7 de enero de 2018

La plomada de Lesbos

“Toda la discusión sobre la plomada de los arquitectos de Lesbos versa sobre cómo traducir la palabra griega molíbdinos en Ética a Nicómaco 1137b31 (aunque la transcripción a nuestra grafía es bastante exacta)”. Así comienza el correo de nuestro amigo Tomás Pollán (acaso quien más merece hoy en España el nombre de sabio, socrático y sencillo). Dos  horas antes le habíamos oído hablar, fascinado yo, sobre ese misterioso artilugio al que se refiere Aristóteles, y que de no andar éste por medio creeríamos una invención de Borges o Cunqueiro, pues parece ser que era una plomada que se adaptaba ¿cómo? a la forma de la piedra (incluidos   entrantes y salientes del edificio), “como los decretos que se adaptan a los casos. Y como ves”, añadía Pollán, “plantea el problema de la adaptación, que, sea dicho en passant, Aristóteles no resuelve. En cualquier caso yo traía a colación ese texto  porque es una de las poquísimas ocasiones en que Aristóteles (tan inteligente y penetrante, pero con una prosa tan seca y poco agradecida) se concede una imagen para ilustrar por qué la equidad está por encima de lo que él entiende por lo justo”. Se hablaba ese día, cómo no, de España y de aquellos (pocos o muchos, da lo mismo) que se reclaman adalides de lo justo a costa de la igualdad de todos. 

Pensé entonces titular “La plomada de Lesbos” esta página para el año entrante, tal y como viene siendo costumbre, pero me acordé de las palabras de Montaigne, quien encontraba feo “decirle a la gente lo que tiene que hacer (ya hay bastantes que se dedican a ello)”, limitándose él a decir “ lo que hago yo”.  Y esto es lo que va hacer uno aquí, dejar a un lado aquel epígrafe y poner este otro: “El clavo del abanico”. Leí esa expresión en un libro del siglo XIX. El abanico es uno de esos raros inventos, como las tijeras o la plomada, a los que la técnica moderna no ha podido mejorar ni desbancar. Su simplicidad y su eficacia no tienen parangón. Se compone sólo de tres elementos: unas veinte varillas, el país (de tela o de papel) y un clavo, el corazón, como quien dice, del abanico. El humilde clavo es el que da unidad a todo lo demás. Aquí, a temas y asuntos variopintos. ¿Con qué objeto? ¿Cuál va a ser? Poder, al cabo de un año, abanicarse con todos ellos, incluida aquella plomada de Lesbos que tan buenos servicios rendiría ahora, de saber alguien cómo era. 

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de enero de 2018]

3 comentarios:

  1. Los inventos, como las ideas, no para envanecer a quienes los tienen, sino para facilitar la vida. Me atrevo a añadir aquí otros dos, que sirven para unificar territorios construidos con la plomada de Lesbos: la campana de fundición y también la rueda de bici con los radios trabajando a tensión.

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  2. A don Víctor D´ors, tan histriónico y excéntrico como su padre, le encantaban las faldas y cenar en La Galette. A principios de los setenta, en su cátedra de Estética y Composición, oí hablar por primera vez de la Plomada de Lesbos: "No podéis terminar la carrera ignorando esta metáfora que trascenderá a vuestro ámbito profesional, igual que las situaciones superan a veces a la razón. Si sabéis aplicarla seréis sabios". Desde entonces hasta ahora no he vuelto a encontrarme con esta curiosa referencia, como si careciera del interés que en cambio suscita la paradoja de Aquiles y la tortuga.

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  3. Creo que lo que quiere decir es ♂%▼

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