29 de agosto de 2015

Elogio de lo sutil

LOS aforismos, si son buenos, son lo mejor. El de Gracián lo conoce todo el mundo: “Lo bueno si breve, dos veces bueno”. Fue autor de otros muchos, a veces algo barrocos  (el peligro de los aforismos es que acaben rizándosete como los tirabuzones de una peluca), pero otras son exactísimos. Este suyo, que algunos deberían recordar más a menudo, no lo mejora nadie: “La queja trae descrédito”. 

El poeta Carlos Marzal organizó en El Escorial un curso de verano dedicado a ese asunto fascinante de lo breve. Lo cierto es que después de algunos días dilucidándolo, no quedó claro qué es un aforismo. Desde luego muchos refranes lo son. La conocida frase de Nietzsche, admirador de nuestro conceptista, por cierto,  “Todo lo que no nos destruye nos hace más fuertes”, recuerda al quizás un poco más tosco y castizo “Lo que no mata engorda”. Algunos poemas podrían pasar también por aforismos (uno de mis preferidos de Emily Dickinson, por ejemplo: “Las ganancias de veras / han de pasar la prueba de perderse, / sólo así son ganancias”), y el habla corriente está llena de ellos. En realidad no sólo hablamos en prosa,  sin saberlo, como aquel burgués gentilhombre de Molière, sino que la mayoría lo hacemos en frases cortas y con aforismos. Las largas en realidad solo siguen vigentes en las sentencias judiciales y en la política, lo que explica el gran número de abogados que hacen doblete en la política. El embolismo gusta.

Otra de las conclusiones de ese curso fue que lo breve en absoluto es lo simple; al contrario. Así como los populismos, de izquierdas y de derechas, dan respuestas simples a preguntas complejas, los mejores aforismos son la respuesta compleja a planteamientos difíciles. Por eso, y desde los de Heráclito, misteriosos y primitivos como los astros errantes, recurrimos a ellos. Los aforismos no son un camino, tampoco un atajo, como a veces se tiende a creer (tienen más bien que ver con la punta de un iceberg), son sencillamente una certeza tan firme como indemostrable, un relámpago en medio de la noche iluminando durante un instante el mundo. Cuando lee uno este, sabe que su autor, Nietzsche, se refería a hoy  y a cuantos se desgañitan diciéndonos que pensemos con el corazón, al fin y al cabo una víscera, para no  recurrir a la razón: “Con una voz fuerte en la garganta se es casi incapaz de pensar cosas sutiles”. Pero, ¿a quién le importa lo sutil?

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de agosto de 2015]

26 de agosto de 2015

Una entrevista con Juan Marqués

ACABA de publicarse en Letras libres esta entrevista que me hizo hace seis o siete meses Juan Marqués. Ha dedicado la revista ese número a los diarios y a la escritura diarística. Se publican en ella también los primeros fragmentos de Seré duda, decimonoveno tomo del Salón de pasos perdidos, que aparecerá, espero, antes de fin de año. Le agradezco a Daniel Gascón, director de LL, el interés que ha mostrado por esos libros y, especialmente, a JM., con el que anda uno intentando restructurar la deuda, como hoy se dice, ante la imposibilidad de poder pagársela yo algún día. 


24 de agosto de 2015

El ruedo ibérico

ACABA uno de leer La canción de Roldán. Crimen y castigo. Su autor, Fernando Sánchez Dragó, dice que es un novela, pero se lee como una crónica, porque pocas cosas tan novelescas como la realidad. Una novela sobre el unicornio se queda en nada ante este espejo  de seiscientas páginas, por lo demás tan admirables, reales y verdaderas que causan terror: venimos de ahí, de los tiempos de Luis Roldán. Roldán, que fue director general de la Guardia Civil, acabó siendo el  principio del fin de su gobierno socialista. Llega incluso a confesar que da por buenos sus años de cárcel como corrupto y ladrón convicto y confeso (y todo lo que eso supuso: la infamia eterna y la ignominia de ver cómo sus propios hijos renegaban de él suprimiendo de su nombre el apellido paterno), sabiendo que “se llevó por delante” a Felipe González. Cuánta locura.  Recuerda aquel dicho de cuartel: “No como rancho, y que se joda el sargento”.

Valle Inclán, que tan buenos títulos puso a sus libros, erró, a mi modo de ver, con el que figura al frente de sus esperpentos: El ruedo ibérico. Fue así injusto con Portugal, señorial siempre y a salvo de esta cochambre española (castellana, catalana, vasca, navarra...), que nadie piense que alguien se irá de rositas de este tristísimo sainete: Narcís Serra, Corcuera, Benegas, Urralburu. Y qué historias se cuentan de todos ellos (de Vera y Barrionuevo, de Belloch, de Asunción, de Paesa), pero sobre todo, las cosas que pueden contar las pirañas unas de otras...

Va uno leyendo el libro, y sólo a regañadientes admite los hechos que se narran. La vergüenza ha favorecido el olvido, todo antes que reconocer que aquel país cutre de Luis Roldán era también el nuestro. ¿El nuestro? No, el de ellos. Y tan lejano, extraño y ajeno como el de Valle Inclán. Cuando dentro de un tiempo alguien relate la crónica de estos años, los de la banda de los Pujol y la de los “ere que ere”, los de Bárcenas y los del Bigotes, nos costará también reconocernos en ellos. Y sin embargo, fueron los nuestros. ¿Los nuestros? De ninguna manera, se niega uno a creer que cualquiera es capaz de robar, que todos tenemos un precio. Admitir algo así es el mayor de los trastornos, el principio del fin de la especie humana, a la que en el fondo sólo mueve la palabra esperanza. Esperanza de ser mejores. Nada más. Porque el único país en el que vale la pena vivir es la decencia, esa pequeña isla.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de agosto de 2015]

23 de agosto de 2015

Algunas cosas más sobre la traducción del Quijote

Se publica hoy en La Vanguardia esta réplica (que no logro enlazar) a un escrito de Xavier Antich.

Leo en La Vanguardia del 17 de agosto el artículo que Xavier Antich “Contra el suicidio”. Dice en él que “he seguido con auténtica estupefacción el incomprensible entusiasmo, generalizado hasta la unanimidad, que ha provocado la traducción al castellano de El Quijote de Cervantes que Andrés Trapiello acaba de publicar”. Es lo que me ha sucedido a mí también leyéndolo a él, sobre todo cuando llega a las efusiones sentimentales: “Agradeceré siempre a David López, mi profesor de literatura española en el instituto, que, aparte de hacernos leer y disfrutar El Quijote, sin traducción, nos enseñara a Bécquer no simplificándolo, sino complicándolo todavía más y enriqueciéndolo a través de la comparación con Wordsworth, Shelley, Hölderlin y Cernuda”. (Y como la cosa va de didáctica, y para otras veces: debería citarse el y del Quijote, no El Quijote o de El Quijote). Imaginemos la escena: el profesor López abre el Quijote y lee a los alumnos, en especial a Xavier Antich, en quien acaso ya ha descubierto lo que la vida le deparará, estas líneas del episodio de las bodas de Camacho: “–Si no os picáredes más de saber más menear las negras que lleváis que la lengua –dijo el otro estudiante–, vos lleváredes el primero en licencias, como llevaste cola”. El muchacho Antich, que al punto ha comprendido de qué están hablando los estudiantes del Quijote, implora a su profesor que pase a Bécquer y a Wordsworth, Shelley y Hölderlin, a quienes es de suponer leerá en el inglés y el alemán originales, que maneja con la misma soltura que “las negras” de las que hablaban los estudiantes… Desde luego para mí el señor Antich merecería haber llegado mucho más lejos de lo que acaso soñara para él el señor López. Mi traducción no tiende a aligerar o banalizar el texto, como asegura, sino a hacerlo inteligible. Sigue siendo un texto complejo (como lo son Hölderlin o Wordsworth en las traducciones que yo leo). Y en él, por cierto, un lector medio tendrá que visitar el diccionario igual que con otras traducciones serias. Por otro lado creo que lo mejor sería que usted leyese esa traducción; y luego hablamos. No me haga repetir aquí el rosario interminable de citas del texto original incomprensibles no solo desde un punto de vista léxico para cualquier lector (que no sea usted, naturalmente). Andrés Trapiello.

Por lo que lleva uno visto hasta ahora, los contrarios a que se haya traducido el Quijote al castellano moderno son en cambio, como el profesor Arranz, muy partidarios del verbo deturpar y de las notas a pie de página, entre otras razones para seguir usando el verbo deturpar. 
Cuando se les arguye que todos podremos seguir leyendo el Quijote en su prístino estado (que, como sabemos, es menos prístino de lo que parece), dicen que no, que el Quijote es un libro que sólo surte efecto sufriendo, partidarios del célebre la letra con sangre entra).
Aquí van también algunos otros escritos recientes, de estas dos últimas semanas, poco circulados aquí, con mi agradecimiento a todos los intervinientes.
Este reportaje aparecido hoy o ayer en El País americano.
Este artículo de Héctor Abad, en Colombia, de la semana pasada.
Este de Savater, en Tiempo y algunos periódicos sudamericanos más.
Y este reportaje aparecido la semana pasada también en The Guardian.



16 de agosto de 2015

El misterio de los péndulos

HA sido una de las grandes noticias del verano: resuelto el misterio de los péndulos. Se percató por vez primera de él el inventor de los relojes movidos por pesas, el físico holandés Christiaan Huygens. Fue quien observó que dos relojes de péndulo puestos uno al lado del otro acababan acompasando sus movimientos. Nunca alcanzó la razón científica de ese fenómeno. Acaban de encontrarla dos matemáticos portugueses, Enrique Oliveira y Luís Melo: “Las ondas sonoras que transmiten por la pared o el travesaño comunican un péndulo con el otro, perturban sutilmente su ritmo de oscilación y acaban, en menos de media hora, por inducir su sincronización”. 

Si esta noticia es por sí misma prodigiosa, aún lo era más el hecho de encontrarla en el periódico al lado de otra: el rosario de carambolas que desencadenó la alcaldesa de Barcelona al hacer meter en una caja de cartón el busto del rey Juan Carlos (y es comprensible que avisara ella con antelación a la prensa, tanto para perpetuar la ofensa como para erotizarse políticamente como aquel personaje de La colmena que iba al billar a ver y a que le vieran hacer “posturas”). Unos días antes el alcalde de Cádiz había sustituido un retrato de Felipe VI por el de Fermín Salvochea, pintoresco alcalde anarquista del Cantón de Cádiz durante la primera república, y unos días después el de Zaragoza hacía lo propio con el nombre del pabellón de deportes de su ciudad, que quitó al rey para dárselo a un entrenador local de baloncesto. En todos los casos esas decisiones se llevaron a cabo por firmes partidarios del derecho a decidir que decidieron sin consultar a nadie. A ellos se refería El Roto con su sagacidad acostumbrada: “Cambiaron los nombres de las calles, pero los baches seguían allí”.

Hemos permanecido durante muchos años juntos como relojes de péndulo y convivido de una manera más o menos armónica. Lo natural es que siguiéramos marchando al unísono, no al revés, la física así lo avala, pero se advierten en los péndulos movimientos, cada minuto que pasa, más convulsos. Pese a saber que el paroxismo acabará rompiéndolos, seguimos inertes, afásicos. ¿Cómo se ha llegado a ello? La física es implacable: tales sacudidas no proceden de los péndulos; se diría que alguien, enemigo de la armonía tanto como de la física y de lo sutil, quiere acabar interesadamente de una vez con todo. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de agosto de 2015]

9 de agosto de 2015

Reír por no llorar

EL sarcasmo suele estar cosido con el hilo de la desesperanza y el pesimismo. En el sarcasmo asoma además, como punta de un iceberg, un pequeño fracaso. En fin, el sarcasmo se está llevando por delante la realidad española. No hay nadie sensato hoy en España que en una conversación medianamente seria sobre la situación actual que no la abroche con un sarcástico “me río por no llorar”.

Rafael Cadenas es un poeta venezolano, acaso el mejor poeta venezolano vivo. Es un octogenario reservado y silencioso. Puede estarse una cena, y dos y tres, sin hablar, escuchando sólo a los demás. Pero si se le pregunta, responde. Lo hace sin apresurarse, pensando lo que va a decir, en un susurro apenas. Ha de dejar uno incluso de masticar si quiere oírle, aunque lo tenga al lado. La última vez le vimos en Madrid, hace unos años. Contaba cosas extrañas del régimen chavista.  Cosas que había visto con sus ojos (los tiene bien abiertos: la realidad, visible e invisible, para un poeta como él lo es todo). Él sufría aquel esperpento, decía, a diario, de la mañana a la noche. Al hablar, recurría al sarcasmo, por no abrumar a nadie con la tragedia descarnada (el sarcasmo es traje de un esqueleto, y de ahí que no lo haya mejor que el que se le hace a un  muerto). Y Cadenas concluyó: “En Venezuela hoy no podríamos sobrevivir sin humor negro”. 

Vemos, oímos, nos cuentan: aquí uno quiere quitarles la calle a Manuel Machado y a d’Ors; allí otro asegura  que burlará, si puede, al Estado (de derecho) y la legalidad, porque también cuando Franco, asegura con cinismo, había legalidad; otro más allá compara a Angela Merkel con Hitler... Empieza la realidad a descoyuntarse y cada cual dice lo primero que se le ocurre. Cuando hace un año Pablo Iglesias aseguraba jactancioso que en menos de dos sería Presidente de Gobierno, algunos pensamos: ese hombre está loco si se cree algo así. Hoy, con media docena de vídeos y otras tantas frases (partidario de la Libertad,  como los de la Asociación del Rifle, de la Fraternidad, como Eta, y de la Igualdad, como Fidel Castro y Chávez) podría ser Presidente de Gobierno o decidir quién lo sea, y de poner el precio. Al oír a Cadenas, cautivo hoy en Caracas, pensábamos: pobre gente. Nos creíamos a salvo de la corte de los milagros, pero empezamos a encontrarnos donde él estaba, hablando con sarcasmos, tirando de humor negro.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de agosto de 2015]

2 de agosto de 2015

Nada que ver con el amor

SIEMPRE se ha preguntado uno quién sería el primero que equiparó la pasión amorosa con el fuego. Cada vez que lee u oye uno hablar de un amor “ardiente” o de alguien que “encendió” en otro un gran amor, me sonrío, como cuando unos personajes románticos (La Cartuja de Parma no es una novela romántica, pero sí la historia que cuenta) empiezan a llorar a lágrima viva, dejando su rostro “arrasado por el llanto” con cualquier excusa. A Stendhal, y eso probablemente le hacía tan antipático a sus contemporáneos y tan moderno para nosotros, la mayor parte de los  arrebatos comburentes y apasionados le suelen parecer un poco ridículos, aunque asista a ellos con simpatía. Como nos ocurre a los adultos al asistir a la despesperación de un adolescente: “¡Nunca jamás volveré a estar tan enamorado!”. Y tendría gracia que acaso el primer hombre (o mujer) que equiparó el amor y el fuego fuese el mismo que simbolizó con éste al infierno.

La imagen del fuego es bonita, qué duda cabe. El fuego mismo tiene algo de misterioso, como lo tienen el agua, la tierra y el aire, depositarios de todos los arcanos de la filosofía y de la poesía. Pero a diferencia de los demás elementos, el fuego sólo se conjuga en presente, y al menos en nuestra pobre escala humana, tiende a ser finito (el remedo de la llama al soldado desconocido, que arde día y noche, no pasa de ser la ilusión de fuegos que creemos eternos, como el de los astros, llamados igualmente a extinguirse). 

No, tienen poco que ver el fuego y el amor;  no hay fuego sin ceniza, pero hay a veces un “amor constante más allá de la muerte”. Lo que deja el fuego, sobre todo los devastadores, al contrario que el amor, incluso los muy desgraciados, es  sólo desolación. Puede uno admirar el espectáculo sublime del mar acometiendo embravecido unos acantilados, o al aire agitando las copas de los árboles o la tierra ordenándose y desordenándose con secreta armonía, pero nada tiene el fuego de admirable campando por sus fueros. Desaforado. Acabamos de verlo. Cerca. Bramando, lanzando por encima de nosotros  sus llamas como jinetes del Apocalipsis, llenándolo todo de cenizas y tristeza en esta tarde de verano. Se repetirá la escena en muchos lugares de España. Detrás de muchos de estos fuegos, la codicia, la venganza, el resentimiento, las taras, el odio. Nada que ver con el amor, firme, generoso, delicado. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de agosto de 2015]