22 de mayo de 2016

Soñar no es esperar

Tarjeta postal, regalo de Martín Carrasco. Si bien el dibujo representa a un Unamuno joven (de los años en que escribió su Vida de don Quijote y Sancho, 1905, y con la pluma en astillero –y no digo más–), la postal  parece posterior, acaso de 1947, cuarto centenario del nacimiento de Cervantes. Lo más gracioso de la estampa es que el Rocinante que monta don Miguel es un caballejo de picador, con su ojo vendado. )

EL estado de reposo de Unamuno fue la acción. Dicho a su manera: un ser agónico, en su etimología clásica, combativo. Dedicó todos los minutos de vida consciente a pensar y sentir. Incluso dormido, y acaso más aún en ese estado, jamás dejó su actividad pugilística.
De los escritores españoles de la generación del 98, y aun de toda la literatura española, probablemente sea Unamuno del que puedan espigarse un mayor número de citas, si bien jamás escribió él ni una sola máxima ni un solo aforismo. Sus citas hay que encontrarlas en la densidad de su prosa y de sus versos como las esmeraldas los garampeiros.
Su manera de escribir a partir de iluminaciones, trallazos, relámpagos, intuiciones y, principalmente, paradojas, facilita que se puedan escoger tantas. No en vano escribió que “no se piensa más que en aforismos”. Es rara la página de Unamuno en la que no haya tres o cuatro grandes frases que llamen la atención, y eso en alguien como él que escribió miles de artículos (veinte mil, dicen los expertos) y miles de cartas (entre cuarenta y cincuenta mil), además de unas docenas de libros de ensayos, viaje, novelas, poesía y teatro. Las frases de Unamuno hacen pensar siempre, todo en él hace pensar, no hay nada en él de marquetería ingeniosa o de salón.
Poesías, su primer libro de poemas, 1907, incluye un “Credo poético”. Lo que dice de la poesía, de la suya en realidad, vale para toda su obra. Precisamente el primero de sus versos se ha hecho memorable, y es la primera gran cita de Unamuno: “Piensa el sentimiento, siente el pensamiento”. Y un poco más abajo: “Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido” (…) “No te cuides en exceso del ropaje, / de escultor y no de sastre es tu tarea, / no te olvides de que nunca más hermosa / que desnuda está la idea”.
En la obra de Unamuno (uno de los pensadores europeos más influyentes de su tiempo, y desde luego también en la literatura y política españolas, que opinó puede decirse que de todo, y lo manifestó con absoluta libertad) la paradoja llegó a tener el mismo valor que la mayéutica en Sócrates o la duda metódica en Descartes.
Le recriminaron mucho ese carácter paradójico de sus escritos, porque se veía en él falta de rigor, de seriedad, virtud esta que valoran mucho, como es sabido, los académicos y los viajantes de comercio. Unamuno no vendía nada, ni a sí mismo.
Él se justificaba y decía, muy cervantino en eso y luchando contra su temperamento conceptista, que si un pensador no pierde por carta de más, jamás ganará nada. Y eso es lo que hacen las paradojas, forzar la jugada. Se exponía con ello, claro, a ser malinterpretado (como cuando escribió aquel “que inventen ellos”, en el que cifraron algunos el energumenismo o cerrilismo español), o a que lo fusilaran (como el día que profirió otra de sus frases más recordadas, “Venceréis pero no convenceréis”, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en presencia de Millán Astray, en octubre del año 36).
Van aquí algunas de las que yo mismo he ido escogiendo a lo largo de los años, bien en mis lecturas de Unamuno (el autor que primero leí y del que primero escribí) o en libros de otros sobre él. Seguro que si pudiera releer lo leído o leer lo que aún no he leído de él (¡tantos artículos! ¡tantas cartas! que me quedan afortunadamente aún por leer), podrían salir muchas más. Son, a mi modo de ver, citas todas de un gran poeta. Y es, ni que decir tiene, un escritor siempre sorprendente y asombroso, con el que no hay que estar de acuerdo para tenerlo por un verdadero padre nuestro.
Estas citas son de toda su vida, o sea, que se podrían encontrar algunas de sus primeros años puestas en tela de juicio por otras de los últimos, y al revés, y todas ellas no son más que la punta de un iceberg. Lo importante es el texto de donde proceden. Unamuno es todo un continente sumergido en las aguas heladas de este tiempo que parece haberle dado la espalda. Ni siquiera está uno seguro de que Unamuno sea ya como los clásicos, más admirado y respetado que leído. Ese fue su sino desde joven: tan admirado como discutido.

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EL mundo entero es un Bilbao más grande.
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¿QUÉ me importan “mis ideas”. No hay ideas “mías” ni “tuyas”, ni de “aquél”; son de todos y de nadie. La originalidad de cada cual estriba en vaciar su alma; en el soplo que anima su obra. Nadie se apropia de nadie y todo lo sabemos entre todos.
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OBRA de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir (…), y si [como decía Sénancour en aquella inmensa monodia de su Obermann] es la nada lo que nos está reservado, hagamos que morir sea una injusticia.
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LOS de 1898 saltamos renegando contra la España constituida y poniendo al desnudo las lacerías de la patria: éramos quien más quien menos unos ególatras.
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SOÑAR no es esperar.
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HAY que ser rígido y antipático hasta los sesenta años; después lo contrario.
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LAS literaturas de vanguardia siempre encubren políticas de retaguardia.
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Tengamos lo que todo pueblo culto, para serlo de veras, debe tener: simpatía, en el rigor etimológico de este vocablo; capacidad de ponernos en el espíritu de otros y sentir como ellos sienten. No digáis nunca ni Bilbao para los bilbaínos, ni Vasconia para los vascos, que al decirlo renegáis de nuestra raza; decid más bien: todo para todos.
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LA libertad es un bien común, y cuando no participen todos de ella, no serán libres los que se crean tales.
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DENTRO de la carne está el hueso y dentro del hueso, el tuétano, pero la novela humana no tiene tuétano, carece de argumento. Todo son las cajitas, los ensueños. Y lo verdaderamente novelesco es cómo se hace una novela.
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SÓLO el héroe puede decir «Yo sé quién soy», porque para él el ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y sólo él y Dios lo saben.
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NO des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendas que necesita; y soporta luego la ingratitud.
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UN partido no crea, no puede crear nada; sólo crea un hombre, un hombre entero y solo.
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CUANTAS menos ideas tenga uno y más pobres sean, más esclavo será de esas pobres y pocas ideas.
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CONVIENE que adentremos la lucha para vivir en paz con los demás, pues sólo batallando con nosotros mismos seremos tolerantes.
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HASTA cuando la mujer tiene menos inteligencia, tiene más sentido común que el hombre.
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SON tantas las familias que viven del contrabando, que hay que meditar mucho antes de suprimir las aduanas, decretando el libre cambio.
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CONOCE tu obra, y llévala a cabo.
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El lenguaje sirve para ahorrar el pensamiento. Se habla cuando no se quiere pensar.
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EN todas partes, pero sobre todo donde la fiebre de negocio hace estragos, hay que aprender a respetar a los haraganes: lo son para que otros puedan darse el gusto de trabajar.
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LA guerra ha sido siempre un factor de progreso. Por ella es como aprenden a conocerse y quererse vencedores y vencidos.
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EL genio es el que llega a ser voz de un pueblo: el genio es un pueblo individualizado.
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LA fe no es creer lo que no vimos, sino crear lo que no vemos.
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NADA denuncia la ordinariez de espíritu, la ramplonería y plebeyez de alma como el apego a la comodidad. El señor que no sabe viajar sin almohada y baño es un mentecato. El desprecio a la comodidad es aún una de las evidentes superioridades de los pueblos de casta ibérica.
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UNA de las astucias maliciosas que la envidia emplea es confundir en un mismo elogio a personas de muy desigual valía, es nivelar en el elogio (…) Cuando uno elogia a otro desmedidamente, hay que preguntarse siempre: “¿Contra quién va ese elogio?”. Puede ir contra el elogiado mismo, puede ir contra un tercero.
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ES débil, porque no ha dudado bastante y ha querido llegar a conclusiones.
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LOS diarios íntimos son los enemigos de la verdadera intimidad. La matan. Más de uno que se ha dado a llevar su diario íntimo empezó apuntando en él lo que sentía y acabó sintiéndolo para apuntarlo. Cada mañana se levantaba preocupado con lo que había de apuntar por la noche en su diario y en vista de él. Y así acabó por ser el hombre del diario, y este tuvo poco de diario de un hombre.
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COMO estoy descansando, no tengo tiempo de trabajar.
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UNA novela para ser viva, para ser vida, tiene que ser como la vida misma, organismo y no mecanismo.
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UNA novela no es un mecanismo –una novela viva, quiero decir–, sino un organismo, y los organismos no tienen tapa. En cosas del espíritu, vida del espíritu, las entrañas se ven en la cara Ni el hipócrita tiene tapa, como no sea de cristal. Y el cómo se hace una novela se reduce a cómo se hace un novelista, o sea un hombre. Y cómo se hace un lector de novela. Y si no me doy a mi lector, él no se dará a mí.
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HAY que resignarse y hay que humillarse (en una carta a su hijo Fernando, al darle cuenta que ha aceptado la medalla de la República como ciudadano de honor).
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PARA ver la verdad no hay mejor lumbre que la lumbre que sube del ocaso.
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LOS seres empiezan a vivir de veras cuando quieren ser otros de los que son, y seguir, al mismo tiempo, siendo los mismos.
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NO es raro encontrarse con ladrones que predican contra el robo, para que los demás no les hagan la competencia.
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HAY que ganar la vida, que no fina, con razón, sin razón y contra ella.
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LA vida no es sueño. El más vigoroso tacto espiritual es la necesidad de persistencia en una forma u otra. El anhelo de extenderse, en tiempo y en espacio.
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LA virtud es una forma de inteligencia y el vicio o es tontería o es locura.
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LA última y definitiva justicia es el perdón.
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Y quien pretende apoyarse en la supuesta opinión de esa mayoría puramente numérica –iba a decir puramente animal, y no en el mal sentido de la palabra–, y en ella funde su derecho a imponerse arrogantemente, ese es el verdadero demagogo.
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–YO amigo mío, no me defiendo jamás. Ataco. No quiero escudo que me embaraza y estorba. No quiero más que espada.
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PERO ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda: es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo, y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte.
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Y hay que viajar –lo he dicho antes de ahora– por topofobia para huir de cada lugar, no buscando aquel a que se va, sino escapando de aquel de donde parte.
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ES evidente que los placeres más exquisitos son los más baratos.
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DESPUÉS de todo, la civilización se debe a los vagos, a los desocupados. La civilización empezó cuando sujetando un hombre a otro a la esclavitud, le obligó a trabajar para los dos, y libre él de tener que esforzarse por su parte para ganar el pan, pudo mirar a las estrellas y preguntarse: “¿Por qué darán así vueltas? ¿Por qué saldrán ahora por aquí y mañana por allá?”.
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POR terribles que sean las ortodoxias, son mucho más terribles las ortodoxias científicas.
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DA grima ver lo que hacen los sabios jesuitas con sus alumnos. Les meten en la cabeza una infinidad de logomaquias, juegos de palabras, calumnias, atrocidades, toda la morralla pseudo-científica y todos los detritus de la anémica ciencia ortodoxa.
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CABE volver las riendas del destino
como se vuelve, del revés, un guante.
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LA pasión es como un dolor, y como el dolor crea su objeto. Es más fácil al fuego hallar combustible que al combustible fuego.
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El que no sientas ansias de llegar a más, llegará a no ser nada.
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VIVIR es solamente, vida mía,
saber que se ha vivido.
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NO hay más revolución que la del tiempo.
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LA falta de sencillez lo estropea todo.
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CON maderas de recuerdos armamos las esperanzas.
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MI religión es buscar la verdad en la vida, y la vida en la verdad.
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¡NADA que no sea verdad puede ser de veras poético!
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HAN vuelto los vencejos
(las cosas naturales vuelven siempre);
las hojas a los árboles,
a las cumbres las nieves…
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DEBO declarar que tengo horror al telégrafo y que casi nunca acudo a él. Me parece un síntoma de grave enfermedad social, de urbanismo, eso de telegrafiar en un estilo disparatado y con el menor número posible de palabras, lo que no hace maldita falta que llegue en una o en veinticuatro horas. El telegrafismo ha tenido una funesta influencia en la prensa, contribuyendo a crear –por paradójico que parezca– eso que llaman estilo brillante, y que es el más torpe distraz de la monotonía de pensamiento.
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EL sentido común es el sentido de la pereza, el que juzga con lugares comunes y frases hechas mecánica y no orgánicamente.
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NO me digáis que estas o aquellas ideas no son mías, porque os contestaré que no es más padre de una idea quien no hizo sino engendrarla para abandonarla a continuación, sino que lo es quien la prohijó, la lavó, la vistió, hizo por ella y la puso en su sitio.
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EL hombre suele ser hijo de su nombre y no de sus obras; tu nombre es tu estrella.
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LA moda, es decir, la monotonía en el cambio.
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EL miedo nos tapa la verdad, y el miedo mismo, cuando se adensa en congoja, nos la revela.
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LA trágica historia del pensamiento humano no es sino la lucha entre la razón y la vida.
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“¡ANCHA es Castilla! ¡Y qué hermosa la tristeza enorme de sus soledades, la tristeza llena de sol, de aire, de cielo!
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La jaula del chimpancé aquí, en el Jardín de Plantas de este París, está siempre rodeada de animales humanos, de hombres y mujeres, de niños y niñas. ¿Le tienen lástima? ¿Le admiran? Creo que en el fondo, contemplando al chimpancé, se sienten invadidos de una especie de melancolía, de la melancolía de su civilización.
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¡LA verdad antes que la paz!
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PARA el día próximo la lección siguiente (las últimas palabras de Unamuno, a sus alumnos, la víspera de partir al destierro de 1924).

     [Publicado en Claves de la razón práctica, número 246, mayo/junio 2016]

15 de mayo de 2016

Una humillación más

POR las fechas en que se celebraba el cuarto centenario de la muerte de Cervantes, José Jiménez Lozano, premio Cervantes él mismo, publicaba un artículo. Anunciaba en él que probablemente fuese el último, así lo querían el señor Montoro y la señora Báñez, ministros de Hacienda y de Trabajo respectivamente. De hacerlo, se quedarían estos con la mitad de su pensión. Dicho en otras palabras: la ley le condena a ser pobre y a sus lectores a no volver a leer una línea de uno de los escritores más finos, libres y sagaces con que cuenta hoy España. 

¿Y por qué este desaguisado? En España, a diferencia de la mayor parte de los países europeos, las rentas del capital no son incompatibles con las pensiones, pero sí las del trabajo. Un jubilado español puede seguir cobrando íntegra su pensión y, por ejemplo, los alquileres de cien pisos de su propiedad, si los tiene, pero un escritor no, si los derechos de autor o el dinero de sus artículos o conferencias sobrepasan la cantidad de nueve mil euros al año, pese a que su jubilación no es una gracia que le concede el Estado, sino un derecho que se ha ganado a pulso con sus cotizaciones a lo largo de su vida.

Los escritores, periodistas, profesores y muchas otras gentes han mostrado su indignación, como es natural,  porque al “escribir en España es llorar”, de Larra, hemos de añadir ahora un “y sin pañuelo”, porque no tendrán dinero para comprarse uno. Hemos oído que este disparate está en vías de solución, y le alegraría a uno que así fuese, pero esa esperanza no acaba de hacernos olvidar lo principal: ¿A quién se le ocurrió poner en marcha esta última vejación? “¿Cómo es que a un hombre tal no lo tiene España muy rico y sustentado por el erario píblico”, recordaba Jiménez Lozano citando al licenciado Márquez Torres que visitó a Cervantes en su casa. Y añadió lo que dijo entonces, no sin cinismo el caballero francés que le acompañaba: “Si la necesidad le ha de obligar a escribir, quiera Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico al mundo”. Vamos a menos. En tiempos de Cervantes, un escritor, porque era pobre, había de seguir publicando hasta el mismo día de su muerte. Hoy un escritor ha de dejar de hacerlo, si quiere seguir pasando hambre, quiero decir conservando su pensión y ser un muerto en vida. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de mayo]

8 de mayo de 2016

El ruiseñor ha vuelto

EL ruiseñor ha vuelto a cantar en la Academia de la Lengua, en realidad en el diccionario que la Academia corrige y actualiza sin descanso y no siempre con tino. Porque fue precisamente la propia Academia (2001) la que sentenció a muerte el canto en la entrada “ruiseñor”, quitando de ella lo más característico de este pájaro, a saber, que canta melodiosamente. Dejaron en la definición lo demás, el color de las plumas, los centímetros y los tarsos, todo, con una minucia irrelevante, pero no lo único por lo que se conoce al ruiseñor desde tiempos de Homero: que nadie que lo haya oído cantar sólo una vez podrá olvidarlo nunca. ¿Y por qué eliminaron algo tan esencial? Porque consideraron que lo irrelevante (incluso moñas) era precisamente que cantase. Al hablar de ello con Delibes, lo confirmó: “No lo dudes, a los académicos les joden los ruiseñores”. Lo decía Unamuno: “Por terribles que sean las ortodoxias, son mucho más terribles las ortodoxias científicas”.

Durante años pidió uno desde esta misma página, y en varias ocasiones, que se dejara cantar de nuevo al ruiseñor en ese diccionario, como canta en los diccionarios de todas las latitudes, y al fin ha ocurrido. Si no estoy mal informado, ha sido por una iniciativa de Félix de Azúa, la primera suya allí, aprobada en la comisión de Ciencias Humanas y Agropecuarias de la Academia, donde se juzgó el caso. La decisión se ha tomado por unanimidad.

¿Importan estos primores  en un momento en que todo parece estar yéndose al garete? Desde luego. Ha preguntado uno, por conocer los detalles exactos, quiénes formaban parte de esa comisión que le hizo justicia no tanto a un ave, sino a la canción, al cantar mismo y a la vida, y se nos han dado algunos nombres: amics, coneguts i saludats. Entre ellos incluso un par al que no tiene uno mucho interés en saludar (qué se le va a hacer). Hoy ellos han anulado una sentencia que firmaron otros académicos en 2001 (algunos, supervivientes, habrán firmado las dos, fumándose el mismo puro). Con todo, no es fácil rectificar los errores propios, y por eso este humilde y libre ruiseñor del paisaje agradece y estrecha desde aquí la mano de la solemne corporación en pleno, digna de todo... etc. El mundo, y ese diccionario, han vuelto hoy a ser algo mejores. Que ustedes lo oigan.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de mayor de 2016]

1 de mayo de 2016

Ciencia, responde

HACE unos meses leímos una noticia fabulosa: “La mejor manera de llegar a nuestro cerebro es a través del torrente sanguíneo con nanorobots, así que podremos aprender idiomas con tan sólo tomar una pastilla”. Aunque se le escapen a uno los detalles exactos que nos llevarían hasta esas píldoras logóteras, la seriedad del vaticinio queda acreditada por el científico que lo formulaba, Nicholas Negroponte, fundador junto a Jereme Wiesner del Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts. Hace más de 30 años, Negroponte (gran nombre para un alquimista) se subió a un escenario armado con un puñado de papeles amarillentos y un proyector de diapositivas y lanzó algunas predicciones acerca de cómo sería el futuro cercano gracias a los ordenadores. Habló de pantallas táctiles, libros electrónicos y teleconferencias, “tres cosas que sonaban a ciencia ficción y que hoy están en el bolsillo de cualquiera gracias a los smartphones”.

Por los mismos días, y a petición de algunos activistas, la alcaldesa de Madrid prometió plantearse en su ciudad la promulgación de una ordenanza que prohibiera en la capital de España los circos con animales y la exhibición de animales en cautividad (ignoro si tal ordenanza alcanzaría a los que viven en el zoo, ya que algunos de estos gozan de mucha más libertad de movimientos y desde luego mayores atenciones en lo que se refiere a alimentación y confort que algunos racionales de los que viven en las ciudades modernas. Y de las carreras de caballos no digamos nada para no dar ideas).

¿Existe algún nexo entre una y otra noticia? Aunque sea de una manera oscura, yo sé que sí. Por un lado, la ciencia avanza a la mayor velocidad; por otro, a la mayor velocidad también, se destruyen cosas que contribuyeron a la felicidad de muchos. Sería estupendo poder aprender todas las lenguas sin pasar por el penoso trabajo de estudiarlas, pero una vez sabidas, ¿de qué y con quiénes podríamos hablarlas? ¿No estamos cada día más solos? Se lo pregunto a nuestra perra en una lengua para la que no hay perspectiva de píldoras, y ella me entiende. Lleva la perra su collar y si la paseo por la calle, va atada a una cadena. Vive en cautividad. ¿Y no es cautividad la nuestra, se preguntaba el Segismundo de La Vida es sueño? Ciencia, responde.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de mayo de 2016]

25 de abril de 2016

Líderes, chapuzas

NO han dejado de oírse nunca las lamentaciones: esta sociedad, al contrario que otras del pasado, carece de verdaderos líderes que condujeran con más tino y prudencia a sus pueblos: en el mundo, en Europa, en España, en las comunidades autónomas, en ciudades y municipios sufrimos a unos dirigentes mediocres, sin imaginación y a menudo sin escrúpulos. En España se pondera hoy, como ejemplo de sagacidad, entrega y coraje a políticos de los que oímos no obstante, cuando estaban en activo, los peores denuestos (y se recordará durante mucho tiempo aquel “tahúr del Misisipi” que Alfonso Guerra, en activo hasta hace un año, le espetó a Suárez, a quien la posteridad  parecía reservar la más alta consideración histórica). Es uno de los lugares comunes más recurrentes: cualquier tiempo pasado fue mejor.

Dice Frazer en La rama dorada que “hasta las extravagancias y caprichos de un tirano podrían servir para romper la cadena de costumbres que ataba pesadamente al salvaje”, y que la decidida determinación de uno solo contra el oscurantismo de “los consejos de ancianos” podía suponer un impulso formidable “para el engrandecimiento de su pueblo y el progreso social, industrial e intelectual” de esa comunidad. Parecía estar pensando, claro, en alguien como Napoleón, pero sabemos estadísticamente que son mucho más abundantes los Atilas y Hítleres o en su escala menos dañina, pero no menos perniciosa, una incalculable tropa de gentes tan ambiciosas como ridículas que se miran cada mañana en el espejo de la madrastra de Blancanieves. Muchos consideran que sin Hitler Churchill no habría llegado a ser el gran político que fue, pero la mayor parte de los británicos de su tiempo probablemente habrían preferido haberse ahorrado el dictador alemán, aunque ello hubiera comportado que Curchill hubiera sido un político del montón. Viendo los influyentes “consejos de ancianos” de la vieja política española, echa uno de menos líderes como ese del que hablaba Frazer, pero la posibilidad de que no sea precisamente Napoleón le deja a uno indeciso, más o menos conforme (pero desesperado) con los que tenemos, unas gentes que se llaman a sí mismos líderes, pero que tienen de líder lo que tiene de albañil ese chapuza que tras hacer un gran estropicio, aún se atreve a pasar la factura.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de abril de 2016]

22 de abril de 2016

No es lo que parece o Don Quijote ha vuelto

INVITADO a ello por Luis García Montero, ha iniciado uno este relato de asunto cervantino, que continuará Juan Marqués, Carlos Marzal y cerrará Pedro García Montalvo. O sea, un relato a cuatro manos, que se publica hoy en infolibre y que empieza así:

Los alumnos de 2º del colegio Nuestra Señora del Mar, de El Ronquillo, fueron dejando en la mesa del profesor, al entrar en clase, el trabajo de redacción de tema único: “Don Quijote ha vuelto”.
La idea de los responsables de Educación de la Junta de Andalucía fue esta: para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de Cervantes los alumnos de EGB y Bachillerato debían encontrar, entre las gentes de hoy, nacionales o extranjeras, a quien en su opinión encarnara mejor las virtudes, se supone que explicadas por los profesores en clase, de don Quijote de la Mancha. Los trabajos participarían en un concurso, cuyo primer premio consistía en un viaje de tres días con los gastos pagados a Argamasilla de Alba y otros lugares quijotescos. 
José Luis Pellitero, que fue uno de los que acogió con entusiasmo la iniciativa de la Consejería, se llevó aquellos trabajos a su casa y esa misma tarde los leyó.
Como buen cervantino le gustaron todos, en todos encontró algo genuino y los que no le divirtieron por discretos, le hicieron sonreír por disparatados. ¿Quiénes eran los nuevos quijotes en opinión de sus alumnos? Había para todos los gustos: el Rey Felipe, algún que otro político, científicos, voluntarios, cooperantes y activistas de oenegés, Cristiano Ronaldo (“por razones humanitarias”, y aquí soltó la carcajada, y también cuando llegó a la parte en la que aparecía Leo Messi como Sancho Panza), Bill Gates (en este coincidieron cinco o seis) e incluso hubo una alumna, esa que está enamorada en secreto de su profesor, que no dudó en elegirle a él, José Luis Pellitero, si no como nuevo don Quijote, sí como reencarnación de Cervantes, ya que le había oído decir a él en clase que seguramente don Quijote tenía tanto de loco como de cuerdo, pero también que se parecía mucho a Cervantes en lo guasón. No obstante de todos los trabajos el que sin duda llamó más la atención del profesor fue el de Farouk Abdelhay. No le extrañó, porque lo tenía por uno de los más inteligentes, aunque fuera también uno de los que le alborotaban la clase. Fue el único que había encontrado a don Quijote en El Ronquillo.
Pellitero dio las gracias a sus alumnos, celebró el alto nivel de los ejercicios, comentó varios de ellos y anunció que el seleccionado para concursar era el de Farouk.
Se armó un grandísimo revuelo, con alborotos y parabienes, porque Farouk tenía muchos partidarios, y también se oyeron dos o tres tímidas protestas de algunos envidiosos que no entendían cómo un moro que ni siquiera era capaz de hablar español sin acento fuese el ganador de un trabajo de lengua.
Al acabar la clase, Farouk, a solas con el profesor, le dijo que no quería concursar, en realidad le dijo que no podía concursar: si llegaba a oídos de su padre que había contado aquello, lo mataba.
Este era el hecho: un domingo de hacía un año, recién llegados a El Ronquillo, cuando apenas les conocía nadie en el pueblo, a su padre lo sorprendió el guarda de La Solana furtiveando la finca de la marquesa de Ajales, setencientas hectáreas, un tercio de cereal, otro de olivar y otro de monte. Lo llevaba a punta de escopeta al cuartelillo. Al rato se cruzó con ellos Braulio, albañil y muy conocido en el pueblo. Venía de cazar del coto cercano que tenía la Sociedad de Cazadores de El Ronquillo. El guarda le contó lo que pasaba y le mostró triunfal la liebre que había decomisado a aquel hombre. Preguntó Braulio al furtivo si era verdad lo que decía el guardia, y este asintió con la cabeza, y en mal castellano añadió que ponía los lazos por necesidad. El guardia apenas le dejaba hablar y repetía prolijo: “Pues no haber entrado en mi finca, so cabrón; a robar a tu país, que allí bien que os dan por culo, y os cortan la mano” (esta parte José Luis Pellitero era partidario de redactarla de otro modo). Braulio, que oía aquello en silencio, dijo al fin, mira Manolo, tú eres un gilipollas (también habría que cambiar esta palabra) si por una liebre montas este escándalo; ¿no te acaba de decir que lo hace por necesidad? Devuélvele la liebre y déjale marchar. No me toques los cojones (ídem) y métete en tus cosas, le respondió el guarda. Discutieron al principio normal y luego a gritos, hasta que Braulio lo apuntó con la escopeta y le dijo que o lo soltaba o le soltaba a él un tiro en la barriga, y que si no, iría él mismo a la Guardia Civil a denunciarlo por abuso de autoridad.
No tuvo otra el guarda que soltarlo, y Karim, padre de Farouk, en cuanto se vieron libres de él, se lo agradeció con lágrimas en los ojos y no consintió que Braulio se fuese sin antes pasar por su casa y conocer a su familia, a su mujer, a su suegra, y a sus cinco hijos, la mayor de los cuales, Axa era entonces una muchacha de diecisiete años, alta para su edad, bellísima, con unos ojos grandes y negros como aceitunas y una sonrisa que no parecía de este mundo. Braulio, soltero, treintaisiete años, se enamoró de ella desde aquel día y empezó a frecuentar la casa de Karim, y sin que nadie se explicase cómo, pues jamás los vieron hablar ni nadie sospechaba nada, el mismo día en que Axa cumplió los dieciocho, Braulio se la llevó a vivir con él. Los padres y hermanos de Braulio dejaron de hablarle y los padres y tíos de Axa amenazaron con raptarla y devolverla a su aldea, donde la habían prometido a un viejo desde que era niña, y si no, la matarían.
Y de paso me corta los güevos (habla bien, Farouk, le amonestó el profesor), si llega a oídos de mi padre que he contado esto. Pero nadie le podría quitar de la cabeza a él, Farouk, que de no haber sido por Braulio a su padre lo hubieran metido en la cárcel y los hubieran deportado a todos. Braulio era un nuevo don Quijote, decía en su redacción, pues había remediado una grandísima injusticia a punto de cometerse, y aunque ahora las cosas, anduvieran tan revueltas en su casa, para él Braulio seguía siendo un quijote. Cierto que esa parte de la historia ya no la había metido en su trabajo (dos folios), pero tenía muchas razones para seguir pensando que quien se había arrejuntao (juntado, Farouk, le corrigió el profesor) con su hermana era un gran tipo, por cosas que le había contado de él su hermana, cuando iba a visitarla en secreto, y por cosas de las que él mismo era testigo, y que tenían que ver con el contrabando de tabaco.

De estos últimos negocios, naturalmente, no le dijo una palabra al profesor.