24 de abril de 2014

María Zambrano y Max Aub (y 3)

Y leyendo en este tomo VI de las obras completas de María Zambrano, nos encontramos con esta  historia, para mí desconocida, que viene a confirmar la problemática relación que ha tenido uno con las obras de dos escritores del exilio muy celebrados en el postexilio, Ayala y Aub.
Se cuenta en la Cronología que precede a los escritos de Zambrano que en 1961 Ayala y Aub, que han estado viajando juntos por Italia, visitan a Zambrano, que acaba de leer la novela de Aub La calle de Valverde, "en que se involucra en formas muy inquietantes a su hermana Araceli y a su esposo Carlos Díez", policía con quien se casó esta en plena guerra civil. Y añade el responsable de la edición de las OCompletas de MZ (Jesús Moreno Sanz): "Sin especificar claramente la fecha de este encuentro, Ayala relata, en Recuerdos y olvidos, y en dos páginas prodigiosas de errores y tergiversaciones, esa, según él, desagradable comida con la «intemperante» María Zambrano. Y lo antecede todo con el dato: «No es un secreto que la novela de clave La calle Valverde está centrada en la casa que en esa calle madrileña habitaba ella con su familia». No es un secreto que La calle Valverde, en efecto, involucra a toda la familia Zambrano, padre, madre, y las dos hijas, como no lo es tampoco que esa familia no habitó nunca en dicha calle. Tampoco debió recalar bien Ayala en el tratamiento sumamente cruel que se le da en esa novela a Araceli. Este hubo de ser el motivo de la «intemperancia» de María Zambrano".
No sabe uno si volverá a encontrar tiempo de leer aquella novela de Aub, esta vez sabiendo  lo que acaba de contársenos, pero sí ha vuelto uno a confirmar el oportunismo ético estético de Max Aub y por qué Francisco Ayala le ha parecido siempre un burócrata que escribía como los secretarios de ayuntamiento: las personas humanas, Ayala, no "habitan en una casa", viven en ella.

MAub, La calle de Valverde. Universidad Veracruzana. Xalapa, México, 1961. Y faja con la que se puso a la venta.

23 de abril de 2014

María Zambrano y Junto al agua (2)

HACE casi 35 años, en 1980, recién publicado, envié Junto al agua a María Zambrano. Creo que nunca respondió a aquel primer envío; no podría asegurarlo. Tal vez sí. Respondió a otros posteriores. Habría que buscar sus cartas. No la vi más que en una ocasión, en aquella medio chambre à bonne que le habían encontrado en la calle Maura a su vuelta del exilio. Hace unos meses un amigo me hizo llegar la fotocopia de tres folios autógrafos de Zambrano hablando, en realidad divagando, de aquel libro. 
Aparecen ahora publicados en el VI tomo de sus obras completas (Galaxia Gutemberg), dedicado a sus escritos autobiográficos. Al ver con su letra el título de aquel libro, mi nombre y todo lo demás, siente uno... no es fácil decir lo que ha sentido. 
Son anotaciones balbucientes en letra vacilante, y sin embargo no dejan de conmoverle a uno. Me digo, aquella mujer, ya anciana, le presta atención a los versos de un joven. Ha leído el libro, parece, con atención; desde luego, con aplicación, pues ha copiado muchos versos de poemas del principio, del medio, del final ("Nocturno Atlántico", "Continentales", "Caída", "Los límites del valle", "Canon"); ha encontrado también algo que ha despertado en ella emociones vivas, entre recuerdos que creía perdidos, muertos acaso. Y siente uno sorpresa y gratitud por la atención y la aplicación de alguien que tenía con lo suyo propio tarea que atender, en cualquier caso alguien que había escrito algunos libros muy firmes y a quien no importaba dedicar unos minutos de su tiempo al libro de versos balbucientes, vacilantes de un joven que quiso enviárselos como reconocimiento a cuanto había recibido de ella por entonces, aquel pensar suyo tan natural, hondo, poético, misterioso.


Manuscrito de María Zambrano. AT., Junto al agua. Libros de la Ventura, Madrid, 1980 (Cubierta: Diego Lara)



AL FINAL DE LA TARDE

Al final de la tarde
las últimas estelas se detienen
en la pared de cal,
accidentes, cenizas.
En los ojos entonces los paisajes
suenan como lacados
y hasta parecen lágrimas,
tan suavemente llegan. 

Hablo de mí porque temo a la muerte
desnuda de las cosas
y que la muerte venga a esta azotea
a quedarse en la calma y el silencioso valle.
Como en su vaso el té moruno y verde
o el viejo libro que abierto está a su lado
han conseguido ser dueños de su quietud,
y en su quietud
igualarse a los astros que van en vastas órbitas,
como ese viejo libro y ese vaso de té,
recuerda este lugar y este momento.
Un día llegará en que te preguntes:
¿de ti, de mí, qué fue de todo aquello?,
y de los ojos
ya no vendrán palabras.

      (Poema con el que se abre Junto al agua)




22 de abril de 2014

María Zambrano y Ramón Gaya (1)

1,
13 de abril de 2014

Queridos Miriam y Andrés. Me gustaría publicar esta foto en el Facebook. ¿Estáis de acuerdo?
1992. Ramón Gaya con Andrés Trapiello ante la estela funeraria predilecta de María Zambrano. Como homenaje a su memoria. Foto de Miriam Moreno.
Dos besos de Cuca.

y 2
Buenos días, queridísima Cuca. Me parece una idea maravillosa. No me acordaba yo de esta foto y precisamente ahora que estoy consultando todas las menciones a Ramón en la Obra completa de María (el tomo VI), me he encontrado con la referencia del texto de Ramón sobre sus paseos con María a este lugar de la foto: "He pintado ese momento", publicado en el Abc literarioen 1989, me hace especial ilusión. 
Da la casualidad de que Andrés también sale citado en este tomo porque María registra que está leyendo su primer libro de poemas, Junto al agua, que A. le hizo llegar por medio de José Ángel Valente. Y es muy emocionante porque me he encontrado, además, con dos fragmentos preciosos sobre las viñetas de Gaya que hacen referencia al aire y las ventanas, el primero y el segundo al agua. Te los copio: "Como todos los dibujos de Gaya, que, desde un principio han acompañado Hora de España, aparecen en un aire puro y, si es de un interior, con una ventana abierta; circula el aire como en una tragedia, o más bien, misterio, entre cielo y tierra en que la intimidad no deja de serlo por aparecer a la luz. Y el secreto último de esos rostros, de esas cabezas heridas de muerte, de esos brazos que se abrazan a un fusil, de los árboles mismos que cobijan y señalan el lugar del hombre, de los caminos, no se publica ni se diluye. El secreto y la luz que lo descubre se conjugan. Es la libertad". p. 537 y 538.
"Y así, en "Misericordia", la segunda parte del libro de La España de Galdós, lo que iba a ser una nota hablando de Nina se transformó en un canto al agua, ya que lo esencial de las manos de Nina, como se ve en la edición de La Gaya Ciencia, es que están en el agua, tal como aparecen en unos dibujos de Ramón Gaya, en que de las manos de Nina chorrea el agua. Nina lavaba. También es verdad que el agua inunda; pero sólo inunda cuando se empantana". p. 722 (Se refiere a la cubierta de La España de Galdós publicada en La Gaya Ciencia, Barcelona, 1982). 
Ahora te dejo y vuelvo a mi tarea (que luego tengo a mi madre y tengo que cocinar). 
Muchas gracias por el regalo de la mañana.
Besos,
Miriam

Ramón Gaya y AT. Roma, Via Apia, 1992. Foto: MMoreno






21 de abril de 2014

Pobret, pobret

AL llegar estas fechas suele hablar uno aquí del ruiseñor. A veces, si el invierno ha sido largo e intratable, como este año, el encuentro con él se llena de efusiones inauditas. Nos decimos: ¡Cómo hemos podido vivir todo este tiempo sin oír su canto! Hace doce años una lectora envió a este Magazine una breve carta, cuya letra temblorosa, de otra época, insinuaba una edad avanzada. ¿Vivirá aún? Nada desearía más. “Hay una canción catalana”, decía en ella, “que cantaban en el campo de concentración (1937). Pobre l’usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret, et aquel usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret. No sé catalán y estará incorrecto, pero usiyet, o usinet, o siget era ruiseñor. He tenido un ruiseñor silvestre japonés. Cantaba en tono bajo. Precioso”. La carta era apenas esto, y nunca la respondí, ni siquiera para decirle que ocellet es pajarillo. Venía sin remite. Desde entonces ahí la tengo, esperando. Para ella era ruiseñor, y es lo que cuenta.

En otras ocasiones se habló aquí del modo tan extraño en que viene definido el ruiseñor en el diccionario de la Rae. Se dice allí todo de sus tarsos, pico y plumas, pero nada de lo único que le ha hecho inmortal: ese canto que hizo escribir a Shakespeare uno de los pasajes más hermosos de su Romeo y Julieta, y a Keats uno de los grandes poemas de siempre. Seguramente algún académico, a quien fastidiaba la misteriosa e inagotable armonía del ruiseñor, suprimió de la definición esa cualidad que figura en todos los diccionarios del mundo. Desde que se escribió aquel artículo, cada vez que se ha actualizado ese diccionario, yo he ido a él para ver si al ruiseñor de la Academia de la Lengua le han devuelto la suya, quiero decir, el habla, el canto que le distingue del resto de las aves, pero hasta ahora no ha habido suerte. Acaban de cerrar su 23ª edición, y anuncian su publicación para este otoño. Hace unos meses, y siendo uno tan partidario del ruiseñor y de su oficio y como quien pide indultar a un preso, le fui exponiendo el caso a un académico con quien coincidí, y me dijo lo que suelen decir los hombres importantes a los que tratamos malamente de ir de rama en rama: “Vuelva usted mañana”. Al saber que habrá un  nuevo diccionario, “ay, tragedia del alma” decía Unamuno de los libros, se pregunta uno, ¿volverá a oírse en este su melodioso canto? Y responde el eco del silencio: Pobret, pobret.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de abril de 2014]

16 de abril de 2014

Ramón se escribe con Ó de bombo (y 2)


CON el artículo de ayer se publicaba en EL País esta selección personal de greguerías de Ramón Gómez de la Serna. 
Con ellas se da descanso hasta el próximo lunes a los lectores de este blog, a quienes deseo unas buenas vacaciones de Semana Santa.
La foto que acompaña esta entrada fue hecha el Domingo de Ramos a media tarde, en la procesión de la borriquilla por Conde de Xiquena. Supongo que habría que escribir borriquiya, para que la imitación sevillana fuese completa. Al paso que vamos no va a quedar un rincón de España que no quiera tener sus propias procesiones, a imitación de las famosas. Esta era la primera vez que pasaba por nuestra calle, y acaso la primera vez que pasaba por ninguna parte. Como suele decirse: "Esto no lo habíamos visto nunca por aquí". Tuvo de bonito que duró cinco minutos, que no se había enterado nadie y por tanto la calle seguía vacía, que la vimos desde el balcón y que se hacía acompañar de la banda del ejército, que toca muy bien y van vestidos como soldaditos de plomo.
* * *
Poesía es creer que va a llamarnos por teléfono la que vimos ayer en el cine de barrio. (Esta fue la que puso el autor al frente de su Total de greguerías).

Lo malo del niño es cuando llora por llorar, que es algo así como el arte por el arte.

Las patatas cierran el puño debajo de la tierra.

La creación de la botella es de las pocas cosas que le han hecho gracia a Dios.

Si ha caído el rayo, el aviso del trueno sobra.

Al pelar la gallina y al ver su pellejo se ve que lleva bragas de punto.

El amor es algo así como bordar juntos.

Era uno de esos días en que el viento quiere hablar.

¡Oh, aquellos tiempos en que aún levantaban la cabeza los árboles para ver los aeroplanos!

Hay unos niños dormidos que parecen degollados.

Las básculas marcan las doce en punto.

El queso Roquefort tiene gangrena.

Venecia es el sitio en que navegan los violones.

La timidez es como un traje mal hecho.

Siempre parece que al pavo real le han pisado la cola los burros.

Esponjas: calaveras de las olas.

Lo más sabroso de las galletas son sus hoyuelos.

Tocaba el piano él sólo a cuatro manos. Con eso está dicho todo.

En la noche helada cicatrizan todos los charcos.

Los negros tienen voz de túnel.

Eva fue la esposa de Adán, y además, su suegra y su cuñada.

–Paranoico.
–¿Para qué?

En el pico del ruiseñor canta la espina de la rosa.

Los alfileres de perla presumen mucho y no son nada.

Se ve claramente la hipocresía humana cuando el que estaba furibundo o la que estaba furibunda tiene que atender al teléfono y se llena de amabilidad.

El bebé se saluda a sí mismo dando la mano a su pie.

Al oír a un político que “nadie puede dudar de su gestión” me parece oír que “nadie puede dudar de su digestión”.

Nuestra verdadera y única propiedad son los huesos.

El genio es toda la paciencia y toda la impaciencia reunidas.

La morcilla es una transfusión de sangre con cebolla.

Se ve que el agua que hierve se ha vuelto loca y se le saltan los ojos.

AL caballo lo humanizan las venas de la cara

El rebuzno es el grito más sincero de la creación.

Si vais a la felicidad, llevad sombrilla.

Daba besos de segunda boca.

Las escaleras mecánicas llevan más deprisa hacia gastos más inútiles.

El pez está siempre de perfil.

Los grillos parecen que están serrando un cascabel.

La amnistía es la amnesia del delito.

–He escrito un opósculo.
–¡Tan joven!

El error es una broma sin gracia.

La vida se paga a plazos.

La vida vuelve a comprar lo que vende.

La flor vale la multa que pueda costar el arrancarla.

Cuando un gato bosteza parece un tigre.

Lo bueno sería que al final se descubriese que los molinos no son molinos, sino gigantes.



15 de abril de 2014

Ramón se escribe con Ó de bombo (1)


CUALQUIER persona medianamente culta tiene una idea aproximada de qué es una greguería y quién fue su inventor, y sin embargo ninguna de las dos cosas resulta fácil de dilucidar.
Vamos a intentarlo. La palabra greguería existía de siempre, los lectores de Galdós, por ejemplo, y los de Azorín, se la pueden encontrar en sus libros. El diccionario ilustrado de Calleja de 1914, cuando Gómez de la Serna empezaba a escribirlas, dedica a greguería media línea: “Algarabía (vocería confusa)”. En 1970 el Drae añadió: “Agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal y sorprendente de algún aspecto de la realidad y que ha sido lanzada y así denominada caprichosamente hacia 1912 por el escritor Ramón Gómez de la Serna”. El primer acierto de Ramón, gran publicista (“Publicidad, reina del mundo. Yo te saludo”), fue, pues, dar con esa palabra.
En cuanto a lo otro: aunque él dijera que era “la más caudalosa y original de mis invenciones”, no es verdad. Existen greguerías desde Homero. Cuando Heráclito dice que “el tiempo es un niño que juega a los dados”; cuando Góngora escribe “erizo es el zurrón de la castaña” o Cervantes “las gargantas de los pies” (tobillos) o cuando Lichtenberg se pregunta doscientos años antes que Ramón “¿Por qué serán tan bellas las viudas jóvenes vestidas de luto? (indagación)” o dice que “Hasta los muertos dan la vuelta al sol una vez al año”, están greguerizando. Y aquí viene el segundo gran acierto de Ramón: le roba la cartera a todo el mundo, haciendo bueno aquello de que en literatura el plagio sólo está justificado si va seguido de asesinato. Antes de él la gente no sabía qué era una greguería ni que las estuviera escribiendo, por lo mismo que las manzanas se caían del guindo desde los tiempos del Paraíso Terrenal, pero sólo desde Newton, conociendo al fin las leyes de la gravedad, pudieron hacerlo más tranquilas. Y después de Ramón, cualquiera que escriba una greguería o algo que se le parezca, habrá de pagarle royaltis a él.
Acaba de ver la luz su Total de Greguerías. Para hacernos una idea de lo que significa esto, hay que contar algunas cosas más. Este es el penúltimo de los tomos de unas obras completas monumentales que empezaron a editarse hace veinte años bajo la dirección de Ioana Zlotescu, que le ha dado literalmente su vida a este proyecto en una editorial, Galaxia Gutenberg, cuya heroicidad sólo es comparable a la de Zlotescu. La edición, preparación y estudio de este tomo ha estado a cargo de Pura Fernández, una de las grandes ramonistas, y su trabajo es, en tres palabras, sobresaliente, exhaustivo, ejemplar. Porque 50.000 greguerías son palabras mayores. Bastaría resumir aquí su extenso y bien documentado prólogo para probarlo. Aunque, la verdad, a mí lo de las 50.000 casi ni me impresiona, si es verdad lo que cuenta el propio Ramón, quien dijo muchas veces que sólo publicó “un cuatro por ciento” (¿y por qué no un cinco?) de las greguerías que escribió. O sea, que al final iba a tener razón Pla cuando dijo que Ramón había escrito “tres o cuatro mil millones de greguerías”. 
Da igual, lo que tenemos en este tomo es colosal, y fascinante. El libro se ha montado con el Total de greguerías que su autor publicó en 1962, poco antes de su muerte, suma de los casi veinte libros de greguerías que publicó a lo largo de cincuenta años, más o menos unas cinco mil páginas. Gómez de la Serna se pasó la vida metiendo y sacando, “barajando”, greguerías antiguas de esas recopilaciones, conforme a criterios personales y coyunturales (por ejemplo, las pías fueron sustituyendo paulatinamente a las sacrílegas), al tiempo que seguía publicando las nuevas en periódicos de España y América hasta un año después de su muerte, no porque ganara batallas como el Cid después de muerto, sino porque había abrumado de tal manera a los periódicos con sus originales, que aquellos no daban abasto a quitárselos de encima. Porque en aquel tiempo, después de la guerra y habiendo pasado ya Ramón por el palacio de El Pardo, en visita al Caudillo, muchos periódicos y editoriales no le publicaban, sino que se lo quitaban de encima como podían. Algo de la amargura que le causó esto se puede ver en su Automuribundia, uno de los libros más tristes de la literatura española.
Íbamos diciendo que este tomo se ha montado con lo que Gómez de la Serna entendía que tenía que ser un Total de greguerías, pero a este, y después de compulsar todas las conocidas, eliminar las repetidas, elegir entre las parecidas y demás, Pura Fernández ha añadido otro tanto, unos mil o dos mil millones más, sumando aquellas que su autor fue dejando fuera, las que traspapeló, las que se le escaparon e incluso las que escribió durmiendo, y en todas ellas (no, no las he leído todas, y si me apuran creo que Gómez de la Serna tampoco), en todas, decía, está su sello. No todas son geniales, desde luego, porque nadie puede ser sublime sin interrupción, pero por cualquier parte que abra uno este libro se hallará con un relámpago, una idea genial, la pedrea de una sonrisa, a veces el premio gordo de una carcajada. Pongamos menos de un cuatro por ciento, digamos un uno: quinientas greguerías geniales es más de lo que nos ha dejado Heráclito. Sí, después de Ramón, el mundo no sabemos si es mejor o peor, pero sí más completo.
Y ahí vamos. Hace unos años, con el propósito de hacer una antología para consumo propio, leyó uno aquel Total de greguerías de 1962, y marcó las que le gustaron (en parte son las que se publican aquí). Otros han hecho también sus antologías personales, y en todas descubrimos greguerías que no supimos ver con nuestros propios ojos. Quiero decir que a cada lector le están esperando sus propias greguerías. Como en el Rastro, los tesoros están hechos a nuestra medida. Por eso diría que no sobra ni una de los tres o cuatro mil millones de las que escribió y dibujó. Eso sí, conviene leerlas en pequeñas dosis, como las yemas de San Leandro. Y no porque empachen, sino porque juntas se acaban anulando unas a otras y perdiendo sus propiedades.
Y llegados a este punto tal vez sea el momento de preguntarnos qué es, de verdad, una greguería. “¿Explicarla? Amo la greguería inexplicable”, dijo el propio Ramón (por lo demás se pasó tratando de explicarla y explicársela toda la vida en prólogos y artículos). Tiene que ver con el aforismo, con el haikú, con la poesía, con las metáforas, con los tropos. Suelen ser, al menos las mejores, una “misteriosa analogía”. Algo que no era, y que después existirá para siempre. La greguería sólo es posible tras una mirada promiscua. Cuando Ramón escribe “soda: agua con hipo”, decimos: normal. Pero cuando en otro lugar señala que “el pie dormido sabe a sifón”, ha dado un paso más, ha pasado del mundo sensorial al de la memoria, a la manera de Proust. El propio Ramón sabía que no era fácil definirla. Las hay de muchas clases, y él las distinguió de los “trampantojos, miradas, momentos, observaciones, mentiras, intermedios, incongruencias, gollerías, variaciones…”, invenciones también suyas, porque cuando eres Edison no te conformas con haber patentado sólo la bombilla o el fonógrafo. Y tenía una idea de que la greguería, como la vida, aunque termina mal, empieza casi siempre en un juego.
En la cubierta de una de las primeras antologías (1927) se ve en un dibujo al propio Ramón entre frascos y una probeta. Se da a entender con ello que hay quizá una fórmula magistral, como la de los boticarios, para escribirlas. Y eso que vale para muchas, mecánicas, de serie, a las que se les ve el truco, como a los magos sin pulso, no sirve para las mejores. En el estudio de Luis López-Medina, también incluido en este volumen, se compendia su origen, la inmensa popularidad que proporcionaron a su autor y su consagración en Europa, la fortuna que hizo el género (¿quién no ha escrito alguna vez una greguería? A Ferlosio, por ejemplo, le debemos una memorable: “(A la manera de Ramón). Tan sólo el rótulo de la estación dice de veras el nombre de la ciudad: lo demás son citas, más o menos fieles, de ese único texto original”) y, por último, su clasificación. Esta, es, claro, ilusoria. Cada greguería es una huella digital de Ramón (incluso las que no son suyas), todas se parecen mucho y todas son distintas. Sólo sabemos que son frágiles, tanto las que están aquí, como las que no han aparecido o se han ido (Ramón temía que las que se le iban por no anotarlas a tiempo “se van a la desmemoria y no volverán ya nunca”). Yo las dividiría, con permiso de los profesores, que no han reparado en esta taxonomía, en dos grandes grupos: las cortas y las largas. A uno las largas, como decía Azúa también de las cortas, suelen parecerle muy largas, dando pases y pases, sin entrar a matar. Es en las cortas sin embargo donde acaso está la medida de su talento, más allá de lo real (“Los negros tienen voz de túnel”); del calambur: (“Se le pone otra hache a Sánchez y es Shakespeare”), o incluso de lo poético (“El ciprés es un pozo que se ha hecho árbol”). Es cuando llega más lejos: “Si ha caído el rayo, el aviso del trueno sobra”. Se diría que aquel hombre, que se retrató a sí mismo en otra greguería (“El genio es toda la paciencia y toda la impaciencia reunidas”) y que a veces daba la impresión de no estar a la altura de su propio genio, jamás olvidó que “lo que hay que lograr al escribir es pillar a la muerte y a la vida abrazándose”. Así sucedió en su vida, y así sucede en este libro que le representa tal vez mejor que ningún otro de los suyos: la vida y la muerte, dos pasos del mismo baile, un “agarrao” distinguido.

    [Publicado en El País (Babelia) el 12 de mayo de 2014]


RGdelaS, Las 636 mejores greguerías. París, 1927. Viñeta de Bon


14 de abril de 2014

Tuvimos suerte todos

ESTUVO Adolfo Suárez muriéndose unos cuantos días, y el país siguiendo su agonía con una  gran incertidumbre,  testigos todos de algo anómalo: necrológicas anticipadas (nos hablaron hace tiempo del necrólogo oficial de un periódico que las va escribiendo en sus ratos libres y las mete luego en una carpeta con el rótulo de “Necrológicas futuras”). Cuando murió al fin, habíamos oído y leído ya tantas cosas de él, casi todas cortadas con patrones parecidos, que  cuando usted lea este artículo lo probable es que ya nadie hable de Suárez, porque todo lo que tenía que decirse de él, habrá sido ya dicho y escrito. ¿Todo? Tal vez no.

¡Cuánto lo despreciamos, y durante cuántos años! El tiempo demostró que él tenía razón y no nosotros (quienes lo llamaron "tahúr del Misisipí" y quienes no quisimos admitir que un Secretario General del Movimiento podía, contra toda ciencia política, pilotar el cambio democrático). Nos parecía lo peor, con su aspecto entre dependiente rancio y cursillista de cristiandad  y aquel hablar pastoso con la boca seca. Y su retórica. Qué   frases. Olían de lejos, como la naftalina, a las Cortes franquistas. La izquierda circuló la especie de que ganaba las elecciones porque cautivaba a las mujeres, un tipo de mujeres que la izquierda, tan feminista, despreciaba: “las marujas”, decía. Nosotros, los puros, los listos, los que llegábamos de las trincheras del antifranquismo ("contra Franco vivíamos mejor", Montalbán dixit), despreciábamos a todos cuantos no eran como nosotros. Nos avergonzábamos de Suárez porque no hablaba nunca de libros y admirábamos, por el contrario, a Felipe Gonzalez porque no hacía otra cosa que hablar de ellos, aunque luego empezamos a sospechar que tampoco los leía. Mirábamos por encima del hombro a quienes no habían sido antifranquistas como nosotros (en sectas estalinistas y maoístas, desde luego) ni sabían que no se podía esperar nada bueno de ningún Secretario General del Movimiento. Sí, entre unos y otros, acabamos con él. Sólo el tiempo nos ha ido mostrando los cambios colosales que propició en apenas cinco años y todo lo que hizo bien, cuando lo previsible, según la ciencia política, es que lo hubiese hecho mal. Tuvo suerte, tal vez. Pero con suerte sólo no se es el gran político español del siglo XX. Así nos lo muestra ya la historia: con su retórica almidonada y preilustrada, él tenía razón y no nosotros. O sea, tuvimos suerte todos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de abril de 2014]