28 de noviembre de 2014

El espejo y la novela


EL espejo y la novela. La imagen de Stendhal es bien conocida. El novelista es un ser errante. Lleva consigo su espejo, y su novela, a lo largo del camino, y no se detiene en ningún lugar. No podría. La novela es un itinerario en el espacio y en el tiempo, por dentro y por fuera. El cronista es otra cosa. Vive en una ciudad. También se ha hecho él un espejo. Lo instala en medio de una plaza, como los feriantes, y basta que alguien ponga un espejo en una plaza para que todos sus paisanos sientan una gran curiosidad por mirarse en él. Pero no es gratis. Cobra la entrada a quienes quieran verse reflejados. Lo que ven, ecos de sociedad también, no puede gustarles más. El espejo como elogio de las masas. El dueño de ese espejo lo llama también novela, convencido de que lo sustancial de la novela no es el camino, sino su espejo.

Vara del Rey, 12 de octubre de 2014

27 de noviembre de 2014

No le faltaba razón


LO cierto es que ni por las venas de Remigio VIII, trigésimo segundo rey de la dinastía de los Esquilos, ni por la misma estirpe de los Esquilos, corría ya una sola gota de sangre de su fundador el conde Laurentino. El fluido azul se había interrumpido ya con la reina Vitila, zíngara de la que se encaprichó uno de los primeros esquilos, Crisanto II, elevándola a la dignidad real. 
Tuvo Vitila la paciencia que tuvo hasta que la tuvo. Dio a luz a trece niñas, para desesperación de su esposo Remigio IV, que aguardaba en vano un heredero. Furioso, la tomó primero con Vitila y luego con la venatoria y las doncellas de sus dominios, a las que no dio reposo. Harto de las frecuentes ausencias depredatorias del rey, buscó la buena de Vitila una tarde loca consuelo en los brazos de un zíngaro, de paso, él y el oso, por el castillo. De resultas de aquellos secretos y pasajeros abrazos, nació al fin el delfín a quien llamó Crispín. La alegría de Remigio IV fue desbordante y más cuando todos le aseguraban que Crispinito era su vivo retrato. Del IV al VIII de los Remigio otras tres reinas inyectaron en la sangre del zíngaro la de un marqués, la de un confesor y la de un notario mayor del reino, lo que no quitó, porque lo cortés no quita lo valiente, para que Remigio VIII, que conocía estos extremos, como todo el mundo, ordenara el día de su coronación acuñar moneda con su efigie y la leyenda “Remigio VIII por la Gracia de Dios”. Y en cierto modo no le faltaba razón.
Y a buen entendedor, etc.

El Rastro, 16 de noviembre de 2014


26 de noviembre de 2014

Hechos de sociedad

CUANDO Cervantes metió en la segunda parte del Quijote un ejemplar real, recién editado, de la primera, dio entrada, como es sabido, a un juego infinito de espejos: el espejo que refleja otro espejo. Desde entonces las palabras ficción y realidad empezaron a bailar en la literatura como la bolita de papel en la mesa de los trileros. Nunca está bajo el naipe o el cubilete que creemos. Pero lo que en Cervantes era naturalidad, corre el riesgo en nuestras manos, fatigadas y mucho más torpes, de acabar siendo un aburrido y formalista manierismo. 
Porque con tantas idas y venidas, podemos pasarnos de rosca. La ficción puede constituirse en hecho, pero los hechos no son una ficción. Entre los hechos y la ficción hay una tenue, sutil línea ética que se puede saltar (qué no se puede saltar), pero no es un acto inane. Don Quijote, un personaje de ficción es, ontológicamente, más firme que Cervantes, pero no por ello Cervantes ha dejado de ser real, con los mismos derechos que cualquier persona mortal. 
Ayer mismo leíamos la noticia de quienes dicen haber descubierto la base real de don Quijote. Incluso aunque fuese exacto lo que esos investigadores aseguran, el camino que tienen que recorrer unos hechos hasta poder recibir el noble nombre de novela no es menos corto que el que tiene una novela de convertirse en un hecho significativo, como el Quijote, con capacidad de transformar la realidad y nuestra visión del mundo. Lo habitual es que las obras que se quedan demasiado pegadas a la realidad hagan honor al nombre que en francés reciben la películas o crónicas testimoniales: faits de societé, "hechos de sociedad", una manera generosa, la mayor parte de las veces, de decir "ecos de sociedad".


Puertollano (desde el tren), 13 de noviembre de 2014

25 de noviembre de 2014

Hechos, sólo hechos: un selfie

SE han publicado al mismo tiempo estos tres libros: El impostor, Como la sombra que se va y El final de Sancho Panza y otras suertes
Los dos primeros son biografías de personajes históricos: Enric Marco, que se hizo pasar por víctima del nazismo, el primero, y James Earl Ray, asesino de Martin Luther King, el segundo. Aun admitiendo lo que tienen de periodismo y crónica, sus autores reivindican para ellos la condición de novelas, y no sólo por huir del estigma que persigue a los libros de "no ficción", y aun al periodismo, a la hora de vender libros, como reconoce uno de ellos. El tercero narra la vida de los personajes de una novela, pero su autor ha querido presentarlos bajo esta cita de Dickens: "Hechos, sólo hechos". Los que han escrito una crónica, sostienen que se trata de una novela, y el que ha escrito una novela, se jacta de que sea una crónica. Pasa algo.
* * *
PERO ningún caso más extraordinario de Ficción/No ficción que la fotografía que se publica aquí. 
Se trata de un selfie, probablemente el primero del mundo que se haya hecho mientras su autor dormía profunda, plácidamente (como queda acreditado). 
No se conocen casos de nada parecido, y menos en un tren a su paso por la estación de Córdoba. 
Viajaba uno ese día solo, tras la presentación, precisamente, de la novela de marras. Cuando llegué a casa descubrí el selfie en mi móvil. Alguien podría pensar que un extraño (aunque si fuese así, preferiría decir extraña) me hizo la fotografía mientras dormía, pero para ello ese alguien tendría que: 1/ haber metido su mano en el bolsillo de mi pantalón vaquero, cosa harto dificultosa incluso para mí en esa postura, 2/ rozar, aun sin querer, esas partes sensibles que tienen los hombres en tanto aprecio, 3/ sacarla (la mano), 4/ sacarla (la foto) y 5/ volver a dejar el móvil en su sitio volviendo a meterla (la mano). Que yo sepa eso tampoco ha ocurrido jamás en la Renfe ni tiene uno noticia de ello. Y prueba de que no se trata de un montaje, ni siquiera paranormal, es el hecho de que la foto haya salido no en color, como salen siempre, sino en blanco y negro, como los sueños, único abismo donde todo es verdadero, que es, como sabes muy bien, lo que va más allá de la ficción y de la realidad.


En un tren (Sevilla-Madrid), 13 de noviembre de 2014

24 de noviembre de 2014

Y además... horteras

¿SE puede decir algo más  a propósito de la corrupción y los corruptos, algo nuevo y distinto de lo que hemos venido oyendo o leyendo estos últimos meses? Se puede.

Veamos. Empecemos por el asunto de esas tarjetas de las que hicieron uso los consejeros y directivos de Bankia, antes Caja Madrid, pertenecientes, como es sabido, a políticos de todo  el espectro, representantes de las oligarquías financieras y empresariales o militantes sindicalistas, socialistas y comunistas. Gracias a que todo está informatizado podemos conocer incluso cuándo, dónde y cómo fueron utilizadas estas tarjetas de crédito, es decir, en qué se empleó el dinero que se obtuvo con ellas, a veces en abultadísimas cantidades: lencería fina, vinos de miles de euro la botella, restaurantes exclusivos, coches de lujo, vacaciones en el Caribe, joyerías... No se ha dado el caso, hasta donde sepamos, de nadie que haya empleado ese dinero en, no sé, la compra de unos aguafuertes de Goya, de una primera edición rara, de un abono a la ópera de Salzburgo, incluso de Bayreuth, de un piano. Ni siquiera en algo como un tratamiento médico fuera de España o en los estudios de un hijo en una universidad extranjera... Cabría incluso la posibilidad de que, tratándose de políticos, alguno hubiese necesitado ese dinero para llevar a cabo alguna obra que remediara deficiencias o tardanzas de la administración y mirando al bien común: unas becas para licenciados en paro, la restauración de cierta iglesia románica, un comedor social, la dotación de un laboratorio de i+d... De haber sucedido algo así, nuestra indignación no sería acaso tan furibunda y sostenida.

Pues, al fin y al cabo, tanto como la implacable y patética rapiña del dinero público  abruma y descorazona ver en qué lo emplean. Y se deprime uno aún más, si cabe, porque ve que todos esos tipejxs sin escrúpulos, barcinos, erésicos o pujolos, que tratan de incorporarse aceleradamente al  mundo de los ricos, en realidad no están haciendo nada que no haga la inmensa mayoría de estos, comprarse sus mismos coches, la lencería y las joyas que ellos regalan en secreto, cazar nuestros elefantes y viajar a los mismos hoteles de lujo saudí donde se imparten cursos acelerados para destruir lo poco decente que le queda todavía a este mundo... Es decir, que tan tóxica como su ética, nos resulta esa estética suya de horteras irredentos.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de noviembre de 2014]

23 de noviembre de 2014

El peatón de París


SI alguien os pregunta si es posible compendiar en un pequeño tomo La comedia humana y En busca del tiempo perdido, como pretendía aquel niño queriendo meter el mar de Cartago en un hoyo de la playa, respondedle sin titubeos:
–Sí, si ese libro es El peatón de París.
Es uno de los más hermosos que se hayan escrito sobre una ciudad, obra maestra y dechado de sucesivos y asombrosos hallazgos de todo tipo: verbales, poéticos, literarios, históricos, narrativos, humorísticos… A un tiempo acorde y arpegio. Je ne me fie pas trop à l’inspiration, dirá su autor en una de sus primeras páginas. Lo dice por cortesía: encuentra más discreto y elegante hablar de trabajo que de musas. Y sí, no se fía demasiado de la inspiración, pero acaso sea uno de los libros más inspirados que hayamos leído.
Dicho esto además de una ciudad como París, categórica en sí misma, que contó aquellos años con tantos escritores, y tan extraordinarios algunos, como pintores y artistas hubo en la Italia del Renacimiento. Muchos de ellos aparecen aquí, a veces meros comparsas, pero otras con retratos sagaces y sumarios: Proust, por encima de todos en su estima, Paul Valéry y Larbaud, con los que fundó la revista Commerce, y Morand, Cendrars, Philippe, Radiguet, Mac Orlan, Satie o Ravel, de quien fue amigo íntimo, entre una multitud de gentes de toda laya, hoteleros, músicos, aristócratas, rufianes, artistas, poetas, sastres, entretenidas, bohemios, millonarios, todos y cada uno con su nombre y apellidos propios y señalados en una calle, esquina, plaza, barrio precisos, La Capilla, el Cuartel Latino, Nación, el Monte de los Mártires, los Muelles, la Marisma, San Germán de los Prados, San Miguel, cuando no bares, bistrós, restaurantes, hoteles, salones, cabarés, teatros, cines, antros…
Este es un libro que habría entusiasmado a Stendhal, perpetuo homenaje a los detalles exactos. Épico y moderno. En tal sentido es una obra que sólo pudo haber escrito alguien que había dejado atrás hacía mucho su medio siglo, destilación de toda una vida, al igual que À la recherche es destilación de la de Proust. Como en el caso de Proust podría afirmarse incluso que Léon-Paul Fargue no hizo otra cosa en su vida que prepararse para escribir El peatón de París; toda su existencia, todas sus experiencias humanas y literarias, todos sus libros desembocan en estas trescientas páginas (podrá observarlo el lector de esta edición leyendo D’après Paris, que los editores han tenido el buen acuerdo de dejar para el final, pese a ser anterior; las prosas de ese libro, poéticas y a menudo atemporales, no hacían en absoluto presagiar el todo armónico en su diversidad de El peatón de París, pero leyéndolas después de El peatón no podemos dejar de verlas ya como sus precursoras).
Fargue, que había nacido en 1876 en París (de una modesta costurera y un ingeniero e industrial de la vidriera que tardó años en reconocerle, lo que para alguno de sus escoliastas explicaría la melancolía de sus obras; bah), escribe la mayor parte de El peatón de París en 1938 para publicarlo un año después. Tenía entonces sesentaitrés y apenas llevaba diez casado. Hasta ese momento había sido un hombre libre. Un hombre libre en aquel París a caballo de esos dos siglos, XIX y XX, no quiere decir lo mismo que en otras partes y en otros tiempos. Para que se comprenda de qué hablamos: Fargue asiste de muchacho en el instituto a las clases de Bergson por la mañana y a la tarde se pasa por la tertulia que se celebra en casa de Mallarmé. Si en esta página pudiera linkearse la palabra Mallarmé veríais abrirse la fronda de quienes asistían a aquellos célebres martes y que hoy se nos antojan olímpicos. En fin, la evocación du temps passé no es uno de los menores encantos de este libro.
Como los franceses, y especialmente los parisinos, tienen una predisposición genética para encajar en salones literarios, tertulias y redacciones de periódicos y revistas, ya encontramos a Fargue, antes de cumplir los treinta, en el núcleo de fundadores del que sería bastión de los simbolistas, y con el tiempo, una de las grandes aportaciones francesas a la literatura universal: la Nouvelle Revue Française. Y de ahí, del simbolismo de Mercure de France y de la poesía, no se moverá Fargue en su vida, siempre al lado de Valéry, de Gide, de Claudel… Y siempre fino y sutil, ligero pero nunca superficial.
Esta fidelidad le trajo algunos problemas con los surrealistas, a los que no tomó nunca demasiado en serio y que acaso por eso lo hubieran querido asesinar, que es, como se sabe, la secreta vocación de todo buen surrealista. A Fargue no sólo no le importó, sino que hizo gala de tales desdenes, pues con toda esa melancolía que atraviesa sus escritos no dejó nunca de ser alguien jovial. La prueba la tenemos en esto: la coña y distancia con la que observaba las sucesivas voladuras de la vanguardia no le impidieron aprovecharse de alguno de sus procedimientos más acreditados: síncopas, vértigo, ligereza, humor, destellos… Este libro está lleno de ellos: hablando de la irrupción del cine en la vida cotidiana nos dirá: “la explosión del grisú cinematográfico”. La palabra grisú nos lleva de la mano a un mundo subterráneo, negro, mineral que estalla a cada momento. Tenía fama de dejar esperando a los taxis en sus recados y visitas (Brassaï le vio junto a uno de ellos en memorable retrato), olvidándose a menudo que los había dejado allí desangrando sus economías: “el contador del taxi cocía a fuego lento”, dirá; recordando… Basta, podríamos encontrar tres ejemplos más por página.
Y fue entonces cuando todo sucedió. 1938. Su carrera literaria había sido muy parecida a la de otros muchos de aquellos hombres de letras que tenían París verdaderamente congestionada de literatura. Pues no contento París con tener una media de tres artistas por metro cuadrado, empezó a recibirlos de todas las partes del mundo en oleadas abrumadoras, en muchos casos en estado lamentable de desnutrición y en otros, con mecenas, inversionistas y publicistas millonarios incluidos, principalmente norteamericanos.
La batahola iba en aumento. El estrépito de las bombas de la Gran Guerra hizo guardar a todos silencio durante un rato, claro, pero pasada la primera impresión, volvieron a la carga y se redoblaron los gritos y el paroxismo de todo lo que llevara una x, incluido paroxismo, se apoderó de París, de los parisinos y en especial de los artistas: el sexo libre, los saxos de las jazz band y los cláxones. París declaraba inaugurados los felices años veinte, los de la plenitud de Léon-Paul Fargue.
La fama de Fargue se debía, desde luego, a sus poemas, en verso y en prosa. Incluso cuando escribía ensayos o relatos, Fargue lo hacía como suelen hacerlo los poetas, con extrema pulcritud y precisión, pero acaso sin olvidarse de sí mismo, de los versos, de la prosa. A fin de cuentas los hombres de letras están para hacer literatura. Y sí, entonces sucedió: Fargue tomó su pluma, contuvo el aliento y no respiró hasta terminar El peatón de París. Un libro que es mucho más que literatura. Acababa de meter en él, a su manera, la Comedia humana y En busca del tiempo perdido. Un soplo de vida y la vida en un soplo. Se diría incluso que lo escribió en un rapto, acaso porque todo el libro parece un único y modulado plano secuencia. O si se prefiere, una melodía. Pour la musique es el título de uno de sus libros de poemas, él, que contó con la amistad de Ravel o Satie, que musicaron algunos de ellos. Secuencia y melodía, sí. Unas veces más rápido, otras más lento, pero sin corte, sin desmayo, sin tropiezo, como a menudo vemos en La ronda de Max Ophüls. Todo fluye en él. También como un calidoscopio que no dejara de girar. Sí, Fargue fue el inventor de un calidoscopio que sintetizó por primera vez simbolismo y cubismo. El mundo lo mira un simbolista y lo cuenta un cubista. La cuadratura del círculo. Claro que no se trata de un simbolismo tétrico, sino también vital. Saint-John Perse, que prologó sus poesías completas, lo advirtió muy bien: “ningún anatema contra la existencia ni tentativa de despreciar la vida, a la manera de los simbolistas”. Es decir, como decía Nietzsche: ningún falso testimonio contra la vida, por mal que vengan dadas.
Y con esa disposición vital el plano secuencia dura, el calidoscopio gira y gira en este libro: la eterna novedad del mundo ( “me siento nacido a cada instante a la eterna novedad del mundo”, decía Alberto Caeiro; y porque viene al caso, recordar que el Libro del desasosiego, el otro gran libro del XX sobre una ciudad, es a Lisboa y a la melancolía, lo que El peatón es a París y a la alegría de vivir; y que los dos son parte de una misma moneda), la eterna novedad el mundo, decíamos, no es en Fargue otra cosa que la novedosa eternidad de la vida.
Podrá decirse que el París del que nos habla Fargue ya no existe, que han muerto todos sus actores, que aquel tiempo pasó, que no queda con vida ninguna de aquellas novedades. Pero esa es precisamente la novedad del mundo, que nada hay nuevo bajo el sol y que nada sea igual nunca. “Heme aquí al término de mi viaje sentimental y pintoresco por un París que ya no existe”, confesará Fargue con humildad, “un París cuyos ecos ya sólo nos llegan adoptando la forma de recuerdos cada día más desvaídos o de noticias desgarradoras: la muerte de un amigo muy querido, el fin de una familia hasta hace no mucho prometedora, la demolición de una casa antaño elegida para celebrar reuniones de buen gusto”.
En esta frase se compendia a su vez lo que Fargue escribió en esa larga tirada, conteniendo el aliento: memoria sentimental de la ciudad y de sí mismo, de lo que vio, de lo que ya no existe, amigos, familias enteras con su novela, casa, barrios, plazas. Todo ello saliendo del punto del plumín de su estilográfica con la menor cantidad posible de estilo literario. Digámoslo ya: si Fargue nos gusta tanto es porque no quiere tener mucho que ver con sus colegas los escritores, y prefiere conceder “el noble título de poeta” a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos y hortelanos, pero no se lo niega al aristócrata o gran burgués, si lo merece. Atget o Proust son la misma moneda, la única que le permite circular libremente por París.  Aunque no es un ingenuo y sabe que “escribir es saber desnudar los secretos que hace falta aún transformar en diamantes”, este flâneur incomparable no pierde de vista lo esencial: el poeta es aquel que está en “perpetuo estado de ósmosis”. ¿Qué quiere decir eso? En su caso “llegar a no tener necesidad de mirar para ver”. Para escribir de París, como Fargue lo hará, era necesario llevar antes París en el corazón. “Llevo toda una sociedad en mi cabeza”, dijo Balzac. Sabido esto, ni siquiera hubiese sido necesario salir a la calle, hubiera podido escribir su Peatón en un cuarto en penumbra, como Proust À la Recherche.
Todo esto es este libro. Desde su publicación gozó de la mayor de las consideraciones. Todos comprendieron y admiraron el fulgor y brío de un libro que se presentaba, como el buen simbolismo, atenuado y  discreto. Hasta los escépticos tuvieron que admitir que Fargue tal vez no había inventado la pólvora (inventada acaso por Baudelaire en su Spleen de París, que inauguró un género, el de los libros sobre París; la lista sería interminable: Apollinaire y Le flâneur des deux rives,  Benjamin y su Libro de los pasajes, la Nadja de Breton, el París de Green, los libros de Mallet, Modiano, y, claro, el trabajo de fotógrafos como Izis, Brassaï. Doisneau, Cartier Bresson, Luc Dietrich, Plossu, Moï Ver o Kertesz que tanto han contribuido a fijar la “idea” de París) pero sí algo mejor, aplicada a París: la epilírica, género enteramente moderno, mitad romántico, mitad clásico, simbolismo y vanguardia. Fargue podía despedirse de esta vida tranquilo y satisfecho, con el deber cumplido.
Lo que le restaba de ella, nada menos que la ocupación, la pasó como pudo, sobreviviendo: encontramos su nombre en el segundo plano de revistas y periódicos poco recomendables, Combats, La Légion, Patrie (al fin y al cabo la mayor parte de sus amigos eran simpatizantes de Vichy, como lo habían sido del bando franquista en la guerra de España, en Occident se publicó la lista de adhesiones; y porque viene a cuento, recordar el pasaje de El peatón donde Fargue, hablando del hotel en el que vive, el Palace, habla de quienes lo comparten con él unos días, son los del Congreso en Defensa de la Cultura, Pasternak, Malraux, Bloch, Aragon y… Carranque de Ríos).
Aquí tienes, lector, una ciudad y un libro ideales. Si lees con atención en una y otro advertirás que el París de Fargue y el París de hoy no han cambiado tanto.
“Los cafés han cambiado de aspecto, pero los amores fugaces permanecen”, nos había dicho Fargue. Y no digamos los amores eternos, como Paris o Fargue.
          (Prólogo a El peatón de París de Léon-Paul Fargue. Ed. Errata Naturae, Madrid, 2014)

Editorial Errata Naturae. En librerías a partir del 17 de noviembre.


22 de noviembre de 2014

El trasnochado

RARAMENTE se ha ocupado uno en este almanaque de lo que otros dicen de él. Lo de hoy, siendo festivo, no debería contabilizar ni siquiera como réplica.
Me envía una amiga el enlace de alguien que titula que uno "revela como mínimo una pose de escritor trasnochado". 
Al glosar ese hombre mi artículo sobre el drae y la definición de ruiseñor que viene en él, pensé que lo de trasnochado iba por ahí, ya que el ruiseñor no sólo canta maravillosamente, sino que es el pájaro trasnochado por excelencia: canta todo el día, pero se le oye principalmente de noche, por trasnochar él como ningún otro.
Pero no, el articulista, se agarra a la frase en la que dice uno no acordarse del nombre del secretario de la rae. "¿Pero cómo no va acordarse?", parece decir indignado. "Nada más sencillo. Hubiera bastado con haber entrado en internet y allí habría encontrado no sólo cómo se llama, sino que es una eminencia mundial...". 
Vamos con mi frase: "Pero sucedió algo importante en la vida de cualquier ser humano… cierto día conoció uno al secretario de la rae. Fue hará cosa de un año, en una cena. Ya no recuerdo su nombre, pero sí que me pareció persona importante". 
En un primer momento me dije: "Esto va a ser la decadencia, Andrés; la gente ya no advierte la ironía de tus escritos. Si no se entiende que ese "ya no me acuerdo de su nombre" lleva la misma coña que aquel "de cuyo nombre no quiero acordarme", apaga y vámonos". Pero luego, leyendo la cartela que aparece debajo de la foto del articulista, me quedé más tranquilo: catedrático de álgebra, exrector de la universidad de La Coruña y, a tenor de la indignación que le ha producido que no recuerde uno ese nombre y el entusiasmo que pone él en recordarlo, primo turiferario del secretario de la rae, de cuyo nombre sigo sin acordarme. Ni para catedrático ni para rector ni para primo de un académico, incluso ni para académico, se necesita sentido del humor; ahora, si se escribe, no estorba tenerlo.


Córdoba (desde el tren). 12 de noviembre de 2014