11 juin 2018

La banalidad del bien

EN ciertos asuntos (en general los relacionados con la cultura y el gusto) da lo mismo quién gobierne. El mal gusto es lo más transversal de todo y no es frecuente encontrar a quien confiese abiertamente tener mal gusto. Por el contrario, la mayoría está muy conforme con el suyo propio, que encuentra esmerado, en tanto se muestra intransigente con el de los demás, de la misma manera que tendemos a hallar nuestros olores corporales más tolerables que los del vecino.

Los responsables municipales que han llenado las calles de Madrid de  meninas (en realidad de la infanta Margarita de Austria, la niña del cuadro de Velázquez), seguramente están convencidos de que han hecho algo “guay”, “lúdico” y, desde luego, “bonito”. Claro que ellos no han hecho nada que no hubiera popularizado hace cuarenta años el Equipo Crónica, compuesto por dos artistas del pop valenciano. Lo que le resulta a uno más difícil de comprender es la razón por la cual estas esculturas (da vergüenza usar la misma palabra que empleamos para la Victoria de Samotracia) no son diferentes de otras que también llenaron las calles de Madrid hace años. En aquella ocasión eran vacas, ¿recuerdan?, pero la idea  era la misma, unos mamarrachos pintados con colores vivos y  variopintas decoraciones. Las vacas, de derechas, despertaron muchas críticas en la oposición de izquierda. Las meninas, por el contrario,  al ser de izquierdas, en absoluto, quizá porque haya calado entre la población la propaganda, a saber, que la izquierda es más culta que la derecha y en cuestión de gustos, más atinada.

Ni que decir tiene que el éxito de estas meninas ha sido inmenso. Como lo fue el de las vacas. La gente las encuentra, en efecto, “divertidas”, y posa a su lado, para inmortalizarse en selfis y retratos, pese a entrar de lleno en lo que Gillo Dorfles caracterizó como kitsch o mal gusto. Pero hay, a mi modo de ver, algo que hace muy diferentes aquellas vacas de estas meninas: el escarnio de una obra en verdad única, maravillosa, “un milagro español”. ¿Y por qué? Porque es característica de cierto resentimiento contemporáneo denigrar aquello que evidencia nuestra mediocridad. ¿Y cómo? ¿Atacándolo abiertamente? En absoluto: banalizándolo, hasta lograr que lo original parezca a la mayoría sólo una copia barata y en serie.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de junio de 2018]

7 juin 2018

4 juin 2018

Operación Garibaldi

MÁS que la verdad, vale el relato, y mejor si es falso: es más creíble. Antiguamente se decía que los vencedores escribían la historia. Ya no es necesario, pueden hacerlo los derrotados. Es el caso de Eta, apenas unos cientos de matones que a lo largo de sesenta años asesinaron a 854 inocentes, rompieron la vida a unas decenas de miles y tuvieron en jaque a millones de demócratas. Claro que si tan pocos pudieron llevar a cabo crímenes tan horrendos, fue porque entre doscientos y trescientos mil vascos y vascas les dieron el cobijo e información necesarios para que pudieran cometerlos. Entre todos ellos trataron de someter al Estado de derecho, pero este finalmente los derrotó de la única manera posible: no con diálogo, como exigían los nacionalistas y a veces parte de la izquierda, sino con la ley, primero, y luego en los tribunales, y mediante la dispersión de sus presos, cuya supresión, por cierto, ha vuelto a unir a los nacionalistas y a casi toda la izquierda, antes, supongo, de pedir otra amnistía.

De modo que cuando Eta anuncia en 2018 que se disuelve, está llegando tarde una vez más, porque ya conocíamos desde 2011 su derrota. El encargado de leer el comunicado fue Josu Ternera. Es desde 2003 el delincuente más buscado, y le imagina uno viviendo en una zahúrda, como aquel Bernardo Provenzano, jefe de la mafia, que logró burlar a los carabineros durante cuarenta años. Murió preso.

¿Dónde se encontrará el agujero en el que Ternera ha pasado estos quince años? En su comunicado recordó que los etarras lucharán ahora por “la paz y la libertad del pueblo vasco” y “el derecho a decidir”, sin renunciar al modelo de estado totalitario que trataron de imponer por las armas. Mientras se le oía en el audio casero, me acordé de la operación Garibaldi, montaba por el Mosad para sacar a Eichmann de Argentina y llevárselo a Israel. Las protestas internacionales por la irregularidad del secuestro se olvidaron pronto ante el recuento de sus crímenes. Si la historia fuera un relato con algún sentido, estaría ya en marcha una operación Garibaldi parecida, que acaso esclareciera algunos de los más de trescientos asesinatos aún sin resolver cometidos cuando ese hombre que lleva un apodo de gánster de serie b era el jefe de la banda vasca.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de junio de 2018]

27 mai 2018

Soñemos, alma, soñemos

EN Cisnes salvajes, el implacable relato de Chang-Jung sobre su familia en los años de la Revolución Cultural, se relata la historia de Chang-Shou-yu. Disgustado este con la política del emperador, decide retirarse discretamente de la corte. Empieza entonces a vérsele con una caña a la orilla del río, sentado y abstraído horas y horas. Extrañados todos de la actitud de quien fuera en otro tiempo un cortesano activo e influyente, le preguntan cómo es que había cobrado tanta afición por la pesca, a lo que Chang-Shou-yu les responde: “Si vengo a pescar no es por la pesca”. Esta respuesta acabó de perderle, pues todos entendieron al fin sus críticas al emperador.

¿Es real o sólo una percepción subjetiva? ¿El número de quienes, como ese funcionario chino, se apartan de todo, es cada vez mayor? Vuelve a hablarse de desánimo y pesimismo, y “el  fantasma del 98” recorre España. Sentencias judiciales demenciadas y los consecuentes “veredictos sociales” en varios asuntos penales, académicos y políticos, han sumido a muchos en la pesadumbre y el desánimo. Algunos, que no se atreverían a decir lo mismo de su región andaluza, madrileña o catalana, afirman sin ambages y se diría que con perverso regusto: “La miseria de España”, “país de cabreros”, “África en ciernes”. Entretanto se disipe este (re)sentimiento, he abierto la libreta donde hace años dibujé un puñado de florecillas del campo, con sus correspondientes nombres. Me los dictó el amigo del que se habló aquí hace unas semanas.  Buscaba ahora una flor recién descubierta. Pero no figura entre aquellas y no podré preguntar a mi amigo, pues  acaba de morir con su secreto. 

Siempre he sentido una predilección especial por esas flores humildes, a veces bellísimas, que en mayo salen por todas partes, incluso en una estrecha llaga del asfalto. Sé también que algunos se refieren a ellas como sinónimo de ingenuidad y simpleza. Ingenuo y simple, me he sentado en la pradera. Pero de pronto me acuerdo de Galdós, y su memorable artículo “Soñemos, alma, soñemos”. Lo escribió en 1903, cuando ya era viejo y empezaba, al igual que Chang-Shou-yu, a perder el favor del público. Advertía en él de los peligros del derrotismo, y ese recuerdo hizo que me fijara más en esa florecilla de nada. Créanlo o no: le estaba diciendo  a otra, mucho más pequeña, “soñemos, hermana, soñemos”.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de mayor de 2018]

24 mai 2018

En la Feria del Libro del Retiro

Allí estará uno sólo el último fin de semana de la feria (y confiemos en que no solo):

sábado 9 de junio

a las 12:00 en la caseta 121 de la Librería Alberti

y a las 19:00 en la de la editorial Pre-Textos, caseta nunero 141.

domingo 10

a las 12:00  en la caseta 23 de la Librería Machado.

20 mai 2018

Don Quijote en Barcelona y el separatismo

(Consideraciones proustianas sobre el  sedicente y sedicioso Procés)

A menudo un acontecimiento histórico importante tiene la facultad de fijar en nuestra memoria otro que habría sido dado al olvido por su insignificancia. Los norteamericanos de cierta edad recuerdan aún en su mayor parte qué estaban haciendo en el momento en que la radio y la televisión difundieron la noticia del asesinato de su presidente JFKennedy, al igual que la mayor parte de quienes componen el mundo civilizado recordará sin duda dónde y cómo vio las primeras imágenes del hombre tentando sus primeros pasos sobre la luna. En nuestro pequeño ámbito, algo parecido sucede con lo relacionado con el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Pocos españoles habrá que tuvieran entonces una edad apropiada para comprender la gravedad y magnitud de aquellos acontecimientos, que no recuerden aún con exactitud, casi cuarenta años después, dónde les sorprendió la irrupción de aquel guardia civil en el Congreso de los Diputados de Madrid pistola en mano y tocado con un tricornio que en muchas redacciones de periódicos extranjeros tomaron por una montera, así como imaginaron que aquel teniente coronel era un torero.
Si bien poner en libertad al presidente prófugo de la Generalidad por parte de un tribunal alemán regional no fue en absoluto comparable a ningún hecho extraordinario de los citados, sí lo fue para mí, y no creo que olvide en mucho tiempo las circunstancias en que tuve conocimiento de él: me dirigía en ese mismo momento a la tribuna del salón de actos de la delegación del gobierno en Cataluña para dar una conferencia sobre don Quijote en Barcelona. Mi mujer, a quien yo acababa de ver consultando su móvil, y que caminaba al lado de Félix Ovejero para ocupar dos de los asientos delanteros, se me acercó por detrás, y bastaron únicamente tres palabras susurradas al oído para que yo perdiera la poca concentración que tenía: “Lo han soltado”.
Minutos antes nos había llamado la atención tropezarnos en pleno barrio gótico con la bandera española de la misma manera que meses antes nos había sorprendido una bandera israelí en cierto barrio árabe de Jerusalén.
Es posible también que de no haberse sumado un par de circunstancias más, el hecho en sí de aquella liberación hubiera acabado borrándose de mi memoria tarde o temprano.
La primera fue la de un hombre de cierta edad, entre los setenta y ochenta años, alto, flaco, con pelo y barba blancos y probablemente sin dientes, como probaban sus mejillas sumidas, vestido como muchos viejos, con ropas que le venían grandes y algo sucias. Así como mi mujer y nuestro amigo se sentaron discretamente en la fila tercera o cuarta, a un lado, aquel hombre lo hizo en la primera y exactamente frente a mí, a menos de dos metros de distancia. Eso me permitió fijarme en el detalle: llevaba prendido en el pecho el lacito amarillo con el que los separatistas protestaban por el encarcelamiento de unos cuantos políticos presos por los delitos más graves que nadie pueda cometer contra un estado democrático.
Pero tampoco aquel lazo amarillo habría sido del todo significativo. Antes de la conferencia habíamos estado paseando por Barcelona y no nos habíamos tropezado con nadie que lo llevara. Lo que convertía en algo especial el de aquel hombre era la ocasión y el lugar. Este, ya lo he dicho, era el salón de actos de la delegación del gobierno de España, y llevar allí aquel lazo era como mínimo exótico, como pasear la famosa cabra de la Legión por cualquiera de los pueblos de Tractoria; en cuanto a la ocasión, se trataba de una conferencia organizada por Clac (Centro Libre. Arte y Cultura), una entidad cultural dirigida por Andreu Jaume y ligada a Sociedad Civil, responsable esta de la gran manifestación que sacó a las calles de Barcelona dos o tres meses antes, el 8 de octubre de 2017, entre uno y dos millones de demócratas favorables a la constitución y la unidad de España y que acabó de una vez por todas con el mito de un solo pueblo de Cataluña, grande y libre, tal y como venían machacando en los años del Proceso los independentistas y xenófobos catalanes.
La actitud posterior de aquel hombre vino a confirmar que su presencia allí respondía a algún propósito para mí oculto, más que a su interés por don Quijote y Barcelona. Apenas empecé a hablar, se recostó en el respaldo de la butaca, extendió sus largas y flacas piernas todo a lo largo, sin obstáculo ninguno delante, cruzó sus brazos, echó la cabeza a un lado, y se quedó dormido. Literalmente. Me desentendí de él, pero de vez le echaba una rápida ojeada, y al ver la placidez de su sueño llegué a la conclusión de que sólo era un pobre loco, no, desde luego, como don Quijote, que apenas dormía, sino uno de esos que van a las conferencias por estar con alguien.
Lo que yo tenía que decir y dije sobre el tema que nos había congregado a medio centenar de amantes de Cervantes fue bien poco, porque no hay mucho que decir.
Había estado releyendo días atrás en el libro de Martín de Riquer las páginas que este le dedica también a ese tema. Son entretenidísimas, y le confirmaron a uno que los estudios filológicos, cuando son buenos, son parte también de la ficción, y algunas cosas más. La primera: no sabemos si Cervantes estuvo o no alguna vez en Barcelona, y si lo estuvo seguramente fue cuarenta años antes de escribir el Quijote. Probablemente hablaba de oídas. Dos: el famoso elogio que se hace de Barcelona, “archivo de la cortesía”, no es más que un simpático estereotipo. Tres: la única sangre que se derrama en la novela viene de la mano del bandido Roque Guinard, un bipolar de libro. Cuatro: que en Cataluña las relaciones entre el bandolerismo y las clases dirigentes viene de atrás, como prueba el hecho de que Roque Guinard, que está fuera de la ley, entregue a don Quijote una carta de presentación para don Antonio Moreno, respetabilísimo y amigo de las autoridades encargadas de defender la ley, entre ellas el gobernador, quien, dicho sea de paso, hospeda en su casa al expulsado morisco Ricote, el vecino de Sancho y don Quijote, que había vuelto a España para sacar, contraviniendo las órdenes del rey, ciertos tesoros. Esto último es una más de las ironías de Cervantes, quien nos recuerda que las cosas no son blancas y negras: que el gobernador hospede a Ricote es como si el director de la Guardia Civil alojara en sus buenos años de quinqui a El Lute. Todo lo cual, y esto fue el colofón de mi conferencia, no obstaba para que el Quijote, que desde luego se escribió en catalán y por un autor catalán, Miquel Servent, se publicase por vez primera en Barcelona en la famosa imprenta de la calle Call que se nos describe minuciosamente en el capítulo tal de la segunda parte, la misma imprenta donde se estaba imprimiendo una edición del apócrifo de Avellaneda cuando entró don Quijote.
Al oír esto último, el anciano aquel de la primera fila, que había tenido al menos la delicadeza de no roncar, dio un respingo, se recolocó en la butaca y se despabiló por completo, asintiendo con grandes cabezadas y mostrándome la mayor de sus sonrisas. No había duda: quería darme a entender que compartía conmigo todo lo relacionado a la catalanidad del Quijote. Al sonreír enseñaba unos dientes grandes y amarillos, como teclas de un piano viejo; lo que no debía de tener eran muelas, porque las mejillas, desde luego, estaban de lo más hundidas.
Y aquí llegamos a la última de las circunstancias que fijaron y juntaron en mi memoria aquella conferencia y la excarcelación del presidente de la Generalidad. Supuse que al salir a la calle encontraríamos esta llena de manifestantes espontáneos celebrando la noticia y tirando cohetes (naturalmente de artificio) en dirección a la frontera española, como hacen los de Jamás en la Franja o Siria con Israel. Pero la sorpresa fue que en Barcelona todo el mundo parecía ignorar la noticia de la suelta que estuvo a punto de dar al traste mi concentración a la hora de soltar yo también una conferencia sobre don Quijote en Barcelona.


Publicado el 20 de mayo de 2018 en The Objective.

14 mai 2018

Mentir peligrosamente

RESULTA extraño hablar de “ciencias políticas”, siendo la política todo menos científica. En ciencia no hay mentiras, sino errores, a diferencia de la política, en la que los errores suelen proceder casi siempre de una mentira. Por ejemplo, la de la presidenta de la Comunidad de Madrid (asegurar que cursó un Máster) le ha conducido al mayor error político de su carrera y a que muchos se pregunten: ¿y qué necesidad tenía ella de un máster?

La pregunta volvemos a hacérnosla con relación a la alcaldesa de Madrid y la exposición municipal “No pasarán”, encargada e inaugurada por ella.  Se trataba de contar la defensa de la capital de España llevada a cabo en 1936 por “el pueblo de Madrid” y bajo ese lema que buscaba enardecer a los sitiados. ¿El pueblo? ¿Qué pueblo? Un tercio de aquel pueblo se  escondía entonces debajo de las piedras, evitando las checas, entre ocho y doce mil asesinados; otro tercio había salido de la ciudad camino del exilio o huido a zona segura, como Largo Caballero y su gobierno, y el otro tercio... Según cuenta Chaves Nogales,  republicano convencido y autor del mejor libro sobre el asunto, La defensa de Madrid, naturalmente eliminado de la épica carmeniana, parte de ese tercio desertaba en estampida, a duras penas contenida a punta de pistola por los jefes que disparaban a bocajarro sobre milicianos indisciplinados y presas del pánico. Sólo la experiencia y determinación de dos militares profesionales, Miaja y Rojo, verdaderos artífices de la defensa de Madrid, lograron salvar la capital para la República. Pero como la verdad de este hecho estorbaba la belleza de una ficción romántica, “el pueblo”, también Miaja y Rojo, y el papel del ejército regular, han sido purgados de esta exposición.

Por eso es pertinente la pregunta: “¿Qué necesidad había de hacerla? ¿Ganar acaso la guerra, cuando también se había perdido el relato? Se exponen a que alguien les recuerde no sólo a Celia Gámez, y su célebre y miserable “Ya hemos pasao”, sino esto mucho más pertinente: ¿Cómo “no pasarán”, si ya han pasado ochenta años? Ah, las fake news y los engaños. Se diría que nada excita más a los políticos, acaso porque les hace vivir peligrosamente, convencidos de que la mentira es un atajo. Y sí lo es, hacia el error. Porque antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de mayo de 2018]