14 de enero de 2018

"Senderipia"

EL discurso que leyó Félix de Azúa cuando entró en la Academia de la Lengua versó sobre la palabra serendipia, incorporada al diccionario de esa institución dos o tres años antes.  Es un discurso precioso, de prestímano. Ni siquiera parecía un discurso académico; no se puede decir de él mayor elogio, era un vagabundeo en toda regla. 

Y habló de todos los hechos casuales que en su vida le habían llevado desde Martín de Riquer, a quien Azúa sucedía en el sillón no sé cuántos, hasta Vargas Llosa, que respondió a su discurso con otro no menos evocador, fino y vago. 

Uno de mis primeros trabajos de reportero, que compatibilizaba yo con unos estudios universitarios que no eran ni lo uno ni lo otro, porque entonces en aquella ciudad, Valladolid, ambas cosas eran difíciles de llevar a cabo, me llegó por casualidad. Se publicó en Pueblo, el periódico que me empleaba. Yo tenía veintiún años. Buscando con otro estudiante un piso de alquiler terminamos en una casa increíble. Su dueño la tenía llena de objetos encontrados que parecían otra cosa: un trozo de lava que era el retrato fidedigno de Winston Churchill, un canto rodado cuyas vetas dibujaban el mapa de España, con sus grandes ríos y los afluentes de estos, una lata de sardinas sobre la que había pasado una apisonadora dejándola en la caricatura de un bailaor flamenco que seguía siendo lata de sardinas... Había allí cientos de aquellos objetos de todos los tamaños, procedencias, materiales, formas. Todos y cada uno, a pesar de su tosquedad o ingenuidad, te arrancaban una sonrisa. Algo parecido hizo Antonio Pérez, diletante de profesión, quien donó su coleccion de objetos encontrados a la ciudad de Cuenca, donde se exhibe en un museo. En ese caso había algo perverso. Pérez parece decirles a sus amigos Saura y compañía: vuestro arte abstracto lo hace cualquiera, pero no es mejor que el que yo me encuentro en la calle, en la naturaleza, en la basura, cuando ando por ahí sin hacer nada. 

A mí me gustaría que los artículos de este año que empieza fueran una cosa que recuerda a otra cosa, como objetos encontrados. Que practicaran el “humor honesto y vago” del que hablaba Pla, la “senderipia” o arte de buscar por caminos y senderos la feliz casualidad. Que no sean lo que parecen ni parezcan lo que no son. Todo el misterio.

             [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de enero de 2018]

7 de enero de 2018

La plomada de Lesbos

“Toda la discusión sobre la plomada de los arquitectos de Lesbos versa sobre cómo traducir la palabra griega molíbdinos en Ética a Nicómaco 1137b31 (aunque la transcripción a nuestra grafía es bastante exacta)”. Así comienza el correo de nuestro amigo Tomás Pollán (acaso quien más merece hoy en España el nombre de sabio, socrático y sencillo). Dos  horas antes le habíamos oído hablar, fascinado yo, sobre ese misterioso artilugio al que se refiere Aristóteles, y que de no andar éste por medio creeríamos una invención de Borges o Cunqueiro, pues parece ser que era una plomada que se adaptaba ¿cómo? a la forma de la piedra (incluidos   entrantes y salientes del edificio), “como los decretos que se adaptan a los casos. Y como ves”, añadía Pollán, “plantea el problema de la adaptación, que, sea dicho en passant, Aristóteles no resuelve. En cualquier caso yo traía a colación ese texto  porque es una de las poquísimas ocasiones en que Aristóteles (tan inteligente y penetrante, pero con una prosa tan seca y poco agradecida) se concede una imagen para ilustrar por qué la equidad está por encima de lo que él entiende por lo justo”. Se hablaba ese día, cómo no, de España y de aquellos (pocos o muchos, da lo mismo) que se reclaman adalides de lo justo a costa de la igualdad de todos. 

Pensé entonces titular “La plomada de Lesbos” esta página para el año entrante, tal y como viene siendo costumbre, pero me acordé de las palabras de Montaigne, quien encontraba feo “decirle a la gente lo que tiene que hacer (ya hay bastantes que se dedican a ello)”, limitándose él a decir “ lo que hago yo”.  Y esto es lo que va hacer uno aquí, dejar a un lado aquel epígrafe y poner este otro: “El clavo del abanico”. Leí esa expresión en un libro del siglo XIX. El abanico es uno de esos raros inventos, como las tijeras o la plomada, a los que la técnica moderna no ha podido mejorar ni desbancar. Su simplicidad y su eficacia no tienen parangón. Se compone sólo de tres elementos: unas veinte varillas, el país (de tela o de papel) y un clavo, el corazón, como quien dice, del abanico. El humilde clavo es el que da unidad a todo lo demás. Aquí, a temas y asuntos variopintos. ¿Con qué objeto? ¿Cuál va a ser? Poder, al cabo de un año, abanicarse con todos ellos, incluida aquella plomada de Lesbos que tan buenos servicios rendiría ahora, de saber alguien cómo era. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de enero de 2018]

2 de enero de 2018

San Silvestre

COINCIDEN hoy el último domingo del año con el día de san Silvestre. En estos doce meses cuántas cosas han sucedido. Las buenas de unos fueron malas para otros, y al revés. Al margen de esto, para mí será el año en que me puse a estudiar en serio la ciudad donde vivo desde hace más de cuarenta años. Ha sido provechoso. Lo decía Pla: si quieres saber de algo, escribe un libro. 

El libro que yo escribo de Madrid, ¿cómo será?, ¿bueno, malo? Me ha permitido conocer de manera pormenorizada la historia del XIX, a medio camino siempre entre dramón y sainete. En El antiguo Madrid, de 1861, cifra Mesonero Romanos con fechas los avatares más sobresalientes: 1814, 1820, 1823, 1834, 1843, 1854 y 1856. Estas fechas, dice Mesoneros, “ le han dado a conocer al pueblo bajo, bien a su costa, que hay en la sociedad otra fuerza mayor que la fuerza numérica, y que han pasado los tiempos de los ignos y lairones, de las pititas y de los trágalas revolucionarios”. Parece escrito la semana pasada, aunque haya algunas palabras que ya apenas entendamos. Quedaban por conocer algunas otras fechas: 1868, 1874, 1898. Pero al español de 2017, ¿qué le dicen? Poco o nada.  ¿Y qué le dirá a un español de dentro de doscientos años este 2017, año de trágalas y mambos?

Aunque escriba en Madrid mi artículo, y haya de hacerlo con antelación, espero estar leyéndolo, hoy, día de san Silvestre, en nuestro remoto confín de Extremadura, en un agro infinito de inmobles soledades. Cuánto silencio. Fuera se oye al viento enredado en las hojas plateadas de los olivos, en las hojas de bronce de una encina cercana. Ha roto a cantar un gallo. “Quiebran albores”. El canto de un gallo parece también quebrar este silencio, el aire. Es un canto a destiempo. Oímos atenuadas, invernales, las confidencias de unos pájaros. En un año tan declamatorio y esperpéntico como este, el patrón oro aquí es el silencio. El silencio es la salsa donde ha de hacerse, a fuego lento, el pensamiento. Qué extraño todo... Los que hace unas semanas me dijeron que eran distintos a mí porque esperaban ganarme, me aseguran ahora que somos iguales porque han perdido. ¿Y yo? Hoy, día de San Silvestre, trato sólo de no pensar, no pensar, no pensar, y ser uno con la Naturaleza, que puede ser oscura, pero nunca miente, al contrario de tantos que cuanto más claro parecen estar hablando, tanto más mienten.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 31 de diciembre de 2017]