11 juin 2018

La banalidad del bien

EN ciertos asuntos (en general los relacionados con la cultura y el gusto) da lo mismo quién gobierne. El mal gusto es lo más transversal de todo y no es frecuente encontrar a quien confiese abiertamente tener mal gusto. Por el contrario, la mayoría está muy conforme con el suyo propio, que encuentra esmerado, en tanto se muestra intransigente con el de los demás, de la misma manera que tendemos a hallar nuestros olores corporales más tolerables que los del vecino.

Los responsables municipales que han llenado las calles de Madrid de  meninas (en realidad de la infanta Margarita de Austria, la niña del cuadro de Velázquez), seguramente están convencidos de que han hecho algo “guay”, “lúdico” y, desde luego, “bonito”. Claro que ellos no han hecho nada que no hubiera popularizado hace cuarenta años el Equipo Crónica, compuesto por dos artistas del pop valenciano. Lo que le resulta a uno más difícil de comprender es la razón por la cual estas esculturas (da vergüenza usar la misma palabra que empleamos para la Victoria de Samotracia) no son diferentes de otras que también llenaron las calles de Madrid hace años. En aquella ocasión eran vacas, ¿recuerdan?, pero la idea  era la misma, unos mamarrachos pintados con colores vivos y  variopintas decoraciones. Las vacas, de derechas, despertaron muchas críticas en la oposición de izquierda. Las meninas, por el contrario,  al ser de izquierdas, en absoluto, quizá porque haya calado entre la población la propaganda, a saber, que la izquierda es más culta que la derecha y en cuestión de gustos, más atinada.

Ni que decir tiene que el éxito de estas meninas ha sido inmenso. Como lo fue el de las vacas. La gente las encuentra, en efecto, “divertidas”, y posa a su lado, para inmortalizarse en selfis y retratos, pese a entrar de lleno en lo que Gillo Dorfles caracterizó como kitsch o mal gusto. Pero hay, a mi modo de ver, algo que hace muy diferentes aquellas vacas de estas meninas: el escarnio de una obra en verdad única, maravillosa, “un milagro español”. ¿Y por qué? Porque es característica de cierto resentimiento contemporáneo denigrar aquello que evidencia nuestra mediocridad. ¿Y cómo? ¿Atacándolo abiertamente? En absoluto: banalizándolo, hasta lograr que lo original parezca a la mayoría sólo una copia barata y en serie.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de junio de 2018]

7 juin 2018

4 juin 2018

Operación Garibaldi

MÁS que la verdad, vale el relato, y mejor si es falso: es más creíble. Antiguamente se decía que los vencedores escribían la historia. Ya no es necesario, pueden hacerlo los derrotados. Es el caso de Eta, apenas unos cientos de matones que a lo largo de sesenta años asesinaron a 854 inocentes, rompieron la vida a unas decenas de miles y tuvieron en jaque a millones de demócratas. Claro que si tan pocos pudieron llevar a cabo crímenes tan horrendos, fue porque entre doscientos y trescientos mil vascos y vascas les dieron el cobijo e información necesarios para que pudieran cometerlos. Entre todos ellos trataron de someter al Estado de derecho, pero este finalmente los derrotó de la única manera posible: no con diálogo, como exigían los nacionalistas y a veces parte de la izquierda, sino con la ley, primero, y luego en los tribunales, y mediante la dispersión de sus presos, cuya supresión, por cierto, ha vuelto a unir a los nacionalistas y a casi toda la izquierda, antes, supongo, de pedir otra amnistía.

De modo que cuando Eta anuncia en 2018 que se disuelve, está llegando tarde una vez más, porque ya conocíamos desde 2011 su derrota. El encargado de leer el comunicado fue Josu Ternera. Es desde 2003 el delincuente más buscado, y le imagina uno viviendo en una zahúrda, como aquel Bernardo Provenzano, jefe de la mafia, que logró burlar a los carabineros durante cuarenta años. Murió preso.

¿Dónde se encontrará el agujero en el que Ternera ha pasado estos quince años? En su comunicado recordó que los etarras lucharán ahora por “la paz y la libertad del pueblo vasco” y “el derecho a decidir”, sin renunciar al modelo de estado totalitario que trataron de imponer por las armas. Mientras se le oía en el audio casero, me acordé de la operación Garibaldi, montaba por el Mosad para sacar a Eichmann de Argentina y llevárselo a Israel. Las protestas internacionales por la irregularidad del secuestro se olvidaron pronto ante el recuento de sus crímenes. Si la historia fuera un relato con algún sentido, estaría ya en marcha una operación Garibaldi parecida, que acaso esclareciera algunos de los más de trescientos asesinatos aún sin resolver cometidos cuando ese hombre que lleva un apodo de gánster de serie b era el jefe de la banda vasca.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de junio de 2018]

27 mai 2018

Soñemos, alma, soñemos

EN Cisnes salvajes, el implacable relato de Chang-Jung sobre su familia en los años de la Revolución Cultural, se relata la historia de Chang-Shou-yu. Disgustado este con la política del emperador, decide retirarse discretamente de la corte. Empieza entonces a vérsele con una caña a la orilla del río, sentado y abstraído horas y horas. Extrañados todos de la actitud de quien fuera en otro tiempo un cortesano activo e influyente, le preguntan cómo es que había cobrado tanta afición por la pesca, a lo que Chang-Shou-yu les responde: “Si vengo a pescar no es por la pesca”. Esta respuesta acabó de perderle, pues todos entendieron al fin sus críticas al emperador.

¿Es real o sólo una percepción subjetiva? ¿El número de quienes, como ese funcionario chino, se apartan de todo, es cada vez mayor? Vuelve a hablarse de desánimo y pesimismo, y “el  fantasma del 98” recorre España. Sentencias judiciales demenciadas y los consecuentes “veredictos sociales” en varios asuntos penales, académicos y políticos, han sumido a muchos en la pesadumbre y el desánimo. Algunos, que no se atreverían a decir lo mismo de su región andaluza, madrileña o catalana, afirman sin ambages y se diría que con perverso regusto: “La miseria de España”, “país de cabreros”, “África en ciernes”. Entretanto se disipe este (re)sentimiento, he abierto la libreta donde hace años dibujé un puñado de florecillas del campo, con sus correspondientes nombres. Me los dictó el amigo del que se habló aquí hace unas semanas.  Buscaba ahora una flor recién descubierta. Pero no figura entre aquellas y no podré preguntar a mi amigo, pues  acaba de morir con su secreto. 

Siempre he sentido una predilección especial por esas flores humildes, a veces bellísimas, que en mayo salen por todas partes, incluso en una estrecha llaga del asfalto. Sé también que algunos se refieren a ellas como sinónimo de ingenuidad y simpleza. Ingenuo y simple, me he sentado en la pradera. Pero de pronto me acuerdo de Galdós, y su memorable artículo “Soñemos, alma, soñemos”. Lo escribió en 1903, cuando ya era viejo y empezaba, al igual que Chang-Shou-yu, a perder el favor del público. Advertía en él de los peligros del derrotismo, y ese recuerdo hizo que me fijara más en esa florecilla de nada. Créanlo o no: le estaba diciendo  a otra, mucho más pequeña, “soñemos, hermana, soñemos”.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 26 de mayor de 2018]

24 mai 2018

En la Feria del Libro del Retiro

Allí estará uno sólo el último fin de semana de la feria (y confiemos en que no solo):

sábado 9 de junio

a las 12:00 en la caseta 121 de la Librería Alberti

y a las 19:00 en la de la editorial Pre-Textos, caseta nunero 141.

domingo 10

a las 12:00  en la caseta 23 de la Librería Machado.

20 mai 2018

Don Quijote en Barcelona y el separatismo

(Consideraciones proustianas sobre el  sedicente y sedicioso Procés)

A menudo un acontecimiento histórico importante tiene la facultad de fijar en nuestra memoria otro que habría sido dado al olvido por su insignificancia. Los norteamericanos de cierta edad recuerdan aún en su mayor parte qué estaban haciendo en el momento en que la radio y la televisión difundieron la noticia del asesinato de su presidente JFKennedy, al igual que la mayor parte de quienes componen el mundo civilizado recordará sin duda dónde y cómo vio las primeras imágenes del hombre tentando sus primeros pasos sobre la luna. En nuestro pequeño ámbito, algo parecido sucede con lo relacionado con el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Pocos españoles habrá que tuvieran entonces una edad apropiada para comprender la gravedad y magnitud de aquellos acontecimientos, que no recuerden aún con exactitud, casi cuarenta años después, dónde les sorprendió la irrupción de aquel guardia civil en el Congreso de los Diputados de Madrid pistola en mano y tocado con un tricornio que en muchas redacciones de periódicos extranjeros tomaron por una montera, así como imaginaron que aquel teniente coronel era un torero.
Si bien poner en libertad al presidente prófugo de la Generalidad por parte de un tribunal alemán regional no fue en absoluto comparable a ningún hecho extraordinario de los citados, sí lo fue para mí, y no creo que olvide en mucho tiempo las circunstancias en que tuve conocimiento de él: me dirigía en ese mismo momento a la tribuna del salón de actos de la delegación del gobierno en Cataluña para dar una conferencia sobre don Quijote en Barcelona. Mi mujer, a quien yo acababa de ver consultando su móvil, y que caminaba al lado de Félix Ovejero para ocupar dos de los asientos delanteros, se me acercó por detrás, y bastaron únicamente tres palabras susurradas al oído para que yo perdiera la poca concentración que tenía: “Lo han soltado”.
Minutos antes nos había llamado la atención tropezarnos en pleno barrio gótico con la bandera española de la misma manera que meses antes nos había sorprendido una bandera israelí en cierto barrio árabe de Jerusalén.
Es posible también que de no haberse sumado un par de circunstancias más, el hecho en sí de aquella liberación hubiera acabado borrándose de mi memoria tarde o temprano.
La primera fue la de un hombre de cierta edad, entre los setenta y ochenta años, alto, flaco, con pelo y barba blancos y probablemente sin dientes, como probaban sus mejillas sumidas, vestido como muchos viejos, con ropas que le venían grandes y algo sucias. Así como mi mujer y nuestro amigo se sentaron discretamente en la fila tercera o cuarta, a un lado, aquel hombre lo hizo en la primera y exactamente frente a mí, a menos de dos metros de distancia. Eso me permitió fijarme en el detalle: llevaba prendido en el pecho el lacito amarillo con el que los separatistas protestaban por el encarcelamiento de unos cuantos políticos presos por los delitos más graves que nadie pueda cometer contra un estado democrático.
Pero tampoco aquel lazo amarillo habría sido del todo significativo. Antes de la conferencia habíamos estado paseando por Barcelona y no nos habíamos tropezado con nadie que lo llevara. Lo que convertía en algo especial el de aquel hombre era la ocasión y el lugar. Este, ya lo he dicho, era el salón de actos de la delegación del gobierno de España, y llevar allí aquel lazo era como mínimo exótico, como pasear la famosa cabra de la Legión por cualquiera de los pueblos de Tractoria; en cuanto a la ocasión, se trataba de una conferencia organizada por Clac (Centro Libre. Arte y Cultura), una entidad cultural dirigida por Andreu Jaume y ligada a Sociedad Civil, responsable esta de la gran manifestación que sacó a las calles de Barcelona dos o tres meses antes, el 8 de octubre de 2017, entre uno y dos millones de demócratas favorables a la constitución y la unidad de España y que acabó de una vez por todas con el mito de un solo pueblo de Cataluña, grande y libre, tal y como venían machacando en los años del Proceso los independentistas y xenófobos catalanes.
La actitud posterior de aquel hombre vino a confirmar que su presencia allí respondía a algún propósito para mí oculto, más que a su interés por don Quijote y Barcelona. Apenas empecé a hablar, se recostó en el respaldo de la butaca, extendió sus largas y flacas piernas todo a lo largo, sin obstáculo ninguno delante, cruzó sus brazos, echó la cabeza a un lado, y se quedó dormido. Literalmente. Me desentendí de él, pero de vez le echaba una rápida ojeada, y al ver la placidez de su sueño llegué a la conclusión de que sólo era un pobre loco, no, desde luego, como don Quijote, que apenas dormía, sino uno de esos que van a las conferencias por estar con alguien.
Lo que yo tenía que decir y dije sobre el tema que nos había congregado a medio centenar de amantes de Cervantes fue bien poco, porque no hay mucho que decir.
Había estado releyendo días atrás en el libro de Martín de Riquer las páginas que este le dedica también a ese tema. Son entretenidísimas, y le confirmaron a uno que los estudios filológicos, cuando son buenos, son parte también de la ficción, y algunas cosas más. La primera: no sabemos si Cervantes estuvo o no alguna vez en Barcelona, y si lo estuvo seguramente fue cuarenta años antes de escribir el Quijote. Probablemente hablaba de oídas. Dos: el famoso elogio que se hace de Barcelona, “archivo de la cortesía”, no es más que un simpático estereotipo. Tres: la única sangre que se derrama en la novela viene de la mano del bandido Roque Guinard, un bipolar de libro. Cuatro: que en Cataluña las relaciones entre el bandolerismo y las clases dirigentes viene de atrás, como prueba el hecho de que Roque Guinard, que está fuera de la ley, entregue a don Quijote una carta de presentación para don Antonio Moreno, respetabilísimo y amigo de las autoridades encargadas de defender la ley, entre ellas el gobernador, quien, dicho sea de paso, hospeda en su casa al expulsado morisco Ricote, el vecino de Sancho y don Quijote, que había vuelto a España para sacar, contraviniendo las órdenes del rey, ciertos tesoros. Esto último es una más de las ironías de Cervantes, quien nos recuerda que las cosas no son blancas y negras: que el gobernador hospede a Ricote es como si el director de la Guardia Civil alojara en sus buenos años de quinqui a El Lute. Todo lo cual, y esto fue el colofón de mi conferencia, no obstaba para que el Quijote, que desde luego se escribió en catalán y por un autor catalán, Miquel Servent, se publicase por vez primera en Barcelona en la famosa imprenta de la calle Call que se nos describe minuciosamente en el capítulo tal de la segunda parte, la misma imprenta donde se estaba imprimiendo una edición del apócrifo de Avellaneda cuando entró don Quijote.
Al oír esto último, el anciano aquel de la primera fila, que había tenido al menos la delicadeza de no roncar, dio un respingo, se recolocó en la butaca y se despabiló por completo, asintiendo con grandes cabezadas y mostrándome la mayor de sus sonrisas. No había duda: quería darme a entender que compartía conmigo todo lo relacionado a la catalanidad del Quijote. Al sonreír enseñaba unos dientes grandes y amarillos, como teclas de un piano viejo; lo que no debía de tener eran muelas, porque las mejillas, desde luego, estaban de lo más hundidas.
Y aquí llegamos a la última de las circunstancias que fijaron y juntaron en mi memoria aquella conferencia y la excarcelación del presidente de la Generalidad. Supuse que al salir a la calle encontraríamos esta llena de manifestantes espontáneos celebrando la noticia y tirando cohetes (naturalmente de artificio) en dirección a la frontera española, como hacen los de Jamás en la Franja o Siria con Israel. Pero la sorpresa fue que en Barcelona todo el mundo parecía ignorar la noticia de la suelta que estuvo a punto de dar al traste mi concentración a la hora de soltar yo también una conferencia sobre don Quijote en Barcelona.


Publicado el 20 de mayo de 2018 en The Objective.

14 mai 2018

Mentir peligrosamente

RESULTA extraño hablar de “ciencias políticas”, siendo la política todo menos científica. En ciencia no hay mentiras, sino errores, a diferencia de la política, en la que los errores suelen proceder casi siempre de una mentira. Por ejemplo, la de la presidenta de la Comunidad de Madrid (asegurar que cursó un Máster) le ha conducido al mayor error político de su carrera y a que muchos se pregunten: ¿y qué necesidad tenía ella de un máster?

La pregunta volvemos a hacérnosla con relación a la alcaldesa de Madrid y la exposición municipal “No pasarán”, encargada e inaugurada por ella.  Se trataba de contar la defensa de la capital de España llevada a cabo en 1936 por “el pueblo de Madrid” y bajo ese lema que buscaba enardecer a los sitiados. ¿El pueblo? ¿Qué pueblo? Un tercio de aquel pueblo se  escondía entonces debajo de las piedras, evitando las checas, entre ocho y doce mil asesinados; otro tercio había salido de la ciudad camino del exilio o huido a zona segura, como Largo Caballero y su gobierno, y el otro tercio... Según cuenta Chaves Nogales,  republicano convencido y autor del mejor libro sobre el asunto, La defensa de Madrid, naturalmente eliminado de la épica carmeniana, parte de ese tercio desertaba en estampida, a duras penas contenida a punta de pistola por los jefes que disparaban a bocajarro sobre milicianos indisciplinados y presas del pánico. Sólo la experiencia y determinación de dos militares profesionales, Miaja y Rojo, verdaderos artífices de la defensa de Madrid, lograron salvar la capital para la República. Pero como la verdad de este hecho estorbaba la belleza de una ficción romántica, “el pueblo”, también Miaja y Rojo, y el papel del ejército regular, han sido purgados de esta exposición.

Por eso es pertinente la pregunta: “¿Qué necesidad había de hacerla? ¿Ganar acaso la guerra, cuando también se había perdido el relato? Se exponen a que alguien les recuerde no sólo a Celia Gámez, y su célebre y miserable “Ya hemos pasao”, sino esto mucho más pertinente: ¿Cómo “no pasarán”, si ya han pasado ochenta años? Ah, las fake news y los engaños. Se diría que nada excita más a los políticos, acaso porque les hace vivir peligrosamente, convencidos de que la mentira es un atajo. Y sí lo es, hacia el error. Porque antes se pilla a un mentiroso que a un cojo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de mayo de 2018]

11 mai 2018

Y

SE presentó ayer en la librería Alberti. Y este es el primer poema del libro.


EL CAMINO DE VUELTA

CUANTO más necesarias son las cosas,
más tardamos en verlas,
aunque estén a la vista.
Todas esas palabras que has escrito
en poemas, ensayos y novelas
vienen a ser como guijarros blancos
que sembraste en la noche,
el camino de vuelta.
No sé qué ocurrirá cuando no queden
más guijos, y los pájaros
den cuenta de las migas,
y no haya ya camino ni regreso ni casa.
Noche estrellada, si te acuerdas, dile
a tus pequeños astros
que me lleven de vuelta
siquiera hasta mi infancia,
que desde allí yo ya sabré orientarme.


Viñeta de Miguel Galano

9 mai 2018

En la muerte de Julio López

COMO todos los artistas en verdad auténticos era un hombre humilde, pero en absoluto ingenuo. Se ha ido un gran escultor, desde luego, uno de lo últimos que conocía como pocos la tradición que va de los griegos a Medardo Rosso, del primitivo maestro de Bamberg a tal o cual obra de un orillado escultor contemporáneo. Descubría la belleza en una pequella medalla o en el Gattamelata, del mismo modo que un poeta no hace distinción entre la violeta que nace, vive y muere oculta por una piedra y la espléndida rosa para la que todo el sol no es suficiente. Un solo ejemplo: él hizo que reparara por primera vez en la cabeza del caballo de la escultura de Martínez Campos que está en el Retiro, “para mí una de las más hermosas, desde luego”. Es de Benlliure. Destaca en ella el corpulento general, claro, pero sobre todo el caballo, que apenas puede soportar el peso del jinete, mientras asciende una loma en el momento de supremo esfuerzo. Desde entonces no hay vez que no pase por delante de ese monumento que no confirme lo que él decía, y que no recuerde a nuestro querido amigo.
Acaba de morir, y relee uno ahora estas tres palabras sin acabar de creerlo. El que tuviera ochentaiocho años y el que su muerte haya sido una transición casi tranquila desde la plenitud en que se hallaba hasta hace un mes, tampoco es consuelo para nadie.
España ha perdido a uno de sus mejores escultores, el último grande de la tradición realista, la cenicienta del arte contemporáneo. Estaba acostumbrado al desdén de algunos “modernos”, que calificaban su estética de costumbrista, pero se lo tomaba con filosofía y humor.
El saberse en minoría en una época que fue sobre todo “abstracta”, acaso hizo de la “escuela realista madrileña” una pequeña familia: su gran amigo y compañero Antonio López y su mujer la pintora María Moreno, su hermano Francisco López, también escultor, y la mujer de este, la pintora Isabel Quintanilla, y la mujer del propio Julio, Esperanza Parada, la pintora más secreta y simbolista de todos ellos…
Las visitas a su estudio, una casita de dos plantas en un barrio menestral de Madrid, resultaban siempre únicas. Durante medio siglo la fue llenando de todas sus criaturas, que se agolpaban en sus cuartos angostos como en la sala de espera de una estación de tren de hace cien años. Todas sus obras tienen una impronta poética, el mayor elogio que pueda hacerse de ninguna. Buscaba la emoción de la escena, sin reparar en si era una obra de encargo o personal. En muchas de ellas, en sus relieves, o en sus fascinantes medallas (todas las de los premios Cervantes son suyas), o en las esculturas en que todo está centrado en unas manos, por ejemplo, esa emoción está pulsada como en la música de cámara, sin apartar la mirada ni levantar el tono.
Oírle contar de viva voz el nacimiento de sus propias obras, o lo que con ellas había tratado de expresar, era una experiencia única. Él mismo era la naturalidad hecha persona y jamás pudo ver nadie en sus palabras ni un átomo de vanidad o presunción. Y acaso porque nunca perdió de vista el origen de su oficio, que su hermano y él aprendieron de su padre, un modesto imaginero, se refería a sí mismo como a aquel a quien se ha encomendado continuar, con la mayor dignidad y humildad posibles, un arte que empezó en Grecia hace más de dos mil quinientos años.
[Publicado en El País el 9 de mayo de 2018]

Julio López en su estudio, 2012. Foto de Juan Manuel Castro Prieto.

6 mai 2018

Los matices

SIN matices la vida no es que sea incompleta, es que además es falsa. “Completo: perfecto e imperfecto”, decía JRJ. Daba a entender con ello que una perfección sin defectos está muerta, y que la vida es precisamente la suma de perfección e imperfección. Perfecta puede ser una máquina, una persona nunca, afortunadamente, y esta es la garantía de que sigue viva. 

Acabo de comprar en el Rastro (¿dónde si no?) Mil canciones españolas. Dos gruesos tomos editados en 1966 y metidos en un sólido estuche de tela verde. De no haberlos visto casualmente jamás hubiera reparado en una obra como esa. En el Rastro vista y tacto  son el mismo sentido y allí manda el azar. Contienen esos dos tomos composiciones, música y letra, de todas las regiones y en todas las lenguas y dialectos españoles, canciones de corro, de ciego, villancicos, romances, algunos muy antiguos. 
  
Esa labor de recopilar el folclore la iniciaron los beneméritos abuelos de la Institución Libre de Enseñanza, entre los que se contaba Machado Álvarez, Demófilo, padre de Antonio y Manuel Machado, y la continuaron sus nietos, entre ellos García Lorca, con el teatro ambulante de La Barraca y los jóvenes de las Misiones Pedagógicas que recorrieron España llevando por los pueblos, durante la República, la buena nueva de la ilustración. La guerra truncó aquello de la manera sangrienta que sabemos, y después de la guerra tomó el testigo de los institucionistas la Sección Femenina de FET y de las JONS. Las Mil canciones españolas están editadas por ella, y, créanme, es una obra admirable pese a su lastre (vienen también los himnos políticos y del nacional catolicismo; pero hasta eso lo ve uno ya como antropólogo) y, desde un punto de vista tipográfico, sobresaliente. ¿Pero cómo, dirá alguien, pudieron los  representantes netos del fascismo continuar el trabajo de los ilustrados institucionistas, a los que se combatió durante el franquismo con saña irracional? No sé cómo, pero medio siglo después de ser editado el libro, uno agradece que alguien entonces quisiera reunir esas canciones y lo hiciera de ese modo que habría satisfecho a don Francisco Giner o don Manuel Bartolomé Cossío. Y que fuera posible durante un Régimen tan demencial y ramplón como aquel, acaso haga más valioso esta obra. Sólo siente uno que la mayor parte de esas canciones ya se hayan dejado de cantar. Pero este es otro cantar.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de mayo de 2018]

30 avril 2018

La fuerza de la costumbre

El mal tiempo –frío, destemplanza y huracanes– nos tuvo la pasada Semana Santa más cerca de la chimenea que de costumbre por esas fechas y con un libro apropiado, por inagotable y entretenido: el Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar, publicado en 1847 por don Pascual Madoz, un clásico, como saben. Iba buscando unos datos precisos sobre los barrios bajos de Madrid, y me quedé en él un par de días, como el viajero que, de paso a otra parte y seducido por un lugar, decide sobre la marcha prolongar su estancia para admirar las bellezas locales. Y eso me ocurrió repasando el estadillo en que se consignan todas y cada una de las “especies despachadas en las cinco puertas de entrada y aduana de Madrid” ese año del 47, “con distinción de las introducidas en el mes de octubre”. Veinticuatro páginas y unas mil doscientas especies, desde trigo y reses a “un cisne disecado”, treintaicinco libras de pelo humano o ciento cuarentaicinco mil plumas de ave para escribir (frente a las casi cien arrobas de plumines de acero).

¿Qué tiene de fascinante algo así?, preguntarán algunos. ¿Qué? ¡Los detalles exactos! ¿Les parece poco? Y, claro, su poder narcótico contra la actualidad, realidad frente a actualidad. 

Estaba puesto un televisor. Sin levantar los ojos del libro oye uno a un locutor repasar las procesiones en España. Algunos nazarenos hablan de sentimientos profundos, aunque el descenso de las creencias religiosas es inversamente proporcional al número de cofradías. Se citan algunas advocaciones de Vírgenes: de las Angustias, de los Dolores, de la Soledad, de la Consolación, del Socorro... Levanto la mirada por ver las imágenes. Eran nombres frecuentes en las mujeres. Algunos lo son aún.. ¿Cómo llevarán esa pesada cruz?, me pregunto. Vuelvo a la lectura, con la esperanza de que ese libro me dé la respuesta. Y en parte, sí: leo que en 1847 entraron en Madrid cuatrocientos “tomos de libros” y ciento un loros. Comparo las cifras. No sé cuántos libros entrarán hoy en Madrid, pero ninguno le ha hecho desistir a cuatro ministros de cantar, al paso del Cristo de Mena, el himno de la Legión, la fuerza de la costumbre. Y un monumento al nihilismo. Me acuerdo entonces de Unamuno, tan vitalista, me encojo de hombros y sigo con Madoz.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 29 de abril de 2018]

23 avril 2018

Una ciudad sin argumento

Prólogo a La catedral y el niño, de Eduardo Blanco-Amor. Libros del Asteroide, Barcelona, 2018))

Hace unos años, en uno de los puestos más cochambrosos del Rastro (atendido por un viejo expresidiario que respondía entre nosotros al nombre de El Pederasta), aparecieron unas cuantas postales y cartas dirigidas al escritor y editor Fernando Baeza, hijo de Ricardo Baeza. Entre ellas una de Eduardo Blanco-Amor, que compró Juan Manuel Bonet. Es una postal de los años sesenta y en ella el escritor gallego se queja del ambiente que ha encontrado en España, adonde había regresado de Buenos Aires en 1966. Todo se le hace pequeño aquí, le cuenta a su amigo, y le anuncia que, tras arreglar unos asuntos, se sacudirá el polvo de las sandalias y saldrá de España, harto de la vida mezquina que se tropieza a todas horas. Se refiere sin duda, entre otros que desconozco, a los sinsabores que le trajo su novela Los miedos, presentada a un premio Nadal que le dejó de finalista. El escritor José María Castroviejo, carlista, también gallego, colaborador de Cunqueiro y autor él mismo de un libro precioso, El pálido visitante, la denunció ante las autoridades por pornográfica, y eso le ocasionó a Blanco-Amor problemas con la censura (y el azar, un tanto sarcástico, quiso que los libros de uno y otro, antes de conocer esta historia, estuvieran juntos en mi biblioteca). Estos problemas a los que me refiero, los había tenido antes otras veces Blanco-Amor, pero para entonces, cerca ya de sus setenta años, se ve que estaba cansado. Tenía razones para estarlo, si repasamos su vida.
Había nacido en Orense, en el año 1897 (se quitaba dos; le hacía ilusión decir que él había “nacido con el siglo”). Su padre, barbero, les abandonó por otra mujer a él, a sus dos hermanos y a su madre, florista en el mercado, cuando Eduardo tenía siete años. Al protagonista de La catedral y el niño también le abandona el suyo ( y lo saca como un tarambana). Esta novela, como otras de las llamadas novelas de formaciónnco-Amor﷽﷽iguas. Todas con su m de La Barraca, y de conocer esta historia, estal que asisten casiisas, antiguas. Todas con su m , es la historia de un abandono y el relato de la supervivencia. “Mi niñez fue triste, muy triste, en un pueblo triste: Orense”.
Como tantos gallegos (y para no entrar en quintas), muy joven aún, en 1916, emigró a Buenos Aires, donde se fue abriendo camino poco a poco hasta desembocar en el mundo del periodismo, que ya conocía de antes.
Regresó a España en 1929, hasta el 31, como corresponsal de La Nación, que lo volvió a enviar a Madrid en 1933, esta vez para dos años, hasta pocos meses antes del estallido de la guerra civil, en 1936. Si el primer viaje le permitió conocer y colaborar con los próceres galleguistas, empezando por su paisano Vicente Risco, y siguiendo por Otero Pedrayo y Castelao, del que llegará a escribir un ensayo y en cuya revista Nos empezó a colaborar entonces, la segunda estancia le permitió trabar amistades fundamentales en su vida, como la que mantuvo con García Lorca, a quien animó a escribir los seis poemas gallegos, dedicados a un muchacho gallego de La Barraca, que prologó, y de cuya edición se ocupó el propio Blanco-Amor.
La guerra le sorprendió en Buenos Aires, y se puso de inmediato a las órdenes de las autoridades consulares republicanas, que lo emplearon en diversos trabajos de agitación y propaganda. Pese a ello, y a diferencia de otros gallegos que llegarían al poco tiempo, Blanco-Amor, o su amigo el pintor Luis Seoane, emigrante y tan netamente republicano como él, siguieron teniendo siempre más la consideración de emigrantes que la de exilados.  En cierta ocasia nativitateue los gallegos son barrocos "as te no es autobiogrmonias, Blanco-Amor rememora escenas y pinturas de su niñez provión se definió como un “emigrante de tercera y autodidacta”. Pero no había duda: “Yo me siento rojo hasta las cachas”, dirá en 1977.
En el tiempo del exilio Blanco-Amor se sumó al grupo de exiliados gallegos de Carlos Maside y Rafael Dieste. La labor editorial que hicieron allí fue extraordinaria, las colecciones poéticas (Dorna, A Terra) y las revistas que trataban de mantener unida a la emigración (dirigió Céltica y Galicia, esta con cubiertas espectaculares de Seoane) son un hito en el trabajo misionero que ejercieron entre el elemento emigrado (Buenos Aires: 400.000 gallegos, más que ninguna ciudad gallega), al modo del que Dieste había realizado con las Misiones Pedagógicas. Todas estas publicaciones tienen un aire secreto, de otro mundo, tranquilo y silencioso, como suele ser habitual en los gallegos.
Cuando Blanco-Amor regresó a España en 1966 tenía casi setenta años. Ya había tenido lugar el episodio de Los miedos. No sé de dónde se ha sacado la gente (en internet lo repiten muchos) que le dieron el Premio Nacional de Literatura por esa novela. No. La postal del Rastro no es la que escribe un hombre al que agasajan y respetan, sino la de alguien que ha llegado a la vejez y se encuentra solo, sin tener dónde ir.
Blanco-Amor sobrevivió esos años del tardofranquismo como pudo, modestamente, llevando una vida descolorida, viviendo de sus colaboraciones periodísticas y una pensión mísera que se había traído de Argentina que lo tuvo al borde de la desnutrición (lo remedió la Fundación Barrié de la Maza en 1976 con otra vitalicia y decorosa), aunque algunas de sus obras, como La parranda, habían tenido un gran éxito (Gonzalo Suárez la llevaría al cine en 1977). El propio Blanco-Amor, y muchos estudiosos, hicieron responsables de aquella vida difícil al Régimen, lo que seguramente era cierto, pero también lo es que el Régimen no hizo mucho más por escritores “suyos” como Cunqueiro, Torrente Ballester, Otero Pedrayo, Eugenio Montes o el gran Vicente Risco. Las vidas de todos ellos eran poco más o menos igual de grises y de arrastradas y el número de libros vendidos allá se andaban los de unos y otros, los ganadores y los perdedores de la guerra. Ha dicho uno otras veces que los escritores que ganaron la guerra perdieron los manuales de literatura. Eso rige para el resto de España. En Galicia en esos años en asuntos literarios no ganó nadie.
La muerte de Franco prendió en Blanco-Amor la ilusión de la regeneración civil y aún se le pudo ver en algún mitin, acompañado de Rafael Alberti (otro de los amigos bonaerenses), denunciando el caciquismo. Empezó a publicar artículos en El País. Los recuerdo. Tenían todos unas gotas de humor galaico, pero eran también los de un hombre, como los de Cunqueiro, que va de retirada. Murieron casi a la vez, con un año de diferencia. En el primero de aquellos artículos de Blanco-Amor denunciaba precisamente el caciquismo gallego de siempre, encastado con el falangismo que había sufrido España aquellos últimos cuarenta años.
Murió de un ataque cardiaco en 1979, a la edad de ochentaidós años, y la necrológica de su propio periódico está llena de errores biográficos y bibliográficos y confusiones de bulto, lo que nos indica que era un hombre del que incluso en vida suya se sabía poco (y del que acaso se tenía también poco interés en saber más). Las necrológicas de otros periódicos, buscadas ahora en internet, no son más fiables. En ninguna de esas notas biográficas, como tampoco en Wikipedia, aparece su condición homosexual (“sexos intermedios”, dijo alguna vez, con su sentido del humor), pero ese dato acaso ayude a comprender la hipersestesia y orfandad del protagonista de La catedral del niño, criado y educado entre mujeres, cercana a Proust o, entre nosotros, a Juan Gil-Albert. Digamos, por último, que Blanco-Amor escribió en gallego y en castellano, dependiendo no sé de qué (él tampoco lo aclaró mucho). Algunas de sus obras las tradujo él mismo del gallego al castellano, como A esmorga (La parranda).
Vayamos ya a la novela. En un artículo que rememoraba unas largas vacaciones en Montevideo, “mis días más entrañables  y «logrados»”, añadía: “escribí allí casi toda mi poesía, cinco libros, en las dos lenguas que maltrato. Y allí también fue mi estreno en la novela: La catedral y el niño, ahora aquí reeditada, con sus casi cuatrocientas páginas para que la cantidad supliese a la calidad”.
Era el tono de su autor. Años antes, en el prólogo a la tercera edición, primera española, 1977 (la primera fue, en Buenos Aires, en 1948; hoy una rareza bibliográfica), escribió: “Lo que voy a poner aquí no es para que se me perdone el haber escrito semejante mamotreto”.
Cualquiera podrá descubrir en ese “las lenguas que maltrato” y en eso de que “la cantidad supliese a la calidad”  y en lo de “mamotreto” un par de rasgos de la personalidad de Blanco-Amor como persona y como escritor. Desde luego el humor, o si se quiere decir en gallego, la retranca. Pero también la orfandad de alguien que no está seguro de nada, de alguien que se ve a sí mismo de paso incluso en las lenguas que habla y en las novelas que escribe. Alguien que sale a escena pidiendo la benevolencia de los lectores.
En el prólogo aludido cuenta la génesis de esta novela. Le ofrecen a su autor en Buenos Aires un banquete a finales de los años cuarenta. Asisten a él casi mil personas, entre ellas muchos de la emigración y otros del exilio, entre estos los Alberti, los Casona, el doctor del Río Hortega, Margarita Xirgu, Seoane y Dieste, y acaso “el querido gran poeta y amigo Juan Gil-Albert”. No lo recuerda bien. Al responder en su discurso a Alejandro Casona, maestro de ceremonias, Blanco-Amor rememora escenas y recuerdos de su niñez provinciana en la siempre soñada y añorada Orense (“siempre tuve la maleta debajo de la cama, para el regreso”). Encandila a los oyentes.
Al día siguiente del banquete Casona le anima a que pase a novela todo aquello.
Blanco-Amor no había escrito nunca una novela, tenía cincuenta años y no sabía cómo hacerla. Sabía contar historias ((Blanco-Amor, como tantos gallegos, Cunqueiro, Torrente, Carlos Casares, tuvo el don de saber contar de viva voz), pero jamás las había escrito. Casona le anima: “Ayer lo dijiste: una catedral como juguete indestructible y enigmático”.
Empezó a escribirla y lo hizo durante tres años, en Uruguay. Se fueron sucediendo las estampas, amontonándose los recuerdos. Habla Blanco-Amor de “documento”. La novela tiene mucho de ello. Y para evitar falsas atribuciones, asegura que no es autobiográfica exactamente, que él narrando es el niño, el padre, la madre, las tías. Ya. Cambió, desde luego, el ambiente: la familia de la novela, aunque venida a menos, es linajuda, al contrario que la suya. Es una de las cosas que le deben muchos a Proust (a Gil-Albert, por ejemplo), los ha redimido de su pasado por otro hecho a medida de sus ensoñaciones aristocráticas.
La catedral y el niño es una novela, decíamos, de formación, lo que los profesores llaman con palabra alemana bildungsroman, y además de Proust, Blanco-Amor parece tener presente a Mann (Los Buddenbrook) y a Eça de Queiroz (Los Maia).
Transcurre en su ciudad nativa, Ourense, que él en esta novela y otras transformó en Auria (como en Clarín Vetusta, aunque Blanco-Amor confesó que al escribir La catedral y el niño no había leído aún La Regenta).
No deja de tener su punto de ironía (gallega, por supuesto) que una de las ciudades más sombrías, provincianas y melancólicas (y bonitas también que era un escritor mñas y dem,santas compañas y dem,sta las fuentes romemperie se llena de murgo y de verdicia lluve mucho, y) de toda Galicia (lo cual es apuntar muy alto) sea una cuyo nombre hace referencia al oro. Y, dentro de lo que cabe, esta novela de Blanco-Amor es dorada toda ella, porque es una novela barroca, y el barroco tiende a lo litúrgico, las candilejas doradas, los bordados, la orfebrería y todo eso. Aunque en esto del barroco de Blanco-Amor hay que soltar mucho hilo a la cometa.
“El barroquismo es la forma congénita de la expresión gallega”, dirá, y sostiene que los gallegos son barrocos “a nativitate” y todo cuanto hacen, desde la torre Berenguela de Santiago a feriar una res, les sale barroco. Es verdad. Pero el barroco gallego es especial.
Lo gallego es siempre especial, se va fuera de los cánones. El barroco gallego, al estar tallado en granito, sigue siendo un poco románico. El granito es una piedra humilde, que se deja tallar mal y se presta poco al detalle y la filigrana. En el granito los parecidos son todos a ojo de buen cubero y a cierta distancia no sabe uno si lo que lleva Nuestra Señora en la mano, en la fachada de la iglesia, es una rana o una azucena. El barroco romano, por el contrario, en duro mármol blanco, nos muestra detalles sutiles, incluso comprometedores (en el rostro de Santa Teresa de Bernini, por ejemplo). Por si fuera poco, en Galicia llueve mucho, y si a algo se le dan muchas facilidades allí es al musgo y al verdín. Las estatuas, las fachadas, los cruceros, todo lo que se deje a la intemperie del puerto de Manzaneda en adelante se llena de musgo y de verdín a los cinco minutos, contribuyendo con ello a que el barroco gallego tenga que ver definitivamente más con el románico que con cualquier otro estilo, incluido el propio barroco.
En literatura sucede algo parecido. Blanco-Amor, en el susodicho prólogo, teoriza sobre el barroco de su novela y sus “apelmazamientos, ringorrangos y arrequives”. No tiene demasiado interés, son teorizaciones de autodidacta, justificaciones una vez más. Lo cierto es que el escultor de granito tiene más de cantero que de artista. Blanco-Amor se llama a sí mismo artesano.
Acaso hayas oído hablar de un escritor llamado Valle-Inclán. Me dirijo al lector de este prólogo, que no tiene por qué conocerlo. Valle-Inclán sí era un escritor barroco, él sí era un escritor más que litúrgico arzobispal, aunque fuera sólo de misas negras, aparecidos, santas compañas y demás. Se ha dicho que después de Valle-Inclán todos los novelistas gallegos le debieron un poco: Cela, Torrente Ballester, Dieste, Blanco-Amor, Fole, Cunqueiro, Castroviejo… No estoy de acuerdo, en unos casos sí y en otros no, pero estos distingos literarios no llevan a ninguna parte.
La catedral del mar es barroca, desde luego, pero no se parece en nada a Valle. En la novela de Blanco-Amor los personajes hablan como los orensanos de principios del siglo XX (ese de transcribir el habla de entonces fue una preocupación suya). En las novelas de Valle-Inclán los personajes hablan todos como Valle-Inclán, lo mismo el gañán que el señor del pazo. Y en todo caso Blanco-Amor, al que se le ve siempre con una preocupación estilística, si algo quiere es que se le note cuanto menos el estilo. No renuncia a él, pero no se recrea en ese atavismo galaico.
Orense, la Auria de Blanco-Amor, en los tiempos en que transcurre la novela, era una ciudad de quince mil habitantes: una catedral, una Audiencia, mucho clero, militares, el agro metido por todos los rincones, fuerzas vivas, gentes de orden y un puñado de liberales para dar colorido. Está todo visto y contado por un niño. El niño, más o menos enmadrado, como el Marcel de la Recherche, es sensible a las puestas en escena, vestuarios y decorados. Es también un niño, como el de Proust, puntilloso, y la presencia de la catedral, a dos pasos de su casa, le resulta imponente, amenazante, misteriosa, como insoslayable era para Marcel la vida social. En Orense y en los burgos levíticos españoles el faubourg era la catedral. La catedral es también aquí algo simbólico (su autor, monaguillo y del coro de la catedral, es anticlerical como se puede ser anticlerical en Galicia, donde el que más o el que menos tiene un tío cura).
Aparecen al principio historias como tantas, costumbrismo. Tíos, tías, historias de criadas, pazos y claro, ruinas y calaveras (reales y en sentido figurado). Unos doscientos personajes. Todo tiene un ritmo. Parece que no sucede nada. Al principio creemos que son sólo palabras, palabras raras, precisas, antiguas. Frases castizas, populares, vivísimas. Todas con su música especial. No nos damos cuenta y ya estamos prendidos del anzuelo. Como el bordón de una gaita, y viene luego la melodía: los hechos precisos, todo lo que el niño no se ha atrevido a contar de su vida, lo contará por Blanco-Amor en esta novela.
Se ha dicho que la patria de un niño es la infancia (Rilke). Gaya sostenía que lo mejor del hombre es su madurez. Acaso se pudiera hacer un a síntesis diciendo que lo mejor de cualquier vida es su niñez, revivida por el hombre maduro. Y es lo que hizo Blanco-Amor aquí, un niño injertado en hombre maduro, o al revés, recuerda una ciudad que no tenía argumento, y él se lo dio. Cuando nos vamos de Ourense, de Auria, la ciudad vuelve a ser, como reconoce uno de los personajes de esta novela, una ciudad sin argumento. El argumento es siempre la novela, el contar. Como Serezade. Y la ciudad también, si está en un libro como este.

                Madrid, 10 de enero de 2018