14 janvier 2021

A propósito de GdeB

Se publica hoy en El Mundo esto sobre el escabroso asunto no resuelto desde hace treinta años. El reportaje de Luis Alemany está muy hecho Estas fueron mis respuestas a sus preguntas.

  1. Muy sencillo: ¿crees que la famosa página del niño, la vivencia y su narración, invalida homenajes públicos como el del Cervantes a JGB?
De lo contrario podría parecer que se trata de blanquear desde las instituciones conductas no solo reprobables sino punibles penalmente, sólo porque quien las cometió era un poeta «prestigioso». Resulta como mínimo chocante la indulgencia con unos y la severidad con otros.

  1. ¿Cómo interpretas el encubrimiento de todos estos años sobre este episodio?
Cuando se conocieron esas páginas Pere Gimferrer, Rosa Regás y Terenci Moix salieron en defensa de su amigo. Los tres me pusieron en su diana. El primero trató de minimizar la pederastia de Gil de Biedma equiparándolo con Antonio Machado, a quien llamó pedófilo; la segunda, llamándome a mí homófobo, y Sergio Vila San Juan leyó a Moix, antes de ponerse este a escribir nada, algunas frases literales; «hosti tu, el Jaime aqui s'ha passat una mica», fue todo lo que dijo; por supuesto, no escribió nada. A Gimferrer le respondí que era una vileza comparar al que se acostaba por dinero con un niño de trece años con quien se casaba con una muchacha de quince, cosa en absoluto infrecuente en la época. Y a Regás le recordé que ella no estaba defendiendo a un homosexual sino a un pederasta y abusador sexual, y que la cosa no iba de homofobia; tampoco replicó.

  1. Supongo que este tipo de casos se están haciendo habituales. ¿Cuál crees que debería ser el criterio general con el que las sociedades y sus representantes debemos acercarnos al recuerdo de artistas o filósofos valiosos cuya vida nos merezca una censura más o menos cierta?
El criterio deberían establecerlo las administraciones. ¿Puede rescindirse el contrato a un tenor acusado de abusos no probados y homenajear al mismo tiempo a quien se ha jactado de pederasta y abusador? Una periodista catalana me preguntó a raíz de aquellas polémicas: «¿Pero usted metería hoy en la cárcel a Gil de Biedma?». Le parecía inconcebible, un atentado contra Cataluña. Yo le respondí: «¿Por hechos como los que relata en ese libro? Yo no; la Guardia Civil». Por otro lado aquí no se juzgan valores literarios, sino hechos. A Celine no se le juzgó por haber escrito Viaje al fin de la noche, sino por antisemitismo. Y dicho esto, a quien le gusten los poemas de Gil de Biedma incluso ese Diario, adelante; son todo suyos, que circulen libremente.






14 décembre 2020

Delibes, un bosquejo

 En El Norte de Castilla, el sábado. Junto a otros cien.

Fue, el primer año que pasé en Valladolid, en 1971, la única compañía que tuve de veras: la lectura de los libros de Delibes. En la casa del hermano de mi padre donde viví entonces tres o cuatro meses había cinco o seis. No había casa burguesa vallisoletana donde no estuvieran sus libros. Delibes tenía esa rara virtud en un escritor de caerle bien a todo el mundo, a los que lo leen y a los que no. Se reconocían en sus historias, en su manera de contar, en su sencillez. Podían comprobar la exactitud de sus pinturas, porque los modelos los tenían también a dos pasos. Era una institución, a parte del director del periódico importante de la ciudad y la región, El Norte de Castilla(nombre precioso para un periódico, dicho sea de paso, por lo sonoro y significativo). 

Y no cayó uno en aquellos libros a ciegas. Al contrario. Había allí otros de la época (ya sabéis, Gironella, Cela, García Pavón), pero me había impresionado uno o dos años antes, en una edición barata de quiosco de Rtve (veinticinco pesetas), La hoja roja, la novela, de las suyas, que sigo prefiriendo. 

Entre aquellos cinco o seis libros se hallaba el Diario de un cazador. Me deslumbró y me descubrió a Delibes de la naturaleza, tan diferente de todos los escritores paisajistas, fueran Gabriel Miró o Azorín, más cerca Delibes de este, no obstante, que de aquel. 

Yo entonces me sentía un poco como el protagonista de esa novela, un obrero pucelano que se pasaba soñando toda la semana con salir al campo. También yo empezaba a soñar no sé si con salir al campo o sólo con salir de la ciudad. Esta me resultaba como a él hostil, claro que a mí aún llegaría a sérmelo aún más, pasado el tiempo. Cuando en 1992 se publicó El buque fantasma, que cuenta aquellos años descacharrados como estudiante y militante de la Joven Guardia Roja, Delibes y Jiménez Lozano (fue este quien presentó mi novela en Valladolid), la festejaron con una sonrisa maliciosa, acaso por haberme tomado unas libertades con la ciudad que ellos nunca se habían tomado. Desde entonces, si tenía que ir a Valladolid, no dejaba nunca de ir a hacerles una visita. Algunas están contadas en los tomos del Salón de los pasos perdidos. Fue así hasta sus muertes.

En los últimos tarjetones que Delibes me envió se amontan las letras como si los hubiera escrito un ciego, y apenas se entiende lo que se dice en ellos. Aunque yo presumo que serán cosas afectuosas. Era un hombre bueno en el buen sentido machadiano. No era ajeno, claro, a los dramas rurales, ni a la tristeza de la vida de los pueblos castellanos (lo que Sergio del Molino atinó a decir La Espala vacía) ni al irredento porvenir de sus pobladores, pero era incapaz de causar daño a nadie. Porque, como es sabido, nadie tan sensibilizado con el dolor como los cazadores, cuyo arte consiste precisamente en vendimiar la vida a los animales de una manera noble y respetuosa, pues aunque era consciente de que el animal no tiene deberes y no puede tener por tanto derechos, sabía también que el hombre no podía degradarse en indignos ejercicios venatorios. Véanse sus lances persiguiendo a la perdiz roja, a veces durante horas, él solo, con su perro y su escopeta en una fría mañana de invierno. Es lo más zen que ha dado la literatura española.

Las obras de los escritores, muertos estos, pasan por diferentes estados. Es una opinión extendida que muchos, tras su muerte, han de atravesar un corto o largo purgatorio, y la mayoría no saldrán ya del olvido. No hemos visto que tal cosa haya sucedido con las de Miguel Delibes, ni creo que sucederá. No, desde luego, con todas aquellas en las que trata de «las cosas del campo». La mitad de sus libros, como quien dice. No son libros estáticos, no son el pasmo de un contemplador. Tampoco desde luego ejercicios de estilo. Delibes es un hombre de acción, y lo que le gusta es dotar a sus escenas de caza, de pesca o de naturalista de un cierto drama. En todas ellas hay más que una intriga (eso es cosa de novelistas), una inquietud (cosa de los poetas). Y Delibes, que no sé si escribió alguna vez versos, se muestra en esos libros como un poeta, sobrio y castellano, un poco románico, si se quiere, pero poeta al fin y al cabo. 

Y como a poeta, creo yo, se le leerá siempre, un poeta que no va de poeta (son los mejores), ni siquiera de escritor, sino sólo de eso, uno que cuenta cosas si ve que alguien tiene interés en escucharlas. 

Fue para uno hace cincuenta años la mejor compañía, y sigue siéndolo. Ya no son cinco o seis libros los que tengo de él a mano. Creo que tengo todos los suyos (dos estantes y sí, en primera edición y algunos dedicados). Así que de vez cuando, algunas tardes en las que se siente uno vagamente solo, saco uno del estante, lo abro y me digo: «A ver que nos cuenta hoy mi amigo». Porque se me olvidaba decir que aunque los libros son los mismos, Delibes parece que siempre está contando cosas distintas y nuevas. Como únicamente saben hacer los poetas.

28 novembre 2020

Zenda. Una entrevista

A las entrevistas entrevistas les pasa lo que a las fotos, en unas sales peor o mejor que en otras, en unas te dices «yo no creo haber dicho eso» (normalmente lo has dicho, pero te disgusta verlo dicho de manera tan textual), y en otras te sorprendes y te haces sonreír, como cuando Chaplin se reía viendo sus propias películas mudas.

En esta el mérito es de Javier Ors y de Victoria Iglesias, que hizo unas fotos que dan bien el ambiente.



23 novembre 2020

Volver al Rastro

LA novela de Dickens se titula, literalmente, Grandes expectativas, pero se tradujo por Grandes esperanzas. El Rastro de Madrid, uno de los rincones más dickensianos de la ciudad, es lugar de grandes expectativas pero de pocas esperanzas. Allí todo el mundo lleva en la cabeza negocios fabulosos, vendiendo o comprando; ahora, esperanzas las justas. Esa ha sido la maquinaria que no se ha detenido nunca, ni siquiera durante la guerra civil. Tuvo que venir la covid para que se cerrara por primera desde el siglo XVII; en marzo y abril, por completo; luego abrieron tiendas y almonedas. 
Este domingo volvía el Rastro, o una pequeña representación de él. A primera hora había guardias por todas partes. Más que rastreros. La idea, lo que ellos llaman dispositivo, era permitir unos quinientos puestos y unos tres mil visitantes. Se calcula que en una mañana normal hay mil puestos y entre cincuenta y cien mil visitantes. De momento han dejado tres plazas (Cascorro, Vara del Rey, Campillo del Mundo Nuevo), y una calle (Ribera de Curtidores). Los dispositivos en España tienen siempre un punto surrealista. La pendiente de la Ribera es muy pronunciada, lo agradable es bajarla; el dispositivo puso al río de gente fluyendo en una sola dirección desde la Ronda a Cascorro, que es como barrer una escalera empezando por abajo. Al disponer de tan poco espacio se han visto obligados también a mover los puestos de sitio, quiero decir que el que antes se ponía en la calle del Carnero ahora va a estar en el Campillo y al que estaba en una punta del Campillo pueden haberle mandado a la Ribera. Como si el callejero fuese el cubo de Rubik,
Ayer todo el mundo estaba contento. «Claro que el que falta no sabemos si es porque le toca otro domingo o porque es baja», oímos decirle a alguien. En el Rastro se habla de la muerte con mucha naturalidad. Algunos activistas repartían sus pasquines: «El Rastro es un lugar seguro. Está al aire libre». «Eso es relativo», oigo que dice alguien detrás de una mascarilla. Yo le entiendo. Se refiere a que el Rastro es un comercio de tacto y de contacto, la gente quiere tocar lo que compra, por si es falso, y se aglomera, por si es un chollo y se lo lleva otro antes. 
Ha sido un Rastro extraño, como todo lo que nos pasa últimamente. Pero nadie se queja (y habría razones para hacerlo). Lo importante, oigo también, es que hemos vuelto: Sí, me digo; con las esperanzas de siempre, pero con mayores expectativas que nunca, si cabe.

                                                                            (Publicado era El Mundo el 23 de noviembre de 2020)









 

 

21 novembre 2020

Una conversación y un paseo

La conversación la mantuvimos Manuel Jabois y yo este lunes pasado. El paseo es de cualquier momento.



1 novembre 2020

Una entrevista

Aparece hoy en Abc, y era originalmente más larga. No se podía dar entera, claro. Aquí va como iba, tal como me la envió Inés Martín Rodrigo.

PLAZA DE LA VILLA DE PARÍS:

- AT.: Las ciudades contienen tantas ciudades como vecinos, y los vecinos de Madrid tienen una característica: la inmensa mayoría hemos venido de fuera, de pueblos o de ciudades más pequeñas, y los que son gatos, los que han nacido aquí, también han recibido esa extrañeza de sus mayores, también emigrantes. Madrid es una ciudad de aluvión, la hemos hecho entre todos, madrileños somos todos. Y, en mi caso, este es el barrio donde me he hecho mi pequeña ciudad de provincias. Vivo al lado, aquí venían a jugar mis hijos de niños, al lado estaba la casa de Ramón Gaya, al que veía casi a diario. Yo he llevado una vida tranquila, vida de trabajo y provinciana; se conoce que el espíritu de la provincia viaja con uno... Esta es una plaza tranquila, al lado de todo, y probablemente la más popular de España, aparece a diario en todos los telediarios con todos esos delincuentes, ladrones, estafadores..

 

- IMR.: Políticos…

- AT.: Políticos menos; más terroristas, golpistas, narcos, ensoñadores… Esta es la plaza por antonomasia de la justicia: en muy pocos metros hay tres sedes judiciales muy importantes, en una misma mañana te pueden juzgar por tres cosas distintas. Es una suerte. Y es una plaza simpática. Antes tenía un encanto más provinciano aún. Yo he visto aquí, hace quince o veinte años, cómo los mendigos hacían hogueras para pasar las noches, y he visto acercarse a esas hogueras a los guardias para calentarse; había como una humanidad, una fraternidad entre los mendigos y la justicia especial, muy bonita. Sin salir de nuestro barrio, en apenas dos manzanas, tenías cuarenta o cincuenta oficios, en cuarenta años esos oficios han desaparecido prácticamente todos. Pero es mi plaza, es la que me gusta, tiene una cierta armonía… La ley siempre tiende a armonizar las cosas que no funcionan bien, la ley es una especie de orden en medio del caos de la vida. De ese orden, de esa serenidad parece que se contagia esta plaza. Antiguamente estaba ahí el Palacio de los Duques de Medinaceli, que se tiró en el año 1964 por pura especulación urbanística e hicieron este trasto.


-  IMR.: Que es espantoso…   

-AT.: Sí, pero lo que a nosotros nos parece espantoso, si le das doscientos o trescientos años se pone bonito. No falla. Es una lástima no vivir tres siglos para verlo.

 

-IMR.: El barrio ha cambiado mucho en los últimos quince años… Imagino que el cambio de los últimos meses es casi definitivo.

-AT.: Yo creo que el ser humano tiene una capacidad de olvido afortunadamente muy grande, incluso para el dolor. El tiempo lo cura todo, y curará, incluso, las heridas del coronavirus, porque Madrid ha sufrido a lo largo de la Historia pestes, hambrunas, sitios de guerra, revueltas, motines, invasiones… y de todas se ha recuperado. Los últimos ocho meses la ciudad, en efecto, se ha venido abajo, pero dale dos meses de normalidad y la gente lo olvida todo. De hecho, el disparate de Sánchez hace unos meses diciendo “Hemos vencido al virus” hizo que muchos olvidaran inmediatamente lo que había pasado…

 

- IMR.: Y que el verano fuera calamitoso.

-AT.: Y que el verano fuera calamitoso. No se pueden dar falsas expectativas a la gente, ni falsas esperanzas tampoco. Yo me asomo al balcón a las diez de la mañana y las mañanas parecen ahora las de un domingo. Solo que sin la alegría de las mañanas de domingo. Al contrario. La tristeza está por todas partes. Después de siete meses en el campo, al llegar a Madrid he visto que hoy la gente parece caminar a minguna parte. Vaga de aquí para allá. Está como flotando, como peces de un acuario, que se dan con el cristal y retroceden. Así. Nosotros nos damos de bruces con todas esas normas sobre la pandemia que los políticos nos cambian ahora cada día. Lo ha dicho bien González: una puñetera locura.

 

AYUNTAMIENTO:

-AT.: Cuando la hija de Carmen Martín Gaite era muy niña y oía a sus padres “¡Qué feo edificio, qué espantoso edificio!”, ella decía lo mismo que yo digo en el libro: “Ya se pondrá bonito”. Carmen me señaló, hace muchos años, que las farolas del Palacio de Buenavista tienen debajo unas figurillas muy simpáticas, y muy de Carmen Martín Gaite… 

 

- IMR.: ¿Qué te pareció cuando trasladaron aquí el Ayuntamiento?

AT.: El madrileño, como cualquier persona, en principio es reacio a los cambios, porque los cambios nos descolocan un poco. El edificio era gigantesco, de en un momento en el que las telecomunicaciones eran muy importantes. Las comunicciones han cambiado tanto que se quedó obsoleto en muy poco tiempo. El traslado a mí me pareció que era una obra faraónica, pero en algún momento había que hacerla; y hoy por hoy me parece bien, porque como centro cultural se le puede sacar mucho provecho. Además, está en el centro de la ciudad.

 

SUBIDA POR CALLE ALCALÁ:

-AT.: Todos estos cafés eran muy bonitos hace cuarenta años, pero claro, como dice Cañabate, el madrileño se pasa la vida yendo de lamento en lamento, cosa que es un poco absurda. Cuando uno echa de menos una plaza, un comercio, un café… en realidad lo que suele echar de menos es su juventud. Por tanto, sabiéndolo, es absurdo lamentarse, yo ya me lamento de poco.

 

 PUERTA DE ALCALÁ:

- AT.: Cuando la ves exenta... Es un poco absurdo. Era mucho más bonito cuando tenía una utilidad, pegada a la cerca, con sus puertas que se abrían por la mañana y se cerraban por la noche y pasabas… Ahora, ver una puerta así, en mitad de la nada, es un poco absurdo, pero bueno, no lo vas a quitar, tampoco…

 

-IMR.: Es uno de los símbolos de Madrid…

-AT.: Sí, Madrid no tiene muchos. Madrid es una ciudad que no tiene las bellezas que tienen otras ciudades, pero Madrid al final tiene eso que se llama la suerte de la fea, que la guapa la desea. Tienes que descubrirla, y cuando se la encuentras, está muy bien. Y cuando te quieres dar cuenta has pasado toda la vida a su lado y, como diría un personaje de Galdós, tan ricamente.

 

-IMR.: Yo tengo la sensación de que los madrileños no miramos hacia arriba cuando caminamos por la ciudad, cosa que sí hacemos cuando visitamos ciudades como turistas…

-AT: Deberíamos tenerlo presente siempre, pero no solamente en Madrid; hablas con un parisino y le pasa lo mismo o, incluso, un veneciano, sólo ven la ciudad cuando se la enseñan a un forastero.

 

-IMR.: Que es lo que has hecho en el libro.

-AT.: Es lo que he hecho en el libro. He hecho de mí mismo un forastero para ir fijándome en todas esas cosas. Así la ciudad se vive de otra manera, porque cuando empiezas a mirar hacia arriba descubres que Madrid es una ciudad realmente importante. Madrid es muy importante, pero no se da en absoluto importancia.

 

-IMR.: Eso es cierto.

-AT.: El madrileño no se da importancia. El madrileño no se victima, es bastante estoico, está acostumbrado a sufrir, porque le ha traído a Madrid la lucha por la vida y, por tanto, el madrileño es un hombre que está acostumbrado a luchar. A Madrid hemos venido todos llorados de nuestra patria chica. Esa es la razón de que en Madrid no se esté mucho para victimaciones.

 

-IMR.: En cambio, otras regiones del país sí han explotado ese victimismo, y lo hemos vivido con particular sufrimiento a lo largo de los últimos años.

-AT.: Los hay que se pasan el día quejándose, lloriqueando, pedigüeñeando. El madrileño no se queja, es estoico. El madrileño está acostumbrado a pasarlas mal y por lo general tiende a ver las cosas buenas, quiere disfrutar de ellas, quiere que se arreglen y cuando no se arreglan busca una solución. Este es el carácter del madrileño: un hombre que no tiene identidad, que no tiene apego más que a la vida. Si fuera un libro, Madrid sería una obra maestra editada de una manera pobre, como Fortunata y Jacinta. La primera edición de Fortunata y Jacinta, en cuatro tomos, está en rústica, en mal papel y con una tipografía en absoluto memorable.

 

-IMR.: Eso es Madrid.

-AT: Eso es Madrid. Y Madrid es la primera edición del Quijote, editada en mal papel y con mala tipografía, y llena de erratas. Eso es Madrid, una ciudad con muchas erratas, pero con una melodía bonita, humilde y pegadiza.

 

PARQUE DEL RETIRO:

-AT.: Juan Ramón venía a pasear mucho por el Retiro, también Baroja, que son los dos opuestos. Uno es la elegancia suma y otro con ese aspecto de vagabundo, su boina, sus zapatillas de orillo, su gabán oscuro y grande. Juan Ramón decía que el Retiro era el Madrid posible, el Madrid mejor, porque esto es un jardín ordenado, con su propia vida armónica, donde está metida la naturaleza, el agro culturizado más que en ninguna otra parte. En todo momento el Retiro es bonito, en todas las estaciones y a todas las horas. Por la noche yo no he venido nunca, pero veo desde fuera que no hay luces, y eso lo poetiza mucho.

 

-IMR.: El Retiro es una evasión, ¿no?

-AT.: Bueno, yo aquí no pierdo el tiempo, vengo a pensar, a darle vueltas a las cosas, a sentarme, me encanta ver a la gente. Me gusta la vida de la gente.

 

-IMR.: Y el Retiro es un escenario perfecto para poder observar a la gente.

-AT.: Sí, porque en el Retiro la gente, por lo general, nos desprendemos de lo peor nuestro.

 

-IMR.: ¿Por qué?

-AT.: Porque somos más serenos, más respetuosos, estamos más ensimismados, más reclamados por la naturaleza y olvidados de nosotros mismos, y todo esto hace que la gente esté de mejor humor.

 

-IMR.: En los meses más duros de la pandemia, el Retiro ha sido, más que nunca, un refugio para los madrileños.

-AT.: Bueno, porque la gente necesita el contacto con la tierra y con la naturaleza. Ni siquiera se pregunta quién es ese que va a caballo, por qué está ahí… Por cierto, en el Retiro está, según Julio López, una de las mejores cabezas de caballo de la historia de la escultura, en el monumento a Martínez Campos. Es magnífica.

 

-IMR..: Ahora que mencionas los monumentos, las estatuas, ¿qué le parece el revisionismo histórico que mira el pasado con los ojos del presente?

-AT.: El presentismo, aparte de que es de un gran candor, te obligaría a cambiar y poner patas arriba todas las cosas, no solo las ciudades..

 

-IMR.: Me gusta eso que dices de que la memoria no se puede legislar, porque es una facultad.

-AT.: La memoria es una cualidad de la persona y nadie puede entrar en tu cabeza para decirte qué tienes que recordar o no. La polémica de Largo Caballero es muy corta. La defensa más extravagante que se ha hecho de él estos días la hizo Paul Preston: “Largo Caballero sería un político mediocre, pero no era un asesino”, dijo. Es decir, que hemos de conservar su monumento porque fue un político mediocre… Hombre, si en Madrid hubiera que poner una estatua a todos los políticos mediocres no podríamos salir de casa. Decía Hannah Arendt que el historiador es el guardián de los hechos. Tú lo que no puedes hacer con los hechos es inventarlos ni presentarlos de una manera fraudulenta acomodándolos a lo que tú quieres que los hechos digan. Madrid, la ciudad de Madrid es lo que es. Podemos decir que el Manzanares es navegable (lo fue), pero no que es rico en salmones. En el Comisionado de la Memoria Histórica, durante dos años, lo que hicimos fue sopesar hechos y ver si lo negativo de unos comportamientos y lo positivo de otros nos impedían aplicar una ley en la que, por otra parte, veíamos grandísimas deficiencias, pero que ya estaba aprobada en el Parlamento.

 

-IMR.: Te refieres a la Ley de Memoria Histórica.

-AT.: Sí. Es una ley muy deficiente, origen de contrasentidos, paradojas e injusticias comparativas. Para eso está la memoria, para llegar a una especie de relato común. La verdad, decía Giner de los Ríos, la hacemos entre todos, y recordamos entre todos. No puede ser que recuerden siempre los mismos, hunoshotros, por decirlo como Unamuno.

-AT.: Juan Ramón hablaba de un Madrid imposible, que es el de los barrios bajos, el de la suciedad… Y hablaba de un Madrid posible, que era un Madrid ordenado, armónico, limpio, aristocrático en el mejor sentido de la palabra… Y este Madrid, que es el Madrid del Observatorio, del Retiro, del Casón del Buen Retiro, del Prado y del Botánico es el Madrid del XVIII, que es el Madrid neoclásico, de una especie de serenidad. Es probablemente el más depurado de todos los madrides, pero no excluye al otro, al Madrid de los barrios bajos y del rastro. A mí siempre me ocurre esto, que comparto los dos extremos, debe ser que soy un madrileño sintoísta.

 

-AT.: Madrid no es una ciudad clasista, ni muchísimo menos. Nada más popular que el Retiro. Lo vio muy bien Ortega y Gasset en La redención de las provincias. Debería ser de lectura obligada. Dice entre otras cosas que el aristócrata madrileño, lejos de separarse del pueblo, lejos de establecer una barrera infranqueable con las clases populares, como ocurre en Inglaterra o en buena medida en Francia, no sólo rompe esa barrera, sino que le gusta mezclarse con las clases populares, viste sus mismos trajes e incluso imita su habla, cosas que en otras partes, como en Inglaterra, sería impensable. Esto en el Retiro se ve claramente, sobre todo cuando llega el buen tiempo. El Retiro es como la Pradera de San Isidro, depurada.

 

-IMR.: Antes decías, citando a Giner de los Ríos, que la verdad la construimos entre todos, pero yo tengo la sensación de que, sobre todo en los últimos tiempos, a los españoles cada vez nos cuesta más trabajo ponernos de acuerdo en algo.

-AT.: Yo no voy muy de acuerdo con eso, porque eso pasaría por aceptar que los políticos son todos los españoles, y no es verdad. No creo que a los españoles les costara entenderse más que a los ingleses o a los franceses. Ahora, en este momento tenemos una clase política sin demasiados escrúpulos. ¿Qué tiene que ver un socialista honrado con un exetarra o con los nacionalistas más reaccionarios? Pues ahí los tienes «juntos y en unión» en el gobierno, como los requetés, los falangistas y los de las Jons después del decreto de Unificación.

 

-IMR.: Y esa división la han trasladado a la ciudadanía.

-AT.: Yo en general tiendo al optimismo. La ciudadanía a veces se equivoca, a veces no, pero hay que darle un tiempo y pedirle que reflexione y que no dé su voto al primero que se le ocurra. La moderación pasa por tratar como adulto a todo el m undo, incluida a una ciudadanía cada vez más infantilizada e idiotizada.

 

-IMR.: Digamos que tenemos que votar más con la cabeza y menos con el corazón, ¿no?

-AT: Bueno, hay que votar con las dos cosas. Yo no descartaría el corazón así tan a la ligera, pero lo que no le daría es el mando en plaza. Hay que votar con la cabeza y con el corazón, con ambas cosas, pero principalmente con la cabeza, desde luego. Haciendo la media entre cabeza y corazón, que es la reflexión. Realmente, deberíamos ser más reflexivos.

 

-IMR.: Es que el carácter español…

-AT. No creo tampoco en el carácter español. El carácter español no existe, eso lo creerán los nacionalistas catalanes, vascos o españoles. No hay un carácter español, hay unos hábitos, unos malos hábitos…

 

-IMR.: ¿Como por ejemplo?

-AT.: Hablar a voces, ser precipitados, mentir descaradamente, decir que te va a quitar el sueño una cosa y luego dormir a pierna suelta, ser sanguíneos, creer que la hombría depende del volumen de la voz, creer que las creencias son más firmes cuanto más intransigentes, que las mscarillas son malas para la salud y luego poner multas al que no las lleva… No hay un carácter español. Hay cucos, hay oportubnistas y demagogos. Lo español no es nada. Hay una serie de rasgos sentimentales que compartimos, pero que como se van se vienen, no hay nada que sea naturaleza; eso lo creen los racistas, los xenófobos, creen que sí, que naturalmente son distintos, o sea mejores.

 

-IMR.: Mira lo que pasa en este país con la bandera.

-AT.: Oímos decir: «La derecha se ha apropiado de la bandera». ¿Sí? Pues nada, haz uso tú tambien de ella. Cuantos más seamos menos  mejor, subiremos la media y los indeseables se notarán menos. Ningún otro país tiene un conflicto con su bandera, es la bandera de tu país y está ahí, no es que te guste o no, es la que es.

 

-IMR.: Es que es un conflicto absurdo.

-AT.: Hace poco salimos unos cuantos en un vídeo diciendo “¡Viva el Rey!”. Queríamos defender la Constitución. Y vinieron algunos diciendo: «la derecha se apropia del Rey». El caso es que habíamos invitado a muchos de izquierda, y ninguno quiso, temiendo que habría gentes de derecha en el vídeo. No dejamos de votar en unas elecciones porque voten también los idiotas, los maltartadores o los ultras, y en la misma urna en que lo hacemos nosotros. La cuestión no es por qué al Rey lo defiende la derecha, sino por qué lo ataca la izquierda o no lo defiende. 

 

MUSEO DEL PRADO:

- AT.: Ramón Gaya lo definió muy bien, él lo llamó la roca española. El Prado es lo más sólido que tiene España. Lo mejor que ha dado este país está en el Prado, por fuera y por dentro, por el contenido y por el continente. Contiene no solamente obras de arte, contiene eso que llamamos el milagro español, ese respeto por la realidad que caracteriza al artista español, esa especie de amor hacia la realidad, hacia lo que común a todos. Giner de los Ríos y la Institución Libre de Enseñanza decían que lo mejor nace del pueblo, y es verdad, en el sentido de que el pueblo destila muy bien unas virtudes que nos hacen estar despiertos y atentos a la realidad. ¿Y qué es la realidad? La suma de pasiones, pensamientos y afectos, que combinados adecuadamente hacen al hombre mejor, hacen que el hombre se perfeccione y mejore. Y enfrente tiene el Jardín Botánico. Naturalidad viene de naturaleza, lo que necesitamos todos, escritores o no, artistas o no, para vivir adecadamente. 


- El paseo que hemos hecho hoy lo hago con mucha frecuencia. Normalmente, yo me alargo un poco más y llego hasta la Cuesta de Moyano, bajo, saludo a los amigos libreros y vengo luego por aquí, si tengo tiempo, en primavera, entro en el Botánico y, si tengo un poco más de tiempo, entro al Prado, porque tengo un par de buenos amigos también, aparte de Velázquez y demás, dos de carne y hueso, y nos tomamos un café, veo cuatro o cinco salas que me gustan…

 

IMR.: ¿Echas de menos la vida de antes?

- AT.: Bueno, no mucho, porque mi vida ha sido siempre así. Lo único que echo de menos es abrazar a los amigos, abrazar a mi nieta, a mis hijos… Eso sí lo echo de menos, pero el resto no mucho. Mi vida es más o menos lo que has visto. Estoy muchísimas horas al día solo, y muchos días al mes, y el confinamiento no me llama la atención. Incluso cuando he estado siete meses confinado en Extremadura he llevado la misma vida que llevo aquí. Soy una persona bastante ordenada y los libros van saliendo solos, unos mejor que otros, me ocupo a veces de la compra y de trabajos serviles, y por la tarde leo algo, a partir de las ocho doy un paseo por el barrio… Dios quiera que no nos roce este virus y no padezcamos lo que están padeciendo miles de españoles directa o indirectamente con familiares enfermos, muertos... Estamos viviendo como un compás de espera, no podemos realizar enteramente nuestra vida, tienes la sensación de que, hasta que esto no se resuelva, las cosas que haces no van a estar hechas del todo; tengo la sensación de que lo que estoy escribiendo tampoco está bien, porque nadie puede quitarse de la cabeza esta preocupación…

 

-IMR.: Es una nube negra que tenemos encima de la cabeza.

- AT.: Sí, que lo tiñe todo de un color sombrío. 

Foto: Ignacio Gil