16 septembre 2019

Lapidaciones de salón

A estas alturas casi ni nos maravilla saber que llevamos en el bolsillo la Enciclopedia Británica y el Cuarto Poder al completo, decenas, cientos de doctos libros y miles de periódicos recién actualizados, todo ello junto a las llaves de casa o unas monedas. Ha llegado a parecernos tan natural nuestro teléfono móvil como que la humilde bombilla nos dé su rúbrica incandescente, prodigio equiparable, en cuanto el sol se pone.

Los veranos son propicios a estos dos hechos: las noticias de verano y las especulaciones.  Las noticias de verano están en proporción inversa a la plantilla de los periódicos, a menor número de redactores en ellos más noticias de verano y a mayor tiempo sin hacer nada, más curiosidad ociosa o morbosa entre los lectores. Las especulaciones, incluso las de maduración rápida, precisan de esta enzima: el creernos superiores y mejores a los demás y, por tanto, con derecho a juzgarles. Cuando hace dos veranos se habló de la madre que retuvo a sus hijos contra la decisión de un juez, hasta el presidente de gobierno, tan poltrón para todo lo demás,  se apresuró a sumarse al «clamor popular»: «Juana somos todos». Apenas se supo que una mujer había denunciado a un célebre tenor por algo ocurrido hace cuarenta años, faltaron minutos para que se oyeran silbar en el aire las primeras piedras lanzadas contra él, y dos teatros de Estados Unidos, de donde partió la denuncia, fulminaron de su programación al acusado. ¿Pasado el verano habrá juicio, la denunciante retirará la demanda en cuanto cobre por «daños y perjuicios» y reflote su hibernado honor?

Por los mismos días, se publicó la entrevista de quien fue “carismático alcalde de Jerez”. Acaba de salir de la cárcel, cuatro años, asegura, por un “un contrato irregular por el que podrían ir a prisión cuatrocientos alcaldes, sin hablar de todos esos políticos que habiendo robado millones están en libertad». El tenor llegó incluso a balbucir: Hace cuarenta años estas cosas se juzgaban de otro modo. No se refería, claro, sólo a él,  sino también a ellas, a ese «hombres que ofrecen poder a cambio de sexo, mujeres que ofrecen sexo a cambio de poder». Esta ha sido una de las noticias del verano en la misma medida que ha sido también la excusa para todos los amantes de las lapidaciones, en disfrute de su ocio veraniego. Lapidaciones de salón, por supuesto, tan letales como las otras, claro.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de septiembre de 2019] 

9 septembre 2019

El mal

EL estar escribiendo un libro sobre Madrid le ha llevado a uno a leer otros muchos sobre esta ciudad que consideramos propia todos aquellos que vivimos en ella. De Madrid no es nadie y lo es cualquiera, todo el que pretenda serlo, nada ni nadie se lo va a impedir, y esto es acaso lo mejor que puede decirse de cualquier lugar. Alguien se preguntaba hace poco cómo se llamaba a los que habían ido al país Vasco a trabajar desde otras provincias españolas: maquetos. ¿Y en Cataluña? Charnegos. ¿Y en Madrid?... Madrileños.

Y bien, lo que he visto en esos libros es que aquellos en los que se dicen cosas agradables, nos caen mejor que los que se dedican a descubrir bubas y lacras. Pero lo cierto es que no hay uno solo que no cite la frase de las memorias íntimas de Alcalá Galiano, por lo demás fascinantes: «Era Madrid un pueblo feísimo [a comienzos del XIX], con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío». O sea, Larra mejor que Galdós. La sátira, sin embargo, está bien para un rato, pero caduca antes que la empatía. No es  extraño que la modernidad se iniciara con un libro que se tituló Las flores del mal. La pregunta es: ¿El mal da flores? Si creyéramos a José María Pemán, sí: no se le ocurrió otro modo de refutar a Baudelaire que un largo poema de título sonrojante: Las flores del bien

La mayor parte de la gente se relaciona, o procuramos hacerlo, con buenas personas. Y sin embargo, en la ficción (novelas, películas, seriales) no hace uno otra cosa que seguir las peripecias de mafiosos, criminales, estafadores, gentes que engañan a sus semejantes, que maltratan a los más débiles y que no tienen escrúpulos. Más aún que la frase de Alcalá Galiano se ha citado la de Tolstoi, uno de los escritores con más fe en la redención: “Todas las familias felices se parecen, sólo las desdichadas lo son cada una a su manera”. No sé. Todas las familias felices son al mismo tiempo desdichadas, y al revés, y no hay nadie a poco cabal que sea, que no trabaje para que la suya sea de las aburridas, quiero decir de las felices. Puede que a la modernidad sólo le interese el mal como tema, intriga y ajetreo, y es evidente que los barrios sórdidos y la noche dan mejor en el cine, pero todos queremos que por la mañana se hayan llevado la basura, dejando al arte lo que no deseamos para la vida.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia 8 de septienbre de 2019]

1 septembre 2019

Doscientos cincuenta

HA dicho Arnaldo Otegui: «Hay doscientos cincuenta presos de Eta y habrá doscientos cincuenta recibimientos». Se refería a los homenajes a los presos que van saliendo de la cárcel, a veces tras largas condenas por crímenes horribles. Muchos de esos recibimientos los acompañan de antorchas al más puro estilo Leni Riefenstahl. El dirigente justificó estas algazaras   pirotécnicas: «No estamos dispuestos a que nos digan a quién podemos recibir ni a quién podemos abrazar». 

El debate del siglo XIX sobre las penas carcelarias  no ha cesado. Su cumplimiento persigue no tanto el arrepentimiento del reo (al fin y al cabo quién puede saber lo que lleva en su cabeza un asesino, y más aún descerebrado), sino su reinserción social, esta mucho más fácil de comprobar conforme a las leyes que nos rigen a todos. Es sabido que la mayor parte de los presos de Eta no se han arrepentido de ninguno de los asesinatos que cometieron, al contrario, y que tampoco necesitan reinsertarse porque no vuelven al mundo de la ley, sino a la misma comunidad de doscientas mil personas que los alentaron para que los cometieran. Por eso regresan como héroes y no como villanos. El propio Otegui lo expuso con su proverbial  jovialidad: «Lo siento si hemos generado más dolor a las víctimas del que teníamos derecho a hacer». O sea, volverán a causarlo, si está en su mano y se dan las circunstancias. 

Al acceder al gobierno de Navarra, la socialista María Chivite, estokolmizada al fin por el mundo abertxale, susurró: «Eta ha dejado de matar ya hace ocho años». No es exactamente así. Cada vez que un preso es recibido con honores, resuena de nuevo el tiro o el estallido de la bomba y el dolor que causó se recrudece.  Pero tienen derecho a causarlo, nos dicen. El 83% de los militantes socialistas navarros han dado la razón a Chivite, doscientos mil aborígenes en el País Vasco se la dan a Otegui y quedan trescientos asesinatos sin esclarecer, o sea, sin “celebrar”. Eso es todo. ¿Qué hacer?  Acaso sólo recordar a JRJ. Le pidió su mujer que fuera a saludar a Serrano Poncela, a la sazón su jefe en la universidad de Puerto Rico y relacionado con las matanzas de Paracuellos en la guerra civil. El poeta fue tajante: «No he llegado hasta aquí para acabar dándole la mano a un asesino». Y era sólo la mano. De ir a cenar, ni siquiera hablamos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de septiembre de 2019]

25 août 2019

Entrevista con Karina Sáinz Borgo

Se ha publicado en Voz Pópuli

Errata: Donde se dice 190 millones de euros ha de decirse 290. Claro que con esa familia y el Proceso en general estos detalles no tienen la menor importancia.

19 août 2019

Dichoso aquel...

ATRIO es un sitio especial, mucho más que un hotel o un restaurante con dos estrellas Michelin. Julián Rodríguez era también un tipo especial,  finísimo en todo aquello que hacía. Atrio, en la vieja ciudad de Cáceres, acaba de cumplir veinticinco años y el escritor y editor Julián Rodríguez acaba de morir con cincuenta.  Horas antes de su inesperada muerte contó en facebook lo que había hecho ese día, nada especial y todo ello, a la luz del desenlace, extraordinario y luminoso: un paseo por la sierra segoviana, el encuentro  con un vendedor ambulante de melones, un libro generoso, una música escogida, una cena tan frugal como exquisita junto a su perra y una copa de buen vino, mientras esperaba a su mujer. Era un hombre benéfico y discreto, y dejó la escena con sigilo.

Tanto, que ni siquiera llegó a ver publicado su último libro, este monumental Atrio que celebra precisamente esos veinticinco años de trabajo. Se lo encargaron sus dueños José Polo y Toño Pérez, protagonistas de una de las historias más fascinantes relacionadas con el dificilísimo arte de comer y beber sin perder las formas. Al fin y al cabo defienden que lo mejor de una buena comida y un gran vino es la conversación. Y esto precisamente fue lo que Julián Rodríguez ideó para ese libro: conversaciones. Convocó en Atrio a tres personas relacionadas con ese proyecto. Cada una de ellas es especial en lo suyo, sobresaliente, único.Y aunque los convocó, claro, por separado, se ve bien lo que todos ellos tienen en común: hablan en voz baja, no presumen, no son vanidosos, no van de nada: Rafael Moneo (en cuyo estudio trabajaron Tuñón y Mansilla, autores de la asombrosa y refinadísima arquitectura de Atrio), Ferrán Adriá (en cuyos fogones se formó Toño) y Telmo Rodríguez (a cuyos saberes vinateros no es ajena la mítica bodega que ha reunido Jose). 

Nada más. Palabras y unas fotografías. Y nada menos. Unas y otras dan cuenta de aquello a lo que tiene derecho cualquier ser humano: gozar los dones materiales y espirituales de esta vida sin causar pesadumbre, dolor ni injustica a nadie. Noblemente. Algo que no tiene que ver, por cierto, con el lujo o el dinero. Así lo prueban los orígenes de ese Atrio y el final, tan horaciano, tan «beatus ille...», de nuestro amigo, nuestro «dichoso aquel...».

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de agosto de 2019]

12 août 2019

Escaparates

EL centro histórico de una ciudad es como un escaparate, donde guarda y muestra al mismo tiempo lo mejor de sí. La gente busca esos centros y los recorre con un detenimiento y atención que no pone en otras partes, lo cual los ha vuelto, principalmente en la Era del Turismo, muy codiciados como fuente de ingresos. Cuando las autoridades municipales madrileñas invirtieron un dinero considerable en buscar los huesos de Cervantes, no les movía únicamente un propósito piadoso o cultural, sino convertir el Barrio de las Letras en algo parecido a Stratford-upon-Avon, rentable santuario chespiriano.

Las razones para restringir el tráfico en la zona conocida como Madrid Centro son de índole diversa: ambientales, culturales y económicas: mejor calidad del aire y disminución de atascos y ruido, invitación a una más humanizada socialización de la ciudad mediante paseos e incremento de los negocios relacionados con estas mejoras indudables. Uno de los más ardientes defensores (valga la hipérbole) de Madrid Centro ha sido uno: confiaba en ahorrarme los tres mil euros anuales de garaje. En los seis meses que lleva funcionando Madrid Centro, sin embargo, siguen sin verse sitios libres para aparcar en la calle, al contrario, todo sigue igual o peor al respecto. 

En Venecia, ciudad-escaparate por antonomasia, no hay coches, como es sabido, pero tiene otros problemas, el mayor de los cuales acaso no sean ni las lanchas motoras y sus erosivos oleajes ni los grandes cruceros, sino esa gentrificación que la está vaciando de vecinos. Eran estos la sangre que la mantenía viva, pero cada día se parece más a un hermoso animal disecado, alambres y serrín con preciosos ojos de cristal (de Murano, naturalmente).  Como tantos, sueña uno con un Madrid sin coches; también sin el nuestro. Pero en ese sueño hay pasajes de verdadera pesadilla (basada en hechos reales), cuando ve uno desaparecer a una velocidad de vértigo vampirizado por el turismo todo aquello que había convertido nuestro barrio en un centro en verdad histórico, tiendas, talleres, tabernas... y sobre todo vecinos. Era, sí, un modesto y encantador escaparate de ciudad provinciana, pero los vecinos están teniendo que emigrar a barrios más baratos. De modo que los coches empiezan a no ser tampoco el mayor de nuestros problemas.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de agosto de 2019]

5 août 2019

Una derrota memorable

EN la práctica del deporte muchas derrotas causan una cierta tristeza, por fortuna pasajera, y otras son además dolorosas, pero sólo unas pocas son homéricas, es decir, aquellas que, como sucede en la Ilíada, engrandecen por igual al vencedor y al vencido. Nadie puede asegurar que Aquiles o Héctor fuesen unos perdedores, por más que el destino les tuviese reservada la muerte en el campo de batalla. En la final de Wimbledon de este año, en verdad épica, como lo fue la de hace once años entre Nadal y Federer, ganó, como es sabido, Djokovic, pero no podemos decir que perdiese Federer.

Nadie hubiera podido expresarlo mejor que Toni Nadal, uno de esos raros sabios que adivinan donde otros hemos de deducir: “Francamente, antes de empezar el partido de esta increíble final de Wimbledon no me apetecía ver ganar a ninguno de los dos contrincantes. Creo que las razones son obvias. A medida que fue avanzando el encuentro, sin embargo, sobre todo en los últimos juegos del quinto set, no me apetecía ver perder a ninguno de los dos”. 

En su crónica, Toni Nadal, que es un cronista generoso, dejó de mencionar la actitud del público de la pista central de Wimbledon, tan manifiestamente favorable a Federer como hostil a su adversario. Los aplausos para uno y los abucheos hacia el otro tenían a menudo un punto de arbitrariedad irritante. El caso es que cuando, contra todo pronóstico (llegó Federer a disponer de dos matchball con su servicio) y contra el mayoritario deseo de la grada ganó Djokovic, este lo celebró de una manera extraña. Se plantó en medio de la pista, miró desafiante a la grada con una sonrisa irónica, se puso en cuclillas y le vimos pellizcar el césped, arrancar unas briznas de hierba, llevárselas lentamente a la boca y empezar a masticarlas. Lo repitió dos veces. Suele hacerlo, pero esta vez sin dejar de mirar a la grada, atónita. Lo ha dicho uno alguna vez: Federer es la lírica, Nadal la épica y Djokovic el psicoanálisis. Es posible que este no tenga un estilo definido y propio de jugar, frente a Federer y Nadal que sí lo tienen, pero aun respetando aquel abismado gesto del jugador serbio (el público había dejado de serlo para pasar a ser sólo una turba maleducada), nos ayudó a todos a  comprender que este Wimbledon será recordado tanto o más  por quien lo perdió que por quien lo ganó.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de agosto de 2019]