1 de octubre de 2014

Baroja por Baroja

DE los casi ciento cincuenta aguafuertes conocidos que hizo Ricardo Baroja acaso este sea el más célebre (y por ello el más buscado): su hermano Pío caminando por uno de aquellos desmontes madrileños a los que iba a buscar escenarios para sus novelas anarquistas. Procede de la reciente venta en almoneda de los bienes del Hotel del Paular, perteneciente a la cadena Sheraton, a quien Franco dio un beneficio de explotación por cincuenta años. Quédese para otro momento la historia de esa subasta y la consideración de aquellos tiempos en los que en las habitaciones de los huéspedes de los hoteles de lujo estaban las sombrías estampas originales de Ricardo Baroja. Bástenos hoy mirar en el semblante de ese don Pío el de Nietzsche, a quien tanto citaba y a quien tanto quería parecerse el novelista vasco por aquellos años. Claro que en una cosa podemos distinguir al uno de otro, su andar. Si el de don Pío sólo podía ser ese andar cabizbajo y perdido, subido el cuello del abrigo, doblado el espinazo y todo él encogido, el de Nietzsche, aun con frío, sólo podía ser derecho, con la barbilla en alto y a cuerpo gentil.


30 de septiembre de 2014

Félix Ovejero y el emperador

FÉLIX Ovejero ha escrito un libro importante y necesario, El compromiso del creador. Ética de la estética (Galaxia Gutenberg). Tras una presentación del profesor Jesús Carrillo, su autor habló ayer de la obra en la librería Central del Museo Reina Sofía. Mi presencia en aquel acto, como sparring, obedecía a mi amistad con el autor y a mi condición de aficionado a esos asuntos, oyente siempre en sus clases de ética y estética.
Harto, como tantos, de ver el jardín en el que nos han metido, Ovejero se ha tomado la molestia de estudiarlo para saber, más que nada, si se puede salir de él o si estaremos condenados de por vida a sufrirlo. Y, como decía Pla, preguntando a cada paso quién lo paga. Pues jardín, o más bien berenjenal, es el arte contemporáneo y tantos que pululan en él, artistas, galeristas, crtíticos y estetólogos aplaudiendo rabiosos a quien entre todos ellos han hecho el traje más a medida que nadie podría hacerle a un emperador: el de su estupidez. Ovejero, profesor de filosofía política, se ha colado en ese jardín y ve las cosas con la inocencia del niño del Retablo de las maravillas, que Andersen universalizó en su cuento. 
Y como Ovejero es inocente, pero no cándido, y está harto también de tantos charlatanes, va acopiando de manera implacable los excesos de un mundo del arte que empezó a desquiciarse en dos momentos fundacionales: el día en que Duchamp llevó su urinario a la sala de arte y aquel otro en que le pintó bigotes a la Monalisa con la consiguiente advertencia de que él, Duchamp, podía reírse de la Monalisa, pero no toleraría que nadie se riera de Duchamp. Las consecuencias fueron en cierto modo trágicas, si no cómicas: en arte quedaban inauguradas las micciones secas (en palabras de Gaya "entienden de lo que no comprenden") y, muerto el Dios de Nietzsche, se había dado paso a una nueva secta sin Dios trascendente, con sus museos-catedrales, galerías-iglesias y el nutrido e integrista beaterio propio de cualquier secta, con sus papas, sínodos, encíclicas-manifiestos y demás. Sólo por el sistemático e implacable acopio de los excesos, ridiculeces, contradicciones, arbitrariedades, palabrería del arte contemporáneo de los que se ocupa en la primera parte, este libro es ya una joya. Pero aún queda la segunda, que como suele decirse, es la más interesante. 
Ovejero es consciente de que el positivismo no está habilitado para comprender la naturaleza misteriosa de acto creador, de la creación artística. La ciencia, que tiende a huir de la mixtificación y del misterio, no podría desentrañar, sin destruirlo, lo que es propio del arte, su centro misterioso. Ni siquiera entra en el propósito de su estudio definir qué es o no es arte, en la medida que no forma parte de la ciencia el sentimiento, el único instrumento que se nos ha dado a los hombres para crear, y sirve esto tanto para el creador propiamente dicho como para quien ha de reconocer y apreciar lo creado por otros. Pero si no estamos capacitados para decidir qué es o no arte (en este apartado recordar el arco que va de Kant, para quien ejemplo de lo bello artificial era el papel pintado, a Heidegger, que escribió sobre Chillida), acaso sí lo estemos para sospechar qué no lo es o negar que lo sea aquello que nos presentan como tal. En ese momento tenemos la obligación de estudiar las consecuencias éticas que se derivan de esa decisión (por ejemplo: si prescribimos que "lo bello" son los papeles pintados, estaremos haciendo un grandísimo favor a los fabricantes de papeles pintados, o al revés, nosotros, fabricantes de papeles pintados, contaremos con un prescriptor de cámara que diga que los papeles pintados, etc). Esa es la ética de la que se ocupa Ovejero. La otra, la inherente al arte, la ética estética de la estética, de la que se ocupan, entre otros JRJ, no forma parte de este estudio, y sigue dejándola en manos de los creadores que han decidido que el arte nunca será cosa mental, sino algo relacionado con la vida, naturaleza más que cultura.

Curioso, inteligente, humilde, Ovejero no dejará rincón sin escudriñar en las relaciones del artista, sedicente o auténtico, con sus contemporáneos, y del arte con la sociedad, el mercado o el Estado, para llegar a una conclusión: los instrumentos de que disponemos para acercarnos a la belleza y a la verdad siguen siendo rudimentarios y los mismos de que dispuso Keats, curiosidad, inteligencia, humildad, no muy diferentes de los que también dispone la ciencia. Y sentimiento, algo que, como hemos dicho, distingue a la belleza y al arte de la ciencia. A sabiendas, se me olvidaba decir, de que por la belleza y la verdad hace lo menos cien años que nadie da un céntimo en el mundo del arte contemporáneo, porque, nos aseguran, también han dejado de existir. Aunque también sepamos con un saber precientífico que haberlas, haylas.
Busca, amigx, este libro, que habla no solo a convencidos sino a aquellos que piensan que en ciencia y en arte sigue estando en vigor aquel sapere aude: atrévete a saber... y a decir: sí, el emperador está desnudo, como todos los que le han vestido.


29 de septiembre de 2014

Entre tú y yo


ESTO no es sólo literatura.  Como acaso sepa el lector de esta página, lleva uno publicados dieciocho tomos de una obra que para muchos son diarios, para el autor una novela en marcha y para algunos otros una diarivela, ya saben, como la bacía de aquel barbero que don Quijote y Sancho acordaron llamar baciyelmo para tener la fiesta en paz. También sabrá ese lector  que no es uno dado a confidencias sentimentales aquí ni a hablar de sus propios libros, ni de esos que algunos especialistas etiquetan como “literatura del yo”, ni de ningún otro suyo. No sería extraño tampoco que ese lector haya enviado alguna vez una carta al Magazine preguntando por qué uno habla de sí mismo como “uno” y no como “yo”. Quizá me entienda si digo que me gusta ese “uno” porque es la mínima expresión del yo, en realidad algo a medio camino entre el tú y el yo, para no cansarme a mí de yo, ni a ti de mí.

El yo es un mal invento, acaso uno de los más peligrosos del romanticismo, como la dinamita, y su mal uso nos mete de lleno en egolatrías y egoísmos devastadores. Principalmente cuando el romanticismo se embarca en la construcción de un yo identitario, colectivo, llamado pueblo, en cuyo nombre no dudará en hacer saltar por los aires la convivencia y la solidaridad. Es entonces, para justificar sus voladuras, cuando el romanticismo echa mano de la Historia, proyectada hacia el Futuro en base a pasados idílicos tan fiables como nuestros recuerdos de la paradisíaca estancia en el útero materno. 

Del yo, el menos. Decía Antonio Machado que lo esencial en la poesía no era tanto el yo como el tú, un tú que él llamó precisamente “esencial”, suma de todas las personas del verbo. En el poema estamos todos igualmente representados, el poeta y el lector, pero también cuantos no leen poesía por ignorancia, por falta de medios, por desprecio. Y al igual que sucede en la poesía, debía constituirse todo en este mundo, individuos, comunidades de vecinos, ciudades, naciones, alrededor del tú, no del ombligo. La distancia que media entre el tú y el yo es la que hay entre “todo es de todos”  y “¿qué hay de lo mío?”. Lo más chistoso (es un decir) es que los partidarios del “¿qué hay de lo mío?” suelen serlo también de “lo mío, mío, y lo tuyo, a medias”. En muchos casos, claro, agitando la bandera del “nosotros, el pueblo”, y poniendo su yo a buen recaudo en una caja fuerte. ¿No lo crees así? Ya somos dos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de septiembre de 2014]

28 de septiembre de 2014

Por ejemplo


LOS EJEMPLOS son siempre un mal ejemplo.
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CLARO y difícil, no hay otra.
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“LO que no está roto, no lo arregles”. Romper lo que no estaba roto, para hacer creer que se va arreglar, es la ficción de la que parte cualquier nacionalismo.

Aldaba (Mariano Benlliure) de una casa mirobrigense. 19 de septiembre de 2014







27 de septiembre de 2014

Flores (aforismos)


LA lluvia pone sus flores en los charcos.

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LO que más duele es el miedo.
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QUÉ excelsos horizontes se ven en cuanto deja uno de tener los pies en el suelo. 
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JRJ es tanto que entran ganas de escribir JRJRJ.


El Rastro, 14 de septiembre de 2014






26 de septiembre de 2014

Como exPresident

Como exPresident vuestro que soy, os debo una explicación y esa explicación que os debo, os la voy a dar, como exPresident vuestro que soy... os debo una explicación  y esa explicación que os debo.... (Riguroso directo)

Secreto poder

UNO de los muchos prodigios que ha propiciado el Quijote, y desde luego no menor, no es que de él se hayan dicho y escrito más cosas que de ningún otro libro, si dejamos a un lado la Biblia, sino el hecho de que en casi todas ellas lata una verdad y hallemos en casi todas el rastro de una profunda emoción, incluidas naturalmente aquellas erudiciones inanes y disparatadas que también se han ocupado .de aquel hombre, más de carne y hueso que de papel. Quiero decir, que no hay nadie que no se haya acercado a ese libro y que no se haya mejorado por su secreto poder taumatúrgico. Así se siente, al menos, uno. Como uno de aquellos cojos que después de ser curados por Jesús, salen corriendo, las muletas por alto y haciendo castañetas con los talones. Y si algunos de ellos ni siquiera volvieron a darle las gracias, no fue por ingratitud, como se nos dice en el evangelio, sino por haberse transtornado pasajeramente con el prodigio y hallarse ya a muchísimas leguas del lugar cuando al fin detuvieron su carrera.
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SE hablaba ayer de algunas palabras que se nos pierden, y ayer mismo aquí se nos daban algunas que merecerían guardarse. No acaso petricor, pero sí herrete, recazo o fosfenos, utilísimas, por no hablar de tenesmo, a cierta edad cosa muy seria, aunque en este caso uno prefiere la de siempre, pujo, como por no salir del campo asociado uno prefiere portañuela a la que usamos.

Foto: Rafael Trapiello, 2014