14 janvier 2019

Entre el desorden y la injusticia

NO sé yo si esta carambola me va a salir. Trazada en mi cabeza me parece sencilla, un zigzaj sin vacilación que puede, no obstante, pifiarse por el camino. Es, desde luego, un artículo a tres bandas: chalecos, pieles, Europa. 

Europa se está yendo al garete con la ayuda de los chalecos amarillos, en presencia de los viejos abrigos de pieles. Los chalequistas han incendiado Francia con un solo argumento, y el movimiento amenaza, impulsado por  Rasputin, instigador de  las revueltas nacionalistas y populistas europeas, con acabar con la Unión: no más impuestos. Claro que al mismo tiempo exigen un incremento del Estado del bienestar, sin explicar de dónde se obtendrán los fondos para ello. Ya no se trata de una carambola, como ven, sino de la cuadratura del círculo. Pero da igual, siguen adelante incendiando las calles de Francia, como prendió en su día las elecciones españolas Pablo Iglesias con un discurso incendiario apoyado en el ejemplo revolucionario de Venezuela. Acaba de reconocer que ya no diría todo lo que dijo donde dijo Diego, pero “que me quiten lo incendiado”, y no devolverá el acta de diputado que obtuvo precisamente por decir ayer de Venezuela las cosas que ya no quiere decir hoy, aunque, por supuesto, sigue pensando lo mismo.

¿Y las pieles? ¿Qué hacen aquí los visones, astracanes, nutrias, zorros plateados, ocelotes y demás felinos? Habrán observado, como yo, que ya no se ve un solo abrigo de pieles por las calles de las grandes capitales desde hace años (no así sus  sucedáneos sintéticos). De vez en cuando le llegan a uno, en los catálogos de las casas de subastas, la de algunos de esos abrigos que fueron en su día el principal signo de ostentación de las mujeres de las clases superiores. Su devaluado precio (la mayoría no supera los 150 €) nos deja pensativos. Al margen de la tristeza que produce verlos colgados en sus perchas, fúnebres, deprimentes, anticuados, son el símbolo de todo lo que ha cambiado en nuestra sociedad. No quiere uno volver, en ningún caso, a aquella vieja Europa no menos fúnebre y deprimente, pero la nueva, el mejor invento político de los últimos cien años, se acabará cuando nos obliguen a elegir entre los chalecos amarillos y los abrigos de pieles, entre la Europa podrida de los populismos y la Europa apolillada de los burócratas, entre el desorden y la injusticia, que decía Goethe.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de enero de 2019]

6 janvier 2019

Una lección de vida

Se inicia con este un nuevo año de artículos en el Magazine, agrupados bajo el título de Fuera de carta.

POCAS veces se ha sentido uno más orgulloso de presentar un libro. Fue hace unas semanas, en un marco excepcional, como solían decir los cronistas del siglo XIX: el Senado. La revolución española vista por una republicana, el absolutamente imprescindible libro de Clara Campoamor, es más que un libro, es una lección de vida. El trabajo de su editor y traductor, Luis Español (ya es coincidencia), es además impecable. ¿Y cómo una traducción? ¿No lo escribió Clara Campoamor en castellano? Desde luego, en 1937, y en 1938 se publicó en París, en francés, pero hasta el 2002 no se publicó en España. La que ahora aparece es una edición mejorada y corregida. El libro cuenta lo sucedido en los primeros meses de la guerra en el Madrid republicano, tomado literalmente por los chequistas. Clara Campoamor, como Chaves Nogales, no es una testigo sospechosa: pese a lo que vio y contó, siguió siendo republicana y murió en el exilio, treinta años después de aquella guerra. Si no lo ha leído, no espere más. Habla de 1936, pero parece que lo estuviera haciendo de Eslovenia y de ahora mismo. Antes, permítanme, en un párrafo, resumir los hitos de esta mujer admirable.

Fue ella quien logró, en las primeras Cortes republicanas, que las mujeres pudieran votar (hasta 1931 las mujeres en España podían ser reinas y ser elegidas diputadas, pero no electoras). Lo hizo con la oposición de la izquierda. Oh, sí: ni Victoria Kent ni Margarita Nelken la secundaron. El mismo Azaña la combatió sin misericordia (la llamaba “la pedante”, él, tan llano). En las primeras elecciones en las que votaron las mujeres, 1933, no salió elegida y a partir de entonces ningún partido quiso acogerla en sus filas: demasiado “avanzada” (luchó por el divorcio y acabar con las leyes demenciales que amparaban la violencia contra las mujeres. También contra la imposición del catalán como única lengua oficial en Cataluña, y contra el delito de adulterio).

Se le hizo a uno extraño hablar de estas cosas en el Senado  a los nietos y biznietos de los políticos de ayer. Porque se nos olvidaba decir que a Clara Campoamor, lo mejor que ha dado España en un siglo, los susodichos nietos la ignoraron, despreciaron o desdeñaron hasta hace, como quien dice, diez minutos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de enero de 2019]

31 décembre 2018

¿Dónde está la batalla?

A STENDHAL debemos el enunciado del síndrome que lleva su nombre (el de la voracidad del turista que no quiere dejar nada por visitar y ver), y a uno de sus personajes, Fabrizio del Dongo, el que lleva el nombre de este, quien, como es sabido, estuvo en Waterloo y se pasó toda la jornada preguntando a unos y otros dónde estaba teniendo lugar la batalla, pues no le parecía a él, declarado bonapartista, que aquello fuera una batalla napoleónica como se la había imaginado.

Usted, yo y millones de personas nos preguntamos a diario, como Fabrizio, dónde está la batalla que el mundo libra en este momento contra sí mismo. No hace ni siquiera veinte años que llevamos usando el correo electrónico y lo que le ha seguido, wsapp, facebook y demás. Estos adelantos están a punto de mandar al paro a miles de trabajadores de Correos, al igual que las trabas en el uso de los combustibles fósiles, y su encarecimiento, amenazan con colapsar el transporte de mercancías mundial, uno de los pilares del crecimiento económico (y del transporte de personas no hablamos, para no complicar más las conjeturas). A cuento de ello se han desatado en Francia y Bélgica violentísimas huelgas, capitaneadas por los descamisados contemporáneos, “los chalecos amarillos”, dispuestos a arrasar el sistema si no se les garantizan a un tiempo sus salarios y el derecho a prosperar. Y estas son sólo dos de las escaramuzas que están teniendo lugar, entre miles (éxodos y migraciones, volatidad de los mercados financieros, sobreexplotación de los recursos, resurgimiento de los totalitarismos con nombres tuneados, populismos y nacionalismos). Si supiéramos cuál es el centro de la batalla, acaso podríamos poner en ella toda nuestra atención e inclinar la balanza del lado bueno. Sin embargo, no sabemos dónde está, y por cuál de todas las fronteras que nos cercan vendrá el bárbaro. 

En toda gran crisis hay quien, no obstante, espera mucho de la reserva humana, de aquellos que sabrán mantener la antorcha de los principios ilustrados. Pero resulta que a la mayor parte de esta reserva, transformada en horda turística, también le ha atacado con furia el otro síndrome, el de Stendhal, y está dando vueltas al globo terráqueo queriendo verlo y visitarlo todo, en lugares y destinos turísticos donde no se le ha perdido absolutamente nada.

    (Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de diciembre de 2019)

16 décembre 2018

Gato republicano, gato monárquico

HACE unas semanas el Real Instituto Elcano publicaba una encuesta sobre la aceptación de España por parte de otros países de nuestro entorno. Acaso el resultado más interesante fuese este: “el 78% de los portugueses cree que ambos países, Portugal y España, deberían avanzar de alguna forma hacia una unión política ibérica común”. Es, a todas luces, una cifra abultada, que ha de hacernos pensar. Desde esta misma página se ha defendido otras veces un anhelo semejante. Fue Bergamín al que primero le oímos la idea: en la separación, en tiempos del rey Felipe  IV, Portugal se llevó consigo toda la tristeza, dejándole a España su cacareada alegría, a menudo ruidosa e insufrible. Urgía, en opinión del poeta, y en beneficio de nuestras naciones, una reunificación que restableciera el armónico equilibrio entre ambas.

Sobre ser muchas las ventajas (los nacionalistas del movimiento Sólo León –¿o es León Solo?, nunca me aclaro–, tendrían al fin una salida al mar por la que vienen piando luengos siglos), no pueden obviarse algunos escollos. El primero, y no pequeño: España es un reino, Portugal, una república. Hoy parece que crece el número de quienes creen que ambas formas de organización del Estado son inmiscibles, aunque puedan ambas tener sus propias bondades, como el café y el té, que por separado son estupendos, pero que no admiten mezcla. 

¿O sí? Kant ponía al frente de la república ideada por él, justa, serena e ilustrada, a un príncipe, y sin salir de nuestro país somos muchos los republicanos que creemos que los valores de la ilustración, y por tanto los valores republicanos, están hoy mejor defendidos por Felipe VI que por aquellos  republicanos que tienen en mente no a Estados Unidos, Francia o Alemania,  repúblicas ejemplares, sino a Venezuela o Cuba, bananalandias en las que los célebres tres principios (libertad, igualdad y solidaridad) brillan por su ausencia. No iría con los defensores de estas repúblicas ni a la vuelta de la esquina, como suele decirse, y sí con los monárquicos demócratas ingleses, suecos o dinamarqueses. Como antiguo maoísta, a mí me da lo mismo cómo llamar al régimen en el que vivo, si garantiza y defiende mi libertad y la igualdad de los ciudadanos. Me da igual que el gato sea blanco o negro, si caza ratones.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de diciembre de 2016]

13 décembre 2018

Puro Galdós. Miércoles de misericordia. Hoy jueves

LAS mejores obras son fruto del silencio y del tiempo. A lo largo de siete años Rafael salió muchas noches con su cámara de fotos por las calles de Madrid. Lo que trajo de ellas es este trabajo único, original cuanto más clásico, clásico cuanto más romántico, bellísimo cuanto más poético y melancólico. Más allá de la realidad, sin renunciar a ella. Puro Galdós.
Hoy, jueves 13, se dan a conocer al fin las fotos y el libro que las recoge. Las primeras, en el montaje más acertado que cabría imaginar, sencillo y reflexivo, de Ana Cubas. Las fotos, en un libro de autor, su primer libro, no menos discreto y sobrio, con prólogo meditativo y  generoso de Elvira Lindo. Como todo libro de verdadera poesía, es del tamaño de la inmensa noche, de la pequeña luna que tutela nuestros pasos por ella.



12 décembre 2018

Otra modernidad

ESTA tarde (miércoles 12), a las siete, en la librería Alberti. Presentación de Otra modernidad de Miriam Moreno Aguirre, sus estudios sobre Ramón Gaya. El libro sobre Ramón Gaya.


10 décembre 2018

La maldita almendra (y 2)

REBOBINEMOS: la autoridad municipal restringirá el tráfico rodado por el centro de Madrid, en la famosa almendra, de modo que sólo puedan circular los residentes. La medida es copia de otras adoptadas en algunas metrópolis europeas y, supongo, se copiará en algunas ciudades de provincia. Como es natural, apenas anunciada, han empezado ya a oírse las primeras opiniones contrarias. Una de las más tontas es aducir que atenta contra la libertad de los ciudadanos. Es verdad. ¿Y? Sucedió cuando se prohibió fumar en los espacios públicos cerrados. La libertad de los fumadores se vio recortada, en efecto, en ese caso en favor de la libertad de una mayoría a la que no se podía imponer el humo de tabaco. La autoridad  municipal ha decidido ahora mantener limpio de emanaciones carbónicas el aire que se respira en la famosa almendra. 

En principio, bien: menos ruido, menos octanos, menos nervios. Tendrá para los que vivimos en el centro algunas desventajas (a nuestros hijos les costará más venir a visitarnos) y, es posible, algunas ventajas (acaso podamos dejar de nuevo en la calle nuestro coche, ahorrándonos el parquin). Pero el problema en el fondo no es ese, sino en lo que estamos convirtiendo el centro histórico de nuestras ciudades, el de Madrid desde luego: el imperio de la hostelería (bares, restoranes, hoteles y hospedajes clandestinos y espontáneos, que han acabado por desalojar al vecindario y al comercio tradicionales) y el imperio del comercio basura para turistas (que vienen a comprar a dos mil kilómetros lo que encontrarían sin salir de casa). 

Se limitarán los coches en los centros históricos de las ciudades, pero al tiempo la gentrificación los está llenando de bicis, patinetes, buses turísticos y masas que arrastran ruidosamente sus maletas y troles por las aceras, haciendo de esos centros algo igualmente ruidoso, desagradable, deprimente. Los coches nos contaminaban los pulmones, las multitudes nos contaminan el alma. Adiós a los tiempos en que el centro de las ciudades era silencioso, poético, tranquilo. Adiós a los tiempos en que se dejaba en paz la maldita almendra y algunos (Giner de los Ríos) podían ser pobres, refinados y distinguidos, sin tener que recurrir a Larra y a los consiguientes artículos de costumbres.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de diciembre de 2018]