18 novembre 2018

Miriam Moreno Aguirre: Otra modernidad

HOY por hoy, el libro sobre Ramón Gaya. No me resulta difícil decir muchas cosas de él y de su autora. Y sí. Siempre cuesta abandonar la intimidad. Si hay un libro en el que se cumpla aquello de "lo que se sabe sentir, se sabe decir", es este. Y Miriam ha podido decirlo, porque antes ha estudiado a Ramón Gaya como pocas veces se había hecho: honda, minuciosa, humildemente (escrito desde la filosofía, su autora prefiere que se la considere más que filósofa, filofilósofa, al modo del personaje de Azorín). En algunos aspectos de la obra gayesca Miriam ha sido la primera en llegar (la relación de Gaya con el vitalismo de Bergson), en otros, la más esclarecedora (su relación, a través de don Manuel B. Cossío y las misiones pedagógicas, con el institucionismo de Giner y JRJ, y, claro, con la vida). Un trabajo este que les habría gustado leer a nuestros maestros, Giner, Cossío, JRJ., el propio Gaya. Porque todo en él habla de la vida, y del modo (ética) en que el arte (estética) ha de preservar la vida. Si algún crédito tiene uno, hazme caso, amigo, amiga de Ramón Gaya, y lee este libro. De principio a fin. No tiene desperdicio. Y aquellos que ni siquiera conozcan la obra de nuestro pintor (una de las cosas buenas que le pasaron a la distraída España del siglo XX, tan cerril a menudo, por decirlo con palabra que le gustaba a él), también. Miriam Moreno Aguirre habla de la esperanza: otra modernidad es posible. Es necesaria. Nos va en ello el arte, quiero decir la vida. Y todo dicho con suprema sencillez y naturalidad.



Premio Internacional de Crítica literaria "Amado Alonso" 2017

11 novembre 2018

Andrés Herzog

LAS encuestas cuajaban una de esas bonitas contradicciones que no entiende nadie: Andrés Herzog aparecía en ellas como el político mejor valorado (como también antes Rosa Díez), pero a su partido, en cambio, no iba a votarlo nadie. Las encuestas se cumplieron, Upyd sacó menos votos que el partido animalista y Herzog ni siquiera revalidó su acta de diputado, pero siguió personalmente, por pundonor, con alguno de los trabajos iniciados antes, entre ellos la querella contra Rato y los que hicieron uso de las tarjetas black, una de esas corruptelas en las que participaron con idéntica desvergüenza Pp, Psoe e Izquierda Unida, sin olvidar, claro, las guindas del pastel, Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores. Y naturalmente dejaron sola a Upyd en su querella.  Mirando TODOS (esta es una buena ocasión para usar las mayúsculas) a cualquier parte menos a las tarjetas black. 

Acaba de conocerse la sentencia: Rato y algunos más irán a presidio, en condenas que suman 106 años de cárcel. Cuando Herzog presentó la querella, algunos se lo desaconsejaron (le llamaron ¡oportunista!), aunque en realidad le amenazaron: pagaría por ello un alto precio. Es verdad, lograron que Upyd desapareciera del mapa y el propio Herzog dejó la política.

Es una lástima, porque Herzog ha sido el político más cabal, íntegro y discreto que haya tenido España estos últimos años. Un señor, en toda la extensión de esta palabra: inteligente y honesto, desinteresado y valiente (pedía en Madrid lo mismo que en el País Vasco, Navarra o Cataluña, la desaparición de privilegios tributarios o forales y la igualdad de las dos lenguas, por ejemplo; competencias estatales de Educación y Sanidad y el cambio de la ley electoral, así como estrechar los controles contra la corrupción). Herzog acaba de publicar un artículo , “Los miserables y las tarjetas black”. Búsquenlo en internet. En él se pregunta por qué nadie, ni políticos ni medios de comunicación, ha recordado ahora quién y por qué puso aquella querella. “Hipocresía social” lo llama: “El mismo miserable establishment que decidió colonizar las Cajas y repartirse sus consejos de administración, sigue muy vivo”, leemos allí. El mismo establishment que busca ahora cambiar algunas cosas, para que todo siga igual, que decía el Gatopardo.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de noviembre de 2018]

5 novembre 2018

Por fin tontos y malos

En diferentes ocasiones se ha vaticinado en esta página a lo largo de los años (en realidad se  ha invocado, no vamos a ser hipócritas) la autodestrucción del arte contemporáneo. Los revolucionarios franceses clásicos, los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, cuando ya no encontraron a nadie a quien llevar a la guillotina, entregaron la suya propia al verdugo.  Algo parecido se vio en los procesos de Moscú, cuando algunos acusados exhortaban a Beria y compañía a que les aplicaran las penas más severas si con ellas salvaguardaban al Partido y La Unión Soviética. Por suerte para todos, no es infrecuente que a los más tontos y a los más malos (“el mal se autodestruye”) les den periódicos ataques de enajenación y acaben ejercitando la autofagia. Esto, qué duda cabe, clarea y desahoga mucho la vida social.

Nadie puede asegurar que el señor Bansky sea ni lo uno ni lo otro, ni tonto ni malo. Es únicamente artista, un célebre y anónimo grafitero británico que ha dejado muestras de su trabajo en todo el mundo y siempre con gran repercusión mediática. Sus obras han alcanzado mucha notoriedad, pero, pintadas en muros y paredes, no pueden venderse. Claro que Bansky ha hecho versiones portátiles de alguna de ellas. Una de estas, “Niña con globo”, se subastó en Sotheby’s y alcanzó (con tasas) casi el millón y medio de euros. Pero en el mismo momento en que el subastador remató la puja con la maza de madera, el cuadro, que llevaba incorporada, oculta, una trituradora igualmente portátil (un ingenioso mecanismo de cuchillas preparadas para convertir la tela en espaguetis), empezó a deslizarse bajo el marco y autodestruirse.

El propio artista, a través de un comunicado, citando a Bakunin (con frase que atribuyó a Picasso), explicó sus razones: “El impulso de destruir es también impulso creativo”. Lo gracioso es que la obra se destruyó... a medias. Yo he visto el vídeo: la mitad quedó intacta. En realidad se parece ya a un cuadro con flecos. Es decir, también como autodestrucción fue un fraude. La obra será a partir de ahora mucho más famosa... y mucho más cara. Porque esta es la cuestión, los malos y los tontos pueden autodestruirse, pero los artistas modernos siempre consiguen detenerse a tiempo, porque viven de sus clientes, que son precisamente... los tontos y los malos. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de noviembre de 2018]

   

28 octobre 2018

Sforza, Taylor, estrellas

CAVALLI Sforza, que ha muerto casi centenario, demostró científicamente la falacia de agrupar a los individuos humanos por razones genéticas, desmontando por tanto el concepto de raza. A propósito de esa muerte escribió el filósofo Fernando Savater: “Las razas son agrupaciones superficialmente justificadas que a fin de cuentas dependen de la mirada –y a menudo las intenciones políticas– de quienes las acuñan, como las constelaciones astronómicas no son hallazgos científicos sino caprichosos inventos de los que pretenden ordenar las estrellas”. No se podría haber explicado mejor ni de un modo más poético: las razas, por diversas que parezcan, están sólo en nuestra cabeza, los individuos, como las estrellas, son únicos y al tiempo iguales, y la luz que emiten ilumina la vida de igual modo, independientemente de su composición y origen, quinqué, luna o farola de autopista, negro, blanco, amarillo. 

Por aquellos días también, en algún lugar de los Estados Unidos, un tal Taylor, de cuyo nombre no puedo acordarme (la noticia salió de la radio del coche), puso la justicia de su Estado patas arriba, tomando, sin saberlo, el atajo de Sforza: los jueces no aceptaron su declaración de que era negro, ya que a primera vista Taylor es blanco. ¿Y por qué quería el señor Taylor que se admita que es negro en un país en el que la mayor parte desearía disfrutar los privilegios y la consideración que se reserva únicamente a los blancos? Porque ese hombre, comerciante en una pequeña ciudad, quiere beneficiarse de las ayudas con que se favorece y estimula sólo a los comerciantes negros en aras de la igualdad racial. Las autoridades, que examinaron su solicitud, denegaron la ayuda en cuanto lo vieron, pero el hombre, que no tenía ascendentes negros conocidos en su familia, no se arredró y pagó de su bolsillo una prueba de adn que ha dado como resultado un 4% de genes específicos de la raza negra. En la radio no dijeron cómo habían obtenido ese porcentaje ni si era relevante, pero lo que Taylor ha venido a demostrar no es que él sea negro, sino que todos los negros son blancos en un 96%.

En España no hubiera hecho falta esa prueba de adn: las gotas de sangre semítica que corren por nuestras venas siguen dando su luz, como tantas estrellas muertas, cinco siglos después de la expulsión de moros y judíos.

  [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de octubre de 2018]

14 octobre 2018

Del 3 al 8

POR los mismos días en que España asistía entre abochornada e incrédula al asunto de la tesis doctoral del presidente del gobierno, acusado de plagiario, y de la dimisión de su ministra de medicina, que gritaba su inocencia con un “!no todos somos iguales! ¡No todos somos iguales!” horas antes de ser descubierto su embuste, los periódicos publicaban esta noticia: “Los títulos académicos cada vez importan menos para encontrar empleo en Silicon Valley”. Vuelta del revés lo que se entiende en esta frase es esto: los títulos estorban en Sillicon Valley. Más aún, en ciencia, el saber a veces es un hándicap.

Hace años un amigo, físico de partículas, nos decía que la mayor parte de los grandes descubrimientos en su campo, desde Einstein hasta nuestros días, lo hacían físicos muy o relativamente jóvenes. Estos, a diferencia de colegas con más años, saber y experiencia, se adentraban por caminos inexplorados que la expriencia, el conocimiento y la edad desaconsejarían a cualquiera, y su audacia o temeridad era premiada a veces con el prodigioso eureka.

No obstante, hay que relativizarlo todo: la mayor parte de nosotros ponemos nuestra salud en manos de los médicos titulados y nuestros puentes en las de los ingenieros, y a pesar de todo muchos no logran curarse y algunos puentes se caen, desconfiamos de los curanderos. En letras, incluso en ciencias sociales  todo es diferente. De las dos personas más inteligentes que hemos tratado, una dejó la escuela a los diez años (el pintor Ramón Gaya) y otra ni siquiera creo que llegara a la universidad (Sánchez Ferlosio). 

Porque lo que nos revelan quienes amañan sus currrículos académicos para trepar en la vida no es su marrullería, que también, sino la desperación profunda de saberse íntimamente mediocres (y qué cómico fue que La Moncloa, o sea, el presidente, pasara su propia tesis por el softward de plagios como ese que se ha entrenado para engañar al detector de mentiras: ¿tenía él alguna duda de haber plagiado?), impotentes para ganar en buena lid a otros más capacitados. El único problema de convertir un tres en un ocho en la papeleta de las calificaciones escolares es que acaban desacreditando todos los ocho legítimos y bajan la media de la vida a tres. 

      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de octubre de 2018]

9 octobre 2018

De El Rastro

EL domingo pasado salieron estas dos cosas, en el Magazine de La Vanguardia y en El País.

Y a ellas se añade este fragmento del prólogo del libro y una foto tomada el domingo 30 de septiembre.

"(...) En el Rastro algunos saben que yo soy escritor, pero la mayoría no. Allí somos todos un poco legionarios, si es verdad lo que dice el himno ese que cantan, cuando desfilan detrás de la famosa cabra: «Nadie en el Tercio sabía / quién era aquel legionario / tan audaz y temerario / que en la Legión se alistó. / Nadie sabía su historia, / mas la Legión suponía / que un gran dolor le mordía / como un lobo el corazón». En el Rastro nadie pregunta mucho, ni de dónde vienen las cosas que se venden, ni para qué las quiere el que las compra, ni cuánto ha pagado por ellas, si acaso ha pagado algo y no las ha robado o escamoteado. En el Rastro las cosas se guardan para sí su historia, y raramente la cuentan.
Durante unos años se veían muchos legionarios viejos en el Rastro, vendiendo grifa, que subían del moro. Se les conocía por los tatuajes que llevaban, con las insignias del Tercio, y la gente les trataba con respeto, como a los soldados pobres de Flandes e Italia en la época de Cervantes. Hay una leyenda según la cual Cervantes venía a visitar, en el refugio de San Esteban, al lado de lo de las barras de hielo, a cinco soldados que quedaron lisiados como él en Lepanto. Estaba ese refugio en la calle de San Lorenzo, que pasó a llamarse la calle de los Cojos, detrás del matadero de abajo. Sí, en el Rastro, aunque no se hable mucho de ello, se ve que hay pobreza, dolor e historias por todas partes". 

Etc.

Legionario en el Rastro (30 de septiembre 2018)




7 octobre 2018

Hansel y Gretel

LILI y Howick, hermanos de 12 y 13 años, debían ser expulsados a Armenia por las autoridades holandesas, pero evitaron de momento esa extradición huyendo del hogar de acogida donde vivían. De origen armenio, su madre, Armina Hambartsjumian, llegó hace una década con ellos a Holanda, y allí pidió un asilo que finalmente le fue denegado, expulsándosela del país hace dos años. Los niños sólo hablan holandés y en todo caso no volverían con su madre, sino a un orfanato armenio, ya que su madre, aquejada de una enfermedad mental, ha sido declarada incapacitada para hacerse cargo de ellos. La huida de los chicos activó los protocolos rutinarios de la policía, que se lanzó en su persecución, pero en el momento en que escribo estas líneas no habían dado con ellos todavía. 

La literatura infantil abunda en estos relatos terroríficos: niños abandonados, robados, cautivos, vagabundos, Hansel y Gretel, Garbancito, Pinocho, desde Hamelin a Sicilia. Niños que  han sido arrancados de su entorno familiar contra su voluntad y obligados a llevar una vida de privaciones y adversidades sin cuento. La fatalidad rige sus vidas y quien no está amenazado por una madrastra malvada o el maleficio de una bruja, lo está por el vesánico apetito de un ogro.

La vida de los adultos no es a menudo más que repetición de su infancia, y basta cambiar ogro o bruja por hambre, desarraigo y guerra para que todo cuadre en tales relatos. Pero no hemos oído un “Lili y Howick somos todos”.  Los han dejado a su suerte. El burócrata holandés al que se encomendó ese expediente dijo esto: “El caso no me deja dormir, pero sería injusto y un agravio comparativo para muchos otros emigrantes, que hemos expulsado también”. Con el fin de dejar su conciencia tranquila ese hombre aseguró, con patente cinismo, que Armenia es “un país seguro”. Pero a Lili y Howick les importa Armenia lo que a la mayoría de nosotros Jauja, Babia, las Batuecas. Prefieren, como Unamuno, su vida cotidiana holandesa, en una casa de acogida, al paraíso armenio, más incierta aquella que este, pero real. Lili y Howick han entrado en nuestras vidas por una noticia de periódico y con  parecida celeridad han salido de ellas, dejándonos más huérfanos que nunca.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de octubre de 2018]

1 octobre 2018

Husos y costumbres

SE representa a las Parcas, desde antiguo, con un huso en la mano, dando a entender que  la rueca del tiempo no se detiene nunca, y que tanto como el futuro, van tejiendo el olvido de todo lo pasado. Quien ideó para el globo terráqueo los imaginarios meridianos fue un científico, pero quien dio el nombre de husos a los veinticuatro meridianos que parcelan el día en horas fue, además, un poeta. Lo hizo al  advertir que tenían estos la forma de un huso, o sea, delgados en los extremos y abultados en el centro, tal y como se comporta el hilo en los dedos expertos de la hilandera. Ese hombre acaso ni pensó en las Parcas, pero la poesía es eso: coincidencias felices que amplían de significación y de armonía el mundo.

Se ha abismado uno ahora en estas consideraciones vagamente metafísicas (todas en las que anda enredado el tiempo acaban siéndolo un poco), al hilo precisamente de la noticia:  Europa modificará sus husos horarios. Nadie sabe cómo ni cuándo se hará. Europa es extensa. Lo es España; mientras en las islas baleares es prima noche, en las canarias quedan aún dos o tres horas de sol.  Será difícil armonizarnos a todos. Cada cual tiene sus preferencias. Hay quien es partidario de los ritmos de la naturaleza, y procura levantarse y acostarse con las gallinas. También quien se activa con las tinieblas, como los gatos y las lechuzas (¿se comprende ahora por qué trae más prestigio la noche que el día?). Está el que asegura que el horario de verano le proporciona más luz solar, y por tanto, mayor alegría para afrontar la lucha por la vida y aquel al que indigna que le roben una hora de sueño.

Lo desquiciante, sin embargo, nos dicen los expertos, no es tanto vivir en uno u otro huso horario, sino que nos los cambien cada seis meses. Personalmente le gustaría a uno acompasarse con el de Portugal (e Inglaterra), fiado de que el huso civilizará algunas costumbres, haciéndonos menos gritones, más educados y discretos y atenidos a ceremonias un poco menos locas, como esa de comer a las tres del mediodía o cenar a las once de la noche. Nada cambiará sin embargo para la mayoría de nosotros: nos fascinará la luna en su cénit tanto como ver amanecer, misteriosos milagros, y el trasnochar con los amigos igual que el madrugar para “el trabajo gustoso”.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de septiembre de 2018]

23 septembre 2018

Galdós somos todos

EL verano pasado, 2017, acometió uno la relectura de los Episodios Nacionales. Empleo ese verbo, acometer, porque es el más apropiado para una tarea tan descomunal, la conquista de América de la literatura en español. Todas las tardes. En el retiro campestre, sin interrupciones, sin agobios, sin requerimientos enfadosos. Al llegar octubre la tarea quedó suspendida por los quehaceres del curso. Había traspasado, no obstante, el ecuador de la obra, y quedaron leídas las tres primeras series, treinta volúmenes. Este verano he reiniciado la lectura donde quedó interrumpida entonces, empezando por Las tormentas del 48, la primera entrega de la cuarta serie.
El propósito de volver a leerlos obedecía a diferentes razones. La primera quedó sobradamente justificada: lo que hemos leído en la juventud ha sido a menudo mal leído y, con mayor frecuencia aún, mal comprendido y olvidado: pocas obras hay en la literatura universal comparable a esta, y desde luego, ninguna que ataña tanto a un lector español, y aun hispanoamericano, como ella. La segunda razón tenía y tiene que ver con el proyecto de cierto libro sobre Madrid que traía entonces, y sigo trayendo, entre manos: el Madrid del siglo XIX es de Galdós como la  victoria de la batalla de Mühlberg fue del emperador Carlos. En este sentido las expectativas quedaron sobradamente cumplidas: sólo la relectura de El terror de 1824, una obra maestra absoluta que narra el triste final de Riego en la Plaza de la Cebada, a la altura de las grandes novelas de Galdós y de cualquiera, hubiera valido la travesía.
El lector que empezaba en 2017 esta relectura, cuarenta años después de la primera, era, claro, muy diferente de aquel. Aquel, recuerdo, y el recuerdo es vivísimo, estaba como abducido por las atmósferas creadas por Galdós desde la primera página de cada episodio hasta la última, fuese el Cádiz de Trafalgar o la carlistada del Maestrazgo, las intrigas de la Corte de Aranjuez o la vida popular de Madrid. Había algo en la narración que impedía que uno pudiera apartar los ojos del relato, como el niño es incapaz de despegar la vista de las manos del mago o del prestidigitador hasta que el truco no termina. Sólo que en Galdós se advierte desde el primer momento que no hay truco. Aquello que nos cuenta… es verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Una verdad muy machadiana (“también la verdad se inventa”) que ha hecho que los historiadores del siglo XIX hayan de recurrir a las novelas galdosianas cada vez que algo se les escapa u oscurece..
El lector adulto, sin embargo, cree que la vida le ha enseñado ya muchas cosas. Ha leído a los maestros de Galdós, a Balzac, Dickens, Hugo, Tolstoi, y espera desentrañar el mecanismo mediante el cual consigue embarcarnos, embaucarnos diríamos, en su ficción. Pero por más atención que preste, por más que siga atentamente las vicisitudes de sus relatos (esas mañas que le hacen contar las cosas unas veces como narrador omnisciente, otras sin salirse de los límites del yo, como sucede con este José García Fajardo, protagonista de la cuarta serie, que narra la vida en forma de un diario), por más que el adulto, seguro de su experiencia, se diga “esta vez no me engañarás, esta vez te sorprenderé con las manos en la masa”, las cosas vuelven a suceder de la misma manera que la primera vez que leyó esas novelas, en su muy lejana juventud. Porque en Galdós en realidad no hay truco. Todo sucede sin trampa ni cartón. De ahí la sensación que tenemos sus lectores: lo de Galdós no es literatura, lo de Galdós está vivo, es la vida misma, y en la vida no hay trucos, todo en ella es naturaleza que ha de relatarse de la única manera acorde con ella, quiero decir, con naturalidad. Nadie, ni Cervantes (si se me permite la herejía), ha logrado ser tan natural.
Veamos: casi cuatro mil son los personajes que creó Galdós, dos mil en los Episodios y mil ochocientos en sus Novelas contemporáneas. “Llevo una sociedad en mi cabeza”, escribió Balzac a una de sus amantes. Galdós pudo haber dicho: toda la humanidad viene conmigo, sin faltar un solo individuo. Porque además percibimos en la sociedad de Galdós, una sociedad humanizada, humanísima. Esto es lo que le acerca a Cervantes, al que no hay novela en la que no le homenajee de manera explícita, consciente: el amor, tan velazqueño, por todas y cada una de sus criaturas; incluso por aquellas más descacharradas o desatinadas, como el infante Carlos María Isidro, causante de la primera guerra civil española, siente Galdós una simpática misericordia: nadie es necio del todo por sí mismo, viene a decirnos el novelista, las circunstancias, la historia y la suerte tienen que ver en la dicha y desdicha de todos. Y esto hace que hasta los defectos o faltas de sus personajes estén presentadas casi siempre desde su lado… más fotogénico. Estoy seguro de que los personajes de ficción de Galdós, si pudieran decir cómo se encuentran retratados, dirían que bien. Y los reales, lo mismo. Que lo diga, si no, Isabel II, que recibió al novelista en su exilio de París, cuando este ya había publicado algunos de los episodios en los que aparecía ya toda su familia.
Acaso la mayor cicatería que los literatos españoles han cometido con Galdós haya sido valorar en primer lugar su tesón (“cuando elogian tu laboriosidad es porque no tienen nada peor que denostar”) y que, a diferencia de Cervantes, se le reconociese con fama, lectores y regalías. Todo para soslayar lo inexplicable, pues milagro es: su inmenso talento de narrador, su genio. El contar las cosas sin que se trasluzca el esfuerzo, el tesón, ni apenas el estilo. Claro, nos objetarán los enterados, que eso lo consigue con algunos… trucos. Por ejemplo: mezclar sus personajes de ficción con muchos otros reales, creando una especie de trampantojo fascinante. No se crea; el recurso es bien antiguo, y casi ninguno logra lo mismo (Clarín sin ir más lejos). El humor, finísimo, en cada página, tanto como saber (ciencia de poeta) que el toque de toda obra de arte es la emoción, y emocionar sin complejos del mismo modo que los hombres más hombres llegado el caso saben llorar es tan importante como hacer reíra ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽e.verdad se inventa”), personajes.glo XIX hayan de recurrir a sus novelas cada vez que algo se les escapa.nce, sin exp. Descubrir en cada lector lo que este tiene de loco (Villaamil), codicioso (Torquemada) o apasionado (Fortunata), y presentar las cosas con una sencillez tanto más clara, cuanto más profunda. El milagro del agua, a un tiempo transparente y sabrosa, y el mejor invento para combatir la sed.
El lector joven se fascinaba con las portentosas facultades de Galdós. El lector viejo, de 2017, de 2018, se asombra de sus habilidades para desaparecer él mismo de sus narraciones, y ocultar o disimular sus portentosas facultades. Se diría que en las novelas de Galdós no narra nadie, que la vida se narra a sí misma. Como esos coches que ahora están de moda, que se conducen solos, sin conductor. Sólo así se comprende que haya llegado tan lejos, sin descanso, día, tarde y noche. Llevando de un sitio para otro a esos cuatro mil pasajeros con sus vidas a cuestas. Sin el menor percance, sin explicarse tampoco ni el origen ni la naturaleza del milagro. Ese don le tocó a Galdós, y Galdós no lo traicionó. Y si formularlo así es retórico siempre, esta excepción confirma la regla: es verdad, Galdós somos todos. Escribió en nuestro nombre y para cada uno de nosotros, entonces, en el siglo XIX, y ahora, en 2018. Y de esto quiero dar sólo una prueba: cuando quiso escribir sus memorias, le salió un libro inane. Toda su vida se la había transfundido a esos cuatro mil personajes. No le quedó a él ni  a su biografía ni una sola gota.

   [Publicado en Mercurio, septiembre 2018]


17 septembre 2018

Los huesos del caudillo

SE habló mucho de esto en el verano. Los lectores de esta página acaso conozcan el interés de su autor por  los temas relacionados con la guerra civil y la memoria. Aun así jamás he querido visitar el Valle de los Caídos mientras Franco estuviera allí enterrado. Y me hubiera gustado, créanme, por razones de índole diversa (fui amigo de Herminia Allanegui y de su marido, el arquitecto don José Muguruza, hermano del que proyectó esa faraónica necrópolis), pero no lo hizo uno  porque entendía que cualquier visita a Cuelgamuros llevaba implícito el homenaje a uno de los enemigos más encarnizados de los principios de la Ilustración, que combatió con saña, sembrando el dolor y el cerrilismo allí donde puso su bota y sus decretos leyes.

Tengo amigos muy razonables que han defendido para ese lugar diferentes soluciones, incluso opuestas: quién, cree que habría que dejarlo caer; quién, que el dictador debería seguir enterrado allí, precisamente para recordar sus crímenes, y quiénes, en fin (yo mismo, en esta misma página, varias veces a lo largo de veinte años), que piensan que deberían sacarse de allí los huesos de marras y dedicar el lugar a centro de estudio y reconciliación, con el respeto debido a las miles de víctimas de ambos bandos enterradas en él. No es este el momento de dilucidar las dificultades que entrañan esas tres soluciones, sino de recordar que el gobierno, llevando el asunto por la vía del decreto ley, ha hurtado a los españoles y al Parlamento un debate en profundidad y abierto una casuística de locos (¿Cuántas nuevas exhumaciones vendrán después de esta? ¿No es razonable que los herederos de una víctima se nieguen a ver cómo los restos de esta han de reposar eternamente junto a los de su verdugo? ¿Permitirá la iglesia que la colosal cruz recuerde, si allí se hace un cementerio laico, según la última ocurrencia el presidente del gobierno impulsor de la exhumación, la salvaje represión de la que fue cómplice? ¿Se le puede imponer la cruz a los ateos y agnósticos allí enterrados?  ¿Permitirán los partidos de izquierda de hoy, herederos de los de ayer, que se recuerde su siniestro papel en la salvaje represión de retaguardia?, etc.). 

España tiene mil asuntos más acuciantes. ¿Por qué, entonces, tantas prisas? Como un buen populista, el presidente Sánchez conoce el valor de la publicidad, y necesita no la exhumación sino la resurrección de Franco. Franco no va a resucitar, claro, pero a Sánchez le vale su momia, como Evita a López Rega, el Brujo.  Y como éste, va a necesitar muchos trucos, porque los problemas del Valle de los Caídos no acaban aquí. Sólo han empezado.

    “Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de septiembre de 2018]

9 septembre 2018

Animal de compañía

Imitando la simpática muletilla con la que nuestra  tricampeona badmintoniana Carolina Marín suele empezar sus respuestas en las entrevistas que le hacen en televisión, “te comento”: este ha sido el trigésimo cuarto verano que hemos pasado en Extremadura. En treintaicuatro años los hemos tenido variados, meteorológicamente hablando, benignos y extremos. En todos solemos sufrir entre diez y veinte días infernales en los que las piedras del campo se encienden como ascuas de una fragua, lo cual hace delirar a  dos o tres millones de chicharras que llenan de su estridor enloquecido el aire magmático. Este año, sin embargo, los 43º y 44º han durado apenas siete  días, o sea, ha sido un verano benigno.

No obstante, los telediarios se pasaron los siete días previos, los siete que duró el tsunami sahariano y los siete siguientes, informando al minuto con patente alarma y desde todos y cada uno de los ocho mil municipios españoles del modo de combatirlo, de los golpes de calor, de las víctimas... ¿Estaba justificado?

“Te comento”. A todos nos ha extrañado, de niños, ver a los viejos tan pendientes del tiempo en la tele, mandando guardar silencio a quienes tienen alrededor para no perder ripio de crónicas y pronósticos. Uno, como tantos, se ha reído hasta ahora de la manía valetudinaria, y si este año no lo ha hecho sólo puede ser por una de estas dos razones, o por ambas: me he hecho viejo o quieren que viva como tal. La primera providencia, desconfianza o insumisión fue buscar un termómetro para testar los partes oficiales. ¿Dónde? “Te comento”: las ópticas del pueblo ya no los expenden, pero gracias a Mao tenemos un bazar chino en todos y cada uno de los ocho mil municipios españoles. Había de tres tipos, con su alcoholito rojo. Si no se demencia uno por el calor, su fealdad se encarga de ello. Por suerte el precio está a la altura de su estética: 1,20€, 2,0€, 3,45€. Y aquí quería llegar. “Te comento”: colgado en un alcornoque, me paso mirándolo todas las horas del día, ¡incluso de noche! (luz de móvil mediante). Ha dejado uno de lado la cadena de explotación que hace posible que un termómetro, fabricado a miles de kilómetros, valga 1,20€, pero no de pensar, aterrado acaso por la premonición, en aquellos para los que el termómetro es un animal de compañía, su única compañía.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de septiembre de 2018]

4 septembre 2018

Tatuajes

“INTERIOR da tres meses a los guardias civiles para eliminar sus tatuajes”, incapaz de ordenarles que eliminen los lazos amarillos que están tatuando Cataluña de modo más lesivo, porque se trata de un espacio público, al contrario de los tatuajes que pueda llevar el benemérito Cuerpo.
(...) Horas después el ministro “ordena retirar el borrador que quería prohibir los tatuajes a los guardias civiles”, pero no se sabe que haya mandado hacer otro borrador que les ordene retirar los lazos amarillos, tal y como han hecho hoy los funcionarios del tribunal de justicia belga, donde los habían colocado los separatistas catalanes.

2 septembre 2018

Coches de punto

LOS taxistas están preocupados por su futuro, ven en peligro su trabajo, la manutención de sus familias, su modo de vida. Es natural. No les va a ser posible continuar como hasta ahora. El aluminio y el duralex acabaron con los alfareros. El nylon y el poliester, así como el prêt-à-porter, dieron al traste con miles de costureras y sastres, y algunos adelantos (lavadoras, aspiradoras, planchas eléctricas, frigoríficos, cocinas de gas) licenciaron de las casas burguesas, después de dos siglos, el servicio  doméstico. Implacablemente. Todo eso sucedió como quien dice ayer, en un soplo. Todavía recuerdo los cacharreros extremeños vendiendo en burros enjaezados sus botijos y alcancías por las calles de León, y ver lavar la ropa en el río a las mujeres de los pueblos, y el trajín perpetuo de los carboneros subiendo a los pisos sus grandes y tiznados cuévanos, como hacían cien años antes los aguadores de las grandes ciudades. Y no sólo en asuntos relacionados con la técnica. No poco contentos estarán los curas y monjas con el descenso drástico de sus vivares y caladeros.

En mi infancia no creo que hubiera en todo León más allá de media docena de paradas de taxis. Algunos seguían llamándolos coches de punto para distinguirlos de los coches de línea, por lo mismo que nuestros abuelos se resistían a contar el dinero en otra forma que no fueran reales y duros, y nada les apeaba de sus leguas y arrobas. La gente acudía a las paradas a coger un taxi. La costumbre de dar vueltas recorriendo las calles a la busca y captura de pasajeros fue posterior. 

Internet ha sido letal para algunas profesiones seculares: por ejemplo esta, el periodismo. Una cáfila de periodistas se ha ido al paro en todo el mundo. Internet ha conseguido que los viajes y el hospedaje se hayan abaratado tanto, que los sectores afectados, hoteles y taxistas, ven con alarma su futuro. Sin embargo, nada parece  de momento que vaya a frenar esa tendencia: mientras sigamos pensando que “como fuera de casa, en ningún sitio”, necesitaremos quien nos transporte y aloje. Podremos tratar de hacer  la transición lo menos traumática posible y regularla con leyes razonables, pero la gente, poco romántica, dejará atrás y para siempre viajes y hospedajes tradicionales, si le ofrecen otros que les convengan más.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 2 de septiembre de 2018]

27 août 2018

Nostalgia de la ficción

LA nostalgia más venenosa es de aquellos hechos que nunca han sucedido, y los recuerdos más letales, los falsos. Una revista, Psychological Science, ha dado a conocer un estudio de resultados sorprendentes: el 40 % de personas tiene recuerdos falsos de su infancia  (de la cuna donde estaban, de sus primeros pasos, de tal o cual fogonazo en su memoria, a modo de impronta fugaz pero indeleble). La comunidad científica y la otra han recibido estos datos con la misma excitación que la noticia de que hay agua líquida en Marte. Y sin embargo era cosa sabida desde antiguo: el ser humano, principalmente el adulto, miente con frenesí. ¿Qué seríamos sin  decorar nuestro pasado con luces y sombras?

El 40 % de los “me acuerdo perfectamente” (una de nuestras muletillas preferidas) tienen la misma base real que el cuento de Pulgarcito. Pero al contrario que nuestros recuerdos infantiles, irrelevantes para el mundo, la gente, en proporción superior al 40%, miente con una gran desenvoltura, o propicia la mentira. Tomemos el sintagma que ha hecho fortuna en estos últimos años: “memoria histórica”. Se ha insistido una y mil veces en que los pueblos no recuerdan ni tienen sentimientos, que únicamente recuerdan y sienten las personas. Es inútil: hay quienes aseguran lo contrario, empeñados en hacer creer que los pueblos son como los individuos, y proyectan sobre el pasado sentimientos del presente y recuerdos falsos. A propuesta de los líderes del Partido Comunista Cubano, la palabra “comunismo” desaparecerá de la Constitución cubana que los mismos comunistas promulgaron hace más de cincuenta años. ¿Con qué objeto? Para que el pueblo olvide lo que seguramente recordarán durante un siglo millones de cubanos y sus familias, individuo por individuo. Las élites que contaron a su pueblo las ventajas del paraíso comunista hace cincuenta años, tratan ahora de que sus nietos olviden el infierno en que lo convirtieron (y de paso la persecución y vejámenes contra los homosexuales), obligándoles a vivir en él. Y la Psycholigical Science ha venido a advertirnos que el 40% de cubanos recordará que en Cuba nunca hubo comunismo o al contrario, que en Cuba sí hubo paraíso, probando que la memoria histórica es falsa, desde luego, pero muy rentable y pegadiza, como su famoso y salsero himno: “Que nos quiten lo mentido”.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de agosto de 2018]

13 août 2018

Vértigo

EL vértigo es un trastorno que en su estado agudo es angustioso. Hace quince años me encontraba en Cuenca por razones de trabajo, y sucedió lo que voy a contar. La noticia en la ciudad era aquel día la muerte de un adolescente, que, contrariado por las notas escolares, se había arrojado al vacío desde el puente de San Pablo. Alguien lo comentó durante el almuerzo. Me llevaron a continuación a mi alojamiento, en una de las famosas casas colgadas. Hubiera colgado al que se le ocurrió tal cosa. No pegué ojo en toda la noche, y pese a echar las maderas de las ventanas, experimenté por primera vez en mi vida lo que es el vértigo en realidad: el vacío parecía reclamar una víctima más. Fue espantoso. Durante tres meses viví alejado de los balcones de nuestra casa y subía las escaleras pegado a la pared, para evitar en lo posible el hueco y “la llamada del vacío”. 

Desde entonces el mal se ha atenuado mucho, pero no puedo evitar el tósigo cada vez que se me hace testigo de situaciones de vértigo, especialmente con niños. En muy poco tiempo hemos visto tres casos extremos. En Francia un joven sinpapeles  escaló por la fachada de una casa como Spiderman, y puso en salvo a una niña que pendía sobre el vacío. El Presidente de la República premió su gesta con la nacionalidad francesa. En Málaga los bomberos rescataron a una niña de cinco años que había logrado saltar los barrotes del balcón de un octavo piso y, agarrada a ellos por fuera, permanecía inmóvil. Y en Murcia un hombre recogió, mientras paseaba, al niño que le cayó literalmente encima desde un tercer piso.  

¿Qué les tendrá reservado el porvenir a esos tres niños que de forma tan azarosa han salvado sus vidas? Imposible separar su historia de la de esa adolescente ilicitana que sucumbió a un vacío tanto o más siniestro: el zarrapastroso gurú que respondía al nombre de Príncipe Gurdjieff. Ella y el resto de su mísero harén lo siguieron al corazón de la selva peruana, donde vivían de forma nada principesca. Delgada y quebradiza como un vidrio, con aspecto de niña y su bebé de un mes en brazos. Piensa uno en ella, pero sobre todo en ese bebé, y en todos los abismos que le esperan, verdadera mise en abîme, un abismo dentro de otro, como  en esa pesadilla en la que caemos a una sima sin llegar jamás al fondo. 

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de agosto de 2018]

6 août 2018

El sueño de ser nadie

HA llegado uno a la conclusión de que a todos los viajes de más de cuatro horas les sobra la última, que suele transcurrir con una lentitud inversamente proporcional a la velocidad del medio de transporte: por ejemplo, en los aviones. Que estos tengan unas ventanitas angostas sin fallebas es precisamente para que los viajeros  no puedan abrirlas y arrojarse al vacío, desesperados de ver lo lentamente que transcurren los minutos en ese último trecho del trayecto.  Incluso en el siglo del Grand tour, el siglo que idealizó los viajes y a los viajeros, el mal estado del mar o la peligrosidad de los caminos hacían de cada desplazamiento algo sembrado de adversidades y penurias. Esto explica que el hombre haya tratado desde la antigüedad por todos los medios a su alcance y la ayuda de la ciencia y la técnica, exactamente desde la invención de la rueda, de acortar en lo posible el tiempo invertido en los desplazamientos, con portentosos resultados, desde luego, pero insuficientes. Quiero decir, que ese asunto de los viajes no acaba de estar resuelto de modo satisfactorio, ni mucho menos. 

Lo ideal sería, claro, la teletransportación. Recuerdo aún el impacto de los primeros faxes, anunciados en televisión: la foto de un caco, buscado por la interpol, enviada desde Tokio a Londres en apenas segundos. ¿Y para cuándo, nos preguntábamos  los idealistas, podrán hacer con nosotros algo parecido? 

Estamos al parecer más cerca de lo que podríamos pensar los escépticos, antiguos idealistas: unos científicos acaban de volver completamente invisible un objeto. Lee uno esta noticia esperanzado, y aunque los detalles queden lejos de mi comprensión, sé que ese es el camino: si la dificultad está en mover de sitio cuerpos pesados, no queda otra que quitarles, primero, la materia para poder mandarlos lejos a la velocidad de la luz, y  ya en destino restituirles sus tres dimensiones. Pero llegados a este punto, dando por hecho esa conquista, ha de confesar uno que quizá lo mejor fuese no abandonar el estado de invisibilidad y no alejarse mucho. La posibilidad de entrar en los despachos sin ser visto y asistir a los pactos y chanchullos, por ejemplo, entre políticos, justificaría toda una vida consagrada a la ficción.

    [Publicado el Magazine de La Vanguardia el 5 de agosto de 2018]

1 août 2018

Carmen Calvo y el Quijote

SÓLO he llegado en el canal 24h a las últimas palabras de Carmen Calvo, vicepresidenta del gobierno, en la toma de posesión del nuevo director del Instituto Cervantes, y ya lo siento, porque las demás habrán sido también sabrosas: "Yo quiero terminar diciendo que hay que proteger a don Alonso [sic], pero también a Sancho, y  a Aldonza y a Dulcinea [sic] porque no hay mejor cultura que la igualdad..."
Dejando de lado el fililí ese de mezclar churras y merinas, la igualdad y el Quijote, pasando por alto que Aldonza y Dulcinea son una misma persona (como Ortega y Gasset), se ha quedado uno lelo con ese "don Alonso". ¿Habrá leído el Quijote? No hay un solo don Alonso en todo el libro, y no es un asunto baladí (que rima con fililí), ya que a cuenta de los que usan el don sin derecho a él, se leen cosas muy juiciosas allí (don Quijote tiene derecho a llevarlo tras haber sido armado caballero en la venta, y lo lleva; el hidalgo jamás hubiera osado hacerlo, como ha osado esta señora). Se ve que piensa que llamarle don Alonso es más de izquierdas que llamarle Alonso a secas, como a Machado empezaron a quitarle el apellido algunos socialistas, dejándolo sólo en don Antonio (para distinguirlo de su hermano, al que, por ser de derechas, apearon el tratamiento, dejándolo en un raso Manuel), sin comprender que los títulos, nobiliarios o sociales, ni le inmunizan a nadie de la estupidez ni le hacen menos cursi. Pase que algunos llamen don Miguel a Cervantes (con don que tampoco usó jamás), pero llamar a Alonso Quijano, el bueno, don Alonso, es, qué duda cabe, de una cursilería que atufa.
Ahora sólo hay que esperar qué dirán todos aquellos que se mofaban hace dos semanas  de Dolores de Cospedal por una cita apócrifa del Quijote que esta había hecho no sé dónde.

30 juillet 2018

Cómo matar a un tuitseñor

A MUCHA gente le ha escandalizado el modo en que el Presidente del gobierno del Psoe y el Padrino de Podemos se han repartido Rtve, a favor de este último, en un despacho y sin luz ni taquígrafos, desde luego: “Rtve es cosa nostra”, parece que dijo. Uno, francamente, no alcanza a ver la razón de ese asombro. Quien quería quedarse  con Rtve, en realidad con sus servicios informativos, de fake news y propaganda, tenía todo el derecho a exigirlos, por su experiencia. Hace ya años puso en práctica la célebre frase de Arquímedes, con los óptimos resultados que conocemos. No tuvo más que adaptarla: Dadme una Tuerca y no sólo moveré el mundo, sino que lo cambiaré. Y en efecto, en menos de cinco años La tuerca le ha llevado en volandas a Rtve y a Galapagar, de un sencillo Mecano, como si dijéramos, a dirigir la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos a la que se ha encomendado la construcción de los famosos puentes, tan de actualidad, colgantes y movedizos. 

Pero como un gran jerarca del movimiento (“quítate tú, para ponerme yo”) no puede estar presente (¡Presente!) en todo, pensó para dirigir su cosa nostra (con pólvora del Rey, naturalmente, como buen republicano), en dos periodistas, uno por si fallaba el otro, él y ella, la parejita. Y lo que han hecho estos dos nigromantes sí le parece a uno, en cambio, escandaloso: han borrado los casi veinte mil tuits escritos por ellos en estos últimos años: toda la vida laboral, profesional y personal que ellos mismos hicieron pública, como quien quema o tritura documentos de una manera precipitada, minutos antes de que entren en ella la luz y los taquígrafos. Una gran injusticia, porque fueron esos tuits precisamente los que les proporcionaron la celebridad que les había hecho lo bastante visibles como para que su Jefe se fijara en ellos. Al margen de otras consideraciones (si se han desprendido tan fácilmente de su vida pública es porque estaría fundada, supongo, en exabruptos, insidias o lametones que igualmente contaminaban su vida privada y su eticidad), al margen de todo esto, digo, la justicia poética les ha dado un pequeño pellizco, abortando su nombramiento. Y mira por dónde, pese haber hecho un pan con unas tortas, la vida les ha permitido empezar de cero, al menos en Twitter, aunque lo probable es que acabarán volviendo a tropezar en los mismos tuits.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de julio de 2018]

21 juillet 2018

Elogio de JMBonet

LA destitución de Juan Manuel Bonet, director del Instituto Cervantes, es la prueba del carácter sectario de cierta izquierda cultural española y desde luego de este Partido Socialista, que ha llegado al poder de la forma que conocemos y después de mentir sobre la convocatoria de elecciones generales. Nadie, absolutamente nadie, ha podido negar estos dos hechos: Bonet ha sido un gran director del Cervantes, acaso uno de los mejores, y su gestión, lo mismo que al frente del Ivam, del Reina Sofía o del Cervantes de París, ha sido un modelo de solvente pluralismo y tolerancia. Y se comprende que los entrantes no hayan querido ni siquiera agradecerle públicamente los servicios prestados para no tener que reconocer su incuestionable competencia y la altura a la que ha dejado el listón. ¿Por qué le han cesado, pues? Porque la izquierda narcisista ha tendido a creerse culturalmente superior, haciendo gala de su supremacismo sin el menor fundamento, tal y como sucedió durante tantos años al imponer la posverdad (avant la lettre) de que, durante la guerra civil, los mejores  escritores se sumaron al Frente Popular.
No quieren intelectuales libres, independientes y ecuánimes. Los quieren de partido, obedientes, disciplinados (el primer cometido del actual Cervantes será llevar a cabo lo que Sánchez anunció cuarentaiocho horas antes de la renovación del Instituto: poner el catalán y el eusquera al mismo nivel que el castellano, tal y como probablemente le habrán exigido sus nuevos socios de gobierno, bildutarras y bildutorras). 
Ni siquiera  han tenido el decoro o el cinismo de velar sus propósitos, y se ha sabido que la vicepresidenta Carmen Calvo estaba detrás de esa destitución. ¿Qué razones ha dado? Bonet podía haber seguido al frente del Cervantes tal y como han hecho los directores del Reina o del Prado en los sucesivos cambios de gobierno, siguiendo la llamada política de buenas prácticas. El actual ministro de Cultura, siguió al frente del Reina Sofia cuatro años, con el gobierno Aznar, y lo hizo sin que le temblaran ni su conciencia política ni la vergüenza torera (no es un buen ejemplo, porque este ministro aborrece lo taurino). De modo que todo se asemeja, una vez más, al penoso "quítate tú para ponerme yo" y a la vuelta a las malas prácticas.
A Bonet apenas le han dejado tiempo para desarrollar su programa. En apenas un año había cambiado los aires de una institución anquilosada y montado unas cuantas exposiciones modélicas,  como suyas, entre ellas las de Aub, Barea y Leopoldo de Luis. Eran expresión de su talante, el suyo sí de hombre moderado, dialogante e integrador, que jamás ha tenido en cuenta, ni en sus proyectos personales ni en los públicos, si los creadores, escritores o artistas fueron o no de izquierdas o de derechas, ni cuáles fueron sus ideas políticas. Raramente se ha visto nada parecido cuando la izquierda ha llegado al poder, al menos en cultura; su sectarismo se lo estorba.
De momento este cambio innecesario (innecesario porque Bonet era un gran director y la institución funcionaba como nunca) prescinde de una persona de la que hoy sólo cabe repetir algunos de los elogios que llenan las redes sociales. Un sabio, un gestor inteligente y trabajador infatigable, "el mejor cartógrafo de la cultura contemporánea", generoso y desinteresado, y un hombre bueno en el sentido machadiano de la palabra. ¿Por qué Carmen Calvo ha prescindido de él? Dicen que la cara es el espejo del alma, pero debiera darnos, además, las otras, las verdaderas razones por las que lo ha cesado, si se atreve.

16 juillet 2018

Antes de la función

EL ingenio mal traído, o sea, alambicado o recalentado, carga. Sólo se hace tolerable cuando no es contrario a la naturalidad. Stendhal lo detestaba incluso más que la retórica (ya saben, decir corcel por caballo), porque era francés y en Francia el ingenio es como la mantequilla: todo se guisa con él. “¿Te consideras un hombre inteligente?” es una de las preguntas de cierto “cuestionario Bolaño”, bastante tonto, enviado a varios escritores, y publicado ahora en libro, Escritores al desnudo, junto a las respuestas del clásico “cuestionario Proust”. “¿Comparado con quién?”, responde Savater, quien antes, a la pregunta “¿Qué le impulsa a levantarse por las mañanas?”, había respondido a la altura de Oscar Wilde: “La llegada de la asistenta”.

Si al ingenio se le ven las costuras, es insufrible, pedante o banal. O sea frío. Por el contrario, es impagable cuando no renuncia a cierta intimidad. “¿Cómo le gustaría morir?”. “No me gustaría morir”, responde Juan Bonilla. Y a la pregunta “Si tuvieras que matar a alguien, si no tuvieras otra opción, ¿a quién matarías”, Savater respondió: “¿Vale suicidarse? Así los mato a todos”. En siete palabras todo un tratado de filosofía moral.

Junto a ese libro se ha publicado uno de aforismos de Ramón Eder, Palmeras solitarias. En él los hay admirables. “El buen aforismo es el que dice más de lo que parece, no el que parece que dice más de lo que dice”, nos advierte desde el principio. Y podríamos añadir: y si no te arranca una sonrisa al momento, como una película de Chaplin, malo, y si resulta ingenioso, peor, porque el buen aforista huye del ingenio del mismo modo que el petimetre recurre a él: “Cuanto más conozco a los hombres, más me gustan las mujeres”... Me acordé de Pavese: “La mujer es un hombre de acción”. Sigue uno leyendo y marcando con un lápiz algunos: “Sin ilusiones no se puede vivir sin tristeza...” Y se queda uno pensativo hasta caer en la cuenta: lo que salva al ingenio, ese que tanto detestaba Stendhal, es que al bueno no se le nota que sea ingenio. “Qué elegante vas hoy”, le dijo Alfonso XIII al marqués de Vilallonga. “¿Sí? Pues si el señor lo ha notado, no debo de ir tan elegante”. El ingenioso, como el falso dandy, es presuntuoso, sólo espera que se levante el telón, y saludar. Y antes de la función, claro.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de julio de 2018]

12 juillet 2018

Puigdemont extraditado

ALEMANIA decide extraditar a Puigdemont sólo por malversación. Al Capone cumplió condena únicamente por evasión de impuestos. Pero todos sabían.

8 juillet 2018

Listados

ME gustan los listados, como a todo el mundo. Basta que le pregunten a uno qué diez películas, qué tres ciudades, qué cinco músicos son sus preferidos, para que repase mentalmente todas las películas que ha visto, todas las ciudades en las que ha estado o todos los músicos para tratar de ser lo más justo con ellos y consigo mismo, consciente de que la elección dirá de él tanto como de aquello que ha elegido. Esta clase de ejercicio de sinceridad tiene únicamente un valor personal. Lo malo es cuando se juntan las desideratas de varias personas y se trata de deducir de la suma de todas algo parecido a una norma. Acaba de suceder una vez más. Un periódico ha publicado “los cien libros de la literatura universal”, tras preguntarle a medio centenar de escritorxs españoles, que han elegido cada uno diez, quinientos en total.

Hay, claro, de todo: desde el que enumera obras maestras absolutas a ese al que se refería con mucha gracia Cocteau: “La gran escultura del Louvre no es la Victoria de Samotracia, para nada, sino una del periodo helenístico, que está en la sala XXI del sótano, la de la columna no, la otra, la que está detrás... ¡Esa sí que es una maravilla!”.  Entre los veinte primeros libros no hay sorpresa, pero no deja de causar extrañeza ver juntos La Ilíada y Madame Bovary o libros que se han leído una sola vez, o ninguna (Gilgamesh, Ulises, De rerum natura, La Divina Comedia, Cantar de los nibelungos), junto a otros de lectura reiterada, como el Quijote.

Como la humildad es hoy una virtud muy celebrada (por políticos de izquierda principalmente), decidí puntear con lápices de colores estas categorías: libros que he leído, que no he leído, que he leído pero de los que no recuerdo nada, que me gustaría volver a leer, que he leído a medias y que no pienso leer nunca. Pero se ve que no es uno del todo humilde ni, ay, ya ni siquiera dialogante, porque abandoné el conteo al tropezarme con La metafísica de Aristóteles justo detrás de los poemas de Carver. Me dije, me harían falta tres vidas para leer esos dos libros y en ese orden. Y entonces me acordé de JRJ, quien no figura por cierto en esa lista (como tampoco Balzac, Baroja ni tantos). Decía: “Para leer muchos libros, comprar pocos”. Yo incluso leo más desde que empecé a vender hace años muchos de los míos al librero de viejo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de julio de 2018[]

1 juillet 2018

De intrigas y por entregas

NADIE sabe si cuando se publiquen estas líneas, o sea, dentro de unas semanas, seguirá o no en su puesto el nuevo presidente de gobierno, elegido para el cargo hace siete días. Nadie piense tampoco que trata uno de desdeñar su inesperado golpe de mano para hacerse con el poder, tras un birlibirloque que ha dejado  atónitos a la inmensa mayoría de los españoles, incluidos muchos de sus partidarios. Al contrario, al margen de lo que dure en el cargo y de los logros o fracasos por los que será recordado u olvidado en el futuro, lo sucedido a él tiene ya tanto interés como lo que pueda sucedernos a nosotros.

Me digo: he ahí un hombre  del que se piensa que su ambición es muy superior a su inteligencia y del que todos se han reído, incluidos muchos de los que hoy se dirán amigos suyos. Ahí lo tenemos, donde quería él estar. Su empeño y una carambola a siete bandas le han llevado de la irrelevancia a la  notoriedad, el poder y los libros de historia, y en cambio el hombre al que ha desalojado de la Moncloa, que se prometía dos años más de majestuoso crucero en un lujoso Titanic, se ha visto desposeído de él de una manera inesperada e ignominiosa. Sólo  ha sido capaz de soltar, entre sollozos, cuando ya todo era inevitable: “¡Pero está entrando por la puerta de atrás!”. Y era cierto, sólo que la puerta de atrás ha sido también por la que él ha salido de la notoriedad, el poder y los libros de historia.

Qué extraña es la vida. “La fortuna sonríe a los audaces”. La primera vez que oí estas palabras fue a un viejo maestro de escuela, y mucho antes de saber yo que pertenecieran a la Eneida. Por la vida que llevaba y por su aspecto, no parecía que la fortuna hubiera sonreído mucho a aquel anciano. Tampoco se imagina uno al nuevo presidente citando a Virgilio, ni creyendo que lo que le ha sucedido sea cosa de la suerte. Pensará que debe su fortuna a su tenacidad e inteligencia, y así lo pensaría también en su día el cesante, como pensará este ahora que su desgracia  se ha debido únicamente a odios y felonías, lo mismo que pensará el nuevo cuando le llegue su Bruto, quién sabe si dentro de unas semanas. Nadie conoce lo que le tiene deparado el destino, y la vida va tan deprisa que  acaba pareciéndose a un folletín de intrigas por entregas, escrito por un loco, un imbécil o un cínico.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de junio de 2018]

25 juin 2018

Cartas de España

JOSÉ Blanco White,  cura y relapso, fue desde su juventud un hombre con inclinaciones literarias. Su padre, un comerciante inglés afincado en Andalucía, Mr. White, tiñó su apellido para mimetizarse con el color local, y el Blanco lo heredó su hijo. Cuando este ahorcó la sotana y emigró a Inglaterra, donde vivió hasta su muerte, desempolvó el White pero no renunció al Blanco, pues al contrario que su padre, le importaba recordarse y recordar a sus nuevos paisanos quién era y qué hacía tan lejos de casa un antiguo papista como él. A partir de entonces hizo de su lucha contra la iglesia de Roma, sus dogmas, los jesuitas y el oscurantismo religioso español, el centro de su vida, y como los de la iglesia de Inglaterra le parecían mejores y más finos, se hizo ministro anglicano. Escribió mucho. Entre sus obras, unas Cartas de España, que ha leído uno estos días.

Ni que decir tiene que Blanco White, uno de los grandes heterodoxos españoles, ha sido utilizado durante doscientos años por aquellos que buscaban argumentos para demostrar nuestro secular cerrilismo, origen de todos los males de la nación española. Leídas dos siglos después, ¿prueban estas cartas algo al respecto? Sí, lo mismo que probaron, respecto de Inglaterra, los escritos de Swift o los diarios de Pepys: en todas partes cuecen habas.

Las cosas que le escandalizan principalmente, la Inquisición, la reclusión forzada y de por vida de muchachas en conventos o la vida disipada e hipócrita del clero y de las cortes de Carlos IV y Fernando VII, no nos parecen diferentes de las que Stendhal contaba, por los mismos años, a propósito de la depravación que sumía al clero de Italia o del cerrilismo de la nobleza provinciana en Francia. Se ve que todos tendemos a magnificar la época que vivimos, pintándola con trazos dramáticos, aunque sólo sea para asignarnos en el drama un papel a la altura. Oímos de España en estos tiempo cosas que le dejan a uno atónito (“la más devaluada democracia de Europa” sería la más leve), pues le obligan a uno a mirar a sus vecinos y comparar. Estas Cartas de España están muy bien, son entretenidas, hay en ellas impagables detalles exactos, pero tienen ya de España lo que los terroríficos cuentos de las Mil y una noches tienen de reales. Sólo siguen leyéndose porque son literatura. Por suerte.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de junio de 2018]