29 de mayo de 2017

El viejo stradivarius

Oía uno, minutos antes de ponerme a escribir este artículo, Radio Clásica, que de tantas espeluncas melancólicas nos ha sacado a lo largo de la vida. Jamás saldaremos los happy few con ella nuestras deudas de gratitud y consuelo. Tenía bien pensado aquello de lo que iba a tratar, de lo que trataré, al fin y al cabo, lo cual no garantiza nada, dada la propensión de uno a los pensamientos impresionistas, más o menos vagos, intemporales, aproximados. Con todo, me había dicho a mí mismo, como aquel que trata de darse valor antes de entrar en fuego, antes de sumergirse en una batalla peliaguda: Vamos a escribir de Europa. Y en esto empezó a hablar por la radio un viejo luthier que decía hallarse ya mucho más allá del final de su carrera. Hablaba de la nobleza de su oficio, uno, en su  opinión, de los más antiguos y  nobles: transformar la madera en música, un trozo inerme de abedul o de ciprés en melodías inefables y únicas. Recayó entonces la conversación con el locutor en Stradivarius y los sublimes instrumentos que él fabricó.  ¿De dónde procede su misteriosísimo y único sonido? ¿De la madera que empleó y del modo de trabajarla, de los barnices, de su técnica? Algunos sugieren, apuntó el luthier, la sospecha de quienes creen que tal secreto estaría encerrado en el arroyo que corría junto al taller del maestro cremonense, en el que él limpiaba sus herramientas, impregnándose estas de algunas magas sustancias que transmitirían después a la madera. “¿Quién podrá saberlo?”, concluyó, “¡es todo tan misterioso y  frágil!”.

Y aquí entraba en danza Europa. Acabábamos de ver en la tv cómo los obreros, la mayor parte excomunistas, que habían abucheado en una fábrica a Macron, vitoreaban minutos después a Marine Le Pen. Quiere esta, preilustrada y furiosa, como su rubio teñido, acabar con Europa, el viejo stradivarius de donde han nacido algunas de las más admirables partituras políticas: el vals llamado Igualdad, la sonata Libertad y la sinfonía Fraternidad. Sí, nada tan frágil como el bien. Bastan dos o tres desdichados pasos o un solo e insensato referéndum para acabar con el viejo stradivarius hecho un montón de astillas del que ni siquiera Radio Clásica podrá arrancar nada que se parezca a música.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de mayo de 2017] 

24 de mayo de 2017

Feria del Retiro

A quien interese: 

este sábado 27 por la tarde (de 19:00 a 21:00, y único día en toda la Feria del Libro del Retiro) estaré en la caseta 336 de la editorial Pre-Textos para firmar mis libros a quien lo desee.

Rosas de mayo, 24 de mayo de 2017

14 de mayo de 2017

La estafeta romántica

UNO de los cuarenta y seis Episodios Nacionales se titula así: La estafeta romántica. La novela está contada a través de las cartas que una docena de personajes se cruzan por media España. Es fascinante la novela y asombrosa, genial, la pericia de Galdós  para embelesarnos, como si nos llevara embebidos o con baba de buey (que así se les llamaba en Castilla a esos hilillos de araña que andan flotando por el aire, dando a entender que llevar a alguien con ronzal tan sutil es conducirlo sin esfuerzo).

Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. Internet ha hecho del presente  algo abrumador, invasivo. “En vivo y en directo” es lema de periódicos e informativos, casi una caricatura. En el momento en que los personajes de esa novela galdosiana rasgan el sobrescrito y leen la carta, todo lo que se cuenta en ella puede ser ya historia, agua pasada. Los hechos tienen, pues, la importancia relativa que tienen y los corresponsales aprovechan para expresar en ellas sentimientos, ideas, temores y esperanzas intemporales, a las que no atropellen las circunstancias. Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos.  No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote, el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida.Va leyendo uno La estafeta romántica y estas cartas de indianos. No podemos dejar de sentir cuántas cosas nos ha dado internet, y cuántas nos ha quitado. A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de mayo de 2017]

7 de mayo de 2017

La victoria de los perdedores

HOY por hoy sólo es noticia un medio-hecho: Eta (aún con el verdugo puesto) comunicó a las autoridades francesas las geolocalizaciones de sus arsenales: 120 pistolas y 3 toneladas de explosivos. ¿Significa esa entrega una rendición? Los  caballeros, llegado el caso de la derrota, confiaban su espada al vencedor. Don Quijote la rindió al de la Blanca Luna. Y por supuesto, con la visera alzada. En otras culturas como la japonesa se quitan la vida, todo antes que llevarla sin honor. ¿Podemos pensar que alguien que fue cobarde con un arma en la mano, dejará de serlo sin ella? Si no ha habido nadie en Eta que “diera la cara” en tal acto es porque nunca fueron soldados, sólo sicarios, asesinos. Las entregaron en su nombre unos curas, como en una escaramuza de carlistas. 

Hace años, un alto funcionario del gobierno de Aznar se entrevistó con Tony Blair, entonces primer ministro británico. Acababa él de firmar la paz con el Ira, y le dijo que fuesen cuales fueren los acuerdos con Eta, deberían escenificar la entrega de armas. No porque las armas tengan mucha importancia (al fin y al cabo el mercado negro está lleno de ellas), sino porque de toda la lucha armada sólo se recordaría esa foto. “Una derrota sin escenificación no vale nada”, le dijo; “Una derrota sin vencidos es una victoria de los perdedores”. No habrá esa foto, Eta y los trescientos mil vascos en cuyo nombre asesinaban se han ocupado de que no la haya. 

Otras veces se ha traído aquí el difícil, inestable triángulo: paz, justicia, olvido. Sin olvido no hay paz, pero sin justicia no hay olvido. ¿Quiénes han de olvidar? Las víctimas. Hoy, por el contrario, son los victimarios quienes tratan de imponer el olvido a la sociedad a la que combatieron y amedrentaron durante cuarenta años de forma despiadada y siniestra. Para ello, como han recordado algunos, necesitarán contar  las cosas de otro modo, adueñarse, como ahora se dice, del relato. ¿Y cómo? “Cambiando las armas de matar por las mentiras”, han dicho las víctimas. La primera de ellas es presentarse  como un ejército de soldados (gudaris) que tuvo sus buenas razones para matar, lo que hace de las víctimas gentes que tuvieron también sus buenas razones para morir. Han entregado las armas, pero no la verdad. O sea, no han entregado nada. Nada que traiga un poco de paz, de justicia y de olvido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de mayo de 2017]

6 de mayo de 2017

Calle del poeta Joan Maragall

EL pasado 28 de abril el pleno del Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de un Comisionado creado por las diferentes formaciones políticas que lo integran, acordó cambiar el nombre de 52 calles del callejero de la ciudad, relacionados con el levantamiento de 1936 contra la República y con la represión franquista, y en aplicación de la ley conocida popularmente como “de la Memoria Histórica”. 

El último de esos nombres, apenas unos días antes de ese pleno, fue el de la calle del Capitán Haya, que pasará a ser calle del poeta Joan Maragall. Que había que cambiar el de Capitán Haya (o el de Millán Astray, contra la opinión en este último caso del Partido Popular y de algunos colectivos de legionarios), no ofrece duda. ¿Pero qué tiene que ver el poeta Joan Maragall con la ciudad de Madrid, él, que murió en 1911, sin conocer, por tanto, ni la guerra civil ni, claro, el franquismo? Aquí entra de lleno el hablar del trabajo de ese Comisionado, presidido por la abogada Francisca Sauquillo, secretariado por Txema Urquijo e integrado por los historiadores Octavio Ruiz-Manjón y José Álvarez Junco, la arquitecta Teresa Arenillas, la filósofa Amelia Valcárcel, el cura Santos Urías y yo mismo. De este grupo sólo puede uno decir  tres cosas: que, hayamos o no acertado, se lo tomó muy en serio; que nuestras decisiones, en un ambiente de respeto y amistad (y casi ninguno nos conocíamos personalmente de antes), han sido unánimes en más del 90% de los casos, y que pese a nuestras deliberaciones a veces vivas y empeñadas, jamás hemos olvidado aquello que decía Giner de los Ríos: “todo lo sabemos entre todos”. Quiero decir, que nos ha movido el propósito de cumplir la ley y hacer algo que sirviera a todo el mundo. Sí, hemos desmilitarizado en parte el callejero (a sabiendas incluso de que hubo militares, Vicente Rojo, por ejemplo, que merecen una calle y aun más, como defensores de la legalidad republicana). Para substituirlos hemos buscado modelos de excelencia en todo tiempo y lugar, para unir y no para separar, descomunales más que comunes y de todos, para todos y entre todos. Joan Maragall, por ejemplo. Así puede verse aún en su admirable epistolario con Unamuno. Un catalán, un vasco, dos españoles. “La voz de Maragall es simplemente hermosa”, nos dice en “Milagro español” el pintor y exiliado Ramón Gaya, que también contará a partir de ahora con un rincón en el callejero madrileño; y añade: su voz inspiradísima “no tiene esa ambición de obra que precipita a los artistas en el infierno de la creación torturada, desesperada, sino que, de una manera armoniosa, con un ritmo de conversación, va entregándonos el mar, las nubes, los pinos, los montes. Enamorado cuerdo  de todas estas cosas vivas, no quiere alterarlas y pone un gran cuidado en no quitarles hermosura y, sobre todo, en no ponerles hermosura”. Ese fue el poeta Maragall, primer traductor de Nietzsche en España (en catalán), alguien que como el filósofo alemán puso el acento en la vida, más que en la historia, y en la realidad, más que en los mitos. Y esta lección vale lo que todas las guerras y para todas las ciudades. Lástima que los españoles de 1936 no lo tuvieran más presente. Lástima sería que los de 2017 tampoco. Bienvenido, pues, el poeta Joan Maragall al callejero de Madrid.

     [Publicado en La Vanguardia el 6 de mayo de 2017]

2 de mayo de 2017

El trabajo gustoso

“LA renta básica universal sería el mayor logro del capitalismo”, ha afirmado Rutger Bregman,  historiador holandés, autor del libro Utopía para realistas. Propone 15 horas  laborales a la semana para acabar con la desigualdad, y repartir dinero gratis. Lee uno con atención alguna de sus propuestas y, ni que decir tiene, con sumo interés: “Hay muchas pruebas científicas que demuestran que la pobreza es enormemente cara: genera más delincuencia, peores resultados académicos, enfermedades mentales…”. En una entrevista explora algunas otras sendas con parecido brío: “El gran desperdicio de nuestros días son los millones de personas que están atrapados en la pobreza o en un trabajo inútil. (...) Creo en la libertad individual y la gente sabe qué debe hacer con su vida... compramos cosas que no nos hacen falta para impresionar a gente que no nos gusta”. 

¿Son utópicos estos propósitos? ¿Lo mejor para disponer de chatarra es envejecer artificialmente el hierro? Utopías fueron también en su día, cierto, la jornada de ocho horas o la jubilación a los sesentaicinco años, derechos hoy más o menos firmes, inamovibles. Ellos fueron el principio del fin de la más inicua maldición bíblica, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, origen de la absurda condena de la pereza como madre de todos los vicios (al fin y al cabo, sin holganza no hay filosofía, y sin filosofía no estaríamos donde estamos ahora mismo, pidiendo la reducción de la jornada laboral). De acuerdo.

Pero tiene uno, sin embargo, que hacer una pequeña objeción al señor Bregman: si la gente sabe qué hacer con su vida, ¿por qué compra tantas cosas innecesarias? ¿Y en qué empleamos la mayor parte de nuestro tiempo libre? ¿Nos cultivamos acaso más, ayudamos desinteresadamente a otros a hacerlo, a que puedan vacar como nosotros? El recuento de las “actividades lúdicas y de ocio” en las sociedades desarrolladas  causa espanto, y saca uno la conclusión de que  cuanto menos trabaja el hombre y más dinero tiene, más prisa se da en destruir el planeta. Por eso la única solución acaso sea la que arbitró el poeta Juan Ramón hace ya un siglo: mucho trabajo, pero libre y gustoso, y una vida decorosa y austera, sin amos, entre los que el dinero es el más déspota y sin escrúpulos.

   Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de abril de 2017]

27 de abril de 2017

Este pasado lo vamos a ganar

A día de hoy es harto difícil saber cómo se valorará el descubrimiento de los historiadores Álvarez Tardío y Villa García. Se trata de un asunto serio, que no puede despacharse a la ligera, pero ¿será tenido por definitivo, se matizará, se olvidará pronto? La propaganda a velocidad de crucero no es cosa que se detenga de un día para otro. En todo caso de lo que habla su libro (1936: Fraude y Violencia)  es precisamente de esto: el pasado es algo que se escribe cada día y todo lo sabemos entre todos. Acaban esos dos investigadores de dar a conocer algunas actas electorales de febrero de 1936 que permitieron el triunfo del Frente Popular. Según sus investigaciones, labor de hormiguitas, minuciosos y tenaces arqueos de contable, las irregularidades acreditadas y patentes en el recuento de casi doscientos mil votos proporcionaron cincuenta escaños a las izquierdas, sin los cuales aquel triunfo habría quedado comprometido. Toda distopía a partir de este dato es legítima pero irrelevante, porque, sí, no sabemos si un recuento riguroso y honrado habría evitado la guerra civil y lo que ya conocemos de sobra.

Las interpretaciones de estos dos historiadores serán rebatidas o no por abusivas (los datos que presentan, no obstante, son irrebatibles), pero de momento añaden mayor complejidad a lo que era ya de por sí una maraña: el levantamiento militar de julio de 1936 sería, según su investigación, contra un Régimen legal (la República) que acaso no era todo lo legítimo que se suponía. 

El de la legitimidad de la República frente a los golpistas militares y fascistas ha sido durante años uno de los bastiones inexpugnables de los que perdieron la guerra. También durante ochenta años triunfó la idea de los perdedores, según la cual los mejores escritores e intelectuales se habían puesto del lado de la República. Esta se demostró hace ya tiempo no ya inexacta o discutible, sino falsa de toda falsedad, lo cual, dicho sea de paso, no hace mejores a los franquistas. ¿Qué sucederá con estas nuevas revelaciones? ¿Miraremos a otro lado con cinismo por conveniencia? No deberíamos. Porque el pasado es lo único que podemos ganar y compartir sin enconos: ya no duele. Y si duele, es que no es pasado todavía.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de abril de 2017]

PD. Y para los interesados en el asunto, aquí van dos muestras de lo que anuncia el artículo. La réplica de Santos Juliá al trabajo de ATardío y VGarcía, y la respuesta de estos a SJuliá.

23 de abril de 2017

Apreciado comandante

(Carta blanca)
USTED no me recordará, pero le debo una de las mayores alegrías de mi vida. Pocos habrán sido más felices que yo el día que recibí la notificación según la cual, “y conforme al cuadro de inutilidades vigente”, me comunicaba que había sido excluido del servicio militar, declarándome, como entonces se decía, “inútil total”, fórmula esta muy de mi agrado para asuntos castrenses. Con aquel certificado en la mano (que aún conservo por si algún día movilizan mi quinta), cuántas cabriolas no daría, qué temerarias gambetas. De haber tenido valor entoces habría corrido a ponerme a las órdenes de usted. Lo hago con más de cuarenta años de retraso y bien que lo siento, porque tampoco sé si todavía vive. La búsqueda por internet me ha llevado a un “Boletín Oficial del Estado de 3 de noviembre de 1938”. Allí aparece su nombre, entre otros, “promovido al empleo de sargento provisional”. Cuando su vida y la mía se cruzaron aquella mañana de julio, yo acababa de cumplir veinte años, usted andaría, supongo, por los sesenta y a mí me habían citado en el Hospital Militar de Valladolid. Las probabilidades de que mis dioptrías pudieran burlar al tribunal médico eran nulas (yo en aquel tiempo veía moscas en el horizonte). Viajé desde León en el primer tren y fui leyendo Conversación en La Catedral. Me pasaron a su consulta y empezó usted a meter y sacar cristalitos en una de esas lunetas de hierro que usan los ópticos. Entonces reparó en el libro, y me preguntó por él, por su autor, por el famoso boom… Yo iba hablando y usted me oía en silencio, sólo preguntaba “¿mejor? ¿peor?”, con cada nueva lente. Me dejó parlotear cinco o diez minutos. Pasamos a su despacho y, sin despegar los labios, garabateó algo en una libreta. Al terminar, levantó los ojos, se me quedó mirando unos segundos, y me dijo: “Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, estudiar, leer  muchos libros y contárnoslos luego. Hala, vete.”. Salí de allí y nunca más volví a verle ni a saber de usted. Ah, si viviera. A las tres o cuatro semanas recibí ese papel para mí más poético que las Églogas de Garcilaso, soldado ilustre. Hace un mes pude al fin contar a Mario Vargas Llosa aquel hecho en verdad prodigioso que da sopas con honda a todo el realismo mágico, y le agradecí que hubiera escrito una novela tan formidable como providencial. Hoy se lo agradezco a usted. Los libros me han traído a cierto Comisionado de la Memoria Histórica, que anda estos días quitándole la calle a algunos generales, conmilitones suyos. Quiero que sepa que si de mí dependiera, una de ellas llevaría hoy el mombre de Comandante Darío Valcuende Torices, el buen samaritano. Y no digo más. Suyo afecto, Andrés García Trapiello, recluta del reemplazo de 1973, cuando Franco.

       [Publicado en El País Semanal el 23 de abril de 2017]

PD. Alguien colgó hoy mismo en el AT de Fbook este comentario: "Qué maravilloso desayuno este Domingo. Estoy en , Cali, Colombia, me llega su columna " Apreciado comandante" vía Wassap con el texto " mirad qué bonito recuerdo" y mientras unto las tostadas comienzo a leer. Casi desde el principio empiezo a notar un nudo en el estómago, emoción que va subiendo hacia la garganta y termina en una llorera atiborrada de preciosos recuerdos cuando leo el nombre de su "Apreciado comandante" y constató lo que imaginaba desde el principio; su apreciado comandante es mi querido abuelo, un gran tipo, afable, divertido y buena gente, al que recuerdo siempre haciendo algo, que si en la huerta, que si en los chopos, que si podando, que si haciendo alguna chapucilla en la casa, preparando la paella de los domingos para toda la familia con un porrón de vino con gaseosa al lado, recibiendo a todo el que pasaba por allí con una enorme sonrisa, durmiendo la siesta en una hamaca colgada entre dos manzanos y yendo a tomar el vinín los domingos de verano después de la misa en el pueblo hecho un pincel de traje blanco o guayabera.
Todo esto me he desayunado hoy gracias a usted.
Muchas gracias,
Olga Sánchez Valcuende".






19 de abril de 2017

De las flores


En la galería sevillana de Félix Gómez estos días, y en la de Guillermo de Osma de Madrid en mayo, exponen sus cuadros de flores Rosa Artero y Marcelo Fuentes. Al frente de ese catálogo figura este escrito inédito y algunos poemas míos antiguos sobre ese mismo asunto.


* * *

"...imperaba la rosa, emblema del silencio".
 Benito Pérez Galdós, El Grande Oriente.

Meter flores en las casas: ese sí que fue un gran paso para la humanidad. Si la costumbre de poner árboles en las calles es relativamente reciente, del siglo XIX, la de cultivar flores en los jardines es muy antigua, acaso porque las flores forman parte, con algunas pocas cosas más (el amor a los niños o las puestas de sol, según la neurociencia), de aquello a lo que el ser humano de todas las civilizaciones y épocas es sensible, naturaleza en estado puro, diríamos, belleza sin pasar por el fielato de la cultura. Pero el día en que alguien cortó unas flores de un rosal silvestre, o las que vio a un lado de un camino, sin nombre, ingenuas, humildes, y las puso en un vaso con agua, sobre una mesa (o en el suelo, en una jarra, porque eran tan pobres que no tenían ni jarrones ni dónde ponerlas, como nos contó un día Ramón Gaya de su propia casa, en Murcia, país de las flores), algo importantísimo estaba sucediendo en la historia de las civilizaciones, algo profundo había cambiado en el alma humana, algo a lo que esta ya nunca renunciaría. Las flores trajeron a nuestras casas no sólo la naturaleza, sino un modo de estar que era desconocido hasta entonces. Con flores en la casa todo se silencia, el tono de las conversaciones se reposa, la vida se apacigua. ¿Quién, consciente, gritaría con unas rosas como testigo? Si a las flores se les habla mientras siguen unidas a su planta, arbusto o rama, a las que están en un jarrón o en un vaso con agua se les escucha, porque sentimos que nos están diciendo algo. ¿La música callada no viene acaso de unas azucenas, en San Juan de la Cruz?

La convención de que las flores pueden simbolizar conceptos abstractos es también antigua. No sólo se compara a las mujeres con flores (principalmente con la rosa), sino que a menudo las flores son encarnación (si podemos decirlo de este modo) de conceptos abstractos (pureza y castidad, la azucena; voluptuosidad, el nardo, etc.). Que hablen no sólo a través de su perfume ha hecho que desde antiguo los hombres hayan desarrollado abundante literatura sobre “el lenguaje de las flores”, aquel del que se sirven ellos para expresar sentimientos propios más o menos inefables, de dicha, de melancolía, de dolor: regalar un ramito de violetas a la mujer amada, poner un jazmín entre las páginas de un libro, llevar crisantemos a una tumba, meter en el ojal de la chaqueta una margarita, camino del baile...

Las mismas flores dirán cosa diferente en un jardín o en un jarrón. ¿Pero son acaso las mismas flores? ¿No se transforman? Sí y no. Al reunirlas, al apretarlas en un ramo, esas flores que estaban cada una de ellas en lugares diferentes y aun distantes entre sí, se diría que empiezan un coloquio interminable. Unas veces serán flores de diferentes especies (esos ramos monumentales y variopintos a los que tan aficionados eran los pintores del siglo XVII, que trataban de resumir en un jarrón todo el paraíso), y otras, del mismo género (un ramo de rosas solas, o de claveles solos, o de lirios, o de calas), pero en cualquier caso iniciarán entre ellas un diálogo nuevo, siempre diferente, irrepetible. Y aún diríamos más al elevar el hombre a rango de flores cosas que no lo son en absoluto. Sucede cuando el pintor Ramón Gaya pone en una de sus copas de aguador un puñado de perejil, o Van Gogh unos cardos o esa flor hipertrofiada que es un girasol, o una muchacha japonesa, mediante el arte al que ellos han dado el nombre de origami, figura con trozos de papel de seda flores no conocidas. Y lo que dicen esas flores en el jarrón de cosas no son las mismas que las que hablaban en su planta… pero recuerdan las que hablaban allí.

Esto nos lleva a otra cuestión. Hay flores que ganan en jarrón, copa o vaso, pero por lo mismo que hay pájaros de canto admirable que no se dejan criar en cautividad, hay flores a las que no podríamos arrancar de su medio natural sin destruirlas: pensemos en las ninfeas o nenúfares de los estanques o el edelweiss que nace sólo en las cumbres nevadas, por no referirnos a todas aquellas que como las amapolas o los cantuesos se marchitarían apenas arrancadas (preferidas de los impresionistas), o los jazmines o las magnolias o el azahar de los naranjos, que sólo son elocuentes cuando conciertan sus voces y dicen entre muchas lo que acaso una sola no sabría expresar tan bien.

Los poetas han prestado atención desde antiguo a las cosas que las flores nos dicen, conscientes de que cada una de ellas trae algo nuevo también y diferente, nunca dicho. Recordaba Juan Ramón Jiménez, el poeta que más constantemente se ha ocupado de las flores, a su madre, “mama Pura”, que le decía: “Hijo, la rosa no cansa”, así, en singular, como la llaman también los jardineros y floristeros, dando a entender que no cansa porque siempre dice algo nuevo, delicado y fuerte, original y eterno. Y el propio Juan Ramón hubo de recurrir a la rosa para dar a entender lo que era un poema y la perfección a la que este ha de aspirar, una perfección natural sin afectación posible, ni sobrecargada ni incompleta: “No lo toques ya más, que así es la rosa”, definiendo a un tiempo rosa y poema.

Los pintores, como los poetas, han sido desde los orígenes mismos de la pintura moderna, es decir, desde el Giotto, sensibles a las flores y han buscado su proximidad de la mano del arcángel anunciador o en la pradera donde tiene lugar un encuentro pagano de ninfas y de dioses.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado todos estos cuadros. Han hecho su propio jardín, han llenado su casa de flores, y la nuestra, y la casa común de la pintura. Sólo flores. Son pinturas bellísimas, todas, unas por unas razones, otras por otras. Es muy difícil elegir “un cuadro preferido” entre tantos, porque como las flores también, que no se dejan elegir fácilmente, cada uno tiene su propio misterio, su encanto, su delicia. Y es buenísima idea darlos juntos aquí, mezclados, como flores también de un ramillete común, sin “tuyo” ni “mío”, que decía don Quijote en el maravilloso discurso de la edad dorada o florida.

Las flores de los pintores no son exactamente las que tenemos en nuestras casas. Las nuestras acaban marchitándose. Las suyas, si están vivas, estarán eternamente vivas. Y estas lo están y lo estarán ya para siempre. Incluso cuando un pintor pinta siemprevivas, esas flores rarísimas que nacen y viven secas como flores del desierto, hace que en su cuadro parezcan más vivas y jugosas de lo que realmente están, como creo recordar que aparecen en un cuadro de Ensor. Porque las flores son la metáfora por excelencia de la vida, de la brevedad de la vida, de lo que pese a su belleza no logrará vencer la muerte. A eso atienden los poetas y pintores, y cuantos ponen un ramo en jarrón o vaso. Pero al mismo tiempo las flores nos recuerdan a todos que la vida no empieza ni acaba en nosotros, que nos iremos, “y seguirán los pájaros cantando”, y habrá rosas en un jarrón y en un vaso muchos años después de que nosotros hayamos partido… Sí, volverán las oscuras golondrinas, no otras diferentes de las que vimos, no, las mismas, y el ruiseñor que canta en lo más cerrado de la enramada hoy en Extremadura es el mismo que escuchó Keats en Inglaterra hace doscientos años, y cualquier rosa que nazca hoy en el más remoto confín es la misma que cantó Ronsard. Y por eso cuando un poeta y un pintor, arrobados por la lozanía y belleza de una flor, se quedan contemplado  tal o cual flor, están pensando en lo más íntimo de sí que acaso ellos sean también el mismo poeta y el mismo pintor que hace doscientos años veía esas flores, el mismo que dentro de doscientos años repetirá el rito de cortar unas flores y juntarlas en un ramo, como junta los colores en su paleta, antes de ponerse a pintarlas. Y pensará el poeta que su libro es el mismo libro que escriben todos los poetas, y el pintor pensará que sus cuadros son los mismos que pintaron todos los pintores antes.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado muchas rosas porque “la rosa no cansa”, pero han pintado algunas otras también (crisantemos sobre todo, blancos, amarillos, tan japoneses), porque miradas de cerca, no cansa ninguna. No hay niño que no sea bellísimo ni ninguno podría sernos ajeno (y qué feo el reñir de los adultos delante de los niños o las flores), y lo mismo nos sucede con esta, y si no, volvamos la mirada a los maestros: Fantin-Latour (el Chardin de las flores) o Morandi (el Fantin-Latour de la modernidad) seguramente son los primeros que se habrán encontrado Rosa y Marcelo... Cuando un pintor se pone delante de unas flores, desparece casi toda la historia de la pintura, como si las propias flores les llevaran de la mano adonde ellas quieren (y qué bellas son a veces las pinturas de los niños, mal llamadas naïf, cuando pintan esas grandes margaritas que son soles con pétalos). También nuestros amigos han elegido sus flores. Cada pintor tiene las suyas preferidas: las de Monticelli eran flores bravías y sin nombre que parecen crecer en los barbechos, de vida abrupta y corta (y de ahí que parezca él querer pintarlas siempre en un arrebato, antes de que se marchiten definitivamente); Chardin y sus botones de azahar; Van Gogh, los lirios y los girasoles, y pensando en Japón, cerezos y ciruelo en flor; Odilon Redon las anémonas y dalias que parecen de otro mundo, submarinas; Gaya las rosas, las anémonas y jazmines; Monet, sus nenúfares; Velázquez, en un búcaro de cristal, esas mínimas, delicadísimas, confidentes flores de la infanta Margarita, margaritas, rosas, lirio, casi aire, como todo lo suyo… Hasta Solana se atrevió con unos gladiolos, si no me falla la memoria, que es flor imposible de bodas y cementerios.

Aquí les dejo con todas estas flores de Rosa Artero y Marcelo Fuentes (y cómo le agradecí a este, hace años, que cerrara una serie de aguafuertes cúbicos, de deshumanizados bloques de viviendas, tan característicos de su obra, con uno de crisantemos).

Entran en nuestra casa hoy para civilizarla un poco más. Las rosas que hemos comprado ayer en nuestra floristería de barrio, han venido a ocupar el lugar de unas mimosas. Estas rosas se quedan mirando las que han pintado nuestros amigos como miramos nosotros las fotografías de nuestros antepasado, vivos en nosotros mientras les recordamos. Las flores de Marcelo y Rosa nos recuerdan a lo vivo las rosas vivas (ninguna flor muere cuando se la corta), y las pintadas son rosas vivas también. Han pintado la vida. Y todas nos gustas, naturales y pintadas. Todas son ya de la familia, y viven con nosotros.


De arriba abajo: Marcelo Fuentes y Rosa Artero


10 de abril de 2017

Lo mejor de nuestro tiempo

ACABO de leer un libro. Es un libro espléndido, inolvidable. A usted, que es también lector, esta última afirmación no le habrá impresionado, acostumbrados como estamos todos a que nos engañen con frases parecidas. Las hipérboles se han instalado en nuestra feria, y, al igual que las drogas, ni doblando las dosis nos creemos lo que nos cuentan en ella. Si yo le digo que el libro que acabo de leer es maravilloso, lo hago contraviniendo un viejo aforismo: hemos de leer con entusiasmo, pero conviene escribir con escepticismo, y yo no puedo escribir de este libro con escepticismo, porque sigo entusiasmado con el recuerdo de su lectura. Lo que el autor me ha contado da vueltas en mí modificando algunos de mis juicios, implantando otros nuevos o reafirmando algunos más antiguos. Y cuando discutimos... Sólo vale la pena discutir con los que estamos de acuerdo.

Lo extraño es que no es obra de entretenimiento. Lo poético y lo filosófico lo cruza de arriba abajo. Es sólo y nada menos que un libro de libros. Habla en él de autores antiguos y modernos. Algunos, revisitados y queridos (Proust: nadie ha contado mejor el universo oscuro e inagotable de la Recherche en menos páginas); otros, extraños y  herméticos (Hölderlin); otros, en fin, difusos (Prevost, Byron). Y muchos más. Pero la manera de hablarnos de ellos es tan deslumbrante, culta, amena, antirretórica y contagiosa, que no hay ni uno sólo de esos capitulillos que no nos anime a salir corriendo en busca del libro del que se nos ha hablado, como quien no puede dar paz a sus pies en compañía de Dionisios. Y ese es el busilis, porque ni aquellos libros nos parecen libros, ni este tampoco, el mayor elogio que se le puede hacer a un libro, “ay, tragedia del alma”, decía Unamuno. Aquí tragedias, las precisas. Al revés: el humor es tan fino que la sonrisa no se le despinta a uno en dos o tres días.

La vida no tiene sentido, nos recuerda su autor, pensando en Nietzsche, pero el arte nos ayuda a buscarle uno, y nos salva de una existencia desesperada y negra.  A mí estas Nuevas lecturas compulsivas de Félix de Azúa me han salvado estas tardes, que es lo mismo que decir que han puesto a nuestro alcance lo mejor de nuestro tiempo. Deploraría que usted, que ha leído esta página, no se convenciese, pero si no... espero que no le importe que yo siga leyendo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de abril de 2017]

8 de abril de 2017

Ya está todo preparado

Se viene anunciando que el gobierno catalán guarda en gaveta segura la ley que desconectará en breve a Cataluña del resto de España. Es la confirmación de que se puede amasar un golpe de Estado sin riesgo para los conspiradores. En España ya está todo preparado para que se enamoren los sacerdotes es una revista surrealista que dirigió Herrera Petere en 1931. En Cataluña ya está todo preparado para que se independice el 3% , podría parafrasearse, y si la democracia española, incipiente entonces, encarcelaba a los golpistas de la Operación Galaxia y del 23F, esta nuestra, ya madura, ¿no podrá acaso dejar libres, delinquiendo, a los que atentan contra el Estado en el Parlament?

Es opinión extendidísima que el PP ha fabricado en estos últimos cinco años cientos de miles de independentistas en Cataluña. El caso es que Aznar gobernó ocho años y el número de independentistas era parecido al que había con Felipe González, y en estos últimos cinco años en el País Vasco no ha aumentado y en Cataluña está incluso bajando. Esto debiera llevarnos a considerar, siquiera como hipótesis, que los independistas han crecido en Cataluña por otras razones.

Algunas de ellas se enumeraban en un escrito anterior (“La martingala”, El País, 3 de marzo de 2017), que se abrocha con este de hoy. 1: los independentistas han crecido porque los diferentes gobiernos autonómicos catalanes llevan treinta años trabajando de una manera tenaz en ello, a menudo despreciando o conculcando los derechos constitucionales en lengua, educación y propaganda y olvidando de una manera insolidaria y codiciosa el origen histórico de su prosperidad económica; 2: si no se ha corregido o erradicado ese desprecio ha sido por la política interesada de los gobiernos centrales, socialistas y populares, que se lo han pagado con el mantenimiento de cupos, privilegios fiscales y tratos preferenciales, fuentes de una desigualdad secular entre españoles, y 3: la sociedad en su conjunto (políticos, empresarios, intelectuales, jueces, gente común), ha creído de manera pusilánime que todo acabaría arreglándose de una manera ordenada y gradual. A estas, se ha añadido alguna otra, como la de que los delitos de corrupción y prevaricación de los que están siendo acusados judicialmente, ha lanzando a algunos de sus eximios dirigentes hacia la independencia que les libre de la cárcel, del ridículo y del ostracismo.

Una de las aportaciones de Guerra y paz a la historiografía (al preguntarse Tolstoi por qué Napoléon había sido derrotado en Rusia) fue afirmar que nunca hay una sola causa, sino un conjunto de ellas. Las del auge del secesionismo en Cataluña son, pues, esas y otras menudas, con frecuencia poéticas: el presidente Puigdemont ha vaticinado que la “remontada histórica” del Barça frente a no sé qué equipo será la que se repita en Cataluña, presentando de ese modo como rival a una España de la que forman parte él y otros seis millones de catalanes, dos tercios de los cuales no son independentistas.

Pero de hecho ya ni siquiera vale la pena referirnos a las causas, y sí, por el contrario, a lo que sucederá. El propio President ha echado mano de otra metáfora: vamos a ver al hámster liberándose de la rueda. El oscurantismo favorece la magia, los vaticinios, la poesía, y ahora le ha tocado la china a un hámster que tiene mucho de marmota. La gente, cansada, se pregunta: “De acuerdo, ¿pero qué va a suceder?”.

La mayoría, incluido el hámster, responde: “Nada”. ¿Con qué fundamento se dice? Con fundamentos magos, poéticos. Algunos, conocedores de la realidad, empiezan a pensar, no obstante, que la poesía es frágil, y hablan, unos con timidez, otros con escepticismo, casi todos haciéndose cruces, del artículo 155 de la Constitución Española.

Mencionar el artículo 155 es, hoy por hoy, mentar la bicha, por lo mismo que lo último de lo que quieren oír hablar los poetas es de las leyes, por eso Platón los expulsa de la República. Encuentran su aplicación una barbaridad, y advierten a continuación que el 155 tampoco resolvería nada, excepto para crear otros cientos de miles de independentistas. De acuerdo, pero si el cumplimiento de la leyes reafirma y multiplica el número de quienes las infringen, ¿para qué promulgarlas? “Volvería a hacer lo mismo”, se jactaba Mas, al que acaban de condenar los tribunales y sin salir de su bucle, y el Parlament (“no concedemos legitimidad al Tribunal Constitucional para prohibirlas”), ha incluido partidas presupuestarias para organizar un nuevo referéndum ilegal y responder de paso a la Fiscalía (que, al parecer, no se había enterado) la famosa pregunta planiana “¿y esto quién lo paga?”.  Pese a ello, los contrarios al 155 insisten: “será peor”. ¿Peor para quién? En 1934, como es de sobra conocido, la República (¡ni siquiera la monarquía!), encarceló al President Companys y a su gobierno en 1934, tras proclamar el “Estado Catalán”, y los condenaría a treinta años de cárcel e inhabilitación que el Frente Popular dejó sólo en unos pocos meses. La interpretación de este hecho, y las causas por las que se produjo podrán ser más o menos controvertidas, pero no que fue una sublevación contra un régimen democrático, contra España y… contra Cataluña. Basta preguntar a algunos independentistas sobre este hecho singular para saber la opinión que tienen la mayoría de ellos de las leyes y de la democracia.

Recuerda uno algunos artículos de Fernando Savater en este periódico sobre la ilegalización de la Mesa Nacional de Hb. Los argumentos de quienes se oponían entonces a sus tesis, llamándolo “crispador”, eran parecidos a los que oímos ahora: Eta sumirá al País Vasco en un baño de sangre, el número de abertxales se duplicará, alejará la solución del “conflicto vasco”, etc. En efecto, encarcelada la mayor parte de la banda e ilegalizada Hb, fue el fin de Eta.

Como los poetas pueden pensar a la vez una cosa y su contraria, los mismos que aseguran que no va a suceder nada, temen que los acontecimientos, envueltos unos en otros, terminen por enloquecer a la gente, convirtiendo a ciudadanos tranquilos en energúmenos. ¿No acaba de advertirnos el seráfico y católico Oriol Junqueras que lo que se avecina podría no ser tan pacífico como ellos mismos habían garantizado? Por no hablar de aquellos que en sus plegarias no se olvidan de pedir algún muerto providencial en una barricada o, en su defecto, una foto de un guardia civil (¡ah, si fuera además con un tricornio!) retirando una urna.

El secesionismo catalán y sus seguidores entusiastas (“los tuvo Franco, El Oscuro, ¿no los van a tener Junqueras, Artur Mas y Forcadell”, diría uno de esos personajes galdosianos), anuncian, sí, que ya está todo preparado… Esto le ha recordado a uno aquello que decía Galdós (El Grande Oriente): “Causa horror el ver que estas atrocidades se cometan; pero causa más horror aún que se anuncien”. En la mayor impunidad y a la vista de todos.

     Publicado en El País el 8 de abril de 2017