22 de marzo de 2015

Humanas piedras

CON la destrucción de las estatuas del Museo de Mosul, el Estado Islámico ha cometido no su mayor crimen, pero sí su mayor error. 

Cada cierto tiempo, y desde el siglo VIII, se produce en algún lugar de la tierra un brote furioso de iconoclastia. ¿Hay alguna diferencia entre la destrucción de los milenarios budas de Bamiyán, hace catorce años, y la de las esculturas también milenarias del museo de Mosul hace tan sólo unas semanas? Sí y no. Sí, porque en ambos casos la han llevado a cabo gentes que aseguraron hacerlo en nombre de Alá, pero el modo en que se destruyeron y lo que representaban las estatuas hacen muy diferente el caso.

En Bamiyán se trataba de dos estatuas religiosas, talladas en una montaña. Su tamaño era proporcionado a su aspecto primitivo y su demolición se hizo con unos cartuchos de dinamita. Diríamos que fue una voladura más o menos confiada a la técnica. 

Las estatuas del museo de Mosul eran de reyes y  mitológicas y muchas de proporciones humanas. Quienes las destruyeron tenían que empujarlas con sus propias manos, y si no perdían en la caída la cabeza o los brazos, las remataban en el suelo con mazos de hierro. Otras, colosales, como una esfinge de más de tres metros de alta, cuerpo de ave y testa de asirio, no permitían ser abatidas. El martillo percutor del hombre a quien habían encomendado la tarea de destruir ocho mil años de antigüedad se la estaba tomando tan concienzudamente que después de acabar con ojos, nariz y boca no perdonó ni uno solo de los caracoles de su barba. Sin sus facciones recordaba a una de esas mujeres a las que su marido quema la cara con ácido.

El impacto que han causado en el mundo civilizado esas escenas de Mosul ha sido inmenso, y parece que, al fin, los Estados Unidos estudia como puede reconquistarse esa ciudad. Ni las degollaciones, ni el secuestro de niñas, ni el terror sistemático lo habían movilizado hasta hoy. Han sido necesarias las imágenes de la destrucción de estas estatuas milenarias para recordarnos que el arte es lo más humano que el hombre ha dejado de sí sobre la tierra, lo único capaz de sobrevivir y vencer el paso del tiempo (y ahora vemos cuánto mejor y más seguras están de momento en los museos occidentales). Por eso decíamos que destruir lo que parecían unas piedras inertes debería ser el principio del fin de quienes amenazan con borrar precisamente los orígenes de la civilización.
    
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 22 de marzo de 2015]

21 de marzo de 2015

Traducir el Quijote

AYER la editorial Destino anunció, a través de Efe, la publicación de la versión del Quijote al castellano actual en la que he trabajado durante catorce años.
La notica se difundió rápidamente por internet y los comentarios, como es natural, están siendo de todo tipo.
Agradezco a quienes la han recibido con interés y simpatía.
Querría salir al paso también de aquellos a quienes les ha faltado tiempo para considerar este trabajo, sin haberlo leído, desde luego, un despropósito o un atentado contra el Quijote, y aun cosas peores.
Están, en primer lugar, los que dicen: el que quiera leer el Quijote, que lo lea en su lengua original, menospreciando a todos los millones de lectores que lo leen en alemán, inglés, francés o cualquier otra lengua. 
En realidad lo que yo digo en el prólogo es bien distinto: quien pueda leer el Quijote en su lengua original, debe hacerlo, vale la pena que haga ese esfuerzo. Pero lo cierto es que hay millones de españoles e hispanohablantes que no es que no quieran (lo han intentado cien veces), es que no pueden leerlo, y abandonan, porque el Quijote está escrito en una lengua que ni hablamos ni, a menudo, entendemos, el castellano del siglo XVII. Hemos de insistir en esto: cualquier lector alemán, inglés, francés o de cualquier otro país puede leer el Quijote de corrido en su propia lengua, como leemos nosotros la Ilíada, Guerra y paz o El  rey Lear en la nuestra. 
Están también quienes, no sé por qué, temen que este Quijote traducido al castellano actual vaya a sustituir al original. Como si se tratara de estafar a alguien con una copia o una imitación. Es exactamente todo lo contrario, tal y como dice Vargas Llosa en las palabras preliminares: para muchos, esta es acaso una puerta para entrar en el original, y formar parte de los lectores que tenemos el libro, tal y como lo escribió Cervantes, por un milagro.
"Es posible también que algunos pocos que presumen de leer el Quijote «en su prístino estado» encuentren que aquí se rebaja el original, y traten ellos de rebajar este sin resignarse a compartir con todo el mundo una finca, quiero decir un libro, que acaso creían de su exclusiva propiedad. «Felizmente ponen en duda cuál es la traducción o cuál el original», dice don Quijote en aquella imprenta barcelonesa de ciertas traducciones de Cristóbal de Figueroa y Juan de Jáuregui. Algo me dice, sin embargo, que a los descontentadizos también les habría disgustado la traducción de este libro hecha por el mismísimo Cervantes, y se la hubieran leído con una lupa en una mano y la cimitarra de cortar pelos en tres en la otra", se dice en mi prólogo, aunque no se tenga uno por profeta. 
Amigxs, tranquilos. Ojalá pudiera ser esta como las de Figueroa y Jáuregui, para ello ha trabajado uno estos catorce años, tratando siempre de que sea Cervantes quien hable, quien escriba, no yo.
Porque de la misma manera que queremos seguir hablando la lengua de Cervantes, don Quijote quiere hablar nuestra lengua, y la de todos, alemanes, ingleses, franceses, incluso la de los de que vivimos a este lado del Manzanares.

En librerías el 2 de junio de 2015. Cubierta, Guillermo Trapiello

16 de marzo de 2015

Nada que ver con Monedero

DE todas la invenciones humanas en las que ha intervenido la ciencia, acaso la que esté más cerca de la naturaleza sea una campana. Pocas cosas tan perfectas en su sencillez, y ninguna como ella ha logrado mantener a lo largo de los siglos su pureza, como un fondo animal.

Como la mayor parte de las ciudades grandes, la nuestra, Madrid, tiene dos o tres horas a la semana en las que parece una pequeña ciudad de provincias, incluso un viejo poblachón manchego, esas horas que van en cualquier domingo de ocho a once de la mañana. Calles vacías, algún mendigo que se despereza en su banco, unos jóvenes trasnochadores y sin fuerzas siquiera para hablar, alguna anciana que camina despacio apoyada en su bastón hacia una iglesia... Sí, seguramente es esto último, porque de pronto ha empezado a sonar una campana. ¿De qué iglesia o convento? No sabemos. Al momento he visto un bando de palomas, asustadas quizás por ese sonido. Son campanadas lentas, un tanto melancólicas. Parecen en verdad muy nietzscheanas: hablan a todos y a ninguno. Me digo: ese mismo sonido, sin variación, ha estado en los oídos de las gentes desde hace doscientos o trescientos años; tal vez oyeran esas mismas palabras de bronce este o aquel personaje admirado y querido...

Antes de que empezaran a sonar, con los periódicos del día debajo del brazo, venía uno ensimismado hacia casa, pensando en el artículo que iba a escribir, muy diferente a este. Las campanas lo echaron a volar, como levantaron también el vuelo de las palomas: ¿Quién o qué es este señor Monedero? ¡Cuántos pensamientos absurdos tenemos a lo largo del día! Me sonreí al advertir la coincidencia de ese apellido con sus ocupaciones. Ni Galdós habría andado tan fino poniéndole el nombre. Venía su foto en la primera página de muchos periódicos. Observa uno su cara. ¿De qué va disfrazado? Ah, sí, me digo, de comisario del Soviet, como un niño se viste de Supermán. Supongo, seguía yo en mi soliloquio, que ese Monedero falso se dispone a jugar a la Revolución... Y en este preciso momento sonó la campana. ¿Dónde? Adiós, Monedero; adiós, artículo; adiós a todo esto. Me puse sólo a atender a la campana. Me pareció más importante. Me dije, ese sonido era ya así en la monarquía, en la República, en la dictadura, en la democracia. ¿Qué dice? Nada que tenga que ver con Monedero, feliz domingo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de marzo de 2015]

8 de marzo de 2015

Un desnudo

“EL manantial” de Ingres representa a una muchacha desnuda. Está de pie y sostiene un gran cántaro de barro. De la boca del cántaro, que apoya en su hombro, sale agua, que cae al suelo. Aunque todo en la escena parece sereno y frío, se respira en ella una gran sensualidad. Esa ninfa, como las venus florentinas, está de pie, sí, pero hay algo en ella que está echado, como sucede con las venus venecianas. ¿La edad de esa muchacha? Lo diremos con palabras de Cervantes. En una época en que la belleza y la salud eran frágiles y efímeras, Cervantes precisa siempre la edad de cada cual. De vuelta de Barcelona, donde acaban de derrotarle, don Quijote se tropieza a dos muchachas vestidas de pastoras. “Su edad, al parecer, ni bajaba de los quince ni pasaba de los dieciocho”. La edad de la muchacha de Ingres tampoco parece bajar de los quince ni pasar de los dieciocho, es decir, una edad de la que se habla mucho en el Código Penal. Ni que decir tiene que la muchacha de Ingres es bellísima y su cuerpo, maravilloso. Para suerte nuestra, esa muchacha está en  Madrid.

Puede verse desde la calle, sin entrar siquiera a la sala donde se expone. La Fundación Mapfre ha puesto el reclamo de su figura en la fachada. Como ese cartel de cuatro metros de alto y uno de ancho está colocado perpendicularmente, todo el mundo puede verla desde lejos.

No deja de maravillarnos. La gente que camina por la acera en uno y otro sentido pasa deprisa por allí. La mayor parte, apretados por el afán diario, ni siquiera  llega a reparar en ella. Ese cartel, me digo, no se hubiera podido poner ahí hace tan sólo cuarenta años. Las autoridades habrían aplicado a los responsables también el Código Penal por alteración del orden público. Lo que no habrían dado  Cervantes por haber visto una pintura como esa, me digo: ahí, de pie, serena, sensual, soñadora, es la proclamación de la vida y  de la belleza. ¿Permitiría esta sociedad en su vía pública un desnudo masculino equivalente, incluso el de esta muchacha si fuese fotográfico y no pictórico? Es poco probable, pero esa certidumbre no estorba su contemplación y la gratitud por su existencia. Nos recuerda también el largo y penoso camino que esa muchacha ha recorrido hasta llegar ahí. Piensa uno también en todos los países del mundo donde prohibirían ahora  “El manantial”. Así que llegados a este punto, considera uno lo afortunado que es, inconsciente de ello a veces en nuestro afán diario.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de marzo de 2015]

2 de marzo de 2015

Tic-tac

RECUERDO que de joven se juró uno, si llegaba a viejo, no oírse decir jamás “no me siento viejo” en ninguna de sus declinaciones (“lo importante no es cómo te veas, sino cómo te sientes”; “hay que sentirse joven de aquí –toquecitos en la cabeza–, y de aquí –toquecitos en el corazón–”; “soy más joven que muchos de los jóvenes que conozco”; “me gustan más los jóvenes que los viejos”; “no me gusta relacionarme con viejos”; “en mi tiempo”, (versión cebolleta: “yo en mi tiempo”; versión wagneriana: “nosotros en nuestro tiempo”), en mi tiempo, digo,  esto no sucedía”, etc. Sentía uno que ese alarde de juventud solía ser el primer síntoma de senilidad. Entonces, de joven, algunos de nuestros mejores amigos eran viejos; ahora, que vamos para viejos, alguno de nuestros mejores amigos son jóvenes. 

Lxs viejos con los que nos relacionábamos eran escritores o artistas vagamente orillados, pero los encontrábamos bastante más divertidos y sabios que a la inmensa mayoría de las gentes de nuestra edad. En los jóvenes con los que nos relacionamos ahora, parece que nos viéramos a nosotros hace cuarenta años, y aprovechamos para hacer  exactamente lo que hacíamos entonces: hablar de todo menos de generaciones y de la edad de cada cual. Ahora, excepto algunos hábitos (resisten mejor el trasnochar y los picantes), seguimos en lo mismo. Si las relaciones no son de igualdad, no valen nada. Y de esto se ha dado uno cuenta ahora: aquellas gentes con las que nos relacionábamos y estos jóvenes tienen algo en común: no son ni viejos ni jóvenes, están un poco fuera de tiempo y se toman muy en serio casi todo, menos a sí mismos.  Acaso por ello puedan ser más felices que otros, son los “happy few” de Stendhal. 

Ha empezado a circular la idea de que no hay partidos de izquierda o de derecha, sino ricos y pobres. Defienden esa idea con una voracidad de poder casi carnívora un puñado de jóvenes wagnerianos, más niños de papá, diríamos, que pobres. ¿Creen lo que dicen? Quién lo sabe. Parecen permanentemente fruncidos, solemnes, sin sosiego, y eso es natural: se ve que ellos mismos se toman muy en serio. De momento han elegido una metáfora para su Movimiento Nacional, “tic-tac”, confirmación de que el mundo está dividido para ellos, sobre todo, en jóvenes y viejos. Los tiempos en que se esgrimió la Juventud como un valor político absoluto propiciaron periodos siniestros, temibles. En el salón de baile vuelve de nuevo a oírse el bolero, viejo como el mundo: “Quítate tú para ponerme yo”.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de marzo de 2015]

26 de febrero de 2015

Cómo ser moderno sin parecerlo

ESTE era el título de una conferencia (lo de "pronunciar una conferencia" no lo he entendido nunca bien) sobre Falla y Picasso y El sombrero de tres picos, dentro de un ciclo dedicado a las relaciones entre música y pintura, dirigido por Félix de Azúa para los Amigos del RSofía, que organiza Marga Paz, y que corrió a mi cargo (lo de "correr a mi cargo" tampoco es manco).
Recomendación de Azúa a los hablantes era la de no leer las intervenciones. La mía empezó en este cartel y con una pregunta: ¿qué ven en él, aparte de la tipografía de un cartel muy poco vanguardista? Esto: el nombre de Picasso está en el mismo cuerpo de letra que el pie de imprenta (de hecho aquí ni se aprecia), y el de Falla, en el de cualquiera de los bailarines. ¿Qué quiere decir esto, el hecho de que el nombre de los dos artistas por los que se ha hecho famoso ese ballet vaya tan pequeño?… Y de ahí hasta el final, una hora.
Estas que siguen son las palabras del programa de mano.
* * *
Se estrenó esa obra de Manuel de Falla en Londres, con decorados y vestuario de Pablo Picasso y coreografía de Leónidas Massine, en 1919.
Podemos hablar por tanto con absoluta propiedad de los “felices años veinte”, conjunción afortunada de muchas artes menores y mayores al servicio de la “alegría de vivir”.
Aquel estreno fue un hito no sólo en la carrera de Falla o en la historia de los célebres Ballets Rusos (Picasso estaba ya sobrado de hitos), sino uno de los cantos del cisne de la modernidad (hubo varios): era posible hacer una obra maestra partiendo de una pantomima decimonónica (aunque magistral, Alarcón, autor del libro El sombrero de tres picos, que a su vez recogía el romance de “El corregidor y la molinera”, era un autor del “pasado reciente”, el peor de los pasados, como es sabido), de algo ligero e irrepetible siempre, como es la danza, y de algo, igualmente efímero, unos decorados de teatro y unos figurines, llamados por lo general al desguace (al fin y al cabo esos decorados no son de mano del artista, sino de la de unos artesanos, como los trajes).
La unión de temperamentos y estilos heterogéneos hizo aún más prodigiosa la síntesis: Falla, un hombre monástico y silencioso, de los que “va por dentro”; Picasso, exuberante y siempre un poco trilero, y Diaghilev un empresario astuto e insaciable.
Tradición y vanguardia fue la enseña más inteligente de la vanguardia. Nada se crea de la nada, y además conviene hacerlo con humor. Sin el humor, la gran aportación de las vanguardias, su elevación a rango de gran arte, como lo fueron en su tiempo la tragedia o la lírica, no se entendería el arte ni la vida.
Falla tomó para su composición, como venía siendo habitual en él, aires, bailes, melodías, ritmos de la tradición española, concretamente andaluza;  en la reutilización de esos elementos nacionales, como sucedió también en Stravinsky, no deja de haber cierta ironía: se habla de neoclasicismo, pero a diferencia del genuino neoclasicismo, el del siglo xviii, que mira al clasicismo de verdad, el de la edad dorada grecorromana, el neoclasicismo de la modernidad del siglo xx da tratamiento de clásico a lo que no siempre lo era.
Picasso, que había fundado, desarrollado y cerrado el cubismo, acaso la última gran innovación de la historia de la pintura, acaba de volver entonces a su neoclasicismo personal. El suyo, más irónico aún, no es la vuelta al clasicismo sino a los neoclásicos, con Ingres a la cabeza. Tras el ascetismo cubista, vuelven en él la sensualidad y redondeces del mundo, en definitiva: la joie de vivre.
Massine-Diaghilev ponen el resto, la cristalización de lo que en arte no dura, aquello que contribuirá a la leyenda de la obra de arte, el perfume, lo más frágil y a menudo lo más duradero y firme en la memoria, aquello capaz de desencadenar todo el pasado. ¿Fueron en verdad sublimes aquellas coreografías, como nos cuentan las crónicas y reseñas de sus contemporáneos? La técnica (el cine, la fotografía, la televisión), nos permiten conservar hoy sonido e imagen de casi todo. El movimiento, la cadencia de las cosas. Hablar de los ballets rusos hoy tiene algo de hablar de una función de Le cirque du soleil a quien no ha podido ver ninguna de las a menudo poéticas puestas en escena de esos magos artistas malabares. Como hablar por señas a un ciego.

Y eso sucedió en 1919, gracias a quienes, conscientes de su modernidad, no necesitaban probarla ni hacer historia. Podían ser modernos sin parecerlo: Falla, vestido de contable del siglo XIX con su terno eternamente negro y sus aires de Buster Keaton; Picasso, jugando a todas horas con sus españoladas, y los bailarines proclamando lo que proclaman los bailarines desde los tiempos de Dionisos: “carpe diem”, lo que dicho en puntas de pie no deja de tener su aquel.



23 de febrero de 2015

Heidy metal

HACE unos treinta años la cosa esa de la gastronomía  empezó a desplazarse de los fogones y a ocupar los platós de televisión y las primeras páginas de los periódicos. El nombre de algunos cocineros trascendió su comarca, y algunos se hicieron tan populares como futbolistas (su equiparación a intelectuales y estadistas es relativamente reciente, y la inició en 1975 Paul Bocuse, creador de una sopa de cebolla  al parecer sublime, quiero decir que la sublime era la sopa, porque consiguió hacer de algo tan plebeyo como una cebolla, algo sublime, y la bautizó “Sopa de trufa Valéry Giscard d’Estaign”.

Aquella sopa y su éxito arrollador llevó a muchos cocineros de todo el mundo a intentar algo parecido. También en España. A primeros de los ochenta del siglo pasado unos amigos se desplazaron al País Vasco con el sólo propósito de comer en cierto restaurante donostiarra que ya entonces tenía listas de espera de siete u ocho años. No era tan grave, porque dados esos plazos se producían bastantes anulaciones de la reserva por defunción y/o asesinato. Volvieron nuestros amigos algo perplejos de aquel viaje, pero trajeron consigo  una expresión feliz que desde  entonces forma parte de nuestro léxico familiar: gambas con chocolate, referido a todo aquello que no por audaz y novedoso garantiza el acierto. En realidad la experiencia de las gambas con chocolate acabó siendo una versión actualizada de El Retablo de las maravillas: el emperador no sólo estaba desnudo y borracho, como aquel del que se hablaba aquí hace unos días, sino que además cobraba por ello una fortuna.

Acaba uno de leer que Bob Dylan ha versionado diez canciones de Frank Sinatra. Yo no sé nada de música pop ni he seguido nunca a ningún conjunto, pero  tenía la idea, de haberlo oído y leído por ahí, de  que Dylan y Sinatra representaban exactamente lo opuesto: uno, la pureza y la luz, el otro, la mafia y lo tenebroso; Dylan, la rebeldía y la poesía; el otro, la sumisión al mal y lo prosaico; la vida errante uno, y los tugurios de Las Vegas el otro. Sin saber nada de eso, uno se pregunta: ¿Habría Dylan versionado esas mismas canciones de Sinatra hace cuarenta años, lo habrían entendido sus partidarios? Al igual que con Bocuse, acaso oigamos pronto a Julio Iglesias versionado por Serrat, o, por qué no, a Rajoy por Pablo Iglesias, Heidy metal. Es el signo de estos tiempos, gambas con chocolate. Lo decía muy bien Azorín: “Vivir es ver pasar”. Y Falstaff: “¡Las cosas que hemos visto!”.
    [Publicado en Magazine de La Vanguardia en 22 de febrero de 2015]