11 de julio de 2016

Las cosas por su nombre

ACABA uno de leer Más que palabras, un libro prodigioso. Lo es, en parte, por dos razones: trata de palabras y lo ha escrito un lexicógrafo y académico de la Real de la Lengua, razones ambas que, endiéndanme, son un poco disuasorias. Pero su autor, Pedro Álvarez de Miranda, es un sabio humilde (no hay ninguno de veras que no lo sea) y ha obrado el milagro: se lee con embeleso, como si le estuvieran contando a uno cuentos de las Mil y una noches. Las palabras, según en boca de quién, tienen ese poder, el de darnos a conocer el mundo, desde luego, pero también el de prolongar y guardar memoria del encantamiento y el misterio con el que viene a nosotros. ¿Y de qué trata ese libro? No se puede resumir: palabras raras, curiosas y olvidadas, expresiones, refranes, dichos... y en todos sus capitulillos siempre una iluminación risueña (tanto si es ligera, como en” biruji”, o extensa, como su cunqueriano paseo por “café”). Y ah, se me olvidaba: al contrario de los pedantes que nos dan la chapa a todas horas con lo mal que hablamos hoy día (en la Rae hay unos cuantos de esos pelmas que yo no sé cómo hablan, pero que escribiendo como escriben debieran acaso no cantearse tanto con la norma), Álvarez de Miranda nos hace creer a sus lectores que somos tan cultos como él, pues como a iguales nos trata. 

Y del mismo modo que las palabras suelen venir unas detrás de otras, también los libros que tratan de ellas, y tras el anterior llegó a nuestra mesa otro, Las palabras y la cosa, de Jean-Claude Carrière, admirablemente adaptado por Ricard Borràs y subtitulado “un paseo erudito y sugerente por las posibilidades eróticas de nuestra lengua”. Si el Diccionario secreto de CJCela acababa resultando un tanto pedregoso y barbárico, el de Carièrre-Borràs tiende a lo cortés: “La palabra coño, que viene del latín cunae/cunarum y significa cuna... es palabra que en sí misma me parece bastante bonita...” Traigo a colación esta frase por ese “bastante”. Cuánta delicadeza. Y, claro, sabía uno que a “la cosa” la hemos llamado de muchas maneras... pero no tantas, y eso desde que Adán la descubrió en Eva ese día en que la vida humana empezó a ponerse interesante y nosotros a llamar a las cosas por su nombre... y por otros muchos, es decir, el día en que empezamos a hacer literatura.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de julio de 2016]

3 de julio de 2016

El misterio de unas fotos

Foto: Carlos Saura, El Rastro, 1960

ESPAÑA años 50 es el título de un libro de fotografías de Carlos Saura, el director de cine. Son fotos inéditas que acaban de publicarse. El libro, nos dice su autor, es desigual y la calidad de algunas fotografías podría ser mejor, pero en él descubrimos algunas memorables. Una de las mejores que se hayan hecho nunca del Rastro es suya, y viene en este libro. Aunque se tomara en el año sesenta* (para una reedición del libro de Gómez de la Serna), da igual (habla de lo elástico que es el tiempo y de cómo a veces vivimos en uno que no se corresponde con la Historia). Aparece en ella  un hombre mutilado, sin piernas. Se arrastra por la plaza de Cascorro sirviéndose de las manos. Unos décimos prendidos en el pecho le delatan como vendedor de lotería. Tras él se ven las botas de media caña y los faldones del abrigo de un guardia municipal con aspecto militar. Sí, un hombre demediado, la miseria, la lotería y las botas temibles de la autoridad: nadie podía haber retratado mejor aquella España con secuelas de la guerra civil por todos lados. 

Esa foto y todas las que van en el libro son, claro, fotos en blanco y negro. ¿Podría haber sido de otro modo? Y desde luego, silenciosas, pero no mudas.

Carlos Saura nos recuerda en un prologuillo breve y emotivo que su primera vocación fue la de fotógrafo, pero que el cine se cruzó en su camino. Es autor de cuarenta películas, nos recuerda. Las primeras, igualmente en blanco y negro, hablan también de los años cincuenta. Muchas las hemos visto. Se rodaron en España y puesto que se estrenaron aquí, hay que pensar que la censura franquista no debió de considerarlas demasiado peligrosas para el régimen, aunque se las conceptuara  como contestatarias y  de “denuncia”. ¿Pero dicen de aquella España y aquel tiempo más aquellas películas habladas y en movimiento que estas imáges silenciosas y fijas? Por supuesto que no. Diríamos que cuanto más silenciosas son estas, más elocuentes y emocionantes nos parecen. Con sus películas sucede al revés: quieren decirlo todo, pero para decirlo todo de una cosa, mejor es callar algo. El paso de los años, sí, no ha sido a veces benévolo con ellas. En cambio sí parece haberlo sido con estas fotografías. Ha respetado en ellas Saura el misterio de la realidad, ya saben, ese que se puede mostrar pero nunca demostrar, tanto más hondo cuanto más a la vista.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de julio de 2016]

* En la edición en papel de este artículo se lee: "en los años setenta", error inducido por Antonio Saura, quien en el prólogo a la edición de El Rastro, de Gómez de la Serna, aparecida en Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2002, dice textualmente: "Allá por los años setenta tuve la suerte de que me encargaran ilustrar El Rastro, de Gómez de la Serna". La edición a la que se refiere Saura, Guía del Rastro, apareció en Taurus Ediciones, 1961. Las fotos debieron hacerse pues, como mucho, en ese 1961 o quizá 1960, y "en un par de domingos". El resultado es uno de los mejores trabajos fotográficos que se hayan hecho sobre el Rastro. Por cierto: la foto del mutilado a  la que me refiero no apareció en esa edición de 1961, pero sí en la de 2002. ¿Censura editorial, gubernamental? ¿Autocensura? Quizá el autor pudiera decirnos algo más de ella.

29 de junio de 2016

Y viceversa

LA elección de un Comisionado de la Memoria Histórica en el Ayuntamiento de Madrid ha despertado cierta expectación. Es natural: somos en parte lo que recordamos. Tenemos este ejemplo reciente. En la localidad catalana de Tortosa, a propuesta del alcalde y para mantener o derribar cierto monumento franquista, se convocó un referéndum al que se opusieron muchos de los del “derecho a decidir” (o sea, a destruir sin consultar a todos). El resultado (68% de vecinos en contra de que se desguace) llevó al alcalde, partidario no sólo del referéndum sino de conservar el muy visible armatoste erigido en aquellos célebres “25 años de paz”, a decir: “Pedimos que no se nos trate como fascistas ni franquistas porque no lo somos”. Tiene derecho a pedirlo, incluso tienen derecho a serlo, si  él y sus vecinos respetan las leyes democráticas, asunto que excede el propósito de este artículo.

El Comisionado de la Memoria Histórica de Madrid, presidido por la abogada Sauquillo a petición de la alcaldesa Carmena, lo formamos seis personas, un secretario y un coordinador. Apenas se conoció el nombre de quienes lo integrábamos, la concejala Mayer, a quien la alcaldesa había relevado de esa comisión para dársela a Sauquillo, nos recusó a todos por “sospechosos”. A cada cual por lo suyo: al cura Urías, por cura; a Álvarez Junco por  distinguir entre Historia, Memoria y Ley y a mí “por ser alguien cuyo cuestionamiento al movimiento memorialista es explícito”. Supongo que le habrá  asesorado su “equipo histórico habitual”. Que se llame cerril a un maragato, no es un ataque a la ciudad de Astorga, y jamás ha escrito uno una sola línea contra “el movimiento memorialista” (¿o Movimiento?). Al revés, si estamos aquí para recordar a las víctimas (todas), cómo no va a haber un cura (excelente, por cierto) en ese comisionado: diez mil curas, monjas y frailes y muchos miles más de seglares asesinados durante la guerra sólo por su condición religiosaconvierten acaso a la Iglesia Católica en la Asociación de la Memoria Histórica más nutrida. Y que la actuación de la Iglesia durante el franquismo  fuera aterradora a menudo no es sino el ejemplo penoso de lo que sucedió en aquella guerra (y posguerra) en que las víctimas pudieron convertirse en victimarios tantas veces, y viceversa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de junio de 2016]

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12 de junio de 2016

Caricaturas

TENER que hablar durante una hora de “la caricatura en la España de la República” a personas que habían pagado una apreciable cantidad de dinero para oírle a uno, me llevó a preparar mi intervención con especial cuidado y a leer o releer algunos ensayos sobre el humor, la sátira y la risa. En uno de ellos, un clásico, titulado precisamente La risa, su autor, el filósofo Henri Bergson, señala de modo muy agudo no sólo la dimensión estética y moral del humor y de la risa, sino de los mecanismos y agentes que la provocan, entre los que se cuenta acaso el más eficaz, “lo casual”, origen de eso que llamamos humor involuntario.

La vida está llena de ejemplos. Con ocasión del reciente nonagésimo cumpleaños de la Reina de Inglaterra, su hijo Carlos, heredero a un trono en el que a este paso no se va a sentar nunca, empezó su brindis con estas palabras asombrosas en las que nadie, me parece, reparó: “Madre, es difícil creer que hayas llegado a los noventa años”. El mismo día, en un periódico español, y hablando de alguien, creo que de un artista que acababa de morir, el panegirista abrochaba su elogio de un modo igualmente insólito: “Va a ser muy difícil olvidarlo”. Queriendo decir que le recordaremos siempre por excelente, parecía sugerir que su obra había sido exactamente lo contrario: una pesadilla. 

Bergson acopia algunos ejemplos anónimos (“La bolsa, amigo mío, es un juego peligroso; se gana un día y se pierde otro”; “Pues no jugaré sino cada dos días”, le responde su interlocutor) y otros con autoría (en una novelita de Gogol un funcionario le dice a su subalterno: “Robas demasiado para un funcionario de tu categoría”). Voltaire, Chesterton, Gómez de la Serna, Wilde, muchos han recurrido al humor para sobrevivir... Hace unos años recorté este “chiste” de El País: “Traemos soluciones para sus problemas”, dice alguien, y otro le pregunta: “¿Qué problemas?”, y le responde: “Los que le traemos”. El autor, El Roto, un hombre sutil, no declaraba quién hablaba, pero estando ahora en plena campaña electoral, ha pensado uno en los políticos y en la única vacuna conocida contra la retórica y la pedantería: el humor. Hoy y ayer, en tiempos de la República, donde hubo excelentes humoristas, quienes fueron, por cierto, casi siempre conservadores. Pero esta es otra historia.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de junio de 2016]

6 de junio de 2016

De boleros y otras obras

Los derechos de autor del célebre Bolero de Ravel han llegado a su fin hace unas semanas. Si el Bolero fuera la obra de un desconocido esta noticia no habría despertado ningún interés. Pero el diario Libération calcula que Ravel, primero, y luego sus herederos habrían percibido desde su estreno, en 1928, unos quinientos millones de euros en concepto de regalías, cantidad fabulosa que reverbera en el horizonte como los espejismos. 

 Cada año, ley inexorable del tiempo, unos cuantos escritores y músicos, en realidad sus herederos, ven cómo sus derechos de autor pasan al dominio público. En España, sin ir más lejos, ocurrirá este mismo año con  Unamuno y García Lorca, lo que, en el caso de este último, ayudará poco a resolver las irregularidades financieras por las que atraviesa la Fundación que lleva su nombre. 

Los escritores, artistas y músicos que hablan abiertamente de dinero en relación a sus obras, excepto si forman parte del mundo del espectáculo (nuestra sociedad tiende a creer que no hay cultura sin espectáculo), no suelen gozar de buena fama, y se les tiene por peseteros si denuncian lo absurdas que son las leyes que despojan a sus herederos de los derechos de autor. “Yo renunciaré a ellos  cuando se obligue al duque de Alba a renunciar a los suyos sobre sus colecciones de arte y sus palacios, o a usted, al pisito que dejará en herencia a sus parientes; el pisito que dejaré a mis nietos son mis derechos de autor”, han repetido los creadores. Pero se supone que los beneficios de un poema o una novela son inmateriales, y en tal caso, ¿cómo tasarlos con dinero? (Esto, no obstante, se conoce que rige para los poetas, pero no para los curas: los de mi pueblo, León, han empezado a cobrar por entrar en la catedral; o sea, que una catedral puede tener derechos de obra, pero una obra no puede tener derechos de autor). Los defensores de la exoneración de derechos de autor dicen: la Humanidad se beneficiará con ello. ¿De verdad? ¿Las entradas para oír el Bolero serán más baratas a partir de hoy? ¿Valdrán menos los libros de Lorca y Unamuno? Por supuesto que no. ¿Quién se quedará entonces con el dinero que antes iba a los herederos? Respondiendo  esta pregunta acaso pudiéramos hacer al fin una ley justa de propiedad intelectual.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de junio de 2016]

4 de junio de 2016

En astillero


Ilustración de Eva Vázquez

Va a hacer cosa de un año que se publicó la traducción del Quijote al castellano actual. Tres meses antes, hablando de ello con Francisco Rico, de cuya edición me había servido para la mía, me preguntó: “¿Cómo has traducido astillero?”. Él sabe bien que es una palabra difícil de traducir. “Estante en que ponen las lanzas, adorno de la casa de un hidalgo, en el patio o soportal”, se lee en el Tesoro de Covarrubias. Le dije la verdad: aún no me había decidido. Durante catorce años lo había intentado al menos de unas veinte maneras diferentes y aproximadas, que dejaban bastante que desear. Me sugirió que pusiera «de los de lanza en su astillero»: le parecía una manera de conservar la palabra original aludiendo a algo directamente relacionado con las lanzas. Por su significación y relevancia y sabiendo que algunos la examinarían con lupa (al fin y al cabo aparece en la primera frase del Quijote, que nos sabemos todos: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”), quería uno afinar lo más posible.
La palabra significa hoy otra cosa y la expresión en astillero parece un tanto oscura en una frase en la que todo resulta claro, “adarga antigua, rocín flaco, galgo corredor”… No sé, resulta vacía y redundante. ¿Dónde, si no, se van a poner las lanzas? Lo más extraño es que tanto la palabra como la expresión en astillero sólo aparezcan en Cervantes y en ese libro. En mi traducción quedó como “de los de lanza ya olvidada”.
Para los grandes anotadores del Quijote, desde Clemencín y Rodríguez Marín al propio Rico, la palabra astillero significa lo que dice Covarrubias, donde se guardan las lanzas, arrinconadas, en la reserva, olvidadas... Estos detalles tienen su importancia, pues del significado de una sola palabra dependería la interpretación de fondo, literaria y filosófica, de nuestro libro más importante: don Quijote habría combatido las injusticias del presente con armas del pasado, grotescas y “mohosas”, poniendo así de relieve lo desigual y meritorio de sus combates.
Hace dos meses conté en una conferencia en Sevilla mis tribulaciones al traducir esa expresión. Cuando terminé, se acercó a mí un hombre discreto en el sentido cervantino, que se presentó con un nombre en verdad galdosiano, José Cabello. Fue él, archivero de La Puebla de Cazalla, pesquisando unos legajos, quien se tropezó con la firma de Miguel de Cervantes en un documento que le acreditaba a este como comisario de abastos. Bajando la voz, para que no nos oyera nadie por si me molestaba que pudieran escucharlo otros, me dijo que quizá todo lo que había dicho yo de la expresión en astillero podría estar equivocado: acababa de encontrar él en el Archivo de Indias un documento, 1595, en el que se decía que cierta cantidad de harina “estaba en astillero”. A falta de algunas comprobaciones, creía que Cervantes habría oído esa expresión, “harina en astillero”, en su reiterado trato con molineros y harineros, significando una harina que quedaba lista para ser utilizada. Acababa José Cabello de levantar una liebre más grande que la que agarra Sancho y que tanto mosqueó a don Quijote.
Un vuelo entre Madrid y Santiago de Chile da para leer el Quijote. Yo me contenté con Miguel de Cervantes: los años de Argel, el libro de Isabel Soler que comenta de una forma casi novelesca la Información de Argel, en la que el alférez Luis de Pedrosa, hablando de una de las intentonas de fuga de Cervantes, dice que el negocio (comprar una fragata para la huida) fue bien y “se puso en astilleros”.
Al llegar a Santiago José Manuel Lucía Mejías, autor él mismo de una excelente biografía de Cervantes, se ofreció con su portátil a hacer de piloto por los fondos que tiene colgados en la Red la Rae. Aparece la expresión en numerosos textos. Suárez de Figueroa, en El pasajero, de 1616, le dice a alguien que “tenéis ya vuestro libro en astillero”, y en La garduña de Sevilla, 1646, Castillo Solórzano habla de quien tenía puesta “en astillero la destilación para que la hiciese el licenciado”… Fue una de esas ocasiones en las que esta justificado decir: “Hmmm...”. Además, si Covarrubias (que sólo menciona astillero como sinónimo de lancera) no se ocupa de la expresión, sí lo hace Gonzalo Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, 1626: “Estar en astillero: lo que no está en perfección, como las naves acabadas de fabricar de madera, sin haberlas acabado de adornar”. ¿Podría extrapolarse esto a cuanto le queda poco para alcanzar su ser?
Además, ¿para qué demonios iba a querer Alonso Quijano todo un astillero para una sola lanza? ¿No le habría bastado con dejarla detrás de la puerta?: “Una lanza tras la puerta, un rocín en el establo, una adarga en la cámara…” dice del “hidalgo en la aldea” en su Menosprecio de corte y alabanza de aldea Antonio de Guevara.
Sí, “de los de lanza en astillero” no sería de los de lanza ya olvidada, sino todo lo contrario, de los de lanza casi lista para ser usada. Don Quijote había madurado tanto ya su locura, que le faltaba poco para hacer su primera salida, ansioso como estaba ya de embrazar la adarga y echar mano de su lanza para arrostrar su descomunal empresa. En realidad, escribiendo Cervantes que don Quijote era de los de lanza en astillero, nos está diciendo tal vez que Alonso Quijano era a la sazón un “caballero en astillero”, o sea, a punto de serlo. Por cierto, en la primera edición del Diccionario de Autoridades, 1726, tampoco se recoge astillero ni la expresión en astillero, aunque sí en la segunda, 1770, pero acaso sólo en atención al Quijote.
¿Qué hacer? Se imponía consultar con Pedro Álvarez de Miranda. Es Álvarez de Miranda el lexicólogo que más sabe de estos asuntos. Acaba de publicar un libro, prodigio de erudición y amenidad, que lleva por título precisamente el de Más que palabras. “No encuentro ningún otro texto en que astillero signifique 'percha o estante para astas o lanzas', lo que es algo extraño”, corrobora. No obstante, “desmontar más de dos siglos de anotaciones del Quijote exigiría una demostración demoledora, de meridiana claridad, inobjetable”, concluye, y la autoridad de Covarrubias le parece “casi inapelable” en ese caso. Y sin embargo… Sin embargo la expresión sigue siendo opaca, nadie, excepto Cervantes, usa la palabra astillero en el sentido que él le da ni la expresión lanza en astillero, y si Covarrubias es mucho, Correas no es manco… Y siendo la expresión estar en astillero o quedar en astillero de uso corriente cabría pensar que Cervantes pusiese en la suya dos sentidos, como si dijera: "de los de lanza en astillero, y nunca mejor dicho", o sea, una lanza que espera en su astillero a ser usada ya.
Por todo ello sugiero a los que tengan ese Quijote que anoten a lápiz en su ejemplar, como he hecho yo en el mío, junto a “de los de lanza ya olvidada”, un “de los de lanza casi a punto” o “de los de lanza ya en capilla”. Incluso, por darle la razón a Rico (lo que más le gusta), “de los de lanza en su lancera”. O mejor: “de los de lanza a punto en su lancera”. Es, diríamos, la solución baciyelmo aplicada a la filología, pues en estas indagaciones que quedan de momento en astillero lo importante es no hacer el ridículo.

   [Publicado en  El País el 4 de junio de 2016]









29 de mayo de 2016

Moisés y Aarón

Moisés y Aarón es el título de una ópera de Arnold Schönberg. Schönberg es un músico mental y difícil. Yo no conozco a nadie que pueda tararear dos compases seguidos de ninguna de sus partituras. Es, en ese sentido, como un poeta del que nadie recordara un solo verso. Pareciéndole poco para dos, inventó un ajedrez para cuatro, fue pintor atonal y padecía, porque estas cosas nunca vienen solas, triscaidecafobia, aversión al número trece. “La contrajo”, dicen sus biógrafos, después de componer un ciclo de trece canciones, y como Moses und Aron tenía trece letras, lo cuadró quitándole una a a Aarón. Sus partidarios nos recuerdan que los genios siempre fueron incomprendidos. Según. A la mayoría se les comprende pronto. Schönberg sigue en eso como el primer día, subvencionado.

Moisés y Aarón  vendrá a Madrid, después de París. La atracción de ese montaje, más que los actores y músicos, es un toro de mil quinientos kilos, que “actúa” de becerro de oro. En París ha causado sensación, en Madrid es de suponer que también. En las fotos promocionales se ve, desnuda, a sus pies, de espaldas, a una joven escultural. El contraste entre el buey y la muchacha es, qué duda cabe, grandísimo. No sé qué más hará, ni qué números y golpes de efecto tendrá preparados el director para distraer a los espectadores, pero todos serán pocos y estarán justificados.

La ópera se ha convertido en un asunto carísimo que sin el mecenazgo privado, pero sobre todo público, sería insostenible. Pese a los esfuerzos titánicos de directores de escena y figurinistas por hacer de las óperas espectáculos espectaculares (aquí se justifica el pleonasmo), no siempre lo consiguen. Hemos visto recientemente óperas de Haendel con todos vestidos de astronautas y de Mozart con las cantantes en bragas y sostén.  Pese a ello, su música logró que nos olvidáramos de los montajes (al ser el de Mozart medio porno, un poco menos). Sin el toro Easy Rider (ese es su nombre) Moisés y Aarón supongo que apenas será nada. Porque se le olvidaba a uno decir de la música de esta ópera: para mí  el sillón del dentista es más hospitalario. ¿Se está insinuando entonces que habría que suprimir los apoyos a estas obras? En absoluto. La segunda ley de Murphy establece que siempre se puede ir a peor, como acaso comprobemos el 26J.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de mayo de 2016]