Affichage des articles dont le libellé est Bazar. Afficher tous les articles
Affichage des articles dont le libellé est Bazar. Afficher tous les articles

30 septembre 2011

Una polilla

El dibujo de esta polilla, o lo que sea, es precioso, entre el art nouveau y el art déco (a eso hemos llegado: en vez de afirmar que algunas formas del art nouveau y del art déco nacieron de las polillas, de las libélulas, de los caballitos del diablo, de los escarabajos o de los saltamontes, por no hablar, en el caso del surrealismo, de las langostas y las cigalas, lo pensamos al revés).
Hay algo fascinante en el dibujo que llevan consigo los insectos. De niño me encandilaba la leyenda de Baden-Powell según la cual este había sacado de no sé qué país transilvano los planos de no sé qué fortificaciones enemigas camuflados en los dibujos de unas mariposas.
Estaba “la nuestra” en la pared del zaguán. Quieta, como una esfinge. A su alrededor había bichitos de muchas clases, con patas largas, cortas, con pelos, con corazas, negros, nazarenos, del ku-klux-klan, con alas, con antenas. Al lado de la polilla resultaban insignificantes. Por su majestad y esa capa pluvial, la polilla parecía una papisa, y los demás criados y servidores.
Pasé a su lado varias veces a lo largo de la tarde, ella allí, parada, estática, con aquel porte suyo tan distinguido. Los insectos se movían a su alrededor sin descanso, de lo que deduje que quizá se tratara de un sistema, como el solar. Si yo tuviese un amigo orífice se la llevaría y me haría una pequeña joya con ella, copiándola, para regalársela a una mujer. Pero es muy difícil encontrar artesanos que quieran copiar nada, hoy todos quieren ser originales y grandes artistas.
Después de verla tres o cuatro veces, supuse que aquel empaque era por algo, dejé lo que estaba haciendo con la misma diligencia que el resto de los insectos, y me dediqué a observarla, como un entomólogo. Al rato, y al no sacar ninguna conclusión de orden moral de lo que estaba viendo, puse todo en manos del iphone (quede aquí su nombre por gratitud), como tantas otras imágenes que hemos podido conservar. Hasta hace poco lo habitual era que se perdieran, y ahora es posible que se pierdan también como tantas gotas de lluvia. Sí, es verdad que esta y otras instantáneas, tomadas por la calle, en el Rastro, mirando cosas, no son más que gotas de lluvia, pero quién sabe si no acabarán formando un día un río, como esos que se dibujan en el cristal de la ventana los días de aguacero, el verdadero río del Tiempo.
Finalmente, cuando se hizo de noche, pudo más la curiosidad infantil y le acerqué el dedo con prudencia, por si era una polilla a la que alguien hubiese convertido en estatua de sal, pero no, salió volando, perezosamente, con un vuelo ligero y cadencioso, como esas barquitas de pescadores que se pasan la noche pescando en alta mar. Aunque tienen el ancla echada parece que van un poco a la deriva. Y así la vi un momento, como una bombillita que diera tumbos entre las sombras, llevándose a otra parte el laberinto dorado y negro de sus alas, y en él los fabulosos planos de ese castillo que llamamos infancia.
(Las Viñas, 28 de septiembre de 2011)

28 septembre 2011

Del otoño

HAY un momento, a veces un instante muy breve, como el ruido de la puerta que se abre a nuestras espaldas, en que percibimos que algo ha cambiado irremediablemente. Es un momento único. Y cuando sucede, sucede a su hora, puntual. Nos decimos entonces: ha llegado el otoño, es él quien ha abierto esa puerta. Y volvemos la cabeza aun sin querer, sin atrevernos aún a estar alegres.
Al principio no sabemos muy bien cómo recibir a un huésped tan distinguido que llega con la consideración y los elogios de los espíritus egregios.
Bien por la novedad y el cansancio del verano, bien por sí mismo, el caso es que esas maneras suyas silenciosas nos seducen de tal modo que sin darnos cuenta empezamos a copiarle al otoño el porte, como copiábamos de muchachos en secreto algunos ademanes y actitudes de tal o cual muchacha de la que estábamos enamorados no menos en secreto, con el solo propósito de llamar su atención y que leyese en nuestra mirada atenta y taciturna un “¡somos almas hermanas! ¿Cómo no te has dado cuenta todavía?”.
Así ahora nuestra alma secunda a las hojas de los árboles. Sepultadas por el canto estrepitoso de los pájaros, idos ya en su mayor parte a su emigración, se nos había olvidado que los árboles supieran hablar también. Lo hacen mediante silencios hechos de viento y de cadencias. Tanto más hondos y misteriosos son esos silencios cuanto más sostenidas y profusas son las cadencias, de modo que tal silencio no es ausencia de sonidos, sino lo contrario, suma de ellos. Cuanto más se mueven las hojas, cuanto más ruido hacen, mayor y más hondo parece el silencio que los rodea. Oyéndoselo a los alcornoques, a las retraídas encinas, a los olivos o al verde polvoriento de las zarzas, nos enardecemos también y tratamos de imitárselo, agitándonos como ellos. Y temblamos igual. Nos pasamos así el día oyendo a los árboles en el viento y al viento en los árboles, de modo que cuando llega el crepúsculo tiene uno que sujetarse para no lanzarse descalzo por las callejas, como las hojas muertas.
Ahora es de noche. Una noche sin luna, sin estrellas, Los árboles siguen hablando con la voz apagada, y el alma también imita ese silencio nuevo, sin luna y sin estrellas, por el que puede caminar, no obstante, como a la luz del día. Un sentir con ramas y con hojas y con los nidos vacíos del verano. Hoja él mismo atento a ese momento, único también, en el que habrá de ser separado del árbol al que ha estado unido tanto tiempo. También se oirá un leve ruido entonces, como de puerta, y alguien al oírlo girará la cabeza ilusionado. Que a su alrededor puedan oírse palabras graves y algún sollozo no restará levedad a ese momento.