28 de diciembre de 2017

Veletas nuevas

ESTAS son las seis nuevas veletas, recién venidas de Granada. No sé cuándo llegarán a las librerías. En los próximos días, supongo. Siempre sucede de la misma manera, libros, panes. Recién salidos del horno, se van tras de ellos los ojos, y apenas nos atrevemos a abrirlos, no tanto por temor (a que no estén todo lo bien que quisiéramos), sino por la mera contemplación, como se mira desde un otero, en panorámica, la ciudad a la que vamos a entrar.


23 de diciembre de 2017

Star system

LA ley de las estrellas de cine y de teatro, la que rige su trabajo y sus vidas, es a menudo una ley pugnaz y sórdida. Una máquina de picar carne tiene más nobleza, dignidad y corazón. Se sabía desde la noche de los tiempos, pero sólo ahora ha salido a la luz. Más de setenta mujeres han acusado públicamente de abusos sexuales a Harvey Weinstein, todopoderoso productor  de cine. Casi una veintena de hombres ha hecho lo propio con el actor Kevin Spacey. Cuando ocurrieron tales hechos la mayor parte de las víctimas (muchas hoy conocidas actrices y actores) eran jóvenes y estaban en el inicio de sus carreras profesionales, y los ultrajadores eran personas poderosas, con influencia y prestigio suficientes como para imponer la segunda ley de las estrellas: la del silencio.

Uma Thurman no ha sido una de las primeras en romperla (antes lo hicieron Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie o la exnovia de Tarantino Mira Sorvino), pero sí una de las que lo ha hecho de manera más amarga: “¡Feliz Acción de Gracias a todos! (excepto a ti, Harvey, y todos tus retorcidos conspiradores. Me alegro de que esté ocurriendo lentamente, no te mereces una bala)”. Al referirse a los “retorcidos conspiradores” aludía a Tarantino, quien después de haber escurrido el bulto para defender a su colega, no ha tenido otra que reconocer: “Sabía lo suficiente como para haber hecho más de lo que hice”.  

Como ocurre a menudo, hay quienes han tratado de convertir a las víctimas, además, en culpables: “¿Y por qué no lo denunciaron antes, cuando ocurrió todo, hace diez, quince, veinte años?”. Naturalmente es una pregunta que puede responderse, pero no deja de ser una bajeza formulársela, y una insidia. Al contrario, las señoras Thurman, Paltrow, Jolie o Sorvino  parecen estar dirigiéndose a las víctimas de ahora mismo, porque la de los abusos sexuales fue y es práctica común no sólo en Hollywood, ayer, sino en París, Roma, Delhi o Madrid, hoy mismo, ahora, y más allá del mundo del cine, allí donde hay un joven o una joven inseguros, con miedo a perder su trabajo o creyendo  que podrán minimizar los daños  (¿y quién, en su juventud, no ha podido cometer un error parecido alguna vez?), y allí donde haya un miserable que sólo puede obtener a la fuerza lo que no merece ni por compasión, esa bala.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de diciembre de 2017]

19 de diciembre de 2017

No habrá diván para todos


QUE los dirigentes separatistas catalanes forman hoy una chirigota de Cádiz no ofrece la menor duda, al menos para una mayoría de españoles y buena parte de catalanes. Una de esas chirigotas en la que sus integrantes comparecen uniformados, pero a los que se ha dado libertad de acción, de tal modo que, aunque cantan al unísono, cada cual aspea y gesticula a su antojo de una manera descompasada e histriónica. Eso hace que no sepa uno en quién fijarse, pues, mirando a uno, tememos estar perdiéndonos los ademanes de los demás, que acaso estén haciendo visajes más chocarreros aún, empeñado cada cual en atraer sobre sí la atención del público y a expensas, claro, de sus compañeros de chirigota, que también están haciendo lo propio. JpCat, Erc y Cup parecen cantar lo mismo, pero lo cierto es que cada formación reclama para sí el favor del electorado con aspavientos singulares.Terminada la función, los chirigoteros arrojan en un cesto sus disfraces y retornan a su rutina, hasta el año siguiente, conscientes de que parte de su éxito depende de la brevedad de su actuación y lo espaciado de sus apariciones públicas. En Cataluña sucede al revés. Que los separatistas no quieran dejar el escenario se comprende, incluso que traten de cerrar las puertas del teatro para que nadie del público pueda irse, pero ¿que se les aplauda?

Es comprensible también que los que declararon la república independiente de Cataluña, algunos encarcelados y otros huidos, se resistan ahora a abandonar su propósito. Les van en ello “vida y peculio”. ¿Las leyes, la Constitución? La repúplica es su última esperanza de burlar la cárcel, volver del destierro y saldar sus deudas con Hacienda. Fuera del 3% hace mucho frío. Un buen programa. Puigdemont pasaría de ser considerado un tipejo ridículo a tener una estatua en el parque de la Ciudadela (con un brazo levantado, señalando el camino al “poble de Catalunya”). ¿Por qué no podría suceder algo así? ¿Podía alguien imaginar hace sólo tres años que Ada Colau sería alcaldesa de Barcelona? Es cierto que la mayor parte de los dirigentes independentistas jamás creyeron que la independencia fuera viable. Da igual. Ellos viven de hacérselo creer a otros. Y llegados a este punto, la política es ya un juego de azar rudimentario, como las chapas: cara o cruz. O todo o nada.

Lo resumirían aquellas palabras de Manuel Benítez El Cordobés, dichas a su hermana e inspiradoras del título de un famoso bestseller: “O te compro un piso o llevarás luto por mí”. El pisito, Cataluña. “¿Que hay que seguir con los embustes? Se sigue. ¿Que hay que sostenella y no enmendalla? Se sostiene y no se enmienda. ¿Que en Europa y en España nos llaman espantajos, tarascas, mamarrachos? Que nos lo llamen; más cornadas da el hambre, Bruselas, la cárcel, Hacienda. Todo, incluido el ridículo, antes que responder ante la ciudadanía de nuestras fechorías parlamentarias, constitucionales, económicas y sociales, todo antes que hablar de nuestro golpe de Estado, de las empresas que se fueron por nuestra mala cabeza, de las familias que hemos roto, de la peste que hemos traído a Cataluña. Nada de esto importa”.

Conviene recordar a quienes proclaman que el procés ha muerto, que la matraca hoy del 155 y los “presos políticos” es el procés por otros medios. Les hemos visto y oído debatir imperturbables y cada día más fúnebres, acaso porque cada día se ven más cerca del luto que del pisito. Miran a sus interlocutores con semblante marmóreo, como retándoles con un “pregunta lo que quieras, que te responderé lo que me dé la gana”: “¿Fuga de empresas? Sí, azuzadas por el Estado, que trata de humillarnos por ser Cataluña  la nación más civilizada de Europa, representada hoy en España por el franquismo. ¿Fractura social? Desde luego, causada por el 155. ¿Constitución? ¿Pero cómo aceptaremos una constitución que nos aporrea y encarcela?” (y el juego que no le habría dado a Marta Rovira, la dolorosa, ese baño de sangre que ella parecía estar exigiéndole al Estado, acusándole de ello sin pruebas). Podrán, pues, los independentistas no tener un programa electoral, pero esas son las argucias con las que tratarán de ganar las elecciones. Muchos se preguntan: ¿Pero puede haber alguien que se crea estas cosas? Entre uno y dos millones de catalanes.

Yo, que diría Churchill, no los conozco a todos, claro, sólo a diez o doce: amics, coneguts i saludats. Algunos de ellos votaron el 1-O al ver las cargas policiales. Hasta que las vieron no pensaban votar, arguyeron. Gente culta, pacífica y honrada. Colegas, escritores, editores, profesores, libreros de viejo y de nuevo. Nuestro mimado mundo de pastaflora. Gente que prolonga el saludo mientras te calumnia y te desprecia, lo que nunca pensó uno que vería. Personas que aseguran que Cataluña no es Murcia (“y, entiéndeme, me caen genial los murcianos”). Gente convencida de que el aire que se respira en el resto de España es africano (“y a mí me encanta Marraquesh”). Personas que se ofenderán si les hablas de fascismo, xenofobia y supremacismo. Que dirán que la inmersión lingüística en la escuela es un acierto y se desquiciarán negando la existencia de adoctrinamiento. Y que te piden con una sonrisa de Esfinge, pactado, lo que antes no pudieron robarte, el derecho a decidir (que no podamos decidir todos los que tenemos derecho a ello), al tiempo que lees en su mirada: “A ver cómo te convenzo de que me des de grado, y a cambio de nada, lo que no he podido obtener hasta ahora por la fuerza”.

Cuando al fin se llega al argumento estrella (“No hay en España cárceles suficientes para encarcelarnos a todos; no se puede encarcelar a todo un poble”), reconoces que todo está perdido.  Y eso también es mentira. Hay cárceles de sobra, no hay un solo poble de Cataluña y prueba de que en España no existen presos políticos es que hay entre uno y dos millones que pueden decirlo libremente sin tener que ir a la cárcel. Votarán lo mismo, pero ninguno tendrá excusa ni podrá decir: “Nosotros no sabíamos, nadie nos advirtió”. Ni siquiera los que no son ni cultos ni formados ni informados. Están en el “si Cataluña no es para nosotros, no será de nadie, y menos de España”. No se resignan a que la función acabe, quieren cerrar el teatro, bloquear las puertas con los tractores, proseguir la chirigota. Es posible, no obstante, que algunos de ellos, para sobrevivir, un día reconozcan el daño causado y decidan tumbar su narcisismo en el diván del psicoanalista, acomodando su relato. Y si quiero creer que esto sucederá es porque algunos de ellos son mis amigos, aunque a días lo que le pida a uno el cuerpo es lo que antes ya han hecho tres mil empresas de Cataluña: sacar mi corazón de allí y ponerlo en otra parte. Quiero decir que a este paso todos vamos a necesitar un diván. En un país democrático el problema no son las cárceles, sino que no haya divanes suficientes para todos.

      [Publicado en El País el 19 de diciembre de 2017]



16 de diciembre de 2017

JLGMartín y la cochambre

HA publicado JLGMartín una reseña de Mundo es. Sus opiniones literarias, políticas, ortográficas o tipográficas son ahora irrelevantes, elogiosas o críticas, y para mí no tienen interés. Algunas otras, sustentadas en citas manipuladas y sacadas de contexto, pretenden sólo la intoxicación, y son risibles. Van aquí completas esas citas y, para la contextualización de una de ellas, este enlace a una carta mía publicada en El País en 1998, donde aparece el fragmento de GdBiedma, cuya pederastia ha querido encubrir y disculpar  a toda costa GM., escamoteándolo y finalmente vetándolo con cinismo: (“Sólo fue pederasta, que se sepa, en una ocasión y en su juventud”, ha dicho GM., como el obispo que declara ante el papa: “Pero si solo fue con monaguillos y ¡hace ya tanto!).

1: "Al contarle luego a M. todo lo sucedido en un trayecto de apenas veinte minutos y menos de dos kilómetros, me dijo con aire circunspecto: «Menos mal que eran dos chicas, porque de haber sido chicos, podrían haberte dado una paliza al ver el dinero, pensando que les ofrecías otra cosa». Ni se me había pasado por la cabeza. Decididamente la novelista es ella. Uno no da más que para hechos, sólo hechos". 

2: "Se dirá que Proust no habla de un hombre o de una mujer, sino del deseo amoroso, común a todos, y es cierto, eso lo hace como pocos. El deseo va más allá del género. Pero el deseo, para que sea verdaderamente universal, ha de encarnarse en un particular. Y ese particular ha de ser hombre, mujer u homosexual, en todas las proporciones que se quiera (alguien es más hombre que mujer, o más mujer que hombre, u homosexual, siendo heterosexual, etcétera), ya que el deseo no siempre es «puro»".

y 3: "Hace años, y a ­propósito de la pederastia del poeta GdBiedma, cruzamos RR. y yo en La Vanguardia un par de cartas curiosas. Ella no lo defendía, claro, por pederasta, a tanto no se atrevía (en el fondo, la pederastia de un amigo le daba lo mismo, siempre que no se cebara con sus nietos), sino por creer que a un «gran poeta» amigo suyo, inteligente y rico, se le debe tener una consideración y disculparle como excentricidades lo que en otros serían delitos".

Y como se dice en esa reseña: sin comentarios.
Bueno, sí, uno, pero pequeño, como recuerdo. Su reseña dio lugar a un centenar de intervenciones, unas jocosas, y casi todas escandalizadas por la doble moral del reseñista y favorables con la obra reseñada. En ellas la gente se tomaba a pitorreo la incapacidad del reseñista para la lógica, el pensamiento abstracto y la rectitud intelectual, y también al propio JLGM., que no quedaba mejor en esos comentarios que el padre Ladrón de Guevara (el de Novelistas malos y buenos). No es de extrañar, pues, que haya querido suprimirlos, porque pocas veces eran tan patentes la estupidez y el retorcimiento bizantino. Lo que llama la atención es la nota:
"He decidido limpiar este lugar, que se había llenado demasiado de basura. Dejo solo los dos comentarios del autor que completan las citas que hago de su diario en mi reseña. Luego, que cada uno saque sus conclusiones. Y pido disculpas por haber contribuido a que estos comentarios se llenaran también de "chapapote”.
En efecto, si suprimió los comentarios (él, que se pasa la vida presumiendo de no alterar la realidad, como testigo fiel de ella), tenía que haber suprimido también su reseña, un monumento a la cochambre y al chapapote, si acaso le quedara un poco de la susodicha rectitud intelectual (añadido del 27 de diciembre de 2017).

10 de diciembre de 2017

El mapa del tesoro

PUEDE visitarse estos días en la Biblioteca Nacional una exposición fascinante. Volveré a verla cuantas veces me sea posible. La han titulado “Cartografías de lo desconocido”. Es una exposición prodigiosa de mapas, el mundo en toda clase de mapas con toda clase de representaciones en toda clase de tamaños y soportes. Pasar a un papel un país o un continente fue en tiempos tanto o más arduo que la creación de ese país o el descubrimiento de ese continente. Hasta llegar a los caballeros del punto fijo (aquellos  científicos que cargados de toesas y teodolitos recorrieron América fatigando la invisible línea del Ecuador), el hombre  necesitó de toda su capacidad de abstracción para representar en dos dimensiones lo que tiene tres. Un milagro no menor que el del niño que quería, ante la mirada perpleja de Agustín de Hipona, meter con una venera todo el mar de Cartago en un hoyo de la playa.

Decía Unamuno, cuando romanceó los ríos castellanos, que los nombres “geográficos y los toponímicos llevan un paisaje, y a veces basta sólo con oír la palabra para adivinar lo que pueda ser la tierra que recibió aquel nombre”. Esto mismo lo sabía bien Emily Dickinson. Nació, vivió y murió en Amherst, pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra, y acaso por ello mismo necesitó viajar en sus poemas al Teide y al mar Caspio, al Himalaya y a Italia, sinónimos para ella de dicha y libertad.

Me recuerdo de niño (y el recuerdo lo comparten otros) leyendo en el dial del viejo aparato de radio familiar los nombres que para mí se asociaron desde entonces a melismas especiados (Tánger, El Cairo), a lenguas de pedernal (Sofía, Helsinki) y a otras musicales (Lisboa, Roma, San Marino). A aquel niño le bastaba el nombre de cualquiera de esas ciudades para transportarse hasta allí como en un cuento de Las Mil y una noches. En esa exposición están los mapas que contienen todos los nombres imaginables, incluidos los de las islas Baratarias que en el mundo han sido, advirtiendo de paso que el mejor amigo del hombre es un mapa. Cuántas expediciones, peligros y fracasos detrás de cada uno de ellos. Miramos absortos, fascinados, minuciosos. Gracias, cartógrafos, por recordarnos que el mapa del tesoro es casi siempre más valioso que el tesoro y el mapa mismo tanto o más hermoso que el país que representa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de diciembre de 2017]

2 de diciembre de 2017

Qué sé yo

Hace siete siglos y huyendo de la peste de 1348, diez jóvenes se refugiaron en una villa próxima a Florencia. Ese retiro les permitió hablar de lo humano y lo divino, dando origen sus cuentos, historias y relatos a un libro  más serio de lo que se cree y menos licencioso de lo que se dice, el Decamerón. Huyendo de la peste actual, seis amigos, no tan jóvenes, nos dimos cita en un paraje idílico de la Aquitania, departamento de Dordoña, distrito de Bergerac y cantón de Vélines. El paraje es extraordinario por su belleza, desde luego, pero tanto o más por su carácter simbólico. Allí nació, vivió y murió Miguel de Montaigne, señor de aquel dominio. Durante unos días conversamos también nosotros de todo lo humano y lo divino, sin evitar los asuntos licenciosos (en realidad de aquello que en política es obsceno). Fueron en verdad dos días memorables. Ni siquiera la tristeza que cruzó de modo pasajero, como pasan los ángeles, algún pensamiento íntimo, nubló la alegría que reinaba en el grupo. Al contrario, acaso fuese esa tristeza la que “acendró la alacridad”, dicho en expresión del señor de la Montaña.

Pertrechado con mi primer Montaigne (unas páginas escogidas y editadas hace cien años en un tomito de viaje que el sabio Alfonso Reyes tenía por la joya de su biblioteca),  nos acercamos a ese lugar que hoy se llama Saint-Michel-de-Montaigne. Él habría sido el primero al que le hubieran hecho gracia esos equívocos guiones que le acercan a la santidad, teniendo en cuenta que “nada de lo humano” le fue ajeno. Sus Ensayos, que debieran retitularse Ensayos íntimos, nos retratan maravillosamente a un gran hombre (no por su estatura) juicioso, divertido, culto, inteligente, noble, desprovisto (casi siempre) de prejuicios, atento a los detalles exactos, sincero (ma non troppo: “no siempre hay que decirlo todo”), leal con el amigo (“porque era él, porque era yo”, así resumió, de modo sublime, su amistad con Étienne de la Boétie) y siempre animoso en el fragor de los negocios, de la política, de la guerra, de la peste (también él) y de unos achaques de salud que a otro hubieran malhumorado o amargado. La vuelta a casa la hicimos pertrechados con una de sus míticas preguntas: Que sais-je? Quien está en condiciones de hacérsela, ya sabe y tiene andado mucho. Nosotros, modestamente, también: la peste pasará.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de diciembre de 2017]

1 de diciembre de 2017

Mundo es

PARECE que ha llegado ya a las librerías estos días de atrás la última entrega del Salón de pasos perdidos. Se la deseo a sus lectorxs corta y larga, como suele decirse. Bien sé los buenos ojos con que la mayoría de ellos las lee. Se lo he agradecido siempre y se lo agradezco ahora. Todos y cada uno de ellos forman parte para mí de ese "a quien conmigo va" que lo dice todo.
Aquí va el prólogo. No te quitará mucho tiempo. Es corto, no sé si largo.

* * *
«Cuando escribo, me las arreglo muy bien sin la compañía ni el recuerdo de los libros, por miedo a que interfieran en mis ideas», escribe Montaigne. Una de las fantasías que más tientan a los hombres inteligentes es la de fingirse sinceros y menos inteligentes de lo que son en realidad. ¿Por qué? Quién lo sabe. En su caso, no hay libro que dependa más de los libros ajenos que esos Ensayos en los que glosó todos los que se habían escrito desde la Antigüedad hasta ese momento. En cambio, se acercó bastante a la verdad al confesar esto (y habría que retitularlos Ensayos íntimos): «Para lo que yo quiero me viene muy bien escribir en mi casa, en una región medio salvaje, donde nadie puede ayudarme ni corregirme y en la que no suelo oír a nadie que entienda el latín de su padrenuestro, y apenas el francés. La hubiera hecho en otro lugar, pero habría sido una obra menos mía. Y su fin y perfección principal radican en que sea exactamente mía». Y declara a continuación que no evita ni los errores de lengua que le son propios ni «ninguna de las expresiones descaradas de las que se emplean en las calles francesas».
La aspiración de Valdés y Cervantes de escribir como se habla se ve que es secular y de cualquier parte, y «que toda afectación es mala», por carta de más o de menos.
Al publicarse Sólo hechos, X y Z, dos buenos amigos, me aconsejaron suprimir los prólogos que van al frente de cada entrega. En el último se trataban asuntos de oficio, si este Spp es o no una novela, y cosas por el estilo... «Mejor el asesinato que la explicación», recordó X, citando a su amigo JBergamín, y añadió: «Haz como Knausgård, y entra directamente en el relato. Su obra es ­extraordinaria. ¿La has leído?». Reconocí avergonzado que no, perdiendo con ello la oportunidad de parecer un hombre de mi tiempo. En cuanto a Z, me aconsejó que debería ir desentendiéndome de las porfías literarias que tanto afean cualquier obra distinguida. 
El caso es que a mí me gustan los prólogos, porque casi nadie les presta atención. Vienen a ser como esos carraspeos de los instrumentos musicales, antes de que salga a escena el director de orquesta. Y si no cuento las cosas que me pasan, ¿de qué podría hablar? Pero estoy de acuerdo con Z: nada me mortifica tanto como formar parte del «mundillo literario». Y qué vergüenza paso cuando en una oficina cualquiera o en la consulta del médico me preguntan qué profesión tengo. Ya casi nunca digo «escritor». Estoy deseando que me llegue la edad para poder presumir de «jubilado». Y claro que podría escribir de otras cosas si llevara otra vida, pero eso significaría que habiendo llevado otra distinta, no habría vivido lo mejor de la mía ni, por descontado, conocido a X y a Z, también del «mundillo», a su pesar. Decididamente, hace uno lo que puede con lo que tiene a mano, «exactamente mío». 
Me parece bien dejar que estos libros se vayan haciendo un poco solos. Comprendo que se les reproche la falta de cultivo o cultivarlos en estos arenales nuestros, pero entiéndase también que quiera yo «sembrar avena loca ribera de Henares». Me gustaría que se tomara esta mía por literatura estival. Y que quede a la orilla de un camino o de un río, alegrando a los que pasan. Si pasan; y si no, ya pasarán. Hay tiempo. 
No cabe por mi parte mayor sinceridad. 

Ilustración de cubierta: dibujo de Javier Pagola

26 de noviembre de 2017

No son trapos

LOS que hayan leído algo a Cervantes recordarán ese momento, tan bien descrito por él: los pasajeros de un barco avistan otro en alta mar. No se ve aún el pabellón que ondea en su palo mayor, pero advierten que esa nave ha aprorado hacia ellos. La angustia crece en el pasaje. Algunos rezan para que no sean piratas berberiscos. En cuanto distingan la bandera conocerán su suerte, su destino de libertad o cautiverio. Las banderas no son trapos, son símbolos, y en ellos está cifrado de una manera sucinta y exacta cuanto representan.

En este misma pagina escribió uno, hace ya años, lo absurdo que era enarbolar una bandera como la republicana que, sobre ser anticonstitucional, no representaba ya nada bueno que no se hubiese alcanzado bajo la actual bandera del reino de España.

El uso de esta última, sin embargo, suscita  entre muchas almas bellas  rechazo y suspicacias. Los que quieren racionalizarlo, arguyen con un subterfugio: “Yo no soy de banderas”, o “Para mí todas las banderas son iguales”. ¿De verdad creemos que son iguales la nazi y la francesa en el París de 1940? ¿La del bajel del arráez Dali Mami y la de una galeota veneciana? Preguntado de otro modo: quienes repudian la bandera española, ¿están, de veras, negando lo que ella representa, una libertad y prosperidad como jamás se han conocido en España y, desde luego, la Constitución democrática que las ha hecho posibles? Claro que al ser las banderas una abstracción, se prestan a veces a lucubraciones y mentiras, más o menos literarias, y puede alguien, por fantasía, tener en su casa una bandera confederada, pero ha que saber que esa también fue la de los esclavistas y la que sigue usando el KKK. Oímos a veces en un arranque melancólico: “Es que de la bandera española se ha apropiado la derecha”. Pues nada, es hora de compartirla, como compartimos la Constitución, las playas, la lengua o la paella. Lo escamante es que los que no han objetado jamás nada a la proliferación de banderas ilegales, se inquieten en cuanto ven una sola legal. A mí me pasa lo que a los personajes de Cervantes: cuando veo en lontananza una bandera pirata, sé que lo probable es que  perderé mi libertad y mis derechos, y eso con la española, no me ha sucedido. Tampoco con la europea, la señera o los pendones de Castilla. Al menos hasta hoy.  Más bien al contrario, recupero el sosiego.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de noviembre de 2017]

18 de noviembre de 2017

Pásalo (un panfleto de FSavater)

EN la reseña de este librito de Savater (Contra el separatismo, Ariel, 2017), no se hace mención, por razones de oportunidad y de espacio, a este pasaje del prólogo ni a la dedicatoria: "A mi chica lista de Hospitalet: libre, española, cosmopolita". Vale la pena reproducirlo entero:

"Finalmente, voy a revelarles el motivo para escribir estas páginas, sobre cuya eficacia pueden creer que no me hago ilusiones y que, en cambio, me han costado un muy real esfuerzo. Es una conversación en el Hospital Clínico de Madrid, una de esas noches interminables en que se va desvaneciendo en sufrimiento la vida, y la muerte se asoma a la habitación cada cierto tiempo vestida de enfermera para cambiar el gota a gota. Quien ha pasado por esas veladas infinitas cree sin esfuerzo en el infierno eterno, pero se le hace difícil imaginar una bienaventuranza capaz de compensarlo. Teníamos la televisión encendida, bajito el volumen, y se repetían sin cesar las noticias del canal 24 Horas. De pronto, alguien mencionó un suceso ocurrido en Hospitalet y ella dijo con su pobre voz rota por las sondas en la garganta, esa voz que había sido tan noble y decidida: «¡Mira, Hospitalet! De ahí soy yo...". En ese momento postrero escogió esa patria, ella que había nacido en la más pobre de las Islas Canarias, para acabar después en San Sebastián, a mi lado. Porque vivió en Hospitalet, también en un barrio humilde, durante el final de su infancia y adolescencia, cuando recorría las Ramblas vendiendo helados para pagarse los estudios y, de paso, ayudar a la familia. Tan hermosa, tan indomable. «¡De allí soy yo!», me dijo. Sí, era una chica de Hospitalet, una mujer íntegra y valiente de la España que no se resignaba a vivir sin libertades. Nadie la echará nunca de allí, ni a ella ni a los que son como ella, mientras yo pueda seguir luchando".

* * *

CADA época en España, desde Quevedo, ha tenido su gran libelista. De los últimos: Unamuno, Bergamín, García Calvo. El de la nuestra es Savater. “No se llamen a engaño: esto es un panfleto. (…) Según la definición de la Rae: «Libelo difamatorio. Opúsculo de carácter agresivo». Me quedo sin duda con la segunda acepción, aunque no niego que pueda haber bastante de la primera”, se sincera en la primeras líneas. Todo buen panfleto es breve, claro, ágil. Este lo es. Como una sucesión de síncopas. Cada una de sus palabras percute sobre la idea precisa y arranca de ella una nota vibrante. Un panfleto ha de llegar también en el momento oportuno. Escrito, como quien dice, en la trinchera, y buscando sacudir, agitar, movilizar. ¿Cómo? Repensando los lugares comunes, arrostrando las mentiras y posverdades, restableciendo la racionalidad. Es decir, uniendo lo que los separatismos diabólicos (del griego dia-bolo, separar)  tratarán de desgarrar, lanzando lejos los despojos.

“Contra el separatismo, no contra el nacionalismo”, aclara también Savater. Importa mucho esta distinción, insistirá. El nacionalismo, constituido por rasgos afectivos (los derivados del concepto “patria chica” o de las secreciones sentimentales), puede incurrir en “la moral del pedo” a la que se refería Ferlosio y a la que alude Savater (“ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno”), pero es más o menos inocuo. Por sí mismo, si no muta en separatismo como el virus de la peste, no causa mayores quebraderos de cabeza. El independentismo es otra cosa: narcisista, tóxico, xenófobo.

El buen panfletista va al grano sin perder de vista la paciencia. De las dotes pedagógicas de Savater hay ejemplos sobrados: Ética para Amador, millones de lectores en todo el mundo. Claro que los adolescentes, lábiles y versátiles por naturaleza, suelen ser más receptivos que los separatistas. Savater, que ha sido además un activista ejemplar contra el terror etarra, parte en su diserto del hombre en la caverna (individuos “diferentes, nunca idénticos”), para llevarlo a la Grecia del demos (el pueblo frente a la polis como institución de lo político), donde aún estamos, donde debiéramos estar como ciudadanos demócratas, libres e iguales: “en la isonomnía, la aceptación de la ley igual para todos, junto al ser capaces de persuadir y ser persuadidos”.

La de la conquista de la libertad y la igualdad es una historia larga. Lo cuenta él de una manera a la que no hay que cambiarle ni una coma: “La democracia nos fue liberando de los condicionamientos que la naturaleza, el azar o la historia habían proyectado sobre nosotros. Eso es lo que quiere decir que los humanos nacemos libres e iguales: que nacemos igualmente destinados a la ciudadanía, con los deberes y garantías inherentes a ella y especialmente con idéntico derecho a decidir la gestión de la sociedad, sea cual fuere nuestra genealogía, nuestra raza, nuestro lugar natal, nuestro sexo, nuestras habilidades, nuestra religión o ausencia de ella (…) Una vez aceptada la ley común, llámese Constitución o como fuere, cada cual es libre de buscar la excelencia o la felicidad como desee”.

El separartismo tratará, no obstante, de arrebatarnos “la ciudadanía que nos faculta para decidir junto a los demás”, con el fin de instaurar, basado en un pasado de “leyendas ancestrales”, un futuro utópico, donde lo identitario se manifiesta como totalitario. Para ello no dudará en servirse de la propaganda (TV3, Catalunya Radio, RAC1 y periódicos afines y condescendientes), de la política lingüística y del adoctrinamiento en escuelas, institutos y universidades. “El separatismo es, sí, un movimiento fundamentalmente antimoderno”, dirá Savater, lo que en palabras de Daniel Gascón quedaría más o menos así:  “La caspa ha cambiado de bando”. Del orden político al psicoanalítico, de la avilantez y la insaciabilidad predatoria (del “España nos roba” al “nos vamos a quedar con todo lo vuestro, empezando por el 3%”), al narcisismo, que es la salida al mar del complejo de inferioridad y su consecuencia inmediata, el resentimiento, Savater no deja un solo rincón en su “donoso escrutinio”. Al fin y al cabo a los independentistas les mueve más que su sedicente amor a Cataluña o a Euzkadi su odio a España y todo lo español.

Y a modo de resumen, como buen pedagogo, este cuadro sinóptico con el que abrochará su panfleto: 1. El independentismo es antidemocrático: “Los portadores de derechos son los ciudadanos, no los territorios”. 2. Es retrógrado: “Porque plantea una ciudadanía basada en el terruño, en la identidad étnica, en la lengua única”. 3. Es antisocial: “El Estado social debe ser fuerte para no admitir más privilegios locales que los que pueden revertir en mayor bienestar para todos”. 4. Es dañino para la economía: En Japón una estampida de bancos y empresas como la que se produjo en Cataluña tras la DUI habría dado lugar al sepuku de todo el gobierno responsable. 5. Es desestabilizador: A río revuelto ganancia de los populistas, antisistemas y Putin. 6. Crea amargura y frustración: “El que pierde a sus compatriotas sufre algo más que un daño administrativo”. 7. Crea un peliogroso precedente: Sí, es Europa la que está en juego.

No es fácil reseñar un panfleto. Su fuerza está tanto en los hechos e ideas que expone como en el modo sucinto de defenderlas. Este, que se lee con avidez y gratitud, reclama de nosotros la acción. Por eso no se me ocurre otra manera mejor de terminar esta reseña que con una sola palabra: Pásalo.

    [Publicado en El País (Babelia) el 18 de noviembre de 2017)

17 de noviembre de 2017

La matraca

SE publica hoy en El País, y aquí, con un pequeño añadido en el último párrafo que llegó tarde para la edición de papel.

“Henos aquí de Pravia”, se dice en La venganza de don Mendo en un juego de palabras que los más jóvenes probablemente ya no entiendan. “Henos aquí de nuevo, donde dijimos”, podríamos decir nosotros en la astracanada que han urdido el Govern y su mojiganga. Pero aunque comprende uno que cuesta no tomarse a broma todo esto, es preciso dejar que las chirigotas y murgas de Cádiz hagan su trabajo, que en los próximos carnavales promete ser glorioso.

Tratemos el asunto con seriedad. No hubo choque de trenes, como anunciaban los agoreros, sino un solo tren embistiendo ciego contra los topes de la Constitución. No hubo algaradas sangrientas, no hubo multitudes impidiendo a la Guardia Civil desalojar al President y a sus consellers, no ardió Cataluña por encarcelar a nadie ni aplicar el 155, ni siquiera los tractoristas han metido la reja del arado en el asfalto de las autopistas, como deseaban. No ha pasado nada de esto, nada de todo aquello con lo que amenazaban si se hacía cumplir la ley. Sólo hemos visto un rosario de actos grotescos, churroreferendos, recuento de votos en las iglesias mientras la feligresía cantaba meliflua el himno de la Moreneta, votaciones secretas en el Parlament, alcaldes levantando sus varas como en un musical del Paralelo, “butifarradas por la dignidad” y, como final de traca, la huida de Puigdemont y parte de su gobierno a Bélgica con el propósito de fundar allí no se sabe si la República de Saló o la corte de Carlos VII. Les han dejado solos incluso quienes los empujaron a este formidable ridículo (bancos, grandes empresas y medios de comunicación afines y mediopensionistas), y a estas horas buscan desesperadamente cómo olvidarse y hacer olvidar su responsabilidad y su propio ridículo. ¿Cómo? Con frases de repertorio: “El poble de Catalunya”, “Todas las ideas son legítimas” y “La culpa de todo es de Puigdemont y Mariano Rajoy”. Ni hay “poble de Catalunya” (a día de hoy contamos al menos con dos “pobles”), ni todas las ideas son legítimas ni la misma responsabilidad tiene el que incumple la ley que el que la hace cumplir.

Pero volver a enzarzarse en las respuestas nos haría perder el tiempo, y de tiempo es precisamente de lo que ahora no andamos sobrados. Dentro de cuarenta días los catalanes están llamados a votar en unas elecciones autonómicas. Estas elecciones son cruciales, tanto que los golpistas han decidido concurrir a ellas, dejando en papel mojado su “matraca” (el presidiario que aplicó esta palabra al “procés” merecería el indulto por ello).

Podría suceder, desde luego, que en estas elecciones vuelva a ganar el independentismo. Entra dentro de lo posible, porque los que han  sostenido durante años ideas tan insolidarias, xenófobas, jactanciosas, tóxicas y narcisistas, blindados en instituciones y dinero público, no es probable que vayan a tener ahora una iluminación subitánea. En unos días no acabará lo que ha sido obra empeñada y tenaz de años. Al contrario. Es posible que algunos independentistas, al menos los más cínicos (o encanallados), reconozcan el desastre social y económico de sus políticas; es posible que otros, la facción de agrarios cejijuntos, alcancen al menos a avergonzarse del papelón que han hecho sus gobernantes capitalinos; y es posible que la mayoría haya respirado aliviada por salir del bucle: al fin y al cabo, a falta de uno o dos muertos el 1-O, el 155 y media docena de presos son una salida esperanzadora. Por todo ello, seguirán votando lo que han venido votando hasta hoy. Saben, desde luego, como Tejero, Armada o Milans, que han perdido, pero acaso sólo piensen en una política de tierra quemada. Parecen estar diciendo: “De acuerdo: no ha sido posible nuestra República, pero ahí os dejamos una Cataluña sin empresas, las familias rotas, la sociedad dividida y dos generaciones de escolares emponzoñadas”. Más o menos como Giménez Caballero al entrar en Barcelona con las tropas de Franco en 1939: “¿Cataluña? La maté porque era mía”. Porque lo que hoy por hoy han demostrado los independentistas, más que su amor a Cataluña, es su aborrecimiento a España y todo lo español (siempre les quedará el Camp Nou).

Oímos, no obstante, argüir por todas partes: “Si se encarcela a los golpistas (o no se libera a los encarcelados), será un error”. Una vez más “la estrategia del apaciguamiento” (AEspada), llevada al absurdo: si no favorecemos al nacionalismo, este se hará más fuerte. Lo cierto es, por el contrario, que hasta hoy el único diálogo que ha dado sus frutos ha sido el mantenido entre el juez Llarena y la señora Forcadell. Nunca la palabra cárcel ha sido tan persuasiva.

A raíz de las célebres cargas policiales del 1 de octubre en Barcelona, algunas personas “que no pensaban votar”, bajaron a hacerlo al ver las imágenes por televisión, como si se hubieran cargado de razón al verlas. ¿De razón? Alguien está viendo en telivisión, en directo, el saqueo del súper de su barrio. Eso exactamente estaba sucediendo en Cataluña el 1 de octubre, un numero elevado de ciudadanos estaba saqueando la democracia española, a manos llenas, felices con el botín. Nada ni nadie se les oponía: “¡Esto es una fiesta! ¡Lo estamos haciendo pacíficamente!”. Era cierto. Robar salía barato y podía hacerse sin riesgo. Al rato aparecieron, pocos para tanta turba, quienes trataron de impedir, con órdenes judiciales en la mano, los saqueos. Indignados, los saqueadores, se enfrentaron a ellos. Se negaban a interrumpirlos. Una anciana recibió un porrazo en la cabeza, un padre puso entre él y un policía a su hijo de dos años. Y la persona que miraba la televisión, horrorizada por ese niño (no por el padre), por la anciana (no por el delito que ella ayudaba a cometer), decidió bajar a la calle en ese instante y ponerse no del lado de los que pasaban apuros defendiendo la ley, sino de los saqueadores, saqueando él un poquito también, nada, una micra, como recuerdo. 

Sí, los resultados de estas elecciones son inciertos. Josep Borrell ha afirmado que si alguna vez en Cataluña el independentismo llega al 75%, tendremos un problema que habrá que resolver con un referéndum pactado. Admitamos que votamos todos los españoles. No lo duden: como en ese referéndum el resultado sería irrelevante para los independentistas (Cataluña es y será de por vida el 8% de los votantes de España), estos y cuantos esperan “cargarse de razón”, sintiéndose víctimas de la estadística, votarían por la independencia, convencidos de que un “ 60% de independentistas catalanes sería suficiente para arrastrar a nuevas fronteras al 40% restante, mientras que un 90% de españoles no lo es para mantener dentro de las de todos a un 2% de separatistas”, como dice FOvejero. Y por eso, aunque sepan que el independentismo es xenófobo, tóxico y por suerte inviable, en Cataluña votarán por él “incluso los que no pensaban hacerlo”, con tal de causar el mayor daño posible a España. Una vez más. Y lo harán, desde luego, pacíficamente, porque hasta hoy causar ese daño les ha salido gratis. Y eso acaso ocurra en las próximas elecciones.

Y henos de nuevo aquí, con la matraca.


12 de noviembre de 2017

El impostor

SIEMPRE he querido hacerlo, pero nunca me he atrevido. Al llegar a un aeropuerto y traspasar las puertas de la zona restringida, nos damos de bruces con la multitud de los que esperan, parientes, amigos, empleados... Esas puertas van bombeando, como olas, pasajeros de diferentes vuelos. A veces, la gente, cansada de esperar, pregunta con impaciencia a los que llegan: “¿Vienen ustedes de Nueva York, de Tel Aviv, de Buenos Aires?”. Entre esas gentes que esperan suele haber tres, cuatro, cinco que levantan un folio o una cartela donde se leen en bien visibles letras una siglas, una empresa, el nombre de una persona: “Mr. Fraser”, “TCC”, “Hotel Ritz”, “Señor Moltó”... Visten por lo general estos chóferes o subalternos trajes oscuros  a tono con la persona que vienen a buscar, que probablemente creerá ser, puesto  que vienen a recogerlo, muy importante.

La idea se me ocurrió hace años, en un viaje a París. Había ese día una huelga de taxis y transportes y el caos en el Charles De Gaulle era completo. En la zona de espera vi varios de esos tipos y entre ellos uno con un “Sr. García”. Me dije: “Mira por dónde alguien me va a llevar al centro; siempre podré decir que a mí también me esperaban para llevarme al hotel”. Entonces se me ocurrió: así podría empezar una novela, alguien llega a una ciudad y se hace pasar por otro y quienes lo esperan lo toman por quien no es, y el enredo continúa. El cine abordó este argumento en una película hilarante, Bienvenido Mr. Chance (Peter Sellers). En ella un simple jardinero acaba de consejero del presidente de los Estados Unidos, quien lo toma por un hombre prudente y sagaz, aunque sólo es un hombre medio tonto, cuya única virtud es hablar poco, no decir nada y dejar que los demás se lo interpreten.

Bien, yo nunca me he atrevido a hacerme pasar por una de esas personas a las que esperan en los aeropuertos, no he tenido esa audacia. Pero hoy sé que otros lo han hecho, otros lo hacen de continuo, mientras los interpretamos. No hay duda. La mitad de los que ocupan un cargo de responsabilidad son unos impostores. Se han presentado diciendo ser los que no son, y todos les creemos. Sólo así puede explicarse su contumaz incompetencia, blindada en la sangre fría con la que llevan a cabo su sostenida estafa, imperturbables.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de noviembre de 2017]

29 de octubre de 2017

Con los ojos abiertos

Tras una regañina, un muchacho, al que esta le ha parecido profundamente injusta, se sube, preso de la ira y como protesta, a un corpulento árbol. Así comienza una de las novelas más prodigiosas de nuestro tiempo. Tras ese inicio fulgurante, Italo Calvino, su autor, nos contará la vida del que llegará a ser “el barón rampante”, alguien que llegó a una edad avanzada sin bajarse del guindo en sentido literal y metafórico ni de otros árboles a los que llegaba a través de sus copas. Podría creerse un argumento artificioso, pero lo cierto es que el lector acaba aceptando todo lo que le ocurre a ese excéntrico personaje como algo que no podría haber sucedido de otro modo.

No es fácil hallar un buen argumento. Pero la realidad está sobrados de ellos. “Todo comenzó hace 28 años cuando  Carmen Jiménez fingió una lesión ocular que le privó de la visión por completo”, nos informaba un periódico navarro. Al parecer se inventó tal enfermedad porque, según aseguró, “estaba harta de ver a la gente y pararme a saludar, nunca he sido muy social y haciéndome pasar por ciega he evitado muchos compromisos sociales”. Familiares y amigos llevaban años sospechando algo, pero “el problema al que se enfrenta ahora la mujer no es a la desconfianza de su marido y sus familiares, sino a que durante el tiempo que se pasó fingiendo, la mujer ha recibido ayuda económica de algunas organizaciones y ahora se tendrá que enfrentar a la justicia”.

Días después se divulgada, parece que se ha confirmado que la noticia es falsa, pero la semilla de novela ya está sembrada. Comprende uno perfectamente a esa Carmen Jiménez, real o ficticia. Muchas y graves cosas están sucediendo en España, muchas y graves, como una corneja agorera, se ciernen sobre Europa y el mundo. La alternativa que tenemos es fingir que no vemos o hacer la vista gorda (¿de dónde procederá esa expresión tan surrealista?). “Las cosas que hemos visto”, dice un Falstaff, nostálgico y desengañado. “Y cosas veredes, amigo Sancho, que harán hablar a las piedras” es la frase que pronunció un don Quijote tan apócrifo como la señora Jiménez... ¿Qué será mejor? Una mayoría de españoles fingen hoy no ver ni a los ciegos ni a los que hacen la vista gorda. Gran sintoísmo. Hoy un escritor del côté de Galdós es afortunado si le dejan mantener los ojos abiertos.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de octubre de 2017]

28 de octubre de 2017

Mañana, domingo 29 de octubre, manifestación en Barcelona

Convocada por Sociedad Civil Catalana, mañana, bajo el lema "Todxs somos Cataluña", en Barcelona a favor de la Constitución y contra los golpistas, bajo pabellón español y la señera.


Y a propósito de banderas. Uno de los tics progres es ese de "yo no soy de banderas" o "para mí todas las banderas son lo mismo". 
Cuando Franco, muchos progres repetían: "yo no veo la televisión", aunque lo cierto es que la veían de una manera vergonzante. Hasta que salieron de ese armario y reconocieron con naturalidad que ver la televisión no tenía por qué ser algo franquista (como tampoco lo eran Cervantes, Santa Teresa o Azorín, Galdós o Baroja, sólo porque se estudiaran en los libros de textos circulados durante el franquismo).
Yo estoy muy gusto junto a una bandera española. No es contagiosa ni me hace nacionalista. Y simboliza todo aquello que nos ha hecho ciudadanos libres e iguales.
Las banderas son como el colesterol, unas son buenas y otras malas. Algunas ni siquiera son respetables  En el París ocupado no significaba lo mismo una bandera nazi y otra francesa, no es lo mismo la confederada que la unionista y, hoy, no es igual la constitucional que la estrellada o la republicana, la bandera pirata que la blanca, etc. 
Mañana se verán en las calles de Barcelona dos banderas constitucionales que representan lo mejor de España y Cataluña. Ahora únicamente hay que esperar que los progres que dicen que “hemos dejado la bandera a la derecha”, se animen y la saquen del armario (también en el chino las dan baratas). Porque las banderas sólo son banderas cuando las da el aire.
Todo lo demás, el relato de lo que ha sucedido estos últimos días, quede para esa novela galdosiana titulada La sagrada familia, cuyo penúltimo capitulo debería llevar el título de aquella de John Kennedy Toole: La conjura de los necios. Del mayor de todos ellos, El Empecinado, se ha anuncia una arenga hoy a las 14:30 grabada en Gerona, pero con los antecedentes de estos días a saber si será a las 14:30 y desde Gerona.
(...) Ya la ha echado, leída y breve. No me ha quedado claro si ha dicho "nos rendimos" o "vamos a seguir siendo nosotros mismos".





25 de octubre de 2017

Dos en uno

ESCRIBO este artículo en el Ave Madrid-Barcelona. Son las siete de la mañana. No hay vez que no haga este trayecto, o el inverso, que no me admire y agradezca esta obra de ingeniería mecánica y humana: unir dos ciudades tan importantes, dos comunidades hermanas, dos modos singulares y valiosos de entender la vida. No sé qué habrá ocurrido en España y en Cataluña cuando este artículo se publique. Nadie lo sabe. Los cuidados se han hecho sin sosiego y hemos vivido los últimos días con el alma en vilo. Ni siquiera sé si usted, que lee este artículo, va a seguir haciéndolo cuando sepa que estoy yendo a Barcelona a la manifestación del 8 de octubre  a favor de la Constitución, gracias a la cual pudo llevarse a cabo la obra de ingeniería política que nos ha permitido conocer el periodo más próspero y pacífico de toda nuestra historia. 

No se apure. No voy a hablarle de política. Raramente lo ha hecho uno en esta página.  He tratado siempre de ser respetuoso con su mañana de domingo. También hoy, si acaso le ha disgustado saber a qué estoy yendo esta mañana primaveral de otoño a Barcelona. Mi incertidumbre es completa. En los últimos días se han ido de Cataluña sus bancos y empresas más importantes. La editorial en la que he publicado una gran parte de mis libros, Planeta, ha anunciado que cambiará su sede si se conoce mañana, pasado, como está previsto, una declaración unilateral de independencia. Nadie sabe qué sucederá. La preocupación y la angustia persisten. Va uno a esta manifestación con el ánimo sombrío. Sé que apenas seremos cuatro gatos en una terra incognita, defendiendo ideas que han sido hostilizadas de manera beligerante y mendaz desde hace mucho tiempo. No importa. Voy feliz, como cuando vuelvo a casa.

(...) Son las siete de la tarde y termino este artículo en el Ave Barcelona-Madrid. Mis amigos me decían, incrédulos: “Hombre de poca fe”. De las tres manifestaciones masivas en las que he participado (23F, Miguel Ángel Blanco y 11M), esta ha sido la más importante. Era la más difícil, porque era la más incierta. Emocionaba la riada de los barrios obreros de la ciudad. Hoy los gobernantes nacionalistas están de enhorabuena: donde decían que había un solo pueblo, hay por lo menos dos que forman una sola comunidad de ciudadanos libres e iguales. Y ojalá este artículo se haya quedado viejo porque ya no haga falta.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de noviembre de 2017]

15 de octubre de 2017

La vida buena

“A lo que usted dice con razón que «cada cual debe dar a su propia vida una importancia infinita» llamamos los viejos krausistas «el deber que cada cual tiene de hacer de su propia vida una obra de arte»”.  Se lo escribe don Manuel Bartolomé Cossío a Gregorio Marañón en una carta. Cuando lo escribió todo el mundo tenía una idea más o menos aproximada de lo que era una obra de arte, pero hoy día, tal y como se han puesto las cosas, no estoy seguro de que pudiéramos suscribirlo. De hecho el noventainueve por ciento de las que pasan por obras de arte, son churros de dos perras. Pero sabemos a qué se refería Cossío: la suma de verdad y belleza da como resultado la bondad. ¿Y en qué se traducía esto, cómo modificaba la vida corriente? En el cultivo de un puñado de virtudes personales, civiles, políticas: el aseo personal, el cuidado y guarda de los bienes comunes, y el respeto a las ideas y sentimientos de los demás así como la defensa cerrada de los principios de la ilustración: nadie es más que nadie.

Por esa razón Cossío y Giner, su maestro, fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, pusieron el mayor empeño en la instrucción de lo más chicos e indefensos, a quienes enseñaban, en primer lugar, la diferencia entre la vida buena y la buena vida, entre ir a más o ir a menos, entre lo importante y lo superfluo. Frente al adoctrinamiento, la persuasión y el discernir perpetuo. Fueron los primeros pedagogos modernos. Curas y frailes, hasta entonces monopolistas de la enseñanza, los combatieron con todo, incluido, cuando pudieron, un golpe de Estado. 

En Las armas y las letras se reproducen algunas fotos tenebrosas de niños de corta edad desfilando con el puño levantado o saludando brazo en alto en los años más tristes de la historia de España. Durante el franquismo, antes de entrar en clase, se hacía formar a los alumnos de los colegios públicos y cantar el Cara al sol y dar, al final, los “una, grande y libre” de rigor. Creía uno que aquellos tiempos siniestros no volverían. Han vuelto. Los periódicos han reproducido algunas fotos de niños en labores de agitprop. Sus padres y maestros les han prometido una buena vida, de diseño, acaso porque están ellos muy lejos de conseguir para sí mismos una vida buena, una verdadera obra de arte. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de octubre de 2017]

9 de octubre de 2017

Barrios de Luna

EL pantano de Barrios de Luna, en León, está seco por primera vez desde que empezó a llenarse en 1951. Cubrió dieciséis pueblos, entre ellos ese Barrios de Luna, a los pies de la presa. Uno de los más bellos romances de la lengua castellana fue escrito en honor del Duero y todos sus afluentes. Su tercer verso nada tiene que envidiar al famoso del emperador Adriano (animula vagula blandula, “mínima alma mía, vaga y flotante”), ni el poema al catálogo de las naves de Homero. Seguro que lo recuerdan. Si no, búsquenlo en youtube. Existe registro de su autor, Miguel de Unamuno, recitándolo. Impresiona asistir a ese momento, eterno y renovado: “Arlazón, Carrión, Pisuerga,/ Tormes, Águeda, mi Duero. / Lígrimos, lánguidos, íntimos, / espejando claros cielos / abrevando pardos campos, / susurrando romanceros”. Permítanme que enumere aquí el nombre de esos dieciséis pueblos del antiguo condado de Luna. Media Edad Media está enterrada con ellos, media Edad Media acaba de resurgir del fondo: Arrévalo, Campo de Luna, La Canela, Casasola, Cosera, Lagüelles, Láncara de Luna, Miñera, Mirantes de Luna, El Molinón, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas, Trabanco, Truva y Ventas de Mallo. Lígrimos, lánguidos, íntimos nombres de la lengua leonesa, de la lengua de mi infancia.

Los habitantes de esos pueblos, al represar las aceradas aguas de aquellas peñas en 1951, cargaron sus enseres en carros y buscaron donde asentarse. Dejaron atrás todo, hasta sus muertos. A Manzaneda de Torío llegó una de esas familias que desde entonces trenzó su historia con la nuestra. 

Las fotografías de ese pantano seco, como tantos otros de España, cuarteada en sus limos, son desoladoras. Recuerdo de niño haber entrado en el lavadero de Caldas de Luna,  de aguas termales. En él lavaban las mujeres la ropa. Ese día no había nadie. Un espacio mínimo también, como el alma, angosto y visigodo, de piedra seca, iluminado por un ventanuco y el hueco de la entrada. Al irrumpir en él se levantó un millón de mariposas blancas. Un millón, ni una menos. Nadie ha visto jamás un fulgor parecido, las mariposas pequeñitas, blancas, agitándose, temblorosas, en un rayo de sol, sin encontrar la salida, como copos de primavera. Cuando el clima cambie del todo, ¿adónde iremos? ¿Con qué bueyes?

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de octubre de 2017]

7 de octubre de 2017

Xenofobia en las dos direcciones

La ANC, que capitanea el golpe de Estado en Cataluña, ha pedido a sus parciales que el domingo día 8 no salgan de sus casas, para restar en lo posible porcentajes de participación involuntaria en la manifestación que ha convocado Sociedad Civil de Cataluña en defensa de la Constitución y las libertades democráticas. Con ello confirman el carácter xenófobo de los nacionalistas. Son xenófobos en las dos direcciones: hacia afuera, expulsando a quienes tratan de defender la libertad e igualdad de todos los ciudadanos, y hacia dentro y contra sí mismos, como los quistes, para evitar que la libertad y la igualdad los contamine.
De ello hablan este opotunísimo artículo de Cayetana Álvarez de Toledo. Y este de Fernando Savater, sonrisa incluida para un flaubertiano campeonato de lugares comunes.
Nos vemos en Barcelona. Y por supuesto en la calle. A cuerpo gentil.

5 de octubre de 2017

Mediación y el nieto de Juan de Mairena

LA única mediación entre ciudadanos libres es la ley.

Parece mentira que haya tenido que venir Felipe VI a recordarlo (en primer lugar a los políticos... y a todos).

Tampoco echen en saco roto esta entrevista con Alfonso Guerra, el nieto de Juan de Mairena. Verdades del barquero: la verdad es la verdad, la diga Agamenón... o su barquero.

http://www.ondacero.es/programas/mas-de-uno/audios-podcast/entrevistas/alfonso-guerra-el-psoe-tiene-que-votar-a-favor-de-la-aplicacion-del-155_2017100459d48f3d0cf2304a2738a576.html

3 de octubre de 2017

Por la Constitución: libres e iguales

"LIBRES e Iguales llama a todos los demócratas españoles a que viajen el próximo domingo a Barcelona para apoyar la manifestación convocada por Sociedad Civil Catalana, a las 12 horas, en la Plaza Urquinaona. En defensa de la libertad, la igualdad y la fraternidad."

1 de octubre de 2017

Basurilla virtual

HEMOS hecho, y mantenemos gustosos, una sociedad virtual. Al día siguiente de conocerse los resultados del Brexit, muchos de los que habían votado a favor de la salida de Inglaterra de la Unión Europea, pedían un nuevo referéndum, como la repetición de un gol, descontentos, sorprendidos y en cierto modo irritados por un resultado del que sólo ellos eran responsables. No creían que la cosa fuera tan en serio. Volvió a suceder en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Los que se quedaron en casa para no votar a Hilary Clinton, finos analistas políticos, no podían creer que, contra todo pronóstico, hubiera ganado Donald Trump. Ah, si se les diera una moviola, esa vez acertarían. En vista de que el tiempo es una máquina inexorable, y no pueden volver atrás, ya todo lo fían de un error de Trump o un impeachment que ponga fin a la partida de manera satisfactoria para el jugador.

La vida como un videojuego. Alguien ha patentado uno que simula los quince minutos previos de un atentado etarra. En él, el jugador puede adoptar todos los puntos de vista: el del guardia civil, el de la víctima y el del asesino etarra. La parte de la sociedad no idiotizada aún del todo o con memoria de lo que ha sucedido en el País Vasco en los últimos cuarenta años, ha reaccionado desolada. El  autor del vídeo ha declarado que no lo ha hecho con mala intención, pero anuncia que tras la versión inglesa, vendrá una en vascuence y otra en castellano. Maite Pagaza, hermana de un asesinado por Eta y una bellísima persona, intervino en el debate: “Quiero creer que ese chico no lo ha hecho con mala intención, pero es tremendo que alguien piense que es lo mismo morir que matar”. 

A ese joven, sin duda aún en minoría de edad mental, habría que explicárselo con otros ejemplos: un videojuego con los quince minutos previos a una violación, para que el jugador experimente lo que siente la víctima y el violador, etc. Sí, hemos llegado a vivir en una sociedad en la que parece que ninguna de nuestras acciones tendrá consecuencias morales, políticas, humanas. Podremos, en el último momento, apretar un botón, dar marcha atrás, y hacer que la ficción suceda de otra manera más a nuestro gusto. Todo antes que reconocer que en la realidad nos hemos convertido en basurilla.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de Octubre de 2017