20 de mayo de 2013

¿Diseñas o trabajas?


Las famosas burbujas (inmobiliarias, financieras, artísticas) son posibles gracias en parte al famoso cuento de la pera de Murcia. Alguien de mucha labia, y sirviéndose de la ignorancia, codicia o candor del “primo”, acaba quedándose el dinero de este con gran habilidad. Una de las actividades humanas donde ha habido  un mayor número de petardistas y prestímanos, ha sido, qué duda cabe, la del diseño, vastísimo dominio que lo mismo se ocupa de la tipografía de un billete de metro que del fuselaje de un boeing. Quiere decirse que el diseño está en todo, como la prosa de la vida, y todos hablamos en prosa acaso sin saberlo, como el señor Jourdain de Molière.

“Todavía hay mucha gente que te dice: «Es que yo no entiendo el arte moderno»... pero es que no hay nada que explicar; en cambio yo sí puedo explicar perfectamente un logo, y hacerlo de manera científica”. Son palabras de Alberto Corazón, uno de los diseñadores españoles más solicitados  y con mayores dotes persuasivas que se conozcan, a tenor del número y significación de los clientes que ha tenido. Y añade que “yo sé realmente si una construcción gráfica [ah, los eventos consuetudinarios] va a funcionar o no”. 

Cualquiera que se dedique a estos asuntos sabe que es exactamente lo contrario: nadie tiene la menor idea nunca, con anterioridad a su circulación, de si tal o cual diseño va o no a funcionar, excepto el señor Corazón, uno de los diseñadores que más ha trabajado en los últimos treinta años para las administraciones e instituciones públicas, aquellas en las que, como sabemos, tiende a concentrarse el mayor número de advenedizos que gustan disimular su ignorancia con pólvora del rey. En fin, nada que fuese más allá de cierta jerga de sonajero. No obstante, habría dejado uno correr esas palabras, si no hubiesen ido acompañadas de estas otras sobre el diseño editorial español, que no parecen sino el peaje de un chamán agradecido: “En España, por desgracia, la tradición editorial consolidada se cercenó con la Guerra Civil, y luego ya no fue posible recuperar esa brillantez en el diseño editorial”. Al que no sepa una palabra de esto, tal modo de hablar puede que le impresione. Ahora, cualquiera que esté acostumbrado a ver libros viejos, sabe que eso es falso también. Estaría bien que Corazón nos dijera una sola editorial anterior a 1936 más y mejor consolidada tipográficamente que, pongamos por caso, la de José Janés o cualquiera en las que trabajó Giralt-Miracle. Iguales a ellas, puede que alguna, pocas; superiores, no creo. Y esto nada tiene que ver con el franquismo ni con el hecho de que la edición en España fuese antes, durante y después de la guerra, hasta hoy, como quien dice, la de un país de cabreros poco brillante. Pero se ve que diseño y sugestión son actividades unidas por cierto embolismo, el famoso chau chau de zoco árabe. “Ahora estoy trabajando en el diseño de la estrategia gráfica  para la conmemoración en Toledo del cuarto centenario de la muerte del Greco”, concluye el entusiasta publicista.  Entrar en porfías sobre la pertinencia o no de tales estrategias con el estratega que explica de manera científica un logo, autor él mismo de un millón de logos científicamente iguales, no llevaría a ninguna parte, pero sí, acaso,  preguntarse lo que Pla: ¿y eso, con la que está cayendo, quién lo paga; y sobre todo, cuánto? 
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de mayo de 2013]

19 de mayo de 2013

Juan Ballester

JUAN Ballester es un gran fotógrafo. Los mejores retratos que se le hicieron a Ramón Gaya son suyos. Se los hizo a lo largo de treinta años en todas partes, Murcia, Roma, Valencia, Madrid... Son algo más que retratos, son el mundo de Gaya, sus estudios, su vida, su intimidad en flores, cosas, muebles. Como fotógrafo Ballester es una persona discreta, detrás de su Leika, nunca delante. Desaparece él y vuelve a aparecer cuando te enseña su trabajo, y en él toda la realidad viva. Como a todos nosotros (Eloy Sánchez Rosillo, Pedro García Montalvo, Pepe Rubio, Pedro Serna, lo que Ramón Gaya unió), Gaya le enseñó a mirar la realidad a través de la poesía, y JB busca de la vida eso, la vida, y cuando la encuentra hace como JRJ con su poema: no lo toca ya más.
Hace casi veinte años vino otra vez al Rastro y de aquel día quedaron algunas de las fotos más bonitas que recuerde uno sobre ese sitio. La gente cree que el Rastro es fotogénico, por su mucho carácter, como el rostro de un mendigo y sus ropas viejas y miserias. Pero precisamente por esa razón hay tan pocas fotos buenas del Rastro. La gente suele distraerse con lo pintoresco y el costumbrismo. Descubrir la poesía del Rastro no está al alcance de muchos. Las fotos de JB son, a mi modo de ver, muy buenas y de las mejores que se han hecho. Me gustaría no salir en ellas para poder darle mayor autoridad a esto que digo, pero estoy, bien se ve, como otra cosa vieja más de las que acaban allí, como hay que estar en aquel lugar: medio descabalado, tal y como salgo en la tercera de las fotos que se reproducen hoy en este almanaque.
Juan Ballester tiene un blog en el que publica sus fotos y otras cosas curiosas, y que tiene uno de los nombres más originales y bonitos que pueda tener un blog: "Murcia útil", tanto más útil cuanto que en medio de esa ironía, sabe que la vida va en serio, pero jamás solemne.

Fotos de Juan Ballester, El Rastro, 5 de mayo de 2013

18 de mayo de 2013

El coronel Friera y las rosas

DE este curioso autor, que firma como Coronel Friera, prescindiendo de su nombre de pila,  ha leído uno estos días un libro comprado hace ya algunos años, Rosas de España. Se publicó en 1957 en Madrid a expensas del propio coronel. Es un libro de casi cuatrocientas páginas en el que se habla no sólo de rosas y del modo de cultivarlas, injertarlas e hibridarlas, sino de otros muchos asuntos de interés para los rosalistas, floricutores y amantes de las flores: cultivadores, variedades y publicaciones especializadas. 
"La rosa nunca cansa", contaba JRJ que decía su madre. ¿Cómo sería este coronel Friera? La solapa de este libro nos lo presenta como un autor versátil y prolífico que escribió biografías (de soldados siempre: Ignacio de Loyola, don Juan de Austria o el Cervantes cautivo), teatro de temática militar y tratados de la milicia. También fue el autor, leemos en esa solapa, del guión de una película que llenó de sueños de aventura la infancia de muchos chicos de mi tiempo (la mía desde luego): Jeromín. Y, claro, libros, artículos y tratados de rosas, como este. Es una lástima que en el libro, en el que habla de tantos, no lo haga de sí mismo, aunque sabemos que hizo la guerra con los rebeldes y este dato curioso: en su libro, en el lugar más destacado y en lujosa cartulina, reproduce un poema de 1918 de  Lorca dedicado a las rosas, hecho este último que dejamos a la interpretación de cada cual.
Leemos en el libro también noticias curiosas, encontramos nombres y detalles exactos de rosales silvestres (escaramujo, rosal silvestre, rosal del diablo, agabanza) y las vidas de algunos rosalistas míticos españoles, como los de la saga Dot o la de aquel Pahissa que viendo llegada la hora de su muerte sin tiempo para conocer el fruto de sus últimas hibridaciones, repitió las palabras de Pernet-Ducher, otro rosalista no menos célebre: "Ah, si yo tuviera otros veinte años por delante".
De este Pahissa se cuenta que a una de sus mejores variedades la llamó Satán, que obtuvo cruzando las variedades francesas Mme. Herriot y Angèle Pernet con la española Marí Dot: "la variedad Satán", dirá el coronel, "resultó verdaderamente extraordinaria, de color rojo carmesí, con el interior de terciopelo oscuro, casi negro". Sin verla, imaginamos que sería la rosa que gustaría a Baudelaire.
Pero de todas las curiosas historias que se ha encontrado uno en este libro, ha sido esta referida a Pedro Dot mi preferida: "Hoy día, Dot ha logrado un rosalito, miniatura de miniaturas, del que no puedo hablar por estar aún inédito, pero del que sólo puedo decir que causará asombro por su pequeñez, ya que la rosa, que es de forma plana, no llega, estando abierta, al tamaño de un grano de arroz".
Me gustaría poder añadir: como esta entrega.

Arriba, rosas y azahar, y aguafuerte de Ramón Gaya, Las Viñas, 16 de mayo de 2013; abajo, Rosas de España del coronel Friera (nótense las tres estrellas con las que firma el susodicho y benemérito ***), Madrid, 1957.

17 de mayo de 2013

El caballero encantado

EL caballero encantado es una de las últimas novelas de Galdós. Empezó a escribirla en julio de 1909 en Santander y la terminó en Madrid en diciembre de ese mismo año. La subtituló "Cuento real... inverosímil", y se publicó en diciembre de ese 1909, tal como consta en la cubierta. 
Hace unos días mi amigo M.C. quiso hacerme un regalo y no pudo encontrar nada mejor. Esta tarjeta postal en la que Galdós escribe en septiembre de 1909 de su puño y letra y en Santander un fragmento de esa novela, correspondiente al capítulo IV, acaso el mismo que estaba escribiendo en el momento de enviar el tarjetón. El fragmento parece elegido al azar, en todo caso está en medio de un párrafo, hacia la mitad de ese capítulo.
Leemos: "Llamó el caballero; le franqueó la puerta una persona que la obscuridad hizo invisible. Pisando baldosines rotos, que tecleaban con ruidillos que más parecían de risa que de llanto, llegó Carlos á la sala, toda libros, toda polvo, toda mugre, llena de cosas tuertas, cojitrancas y bizcas. Los estantes se caían de un lado, los rimeros de libros no tenían aplomo. Había desequilibrios inverosímiles, infolios que se balanceaban sobre arquetas vacías, papeles de mil formas acumulados sobre mesas perláticas, sostenidos para que no los arrebatara el viento, por una mano de bronce o una pezuña de mármol". 
En la versión publicada apenas ha corregido ese fragmento, únicamente ha sustituido "arquetas vacías" por "rollos de balduque" y la palabra "viento", por "aire". También ha sustituido el subtítulo que le da en un primer momento, como leemos en el rincón inferior izquierdo: "Novela incierta".
Dirige la postal a don José del Castillo y Soriano, gobernador civil de Albacete, solicitada acaso por este al escritor como un recuerdo o propósitos publicitarios; esa persona seguramente le facilitó también el tarjetón en el que figura el membrete de la Feria de Albacete de 1909. 
Leemos esos renglones, en la letra del autor, y sentimos que en estas pocas palabras está no sólo todo el sabor de la literatura de Galdós, de prosa tan cervantina, sino el pulso de su propia vida, como latido en un trozo de ámbar.

Autógrafo de Galdós y cubierta de la primera edición de El caballero encantado, 1909.

16 de mayo de 2013

Ruiseñor del lilo

SE publicaba aquí el otro día "Ruiseñor del laurel", y al día siguiente un minuto de su canto, "El ruiseñor en persona". Hoy viene aquí este otro, y aun falta el tercero, en camino: "Ruiseñor del algarrobo". Alguien pensará que son demasiados ruiseñores. No se crea. Cantan durante unas semanas tan sólo, y luego enmudecen todo un año. ¿Qué menos que dejarlo todo por escucharlos? 
Eloy Sánchez Rosillo, antes de saber que le seguiría este de hoy, le sugirió a uno cambiar el título del poema por el de "El ruiseñor en persona", y así se hará, numerándose los poemas como I,II y III. Este corresponde, pues, al II.

RUISEÑOR DEL LILO

Le respondió desde el vestusto lilo
y pareció su canto arma en voz baja,
como un suave “decíamos ayer”
a todos y a ninguno.
Y si su hermano no temió a la azada,
el hacha que hacía leña de unos viejos sarmientos
tampoco le asustó, lengua intratable.
Juntos hicimos tan vernal jornada, 
él cantando la dulce primavera
y preparando yo el próximo invierno,
uno al lado del otro como orillas
de una apartada senda solitaria.
Cuantas veces dejé de trabajar,
embelesado en su canción de gesta,
y levanté los ojos por mirarle,
nunca le descubrí, con estar él
justo encima de mí, sólo a dos metros, 
una hoja entre hojas, caballero
embozado del lilo. Todo el lilo
en realidad cantaba, fuego azul
en el que ardía el día, y cuando al fin,
por una sola vez, medio le vi,
se hurtó esquivo en qué hondura sin dejar
su brío un solo instante,
haciendo su canción más prodigiosa aún
y tampoco sé cómo. A mayor sombra
más dulce es la armonía, no es misterio,
sólo un modo de darse a ninguno y a todos
y de justar a pecho descubierto
con quien lleva en su escudo figuradas,
jactancioso, las armas de la nada.

Las Viñas, lilos. 15 de mayo de 2013

15 de mayo de 2013

Bis del ruiseñor

SE traía aquí el otro día el minuto de un ruiseñor que tiene su nido en el laurel de la fotografía. Vuelve de nuevo el mismo ruiseñor con otro de sus minutos. Quienes escuchen este con atención advertirán las grandes diferencias entre uno y otro. Tituló uno hace años y no sin ironía uno de los suyos como El mismo libro, y así es cierto que los libros, las auroras o las gentes se parecen entre sí lo que el canto de ese ruiseñor un día antes y un día después. Y quien dice días, habla de siglos. "Que el canto es sólo uno, siempre el mismo, / y que la rama cambia y cambia el pájaro, / mas no la melodía". Y que siendo el mismo canto nos conmueva no dice sino que somos nosotros quienes vamos cambiando, como cambia el mundo, aunque estemos destinados también como el ruiseñor, con otra fortuna, a escribir siempre el mismo libro.


Laurel del ruiseñor, a mediodía y al atardecer

14 de mayo de 2013

Vivir lo es todo


LOS lectores de este periódico, en el que Félix de Azúa lleva publicando sus artículos tantos años, conocen bien “el tono Azúa”.

Hay “un tono Azúa”, como hay un “tono Baroja” o un “tono Pla” o, por venirnos a lo de ahora, un “tono Savater” o un “tono Ferlosio”. Con todos estos escritores tiene que ver Azúa, por lo mismo que todos ellos tienen entre sí algo en común. En primer lugar son escritores que piensan críticamente, o sea que piensan donde otros pasan de largo, o por decirlo con palabras de don Pedro Mourlane, gentes que se dedican en buena medida al arriesgado “arte de repensar los lugares comunes”. También comparten estas tres cosas: la fuerte personalidad de cada uno de ellos, su intolerancia a la afectación, y el humor. Decía Ortega, a quien el cielo dio otros muchos pero no el don de la llaneza ni el del humor, que la claridad era la cortesía del filósofo. Creo que Azúa y sus conspicuos colegas han dado por hecho que la claridad se le debe suponer al escritor, y por eso en ellos la verdadera cortesía no es la claridad, que también, sino el humor y la ironía como antídotos de la retórica, eficacísima triaca contra la melancolía y, no pocas veces, atajos hacia la verdad.

Azúa acaba de publicar Aubiografía de papel, continuación de Autobiografía sin vida, en la pauta confesa de La forja de un plumífero, aquel bosquejo en el que Ferlosio hablaba de sí con una desusada autoironía: “yo creo que estoy sobrevalorado”, declaró el día que le dieron el premio Cervantes.

En este libro Azúa describe y evalúa su trayectoria intelectual ejercitando la “pedagogía de la modestia”. Claro que no habla tanto de él como particular, sino como “caso”, el “caso Azúa” diríamos nosotros. Quien venga buscando aquí efusiones sentimentales o tráfico de intimidad, se habrá equivocado de libro. Hallará en cambio cosas mucho más valiosas contadas por un seductor nato que le llevará embebecido desde la primera a la última página. Este es el tema, musical como si dijéramos: sobre el bajo continuo (la transformación del mundo en los últimos cincuenta años y la incapacidad de la poesía, la novela y la filosofía tradicionales para dar cuenta de él como en el pasado), una sincopada melodía (la vida de un hombre, Azúa, que relata en paralelo su incapacidad o descreimiento para ser poeta, novelista y filósofo). El contrapunto queda para los chuscos traspiés y la palabrería de la época, que no se ahorra, cosa muy de agradecer en quien reconoce haber formado parte de la “coqueluche” o gauche caviar, conocida también como Club de las Almendritas Saladas. “La corriente general”, dirá entre irónico y piadoso. Pero que nadie se llame a engaño: jamás ese proceso se ha descrito con mayor jovialidad y lucidez. Lo decía Gracián: “La queja trae descrédito”. Y si tras lo que él llama su fracaso como poeta llega a decir que “un nuevo fracaso [como novelista] era lo más estimulante que me podía suceder”, resulta no menos admirable ser testigos, por ejemplo, de la confesión de Azúa a propósito de Benet, cuyo “inmenso talento” acaso “fuera usado de un modo inadecuado”.

Obras, autores, hitos culturales e intelectuales contemporáneos irrumpen, pues, como timbales y trompetas en esta sinfonía cuyo director prefiere hacer el papel del “idiota” (el estafado), al de los “humillados”, resentidos y cómplices de la barbarie. Azúa trata de explicar y de explicarse lo que denomina “la decepción” que ha sufrido al comprender que “las medicinas que nos venden agravan la enfermedad que padecemos”. El mundo moderno ha conocido en muy pocos años la llegada de la “democracia total” que, junto al dominio de la técnica, nos ha puesto a las puertas de un mundo enteramente nuevo, verdadera tierra ignota. Y a la decepción ha seguido la perplejidad de un “hombre bisagra” como él, entre el Antiguo Régimen de los grandes relatos y las utopías que vendían la felicidad y esta nueva era en la que “aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina”. La poesía, la novela y el ensayo, dirá Azúa, convergen hoy en el periodismo, entendido como el oficio de palabras e imágenes donde se funden todos los géneros, y este, insistirá, no es un hecho valorativo, sino descriptivo.

Quien en menos de doscientas páginas ha hecho un repaso trepidante, amenísimo y serio de todo lo que nos ha venido sucediendo en este tiempo, no creo que espere ni que todos le den la razón ni que se la demos en todo. Es cierto, pero pocas veces sentirá el lector más deseos de darle la razón a alguien, incluso discutiéndosela. Porque el propósito del verdadero pensador es hacernos pensar, no reclutar prosélitos, decía Unamuno. Y porque en un género, el de las memorias, en el que la gente tiende a ponerse estupenda, Azúa suele preferir hablar de otros más que de sí mismo, siguiendo el impagable consejo de Ferlosio: ocuparse de las cosas y no medirse con los demás. Y esto podrá verlo quien llegue al último capítulo, páginas magistrales que desmienten al propio Azúa: aún es posible la gran literatura, del mismo modo que la dedicatoria a la niña con la que se abre el libro desmiente que la poesía se vaya a perder en lo venturo: “A Inés, la estrella que me permite navegar sin pensar en el puerto”. Azúa, que tituló la primera parte de esta obra Autobiografía sin vida, bien pudo haber titulado esta Vivir lo es todo.
     [Publicado en El País (Babelia) en 11 de mayo de 2013]

Las Viñas, 11 de mayo de 2013