18 mars 2019

Diligencias. Prólogo

¿QUÉ puedo decir yo? Quienes estén habituados a leer libros saben que estos son puertas que se abren y se cierran. Lo son también las vidas. Entramos, salimos, de algunos no queda rastro, de otros sí, a veces; en unos casos y otros, por razones bien ­extrañas que no se dejan ordenar ni estudiar, todo es demasiado provisional, pese a los siglos, las luces y las sombras que organizan el mundo. Nada nos produce más ternura, asombro o perplejidad que las certezas de nuestros antepasados: «Esto vale, esto no, aquello perdudará, aquello otro será olvidado». Y las certezas de quienes nos sobrevivan o vengan después de nosotros nos importan poco, porque sabemos que producirán también, con el tiempo, ternura, asombro, perplejidad.

¿Qué estamos haciendo aquí? Tú, leyendo este prólogo, yo escribiéndolo. Cada uno, sentados en la arena de la playa, uno frente al otro, en silencio, concentrados en la tarea, está levantando algo que se parece a un castillo, con sus muros y torres almenadas, sus tejados, sus ventanas incluso, practicadas en la arena con el dedo meñique. Por no privar de nada a la fábrica hemos abierto alrede­dor de nuestra fortaleza un foso, que al momento se ha llenado de agua de mar, porque todo en esta vida son secretas galerías y pronto alcanza su nivel freático.

¿Qué voy a hacer? Tú, si te aburres, puedes levantarte e irte. Yo voy a seguir aquí, en la playa, añadiendo alguna torre, reparan­do desperfectos, drenando el foso. Me gustaría que te ­quedaras conmigo, si es en silencio. Porque estoy trabajando, y tampoco nececesitamos hablarlo todo.

¿Hasta cuándo seguiremos aquí? Hasta que se ponga el sol y la playa se vacíe de bañistas, ambulantes y curiosos. Al llevarse consigo sus conversaciones, risas, voces, la playa se ha quedado vacía y el acompasado, tranquilo y monótono batir de las olas y la modulada melodía del viento se han impuesto a todo. Es una de esas playas tendidas y despejadas, en abierta competencia con la línea infinita del horizonte, gran alcancía de ilusiones y esperanzas. En cuanto el sol desapareció en él como un doblón de oro, la atmósfera se ha vuelto húmeda y fría. No quedamos aquí más que tú y yo, el mar y él, nuestro castillo. A este las sombras que lo cercan y perfilan lo hacen más convincente, y el fulgor de lontananza, incendiando el ocaso, lo vuelve inexpugnable.

¿Estoy diciendo que somos inexpugnables? No, no digo eso. Esto es lo que va a suceder: dentro de un rato, no sé cuándo, tú y yo tendremos también que irnos, cuando la noche se cierre por completo y desaparezcan de la vista la playa, el mar, nuestro castillo, y empiece a subir la marea. La marea se llevará el castillo, ­deshará la bonita torre del homenaje, las murallas, chapiteles y dependencias, y el foso se anegará, fundiéndose con el inmenso océano. La pleamar acabará con nuestra obra, desde luego, pero no con la ilusión que pusimos al empezar la mañana, bajo el sol implacable del mediodía, entre las hospitalarias y doradas luces de la tarde. Ni borrará la felicidad de ver cómo nuestras manos armonizaban millones de granitos de arena, dándoles al ­juntarlos forma y sentido. Cuando mañana vengan otros aquí a levantar su propia fortaleza, lo harán con esta misma arena, con este mismo mar, olas y viento, y con este mismo azul, pero sobre todo, lo harán con nuestra misma fe, para llegar al ­versículo del Géne­sis: la felicidad de crear algo, mientras se está ­creando, y la dicha de saber que está todo por crear. No sé, ni tú tampoco, si Dios existe o no, pero sin la ilusión que puso el hombre al pensar el mundo, ni tú ni yo ­podríamos estar ahora frente a frente. 

               (Diligencias, 2018)

10 mars 2019

De lobo a ladilla

EN la misma semana estos dos titulares: “La vigilia de los veganos que consuelan a los cerdos en el matadero: «Te queremos»” y “El profesor de Oxford que vivió como una nutria y comió lombrices para entender a los animales”.  Al primero le acompañaba la foto de una muchacha que acariciaba el morro de un guarro (con perdón, diría Sancho Panza). En la fotografía del segundo se veía al profesor en posición fetal, sobre la hojarasca de un bosque: “Ser una nutria es como estar colocado de speed”, declaró. 

Acaso no sea uno la persona adecuada para glosar estas dos noticias. Que Savater  sacase en las últimas elecciones menos votos para el senado que los del partido animalista es  algo demasiado desolador y humillante como para haberlo olvidado (y perdonado). 

Si los veganos han decidido hacer tales vigilias, es, primero, porque creen que los cerdos son conscientes de la muerte, algo que distinguía hasta hoy a los humanos de todos los animales,  y, segundo, porque acaso esperan que el suyo sea un amor correspondido; lo decía Baroja: “en el sexo acaba apareciendo el mono, el cerdo”. Desde antiguo el hombre ha encontrado en los animales modelos de conducta o ejemplos execrables (desde el “hermano lobo” de San Francisco al “eres una ladilla”), pero nunca se había llegado tan lejos al considerar  a los animales “víctimas”, ni siquiera en las religiones que los consideran sagrados. 

Lo de ser una nutria, por suerte, queda en el lado de la ficción, en la ilusión de ser otro. Es improbable que las nutrias le hayan contado al profesor cómo se sienten, pero agradecemos la sinceridad de este al confesarnos que él ha pasado de sentirse nutria a ser nutria. Claro que como con speed, tengo entendido, puede uno llegar a sentir cualquier cosa, igual que las brujas que se untaban las axilas con estramonio, no debemos tampoco darle mucha importancia a sus sentimientos. Por mi parte, constato con desolación que llevo comiendo toda la vida pollo, sin que hasta la fecha eso me haya ayudado gran cosa a “comprender” a los pollos. Porque entenderlos los entiendo, pero comprenderlos no. Al contrario de lo que le pasa a uno con los veganos y con ese profesor, que no acabo aún de entenderlos ni comprenderlos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de marzo de 2019]

4 mars 2019

Sofrólogos y sofrólogas

CUANDO escribo estas líneas no se sabe aún si Nicolás Maduro ha huido de Venezuela o si, por el contrario, sigue allí. El 2 de febrero se convocaron en Caracas dos manifestaciones multitudinarias, una a favor del presidente autoelegido y otra a favor del autoproclamado, Juan Guaidó. Y como aquellas manifestaciones caraqueñas, las hubo ese día en muchos países. También en España. Lo extraño es estas fueron todas a favor de Guaidó,  ninguna por Maduro, y eso, en el caso de España, resultó de lo más extraño, porque aquí tenemos un partido político, Podemos, al que votaron cinco millones de españoles y cuyos dirigentes se mostraban hace  tan sólo tres años muy partidarios  del dictador venezolano.

En menos de lo que ha tardado uno en contarlo aquí, uno de esos líderes, Íñigo Errejón, borró de su cuenta todos los tuits favorables al sátrapa y su dictadura. Sin temblarle el pulso y sin importarle que se notara, como hizo Stalin con Trotski. Se ha oído mucho también, comparándolo, supongo, con Pablo Iglesias, Irene Montero o Echenique, que Errejon es “muy inteligente”. ¿Basado en qué? Quizá por asegurar que en Venezuela la gente hacía al menos tres comidas al día, sabiendo que han dejado el país tres millones de personas para no morirse de hambre. La gente parece que confunde la inteligencia con hablar con gran aplomo y muy deprisa, sin tropiezos ni dudas.

¿Han advertido la velocidad a la que hablan ante un micrófono o una cámara Errejón, Montero e Iglesias, y cuánto hablan? Acaba de publicar el divertido BILIS (Boletín del Instituto de Lingüistas Independientes) un estudio según el cual Errejón mete en un minuto ochenta palabras más que la media, Montero sesentaicuatro e Iglesias veintidós? Dejan a Cantinflas en flemático, en racionalista. Hace años nos contó un dentista el origen de la expresión «hablar como un sacamuelas». El hablar mucho y deprisa era la sofrología rudimentaria con la que se trataba de distraer al paciente del dolor que se le infligía, cuando no había aún anestesias. Lo cual le hace pensar a uno que cuanto más deprisa nos habla alguien y más irracionalmente, más se nos quiere distraer de lo que, de todos modos, tendrán que borrar más tarde sin titubeo, tal como hacen también, por cierto, los ambulantes y charlatanes del Rastro.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de marzo de 2019]

25 février 2019

A la contra

Nunca me he subido a un coche de Uber. Ni siquiera sabía qué era eso hasta hace muy poco. Lo mismo me  sucede con Cabify. Ha sido uno un gran partidario del taxi, me encantan las conversaciones de algunos taxistas (pensé escribir un libro que se titulara así, Historias del taxi, breves, curiosos, rápidos relatos como los de la película Una noche en la tierra), pero tras la huelga reciente de los taxistas me voy a hacer de Uber, me voy a hacer de Cabify y de todas y cada una de las empresas que en el transporte público de pasajeros ejerzan su derecho al trabajo en igualdad de condiciones que el taxi. En mi decisión no tiene que ver el que los coches de Uber y Cabify sean mejores ni que sus conductores vayan aseados y pongan a disposición de los pasajeros una cestita con caramelos de limón (según me han contado); tampoco porque sean más limpios y baratos. No hablamos de higiene ni dinero. Lo hará uno por principios, por creer que somos libres e iguales y tenemos derecho a buscar el trabajo donde se encuentra y contratar a cualquiera que cumpla la ley, una ley que ha de ser igual para todos.

Acaba de pasar un coche de Uber, negro, reluciente, con los cristales tintados. En dos de ellos, pegado con celo, este cartel: “Somos una Vtc tradicional. No trabajamos con Uber. No trabajamos con Cabify”. Tal vez sea sólo una añagaza para librarse de los piquetes, pero qué humillación tener que pedir clemencia porque la autoridad no garantiza la justicia. Por eso se va a hacer uno de Uber, de Cabify, de lo que haga falta: no podemos vivir amenazados.

Admira uno al que en Inglaterra se hace católico y protestante en Roma, al que en Gerona pone en su balcón la bandera de España y en Madrid también, y, en general, al que defiende al débil frente al poderoso (y no digamos si este es además mafioso). Para alguien como uno, que no conoce los pormenores de esa huelga, el ver a unos cuantos energúmenos con los chalecos amarillos ha sido lo que le ha inclinado a hacerse de Uber, de Cabify y, sí, de lo que haga falta, allí donde se defiendan esos derechos básicos. A la contra de la corriente general y del lugar común, de los matones o de cualquier piquete. Y contra aquellos que defienden los monopolios, laborales, económicos o políticos. Aquí o en Venezuela, donde haga falta.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de febrero de 2019]

10 février 2019

Lenguas vivas y muertas

CUANDO iba a empezar a escribir este artículo sobre Roma, se publicaron unas declaraciones de su director, Alfonso Cuarón, en las que este deploraba que en España su película se viera subtitulada. Le parecía un abuso, y tiene razón, compartiendo como compartimos a uno y otro lado del océano una lengua común. Lo cierto es cuando la vimos esos subtítulos nos parecieron una extravagancia, y en muchos tramos un despropósito. Las palabras de Cuarón obligaron a Netflix a suprimir los subtítulos, pero también desviaron la atención del fondo de su maravillosa y originalísima película a otros aspectos, como los del doblaje o traducción. En las polémicas que siguieron se recabó mi opInión como traductor del Quijote al español actual.

Tiempo y espacio, de eso se trata. ¿El castellano del Poema de Mío Cid es el mismo que el nuestro? En menor medida que el castellano del Libro del Buen Amor o que La Celestina, y el del Quijote, en mayor medida que estos. El de Mío Cid está más cerca de una lengua muerta, que de una lengua viva. Compartimos con esas obras el espacio, puesto que fueron escritas en España, pero no el tiempo. Con Roma sucede al revés, compartimos el tiempo, pero no el espacio, ya que es una película mejicana. De haber sabido leer, Sancho Panza, habría entendido el Quijote sin el menor problema, pero Alonso Quijano, de haber vivido hoy, no hubiera podido hacerlo sin miles de notas, con esfuerzo y sucesivas trabas. En el primer caso, Sancho hubiera leído una obra con la que compartía espacio y tiempo, y en el caso de Alonso Quijano, de vivir este ahora, otra con la que sólo compartiría el espacio, pero no el tiempo. Por eso Shakespeare, Dante o Montaigne cuentan con traducciones al inglés, italiano o francés actuales, porque las lenguas vivas llevan su camino adelante y dejan atrás obras cuya lengua va poco a poco quedándose sin savia, exangües. Los españoles por fortuna podemos ver Roma y disfrutar del suavísimo y musical acento mejicano. El acento en una lengua es su perfume, y, cierto, a veces hemos de sacrificar este en beneficio de la comprensión. No es el caso de Roma, que podrá ver cualquier hispanohablante en su versión original sin subtítulos, porque compartimos lo principal: el tiempo. A los que ponen fronteras sólo les interesa el espacio, y suelen vivir fuera del tiempo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de febrero de 2019]

4 février 2019

Compañeros de viaje

TODO el mundo parece extrañado de la irrupción de Vox en España. ¿De dónde han salido tantos votos como ha obtenido la extrema derecha en las elecciones andaluzas?, se preguntan desconcertadas y recelosas algunas gentes. No deberían extrañarse.

Quienes alguna vez hayan visitado el Reichstag alemán y subido a lo alto de su cúpula acristalada acaso hayan reparado en la balaustrada que dibuja toda la circunferencia,  defendiendo del vacío a los curiosos. En el centro de aquel vestíbulo se ven, pequeñitas, cruzándolo en pos de sus diligencias, las figuras hormigueantes de los parlamentarios alemanes. Si se mira hacia  afuera, la amplitud de las panorámicas de la ciudad de Berlín disipa la sensación de vértigo que se siente mirando hacia el vacío. Pero tal vez lo más interesante no esté ni en el fondo ni a lo lejos, sino en el pasamanos de la circular balaustrada, recorrida por una sucesión de pequeñas fotografías e imágenes que recorren la historia de Alemania. En una de ellas, entre otras, se ve una de las manifestaciones que celebraron juntos, antes del triunfo hitleriano, nazis y comunistas, compañeros de viaje.

Hace unas semanas el líder socialista Mélanchon apoyaba a los demenciales “chalecos amarillos”, a quienes viene alentando la extrema derecha francesa de Le Pen, y al difundirse la fotografía de un jerarca etarra compartiendo txoco con la lideresa socialista vasca, pudimos algunos indignarnos pero no extrañarnos, como tampoco de los espectaculares resultados electorales de Vox. Bastan unas cuantas operaciones elementales (sumas y restas), quién perdió votos, quién los ganó, para saber que algunos miles de los que votaron a Vox proceden de la extrema izquierda de Podemos, lo que nos llevaría a afirmar que si los socialistas mantuvieron durante años la monserga de que Rajoy era una fábrica de independentistas, puede sostenerse ahora, con idéntico fundamento, que podemistas y Sánchez, apoyado por los independentistas, son una fábrica de Vox. ¿Y qué se persiguen con tan paradójicas alianzas y trasiegos? Como en 1933,  poner fin a la vez al Régimen del 78 y a la Europa de la Ilustración, de ciudadanos libres e iguales. Porque los compañeros de viaje buscan siempre matar dos pájaros de un tiro, quiero decir, acabar con todo, eso sí, alegremente.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de febrero de 2018]

28 janvier 2019

Una subasta

TIENEN lugar en todos los rincones del mundo. Las de Inglaterra y Francia son famosas, y se celebran a diario desde hace siglos. Balzac y  Dickens hablaron de ellas. Ya se ha contado aquí una vez esto de la pintora Carmen Laffón. Se subastaba una pintura suya: “Una mala noticia”, dijo; “o su dueño ha muerto o necesita dinero o ha dejado de gustarle el cuadro”. Yo le respondí que la historia no terminaba ahí, porque también por una de estas dos razones era una buena noticia: lo compraría alguien al que no le hacía falta el dinero para otra cosa más necesaria y porque le gustaba el cuadro.

Hace unas semanas se subastó parte del legado que Luis Cernuda dejó en la casa familiar antes de emprender en 1938 el camino del exilio, del que no volvió. Lo componían algunos cuadros y dibujos, muchos de su amigo Ramón Gaya, entre ellos el retrato que este le hizo, y unos cuantos libros, de otros o suyos propios, dedicados a sí mismo. “A Luis, que ha escrito estos poemas por esperanza unos, otros por desesperación”, leemos de su puño y letra en la primera edición de La realidad y el deseo.

Y desesperación debía de seguir sintiendo cuando, treinta años después, escribió su poema “Limbo”. Cuenta en él el asco que sintió en casa de unos burgueses “merdellones” (el adjetivo es de Cernuda, se lo oímos a Gaya) abarrotada de antigüedades y muebles lujosos. Oyó que a su lado alguien decía: “Me ofrecieron la primera edición de un poeta raro, y la he comprado”. En eso acabamos los poetas, reflexiona con amargura, su trabajo acaba “como otro objeto vano, otro ornamento inútil”, y se recrimina por haberse despedido sin decir nada, “cobarde, mudo”, asintiendo “a la injusticia”. “Mejor la destrucción, el fuego”, concluye. ¿Injusticia? ¿Mejor la destrucción, el fuego? 

Asistí a la subasta con un amigo. Pujó él prácticamente todos los lotes y apenas se llevó ninguno. Fue también él quien recordó ese poema de Cernuda, cuyos versos se sabe de memoria. Pujó con respeto y sin mala conciencia: pocos habrán hecho tanto por dar a conocer la obra del poeta sevillano entre sus paisanos. Y volvió a hacerlo el otro día en la subasta, pujando cuanto pudo para que el Estado (que ejerció sistemáticamente su derecho de tanteo) pudiera valorarlo como debe, y aun más, si fuere posible.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de enero de 2019]