15 juillet 2019

Una apropiación necesaria

EN el mundo sutil del arte sartorio Carolina Herrera es a nuestro tiempo lo que Mariano Fortuny fue al suyo.  No hay patronaje, telas, perifollos, por elegantes que nos resulten en el momento, que no parezcan a los venideros, pasados algunos años, extravagantes y exageradas modas, sosas o cursis. Pocos virtuosos de la aguja consiguen, no obstante, ser recordados con respeto. Fortuny fue de estos, desde luego. Y Coco Chanel. Y Balenciaga. E Yves Saint Laurent. Carolina Herrera forma parte de ese restringido grupo, los elegidos, aquellos que interpretaron los aires de su época y los elevaron a una categoría difícil de establecer: la distinción. Como en todos los órdenes de la vida hay dos clases de distinción, para mal y para bien. Esta última es acaso la que alcanza la rara síntesis entre buen gusto y naturalidad, conceptos igualmente movedizos e indefinibles. Independientemente de la mujer que llevara sus trajes, joven o anciana, hermosa o fea, alta o de corta estatura, gruesa o delgada, sus creaciones proporcionaban y proporcionan a quienes las lucen un porte en verdad distinguido. ¿Y qué es un porte distinguido? 

Contaba José Luis de Vilallonga en uno de los tomos de sus memorias la respuesta que dio su padre, marqués de no sé cuántos y persona que pasaba en la corte por un gran dandy, a Alfonso XIII el día en que este le alabó especialmente su tenue. «¡Qué elegante vienes hoy!». «¿Sí? No vendré tan elegante si el señor se ha dado cuenta». Esa es la principal distinción: que la distinción no se note... ni tampoco, claro, la falta de distinción.

Quienes se dedican a idear trajes y vestimentas viven en el mundo de las variaciones. La eterna novedad del mundo, decía Pessoa. La más célebre creación de Fortuny, que elogió Proust, se conoce con el nombre de Delfos, porque su creador se inspiró en ciertas túnicas de las estatuas jónicas. La venezolana Carolina Herrera se ha inspirado ahora en algunos tejidos populares mejicanos para su nueva colección. Y el gobierno de Méjico, un ente populista demagogo (gran redundancia), la ha acusado de robo y exige su devolución... ¡al pueblo! Tal vez alguien debiera explicarle que en cualquier asunto cultural las apropiaciones no sólo no son ilícitas, sino muy necesarias y obligadas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de julio de 201

8 juillet 2019

Ir tirando

LA irrupción de Vox, el partido de ultraderecha, lo ha trastocado todo, más aún que, en su día, la irrupción de Podemos. Podemos es un partido republicano, y por consiguiente un partido que quiere cambiar la Constitución que consagra la monarquía parlamentaria como el régimen por el que se rige el Estado; considera igualmente que la transición democrática se hizo ignorando a las víctimas del franquismo y se muestra favorable a los referendos de autodeterminación en España, lo que es recibido por las fuerzas independentistas, como es natural, con complicidad y agrado. Su discurso ha llevado a su líder a recordar que la sociedad sigue dividida en clases sociales, los pobres y los ricos, quienes para no tener que pagar al fisco se valen de sus miserables filantropías y obras de caridad.
  
Vox, aparte de ser, como Podemos, un partido populista, no ha logrado salir aún de sus balbuceos prepolíticos, de la misma manera que el lenguaje de sus líderes tampoco parece haber abandonado lo presintáctico. Las fuerzas de la izquierda constitucional se escandalizan de ver cómo el centro y la derecha constitucionales tienen estómago para pactar con Vox, pero encuentran muy natural pactar con Podemos, y aun con anticonstitucionales. Es decir, la izquierda parece más intolerante con los ultras de los otros que con los ultras propios. Unos llaman a los suyos pactos de progreso, y reaccionarios a los demás, y los de derecha llaman a los suyos pactos responsables o patrióticos, y aberrantes cualesquiera otros que no sean los suyos. 

Ha oído uno a personas moderadas disquisiciones según las cuales los pactos con Podemos no son deseables, pero sí admisibles; en cambio pactar con Vox lo encuentran indeseable e inadmisible. Uno, por el contrario, ve que la política real es pactar precisamente con aquel que apenas se parece a nosotros, siempre que respete las reglas del juego y no se aproveche del pacto para destruirnos. O sea, con un mínimo de lealtad. “El mal menor es en realidad el bien”, decía García Calvo, y el bien en este caso sería no tener que pactar, en mi humilde opinión, ni con unos ni con otros. Pero parece que en política, como también en la vida, la única ley es “ni blanco ni negro”, o sea, ir tirando y llevar una china en el zapato. Y eso sí, procurar que nadie nos siegue la hierba debajo de los pies.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de julio de 2019]

1 juillet 2019

Parad el mundo

La foto ha dado la vuelta al mundo: en el último y escarpado tramo del Everest, una fila de alpinistas. La ha hecho  uno de ellos, Nirmal Purja, a quien acaso sólo se le recordará por eso y no por haber escalado el Everest. Están sobre un filo de vértigo, como hormiguitas, detenidos,  esperando “hacer cumbre”. A diferencia de las hormigas, de color tan discreto, los atuendos son multicolores... El infinito azul del cielo y  un mar sereno de picachos nevados es la imagen de lo sublime, pero produce angustia. Angustia viene de angosto. La senda es estrecha. Un paso en falso significa el vacío y el fin. Para “coronar” es preciso ceder el paso a los que bajan. La aglomeración ha colapsado el tránsito y provocado la muerte de nueve o diez montañeros por congelación y falta de oxígeno. La instantánea de Purja, tan elocuente como aterradora, nos ha dejado estupefactos, mudos, cavilosos.

Lo sucedido en el Everest está sucediendo a diario en otros mil lugares de la tierra, ante la indiferencia general. Las hordas del turismo, de cuyas levas formamos periódicamente parte todos, están colapsando las ciudades, los museos, los rincones pintorescos o significativos por alguna razón, no siempre razonable. En muy poco tiempo los bienes más preciados serán la soledad y el silencio, sólo accesibles a los más ricos. Sólo ellos alcanzarán ese lugar privilegiado que retrató como nadie el pintor romántico Caspar David Friederich, un viajero, solo, de espaldas, en la cima del mundo contemplando a sus pies la quietud de las nubes, veladas de un azul  tan misterioso como el de los ojos de un lactante. Parece estar divisando el futuro, pero lo cierto es que ya ciego sólo ve el pasado.

Alcanzar la cumbre del Everest era hasta hace un siglo prerrogativa únicamente de los más grandes, místicos y visionarios. Lo cuenta Wade Davis en su maravilloso libro En el silencio, la historia de George Mallory, el mejor alpinista británico de su tiempo. El Everest está a punto de desaparecer. Era el silencio más alto del planeta. Venecia, Sevilla o París  van camino de ello. ¿Estamos aún a tiempo de impedirlo? Se logró con las cuevas de Altamira, cerrándolas al público. Si no lo impiden los gobiernos, acaso lo único responsable ya, en la medida que pueda cada cual, sea quedarnos en casa y parar el mundo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de junio de 2019]

24 juin 2019

Una entrevista con Daniel Gascón

Ha aparecido este mes en Letras Libres, a preguntas de Daniel Gascón.


En cierta manera Las armas y las letras es un libro siempre infinito: ahora, cuando se cumplen 25 años, aparece una edición ampliada. ¿Cuáles son para ti los cambios más importantes?

La idea es la misma desde la primera edición: contar la historia de escritores, artistas e intelectuales durante la guerra civil, pero especialmente de quienes siendo de izquierdas, de centro o de derechas fueron estigmatizados por razones políticas. El libro ha ido creciendo desde entonces, unas veces incorporando figuras centrales, como Morla Lynch o José Castillejo, cuyos libros se publicaron sólo recientemente, y otras, de segundo orden, como Estelrich. En esta edición hay cientos de citas y datos nuevos, que completan algún pasaje (todo lo relativo a Chaves Nogales, por ejemplo, con las ediciones de sus libros inéditos, o a Unamuno, de quien podemos fijar mejor el episodio del paraninfo de la universidad de 1936, tras las investigaciones últimas del matrimonio Rabaté), o añaden detalles interesantes. Por ejemplo: al lado de la sección “A paseo” de El Mono Azul, que “paseaba” en efigie a algunos intelecutuales en el momento que se “paseaba” de cuerpo presente a otros muchos, había un José Luis Salado, escritor comunista, que llevaba otra sección en un periódico madrileño que se titulaba “Tiros al blanco”. El crimen como un deporte. Hay, igualmente, fotos inéditas y desconocidas de guerra, entre las mejores que yo haya visto nunca. Una por ejemplo que ilustra uno de esos tiros al blanco, en la que se ve cómo disparan sobre un hombre indefenso y por la espalda como sobre una alimaña. El resultado final ha sido un trabajo de taracea. No hay una página que no haya sido corregida, ampliada, matizada. Creo que esta edición tiene unas cincuenta páginas más que las otras. Y confío en que sea la definitiva.

El libro cambió la forma en que muchos veían la guerra y el papel de los escritores. Incluye muchos nombres que ahora son más conocidos que entonces, analiza las obras, y construye un relato. Reediciones, estudios, rescates o incluso ficciones son, en cierto modo, herederos Las armas y las letras. ¿Como ha variado la forma en que vemos esa época en este tiempo?

Creo que la gente ha acabado asumiendo que aquello no fue cosa sólo de buenos y malos. Porque entre los malos había buenos, y entre los buenos, malos. Que no todos los que apoyaron el levantamiento militar eran fascistas, ni demócratas todos los que lucharon en el bando republicano, sin que esto oculte el que el 18 de julio se produjo un golpe de estado contra un régimen legítimo que para muchos, Chaves Nogales entre ellos, desapareció el 19 de julio porque no podía proteger a ninguno de los que le reconocían como legítimo. Y desde luego, que la especie de que los mejores escritores e intelectuales se pusieron de parte de la República es falsa, un triunfo de la propaganda republicana, con la que trataron de demostrar la idea de superioridad moral que creían tener sobre los sublevados, primero y sovre los venvedores de la guerra después, superioridad moral que aún siguen inexplicablemente sintiendo algunos.

En el prólogo de 2019 dices: “Muchos escritores e intelectuales, como tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramática, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas”. Estas dos visiones, en el fondo minoritarias, se imponen a una mayoritaria. ¿Qué define para ti esa tercera España?

Aquella que hubo de elegir bando a la fuerza, sin que ello significara que de haber  elegido el contrario, estaría también a gusto en él. La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria. Por eso los verdaderos vencedores de la guerra civil fueron, políticamente, los falangistas y los comunistas. Falange Española y Pce contaban al principio de la guerra con unos veinte mil afiliados, y al final, con dos millones cada uno de estos dos partidos. Los falangistas administraron la victoria real, y los comunistas el relato, es decir, la ficción. Los escritores de derecha, sin embargo, perdieron los manuales de literatura; y a muchos de los de izquierda, se les tributó trato de grandes escritores, sólo porque la perdieron. Y en medio los perdedores absolutos, los Chaves Nogales, Elena Fortún, José Castillejo, Clara Campoamor, a esos ni unos ni otros les resarcieron con nada, fueron condenados al olvido. Demasiado libres y, sobre todo, testigos incómodos de los crímenes de los republicanos. Y en esa tercera España silenciada estuvieron también quienes como Juan Ramón Jiménez no le servía plenamente a ninguna de las otras dos. Acaba de pasarme Carmen Hernández-Pinzón una carta de JRJ de 1943 en la que dice que no quiere saber nada ni de los falangistas ni “de ciertos elementos” que andan por el exilio. Se refería, entre otros, a Segundo Serrano Poncela, uno de los responsables de las sacas de Paracuellos. Y tercera España, son, dentro de España Gaziel, Espina, Répide y tantos más.

Una de las ideas del libro es que la República gana la guerra de la propaganda desde el principio, dentro y sobre todo fuera de España. Nadie, ni las mentes más admirables (JRJ o Gaya, por ejemplo), está por otra parte siempre libre de su influencia. Uno de los éxitos de la propaganda sería popularizar la idea de que los escritores importantes se quedan el República.

Aunque va contra la idea que tiene uno de la literatura, en la penúltima edición me atreví a poner en dos columnas a unos ciento cincuenta esctritores, setentaicinco de un  bando y setentaicinco del otro, o adscritos por las circunstancias a cada uno de ellos. En esta he añadido algunos nombres más. Es la única manera de desmontar la propaganda. Con la República estuvieron Juan Ramón, Lorca, Machado, Azaña, sí… ¿Pero son menos que ellos, como escritores, Baroja, Unamuno, Azorín, Gómez de la Serna o Ortega y Gasset? ¿Américo Castro es más que Menénende Pidal? A otros la guerra y su muerte les dio una gran notoriedad, como a Miguel Hernández, pero ¿es menos poeta él que Manuel Machado? Me entusiasma Rosa Chacel, pero no podría decir que es “mejor” que Cunqueiro. Me gusta mucho, como es notorio, Chaves Nogales, pero nadie puede decir que Pla no esté a su altura como periodista. De modo que ese es el mito que hemos de desmontar.

¿De qué escritores te sientes más cercano o lejano de esa época? ¿Ha cambiado en algo tu opinión sobre ellos desde 1994 hasta ahora?

En general estroy más cerca de aquellos que fueron refractarios al sectarismo de su propio bando, y más lejos de los sectarios, sobre todo de los sectarios oportunistas y aprovechados, tipo Neruda o los Alberti…. Aunque le gusten a uno poco Luisa Carnés o Arconada, sus vidas difíciles de exiliados parece justificar que su literatura no fuera algo mejor. Y aunque no me gustara lo que escribían antes de la guerera ni después, admiro la valentía de León Felipe al reconocer que también se equivocó afirmando que los poetas republicanos “se llevaron la canción” . Me emocionan siempre Antonio Machado, Juan Ramón, Gaya. Me admiran Unamuno y Azaña, tan enemigos uno del otro. Baroja, Azorín. Ortega, Clara Campoamor, Chaves, Castillejo… Y al contrario, no sólo no he cambiado mi opinión sobre ellos, sino que ha crecido mi admiración por su obra. Algunos, como Azorín y Barojan, escriben y publicabn, en lo más duro de la dictadura franquista y pese a todo, algunos de sus mejores libros. En general la gerra hizo mucho daño a la literatura y la poesía en el momento, y fue necesario que la guerra pasara para que dieran lo mejor de sí, por ejemplo María Zambrano. Sus escritos de guerra son aterradores. Cuando anda por medio la propaganda, la literatura y la poesía se evaporan. Lo decía Machado, la retórica de la guerra es igual en los dos bandos.

Una diferencia que señalas en el campo republicano, entre los intelectuales, es una mayor discusión, a veces problemática, mientras que entre la zona nacional dice “una sola crítica adversa de los poemas de Rosales, Pemán, Vivanco o Ridruejo, o de la novela de Foxá o de las teorías de Laín habría significado para su autor represalias sin cuento”. Hablas de una uniformidad de juicio.

En general es como digo. Una revista como Hora de España no existía en la zona nacional. Y aunque Cernuda se va de España porque esa revista censura su poema a Lorca por razones morales (evocaba y descubría el amor a los efebos del poeta granadino), el nivel intelectual es muy alto. La derecha trata en sus revistas de estetizar la política, y la izquierda de politizar la estética. Quizá el tiempo sea menos cruel con la estética que con aquellas dos políticas totalitarias. O por lo menos yo tolero mejor la literatura de evasión que la del compromiso con las políticas totalitarias.

Escribes: “A los intelectuales republicanos parece interesarles España. A los nacionalistas, más el imperio, o sea, una bandera. A unos el pueblo y a otros los tercios, los cruzados. Y ya se sabe: nada como la patria para para arrancar sentimientos insinceros o solemnes, de los que insufla el viento y el tiempo dispersa como vilanitos secos”. Me gusta ese recurso, que usas más veces en el libro, de un contacto de repente con lo natural o lo concreto. En el prólogo nuevo hablas también de nuestro tiempo de populismos y nacionalismos, “reactivación de la roña carlista”.

Se ve que uno es irremediablemente un escritor realista. Me gusta que las palabras tengan color y olor. Debe ser cosa instintiva. Escribir con imágenes, metáforas y sinestesias tiene la ventaja de los atajos, es como darle alas al pensamiento. Es algo que hacemos todos hablando constantemente, y por eso decía JRJ aquello de que “quien escribe como se habla llegará más lejos en lo porvenir y será más leído que quien escribe como se escribe”. Y en eso hace uno lo que puede.

Dices: “el humor heterodoxo en España tiende a hacerse de derechas”. ¿A qué se debe?

El escritor de izquierdas, sobre todo el marxista, tiene por lo general una idea de sí mismo más complaciente y satisfecha. Suele creer que tiene la Historia de su parte, y se exhibe orgulloso su compromiso político, y ve el humor como una debilidad o una frivolidad, un obstáculo y una alienación. El Quijote se vio durante casi doscientos años como una obra menor, porque era obra humorística. El humorista, si es inteligente, sea de izquierdas o de derechas, se mofa de esas distinciones, por eso pueden verse en los chistes de Tono sátiras improbables en la otra zona. Es incluso difícil saber cómo algunos de sus chistes pasaron la censura, como ese en que se ve a un miliciano goerdo de la Cnt en la consulta del médico. Este le dice, para su gordura le conviene paser; y el miliciano responde: ¿A quién? El chiste va dirigido a lectores que sin duda tenían parientes y amigos “paseados…”. Y sin embargo…. Después de la guerra el humor fue la única válvula de escape de crítica al régimen franquista, y acabó en manos de gentes que siendo más bien de derechas, como el gran Chumy Chúmez, resultan de izquierdas, o de izquierdas, como Vázquez Montalbán, que con servicio doméstico uniformado y parque móvil, son indistinguibles de cualquier burgués de derechas.

También me ha llamado la atención la comparación que haces entre Sender y Cela.

Son los dos escritores un tanto tremebundistas y un poco toscos. Simpatizaron mucho después de la guerra, se reconocieron como de una misma tribu. Por eso su amistad acabó en una reyerta.

Este es, entre otras cosas, un libro sobre la memoria. En los últimos años se ha hablado mucho de la cuestión de la memoria histórica. Criticas la ley. ¿Qué es lo que se ha hecho mal y qué es lo que habría que hacer?

Nuestros padres hicieron algo bien, no importa del bando que fueran: inculcar a sus hijos que todo antes que repetir otra guerra civil. Y fueron más honestos que muchos de sus nietos: conocían la verdad de los hechos y sabían hasta qué punto todos, unos y otros, tenían mucho de que arrepentirse. Por eso llegada la transición lo confiaron todo al olvido, en aras de la convivencia y la paz. Y aunque supieran que sin justicia no hay paz posible, sabían también que a veces la paz es preferible a la justicia. Goethe lo sintetizó en un célebre díctum: Prefiero la injusticia al desorden. Y como dice Nietzsche: un exceso de memoria acaba con la vida. Y así lo entendieron Carrillo, Pasionaria, González, Suárez, incluso Fraga. No es que cerraran en falso la historia. Confiaban en que el tiempo acabara de cicatrizar las heridas. Y todo parecía hacer pensar que se iba a lograr, hasta que… llegaron al poder quienes parece que  legislaron no para resarcir a las víctimas, sino para reescribir la historia.

A la par que ha habido una reivindicación de la memoria histórica, hemos visto alarmas ante los excesos del recuerdo y su instrumentalización para ganar las batallas del presente. ¿Es algo que te preocupa, crees que ha ido en aumento?

Los que hicieron la transición, que fue modélica, no se olvide, se equivocaron en algo: el deseo de los nietos de algunos derrotados de la guerra civil, víctimas después del franquismo, decidieron hacer olvidar con los crímenes franquistas la condición de victimarios de algunas de esas víctimas. Y para ello decidieron en no pocos casos reconstruir la historia, ennoblecer la derrota. En una exposición reciente sobre la Defensa de Madrid organizada por el populista Ayuntamiento de Carmena se hizo desaparecer el papel de los militares, Miaja y Rojo, sólo para presentar la defensa de Madrid como un logro “del pueblo de Madrid”, cuando todos hemos leído cómo Miaja tuvo que disparar sobre el pueblo de Madrid que en desbandada desertaban de las defensas de la la Casa de Campo. Y por supuesto, hay que recordar, pero hay que recordarlo todo. De ahí que resulte un exceso retórico y una caricatura volver a oír el grito de “No pasarán” (la última vez la noche de los resultados electorales frente a la sede del Psoe por enardecidos y exultantes que celebraban la victoria), conociendo lo que sucedió en 1939: no sólo pasaron, sino que se quedaron cuarenta años, y Franco murió en su cama.

Hablas y defiendes muchas novelas, pero dices que no es el mejor género: Las mejores novelas de esta época, dices, son los testimonios. ¿A qué crees que se debe esto?

La muerte y el peligro dejan en la memoria una impronta indeleble. A su lado la ficción palidece casi siempre. Aunque Chaves Nogales diga que sus relatos de A sangre y fuego sean mezcla de ficción y realidad, el lector los percibe como crónica. Lo mismo sucede con la que para mí es acaso la mejor novela de la guerra civil, Celia en la revolución, de Elena Fortún. Todo en ella tiene esa impronta, y el lector percibe que la vida en un bien muy frágil y que bien pudo morir relmente en cualquiera de las peripecias. De ahí que a las novelas de la guerra les sea tan difícil competir no sólo con memorias y diarios, sino con cualquier página de periódico de la época de la guerra.

Escribes que si la primera edición fue responsable de la reivindicación de Chaves Nogales, la nueva versión debería servir entre otras cosas para hacer más conocidos a Carlos Morla Lynch y José Castillejo. ¿Qué te interesa de ellos?

En el caso de Morla, la visión de alguien que ni siquiera es un intelectual ni nun escritor. Alguien que apenas tiene los rudimentos de la liuteratura, que se limita a describir lo que ve, y que es libre porque escribe bajo el pabellón chileno, es un testigo fiel e imparcial. De Castillejo, pese a alguna de sus ideas disparatadas (llegó a creer que la solución a la guerra era partir España en dos, una para cada bando, adelantándose en eso a la partición de Alemania), interesa todo, el tono tan institucionista, la mesura, los modales, diríamos, y el querer ir a la raíz del problema: la incuria de la nación española, la falta de instrucción, el fanatismo religioso, la intransigencia. Lo mismo que Clara Campoamor. Lo que ahora hemos de preguntarnos nosotros como españoles es por las razones por las que hemos tardado casi sesenta años en descubrir sus obras, sus conductas, su ejemplo. Fue lo primero en lo que se pusieron de acuerdo las dos Españas, en callarlos y hacerlos desaparecer como testigos incómodos.

Otra forma de leer el libro es verlo como un libro sobre la retórica. Una reflexión sobre la guerra y la retórica está casi al principio, y uno de los momentos más emocionantes es la parte final, cuando Manuel Machado viaja a Collioure, donde acaba de morir su hermano. Dices “ahí deberíamos ver el arranque de la reconciliación nacional”. ¿Por qué?


Es algo que también hemos aprendido. Los hermanos Machado eran más que hermanos, eran almas gemelas, se veían a diario, escribían juntos, se admiraban uno al otro sinceramente y lo manifestaban con los mayores encomios. Pensaban parecido en todo, eran liberales. De haber caído Antonio con los franquistas y Manuel con los republicanos, ¿no habría hecho Antonio lo que hizo Manuel, y Manuel lo que hizo Antonio? La propaganda, la retórica de los perdedores, puso a Antonio en el puesto más alto de la literatura, rebajando al tiempo a Manuel, pero lo cierto es que el soneto a Líster de Antonio es peor aún que el de Manuel a Franco. La reconciliación pasa por leer lo mejor de uno y de otro sin la mediación de la propaganda, y descubrir los poemas maravillosos que uno y otro escribieron, sabiendo que lo que acaso tenga Antonio de superior sobre su hermano no fue desde luego consecuencia de su postura en la guerra civil, ni a la inversa, Manuel no es menor en relación a su hermano, porque pasara la guerra en Burgos. Esa es la libertad que trata de inculcar ese libro mío. Despojar a los lectores de los prejuicios que inculcaron en él muchos años de propaganda, de uno y otro bando.

17 juin 2019

A lo que renunciaríamos

ROGER Federer, el mejor tenista de todos los tiempos, ha dicho algo en lo que seguramente esté de acuerdo Rafael Nadal,  el otro mejor tenista de todos los tiempos: querría ser una persona corriente y anónima. Si anotáramos en un papel no las cosas que ha de hacer el Rey cada día, sino todas aquellas que no podrá hacer nunca, comprenderíamos cuánto encierra de maldición la expresión “vida de príncipe”: nunca podrá pasearse solo por las callejuelas de Venecia, ni tomarse una cerveza fría, leyendo el periódico, en una terraza de la plaza del Salvador en Sevilla, ni quedarse en casa la mañana del 6 de enero jugando con los regalos que les han traído a sus hijas pequeñas unos Reyes más afortunados sólo porque son magos, ni entrar en cualquier sitio sin tener que darle la mano a cien personas, ni mirar escaparates una tarde cualquiera, ni hacer cola en un cine, hablando con unos amigos, ni escuchar lo que dicen dos adolescentes en el vagón  del metro... 

Hace unos años le preguntaron a Pedro Almodóvar, cuando la fama acababa de caerle encima, qué echaba de menos y respondió casi lo mismo que decía Federer:  permanecer en una parada de autobús oyendo la conversación de dos mujeres...

¿Quién no ha jugado de niño, y aun de adulto, incluso de viejo, al juego de los deseos? ¿Quién no ha fantaseado con el genio de la lámpara ? Casi todos los deseos acaban pareciéndose mucho, los del rico y los del pobre, los del joven y el viejo, los del hombre y la mujer: una buena salud, una vida decente sin demasiado penar que incluya el amar y ser amados y... El tercero de los deseos deberíamos reservarlo no tanto para pedir algo nuevo, como para conservar todo lo viejo a lo que por nada del mundo querríamos renunciar, a menos de dar al traste con todo aquello que habíamos logrado con los otros dos deseos. 

Cuántas horas de felicidad debemos a Nadal y a Federer los amantes del tenis. Ha sido y es tanta, que querríamos corresponderles con aquello que les falta a ellos y tenemos de sobra casi todos, anonimato... Pero al momento comprende uno que no puede dar su anonimato, y renunciar a él, sin destruirlo, y lamenta que la felicidad, incluso la más modesta, haya de ser algo egoísta.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de junio de 2019 ]

9 juin 2019

Maltratos de libro

EL primero fue hace más de diez años, en Cartagena de Indias. Se celebraba uno de esos congresos de la lengua que tan útiles son a la sociedad. Se vio allí una extraña  “instalación”: de una de las ventanas del vetusto edificio en el que se celebraban conferencias y encuentros, salía en tromba una colosal vomitona de libros. Miles, descuartizados, abiertos, apegotonados, hasta alcanzar la acera. Ser testigos de aquella violencia resultaba desagradable. Volvimos a ver un mejunje parecido en el Palacio de Linares de Madrid. El que presenciamos hace unas semanas en Málaga era más cateto, pero la idea, la misma: unos cientos de libros hechos trizas subían formando columna y bajaban hasta un viejo chibalete de cuyas cajas salían algunos más. Que estos estuvieran enteros pero chamuscados, como extraídos a tiempo de una pira, supongo que tendría su significado, pero no va a perder uno ahora ni un segundo descifrándolo.

Íbamos Juan Bonilla y yo a hablar precisamente de libros a un público respetuoso y atento. Mis primeras palabras fueron, más o menos, estas: “Ustedes, para llegar a esta sala, habrán pasado por delante de cierta instalación. De ser periquitos y no libros, algún partido animalista habría pedido ya su retirada. Y de ser nosotros consecuentes, estaríamos yéndonos de aquí como protesta por un maltrato tan estúpido. Es imposible que entre tantas no haya una sola página allí que no haya sido arrancada a un sentimiento noble, que no contenga unas pocas palabras verdaderas merecedoras de nuestra gratitud y respeto”. Nadie se movió de su sitio y nosotros proseguimos con la conversación, porque, a diferencia de esos artistas, no ha venido uno a esta vida a ser provocador. Terminado el acto, se acercó un hombre con un libro en la mano. Lo había rescatado, al entrar, de aquella escombrera. Tenía las cubiertas tiznadas, claro, y las huellas de haber sido pateado. Era la primera edición de Juan de Mairena, de Machado, 1936. El saberlo valioso despertó en él algún escrúpulo: ¿tenía entonces que devolverlo? Por supuesto que no, le aconsejé. Al contrario, deberían darle una medalla al mérito cívico, como a ese ciudadano que yendo por la calle evita que alguien maltrate a una persona indefensa. Pero lo cierto es que para entonces ya todos nosotros habíamos sido maltratados. También.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de junio de 2019]

3 juin 2019

Contra todos

RESUMIENDO mucho las cosas, sabemos lo siguiente: cuando gana la izquierda suelen subir los impuestos; la derecha trata de bajarlos. Cuando el señor Rajoy, de derechas, subió los impuestos, la izquierda se lo afeó, cosa que no se comprende: tendrían que haberse alegrado como cuando alguien acomete por nosotros un deber ineludible e ingrato. La izquierda se ha presentado tradicionalmente “con más sensibilidad” que la derecha ante los problemas sociales. Como si a uno de izquierdas le doliera más ver un pobre o un niño sin escolarizar que a uno de derechas. El de izquierdas se ve a sí mismo como alguien sensible y solidario, y ve al de derechas como un monstruo devorado por la codicia. El de izquierdas tiende a considerarse un visionario, y moralmente superior. El de derechas se tiene por alguien providencial que remedia los excesos ajenos. Naturalmente la realidad ha desmentido en numerosas ocasiones a uno y otro, sin que eso haya cambiado la opinión que tienen de sí y de los demás. Y al final del argumentario, la conclusión: la izquierda asegura que subiendo los impuestos el país crecerá, y la derecha, por el contrario, que cuanto más se suban, más se destruirá.

Acabo de leer que el gobierno promoverá la mayor subida de impuestos de la democracia, con el fin de asegurar las mejoras prometidas en la campaña electoral, principalmente referentes al salario mínimo, a las ayudas a la dependencia y a la ampliación de los subsidios... Alguien, un hombre común, no un señorito, no un latifundista, se quejaba hace un rato en la barra de un bar de no encontrar en su pueblo (con una tasa de paro del 30%) a nadie que le echara una mano en las tareas agrícolas. “¿Para qué? No me hace falta”, le dijo alguien, al tiempo que enumeraba las ayudas del gobierno que entraban en su casa: cuatro. Pequeñas, pero suficientes. “El pan del Estado es muy poco, pero muy blanco”, pudo añadir. De su casuística, como de la de otros muchos en el mismo latrocinio, están al cabo de la calle los vecinos de ese pequeño pueblo.  Por eso necesitaríamos ahora a alguien en verdad sensible que le explicara a ese tipo  y a otro como él, que lo que hacen es bien feo, y denunciar, como cualquier maltrato, el que cometen impunemente  contra la hacienda pública, o sea, contra todos y a menudo con la connivencia de los políticos que les piden el voto.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de junio de 2019]