22 de febrero de 2018

La historia del Huérfano

COMO las aventuras del capitán Alonso de Contreras, para las que Ortega y Gasset escribió un memorable prólogo, la historia de este Huérfano resulta fascinante. No todos los días se publica por primera vez una obra como esta, inédita desde que se escribió a comienzos del siglo XVII. Tiene uno la sensación de que se nos ha franqueado la puerta trasera de un mundo intonso.

Compró el manuscrito hace cien años el señor Huntington, el millonario norteamericano que se dejó su fortuna en la fundación de la Hispanic Society, y la muerte súbita o en extrañas circunstancias de algunos de los que intentaron editarlo lo envolvió en cierto malditismo. Por suerte para nosotros su editora, la peruana Belinda Palacios, no parece supersticiosa y nos ha entregado una obra llamada a ser un clásico de la literatura biográfica en la época virreinal.

Palacios le da mucha importancia a dilucidar el género al que pertenece: ¿una falsa novela?, ¿una falsa biografía?, ¿unas memorias camufladas? Ella también recurre a la solución del baciyelmo: “una biografía ficticia”. Estas cuestiones preocupan mucho a los académicos, pero quizás den un poco lo mismo. Por ejemplo: ¿no es el Quijote una biografía rigurosa de los dos últimos años de Alonso Quijano, escrita por Cervantes? ¿Cambia eso algo nuestra perspectiva al leerlo?

La historia del Huérfano es la de un muchacho granadino, escrita por un fraile de nombre Martín de León, que la dejó lista para su publicación bajo el seudónimo de Andrés de León. Parece que la vida del protagonista se asemeja bastante a la de su autor. Como a nosotros nos da igual que uno y otro sean o no la misma persona, juzguemos únicamente lo que leemos.

Todo empieza a los catorce años de la vida del Huérfano, que pasa entonces a las Indias, y allí tras breve vida de soldado, se hace fraile. Es testigo de algunos hechos relevantes como la derrota del corsario Francis Drake en Puerto Rico, y el saco de Cádiz (“era como un dedal”) por los ingleses, hasta dar su autor, ya viejo, en arzobispo y capitán general del reino de Sicilia, a las órdenes del Rey. Es, pues, un libro de la cruz y la espada, contado por uno de la cruz que, como don Quijote, considera más importante la espada, ya que sin esta no hay cruz que valga.

Los detalles exactos aquí son todos de buena ceca. El mundo de la carrera de Indias y de la flota está tan minuciosa y admirablenente descrito como en una novela de Conrad, y su mirada nos parece a menudo la de Adán dando por vez primera nombre a las cosas. Felices tiempos en que bastaba con contar los hechos. La parte de Perú, Nueva Granada y Panamá (mi preferida: navegación, encomiendas, trabajos de indios, asaltos, intrigas)  no tiene nada que envidiar a ninguna crónica de la región, de Pedro de Cieza a Agustín de Zárate, y sus prisiones le harán decir, como el Cautivo: “con la libertad todo sobra”.
Cierto que a veces su relación se diría más que la de alguien que ha perdido a sus padres, la de uno que no tenía tampoco abuela, prendado de sus propias prendas y “siendo único en cualquier agilidad y gallardía, en todo lo cual nunca en las Indias halló competidor, por ser tan general en todo”.  Cuanto emprende lo borda: vigüela, jineta, esgrima, poesía, correr la anilla o lancear un toro. No importa. Incluso los lindos sermoncicos que nos endosa de vez en cuando también se le pasan por alto. En otro tal vez cargarían un poco, pero hallamos tantos fulgores expresivos y la lengua (en realidad el idioma) sigue siendo todavía tan nueva y certera, que excusamos lo demás: “Se cayó la ciudad tan a destajo, con riguroso temblor”, dirá de un terremoto, “que en tres credos estaba asolada toda ella”. Puede incluso arrancarnos una sonrisa, como cuando lo vemos navegando Magdalena arriba camino de Santafé, “sin tener más deleite que mucho y buen pescado, especialmente unas que llaman doncellas, tan sabrosas que son dignas de tal nombre”. Hay que decir que en esa ocasión el fraile iba de incógnito.
El personaje, como tantos que nacieron sin fortuna en aquel tiempo, trata de mejorarse. ¿Cómo? Juntándose al poderoso, y sin acabar de saber cuánto tendrán sus actos de serviciales o serviles. Pero para haber llegado tan alto no se le ve una mala persona, “mediando paces y templando odios”. Poco importa que el Huérfano Martín/Andrés de León no diga toda la verdad de sí mismo. La dice de otras muchas cosas, más importantes (el penoso bordo de Portobello a Callao, con vientos contrarios, o los caminos de Italia, por ejemplo).
Leamos lo que nos da, que es mucho; eso juzgamos, en una lengua que la nuestra, sedienta y exhausta, le agradece como un trago largo de agua fresca.

    [Publicado en El País el 22 de febrero de 20


19 de febrero de 2018

Negocios pendientes

Se dice uno con aprensión y desconfianza: ¿Cómo será esto que escribí hace diez, veinte, treinta años?
Si el libro que hemos de releer es una novela o un largo ensayo, la congoja será mayor, porque el juicio no admitirá resquicio, y salvándolos o condenándolos, salvará o condenará a menudo años enteros de torturas, fatigas y trabajos. Nadie, salvo un autor, conoce tanta desolación como cuando, leyendo una obra antigua suya, no puede escamotear la verdad a su conciencia y ha de reconocer con entereza: «¡Dios santo, qué bodrio!» (Incluso, si es más piadoso consigo mismo: «¡Qué disparate!». En cualquiera de los dos casos quedará aniquilado durante un tiempo, hasta que la ilusión de una nueva obra, que desbarate esa triste pintura de sí mismo, haga renacer la ilusión de escribir algo que lo rehabilite a ojos de los lectores, pero, sobre todo, a su propia mirada).
Con los artículos nos queda, sin embargo, la esperanza de encontrar alguno que pudiéramos salvar de la quema.
De los que van en este libro repaso todos sus títulos, pero la mayoría no me dicen gran cosa ni me indican de qué tratan. Un título no es nada. Un título está al alcance de cualquiera, y recorren el mundo grandes obras que andan metidas en títulos insignificantes, y al revés, grandes títulos que no son más que vainas de guisantes vanas, dentro de las cuales no hay sino... eso, vanidad, por no hablar de esos otros libros vestidos con pomposos trajes Luis XIV o desplegados en cinemascope. Si pudiera dar a la prensa estos artículos sin volver a leerlos lo haría, pero sería absurdo posponer ese famoso juicio perentorio del que acabamos de hablar. Terrible sería encontrárnoslos ya impresos y circulando de nuevo por culpa de nuestra desidia.
Va uno, pues, leyéndolos ahora, y poco a poco empiezo a recordar las circunstancias y razones que me movieron a escribirlos cada domingo. Se escribieron como todos los de esta serie para el Magazine de La Vanguardia y aparecieron bajo el título que figura también aquí. Para mí ya son como mirar fotografías viejas guardadas en una caja de zapatos. Vemos esas fotografías y no se queda uno con ninguna en especial, y todas van pasando entre los dedos unos instantes, mientras reconocemos a los que aparecen allí y los lugares donde fueron hechas. Todas forman un mundo de proporciones provinciales y una tonalidad apagada, benigna, de modesto voltaje. Así miro yo ahora estos artículos. En algunos, sin embargo, no acaba uno de reconocer del todo a las personas, anécdotas, libros, citas y datos que se mencionan en ellos. Me digo: no sé quién es ese de quien hablo con tanta convicción, ¿yo leí ese libro, como parece confirmar la cita que he traído a la página?, ah, es verdad, yo estuve en esa fecha en tal o cual ciudad, pero ya no me acuerdo...
¿La impresión general de su lectura es buena, es mala? Uno no busca ya a estas alturas impresiones literarias de su vida. La literatura... quién sabe qué es eso. ¿Creemos que la idea que tenemos hoy de literatura será la misma que tengan dentro de ochenta años? ¿Tenemos nosotros la misma que tenían hace cien nuestros maestros?
Voy leyendo estos artículos de nuevo. Será la última vez que lo haga. Para mí son ya barcos que se han cruzado en mi vida y que no volveré a ver nunca más. Contemplo durante unos instantes su estampa, su hechura, cuento los mástiles de cada uno, advierto sus condiciones marineras, en unos el velamen desplegado, en otros la crinera negra que traza en el cielo su chimenea...
Y cuando ya los he perdido de vista, esto puedo decir de casi todos: llevaban en sí, aunque parecieran dictados por la realidad más circunstancial, una semilla. Una semilla poética. No sé si ha germinado o si germinará alguna vez, pero en ellos puse una semilla. De eso me acuerdo perfectamente, estoy seguro. Y como en aquel soneto célebre, en el que su autor confesaba haberse arrancado el corazón, que después enterró en un surco por ver si germinaba un día, también yo quiero enterrar estos artículos aquí, con la esperanza de verlos germinar, el verdadero negocio pendiente.


              [Prólogo de Negocios pendientes, La Veleta, 2017]


11 de febrero de 2018

El espectador comprometido (y 2)

NOS habíamos quedado en que  la gauche caviar y la izquierda revolucionaria se pusieron de acuerdo en atacar a Aron por querer este acabar con los privilegios de sus colegas, los profesores agregados universitarios, quienes montaron Mayo del 68 precisamente para conservarlos. 

¿Y qué fue Mayo del 68? “Una semana de algaradas estudiantiles. Y luego dos semanas de huelgas generales hasta que paralizaron la vida económica del país. Y después una semana de crisis política, en la que llegó a creerse que el régimen podría desmoronarse por las acometidas de Cohn-Bendit. Ese día, en esa última semana,   me hice gaullista. Al oír al general de Gaulle en la radio, el día 30 de mayo, supe que aquello se había acabado, y grité por una vez en mi vida: ¡Viva de Gaulle! Me parecía indigno que una panda de niñatos fuese a acabar con el gobierno, con el régimen y con la Francia política (...) Que estuvieran a punto de destruir la vieja Universidad, sin construir otra nueva, destruyendo de paso una economía que tanto había costado crear. Fue ridículo que las huelgas de la primera semana se trataran en Consejo de Ministros. La delicuescencia del Estado me impresionó (...) y aquel carnaval me irritaba: todos empezaron a tutearse”.

¿Cómo, de la noche la mañana, se llegó a aquella chirigota? Aron recuerda un artículo de Viansson-Ponté en Le Monde que se hizo famoso en esos días: “Francia se aburre”. O sea, por frivolidad. Estuvieron a punto de embarcar a Francia en una guerra civil por frivolidad. Le dieron, no obstante, apariencia de seriedad, y troquelaron la segunda gran parida: “La imaginación al poder”. Nada más peligroso que la imaginación. La imaginación es, como se sabe, el sueño de la razón, y Teresa de Jesús habló de ella como “de la loca de la casa”. La imaginación, como astuta ficción, ha llevado hoy a unos cuantos a Bruselas, a otros a la cárcel, a tres mil empresas fuera de Cataluña, y ha fracturado a toda una sociedad adulta, porque el sueño de la razón engendra monstruos. El centenario de la revolución de octubre de 1917 pasó inadvertido. No había nada que celebrar. Con el cincuentenario de Mayo del 68 debiera suceder igual, por aquello que brilla aún por encima de cualquier pintada parisina de entonces: “Los  experimentos con gaseosa”. Esto lo dijo un catalán, como es de sobra sabido.

      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de febrero de 2018]

4 de febrero de 2018

El espectador comprometido

NO es preciso ser adivino para saber que este año, a cuenta de mayo del 68 (hace cincuenta), se oirán, leerán y entonarán loas desconcertantes. ¿Se celebrará, se denostará, nos limitaremos a recordar de la que nos libramos en Europa de no haber fracasado el movimiento insurreccional que tuvo en jaque a Francia y al mundo durante tres semanas?

Yo estaba en mayo del 68 a punto de cumplir quince años interno en un colegio. No me enteré de nada. Hablo por tanto de oídas, de los lodos que trajeron aquellos barros, pues siguió hablándose de las revueltas estudiantiles muchos años después como de una ocasión perdida. ¿Perdida para quiénes? 

Lo será si en España se deja pasar y no se traduce y edita al fin El espectador comprometido, el título que Jean-Louis Missika y Dominique Wolton dieron al libro-entrevista de Raymond Aron. Fue Aron, profesor a la sazón en la Escuela de Altos Estudios, de los pocos intelectuales a los que los populistas del 68 no se la dieron con queso y con sus famosas pintadas de pacotilla, de diseño, salidas en serie del émbolo churrero de los surrealistas. La más famosa, “sed realistas, pedid lo imposible”, sonaba igual que las que sueltan los anarquistas en Aurora roja, la novela de Baroja, con esa amplitud y solemnidad que tienen las grandes frases de teatro. Desde el principio los mayistas sucumbieron a su propio narcisismo y se dedicaron a hacerse selfis con la Historia, en una mano la máquina de fotos (fue la revolución más publicitada) y en la otra ora los cócteles molotov, ora sus grandes frases.

Ante las revueltas Aron tomó la palabra en nombre de la mayoría silenciosa, la que finalmente acabó derrotando a los insurgentes. Hoy puede parecer que era una derrota cantada, pero entonces no lo fue tanto, porque la pedantería y la retórica siempre han tenido muchos partidarios, sobre todo entre los pedantes y los retóricos que son, como se sabe, los dueños del mundo a cuenta de los analfabetos y las almas bellas. Aron, detractor de los privilegios universitarios, fue, claro, considerado no sólo un contrarrevolucionario, sino un reaccionario. Pero lo que jamás le perdonaron fue que se riera de los mayistas, que jamás se los tomara en serio. Esto merece otro capítulo, porque en cierto modo hay bastantes concomitancias entre aquel 68 y nuestro 18.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de febrero de 2018]




30 de enero de 2018

Granada, la Bella

GRANADA es una ciudad bellísima. ¿Lo duda alguien? Fue también, en los años del desarrollismo del siglo pasado, una de las que los caciques destruyeron con jactancia metódica. Sucedió lo mismo en Murcia y Valladolid. No obstante, a diferencia de estas dos desdichadas urbes, que la acompañan en el podio del matonismo urbanístico, en Granada no les dio tiempo a concluir su magna obra y el Albaicín y el Realejo, aparte de la Alhambra, lograron salvarse, uno casi por entero y el otro a medias. Al fin y al cabo se trataba de dos barrios de calles empinadas y estrechas en las que los buldozers y excavadoras no trabajan todo lo cómodamente que requiere la voracidad especuladora. Además en aquel tiempo el Albaicín y el Realejo los ocupaban, aparte de cármenes, gitanos, pobres y jipis, o sea, gentes con las que es muy difícil ponerse de acuerdo a la hora de progresar. Gracias a los gitanos, los pobres y los jipis el Albaicín entero y el Realejo a medias, se salvaron, confirmándose el viejo principio según el cual la riqueza destruye y la pobreza preserva. Es sabido: los menos conservadores han sido siempre los ricos, nadie ha destruido tanto como ellos en tan poco tiempo y de una manera tan desenvuelta.

Fue en aquellos años lejanos cuando yo la visité por primera vez, cuando yo mismo era medio gitano, medio jipi y pobre del todo. He vuelto a Granada esta Nochebuena. Entre aquella primera vez y esta he estado allí docenas de veces, pero sólo esta  última hemos percibido, con creciente desasosiego, que Granada está a punto de desaparecer. Personalmente no querría volver a aquellos años, pero lo  que no daría uno por diez minutos en el mirador de San Nicolás solo, como entonces, sin horda alrededor haciéndose selfis, llenándolo todo de decibelios. Sí, Granada la Bella ha dejado de existir. Como Ganivet, que la llamó de ese modo, se está suicidando. Belleza y silencio son sinónimos. Ganivet se suicidó dos veces. Se arrojó una primera a las aguas heladas del Dvina, en Riga. Lograron rescatarlo. Cuando lo reanimaban, en un descuido de sus salvadores, volvió a lanzarse al río. En cualquier momento Granada, que estuvo a punto de desaparecer en los años sesenta del siglo pasado, como tantas otras ciudades, acabará suicidándose definitivamente, si no la defendemos  de  los bárbaros, de mí y de ti, mon frère...

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de enero de 2018]

28 de enero de 2018

De perros y gatos

SE publica hoy en El País Semanal, dentro de la sección Amos y mascotas una cosa que le hicieron a uno en relación con sus animales. Me niego a llamarlos mascotas, precisamente porque son de la familia. Han colgado también este vídeo. Aquí va, completa, la entrevista de la que Carolina Pinedo extractó algunas frases, acompañadas por las fotos de Nani Gutiérrez:

Tu edad y lugar de nacimiento:
Nací en una casa de labranza, en medio del campo, cerca de Manzaneda de Torío, en León, el 10 de junio de 1953.

-¿Cuántos animales tienes? Sus razas, nombres y edad. 
Dos mastinas: Rita (nueve años) y Quijana (uno y medio); y dos gatos y media (la población de gatos es flotante, dependiendo de las mastinas); los gatos, machos, dos años, Benito y Pantone o Rubio; la gata está acogida, aparece y desaparece; se la llama y no acude, la decimos la Gata Negra.

-¿Cómo llegaron a tu casa? Adopción, compra, regalo, casualidad… 
Las mastinas por un regalo; Quijana de uno de los mejores criadores de mastines de León. Los gatos acudieron a mi mujer y a mí un día en medio del campo, uno detrás de otro, seis, con dos o tres meses; los cuatro restantes acabaron sus días en combates desiguales con Rita.

-Rasgos y peculiaridades que destacarías de ellos. 
Rita: se fuma un puro (literalmente; desde pequeña tiene la costumbre de llevar un palo grueso en la boca; por ello la llamamos también Sarrita Montiel). A Quijana quizá habría que llevarla a un psicólogo, es buena y leal, pero reservada, y no hace nada sin mirar antes a su compañera, que no quiere compartir con ella el afecto de la familia.  O sea, que Rita  también necesita terapia.

-¿Qué aportan en tu vida o qué te enseñan? 
Nos dan compañía y guarda. Y enseñan a no quejarte mucho: en el fondo es una faena haber nacido perro, te pongas como te pongas.

-¿Alguna anécdota con ellos? 
Otra mastina que acaba de morírsenos, Tuna, era fuguista. La llamábamos Houdini. No se le resistía tranca, pestillo, cerrojo. Menos candados, lo abría todo. Tenía la fantasía de fugarse una o dos horas, campo a través. Las otras la imitaban. Siempre volvían. Estas, por suerte, no son tan listas. Sin la inductora, ya no se escapan. Son conformistas. 

-¿Qué crees que es lo más difícil de tener animales? 
En el campo es sencillo: hacen su vida, y a echarles de comer, desparasitarles a su tiempo y ponerles las vacunas no se le puede decir trabajo.

-Eres un hombre que conoce el entorno rural, ¿Consideras que los animales son más felices en el campo? ¿En la una ciudad convivirías con animales, como perros y gatos? 
El concepto “felicidad” me parece excesivo para un animal, pero sí, en el campo están acaso más a su aire, aunque en Madrid tuvimos unos meses una mastina, hasta que fue adulta, y siete años un gato. No obstante, todo es relativo. Que se lo pregunten a los gatos que periódicamente mata Rita. En un piso habrían sobrevivido. Quijana, sin Rita, quizá estuviese más a gusto. Cada uno de nosotros tiene lo suyo.

-¿Cómo definirías tu relación con los animales? 
De compañeros de fatigas: juntos pero no mezclados.

-¿Te han influido o inspirado de alguna manera los animales con los que has convivido en tu obra? 
Supongo. Cuando mueren, sobre todo algunos de ellos, pasas unos días malos, pensando en la muerte y en esas cosas que pensamos todos. Pensamientos negros que pones en el vacío que dejan ellos.

-¿Cómo compaginas tus viajes a Madrid con el cuidado de tus animales? 
Durante treinta años los asistió un hombre, Manuel. Los entendía bien. Él mismo los tenía a docenas. Ahora los asiste una mujer. Cuando estamos nosotros, me encargo yo de todo, o los de casa. A mi mujer le encanta regalarles con las sobras de las comidas caseras, para variarles el pienso. En el campo la gente entiende a los animales sin muchas tonterías. En el campo se tiene con ellos una sentimentalidad un poco áspera, quizá, pero de ley.

-¿Tu proyecto profesional actual? 
Parecido al de los perros: ir tirando.



26 de enero de 2018

Fantomas y su circo de grillos amaestrados

HABRÍA sido lo primero que se hubiera tratado en clase, de haber seguido abierta la Academia Preparatoria Juan de Mairena: la falacia de quien pretende imponer el criterio según el cual, con los medios actuales, cualquier cosa puede gobernarse desde cualquier lugar, al tiempo que exige que quienes vayan a ejecutar tal criterio acudan en persona a tratar de ello. Que el prófugo de la justicia Carles Puigdemont y el presidente del Parlamento catalán no hayan celebrado su reunión por videoconferencia, y el primero haya exigido la presencia del segundo en Bruselas, es la prueba de que ni Puigdemont ni nadie podría desde Bruselas gobernar nada, ni mucho menos una jaula de grillos separatistas, muchos de estos, psicópatas.
Se comprende, pues, que el Estado trate de impedir ahora que el prófugo salga de su holograma, entrando en España, ya que fue incapaz de impedir que saliera de ella.
Y en esto está la política española hoy, en una película de Fantomas, concretamente aquella de Fantomas lleva la batuta (Fantomas mène le bal).