27 de abril de 2015

La vieja flauta mágica

SE hablaba aquí la semana pasada de ese momento en el que un hijo le enseña a su padre algo en verdad valioso. Se refirió a ello Wordsworth en un verso que gustaba citar  Unamuno, gran wordsworthiano: “El niño es el padre del hombre”. Y si el mayor de sus hijos le llevó a uno el otro día de la mano, como quien dice, a ver las fotos de Winogrand, el pequeño hizo que viésemos “A la caza del bosón de Higgs”, un documental de la Bbc tan rigurosamente científico como prodigioso. Parecía que estuviéramos siguiendo La flauta mágica, tan no podía nadie perder una sola de las palabras que pronunciaban un puñado de físicos sobre el experimento que en 2012 probó la existencia de esa partícula.

Uno de ellos se refirió al acelerador de partículas del Cern como la mayor obra en la historia de la humanidad, un gigantesco y preciso “reloj suizo”, dijo, hecho a mano durante casi veinte años por miles de trabajadorxs especializados, un colosal anillo de veintisiete kilómetros de diámetro formado por millones de metros de cableado y toneladas de nanotecnología. Se diría el desmentido al relato bíblico: la torre de Babel era posible. El día que se realizó el experimento, la comunidad científica del mundo contuvo el aliento. De no haberse confirmado la existencia de esa partícula, se habría probado que nada de lo que había investigado la física en los últimos noventa años servía para nada. “Si no lo encontramos, será el fin de la física”, vaticinó uno de los más señalados participantes, y lo hizo como un niño asustado ante lo desconocido. Pero la física respiró aliviada: el bosón de Higgs, como un viejo animal totémico, apareció al fin, solitario y señero en lo alto de un risco. Cierto que su peso en GeV nos deja a la misma distancia de dos teorías opuestas, la de los multiversos y la de la supersimetría, sí, pero su presencia confirma el horizonte.

Las imágenes de ese documental dieron paso a las noticias de la tv. Vimos a unos tipos siniestros, vestidos de negro, destruyendo con sorda saña los milenarios monumentos de la ciudad de Hathra. El armónico universo de la ciencia fue sustituido abruptamente por los toscos y ciegos golpes de quienes parecían querer afinar a martillazos la vieja flauta mágica del mundo. La historia de la humanidad volvía a ser una de esas pesadillas sin fin en las que huimos de un monstruo que trata de despedazarnos a dentelladas.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de abril de 2015]

24 de abril de 2015

Una entrevista

AYER aparecieron en La Razón estas respuestas a un cuestionario de J. Ors.

¿Cómo está viviendo los días previos a la publicación de su versión de "El Quijote" ante la expectación que se ha levantado con la noticia?

Con curiosidad, y personalmente, con ilusión. Me he pasado la vida haciendo libros, escribiendo los míos, editando los de otros, y a veces escribiendo y editando los míos. Es lo que ocurre con este Quijote. Lo he traducido y los editores, muy generosos, han permitido incluso que me ocupara de las cuestiones tipográficas, en las que ha colaborado también, como hace en otros muchos de los que hago, Alfonso Meléndez. Es nuestro primer Quijote. Usted sabe que la ilusión de todo editor, tipógrafo e impresor es hacer en algún momento de su vida algunos libros, como los ocho mil de la literatura: la Biblia, la Ilíada, el Quijote… Libros para dos o tres generaciones. Hemos hecho un libro en cuarto, encuadernado en tela, en un solo tomo, en papel biblia y con tipos Minion, que es una letra de la familia de las Garamond, muy agradecida, muy bonita además. En fin, como dicen en Castilla, y dice Cervantes, “no se me cuece el pan”. Es normal. Han sido quince años de trabajo. Todos los que han pasado por algo parecido conocen esa sensación de espera y de ligera zozobra. Esto por lo que se refiere al aspecto formal, en cuanto al modo en que será recibido, con curiosidad. ¿Lo recibirán con simpatía? La mayor parte de los lectores creo que sí, sinceramente. Y muchos, tal vez, con gratitud. Al fin podrán leer el Quijote en su lengua.

Usted ha empleado un castellano clásico para “Al morir don Quijote” y “El final de Sancho Panza y otras suertes”, que acaba de publicar.Ahora, aborda “El Quijote” con un castellano actual. ¿Cuál ha sido el principal reto en ambos lenguajes?


El clásico que usted dice de mis novelas es más o menos el mismo que se emplea en esta traducción. No varía mucho. No tendría sentido si no. Un castellano o español comprensible, pero no rebajado, respetuoso y buscando la misma música del original. Por suerte nuestro castellano no está tan lejos del de Cervantes como lo está el griego actual del de Homero. La idea de traducir el Quijote surgió cuando empecé a escribir Al morir don Quijote, y ha seguido siendo así en la redacción de El final de Sancho. Por las mañanas escribía esas novelas y por la tarde traducía. Teniendo presente siempre el hecho de que el Quijote es un libro más hablado que escrito, aunque en la actualidad se nos hubiera convertido en un libro más estudiado que leído, precisamente por haberse alejado tanto nuestra habla de la del siglo XVI.


En “El final de Sancho Panza”, el escudero cruza a las Indias. ¿Por qué? ¿España se les ha quedado pequeña?


Tras haber conocido a don Quijote, se les ha quedado pequeña su vida. Muerto don Quijote, su sobrina y el ama, con la hacienda diezmada por las locuras de su tío, quedan en una mala posición. El bachiller Carrasco, al que tira más la vida aventurera y literaria que la eclesiástica, como hemos visto en el Quijote, y con una mala relación con su padre, quiere probar fortuna, como quiso el mismo Cervantes y tantos españoles, y pasar a las Indias, y Sancho, que sabe ya que la fortuna es de los audaces, no se quiere quedar atrás en su existencia de gañán, y se emplea con el bachiller. Qué mejor lugar que las Indias. Pero pasar a las Indias no es sencillo, y hasta lograrlo conocerán muchos infortunios.


¿Cree que los personajes de “El Quijote” han superado en fama a su autor?


La fama del Quijote, del libro, condiciona al propio don Quijote, como vemos. La segunda parte del Quijote, cuya aparición celebramos este año, es consecuencia de eso. El éxito que tuvo la primera parte de 1605 permitió a Cervantes un alarde narrativo que marcaría para siempre el género de las novelas, e hizo que don Quijote, ente de ficción, se leyera a sí mismo en un libro real. Durante la segunda parte, por donde quiera que va el caballero, se encontrará con gentes que saben ya de su existencia por ese libro y querrán pulsar por su propia mano la exactitud de lo que se dice en él. Digamos que en la segunda parte son todos los demás los que enloquecen, queriendo hacer que don Quijote cometa nuevas locuras, por reírse de él. En la primera parte don Quijote se tropieza con unos molinos de viento, que acomete creyendo que son gigantes. En la segunda, todos tratan de fabricárselos, para ver si pica. Ni que decir tiene que en esa segunda parte quienes a menudo son más cuerdos son los dos personajes, el caballero y el escudero, sin contar que tras pasar por la experiencia de los duques, don Quijote es cada vez más Sancho y Sancho cada vez más don Quijote.


¿Cuál es el motivo principal de que haya resistido como “best seller” y como gran clásico de las letras castellanas durante 400 años?


En cada época lo ha sido por razones distintas, pero hay una que es común a todas las épocas. Al principio, hasta el siglo XVIII, se apreciaba de él sus grandes virtudes cómicas. El XIX empieza a pensar que bajo esas risas, hay muchas veras, y descubre el arrojo romántico de don Quijote, su amor por la libertad y la justicia, y su denuedo en defenderlas. El XX, el del abatimiento nacional tras las derrotas coloniales, el regeneracionismo halló en don Quijote un ejemplo de tesón y dignidad, en el caso de Unamuno, y ejemplo de liberalidad en el de Ortega o Azaña. Así que cada época ve “lo suyo” en él. Pero lo que ha seducido del Quijote en tantas gentes de todas las épocas es propiamente la mirada de Cervantes, compasiva, inteligente, socarrona, jovial, bienhumorada, generosa, sin el menor resentimiento, sin queja nunca. Lo que le pedimos todos al mejor amigo.


¿Cómo resiste el lenguaje de “El Quijote” respecto a otras obras de su época? ¿Ha envejecido mejor? ¿Peor?


Las obras de Cervantes, como hemos dicho, nacen de su vida errante, del conocimiento del habla, de su trato indiscriminado con las gentes. Me gusta repetir siempre dos aforismos para explicar su milagro. Porque Cervantes es un milagro, es decir un caso único. Él decía en “El amante liberal”: “Lo que se sabe sentir, se sabe decir”. Y JRJ aquello de que “Quien escribe como se habla llega en lo porvenir y será más hablado que quien escribe como se escribe”. Es lo que ha venido a suceder con Cervantes. Dijo en todo momento lo que sentía, y lo dijo como lo hubiera hablado. Pero no era un caso único. Al propio Cervantes le gustaba esa literatura sentida y hablaba, más que la culta, que, por cierto, conocía también muy bien. Le gustaba el Lazarillo, le gustaba Santa Teresa, probablemente la aparición del Guzmán de Alfarache fue un acicate para que escribiera su Quijote, y conocía también las vidas de otros muchos, que proliferaron en su tiempo, cautivos, soldados, aventureros que escribían y publicaban sus libros contando sus vidas. Cuando nosotros leemos esa literatura, crónicas, cartas, informaciones, toda esa literatura que está más cerca de la vida que de la literatura, sean las de Bernal Díaz del Castillo, la vida y las cartas de Santa Teresa o las maravillosas cartas de indianos que se conservan en el Archivo de Indias, vemos que Cervantes participa de todo eso. Pero además él nos da eso otro, lo cervantino, muy difícil de explicar pero muy perceptible, muy palpable.


Usted, que ha relato el final de Sancho Panza, cómo ha observado el final de la búsqueda del cuerpo de Cervantes. ¿Cuál es su impresión de esta iniciativa y su resultado?


Inevitable. Estaba cantado que en algún momento a un alcalde o a un presidente de la cámara de comercio de distrito se le ocurriría. Ellos no quieren preguntarse por qué Cervantes ha permanecido cuatrocientos años en una fosa común. Buscan rentabilidades a coto plazo. Lo probable era que no encontraran nada. Ahora, si hubieran encontrado sus huesos, lo propio es que todos los hubiéramos honrado de una u otra manera. Pero no han encontrado nada, pese a lo cual parecen empeñados en hacer como si sí. De aquí a unos años, todos creerán lo contrario, que Cervantes está ahí, que Cervantes son esas esquirlas anónimas que apenas dan para un relicario. ¿Quién duda hoy que los restos que están en Compostela no sean los de Santiago? Y no por ello vamos a desmontar la catedral de Santiago.


Usted escribió “Las vidas de Miguel de Cervantes”. ¿Qué queda por conocer de él?


La mayor parte de las cosas fundamentales. No conocemos un solo dato de su intimidad, ni una carta personal, ni testimonios más o menos próximos acerca de su vida familiar… Casi menos que huesos. Algunas fechas, algunas firmas suyas en documentos oficiales, algunas confesiones literaturizadas por el propio Cervantes en algún propio, algún cotilleo… Poca cosa. Pero si leemos sus libros, mucha. Cervantes está en carne y hueso en todos y cada uno de sus libros, vivísimo y coleando. Si supiéramos más de su vida, estaría bien. Pero para lo que necesitamos saber, nos falta vida a nosotros para llegar a comprender la que encontramos en sus libros, inagotable.


¿Se debe leer “El Quijote” en la escuela?


Es una vieja polémica. Ortega desaconsejaba su lectura a los niños, por creer que don Quijote era un modelo que los desmoralizaba. El problema hoy es de otra naturaleza. Si se lo leyéramos tal cual, lo probable es que no entendieran una sola palabra no ya ellos, sino los profesores y maestros. ¿Sabe cuántas notas, sin la mayor parte de las cuales el Quijote no se entiende, tiene la edición de bolsillo de Rico? Más de cinco mil quinientas. Algunos dicen que por el contexto se saca el sentido. En absoluto. Ahora, hay gente que prefiere leer el Quijote por emanación, oliéndolo, por aproximación, con imaginación, por figuraciones, figurándose lo que querrá decir.


¿Cómo hay que enseñarlo?


Hay que empezar contándolo, como un cuento, como una leyenda. Hablando de lo que representa, de su valores, de la generosidad de don Quijote, de su enseña, “con los débiles siempre”, frente a los abusos de los poderosos. Viendo películas. La serie de dibujos animados de Tve era extraordinaria, yo la vi con mis hijos, a los que entusiasmaba. Y luego, en una edad adulta, quizá venga la lectura. Claro que entonces le espera, o le esperaba hasta ahora, un libro difícil, que le costaba seguir, porque lo comprendía con dificultad.


Antes, “El Quijote” se leía sin problemas entre los jóvenes. Ahora existe ediciones escolares. ¿Qué ha pasado para que suceda eso?


Siempre hubo ediciones escolares. Yo mismo compré una. Mi primer libo. Una edición de editorial Vives, con algunas ilustraciones de Doré, con un glosario, con viñetas para explicar qué era un morrión o un ferreruelo. Y deben seguir haciéndose. Pero el problema que teníamos tanto con esas como con otras es que la gente no las entendía del todo. Obligábamos a leer no solo a los chicos sino a los adultos un libro en una lengua, el castellano del siglo XVI, que ni hablamos ni entendemos a veces cuando la leemos. Al contrario de lo que les sucede a los lectores del Quijote alemanes o franceses, que pueden leerlo en su alemán o en su francés del siglo XXI.


Existen adaptaciones para estudiantes de “El Quijote”. Su versión podría, al final, imponerse a todas ellas. Incluso al propio “Quijote”.¿Qué opina?


Las adaptaciones, como decía, consistían en cortar, suprimir pasajes postizos (las novelas que Cervantes embuchó en el Quijote sin venir a cuento), pero no tocaban el lenguaje, el verdadero escollo, los hipérbatos, las palabras desusadas y refranes ininteligibles incluso para personas muy cultas. El chico leía menos Quijote, sí, pero entendía lo mismo que los que trataban de leerlo completo: poco o nada. Por eso el Quijote es el libro que más fracasos de lectura acumula. Miles de lectores, incluso buenos y cultivados lectores, a quienes su lectura, con todos esos miles de notas, abruma hasta la extenuación. La mayoría, al llegar al episodio de los molinos, desarbolados como don Quijote, se dicen: Hasta aquí hemos llegado.


Un experto en Cervantes como usted, ¿cual cree que sería el mejor homenaje a su memoria?¿Cómo considera que debería celebrarse el Día del Libro?


No soy experto en nada. Bueno sí, un poco en el Rastro y en cosas viejas y descacharradas y en las vidas a juego con eso. Les diría que leyeran el prólogo del Persiles. Es breve. Se entiende muy bien. Lo escribió unos días antes de su muerte y es acaso una de las páginas más hermosas de toda la literatura universal. La prueba de que Cervantes, como decía Nietzsche, y teniendo motivos para ello, jamás levantó un falso testimonio contra la vida.

23 de abril de 2015

El fractal de don Quijote en Barcelona

Siempre ha llamado mucho la atención de los lectores y los estudiosos del Quijote que el Caballero de la Triste Figura o de los Leones, como se hacía llamar por entonces, y su escudero Sancho Panza, claro, acabasen yéndose a Barcelona, y es natural su curiosidad, asombro e incluso perplejidad. ¿Por qué Cervantes los mandó a Barcelona y no, pongamos por caso, a Cartagena o, mejor aún, a Sevilla, o, por qué no, a Lisboa?
En el Quijote y camino de Cartagena, a embarcarse para Italia, va un mancebo que quiere probar fortuna como soldado, y en Vélez Málaga desembarca el Cautivo, réplica del propio Cervantes. Sevilla estaba al fin y al cabo más cerca del aquel “lugar de la Mancha” que Barcelona y en Sevilla vivió también Cervantes algunos años, los mejores de su vida, y en Sevilla transcurren algunas de sus mejores novelas ejemplares, y desde Sevilla se pasaba a las Indias, donde también trató nuestro escritor infructuosamente de lograr una colocación como contable o gobernador en Soconusco, La Paz de Bolivia o donde se terciase. Alargándose a Cádiz o a Sanlúcar don Quijote y Sancho habrían visto el mar, lo mismo que en Lisboa, otra más de las ciudades a las que le llevó su azacaneada vida. Todos estos lugares le eran mucho más familiares a Cervantes que Barcelona. De hecho estuvo en Barcelona sólo una vez, seguramente de paso a Italia, y sin que se sepa más de ese asunto.
Acaso por esa razón no cuenta gran cosa de Barcelona. ¿Sus recuerdos eran demasiado lejanos y desvanecidos? Suele ser preciso y prolijo Cervantes en los detales, minucioso cuando son de primera mano, y contrasta la rotundidad del elogio que dedica a la ciudad y lo poco que se ocupa de ella. Cuenta de Barcelona prácticamente lo mismo que de Zaragoza, de la que pasó de largo.
El elogio se ha hecho célebre, no obstante. Lo pone Cervantes en boca del mismísimo don Quijote. Se lo dice a don Álvaro Tarfe, un simpático personaje salido del Quijote apócrifo de Avellaneda. Le cuenta don Quijote a este de modo somero sus aventuras y al llegar a un punto le dice que tras pasar de largo de Zaragoza (precisamente porque se ha enterado de que en el Quijote de Avellaneda se dice que don Quijote se halló en unas justas poéticas de Zaragoza, y quiere dejar por mentiroso a Avellaneda), llegó a “Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y única en sitio y en belleza”.
Ni una agencia de viajes lo habría hecho mejor. ¿Cuánto hay de lisonja en estas palabras sobre Barcelona? Cervantes elogia mucho y a muchos, lo que no está dicho aquí para rebajar el valor de sus elogios. Su Viaje del Parnaso es una orquestación de bombos en toda regla a una caterva de poetas y escritores de su época, buenos y mediocres, sin distinción. No es probable que todos esos bombos fuesen sinceros, pero concurren en Cervantes dos circunstancias: es verdad que, necesitando ser admitido en la sociedad literaria de su época, de la que ha estado alejado tanto tiempo, cree granjearse su favor con adjetivos, pero no es menos cierto que a Cervantes no le cuesta ver siempre el lado bueno de las cosas y las personas. También de las ciudades. Esa es la base de la famosa visión compasiva de Cervantes. Siempre tiene presentes los mejores recuerdos. Incluso de Argel, donde ha permanecido cinco años cautivo, se los ha traído buenos. Cervantes ha recorrido medio mundo y toda España, pueblo a pueblo, y de todos tiene algo bueno que contar. Podría haber dicho: Allí donde estoy bien, está mi patria. Lo que les sucede a don Quijote y Sancho en Cataluña y en Barcelona puede ser considerado un Quijote en miniatura, como un fractal de todo el libro, porque en apenas cinco capítulos le suceden toda clase de aventuras y enredos. Por si fuese poco, en Barcelona iba a sucederle el que es el hecho más importante de su vida, como veremos.
En cuanto don Quijote y Sancho deciden pasar de largo de Zaragoza para dejar por mentiroso al autor del Quijote apócrifo, el señor Avellaneda, se adentran en Cataluña.
El lector agradece que la novela deje atrás también a los duques, unos personajes realmente odiosos, orquestadores de crueles y estúpidas bromas encaminadas a mofarse del pobre don Quijote y de Sancho. El lector está, como digo, deseando perderles de vista, cansado de esa sucesión de escenificaciones del escarnio. Dura lo de los duques un buen montón de capítulos, incluidos los de la gobernación de la ínsula Barataria a cargo de Sancho. De no ser por don Quijote y Sancho, a la altura siempre de sí mismos, todas esas burlas las habríamos llevado con impaciencia.
De modo que cuando el lector deja atrás a los duques, respira aliviado. Porque el Quijote es la novela del aire libre, aunque transcurra muy a menudo bajo techado, en ventas o en casas maravillosas como la de don Diego Miranda, caballero del Verde Gabán.
La vida al aire libre propicia en don Quijote ensoñaciones y aventuras limpias, inesperadas, no urdidas por señores insustanciales y aburridos.
En cuanto ponen los pies en Cataluña y atraviesan don Quijote y su escudero un bosque lleno de ahorcados, cae sobre ellos una banda de ladrones. Esta es una de las cosas portentosas de esta novela: a pesar de que los personajes visten herreruelos, sayos y saboyanas, parece que, con lo de los ladrones, hablara Cervantes de nuestra actualidad.
Roque Guinart es un bandolero muy considerado, y en esto Cervantes vuelve a la ficción, pues nos dice que Guinart roba a lo cortés y con mucha pleitesía. No como ahora. Martín de Riquer y otros rastrearon el sustrato histórico sobre el que se basó ese bandolero en un tal Perot Rocaguinarda, conocido como Perot lo Lladre “una especie de Robin Hood catalán”. Ya digo, ficción. En la actualidad no se andan con tantos miramientos. En todo caso la cortesía de Guinart tenía sus límites. Por ejemplo: a uno de sus secuaces, que se permite criticarlo, Guinart, en un rapto de ira a todas luces desproporcionado, le abre delante de todo el mundo la cabeza de un tajo, como un melón. Don Quijote asiste a la escena. Aquel acto salvaje de Guinart entraba en la jurisdicción de su cometido de amparar a los desamparados y defender a los débiles de los poderosos, pero don Quijote guarda silencio, no hace nada. Sabe acaso a esas alturas distinguir muy bien entre la valentía, la temeridad y las malas pulgas de su anfitrión, con el que permanece, no obstante aquel desmán, tres días más, confraternizando con él. En ellos se supone que Guinart y don Quijote hablan. Trataría este de hacerle desistir una vez más de su mala vida y de que empezase a redimirse de ella haciéndose como él caballero andante. Guinart declinó la invitación, pero envió a uno de su cuadrilla a cierto amigo suyo con cartas de presentación de don Quijote, y se ofreció a acompañarlo hasta las puertas de Barcelona, donde no puede entrar porque le colgarían a él mismo de un árbol.
Cuando llegan don Quijote y su escudero a Barcelona les está esperando el amigo de Guinart, don Antonio Moreno. Este don Antonio, de nombre menos catalán que Guinart, es un hombre rico y principalísimo de la comunidad, y tiene alojados a don Quijote y Sancho en su casa unos días, como atracción de feria.
Lo primero que nos preguntamos es qué hace un hombre tan respetable como don Antonio Moreno siendo amigo del más temible y perseguido de los bandoleros catalanes. ¿Van a pachas Guinart y él en las ganancias? ¿Comisiones? En fin, sí, real como la vida misma.
Y aquí empieza la peripecia de don Quijote propiamente barcelonesa.
En los días que permanecen en la ciudad don Quijote y Sancho, este apenas tiene más que un papel secundario. Todo se centra en el hidalgo y en don Antonio, empeñado ya, como todo el mundo en esa segunda parte de la novela, en gastarle bromas. A diferencia de la primera, en la que es don Quijote quien comete diferentes locuras (embestir a los molinos de viento, atacar los rebaños de ovejas, acometer los odres de vino), en la segunda todo el mundo trata de hacer disparatar al caballero, mostrándose en ello poco piadosos y no más cuerdos que él, y don Antonio Moreno no es la excepción. Se vale para ello de una cabeza, un busto de bronce, que responde lo que se le pregunta, tal y como hacía el mono de Ginés de Pasamonte algunos capítulos atrás. Antes don Antonio se ha burlado de don Quijote colgándole a la espalda un cartel en el que los que le rodean pueden leer el nombre de don Quijote, lo que le hace creer a este, cuando lo oye en los labios de la gente, que en Barcelona es muy conocido ya por sus hazañas. Pobre.
Pero Barcelona le sirvió a Cervantes también para mostrarnos dos de sus propias pasiones, transferidas a don Quijote: las artes y las letras.
Empecemos por estas: paseando por las calles de Barcelona, don Quijote entra en una imprenta. Es una gran imprenta, bien abastecida. A cuenta de esa imprenta y del modo en que se compuso el Quijote mantuvimos en este mismo periódico hace años Francisco Rico y yo una divertida controversia de la que conservo un buen recuerdo, mi admiración por Rico y una deliciosa carta de Martín de Riquer, exquisitamente neutral.
Los eruditos creen haber identificado esa imprenta con la que Sebastián de Comelles tenía en la calle de Call, del barrio gótico. Cervantes nos asoma en ella al proceso de la composición, corrección e impresión de un libro, al tiempo que va desgranando sus propias ideas sobre la literatura, las traducciones y los impresores y libreros (todos ellos con las artes depredatorias de Roque Guinart)… En fin, las cosas que al autor Cervantes le preocupaban por entonces, resumidas en una frase: cómo ganarse la vida escribiendo novelas cuando lo que de verdad da dinero es el teatro y los únicos que ven un real son, precisamente, empresarios, impresores y libreros. Como se ve, la cosa sigue más o menos igual.
Después de la visita a la imprenta, Cervantes hace subir a don Quijote y Sancho a una de las galeras del rey fondeadas en la marina o playa de Barcelona. ¿Viene a cuento ese episodio? Lo mismo que el de la imprenta. Lo mismo que todos los demás. No. Pero en eso Cervantes está siendo extraordinariamente realista: en la vida nada viene a cuento, nada sucede por una razón, todo es porque sí. Y eso es lo que resulta prodigioso, ver que pese a la fatalidad de los hechos lo damos todo no ya por inevitable, sino por necesario. Sí, era inevitable y necesario que don Quijote subiese a la galera para que Cervantes nos mostrara sus profundos conocimientos náuticos y su amor a la milicia, como soldado avezado que sirvió en Lepanto en una nave y como viajero que fue apresado en otra y que regresó en otra desde Argel.
Y a bordo de esa galera tendría lugar un nuevo enredo amoroso, igualmente insólito… y necesario.
Este enredo apenas tendría importancia de no protagonizarlo Ana Félix, una morisca de los miles de su nación que unos pocos años antes había expulsado el rey Felipe de los reinos de España. Todo el mundo admite en la novela, y desde luego hoy, lo cruel de aquella medida criminal que privó de patria a cientos de miles de verdaderos españoles, algunos tan honrados como el padre de la morisca, Ricote, allí presente. Una vez más la ficción cervantina bordea las fronteras de lo actual. A nadie se le pueden escapar los paralelismos, lo que supondría arrebatar la patria a alguien por razones políticas, étnicas o religiosas. En fin, como suele decirse, el tiempo ha querido mostrarse generoso con la novela Cervantes, recordándonos los pasados atropellos, para no cometer unos nuevos y parecidos. Con todo, como las novelas son, por antonomasia, el territorio del sentido, es decir, de que las cosas cuadren como no cuadran nunca en la realidad, a Ricote, que ha entrado clandestinamente en España (un delito) para rescatar el tesoro que dejó enterrado en su aldea y llevárselo fuera (otro delito aún mayor), a Ricote, decía, acaba alojándolo Cervantes como huésped… del gobernador de Barcelona, que es como decir que al Lute lo tuvo a mesa y mantel, en sus buenos tiempos de quinqui, el director general de la Guardia Civil.
Y en este punto, se llega a uno de los de mayor intensidad de toda la historia: don Quijote va a ser derrotado en la playa de Barcelona por el Caballero de la Blanca Luna, antes también Caballero del Bosque o de los Espejos, el bachiller Sansón Carrasco.
No emplea Cervantes mucha tinta en describirnos esa derrota. Apenas unas líneas. Se ve que a esas alturas del libro tenía ya ganas de terminarlo.
El hecho de que don Quijote fuera derrotado en Barcelona y el de que don Antonio Moreno recriminara a Sansón Carrasco el haber vencido a don Quijote porque privaba con ello al mundo de sus locuras y del solaz que recibían de ellas todos los sedicentes cuerdos, a pesar de que  ambos hechos, decía, podían prestarse a algunas lindas consideraciones de orden político, a lo Unamuno, prosigamos.
Una vez vencido don Quijote y repuesto de la costalada, se despide de don Antonio, y en compañía de Sancho se vuelve a su pueblo con el juramento de no coger las armas en un año.
Dejan atrás Barcelona y salen de Cataluña sin más tropiezos significativos (por ejemplo, no vuelven a tropezarse con Guinart, pese a habernos dicho en la ida que el bandolero tenía tomados todos los caminos).
Entonces se encuentra con don Álvaro Tarfe y echa a rodar ese gran elogio de la ciudad, y añade: “Y aunque los sucesos que allí me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto”.
El lector, que se ha paseado ya con don Quijote por las calles de Barcelona, sabe que Cervantes no nos ha contado nada de ella. Ni siquiera ha mencionado su imponente Santa María del Mar (don Quijote, hombre piadoso que tiene siempre a mano un rosario y es amigo de un cura, no entra en una iglesia en todo lo que dura la novela, ni cuando está en sus correrías ni cuando permanece en su pueblo). Nada. Sólo describe la playa, que como playa es también fractal de todos lo litorales. Tal vez, decíamos, los recuerdos que Cervantes tuviera de Barcelona se habían desvanecido. Poco importa. Él, pasado el tiempo, sabrá traerlos al presente de una manera efusiva y sentimental. Y aprovecha el clima que crea su cordialidad para hablar, sesgadamente, de todo lo importante: la justicia (que incluso rige entre ladrones), la libertad (de la que se ha privado a quien no merece el destierro) y los sueños (que han quedado desbaratados sobre la playa). Como un mar de superficie serena y dormida lleno de cargas de profundidad.

Gran historia, sí, la que vive don Quijote en Barcelona.
    
    [Publicado en La Vanguardia el 23 de abril de 2015]

20 de abril de 2015

Winogrand

HASTA hace dos meses no sabía quién era Winogrand. Nació y murió en Nueva York, 1928-1984. Me lo ha descubierto mi hijo. La edad en la que los hijos son pequeños y el padre les descubre el mundo es maravillosa, pero no lo es menos esta otra en la que, ya adultos ellos, nos llevan de la mano a seguir descubriéndolo juntos. Garry Winogrand fue uno de los grandes fotógrafos callejeros de todos los tiempos, uno de esos tipos que van haciéndole fotos con una Leica a todo lo que  se mueve, incluso a lo que está quieto. Winogrand, muerto prematuramente, dejó casi medio millón de negativos, la mayor parte sin revelar o sin positivar, es decir, para él tenía sentido, más que las fotos, ver, mirar y disparar, todo a un tiempo, “el instante decisivo”. El resultado son instantáneas con el horizonte muchas veces torcido  y la realidad escorada, como si esas fotos, algunas extraordinarias,  hubiesen sido obtenidas a bordo de un bote náufrago en medio del océano urbano. Y por eso nos resultan tan misteriosas e inquietantes. Son como un retrato de todos nosotros, pero por dentro, nuestras zozobras. 

Al auge actual de la fotografía ha contribuido no sólo el hecho de que buena parte del sedicente arte moderno sea una porquería con el que unos cuantos particulares tratan de enriquecerse a costa por lo general del dinero público, sino la técnica: los teléfonos móviles han hecho de cada uno de nosotros unos fotógrafos callejeros más o menos improvisados o conscientes. Mirar a través de una máquina de fotos es un acto de reflexión, de modo que ver es un germen del conocer. Sí, en una imagen fotográfica hay no sólo verdad, más o menos problemática, sino conocimiento. 

Ocurre no obstante algo extraño en las fotos de Winogrand, según hemos podido advertir en la exposición que de ellas hemos visto en Madrid. Sus grandes fotografías corresponden principalmente a diez años de su trabajo, en la década de los sesenta. Luego se aprecia cierta fatiga. Sigue haciendo fotos, sí, pero... parece haber perdido la magia. Como si entre el ver y el mirar se hubiese abierto un abismo y mirase el mundo... de memoria. Este y no otro es el peligro que acecha no sólo a cuantos se dedican a esto de contar la vida, propia y ajena, sino a quienes el cansancio o el hastío nos hacen creer a menudo que ya todo, fuera o dentro, ha sucedido. 

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 19 de abril de 2015] 

12 de abril de 2015

Silencio, se insulta

NO ha puesto uno nunca los pies en un estadio de fútbol. Si se hubiera terciado, supongo que habría ido. Esto por dos razones: porque seguro que he estado en sitios infinitamente peores y porque si le gusta a uno ver las caras de las gentes y oírles decir cosas, y asistir a sus conversaciones sin llamar la atención, no tendrá uno nunca más a mano un catálogo de tipos y caracteres mejor surtido. Ha visto uno, claro, como todo el mundo, estadios de fútbol y partidos de fútbol en televisión, pero me aseguran que les sucede a los grandes estadios lo que a las pirámides de Egipto: no es lo mismo tenerlas delante que en una postal. 

Los que sí han estado hablan de lo mucho que impresiona oír gritar a treinta, cuarenta, ochenta mil personas a la vez en un recinto cerrado. Al parecer los gritos enardecen de tal manera a la gente que acaban gritando allí hasta los mudos. En televisión esos gritos no se oyen bien. Se percibe el fragor del rugido, como el de la plaga de hormigas en Cuando ruge la marabunta, pero los de la televisión están aleccionados y empastan el sonido para que no se oigan las cosas que dicen. Estas son, según leo estos días, sumamente ofensivas e injuriosas para los jugadores, cosas que a menudo no tienen que ver con el deporte, sino con  su familia, raza o circunstancias personales. Ha oído uno también a algún entrenador defender el derecho de sus jugadores a decirles a los contrarios cosas del tipo “me estoy follando a tu madre” si vienen a cuento, porque “lo que se dice en el terreno de juego queda en el terreno de juego”. Es más o menos el mismo argumento de quienes creen que lo que se dice desde la grada se queda en la grada.

Fernando Rodríguez Lafuente, socio del Madrid, recuerda de niño oír gritar a su lado, en el Bernabeu, cada domingo, a un señor de aspecto respetable enormidades tremebundas y pedir acto seguido excusas a su padre, en atención a la infancia allí presente: “Ustedes comprenderán, es que... me pongo”. Se ve que muchos creen que el insulto que se profiere con cincuenta mil personas más en un estadio no es ni insulto, sino un desahogo barroco, suntuario. Lamento no haber ido nunca a un estadio, pero no sé si le quedan a uno ganas de hacerlo. Y no por la perspectiva de tener que aguantar a un energúmeno al lado, sino por el peligro de convertirme en otro, y no recordar luego nada a la salida.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de abril de 2014]

6 de abril de 2015

¿Huesecitos a mí?

CUANDO usted lea estas líneas se habrá resuelto, ¿o no?, el enigma de los restos de Cervantes. Gran tema para un artículo de costumbres. ¡Lo que no habría dado Larra por un tema como este! Incluso escritores más sesudos como Unamuno u Ortega no hubieran dejado pasar de largo esta tan formidable metáfora.

Veamos: Pasado mañana, en relación al momento en que estoy escribiendo, se emitirá un comunicado oficial, pero lo cierto es que hace cuatro días leímos en los periódicos la noticia, desmentida a las pocas horas. Los periodistas que por la mañana estaban eufóricos, por la tarde tenían que matizar sus titulares: “Casi han aparecido”. Nos han contado que donde se cree están enterrados los restos de Cervantes han aparecido, mezclados y en bastante mal estado de conservación, huesos de varones, mujeres, recién nacidos, viejos, jóvenes... Imaginamos al jefe de la misión científica diciendo aquello de don Quijote en la aventura de los leones: “¿Leoncitos a mí?”. Se habla incluso de que habrían podido identificarse los restos de la mujer de Cervantes e, incluso, acreditar los del mismísimo don Quijote, identificado por llevar una bacía incrustada en el cráneo. Y esto gracias al año electoral.

Con ocasión de todo ello llevan un mes pidiéndole a uno de diversos periódicos y telediarios una opinión: ¿Qué hacer con esos huesos? Da igual lo que uno opine al respecto, porque quienes ordenaron su búsqueda saben muy bien lo que harán con ellos: un monumento (probablemente feo) y una ceremonia algo ridícula, como cuando trasladaron los restos de Pessoa en la ceremonia menos pessoana del mundo. Aun así, Pessoa sigue en la Baixa más que enterrado en los Jerónimos de Belém. Cervantes seguirá en las ventas y caminos, por más que la memoria histórica trate ahora de hacer olvidar que permaneció durante cuatro siglos en el mayor olvido en una fosa común, porque la España oficial siempre ha despreciado todo lo cervantino de la España real. Cervantes fue un escritor jovial como pocos, nada truculento ni funéreo. Yo creo que si por él fuera, pediría que lo dejaran tranquilo donde ha estado estos últimos cuatro siglos, mezclado con los huesos de esa gente común, igual que hizo mientras vivió, en interminables coloquios con ellos, y si acaso tuviera una baraja, jugando a las cartas, porque en la vida lo importante es pasar el rato, y en la muerte, la eternidad.
  
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de abril de 2015]

30 de marzo de 2015

Seguir contando

LO más difícil de todo, contra lo que cree la mayor parte de la gente, es hablar de uno mismo. Y escribir, no digamos. Están, por un lado, los que se creen mejor de lo que son; suelen ser la mayoría, y al considerarse mejor de lo que son, se pasan el día quejándose y exigiendo todo tipo de reparaciones y prebendas. Están, por otro, los que se creen peor, una minoría, pero influyente, principalmente gentes del artisteo que piensan que el mal es mucho más fascinante, sofisticado y distinguido que el bien. A diferencia de los otros, no exigen prebendas, los demás, medio hipnotizados, se las dan gustosos. Encontrar a personas que no presuman de ser nada, ni más ni menos de lo que son, es dificilísimo, sí. Se ve claro en las memorias que escribe la gente.

Cuando se publicaban las memorias de alguno de su tiempo, Jaime Salinas se apresuraba a telefonear a los  viejos compañeros de farra,  Gil de Biedma, Terenci Moix y demás: “Tranquilos, que no salimos”, les decía. Seguramente Salinas, un ser seráfico, coqueteaba con la idea de haber sido peor de lo que fue.

Acaba de publicarse un libro memorialístico extraordinario, Pisando ceniza. Lo ha escrito también un gran editor (Turner), además de apoderado del torero Rafael de Paula y de Chavela Vargas. Lo asombroso es que su autor, Manuel Arroyo-Stephens, publica este su primer libro cuando los escritores de su generación ya han publicado la mayor parte de los suyos, confirmando aquello de que los últimos serán los primeros. ¿Dónde habrá aprendido Arroyo ese tono para hablar de sí mismo y de sus amigos (lo hace aquí de Bergamín, de Paula, de un puñado de libreros de viejo tronados, de su vida y, sobre todo, de sus muertos: de su madre y su padre, en dos relatos a la altura de aquel memorable “Los muertos” de Dublineses)? En la literatura española, tan rollista y retórica, lo suyo no suena casi ni a literatura, milagro que raramente sucede. No se me ocurre mayor elogio: tampoco parece español; un ágrafo, a destiempo, por la puerta de atrás, acaba de darnos un gran libro... Se dirá que la suya tiene poco que envidiar a las vidas de los aventureros. Sí, pero “las cosas solo suceden a quienes saben contarlas”. Y quien ya una vez ha contado como él, tiene el deber ahora de seguir contando por y para nosotros. Porque al contrario de lo que decía Salinas, ojalá pudiéramos salir todos en las memorias de Arroyo, aunque eso tuviese este no pequeño inconveniente: nos haría creer mejores de lo que somos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de marzo de 2015]