8 de julio de 2017

En una gran ciudad

¿CÓMO serán nuestras ciudades dentro de cincuenta años?  La mayor parte de las predicciones que oímos de niños quedaron muy lejos de la realidad. Recordemos únicamente cuatro de las utopías más circuladas entonces: nos alimentaríamos, como los cosmonautas, con píldoras, erradicándose así el hambre en el mundo; nuestras ropas estarían confeccionadas con tejidos   indestructibles que nos defenderían tanto del frío como del calor; la amenaza de las invasiones marcianas uniría a las naciones del nuestro en una federación idílica y, por último, en veinte o treinta años a más tardar, los coches volarían. Sin embargo, en lo que respecta a estas anticipaciones, lanzadas desde laboratorios y universidades, seguimos como en la Edad Media, y hambrunas, dislocamientos climáticos y guerras devastadoras siguen campando por sus respetos, y nos pasamos la vida en los atascos. ¿Y las ciudades? ¿Cómo se pensaba que serían?

Estaban llamadas a convertirse en lugares donde sería fácil ganarse el pan y gastarse el excedente de los salarios de forma divertida y excitante. Pero en este punto  sucedió lo imprevisto, y apareció el teocrático, belicoso, hostil Islam. Hasta entonces los países árabes, que salían de la tutela colonial, apenas eran otra cosa que decorados de Lawrence de Arabia. Desde hace apenas diez años no hay estadio de fútbol, discoteca, bulevar concurrido, mercado, metro, tren o templo, donde uno o varios fanáticos no puedan sembrar el terror.

Ignacio Echeverría, el joven que perdió su vida tratando de salvar la de una mujer atacada por unos islamitas, se había mudado a Londres hacía un año atraído por las promesas que ofrece una metrópolis. Lo que le convierte en héroe fue que corrió hacia el peligro, en defensa de una desconocida, en vez de huir de él. El primer impulso de los que no tenemos su valor sería acaso buscar refugio en pueblos, villas y despoblados y dejar nuestras ciudades a merced de quienes querrían convertirlas en menos aún que las ruinas de Palmira. Pero ahí estaba ese muchacho dispuesto a defender con su vida estadios, discotecas y mercados, pero también museos, teatros, bibliotecas y todo aquello que da sentido a la nuestra, esas cosas que sólo son posibles en una gran ciudad y sólo en una gran ciudad.
   
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de julio de 2017)

2 de julio de 2017

El sino de los tiempos

LA célebre frase de d’Ors a propósito de las conferencias se ha hecho real incluso en las pequeñas capitales de provincia: cada tarde, o la da uno o se la dan a él. Con frecuencia tienen lugar en sótanos tristísimos que parecen refugios antiaéreos, pero también en auditorios amplios y suntuosos. En todas, sin embargo, hay algo común: el público. El 90% de los asistentes a una conferencia tiene más de sesenta años, sólo un 0,5% son menores de treinta, y el 70%  son mujeres. Más o menos. 

Los organizadores se desesperan, porque querrían atraer a los jóvenes a esas actividades, les parece un crimen que no se aprovechen del conocimiento que se les brinda casi siempre de forma gratuita, y para ello recurren en ocasiones a reclamos estúpidos, de feria barata: la última, la del Rijksmuseum, hace unas semanas, permitiendo al visitante número diez millones dormir una noche frente a la Ronda nocturna de Rembrandt, en cama puesta para la ocasión frente al cuadro, con mesilla y botella de champán, como en un meublé), que únicamente sirven para degradar la inteligencia y el esfuerzo de los mejores. Es el sino de los tiempos.

La novela se ha ocupado a menudo de ese personaje que percibe su época como un tiempo en declive, y a sí mismo como un superviviente. En unos casos este se rebelará contra tal aciago sino, tratando unas veces  de restaurar la edad dorada, tal y como le sucede a don Quijote,  y otras, por el contrario, como a Nikolái Andréievich, el viejo príncipe Bolkonski de Guerra y paz, que se recluyó en su palacio, de espaldas al mundo, sólo para esperar su muerte. A la mayoría de los mortales que vamos llegando a esa edad que  llaman provecta, nos acometen, sin duda por falta de una personalidad definida, ambos sentimientos contradictorios: unos días se revolvería furioso uno contra el desorden de las cosas, tratando de restablecer la armonía del universo, y otros se encoge de hombros y desea que ese mismo mundo desordenado se ahogue en su propia estupidez  como el Titanic en las aguas heladas del océano. ¿Qué hacen, mientras, todos los que no son ese 0,5%? De momento siguen, arrobados, como corresponde a su edad, al famoso flautista de Hamelín, conocido también como Diablo Cojuelo. Por eso, debería cuidarse más a ese  0,5%, que son la inmensa minoría, la única que importa.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de julio de 2017]

26 de junio de 2017

Zyklon B en wikipedia

¿QUIÉN no le debe la corroboración de un dato o su refutación, por no hablar de todo lo que desconoceríamos sin ella? Las últimas noticias son, sin embargo, desalentadoras: “La wikipedia va camino de desaparecer: gasta demasiado y las donaciones no bastan”, hemos sabido. Pero no es ese el mayor de sus problemas.

Hace unas semanas, alguien que lo necesitaba buscó en wpedia algo sobre uno, y se quedó atónito. En mi biografía se hacían constar, y de manera sucinta, estos dos únicos datos (no somos nadie): que uno era un “literato” interesado en “el fascismo literario” y que formaba parte de cierta comisión de la Memoria Histórica, “referenciados” con cierta  tendenciosa página de “investigaciones marxistas”. Es decir, un dato falso  y otro circunstancial, tratados ambos de un modo insidioso. La persona que destapó el “hallazgo”, buen conocedor de mis escritos, corrigió uno y otro sobre la marcha, pero se tropezó con la sorda e inaudita reacción de alguien que parece estar vigilando al otro lado, un tal Asqueladd, seudónimo, cómo no, de un censor que revertía, literalmente a los dos minutos, cualquier cambio que no fuera de su agrado. Lo que siguió forma parte de un relato kafkiano. Han intervenido otros lectores. Nada que hacer. Ese sujeto impedía cualquier modificación o la sometía a su “criterio”. ¿Con qué autoridad? La que la de da, al parecer, tener en su haber ¡72 mil ediciones en wpedia!, o sea, la de haber infectado 72 mil veces wpedia con  sus tóxicos errores y omisiones interesadas. ¿Resentimiento, estupidez, terquedad? Ni harto de vino traspasaría su pasamontañas para saberlo.

Parece que ya la han corregido algo. Lo agradezco, pero en cierto modo me da lo mismo. Me digo lo que aquella aristócrata que sacaba a pasear su perro con los rulos puestos, para escándalo de sus hijos, que le afeaban las pintas: “Los que me conocen, saben quién soy, y no les importa; y a los que yo no conozco,¿qué me importan a mí?”. Le han asegurado a uno que si entra en wpedia con su nombre, tiene alguna posibilidad de modificar su biografía. Hasta ahí podíamos llegar. Sí, wpedia tiene problemas, pero no sólo de dinero, sino con aquellos logocidas, secuaces del mito, que propagan en ella a diario, a cualquier hora del día o de la noche, un gas tan letal para el conocimiento como el Zyklon B.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de junio de 2017]

11 de junio de 2017

Cómo se hace una novela

ES uno de los libros más fascinantes de Unamuno. No trata de literatura. Es mejor que esto. La literatura es cosa de literatos y embaucadores. ¿Y de qué va entonces? Las novelas, las de verdad, se escriben, desde luego, pero no serán nada o serán sólo un jueguecito literario si antes no se hacen, se nos dice en él. ¿Y cómo se hacen? Viviendo de una manera consciente, atenta, en lucha: “Y [como] el que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos los va consumiendo, los va matando (...) y no  son más nuestros que será un día bajo tierra nuestro esqueleto”, Unamuno se encarga de que el suyo sea lo menos libro posible. En este nos cuenta la novelesca peripecia de su destierro en Fuerteventura, su fuga, la soledad del exilio. Y es un poco todo: historia, poesía, diario, escolio, ensayo, panfleto... escrito de una manera tan trepidante y efusiva, que en él Unamuno hace de reportero del alma humana, de la suya y de la de nuestra.

Del mismo género es el que acaba uno de leer, Recordarán tu nombre, el último de Lorenzo Silva. Dice este que es una novela, y nosotros diríamos que, como el de Unamuno, es más que una novela, mejor que una novela: las vidas paralelas del general Goded, que se sublevó contra la República en Barcelona en 1936, y la de quien le plantó cara, defendiéndola, el general de la Guardia Civil José Aranguren. Los dos pasaron por las guerras de África, los dos tuvieron unas carreras militares brillantes  y los dos, sic transit gloria mundi, fueron pasados por las armas, el primero por haber fracasado en el golpe del 36, y el segundo, en el 39, por haber perdido la guerra. Silva nos relata sus vidas trenzándolas a las de los dos abuelos del novelista,  militar uno y policía el otro, y, como en el de Unamuno, no pude uno levantar la vista del libro, absorbido por una lejanía tan cercana. Algunas historias las conocemos, otras muchas no: mitos, miserias, mentiras. España sueño y verdad, escribió María Zambrano. Cuánta improvisación hubo en aquella mala novela, nos recuerda Silva. Y entonces nos estremece un vago temor: ¿no se parece un poco a veces esta nuestra chapucera novela a aquella? Sí, hay que hacerle caso a Platón, y expulsar de la República a los poetas... y no digamos a los políticos que hablan como ellos. Y ya veremos luego qué se hace con el paradójico y gran poeta  Unamuno.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de junio de 2017]

3 de junio de 2017

Promesas engañosas

IRRUMPE de pronto con un “he vuelto”. No es un misántropo; sólo tímido. Sus primeras palabras pueden parecernos nerviosas y un poco atropelladas, pero cuando empieza a contar su historia, no hay novelista ni viajero que pueda igualar su encanto misterioso. Pocos, Homero o Mozart,  han estado a su altura. Hablamos, como habrán adivinado, del ruiseñor. 

Nosotros tenemos uno muy cerca de la casa. Llevamos treintaicinco primaveras oyéndolo. El mismo siempre, el que oyó un extranjero en Tracia, minutos antes de cumplirse su sentencia de muerte, el que oyó Keats  en la triste Inglaterra o el pastor que cuida de sus cabras ahora mismo, en un monte cercano. En todo este tiempo, sin embargo, jamás habíamos llegado a verlo, tanto ama el esconderse mientras canta. 

Existe una aplicación con todas las aves de España, su figura, su territorio, su voz. Mientras cantaba el nuestro, yo activé el del móvil. Sucedió lo inesperado. El real interrumpió su canto. Se hizo un gran  silencio, qué silencio. Luego salió de lo más alto y profundo del viejo alcornoque que es su casa, y vino flechado adonde yo estaba, sin miedo, a pecho descubierto, y se posó a menos de un metro, frente a mí. Ha sido la primera vez que lo he visto tan cerca, sin estorbo de hojas ni de ramas. Nos miramos, los dos desconcertados. Él, desconfiado, inquieto, volvía la cabeza a todas partes, buscando lo que no había,  un congénere, y yo, con bastante vergüenza por aquel timo: le había arrancado de la cima del mundo, como quien dice, y distraído de su tarea. Este fue el crimen: por una curiosidad un tanto frívola mía había dejado él de cantar, a cambio de nada. Y aunque fueran unos segundos de silencio, fueron, según se midan, una eternidad. 

El ruiseñor acabó yéndose, claro, dejándonos pensativos. Al rato volvió  a cantar y volvió a sonar el reclamo del móvil, pero esta segunda vez ya no acudió. Al no ser uno un filósofo (Platón en su caverna, con su paloma Kant), aquí, sin entrar en más detalles, deja uno este cuento(que no lo fue; no llega ni a fábula siquiera) sobre  las promesas engañosas a las que siguen frustradas expectativas. El drama de los que enredan por juego o estupidez y el de quienes, a diferencia del gran ruiseñor, vienen a tropezar en la misma burla todas las veces.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de junio de 2017]

29 de mayo de 2017

El viejo stradivarius

Oía uno, minutos antes de ponerme a escribir este artículo, Radio Clásica, que de tantas espeluncas melancólicas nos ha sacado a lo largo de la vida. Jamás saldaremos los happy few con ella nuestras deudas de gratitud y consuelo. Tenía bien pensado aquello de lo que iba a tratar, de lo que trataré, al fin y al cabo, lo cual no garantiza nada, dada la propensión de uno a los pensamientos impresionistas, más o menos vagos, intemporales, aproximados. Con todo, me había dicho a mí mismo, como aquel que trata de darse valor antes de entrar en fuego, antes de sumergirse en una batalla peliaguda: Vamos a escribir de Europa. Y en esto empezó a hablar por la radio un viejo luthier que decía hallarse ya mucho más allá del final de su carrera. Hablaba de la nobleza de su oficio, uno, en su  opinión, de los más antiguos y  nobles: transformar la madera en música, un trozo inerme de abedul o de ciprés en melodías inefables y únicas. Recayó entonces la conversación con el locutor en Stradivarius y los sublimes instrumentos que él fabricó.  ¿De dónde procede su misteriosísimo y único sonido? ¿De la madera que empleó y del modo de trabajarla, de los barnices, de su técnica? Algunos sugieren, apuntó el luthier, la sospecha de quienes creen que tal secreto estaría encerrado en el arroyo que corría junto al taller del maestro cremonense, en el que él limpiaba sus herramientas, impregnándose estas de algunas magas sustancias que transmitirían después a la madera. “¿Quién podrá saberlo?”, concluyó, “¡es todo tan misterioso y  frágil!”.

Y aquí entraba en danza Europa. Acabábamos de ver en la tv cómo los obreros, la mayor parte excomunistas, que habían abucheado en una fábrica a Macron, vitoreaban minutos después a Marine Le Pen. Quiere esta, preilustrada y furiosa, como su rubio teñido, acabar con Europa, el viejo stradivarius de donde han nacido algunas de las más admirables partituras políticas: el vals llamado Igualdad, la sonata Libertad y la sinfonía Fraternidad. Sí, nada tan frágil como el bien. Bastan dos o tres desdichados pasos o un solo e insensato referéndum para acabar con el viejo stradivarius hecho un montón de astillas del que ni siquiera Radio Clásica podrá arrancar nada que se parezca a música.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de mayo de 2017]