yo, y en esta plaza vamos a levantar, con cargo al erario público, por supuesto, un gran monumento a la peineta, copete de las esencias nacionales».

La póstuma contribución de la alcaldesa Carmena a la ciudad de Madrid ha sido un monumento a los refugiados, en el Paseo de Recoletos. El monumento en cuestión es un gran turrón de noble piedra, cortado a escuadra. En la parte superior están sentadas con las piernas colgando unas cuantas figuritas, como enanitos, eso sí, de bronce. De no leer la placa costaría adivinar a quién o qué le está dedicado, quiénes son esos liliputienses, y decir que son tremendos, es no decir nada. 

Ajeno a la vida municipal ignoraba uno que este monumento estuvo precedido de una gran polémica (parece de saldo, pero ha costado casi trescientos mil euros, de los cuales doscientos mil han ido al artista). En una placa bien visible se lee para sacarnos de duda: «MADRID A LOS REFUGIADOS», y en otra línea «DEL BORBA». Las letras son versales de palo seco estrechas, todas del mismo cuerpo. Sólo tras consultar en el móvil en qué región o país se encontraría Borba, advertí que la d y la b se confunden, y  no es «del»  sino «Bel», y Borba, el apellido del artista. Ha acabado resultando, pues, un monumento  tanto a los refugiados como a su autor, autopublicitado sin recato. Naturalmente ese trasto debiera irse por razones urbanísticas a un depósito municipal con la mayor parte de las estatuas y monumentos que los alcaldes han puesto en Madrid estos últimos cuarenta años, pero ¿quién se expondrá a que lo acusen de no estar a favor de los refugiados? La picardía de los artistas aliada a la demagogia y oportunismo de los políticos produce monstruos. ¿Y los pobres refugiados? A la desgracia de serlo han de sumar ahora la desdicha de tener que ser recordados de esta manera tan, tan... Ni un mísero adjetivo se me ocurre.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de julio de 2019]

22 juillet 2019

Julián Rodríguez. Atravesado de estrellas

NO recuerdo hace ya cuántos años Julián Rodríguez abrió un pequeño restaurante estacional, sólo para ese verano, ocho o diez mesas. En un solar con vestigios de haber sido escombrera, entre yerbajos secos y cerca de una casa cuartel de la Guardia Civil. Aquel día hacía un calor volcánico, opresivo, pero el «Todo por la patria» ayudaba bastante. Estaba, claro, al aire libre, por eso lo llamó «Atravesado de estrellas». Incluso diría que eligió aquel pueblo sólo por el nombre, pulsando el humor: Malpartida de Cáceres. No hemos conocido a nadie de humanidad tan envolvente y contagiosa. Cualquier asunto que emprendiera, y emprendió muchos, venía con su sonrisa y una jovialidad que jamás renunció al escepticismo. Nunca una queja, un destiempo, un temor excesivo, y ni siquiera cuando le diagnosticaron su rara y grave enfermedad hace un par de años dejó de tomárselo con calma.

Decimos «emprendió», y en realidad habría que corregir: «logró». Logró muchas cosas, y algunas de estas muy importantes en un universo, el de la cultura, tan lleno de prejuicios. La primera: el talento no tiene origen conocido, no tiene identidad, y aunque hayamos de dotarle de sentido, no tiene tampoco finalidad. Ahí está su biografía para probarlo: dos muchachos (en ese momento les conocimos), él y su hermano Javier, también poeta, ajenos al mundillo cultural (qué exacto este diminutivo), en una provincia del confín español, leyendo, escribiendo, editando como en pocas metrópolis del mundo. Con qué tino, con cuánto gusto y acierto. Y su proyecto, el de ambos, cada uno con su personalidad: traer del pasado familiar, del hurdano Ceclavín, de la provincia y las relaciones personales y mínimas la poesía escondida, y de cualquier historia, la modernidad. Porque Julián Rodríguez se propuso ser moderno… sin parecerlo. Esto último, por delicadeza y, claro, por discreción. En la periferia, no sólo en la ciudad levítica sino, sobre todo, en los márgenes de la literatura, del arte, de cualquier cosa, si alguien no es discreto, lo devoran las consabidas fieras. Julián entendió como pocos la manera de llevarse bien con todos sin renunciar a nada de lo que era. No sólo: haciéndose respetar, querer, admirar. De ahí que una vez más atinara poniendo a su editorial el nombre de Periférica. Sabía que en la modernidad el centro se desplaza allá donde va quien lleva consigo su novela, y que en la ciudad moderna las cosas importantes suelen llegar de los arrabales o barrios bajos tanto como del centro histórico. De ahí que se moviera como pez en el agua entre escritores, pintores, fotógrafos casi desconocidos de países a trasmano. Buscaba en ellos su incontaminación, el aire libre. Decía Julián: «De la novela me interesa la verosimilitud». Y sin embargo la suya, quiero decir, su vida, se nos presenta casi irreal y prodigiosa: cualquier cosa que hiciera, la hizo bien, aparentemente sin esfuerzo, pero con una determinación y voluntad de hierro: sus relatos (en ese estilo tan personal, percutido y seco), la elección de títulos para su catálogo (con Paca Flores, con Irene Antón) o de unos muebles (con su cuñada Anatxu Zabalbeascoa), de fotógrafos para su galería, sus trabajos tipográficos (memorable la carta de vinos de Atrio) y en su juventud aquel pequeño restaurante. Cocinaba en él personalmente en unos hornillos de campaña. Nos eligió los vinos y el menú: una de las cenas más maravillosas que recuerdo. De gran chef, pero no se dio importancia. Al contrario, le gustaba quitársela en todo. Le recuerdo en esta hora tristísima, allí, jovial como Rossini, con el que tenía cierto parecido físico y, desde luego, interior, tan luminoso. Así lo recuerdo ahora, sí, benéfico y tratando de hacer más habitable el cada día nuestro, y así querría recordarle siempre, atravesado todo él de estrellas, como la bóveda celeste de nuestra querida y maravillosa Extremadura, el arrabal de Europa.

     [Publicado en El País el 8 de julio de 2018]

Tarjeta de visita del restaurante Atravesado de estrellas.

15 juillet 2019

Una apropiación necesaria

EN el mundo sutil del arte sartorio Carolina Herrera es a nuestro tiempo lo que Mariano Fortuny fue al suyo.  No hay patronaje, telas, perifollos, por elegantes que nos resulten en el momento, que no parezcan a los venideros, pasados algunos años, extravagantes y exageradas modas, sosas o cursis. Pocos virtuosos de la aguja consiguen, no obstante, ser recordados con respeto. Fortuny fue de estos, desde luego. Y Coco Chanel. Y Balenciaga. E Yves Saint Laurent. Carolina Herrera forma parte de ese restringido grupo, los elegidos, aquellos que interpretaron los aires de su época y los elevaron a una categoría difícil de establecer: la distinción. Como en todos los órdenes de la vida hay dos clases de distinción, para mal y para bien. Esta última es acaso la que alcanza la rara síntesis entre buen gusto y naturalidad, conceptos igualmente movedizos e indefinibles. Independientemente de la mujer que llevara sus trajes, joven o anciana, hermosa o fea, alta o de corta estatura, gruesa o delgada, sus creaciones proporcionaban y proporcionan a quienes las lucen un porte en verdad distinguido. ¿Y qué es un porte distinguido? 

Contaba José Luis de Vilallonga en uno de los tomos de sus memorias la respuesta que dio su padre, marqués de no sé cuántos y persona que pasaba en la corte por un gran dandy, a Alfonso XIII el día en que este le alabó especialmente su tenue. «¡Qué elegante vienes hoy!». «¿Sí? No vendré tan elegante si el señor se ha dado cuenta». Esa es la principal distinción: que la distinción no se note... ni tampoco, claro, la falta de distinción.

Quienes se dedican a idear trajes y vestimentas viven en el mundo de las variaciones. La eterna novedad del mundo, decía Pessoa. La más célebre creación de Fortuny, que elogió Proust, se conoce con el nombre de Delfos, porque su creador se inspiró en ciertas túnicas de las estatuas jónicas. La venezolana Carolina Herrera se ha inspirado ahora en algunos tejidos populares mejicanos para su nueva colección. Y el gobierno de Méjico, un ente populista demagogo (gran redundancia), la ha acusado de robo y exige su devolución... ¡al pueblo! Tal vez alguien debiera explicarle que en cualquier asunto cultural las apropiaciones no sólo no son ilícitas, sino muy necesarias y obligadas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de julio de 201