15 de septiembre de 2017

Dos versiones de lo mismo

YA han saltado al terreno de juego. Nadie va a jugar con ellos ni contra ellos. Tienen para sí todo el campo, y se hinchan a meter goles en la portería vacía. Lo más gracioso es cómo los celebran, echándose encima unos de otros, abrazándose, desgañitándose, levantando los brazos y corriendo por el campo, vacío de contrarios, para enardecer a las gradas, abarrotadas de seguidores y entusiastas que corean exultantes: "¡Este partido lo vamos a ganar!". Y todo a un paso del manicomio.


* * *

YA han puesto sus pies en el ruedo. Hacen el paseíllo entre vítores. Abren la puerta de corrales, pero no sale ningún toro. Da igual. El torero de turno sale a los medios y empieza a pegar pases de salón, al aire, recreándose en la suerte. Lo más gracioso es cómo los celebran en las gradas: "¡ole! ¡olé! ¡ooooolé!", y abrazándose, desgañitándose, echándose las manos a la cabeza, incrédulos, pletóricos: "¡Torero, torero, torero!", mientras una pañolada blanca, unánime, pide para el maestro las dos orejas y el rabo. Y todo a un paso del manicomio.

11 de septiembre de 2017

Medio artículo de costumbres

NO sabemos quién estuvo detrás del diseño de las cubiertas de los Episodios Nacionales de Galdós, que empezaron a publicarse en 1872 y siguieron apareciendo hasta 1912. Probablemente su autor. Es uno de los grandes logros tipográficos  por su sencillez, audacia y antelación. Vistas una vez, no se despintan de la memoria: a sangre, una bandera de España, roja, amarilla, roja, en franjas verticales, sobre las que están impresos el nombre del autor y el título de la obra.  Las cuarentaiséis cubiertas son diferentes y las cuarentaiséis son iguales. Se hicieron tiradas de miles de ejemplares, difundidos en España e Hispanoamérica, y su popularidad fue tanta, que hicieron rico a Galdós. En aquel tiempo todo el mundo las reconocía. Todos, excepto los anarquistas que tras descubrir unos ejemplares durante el registro de una casa, en la guerra civil, se llevaron a su dueño por creerlo un peligroso monárquico. Los soldados republicanos que ocuparon en los primeros meses de la guerra la casa de nuestro amigo Ramón Gaya y su mujer Fe, situada en el frente del Manzanares, la saquearon al hallar entre los libros de su biblioteca algunos de San Juan de la Cruz,  Santa Teresa... y de los Episodios

Galdós, en Sabadell, hoy, va a tener de momento más suerte que Larra, Bécquer o Calderón de la Barca (“parte del modelo pseudo-cultural franquista”), porque al no tener una calle en ese pueblo, las almas bellas que ocupan su ayuntamiento no se la podrán quitar. Lo mismo la tiene, en cuyo caso miel sobre hojuelas: otro más al talego. A Antonio Machado se lo llevaron detenido también por sospechoso españolista y anticatalanista, pero de momento han dejado que se vaya. Antes, no obstante, le han advertido: “Ojito con lo que haces, que te tenemos controlado”. A día de hoy no se sabe la suerte que correrán las calles que llevan el nombre de Moratín, don Juan Valera  o Garcilaso (este además fue soldado del ejército español, duro con él). Así hasta cien calles. Uno, que anda estos días releyendo a Larra, se imagina el mucho provecho que habría sacado él de todos estos esperpentos nacionales. Pero a mí, con ni la mitad de su talento, este artículo de costumbres ya no me da para más. Sólo difiero de Larra en una cosa: escribir en España no es llorar. Escribir en España es, hoy por hoy, para troncharse de risa (y no echar gota). 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de septiembre de 2017]

8 de septiembre de 2017

Unidad de destino

Tras la aprobación, ayer, en el Parlament de la sedicente y sediciosa Ley de Transitoriedad, el presidente del Govern Puigdemont, el vicepresidente Junqueras y la presidenta del Parlament Forcadell, han hecho esta solemne declaración conjunta:

"Ha llegado la hora: Cataluña es una unidad de destino en lo universal".




4 de septiembre de 2017

El carlismo ataca de nuevo

ES casi lo único que conserva de una primera versión este artículo: el título. Por suerte, llegamos a tiempo de retirarlo, y yo de corregirlo. He querido mantener el título porque en cierto modo es lo único de él que sirve todavía. Trataba esa primera versión de los ataques que estaba sufriendo el turismo en Barcelona por parte de los nuevos carlistas, aquellos que no sólo quieren que no venga nadie de fuera, sino que, si de ellos dependiera, impedirían que nadie de dentro viajara a ninguna parte. Se decía en él que si quienes combaten al turismo fueran coherentes, quemarían sus pasaportes. El título hacía referencia a una conocida  frase de Baroja (“el carlismo se cura viajando”), pero los atentados de las Ramblas y de Cambrils lo cambiaron todo. La primera versión de ese artículo recordaba  que el mundo moderno, también España, es consecuencia del contacto e intercambio de las gentes, y que el turismo se verá en el futuro como el primer paso hacia un planeta más justo y  sin fronteras,  y por tanto sin suprematistas ni xenófobos, donde nadie tenga que decir: soy extranjero en mi propia tierra, porque toda la tierra es de todos. 

Las víctimas de estos atentados han sido, en su mayor parte, turistas. El turismo, es previsible, descenderá ahora en España, como descendió en Egipto o Túnez, y de manera especial en Barcelona, como ha descendido en Londres y París. Por esa razón, es necesario, más que nunca, que los flujos turísticos no se interrumpan. Racionalícense cuanto quieran, busquemos entre todos un modo de hacerlos más armónicos y provechosos, cuidados y enriquecedores. Nuestra civilización, desde Jasón a Marco Polo, de Colón a Darwin, ha hecho del viaje, del intercambio de conocimiento y del contraste de culturas una herramienta indispensable para la forja de esos tres principios que los vesánicos de todas las épocas han combatido, y combaten, con saña y furia: libertad, igualdad y fraternidad.

Siempre que iba a Barcelona pasaba por la redacción que La Vanguardia tuvo durante cien años en la calle Pelayo. Lo primero que haga la próxima vez que vaya a Barcelona será sentarme en una terraza de esa calle, beber una caña, dar un paseo por la Ramblas, y hacer lo que todos los turistas: al carlismo se le combate viajando.

   {Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de septiembre de 2017]

27 de agosto de 2017

Furia

SI alguna vez la vio, desde luego que la recuerda. Un forastero, de paso por una pequeña ciudad, es acusado de un crimen execrable. Lo encarcelan y el pueblo, ah, el pueblo, hace justicia, metiéndole fuego al calabozo donde lo custodia el chérif. Sólo que el forastero era inocente, un buen hombre, trabajador y honrado (Spencer Tracy). En la segunda parte, los jueces sientan en el banquillo a veintidós acusados de linchamiento, y cuando estos cobardes están a punto de burlar la justicia una vez más, defendidos en esa ocasión por el perjurio de parientes, amigos y vecinos, Fritz Lang, que tituló esta película Furia, da un vuelco inesperado a la historia, prerrogativa de los genios.

Acaba de suceder algo parecido, con simetría inversa. La gente, la buena gente, no ha dudado un segundo en ponerse del lado de Juana Rivas, que, desacatando la ley, se ha negado a entregar sus hijos a su exmarido (un forastero, un italiano, condenado por malos tratos hace años), y se ha fugado con ellos. Al escribir esto seguía en paradero desconocido, y su pueblo, Maracena (Granada), amaneció sembrado de carteles: “Juana está en mi casa”, brindis fuenteovejuno del “Juana somos todos”. 

Muchos (desde una exministra socialista hasta... ¡el presidente del Gobierno!) han corrido a hacerse un selfi ya que no con Juana Rivas (declarada en rebeldía), junto a su caso, dando a entender que la justicia puede esperar sentada si, como ahora, resulta tan impopular. Lo extraño en todo este suceso es que nadie parece haberse tomado la molestia no ya de acatar una resolución judicial, sino de leer esa sentencia y sus fundamentos. Todos hemos imaginado alguna vez lo que podría sucedernos si, acusados de un delito que no hemos cometido, no pudiéramos probar nuestra inocencia. Otra gran película, Falso culpable, trata de este asunto de las pesadillas kafkianas. No se juzga hoy si ese hombre es o no culpable de malos tratos (que él negó siempre), sino el propio fuero: qué nos obliga a acatar una sentencia (del Tribunal Constitucional, por ejemplo), si damos por bueno que se desobedezcan aquellas otras que no nos gustan. La furia condenó a Spencer Tracy y la furia quiere absolver a Juana Rivas. Claro que siempre habrá quien crea que una mancha blanca es menos mancha que otra negra.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de agosto de 2017]

16 de agosto de 2017

Irse

CADA cierto tiempo salta a la palestra (dicho en tono  gimnástico) un asunto relacionado con la lengua española que divide a  la opinión pública en controversias tan enconadas como recreativas y pasajeras. La gente, incluso sin tener ni idea, porque a menudo se trata de asuntos peliagudos (cortar pelos en tres), toma partido por uno u otro bando. Sucedió hace unos años con la tilde de sólo (“¿Me he tomado un café solo o me he tomado sólo un café?”) y ha vuelto a suceder con el imperativo Idos (correcto) e Iros (que la Rae, admitiendo su incorrección, acaba de acreditar). Lo extraño es que en pleno birlibirloque (“¿café solo para todos” o “café cortado sólo para unos?”) nadie haya visto en ese idos o iros un criptomensaje del lado oscuro de la fuerza. Sin entrar en esto último, digamos que la solución a tan formidable disputa corrió  (pasémonos al tono artillero) como la pólvora: “Ni íos, ni idos, ni iros... irse”, tal y como dejó dicho en frase inmortal Lola Flores, La Faraona, a una turba de seguidores que, en medio de la boda de su hija, amenazaba con la estampida: “Si me queréis, ¡irse!”. 

La lengua es lo que la gente quiere que sea, y la que tenemos por un dechado, la de Cervantes, está llena también de incorrecciones. Vaya que sí. Una lengua sin ellas es una lengua muerta, académica, embalsamada. Que lo digan, si no, los académicos. Entre las acepciones que el diccionario de la Rae da de la palabra académico, por ejemplo, es llamativo que no haya ni rastro de ninguna despectiva, como inane o pesado. Lo que digan, pues, algunos académicos, de idos o iros, o lo que no digan de académico, ¿importa mucho? 
El pintor Gutiérrez-Solana, que tanto se rió de las academias, fue autor, como es sabido, de media docena de libros extraordinarios que han tardado un siglo en  formar parte de la literatura. Son una extraña mezcla de instante y sucesión, poesía y prosa a un tiempo. La suya está, no obstante, sembrada de coces a la ortografía y licencias tremebundas. Una de las más divertidas es escribir eruptar por eructar. “Eruptando sus latinajos”, dice de unos curas. ¿Incorrepto? Según: ¡cuánto de erupción volcánica tiene a veces un eructo! Y al revés, cuántas erupciones se quedan en eructos o parto de los montes. Íos, idos o iros a la política para verlo. Y por supuesto: la lengua, cuando esta viva, además de elevarse, también sabe reptar.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de agosto de 2017]

6 de agosto de 2017

¿A favor o en contra?

HABLA don Julio Caro Baroja en unas páginas deliciosas de los oficios ambulantes que se ejercían en el Madrid del XIX, ya extinguidos la mayoría: cesteros, vendedores de papel de fumar, horchateros, silleros, lazarillos, vendedores de navajas, de jícaras y de muchísimas más cosas... Algunos de esos oficios, como el de lañadores o mieleros, aún los hemos conocido de niños quienes andamos ya en la sesentena, y dos de ellos, limpiabotas y barberos, todavía existen, aunque estén a punto de desaparecer. 

Hasta hace unos años se veía un gran número de limpiabotas: en los hoteles, en la calle, en los jardines, en los cafés. Al del café Varela  le debemos una de las grandes frases que ha dado la vida social madrileña. Se porfiaba a propósito de doña Concha Piquer y de su carácter difícil. No se ponían de acuerdo y el limpia, sin dar descanso a los cepillos, sentenció: “Desengáñense ustedes, sin mala leche no hay arte”. Los barberos,  en lo que se refiere a agudeza y arte de ingenio, tampoco les han ido a la zaga. Había uno en Granada que se dobló en peluquero moderno (“William”) acaso para salvar el negocio en unos años en que las maquinillas  eléctricas y las gillettes lo habían arruinado. Recibía a sus parroquianos con una pregunta: “¿Conversación o lectura?”. Si elegían lectura (periódico o revista), no había más que hablar, pero si respondían “conversación”, les sorprendía con otra pregunta: “¿A favor o en contra?”.

La vida política española se ha llenado de barberos (quienes antiguamente también ejercían de sacamuelas) que antes de empezar a hablar preguntan a su electorado lo que éste quiere oír. Si se cansa y quiere probar lo contrario, el político sabrá encontrar argumentos que lo contenten. Lo llamativo es la rapidez con la que unos y otros pasan del “a favor” al “en contra”, y al revés, incluso la facilidad que tienen algunos de ellos de defender a un tiempo el “a favor” y el “en contra” con un cinismo desvergonzado. No hay hoy en España ningún asunto político importante del que los líderes y lideresas no sostengan una cosa y su contraria. Ni uno solo. En vista de ello lo mejor es pedir lectura en la barbería de la vida. Nada de conversación. Nada de confianzas. Ninguna complicidad. Lectura. A ser posible de alguien como Caro Baroja, que sabe lo que dice y sólo dice lo que sabe bien, lo que también le dio, por cierto y acaso por ello, fama de hombre antipático.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 5 de agosto de 2017]

30 de julio de 2017

El contador a cero


POR los mismos días en que se aseguraba aquí que los jóvenes no iban ya a oír conferencias, hubo dos en Madrid de Zizek que dejaron fuera, por falta de espacio, a cientos de ellos. ¿Y quien es ese hombre para que los jóvenes decidieran llevarle la contraria a la estadística? Zizek es... ¿filósofo, redespredicador, guru, chouman? La prensa aseguró que es todas esas cosas a la vez. Para mí es sólo una fotografía, él echado en una cama, con un póster de Stalin detrás. Decía JRJ de Serrano Poncela, responsable de las matanzas de Paracuellos: “No he venido a Puerto Rico para darle la mano a un asesino”. Nadie ha llegado hasta aquí para leer ni un solo de los libros de Zizek, pero ahora se trata de otra cosa. Que la extrema izquierda, nostálgica de los buenos tiempos del Gulag deficientemente restablecidos en Venezuela o Cuba, haya encontrado en él al primo de zumosol, se comprende, ¿pero todos aquellos que dirigen instituciones democráticas?

Sus conferencias madrileñas tuvieron lugar en el Círculo de Bellas Artes y en el Museo Reina Sofía. Del primero poco que decir, tratándose de un club exclusivo (eso sí, muy subvencionado), aunque no es extraño, teniendo en cuenta que lo dirigen los mismos que se han negado a que se recuerde el pasado chequista del Círculo, porque sólo lo fue por poco tiempo. En cuanto al Museo (dinero público), baste esta pregunta: ¿habrían invitado a alguien que se hiciera retratar con un póster de Hitler o de Franco? Sígase el razonamiento.
Como hegeliano Zizek es defensor del billar a tres bandas y del Espíritu Absoluto,  justificando así en última instancia el Mal: puesto que no hay mal que por bien no venga, mejor Trump que Clinton, nos dice Zizek, porque cuanto peor mejor (gran carambola), y si Hitler fue un monstruo no lo fue tanto por sus matanzas de judíos, sino por no haber acabado con el capitalismo (claro que Stalin tampoco, por falta de tiempo, que no de ganas: no habría dejado a nadie vivo, y muerto el perro, se acabó la rabia). Es preocupante, decíamos, sí, que muchos jóvenes ya no acudan a las conferencias, pero más aún que sólo vayan a las de Zizek, nostálgicos de un comunismo de cuyos crímenes no se hacen responsables, por lo mismo que Zizek ha decidido ponerle a Stalin el contador a cero. Y aquí no ha pasado nada, Hannah Arendt.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de julio de 2017]

24 de julio de 2017

Entre ermitaños

EL verano propicia descubrimientos maravillosos. Conocido gracias a la invitación de un amigo, acabamos de volver de  uno de los lugares más idílicos que nadie pueda imaginar. Se encuentra, cómo no, en el inagotable Portugal, entre árboles centenarios y el canto concertado de los pájaros. Fue São Paulo en el siglo XVIII un importante monasterio. La prosperidad multiplicó sus construcciones y realzó la magnificencia de claustros, fuentes y patios con miles de azulejos portentosos en los que se glosa la vida de algunos ermitaños...
Hasta ese paraje remoto y escondido entre fragas poco accesibles y convertido hoy en hotel de lujo, llegan de todas partes algunos viajeros buscando apartamiento y un poco de reposo. La primera representación mural con la que nos tropezamos a la entrada fue, precisamente, la de un monje. Se lleva el índice a los labios y “Silentio” es la palabra latina que sale de ellos como una mariposa. Paredes encaladas, lajas de pizarra, dinteles de mármol rosa de Villaviçosa han sido respetados con escrupuloso mimo. La ilusión de seguir en el siglo XVIII acaba pronto, sin embargo. A los apenas veinte huéspedes que pueden disfrutar de aquellos vastos y laberínticos dominios, lo primero que acaso les sorprenda es el contraste: la vida rigurosa de los antiguos eremitas ha dado paso al aire acondicionado, televisiones de plasma, wifi, sábanas y manteles de hilo, piscinas de aguas transparentes, sazonados bastimentos y vinos escogidos en las mejores bodegas del Alentejo servidos por discreta y esmerada servidumbre, y las celdas que ayer conocieron ayunos, cilicios y disciplinas hoy acunan hedonistas abrazos.
Alguien, incluso, ha querido ir más lejos: a la vista de todos han colgado un cuadro dizque pop de grandes dimensiones. En él una mujer desnuda se entrega a ensoñaciones voluptuosas, allí, se diría, un tanto inadecuadas. Cerca, en los azulejos, escenas  conocidas de Onofre, de María Egipciaca, de Antonio Abad. En esta el demonio tienta al padre del desierto por medio de una mujer que sale huyendo. Hace años que los viejos monasterios se vaciaron de monjes y parece que de no llenarlos con turistas, muchos de ellos se vendrían abajo. Todo esto es cierto, pero vamos a menos. Ya no hay santos que desalojen de nuestra vida los cuadros malos. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de julio de 2017]

8 de julio de 2017

En una gran ciudad

¿CÓMO serán nuestras ciudades dentro de cincuenta años?  La mayor parte de las predicciones que oímos de niños quedaron muy lejos de la realidad. Recordemos únicamente cuatro de las utopías más circuladas entonces: nos alimentaríamos, como los cosmonautas, con píldoras, erradicándose así el hambre en el mundo; nuestras ropas estarían confeccionadas con tejidos   indestructibles que nos defenderían tanto del frío como del calor; la amenaza de las invasiones marcianas uniría a las naciones del nuestro en una federación idílica y, por último, en veinte o treinta años a más tardar, los coches volarían. Sin embargo, en lo que respecta a estas anticipaciones, lanzadas desde laboratorios y universidades, seguimos como en la Edad Media, y hambrunas, dislocamientos climáticos y guerras devastadoras siguen campando por sus respetos, y nos pasamos la vida en los atascos. ¿Y las ciudades? ¿Cómo se pensaba que serían?

Estaban llamadas a convertirse en lugares donde sería fácil ganarse el pan y gastarse el excedente de los salarios de forma divertida y excitante. Pero en este punto  sucedió lo imprevisto, y apareció el teocrático, belicoso, hostil Islam. Hasta entonces los países árabes, que salían de la tutela colonial, apenas eran otra cosa que decorados de Lawrence de Arabia. Desde hace apenas diez años no hay estadio de fútbol, discoteca, bulevar concurrido, mercado, metro, tren o templo, donde uno o varios fanáticos no puedan sembrar el terror.

Ignacio Echeverría, el joven que perdió su vida tratando de salvar la de una mujer atacada por unos islamitas, se había mudado a Londres hacía un año atraído por las promesas que ofrece una metrópolis. Lo que le convierte en héroe fue que corrió hacia el peligro, en defensa de una desconocida, en vez de huir de él. El primer impulso de los que no tenemos su valor sería acaso buscar refugio en pueblos, villas y despoblados y dejar nuestras ciudades a merced de quienes querrían convertirlas en menos aún que las ruinas de Palmira. Pero ahí estaba ese muchacho dispuesto a defender con su vida estadios, discotecas y mercados, pero también museos, teatros, bibliotecas y todo aquello que da sentido a la nuestra, esas cosas que sólo son posibles en una gran ciudad y sólo en una gran ciudad.
   
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de julio de 2017)

2 de julio de 2017

El sino de los tiempos

LA célebre frase de d’Ors a propósito de las conferencias se ha hecho real incluso en las pequeñas capitales de provincia: cada tarde, o la da uno o se la dan a él. Con frecuencia tienen lugar en sótanos tristísimos que parecen refugios antiaéreos, pero también en auditorios amplios y suntuosos. En todas, sin embargo, hay algo común: el público. El 90% de los asistentes a una conferencia tiene más de sesenta años, sólo un 0,5% son menores de treinta, y el 70%  son mujeres. Más o menos. 

Los organizadores se desesperan, porque querrían atraer a los jóvenes a esas actividades, les parece un crimen que no se aprovechen del conocimiento que se les brinda casi siempre de forma gratuita, y para ello recurren en ocasiones a reclamos estúpidos, de feria barata: la última, la del Rijksmuseum, hace unas semanas, permitiendo al visitante número diez millones dormir una noche frente a la Ronda nocturna de Rembrandt, en cama puesta para la ocasión frente al cuadro, con mesilla y botella de champán, como en un meublé), que únicamente sirven para degradar la inteligencia y el esfuerzo de los mejores. Es el sino de los tiempos.

La novela se ha ocupado a menudo de ese personaje que percibe su época como un tiempo en declive, y a sí mismo como un superviviente. En unos casos este se rebelará contra tal aciago sino, tratando unas veces  de restaurar la edad dorada, tal y como le sucede a don Quijote,  y otras, por el contrario, como a Nikolái Andréievich, el viejo príncipe Bolkonski de Guerra y paz, que se recluyó en su palacio, de espaldas al mundo, sólo para esperar su muerte. A la mayoría de los mortales que vamos llegando a esa edad que  llaman provecta, nos acometen, sin duda por falta de una personalidad definida, ambos sentimientos contradictorios: unos días se revolvería furioso uno contra el desorden de las cosas, tratando de restablecer la armonía del universo, y otros se encoge de hombros y desea que ese mismo mundo desordenado se ahogue en su propia estupidez  como el Titanic en las aguas heladas del océano. ¿Qué hacen, mientras, todos los que no son ese 0,5%? De momento siguen, arrobados, como corresponde a su edad, al famoso flautista de Hamelín, conocido también como Diablo Cojuelo. Por eso, debería cuidarse más a ese  0,5%, que son la inmensa minoría, la única que importa.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de julio de 2017]

26 de junio de 2017

Zyklon B en wikipedia

¿QUIÉN no le debe la corroboración de un dato o su refutación, por no hablar de todo lo que desconoceríamos sin ella? Las últimas noticias son, sin embargo, desalentadoras: “La wikipedia va camino de desaparecer: gasta demasiado y las donaciones no bastan”, hemos sabido. Pero no es ese el mayor de sus problemas.

Hace unas semanas, alguien que lo necesitaba buscó en wpedia algo sobre uno, y se quedó atónito. En mi biografía se hacían constar, y de manera sucinta, estos dos únicos datos (no somos nadie): que uno era un “literato” interesado en “el fascismo literario” y que formaba parte de cierta comisión de la Memoria Histórica, “referenciados” con cierta  tendenciosa página de “investigaciones marxistas”. Es decir, un dato falso  y otro circunstancial, tratados ambos de un modo insidioso. La persona que destapó el “hallazgo”, buen conocedor de mis escritos, corrigió uno y otro sobre la marcha, pero se tropezó con la sorda e inaudita reacción de alguien que parece estar vigilando al otro lado, un tal Asqueladd, seudónimo, cómo no, de un censor que revertía, literalmente a los dos minutos, cualquier cambio que no fuera de su agrado. Lo que siguió forma parte de un relato kafkiano. Han intervenido otros lectores. Nada que hacer. Ese sujeto impedía cualquier modificación o la sometía a su “criterio”. ¿Con qué autoridad? La que la de da, al parecer, tener en su haber ¡72 mil ediciones en wpedia!, o sea, la de haber infectado 72 mil veces wpedia con  sus tóxicos errores y omisiones interesadas. ¿Resentimiento, estupidez, terquedad? Ni harto de vino traspasaría su pasamontañas para saberlo.

Parece que ya la han corregido algo. Lo agradezco, pero en cierto modo me da lo mismo. Me digo lo que aquella aristócrata que sacaba a pasear su perro con los rulos puestos, para escándalo de sus hijos, que le afeaban las pintas: “Los que me conocen, saben quién soy, y no les importa; y a los que yo no conozco,¿qué me importan a mí?”. Le han asegurado a uno que si entra en wpedia con su nombre, tiene alguna posibilidad de modificar su biografía. Hasta ahí podíamos llegar. Sí, wpedia tiene problemas, pero no sólo de dinero, sino con aquellos logocidas, secuaces del mito, que propagan en ella a diario, a cualquier hora del día o de la noche, un gas tan letal para el conocimiento como el Zyklon B.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 25 de junio de 2017]

11 de junio de 2017

Cómo se hace una novela

ES uno de los libros más fascinantes de Unamuno. No trata de literatura. Es mejor que esto. La literatura es cosa de literatos y embaucadores. ¿Y de qué va entonces? Las novelas, las de verdad, se escriben, desde luego, pero no serán nada o serán sólo un jueguecito literario si antes no se hacen, se nos dice en él. ¿Y cómo se hacen? Viviendo de una manera consciente, atenta, en lucha: “Y [como] el que pone por escrito sus pensamientos, sus ensueños, sus sentimientos los va consumiendo, los va matando (...) y no  son más nuestros que será un día bajo tierra nuestro esqueleto”, Unamuno se encarga de que el suyo sea lo menos libro posible. En este nos cuenta la novelesca peripecia de su destierro en Fuerteventura, su fuga, la soledad del exilio. Y es un poco todo: historia, poesía, diario, escolio, ensayo, panfleto... escrito de una manera tan trepidante y efusiva, que en él Unamuno hace de reportero del alma humana, de la suya y de la de nuestra.

Del mismo género es el que acaba uno de leer, Recordarán tu nombre, el último de Lorenzo Silva. Dice este que es una novela, y nosotros diríamos que, como el de Unamuno, es más que una novela, mejor que una novela: las vidas paralelas del general Goded, que se sublevó contra la República en Barcelona en 1936, y la de quien le plantó cara, defendiéndola, el general de la Guardia Civil José Aranguren. Los dos pasaron por las guerras de África, los dos tuvieron unas carreras militares brillantes  y los dos, sic transit gloria mundi, fueron pasados por las armas, el primero por haber fracasado en el golpe del 36, y el segundo, en el 39, por haber perdido la guerra. Silva nos relata sus vidas trenzándolas a las de los dos abuelos del novelista,  militar uno y policía el otro, y, como en el de Unamuno, no pude uno levantar la vista del libro, absorbido por una lejanía tan cercana. Algunas historias las conocemos, otras muchas no: mitos, miserias, mentiras. España sueño y verdad, escribió María Zambrano. Cuánta improvisación hubo en aquella mala novela, nos recuerda Silva. Y entonces nos estremece un vago temor: ¿no se parece un poco a veces esta nuestra chapucera novela a aquella? Sí, hay que hacerle caso a Platón, y expulsar de la República a los poetas... y no digamos a los políticos que hablan como ellos. Y ya veremos luego qué se hace con el paradójico y gran poeta  Unamuno.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de junio de 2017]

3 de junio de 2017

Promesas engañosas

IRRUMPE de pronto con un “he vuelto”. No es un misántropo; sólo tímido. Sus primeras palabras pueden parecernos nerviosas y un poco atropelladas, pero cuando empieza a contar su historia, no hay novelista ni viajero que pueda igualar su encanto misterioso. Pocos, Homero o Mozart,  han estado a su altura. Hablamos, como habrán adivinado, del ruiseñor. 

Nosotros tenemos uno muy cerca de la casa. Llevamos treintaicinco primaveras oyéndolo. El mismo siempre, el que oyó un extranjero en Tracia, minutos antes de cumplirse su sentencia de muerte, el que oyó Keats  en la triste Inglaterra o el pastor que cuida de sus cabras ahora mismo, en un monte cercano. En todo este tiempo, sin embargo, jamás habíamos llegado a verlo, tanto ama el esconderse mientras canta. 

Existe una aplicación con todas las aves de España, su figura, su territorio, su voz. Mientras cantaba el nuestro, yo activé el del móvil. Sucedió lo inesperado. El real interrumpió su canto. Se hizo un gran  silencio, qué silencio. Luego salió de lo más alto y profundo del viejo alcornoque que es su casa, y vino flechado adonde yo estaba, sin miedo, a pecho descubierto, y se posó a menos de un metro, frente a mí. Ha sido la primera vez que lo he visto tan cerca, sin estorbo de hojas ni de ramas. Nos miramos, los dos desconcertados. Él, desconfiado, inquieto, volvía la cabeza a todas partes, buscando lo que no había,  un congénere, y yo, con bastante vergüenza por aquel timo: le había arrancado de la cima del mundo, como quien dice, y distraído de su tarea. Este fue el crimen: por una curiosidad un tanto frívola mía había dejado él de cantar, a cambio de nada. Y aunque fueran unos segundos de silencio, fueron, según se midan, una eternidad. 

El ruiseñor acabó yéndose, claro, dejándonos pensativos. Al rato volvió  a cantar y volvió a sonar el reclamo del móvil, pero esta segunda vez ya no acudió. Al no ser uno un filósofo (Platón en su caverna, con su paloma Kant), aquí, sin entrar en más detalles, deja uno este cuento(que no lo fue; no llega ni a fábula siquiera) sobre  las promesas engañosas a las que siguen frustradas expectativas. El drama de los que enredan por juego o estupidez y el de quienes, a diferencia del gran ruiseñor, vienen a tropezar en la misma burla todas las veces.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de junio de 2017]

29 de mayo de 2017

El viejo stradivarius

Oía uno, minutos antes de ponerme a escribir este artículo, Radio Clásica, que de tantas espeluncas melancólicas nos ha sacado a lo largo de la vida. Jamás saldaremos los happy few con ella nuestras deudas de gratitud y consuelo. Tenía bien pensado aquello de lo que iba a tratar, de lo que trataré, al fin y al cabo, lo cual no garantiza nada, dada la propensión de uno a los pensamientos impresionistas, más o menos vagos, intemporales, aproximados. Con todo, me había dicho a mí mismo, como aquel que trata de darse valor antes de entrar en fuego, antes de sumergirse en una batalla peliaguda: Vamos a escribir de Europa. Y en esto empezó a hablar por la radio un viejo luthier que decía hallarse ya mucho más allá del final de su carrera. Hablaba de la nobleza de su oficio, uno, en su  opinión, de los más antiguos y  nobles: transformar la madera en música, un trozo inerme de abedul o de ciprés en melodías inefables y únicas. Recayó entonces la conversación con el locutor en Stradivarius y los sublimes instrumentos que él fabricó.  ¿De dónde procede su misteriosísimo y único sonido? ¿De la madera que empleó y del modo de trabajarla, de los barnices, de su técnica? Algunos sugieren, apuntó el luthier, la sospecha de quienes creen que tal secreto estaría encerrado en el arroyo que corría junto al taller del maestro cremonense, en el que él limpiaba sus herramientas, impregnándose estas de algunas magas sustancias que transmitirían después a la madera. “¿Quién podrá saberlo?”, concluyó, “¡es todo tan misterioso y  frágil!”.

Y aquí entraba en danza Europa. Acabábamos de ver en la tv cómo los obreros, la mayor parte excomunistas, que habían abucheado en una fábrica a Macron, vitoreaban minutos después a Marine Le Pen. Quiere esta, preilustrada y furiosa, como su rubio teñido, acabar con Europa, el viejo stradivarius de donde han nacido algunas de las más admirables partituras políticas: el vals llamado Igualdad, la sonata Libertad y la sinfonía Fraternidad. Sí, nada tan frágil como el bien. Bastan dos o tres desdichados pasos o un solo e insensato referéndum para acabar con el viejo stradivarius hecho un montón de astillas del que ni siquiera Radio Clásica podrá arrancar nada que se parezca a música.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de mayo de 2017] 

24 de mayo de 2017

Feria del Retiro

A quien interese: 

este sábado 27 por la tarde (de 19:00 a 21:00, y único día en toda la Feria del Libro del Retiro) estaré en la caseta 336 de la editorial Pre-Textos para firmar mis libros a quien lo desee.

Rosas de mayo, 24 de mayo de 2017

14 de mayo de 2017

La estafeta romántica

UNO de los cuarenta y seis Episodios Nacionales se titula así: La estafeta romántica. La novela está contada a través de las cartas que una docena de personajes se cruzan por media España. Es fascinante la novela y asombrosa, genial, la pericia de Galdós  para embelesarnos, como si nos llevara embebidos o con baba de buey (que así se les llamaba en Castilla a esos hilillos de araña que andan flotando por el aire, dando a entender que llevar a alguien con ronzal tan sutil es conducirlo sin esfuerzo).

Y lo primero que se nos viene a la memoria son aquellos tiempos en que la gente escribía cartas que tardaban días, semanas, meses en llegar. Internet ha hecho del presente  algo abrumador, invasivo. “En vivo y en directo” es lema de periódicos e informativos, casi una caricatura. En el momento en que los personajes de esa novela galdosiana rasgan el sobrescrito y leen la carta, todo lo que se cuenta en ella puede ser ya historia, agua pasada. Los hechos tienen, pues, la importancia relativa que tienen y los corresponsales aprovechan para expresar en ellas sentimientos, ideas, temores y esperanzas intemporales, a las que no atropellen las circunstancias. Busquen, lean y admírense de las Cartas privadas de emigrantes de Indias que hace años recopiló Enrique Otte. Las escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII indianos a los que se les desgarraba el corazón pensando en sus lejanos seres queridos.  No menos románticas que las novelescas de Galdós, están sembradas de informaciones veraces, exactas, preciosas de la realidad. Son, con el Quijote, el gran tesoro de la lengua castellana por su emoción y naturalidad, sentimientos que tienen que ver más con la vida que con la literatura, o si prefieren, que nos enseñan a hacer que la literatura sea algo más que literatura, por lo mismo que las cartas galdosianas hacen que pensemos, sobre todo, que la literatura vale poco si no es vida.Va leyendo uno La estafeta romántica y estas cartas de indianos. No podemos dejar de sentir cuántas cosas nos ha dado internet, y cuántas nos ha quitado. A nuestro móvil llegan por whatsapp, puntuales, perentorios, los sucesos, pero paradójicamente estos nos hacen sentir nostalgia de aquellas largas cartas que llegando con días, semanas, meses de retraso, traían un providencial alijo de palabras imperecederas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de mayo de 2017]

7 de mayo de 2017

La victoria de los perdedores

HOY por hoy sólo es noticia un medio-hecho: Eta (aún con el verdugo puesto) comunicó a las autoridades francesas las geolocalizaciones de sus arsenales: 120 pistolas y 3 toneladas de explosivos. ¿Significa esa entrega una rendición? Los  caballeros, llegado el caso de la derrota, confiaban su espada al vencedor. Don Quijote la rindió al de la Blanca Luna. Y por supuesto, con la visera alzada. En otras culturas como la japonesa se quitan la vida, todo antes que llevarla sin honor. ¿Podemos pensar que alguien que fue cobarde con un arma en la mano, dejará de serlo sin ella? Si no ha habido nadie en Eta que “diera la cara” en tal acto es porque nunca fueron soldados, sólo sicarios, asesinos. Las entregaron en su nombre unos curas, como en una escaramuza de carlistas. 

Hace años, un alto funcionario del gobierno de Aznar se entrevistó con Tony Blair, entonces primer ministro británico. Acababa él de firmar la paz con el Ira, y le dijo que fuesen cuales fueren los acuerdos con Eta, deberían escenificar la entrega de armas. No porque las armas tengan mucha importancia (al fin y al cabo el mercado negro está lleno de ellas), sino porque de toda la lucha armada sólo se recordaría esa foto. “Una derrota sin escenificación no vale nada”, le dijo; “Una derrota sin vencidos es una victoria de los perdedores”. No habrá esa foto, Eta y los trescientos mil vascos en cuyo nombre asesinaban se han ocupado de que no la haya. 

Otras veces se ha traído aquí el difícil, inestable triángulo: paz, justicia, olvido. Sin olvido no hay paz, pero sin justicia no hay olvido. ¿Quiénes han de olvidar? Las víctimas. Hoy, por el contrario, son los victimarios quienes tratan de imponer el olvido a la sociedad a la que combatieron y amedrentaron durante cuarenta años de forma despiadada y siniestra. Para ello, como han recordado algunos, necesitarán contar  las cosas de otro modo, adueñarse, como ahora se dice, del relato. ¿Y cómo? “Cambiando las armas de matar por las mentiras”, han dicho las víctimas. La primera de ellas es presentarse  como un ejército de soldados (gudaris) que tuvo sus buenas razones para matar, lo que hace de las víctimas gentes que tuvieron también sus buenas razones para morir. Han entregado las armas, pero no la verdad. O sea, no han entregado nada. Nada que traiga un poco de paz, de justicia y de olvido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de mayo de 2017]

6 de mayo de 2017

Calle del poeta Joan Maragall

EL pasado 28 de abril el pleno del Ayuntamiento de Madrid, a propuesta de un Comisionado creado por las diferentes formaciones políticas que lo integran, acordó cambiar el nombre de 52 calles del callejero de la ciudad, relacionados con el levantamiento de 1936 contra la República y con la represión franquista, y en aplicación de la ley conocida popularmente como “de la Memoria Histórica”. 

El último de esos nombres, apenas unos días antes de ese pleno, fue el de la calle del Capitán Haya, que pasará a ser calle del poeta Joan Maragall. Que había que cambiar el de Capitán Haya (o el de Millán Astray, contra la opinión en este último caso del Partido Popular y de algunos colectivos de legionarios), no ofrece duda. ¿Pero qué tiene que ver el poeta Joan Maragall con la ciudad de Madrid, él, que murió en 1911, sin conocer, por tanto, ni la guerra civil ni, claro, el franquismo? Aquí entra de lleno el hablar del trabajo de ese Comisionado, presidido por la abogada Francisca Sauquillo, secretariado por Txema Urquijo e integrado por los historiadores Octavio Ruiz-Manjón y José Álvarez Junco, la arquitecta Teresa Arenillas, la filósofa Amelia Valcárcel, el cura Santos Urías y yo mismo. De este grupo sólo puede uno decir  tres cosas: que, hayamos o no acertado, se lo tomó muy en serio; que nuestras decisiones, en un ambiente de respeto y amistad (y casi ninguno nos conocíamos personalmente de antes), han sido unánimes en más del 90% de los casos, y que pese a nuestras deliberaciones a veces vivas y empeñadas, jamás hemos olvidado aquello que decía Giner de los Ríos: “todo lo sabemos entre todos”. Quiero decir, que nos ha movido el propósito de cumplir la ley y hacer algo que sirviera a todo el mundo. Sí, hemos desmilitarizado en parte el callejero (a sabiendas incluso de que hubo militares, Vicente Rojo, por ejemplo, que merecen una calle y aun más, como defensores de la legalidad republicana). Para substituirlos hemos buscado modelos de excelencia en todo tiempo y lugar, para unir y no para separar, descomunales más que comunes y de todos, para todos y entre todos. Joan Maragall, por ejemplo. Así puede verse aún en su admirable epistolario con Unamuno. Un catalán, un vasco, dos españoles. “La voz de Maragall es simplemente hermosa”, nos dice en “Milagro español” el pintor y exiliado Ramón Gaya, que también contará a partir de ahora con un rincón en el callejero madrileño; y añade: su voz inspiradísima “no tiene esa ambición de obra que precipita a los artistas en el infierno de la creación torturada, desesperada, sino que, de una manera armoniosa, con un ritmo de conversación, va entregándonos el mar, las nubes, los pinos, los montes. Enamorado cuerdo  de todas estas cosas vivas, no quiere alterarlas y pone un gran cuidado en no quitarles hermosura y, sobre todo, en no ponerles hermosura”. Ese fue el poeta Maragall, primer traductor de Nietzsche en España (en catalán), alguien que como el filósofo alemán puso el acento en la vida, más que en la historia, y en la realidad, más que en los mitos. Y esta lección vale lo que todas las guerras y para todas las ciudades. Lástima que los españoles de 1936 no lo tuvieran más presente. Lástima sería que los de 2017 tampoco. Bienvenido, pues, el poeta Joan Maragall al callejero de Madrid.

     [Publicado en La Vanguardia el 6 de mayo de 2017]

2 de mayo de 2017

El trabajo gustoso

“LA renta básica universal sería el mayor logro del capitalismo”, ha afirmado Rutger Bregman,  historiador holandés, autor del libro Utopía para realistas. Propone 15 horas  laborales a la semana para acabar con la desigualdad, y repartir dinero gratis. Lee uno con atención alguna de sus propuestas y, ni que decir tiene, con sumo interés: “Hay muchas pruebas científicas que demuestran que la pobreza es enormemente cara: genera más delincuencia, peores resultados académicos, enfermedades mentales…”. En una entrevista explora algunas otras sendas con parecido brío: “El gran desperdicio de nuestros días son los millones de personas que están atrapados en la pobreza o en un trabajo inútil. (...) Creo en la libertad individual y la gente sabe qué debe hacer con su vida... compramos cosas que no nos hacen falta para impresionar a gente que no nos gusta”. 

¿Son utópicos estos propósitos? ¿Lo mejor para disponer de chatarra es envejecer artificialmente el hierro? Utopías fueron también en su día, cierto, la jornada de ocho horas o la jubilación a los sesentaicinco años, derechos hoy más o menos firmes, inamovibles. Ellos fueron el principio del fin de la más inicua maldición bíblica, “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, origen de la absurda condena de la pereza como madre de todos los vicios (al fin y al cabo, sin holganza no hay filosofía, y sin filosofía no estaríamos donde estamos ahora mismo, pidiendo la reducción de la jornada laboral). De acuerdo.

Pero tiene uno, sin embargo, que hacer una pequeña objeción al señor Bregman: si la gente sabe qué hacer con su vida, ¿por qué compra tantas cosas innecesarias? ¿Y en qué empleamos la mayor parte de nuestro tiempo libre? ¿Nos cultivamos acaso más, ayudamos desinteresadamente a otros a hacerlo, a que puedan vacar como nosotros? El recuento de las “actividades lúdicas y de ocio” en las sociedades desarrolladas  causa espanto, y saca uno la conclusión de que  cuanto menos trabaja el hombre y más dinero tiene, más prisa se da en destruir el planeta. Por eso la única solución acaso sea la que arbitró el poeta Juan Ramón hace ya un siglo: mucho trabajo, pero libre y gustoso, y una vida decorosa y austera, sin amos, entre los que el dinero es el más déspota y sin escrúpulos.

   Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de abril de 2017]

27 de abril de 2017

Este pasado lo vamos a ganar

A día de hoy es harto difícil saber cómo se valorará el descubrimiento de los historiadores Álvarez Tardío y Villa García. Se trata de un asunto serio, que no puede despacharse a la ligera, pero ¿será tenido por definitivo, se matizará, se olvidará pronto? La propaganda a velocidad de crucero no es cosa que se detenga de un día para otro. En todo caso de lo que habla su libro (1936: Fraude y Violencia)  es precisamente de esto: el pasado es algo que se escribe cada día y todo lo sabemos entre todos. Acaban esos dos investigadores de dar a conocer algunas actas electorales de febrero de 1936 que permitieron el triunfo del Frente Popular. Según sus investigaciones, labor de hormiguitas, minuciosos y tenaces arqueos de contable, las irregularidades acreditadas y patentes en el recuento de casi doscientos mil votos proporcionaron cincuenta escaños a las izquierdas, sin los cuales aquel triunfo habría quedado comprometido. Toda distopía a partir de este dato es legítima pero irrelevante, porque, sí, no sabemos si un recuento riguroso y honrado habría evitado la guerra civil y lo que ya conocemos de sobra.

Las interpretaciones de estos dos historiadores serán rebatidas o no por abusivas (los datos que presentan, no obstante, son irrebatibles), pero de momento añaden mayor complejidad a lo que era ya de por sí una maraña: el levantamiento militar de julio de 1936 sería, según su investigación, contra un Régimen legal (la República) que acaso no era todo lo legítimo que se suponía. 

El de la legitimidad de la República frente a los golpistas militares y fascistas ha sido durante años uno de los bastiones inexpugnables de los que perdieron la guerra. También durante ochenta años triunfó la idea de los perdedores, según la cual los mejores escritores e intelectuales se habían puesto del lado de la República. Esta se demostró hace ya tiempo no ya inexacta o discutible, sino falsa de toda falsedad, lo cual, dicho sea de paso, no hace mejores a los franquistas. ¿Qué sucederá con estas nuevas revelaciones? ¿Miraremos a otro lado con cinismo por conveniencia? No deberíamos. Porque el pasado es lo único que podemos ganar y compartir sin enconos: ya no duele. Y si duele, es que no es pasado todavía.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de abril de 2017]

PD. Y para los interesados en el asunto, aquí van dos muestras de lo que anuncia el artículo. La réplica de Santos Juliá al trabajo de ATardío y VGarcía, y la respuesta de estos a SJuliá.

23 de abril de 2017

Apreciado comandante

(Carta blanca)
USTED no me recordará, pero le debo una de las mayores alegrías de mi vida. Pocos habrán sido más felices que yo el día que recibí la notificación según la cual, “y conforme al cuadro de inutilidades vigente”, me comunicaba que había sido excluido del servicio militar, declarándome, como entonces se decía, “inútil total”, fórmula esta muy de mi agrado para asuntos castrenses. Con aquel certificado en la mano (que aún conservo por si algún día movilizan mi quinta), cuántas cabriolas no daría, qué temerarias gambetas. De haber tenido valor entoces habría corrido a ponerme a las órdenes de usted. Lo hago con más de cuarenta años de retraso y bien que lo siento, porque tampoco sé si todavía vive. La búsqueda por internet me ha llevado a un “Boletín Oficial del Estado de 3 de noviembre de 1938”. Allí aparece su nombre, entre otros, “promovido al empleo de sargento provisional”. Cuando su vida y la mía se cruzaron aquella mañana de julio, yo acababa de cumplir veinte años, usted andaría, supongo, por los sesenta y a mí me habían citado en el Hospital Militar de Valladolid. Las probabilidades de que mis dioptrías pudieran burlar al tribunal médico eran nulas (yo en aquel tiempo veía moscas en el horizonte). Viajé desde León en el primer tren y fui leyendo Conversación en La Catedral. Me pasaron a su consulta y empezó usted a meter y sacar cristalitos en una de esas lunetas de hierro que usan los ópticos. Entonces reparó en el libro, y me preguntó por él, por su autor, por el famoso boom… Yo iba hablando y usted me oía en silencio, sólo preguntaba “¿mejor? ¿peor?”, con cada nueva lente. Me dejó parlotear cinco o diez minutos. Pasamos a su despacho y, sin despegar los labios, garabateó algo en una libreta. Al terminar, levantó los ojos, se me quedó mirando unos segundos, y me dijo: “Hijo, de la vista estás divinamente, pero a ti la mili no te va a servir de nada. Tú lo que tienes que hacer es aprovechar el tiempo, estudiar, leer  muchos libros y contárnoslos luego. Hala, vete.”. Salí de allí y nunca más volví a verle ni a saber de usted. Ah, si viviera. A las tres o cuatro semanas recibí ese papel para mí más poético que las Églogas de Garcilaso, soldado ilustre. Hace un mes pude al fin contar a Mario Vargas Llosa aquel hecho en verdad prodigioso que da sopas con honda a todo el realismo mágico, y le agradecí que hubiera escrito una novela tan formidable como providencial. Hoy se lo agradezco a usted. Los libros me han traído a cierto Comisionado de la Memoria Histórica, que anda estos días quitándole la calle a algunos generales, conmilitones suyos. Quiero que sepa que si de mí dependiera, una de ellas llevaría hoy el mombre de Comandante Darío Valcuende Torices, el buen samaritano. Y no digo más. Suyo afecto, Andrés García Trapiello, recluta del reemplazo de 1973, cuando Franco.

       [Publicado en El País Semanal el 23 de abril de 2017]

PD. Alguien colgó hoy mismo en el AT de Fbook este comentario: "Qué maravilloso desayuno este Domingo. Estoy en , Cali, Colombia, me llega su columna " Apreciado comandante" vía Wassap con el texto " mirad qué bonito recuerdo" y mientras unto las tostadas comienzo a leer. Casi desde el principio empiezo a notar un nudo en el estómago, emoción que va subiendo hacia la garganta y termina en una llorera atiborrada de preciosos recuerdos cuando leo el nombre de su "Apreciado comandante" y constató lo que imaginaba desde el principio; su apreciado comandante es mi querido abuelo, un gran tipo, afable, divertido y buena gente, al que recuerdo siempre haciendo algo, que si en la huerta, que si en los chopos, que si podando, que si haciendo alguna chapucilla en la casa, preparando la paella de los domingos para toda la familia con un porrón de vino con gaseosa al lado, recibiendo a todo el que pasaba por allí con una enorme sonrisa, durmiendo la siesta en una hamaca colgada entre dos manzanos y yendo a tomar el vinín los domingos de verano después de la misa en el pueblo hecho un pincel de traje blanco o guayabera.
Todo esto me he desayunado hoy gracias a usted.
Muchas gracias,
Olga Sánchez Valcuende".






19 de abril de 2017

De las flores


En la galería sevillana de Félix Gómez estos días, y en la de Guillermo de Osma de Madrid en mayo, exponen sus cuadros de flores Rosa Artero y Marcelo Fuentes. Al frente de ese catálogo figura este escrito inédito y algunos poemas míos antiguos sobre ese mismo asunto.


* * *

"...imperaba la rosa, emblema del silencio".
 Benito Pérez Galdós, El Grande Oriente.

Meter flores en las casas: ese sí que fue un gran paso para la humanidad. Si la costumbre de poner árboles en las calles es relativamente reciente, del siglo XIX, la de cultivar flores en los jardines es muy antigua, acaso porque las flores forman parte, con algunas pocas cosas más (el amor a los niños o las puestas de sol, según la neurociencia), de aquello a lo que el ser humano de todas las civilizaciones y épocas es sensible, naturaleza en estado puro, diríamos, belleza sin pasar por el fielato de la cultura. Pero el día en que alguien cortó unas flores de un rosal silvestre, o las que vio a un lado de un camino, sin nombre, ingenuas, humildes, y las puso en un vaso con agua, sobre una mesa (o en el suelo, en una jarra, porque eran tan pobres que no tenían ni jarrones ni dónde ponerlas, como nos contó un día Ramón Gaya de su propia casa, en Murcia, país de las flores), algo importantísimo estaba sucediendo en la historia de las civilizaciones, algo profundo había cambiado en el alma humana, algo a lo que esta ya nunca renunciaría. Las flores trajeron a nuestras casas no sólo la naturaleza, sino un modo de estar que era desconocido hasta entonces. Con flores en la casa todo se silencia, el tono de las conversaciones se reposa, la vida se apacigua. ¿Quién, consciente, gritaría con unas rosas como testigo? Si a las flores se les habla mientras siguen unidas a su planta, arbusto o rama, a las que están en un jarrón o en un vaso con agua se les escucha, porque sentimos que nos están diciendo algo. ¿La música callada no viene acaso de unas azucenas, en San Juan de la Cruz?

La convención de que las flores pueden simbolizar conceptos abstractos es también antigua. No sólo se compara a las mujeres con flores (principalmente con la rosa), sino que a menudo las flores son encarnación (si podemos decirlo de este modo) de conceptos abstractos (pureza y castidad, la azucena; voluptuosidad, el nardo, etc.). Que hablen no sólo a través de su perfume ha hecho que desde antiguo los hombres hayan desarrollado abundante literatura sobre “el lenguaje de las flores”, aquel del que se sirven ellos para expresar sentimientos propios más o menos inefables, de dicha, de melancolía, de dolor: regalar un ramito de violetas a la mujer amada, poner un jazmín entre las páginas de un libro, llevar crisantemos a una tumba, meter en el ojal de la chaqueta una margarita, camino del baile...

Las mismas flores dirán cosa diferente en un jardín o en un jarrón. ¿Pero son acaso las mismas flores? ¿No se transforman? Sí y no. Al reunirlas, al apretarlas en un ramo, esas flores que estaban cada una de ellas en lugares diferentes y aun distantes entre sí, se diría que empiezan un coloquio interminable. Unas veces serán flores de diferentes especies (esos ramos monumentales y variopintos a los que tan aficionados eran los pintores del siglo XVII, que trataban de resumir en un jarrón todo el paraíso), y otras, del mismo género (un ramo de rosas solas, o de claveles solos, o de lirios, o de calas), pero en cualquier caso iniciarán entre ellas un diálogo nuevo, siempre diferente, irrepetible. Y aún diríamos más al elevar el hombre a rango de flores cosas que no lo son en absoluto. Sucede cuando el pintor Ramón Gaya pone en una de sus copas de aguador un puñado de perejil, o Van Gogh unos cardos o esa flor hipertrofiada que es un girasol, o una muchacha japonesa, mediante el arte al que ellos han dado el nombre de origami, figura con trozos de papel de seda flores no conocidas. Y lo que dicen esas flores en el jarrón de cosas no son las mismas que las que hablaban en su planta… pero recuerdan las que hablaban allí.

Esto nos lleva a otra cuestión. Hay flores que ganan en jarrón, copa o vaso, pero por lo mismo que hay pájaros de canto admirable que no se dejan criar en cautividad, hay flores a las que no podríamos arrancar de su medio natural sin destruirlas: pensemos en las ninfeas o nenúfares de los estanques o el edelweiss que nace sólo en las cumbres nevadas, por no referirnos a todas aquellas que como las amapolas o los cantuesos se marchitarían apenas arrancadas (preferidas de los impresionistas), o los jazmines o las magnolias o el azahar de los naranjos, que sólo son elocuentes cuando conciertan sus voces y dicen entre muchas lo que acaso una sola no sabría expresar tan bien.

Los poetas han prestado atención desde antiguo a las cosas que las flores nos dicen, conscientes de que cada una de ellas trae algo nuevo también y diferente, nunca dicho. Recordaba Juan Ramón Jiménez, el poeta que más constantemente se ha ocupado de las flores, a su madre, “mama Pura”, que le decía: “Hijo, la rosa no cansa”, así, en singular, como la llaman también los jardineros y floristeros, dando a entender que no cansa porque siempre dice algo nuevo, delicado y fuerte, original y eterno. Y el propio Juan Ramón hubo de recurrir a la rosa para dar a entender lo que era un poema y la perfección a la que este ha de aspirar, una perfección natural sin afectación posible, ni sobrecargada ni incompleta: “No lo toques ya más, que así es la rosa”, definiendo a un tiempo rosa y poema.

Los pintores, como los poetas, han sido desde los orígenes mismos de la pintura moderna, es decir, desde el Giotto, sensibles a las flores y han buscado su proximidad de la mano del arcángel anunciador o en la pradera donde tiene lugar un encuentro pagano de ninfas y de dioses.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado todos estos cuadros. Han hecho su propio jardín, han llenado su casa de flores, y la nuestra, y la casa común de la pintura. Sólo flores. Son pinturas bellísimas, todas, unas por unas razones, otras por otras. Es muy difícil elegir “un cuadro preferido” entre tantos, porque como las flores también, que no se dejan elegir fácilmente, cada uno tiene su propio misterio, su encanto, su delicia. Y es buenísima idea darlos juntos aquí, mezclados, como flores también de un ramillete común, sin “tuyo” ni “mío”, que decía don Quijote en el maravilloso discurso de la edad dorada o florida.

Las flores de los pintores no son exactamente las que tenemos en nuestras casas. Las nuestras acaban marchitándose. Las suyas, si están vivas, estarán eternamente vivas. Y estas lo están y lo estarán ya para siempre. Incluso cuando un pintor pinta siemprevivas, esas flores rarísimas que nacen y viven secas como flores del desierto, hace que en su cuadro parezcan más vivas y jugosas de lo que realmente están, como creo recordar que aparecen en un cuadro de Ensor. Porque las flores son la metáfora por excelencia de la vida, de la brevedad de la vida, de lo que pese a su belleza no logrará vencer la muerte. A eso atienden los poetas y pintores, y cuantos ponen un ramo en jarrón o vaso. Pero al mismo tiempo las flores nos recuerdan a todos que la vida no empieza ni acaba en nosotros, que nos iremos, “y seguirán los pájaros cantando”, y habrá rosas en un jarrón y en un vaso muchos años después de que nosotros hayamos partido… Sí, volverán las oscuras golondrinas, no otras diferentes de las que vimos, no, las mismas, y el ruiseñor que canta en lo más cerrado de la enramada hoy en Extremadura es el mismo que escuchó Keats en Inglaterra hace doscientos años, y cualquier rosa que nazca hoy en el más remoto confín es la misma que cantó Ronsard. Y por eso cuando un poeta y un pintor, arrobados por la lozanía y belleza de una flor, se quedan contemplado  tal o cual flor, están pensando en lo más íntimo de sí que acaso ellos sean también el mismo poeta y el mismo pintor que hace doscientos años veía esas flores, el mismo que dentro de doscientos años repetirá el rito de cortar unas flores y juntarlas en un ramo, como junta los colores en su paleta, antes de ponerse a pintarlas. Y pensará el poeta que su libro es el mismo libro que escriben todos los poetas, y el pintor pensará que sus cuadros son los mismos que pintaron todos los pintores antes.

Marcelo Fuentes y Rosa Artero han pintado muchas rosas porque “la rosa no cansa”, pero han pintado algunas otras también (crisantemos sobre todo, blancos, amarillos, tan japoneses), porque miradas de cerca, no cansa ninguna. No hay niño que no sea bellísimo ni ninguno podría sernos ajeno (y qué feo el reñir de los adultos delante de los niños o las flores), y lo mismo nos sucede con esta, y si no, volvamos la mirada a los maestros: Fantin-Latour (el Chardin de las flores) o Morandi (el Fantin-Latour de la modernidad) seguramente son los primeros que se habrán encontrado Rosa y Marcelo... Cuando un pintor se pone delante de unas flores, desparece casi toda la historia de la pintura, como si las propias flores les llevaran de la mano adonde ellas quieren (y qué bellas son a veces las pinturas de los niños, mal llamadas naïf, cuando pintan esas grandes margaritas que son soles con pétalos). También nuestros amigos han elegido sus flores. Cada pintor tiene las suyas preferidas: las de Monticelli eran flores bravías y sin nombre que parecen crecer en los barbechos, de vida abrupta y corta (y de ahí que parezca él querer pintarlas siempre en un arrebato, antes de que se marchiten definitivamente); Chardin y sus botones de azahar; Van Gogh, los lirios y los girasoles, y pensando en Japón, cerezos y ciruelo en flor; Odilon Redon las anémonas y dalias que parecen de otro mundo, submarinas; Gaya las rosas, las anémonas y jazmines; Monet, sus nenúfares; Velázquez, en un búcaro de cristal, esas mínimas, delicadísimas, confidentes flores de la infanta Margarita, margaritas, rosas, lirio, casi aire, como todo lo suyo… Hasta Solana se atrevió con unos gladiolos, si no me falla la memoria, que es flor imposible de bodas y cementerios.

Aquí les dejo con todas estas flores de Rosa Artero y Marcelo Fuentes (y cómo le agradecí a este, hace años, que cerrara una serie de aguafuertes cúbicos, de deshumanizados bloques de viviendas, tan característicos de su obra, con uno de crisantemos).

Entran en nuestra casa hoy para civilizarla un poco más. Las rosas que hemos comprado ayer en nuestra floristería de barrio, han venido a ocupar el lugar de unas mimosas. Estas rosas se quedan mirando las que han pintado nuestros amigos como miramos nosotros las fotografías de nuestros antepasado, vivos en nosotros mientras les recordamos. Las flores de Marcelo y Rosa nos recuerdan a lo vivo las rosas vivas (ninguna flor muere cuando se la corta), y las pintadas son rosas vivas también. Han pintado la vida. Y todas nos gustas, naturales y pintadas. Todas son ya de la familia, y viven con nosotros.


De arriba abajo: Marcelo Fuentes y Rosa Artero