DECÍA Savater que en esta vida tenemos que hacer muchas cosas que no nos gustan, sólo para parecer normales: ir a un almuerzo, participar en una jarana familiar, leer tal o cual libro con el que todos nos dan la tabarra, y todo ello para que no le acaben a uno encasillando en la facción del no. Por tanto, para parecer normales, hay que decir sí de vez en cuando con el fin de que se olviden un poco de nosotros, pues así como los del no solemos ser tajantes y a menudo ríspidos, los del sí suelen ser solícitos, perseverantes, entusiastas.
Esa y no otra fue la razón por la que uno dijo sí, después de años diciendo que no, a cierto festival literario. La palabra literario a uno, contra lo que puede parecer, no le suena del todo bien, incluso le suena mal, pero aún le suena peor la palabra festival. Juntas son peligrosísimas. El evento, otra gran palabra, se celebraba en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, a dos pasos de nuestra casa, ¿y quién piensa que puede suceder nada malo a dos pasos de su casa?
Le esperaba a uno una sala abarrotada de gente. Muchos, a falta de sillas, se quedaban de pie o se sentaban en el suelo. Se hizo al fin un silencio aceptable, y tras la presentación correspondiente, “Fulano no necesita presentación”, empezó uno su conferencia: sesenta minutos dan para mucho. Apenas llevaba dos, cuando tres o cuatro personas de las sentadas en las primeras filas se pusieron de pie decididas a irse y algunas otras que estaban de pie se lanzaron sobre los asientos que quedaban libres decididas a sentarse y a que no se les adelantara nadie. Interrumpí el hilo de mi soliloquio y abrí en él, como Hamlet en el suyo, una consideración melancólica: Siempre querrá uno conocer las razones por las cuales alguien que ha esperado media hora para oír algo, se levanta y se va a los dos minutos precisamente cuando se lo están diciendo. Entre el público se extendió un rumor, como cuando el maestro ha preguntado a la clase algo muy fácil. Los cuatro que se iban se cruzaron en la puerta con otros cuatro que entraban. El presentador, un joven muy amable, cortó mi monólogo. Lo hacíamos tan bien que parecía ensayado. Le informó a uno que la mecánica de los festivales era precisamente esa: entrar y salir. El público lo corroboró con cabezadas ostensibles. Al parecer el único que no estaba al corriente del libreto del vodevil era yo. Quise saber más. La cosa iba así: en aquel mismo momento estaban teniendo lugar en el Círculo otras diez o doce conferencias, lecturas de poemas, coloquios, sesión de tragasables, dibujantes de comics en directo... y el público iba probando de sala en sala, como Blancanieves las camas de los enanitos. Pero entonces esto es monstruoso, dije de nuevo en mi papel de Hamlet, no se enterarán de nada en ninguno de los sitios. Muchos, viéndome al pie del guindo, sonreían comprensivos, benevolentes, mientras el presentador vaticinaba que así iba a suceder durante toda la conferencia. Y sucedió, vaya que sucedió: el metro en hora punta es más tranquilo. Y uno, que dice sí a veces para parecer normal, se sintió un pobre trástulo por no haber sabido decir a tiempo no, contribuyendo de ese modo a que este mundo nuestro, “o tempora, o mores!”, sea el más anormal y descacharrado de los mundos posibles.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de diciembre de 2011]