20 de diciembre de 2014

Luciérnagas (1)

LUCIÉRNAGAS, de Camilo Bargiela, es probablemente el más raro e inencontrable libro de la generación del 98 y uno de los más curiosos de toda la literatura española. Reúne en sí los tres famosos adjetivos de la sala de la Biblioteca Nacional: "Raros, curiosos y olvidados". En cuarenta años que lleva uno andando por librerías de viejo y rastros y almonedas de medio mundo no lo había visto jamás. 
Al acabar la presentación de El final de Sancho Panza en Sevilla el pasado noviembre se acercó un joven. Al parecer le había dicho uno en uno de esos efímeros encuentros en la Feria del Retiro que la mejor manera para aprender tipografía era comprar libros viejos. Me hizo caso y desde entonces, cuatro o cinco años, los busca por internet. Acababa de encontrar este que le parecía curioso, y lo traía para mostrármelo. Cuando le dije que era uno de los libros que llevaba buscando casi medio siglo, no lo dudó, y allí mismo me lo regaló. Estaba delante casualmente ALinares, que asistió a la escena con esa gravedad de los padrinos taurinos durante una alternativa. Tampoco él lo tenía, pese haberlo reeditado en su editorial de Renacimiento, con un estudio de Emilio Gavilanes. Para JMBonet, Abelardo o yo mismo Luciérnagas también hubiera podido titularse Unicornios.
Me dijo su nombre, Miguel Bohórquez, y me comprometí a corresponderle con algunos otros libros. Rehusó con vehemencia. Nada le podía hacer más feliz, confesó, que hacerme aquel presente. Sólo forzado, acabó escribiendo su dirección en un papel, que he perdido. Su correo electrónico, que creía recordar, me lo devuelve el servidor. No sé a quién recurrir, porque no querría dejar incumplida aquella promesa. 
Pero no acaba aquí esta bonita historia.


18 de diciembre de 2014

El burro ocioso

NADA de lo que hagas debiera recordar a nadie el trabajo que hay detrás. Que todo lo tuyo parezca hecho en un rato, con la mano izquierda, mientras dormías. Que nadie te elogie el esfuerzo, es como si te elogiaran el sudor. Claro que tampoco está mal, lo has dicho otras veces: cuando alguien dice que escribes mucho es porque no ha podido decir nada peor. Y qué maravilla el burro ocioso.


Las Viñas, diciembre de 2014

Ni tren sin sueño

LOS libros o son intimidad o no son nada. Tienen algo de nuestra ropa, limpia y ordenada en un armario, y de armarios, ¿quién presume?
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NI tren sin sueño ni avión con sobresalto.
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LA ilusión de cada libro nuevo le hace a uno olvidarse del fracaso del anterior.
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¿EL Quijote o don Quijote? Don Quijote no lo dudaría: el Quijote. Cervantes tampoco: don Quijote.
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MÁS aún que en el terno del difunto, cuánta desolación en los zapatos de un muerto, saber que todo lo que sustentaron es ya el aire que respiramos.
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TAN o más importante que el inventor del teléfono fue aquel al que se le ocurrió dotarlo de un timbre que habla en trinos.

Tren Madrid Ávila, 17 de noviembre de 2014

17 de diciembre de 2014

Amigxs

EL sol y la luna. Uno perro, la otra gato. Como el perro y el gato. Como perro, sabemos que apenas amanece, no se despega de nosotros. Como gato, la luna, un misterio, unos días está y otros no, y no sirve preguntar.
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DOS se hacen amigos, uno tonto y el otro no se sabe. El tonto acaba pudiendo al no se sabe.
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AL revés también sucede. Dos se hacen amigos, uno más listo y bueno. Pasado un tiempo el no se sabe es, si no más listo, sí más bueno.
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LOS amigxs que no son mejores que nosotros, ¿para qué los necesitamos?





16 de diciembre de 2014

Platero en el 902 334 555

ACABAN de cumplirse cien años de la publicación de Platero y yo, y con esa ocasión se edita por primera vez el facsímil de la princeps (por decirlo a lo pedante), acaso el más raro, buscado y cotizado de los libros de su autor. 
Le han pedido el prólogo a uno y que supervisara la edición (papeles, tintas, fotomecánica), lo que he hecho muy gustoso con los amigos tipógrafos de Abc (Javier López Pando, Carlos Tallante) y los de Batiscafo (Oriol Castanys, Jerusalén Llácer), y puedo decir que el resultado es portentoso, pese a las dificultades técnicas. Sí, no os lo perdáis, porque pasada la ocasión suele ser tarde (la edición es además, creo, limitada), y vale la pena tener en un solo cuerpo, y a un precio más que razonable, uno de los mejores libros de la tipografía modernista española y uno de las más hermosas historias jamás escritas en nuestra lengua. Y vale la pena  tenerlo en esa edición precisamente por lo que decía el propio JRJ: en edición diferente los libros dicen cosa distinta.
No le gusta a uno el tono mercantilista de esta entrada, pero no he hallado un modo más natural de decir algo que desearía compartir con todo el mundo.


Página del periódico.

15 de diciembre de 2014

Una héroe de nuestro tiempo

CÓMO se hace una novela tituló Unamuno el libro que cuenta su enfrentamiento con Alfonso XIII y el botarate a quien este entregó el gobierno de España, el general Primo de Rivera, que lo mandó al destierro. No es, pues, un libro de literatura: las novelas sólo se escriben a partir de la vida, no al revés, dice Unamuno.

Cada semana se le presentan a uno una buena porción de temas para su artículo. Sucede a menudo que no sabemos por cuál decidirnos. Nos decimos: “De esto ya han hablado éste o aquél”, y lo dejamos. Es fácil para un articulista tirar con pólvora del rey, hacer brindis al sol, ensayar el lucimiento, el postureo. En esto no somos diferentes de los políticos. La galería agradece que se le hable de según qué  asuntos, pero lo cierto es que no suele serle difícil a un oportunista o un demagogo hacerse pasar por Don Quijote. Por ejemplo, todo lo que se diga de los desahucios es poco. ¿A quién no se le abren las carnes viendo cómo se arroja a la calle a una anciana indefensa de la casa donde ha vivido cincuenta años? Indigna, anonada y entristece a todos, desde los policías encargados de llevar a cabo el desalojo hasta, probablemente, los miserables usureros y buitres que lo han provocado. Nada nuevo, nada que no se repita cada día tres o cuatro veces en algún rincón de España.  ¿Qué ha ocurrido entonces con Carmen Martínez Ayuso para que no se hable de otra cosa?

Su caso es el de tantos, una conjunción de mala suerte, buen corazón (avaló a su hijo 40.000 euros) e ignorancia (no sabe leer ni escribir). El que la plantilla del Rayo Vallecano se haya comprometido a pagarle el alquiler de un piso añade una nota ejemplarizante, desde luego, pero hay algo más. ¿Qué? La novela que adivinamos en esta brava resistente vallecana:”Toda la vida levantándome a las seis de la mañana para recoger la espiga”, es decir, viviendo de lo que los segadores dejan olvidado en los campos. La tesis de la novela tampoco podría nadie resumirla mejor que ella: “Todo el dinero que se llevan los poderosos viene de nuestro sudor. He vivido muchos años, pero la vida no deja de espabilarte”. He aquí, sí, una héroe de nuestro tiempo. Mientras perdemos el nuestro buscando en noveluchas y seriales de tv personajes  de tres al cuarto, eso sí muy literarios, falsos y desalmados, tenemos ante nuestros ojos las grandes novelas, sin acertar a verlas porque tratan de gentes de carne, hueso y alma que tenemos cerca.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de diciembre de 2014]

14 de diciembre de 2014

A modo de epílogo (Pessoa)

ACABA de reeditarse este hermoso libro, y a propósito de él escribió uno estas líneas cuando se publicó por vez primera. Sirven de epílogo en su reedición:


Se diría que, a falta de sistemas articulados de pensamiento necesitáramos sólo un puñado de recetas, como píldoras de un oráculo manual que mantengan la inteligencia y la esperanza en unos niveles aceptables. En muy poco tiempo se han publicado algunos libros de aforismos y se anuncian otros, de autores clásicos y de contemporáneos. El que ha propiciado estas líneas es de Fernando Pessoa,  un tomito escogido y traducido por José Luis García Martín, él mismo notable cultivador de aforismos. Pessoa no publicó nunca aforismos, y si no conociéramos la probidad del antólogo podríamos pensar que algunos de estos pudo haberlos escrito él. Porque llegados a este punto hemos de confesar algunas de las razones por las que tanto nos gustan los aforismos. En primer lugar, porque todos los aforismos, proverbios y máximas tienen algo de anónimo y algo de apócrifo: en la noche de la literatura todos los aforismos son pardos. En segundo lugar, porque cualquiera puede escribir un buen aforismo (como cualquiera puede hacer una buena foto, lo que no le convierte en fotógrafo) y en tercero, porque los aforismos, como los refranes, sus parientes pobres de pueblo, son un atajo que no olvida tampoco que no hay atajo sin trabajo.

Nietzsche, tal vez el aforista más deslumbrante y confeso admirador de nuestro Gracián, escribió en El ocaso de los ídolos: “Lo que no me destruye, me hace más fuerte”. ¿Es muy diferente esto de nuestro castizo “lo que no mata, engorda”? Ni siquiera podríamos asegurarlo, pero esa es otra de sus virtudes: el aforismo bueno es a un tiempo panacea y placebo, y no hace mal nunca, valiendo tanto para un roto como para un descosido.

En este pequeño gran libro de Pessoa nos sale al paso uno, que nos entusiasma, apropiadísimo para la crisis, pero también para todo tiempo, pues no lo hay que no sea crítico, de crisis: “El entusiasmo es una grosería”. Deberían recordarlo tanto los entusiastas como aquellos que tachan de antipatriotas o derrotistas a los estoicos. Pensando en estos Pessoa dice también: “Os digo: Practicad el bien. ¿Por qué? ¿Qué ganáis con eso? Nada, no ganáis nada. Ni dinero, ni amor, ni respeto, ni acaso paz de espíritu. ¿Entonces ¿por qué os digo: practicad el bien? Porque no ganáis nada con ello. Por eso mismo vale la pena practicarlo”. ¿Predicó con el ejemplo Pessoa? Desde luego que sí: murió solo, pese a haber practicado el bien como pocos al dejarnos una obra llena de enseñanzas y consoladora belleza: “Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”, nos dijo. ¿Y fue feliz? En la medida en que “para ser feliz es preciso no saberlo”, no. Pero no le culpó a nadie de ello. No sabemos si el mundo que hemos conocido hasta aquí se está hundiendo. Puede. Así lo indican los “sálvese quien pueda”, aforismo de moda, despiadado y estúpido, que oímos desde todas partes y a todas horas. Y sin embargo, Pessoa, el solitario y estoico, viene en nuestra ayuda a socorrernos, a salvarnos, y nos dice: “Nada le falta a quien nada es”. Y en eso estamos: aprendiendo a ser nada, aprendiendo a ser nadie, disciplina que nada tiene que ver, por cierto, con la resignación.