10 février 2020

Seré breve

LA misma semana que se publicó El cántaro y la fuente, una antología de “aforistas españoles para el siglo XXI” (en edición de 99 ejemplares, a tono con la brevedad del género), me pidieron de un periódico que eligiera mi aforismo preferido. No hay sólo un aforismo, argüí, sino muchos, pero aun así allá fue el mío (de un JRJ. ya viejo, que se negaba como un niño al aseo: “A todo se llega. He aprendido a ser sucio y me parece bien”).  Del propio JRJ., que escribió más de cinco mil, hubiera podido escoger este: “Lo malo de la muerte no ha de ser más que la primera noche»; o este: “Si Dios existe, yo soy inmortal. Si yo no soy inmortal, Dios no existe. Váyase lo uno por lo otro”.

Los  estudiosos  se desquician buscando las diferencias entre aforismo, adagio, máxima, apotegma, refrán, sentencia, proverbio... Es difícil trazar esas fronteras. Para mí un aforismo es bueno si es la punta de un iceberg y si no se le puede dar la vuelta como a un calcetín, pero si no te hace pensar, o sonreír al menos, es malo. Una de  las entrevistadas eligió uno de los más conocidos, el clásico Festina lente (“apresúrate lentamente”), que no es contrario ni al de Goethe (“Como el astro, sin aceleración y sin descanso”), que JRJ. puso al frente de su propia obra, ni al horaciano Carpe diem (“vive el momento”). ¿Qué fascina a todo el mundo de esos aforismos y oráculos manuales? ¿Que son una sabiduría portátil? ¿Su concisión, el fulgor de una verdad que, como un relámpago, vuelve a sumirnos en las tinieblas tras dejar en nuestra alma la ilusión de haberlo comprendido todo al fin? 

También los políticos se pasan el día acuñando frases. Podrían a veces pasar por aforismos, desde luego, pero no lo son. Son sólo eslóganes: ideas deshuesadas para hacerlas masticables (que no digeribles) para aquellos que no tienen dientes en el cerebro. ¿Un ejemplo? No me pongan en ese brete, hay cientos, miles, a diario. Pero, en fin, allá va uno, sólo uno: “Jamás, jamás, jamás con ese”. Usted me entiende. Esos eslóganes están hechos para lo contrario que un aforismo: con ellos no hay que pensar (al contrario, suelen poner de bastante mal humor), basta con creer, son cosa sólo de la fe. Todo lo contrario que el aforismo por antonomasia, Sapere aude (“atrévete a  saber”), únicamente superado por el atrévete a explicártelo y el atrévete a contarlo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de febrero de 2020] 

8 février 2020

Dos fotografías campestres

No sé por qué la de hoy 


Pedro Sánchez y su gobierno, en familia, en la finca Quintos de Mora 


le ha recordado a uno la de ayer, será seguramente por el número.
Franco, miembros de su gobierno y su familia en la finca de Santa Cruz de Mudela.

3 février 2020

Río arriba

EN su larga marcha hacia Kafiristán Danny (Sean Connery) y Pecky (Michael Caine) se ven obligados a pactar con un tiranuelo local. Fue esta una licencia de John Huston en El hombre que pudo reinar, basada en un relato de Kipling. A este satrapilla simpático le preguntan cuáles son sus enemigos. El hombre, sin dudarlo y dolidísimo, dispara: “Los del pueblo de al lado; cada vez que bajamos  a bañarnos, nuestros vecinos se mean río arriba”.

Algunos políticos de León están dolidísimos de ver cómo sus colegas de Valladolid llevan orinándose cuarenta años en el río de la historia y de los presupuestos, y recuerdan que León tuvo veinte reyes antes que Castilla leyes. Atajando razones: allí acaban de reclamar su separación de Castilla-León, quieren ser sólo León. 

Como uno ha sido de León, me han preguntado por ese asunto en un periódico local. Si el pueblo leonés votara un día eso, yo sería considerado un extranjero, porque al no vivir en el territorio ha dejado uno de ser del pueblo leonés y aun leonés a secas (aunque, la verdad, no creo que lo notáramos ni el pueblo leonés ni yo). A estas alturas es inútil recordar que el problema de los nacionalismos son las desigualdades, injusticias y enfrentamientos civiles a que dan origen, si acaso no nacen de ellas, y que las desigualdades, entre ciudadanos libres e iguales, se combaten con ideas, no con sentimientos. Da igual. A tal grado de ensoñación hemos llegado. Lo mejor de las parodias es que pueden mostrar lo ridículo de muchas cosas presentadas con solemnidad y patetismo patrióticos, por lo mismo que una caricatura puede ser más expresiva y exacta que un retrato fotográfico. Tendría gracia ahora que la Unión Europea empezara a tambalearse por el Barrio Húmedo leonés, reputado por sus tabernas y origen de mil micciones. Nunca supimos si aquel primer partido nacionalista se llamaba Sólo León o León solo. Esa anfibología era simpática, no obstante,  pero hoy vemos que también era mentira: quieren formar la nueva comunidad autónoma con  Zamora y Salamanca, provincias a las que, naturalmente, no han preguntado si quieren esa unión. Si fuera posible me haría zamorano, por sedicionarme yo también, aun a sabiendas incluso de ver cómo algunos de mis antiguos paisanos han emprendido la marcha ya hacia la parte alta del río.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de febrero de 2020]

26 janvier 2020

Un mandato

DE las cosas que encontramos en el Rastro cada domingo y que compramos (o no, pero que nos acompañan unos instantes), más que ellas, digo, valora uno las historias que traen consigo. Los libros son especialmente un nido propicio para esos elocuentes documentos: una carta; un billete de banco hace tiempo fuera de curso y que acaso alguien depositó allí esperando rescatarlo en momentos de penuria, olvidándolo al fin; la ceniza de un cigarrillo, testigo de la soledad o la dicha de quien lo leía; la fotografía de alguien, a todas luces ya muerto, cuya mirada cifra un mensaje póstumo, misterioso, indescifrable... 

Hace unas semanas compré la Guía práctica del compositor tipográfico, «formada por Juan José Morato con la cooperación de varios señores» y editada en Madrid en 1900. Morato era, como tantos tipógrafos, socialista. El interés del libro, un clásico del genero, puede que sea restringido, no así el tono, propio de un hombre perfeccionista e inteligente. Escribió también una biografía de su amigo y compañero de oficio y de partido Pablo Iglesias. Nació en Madrid en 1864 y murió en Moscú en 1938. ¿Qué razones le llevaron a Moscú antes de acabar la guerra civil siendo ya un hombre viejo? No he logrado averiguarlo, pero seguro que alguien conocerá la razón...

Y si esa Guía es una cumbre de los tratados sobre el noble arte de la tipografía, aún lo es más la dedicatoria con la que vino ese viejo ejemplar del Rastro. En la anteportada, con letra redondilla y pendulada, alguien ha escrito a mano «Es propiedad de Juan Martínez», y al volver la página, en tinta negra, con caligrafía distinta, suelta y firme, esto otro: «A mi hijo Julián Martínez y Díaz. No vendas ni abandones este libro mientras en este oficio honradamente ganes para comer. Es mandato que desea no olvides tu padre Miguel Ángel Martínez. 2/7/1916». Cuánto amor y respeto hay en esas palabras, hacia su hijo, hacia su oficio, hacia la vida honrada... ¿Qué pasó entonces? ¿Desoyó Julián el mandato de su padre, vendió el libro, lo abandonó? ¿Tuvo que cambiar de oficio? ¿Qué fue de la vida de todos ellos? Este otro misterio, en cambio, nunca se resolverá, y es justamente el que importa. La nuestra, la tuya y la mía, se están también escribiendo ahora a la vista de todos, y a la vista de todos será irresoluble un día, pese a la letra clara, suelta, firme.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de enero de 2020]

19 janvier 2020

Una entrevista en Joyce

¿Se ha dado cuenta de que el ser humano es el único animal capaz de ser artista?

No sé. Acaban de subastarse las últimas obras de Congo, el simpático chimpancé británico muerto en los años sesenta de quien ya compraron cuadros en su día Picasso y Miró.

 Además de su trabajo, ¿qué da sentido a su vida?

Cualquier cosa importante o insignificante que no destruya la intimidad.

¿Cuál es para usted el verdadero marcador del éxito?

No echarlo en falta.

 ¿A qué ha tenido que renunciar para lograr la excelencia?

La excelencia no quita nunca, da.

¿La creación es también un combate?

Al contrario, en la creación suele haber siempre algo fácil y feliz. Y en todo caso, no ponerse medallas.

¿Qué temas le preocupan de nuestra sociedad actual?

Que Europa deje de ser lo que le ha costado tanta sangre, un lugar ilustrado y en paz.

Reconozcamos que somos una especie frágil que necesita toda clase de artefactos y objetos para sobrevivir. ¿Cuáles son sus imprescindibles, sus favoritos?

Me apenaría no poder leer un libro ni oír música. 

En esta época tan dura y desorientada, ¿cuáles son para usted los placeres elementales y esenciales que le permiten conservar y acrecentar su vitalidad, su optimismo, sus ganas de vivir?

Leer, oír música, pasear solo por el campo o entre la gente en la ciudad, hablar con un amigo, estar con las personas que quieres…

Selfies, fotos… ¿por qué enseñar imágenes es más frecuente hoy que comer con los amigos? ¿Por qué no hablamos, no nos acercamos?

De acuerdo, pero gracias a las imágenes, el cine, las series, la tele, la soledad es menos triste hoy para millones de seres desdichados.

¿Cómo andan sus cinco sentidos? Hagamos un pequeño repaso. ¿Cuáles tiene más desarrollados y por qué? 

De viejos se atrofian o estropean todos, de modo que le prestamos más atención al sexto, al que llamamos experiencia, una especie de potenciador de los otros cinco. Pero para qué engañarnos, lo mejor de la juventud es precisamente tener los cinco como nuevos.

¿Es usted nómada o sedentario?

Cuando estoy sentado, trabajando, suelo estar lejos; y cuando ando lejos, sólo piensa uno en volver y estar sentado, trabajando.

 ¿Tiene usted una isla como Robinsón, una cueva como Platón, un jardín secreto, un refugio solo suyo?

Sí. Y como es solo mío, ¿para qué va uno a dar más detalles?

Si le enfrentásemos a un mapamundi, ¿dónde se posaría su dedo?

Exactamente donde estoy ahora.

¿Cuándo se hizo usted adulto?

El día que vi mi primer muerto. Era un niño de tres o cuatro años. Yo tenía cinco o seis. Él estaba en una caja blanca y lo habían vestido con un trajecito negro de viejo, con su corbata y todo.

¿Quiénes son sus enemigos íntimos?

En la intimidad no hay enemigos, todos van en la misma dirección.

Vamos a comprometernos: ¿cuáles son sus tres ‘síes’ y sus tres ‘noes’?

Síes: libertad, igualdad y fraternidad. Noes: cerrilismo (en cualquiera de sus dos manifestaciones: nacionalismo, populismo), pesimismo y resentimiento. 

Vivimos en una época de usar y tirar. ¿Es usted conservador, acumulador, ‘desperdiciador’?

De viejo se descubre el placer de la austeridad y se es conservador por naturaleza, sobre todo porque quiere uno conservar la vida

¿Era todo mejor antes?

Sólo cuando pensamos en las personas queridas que se han ido. En lo demás, mejor ahora. El presente es imbatible: permite además recordar el pasado y planear el futuro.

¿Cuáles son sus 7 maravillas del mundo y en el mundo?

Cualquiera que haga que nos sintamos inmortales, aun por un segundo. Y de esas hay, no 7, 7.000 cada día.

¿Cuál es su locura personal favorita?

Levantarme a las siete los domingos para ir a Rastro desde hace más de cuarenta años.

¿Se lleva bien con su sombra?

Bastante bien, sí, hablamos mucho. Pero no escucha.

¿Hasta dónde llegaría usted para tener éxito?

Ni a la esquina. Uno es más de rincón.

¿Cree usted que conseguiremos un futuro sereno para la humanidad?

Tenemos un presente bastante mejor que el presente de todos nuestros antepasados. El Ricardo III de Shakespeare hoy diría: «Mi reino por una aspirina».

¿Sabe usted perder?

Eso es como montar en bicicleta, no se olvida.

¿Y ganar?

Ganar lo hace cualquiera, por eso todo el mundo juega a la lotería. En ganar hay siempre algo plebeyo, qué se le va a hacer.

¿De qué no vale la pena hablar?

De lo que no se sabe, de lo que no hace falta y de lo que ya sabemos. 

¿Con quién o quiénes se toma usted sus distancias?

Con los que no se acercan.

¿Cree usted como Wolinski que la risa es el camino más corto entre dos seres?

Sí, y escama que Jesucristo llorara tres veces, y que no se riera nunca.

¿Tiene usted una asignatura pendiente?

Escribir algo que le guste a un niño.

¿Es usted militante o activista de algo?

No, pero si me llaman por una buena causa, voy, hablo, firmo. No sirve de nada, pero lo hago. Sirve de menos no hacerlo.

¿Corre usted riesgos alguna vez?

Al vivir a la intemperie no he tenido esa sensación. 

¿Lo bello está en crisis?

Nunca lo ha estado. Se salva siempre de manera providencial. Quizá porque es cosa de pocos.

¿Cómo se lleva con la inteligencia artificial?

Mucho mejor que con la imbecilidad natural.

¿Los fracasos enriquecen?

Los fracasos y los éxitos son como un perfume, el mismo nunca huele de la misma manera en dos personas. El fracaso a unos los ennoblece y a otros los envilece. Y lo mismo los éxitos.

¿Cuéntenos una pesadilla recurrente?

Que uno de los dos se muere antes que el otro.

A qué juego le gustaría jugar?

Al veo veo. Es lo que hacen los poetas, los vates: vaticinar, ver el futuro.

¿Qué le asombra actualmente?

Lo tontos y vanidosos que pueden llegar a ser algunos políticos (y políticas).

¿A usted la soledad cómo le gusta?

En invierno, con chimenea; y en verano, con luna llena.

Un encuentro determinante en su existencia… Con el pintor Ramón Gaya.

¿Qué sería usted si fuera…

Un perfume…  el de una pradera una mañanita de San Juan.

Un lugar… Las Viñas, en el campo extremeño.

Un detalle… La errática luciérnaga en una noche de verano de ese lugar.

Un sonido… El de los ociosos abejorros rondando.

Un objeto… El reloj de sol, con su inscripción: “Sólo marco las horas apacibles”.

    [Publicada en Joyce, enero de 2020]




13 janvier 2020

Tontos, cínicos, pícaros

LA noticia pasó desapercibida para muchos: hace unas semanas se subastaron sus últimos cincuenta cuadros, del total de cuatrocientos que pintó, calificados por la crítica dentro del estilo “lírico abstracto impresionista”. Como no hay mayor abstracción que el dinero recordemos que sus obras alcanzaron a mediados del siglo pasado una media de 6.000 dólares, si bien una de ellas llegó a la lírica suma de 25.000. La casa de subastas estimaba que en la actualidad esas cincuenta obras llegarían en total a los 220.000 euros, lo cual indica que su lirismo está yendo paulatinamente a la baja. 

Picasso y Miró, si es verdad lo que recogen los periódicos y no un fake como lo de que España es el segundo país en muertos en las cunetas después de Camboya, tenían obras suyas. Picasso, que la había comprado a tocateja, la tenía colgada en su estudio, y Miró, más astuto, más agarrado o más pobre, la habría cambiado por dos dibujos. No sabemos si Dalí  también, pero cuando vio sus pinturas dijo que “el verdadero humano es Congo, y Jackson Pollock, un animal”. Porque se me había olvidado informar que estamos hablando de Congo, un chimpancé al que su entrenador, el biólogo Desmond Morris, adiestró para que ensuciara lienzos a brochazo limpio.

Congo pasó a mejor vida, así de cruel es la naturaleza, aunque no tanto como para no resarcirle antes  a su dueño y a sus herederos del dolor de tan gran pérdida con las ventas de sus experimentos. ¿Y a qué se parecen los cuadros del “simpático chimpancé británico”, como lo llama la prensa? Tiene uno, claro, la duda de si un chimpancé goza del derecho a ser considerado británico, o sea, si puede pertenecer a la nación británica o ser admitido en ella, por mucho sentimiento que haya plasmado en sus pinturas, pero concedámoslo en atención al lejano parentesco que nos une a todos los humanos con la nación simiesca, hoy casi mayor que con la nación británica. ¿A qué se parecen esas pinturas? Recuerdan a todas las que suelen hacer los famosos que sienten tardíamente la poderosa llamada del arte (toreros, folclóricas, futbolistas), y anonada, claro, el oportunismo de Picasso y Miró. ¿Es posible que creyeran de algún valor artístico esas pinturas o eran sólo unos pícaros, como muchos? Y los que hoy avalan en verdad tantos disparates, lo mismo: ¿tontos, cínicos, pícaros? ¿Todo en uno?

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de enero de 2020]

6 janvier 2020

La muerte del espontáneo

Como cada principio de año, cambia el nombre de la sección donde se publican estos artículos del Magazine de La Vanguardia. Veníamos de Fuera de carta y vamos a El arte de la fuga.

* * *

RESULTA extraño que la palabra “taurino” no forme parte ya de  esos calificativos que se oyen hoy en ristra, a todas horas: machista, españolazo, casposo. Cada época tiene sus denuestos preferidos como también sus latiguillos y abretesésamos providenciales. ¿Quién que quiera ser algo en este mundo no se declarará progresista y transversal? En cambio, ahí tenéis a los pobres taurinos teniendo que bajar la voz y disimular su afición, como delincuentes y apestados. Por eso ha leído uno con tanto interés las historias y ensayos de La muerte del espontáneo, de Manuel Arroyo. 

Aunque no entendiera de toros, de joven me gustaba mucho ese mundo. Iba a las plazas y leía las crónicas y los grandes libros de toros, como el de Chaves Nogales sobre Belmonte o los antitaurinos de Eugenio Noel, admirables. Luego un buen día, hace más de treinta años, dejé de ir. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque tenía uno que soportar cien corridas tediosas sin duende. Sin embargo, me dejaría la vida defendiendo el derecho de quienes quieren seguir yendo a los toros a ver lo que uno iba buscando de joven. Galdós y los del 98 fueron poco taurinos, los del 27, en cambio lo fueron mucho. Arroyo, apoderado de Rafael de Paula y editor de Bergamín, publicó hace tres o cuatro años uno de los libros más emocionantes de su generación, Pisando ceniza. Tenía setenta años y era su primer libro. Este es el segundo. Los escritos taurinos se prestan a los alamares y al adorno tremebundo, propios de ese ambiente irrespirable y loco en que sólo se habla de toros y se fuman puros. Este libro es lo contrario... No sé explicarlo, como si se lo hubieran pedido a Juan Rulfo: sobrio, sencillo, triste. Sin chicuelinas, sin adornos, escrito todo él, lo más difícil, al natural. Van pasando sus páginas al trantrán y al final te das cuenta de que no te están hablando de toros ni de toreros, sino del amor y de la muerte, y de la soledad.  

Después de tantos años alejado del planeta de los toros, como lo llamó Díaz Cañabate, me ha gustado volver a él por este libro. Escribiendo estas impresiones quizá me redima de mi delictivo pasado taurino, porque yo, lo confieso, lector, lectora, llevo ya un tiempo queriendo ser multidisciplinar y, si se me diera bien, transversal (de lo de progresista, viendo la terna, igual estaría bien ir cortándose la coleta). 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de enero de 2020]

2 janvier 2020

Tasando votos

Estos artículos se escriben y publican con semanas de diferencia. Cuando se escribió este no pensaba uno que cuando se publicara iba a tener esta actualidad: ochocientos cincuenta mil votantes catalanes, un 3,61 %, han anunciado que trabajarán codo con codo con Pedro Sánchez y desde el Parlamento para acabar con los derechos de todos los españoles y del Estado de derecho ("volveremos a intentarlo" han reiterado después de que la primera intentona haya llevado a la cárcel a los cabecillas). Cuando Upyd pidió el cambio de la Ley electoral ninguna de las dos mayorías le hizo caso. En su día también lo pidieron las de Unidas Podemos, pero seguramente pensarán que ya no hay ninguna necesidad de cambiarla, toda vez que que con menos votos que nunca van a obtener una vicepresidencia y cuatro ministerios.


* * *

HACE bastantes años un escritor de mi tierra publicó un célebre artículo que se titulaba más o menos ˝En Babia”, cuyo resumen es este: “Mientras yo estoy aquí en Babia (una de  las comarcas más bellas de aquella región), ahí tenéis a los escritores de Madrid trepando por la cucaña, zancadilleándose y atropellándose en pos de prebendas, premios, honores...”. Yo era entonces uno de esos “escritores de Madrid”, bastante solitario y, desde luego, sin prebendas, premios ni honores, y me llamó mucho la atención aquel artículo, porque a su autor,  más joven que yo, ya le habían dado, desde Madrid, claro, una cantidad considerable de premios y rosas naturales en atención a que vivía en Babia (naturalmente se trasladó a Madrid en cuanto tales beneficios se lo permitieron). 

Cuando se redactó la ley electoral a la que aún nos atenemos, se tuvo en cuenta a todos aquellos que vivían en Babia, lo que hoy ha dado en llamarse la España vacía o la España vaciada, validando la división en provincias del siglo XIX. Ello dio carta de naturaleza a una desigualdad ya secular: en Madrid son necesarios 180.000 votos para obtener un escaño, y en Soria bastan 45.000, o sea, en proporción de uno a tres. Se trataba así de paliar el ostracismo de las zonas menos pobladas y más aisladas, del que se han beneficiado de paso regiones en absoluto despobladas u orilladas, como las provincias vascongadas y catalanas, entre otras.

El caso es que algo ha cambiado radicalmente desde entonces: gracias a internet hoy todos estamos igual de conectados y los billetes de avión de León a Bolonia o Frankfurt pueden costar menos que los de Madrid a Valladolid en tren, y el parque móvil ha aumentado tanto que la movilidad de la población recuerda mucho la boca de un hormiguero. Quiero decir que los que hasta ahora estaban en Babia  saben y viajan tanto o más que los que no tenemos otra que quedarnos en Madrid, a a menudo con cara de panolis por “las cosas que hemos visto”, que decía Falstaff. Así pues, tal vez ha llegado el momento en que el voto de una o un babieco, soriano, vizcaíno o geronés (saludos, amigos) valga tanto como el mío (con perdón). Y lo digo no por egoísmo, sino por humildad: en absoluto se siente uno tres veces más inteligente, premiado ni generoso que ninguno de ellos.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de diciembre de 2019]