28 de diciembre de 2017

Veletas nuevas

ESTAS son las seis nuevas veletas, recién venidas de Granada. No sé cuándo llegarán a las librerías. En los próximos días, supongo. Siempre sucede de la misma manera, libros, panes. Recién salidos del horno, se van tras de ellos los ojos, y apenas nos atrevemos a abrirlos, no tanto por temor (a que no estén todo lo bien que quisiéramos), sino por la mera contemplación, como se mira desde un otero, en panorámica, la ciudad a la que vamos a entrar.


23 de diciembre de 2017

Star system

LA ley de las estrellas de cine y de teatro, la que rige su trabajo y sus vidas, es a menudo una ley pugnaz y sórdida. Una máquina de picar carne tiene más nobleza, dignidad y corazón. Se sabía desde la noche de los tiempos, pero sólo ahora ha salido a la luz. Más de setenta mujeres han acusado públicamente de abusos sexuales a Harvey Weinstein, todopoderoso productor  de cine. Casi una veintena de hombres ha hecho lo propio con el actor Kevin Spacey. Cuando ocurrieron tales hechos la mayor parte de las víctimas (muchas hoy conocidas actrices y actores) eran jóvenes y estaban en el inicio de sus carreras profesionales, y los ultrajadores eran personas poderosas, con influencia y prestigio suficientes como para imponer la segunda ley de las estrellas: la del silencio.

Uma Thurman no ha sido una de las primeras en romperla (antes lo hicieron Gwyneth Paltrow, Angelina Jolie o la exnovia de Tarantino Mira Sorvino), pero sí una de las que lo ha hecho de manera más amarga: “¡Feliz Acción de Gracias a todos! (excepto a ti, Harvey, y todos tus retorcidos conspiradores. Me alegro de que esté ocurriendo lentamente, no te mereces una bala)”. Al referirse a los “retorcidos conspiradores” aludía a Tarantino, quien después de haber escurrido el bulto para defender a su colega, no ha tenido otra que reconocer: “Sabía lo suficiente como para haber hecho más de lo que hice”.  

Como ocurre a menudo, hay quienes han tratado de convertir a las víctimas, además, en culpables: “¿Y por qué no lo denunciaron antes, cuando ocurrió todo, hace diez, quince, veinte años?”. Naturalmente es una pregunta que puede responderse, pero no deja de ser una bajeza formulársela, y una insidia. Al contrario, las señoras Thurman, Paltrow, Jolie o Sorvino  parecen estar dirigiéndose a las víctimas de ahora mismo, porque la de los abusos sexuales fue y es práctica común no sólo en Hollywood, ayer, sino en París, Roma, Delhi o Madrid, hoy mismo, ahora, y más allá del mundo del cine, allí donde hay un joven o una joven inseguros, con miedo a perder su trabajo o creyendo  que podrán minimizar los daños  (¿y quién, en su juventud, no ha podido cometer un error parecido alguna vez?), y allí donde haya un miserable que sólo puede obtener a la fuerza lo que no merece ni por compasión, esa bala.

     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de diciembre de 2017]

19 de diciembre de 2017

No habrá diván para todos


QUE los dirigentes separatistas catalanes forman hoy una chirigota de Cádiz no ofrece la menor duda, al menos para una mayoría de españoles y buena parte de catalanes. Una de esas chirigotas en la que sus integrantes comparecen uniformados, pero a los que se ha dado libertad de acción, de tal modo que, aunque cantan al unísono, cada cual aspea y gesticula a su antojo de una manera descompasada e histriónica. Eso hace que no sepa uno en quién fijarse, pues, mirando a uno, tememos estar perdiéndonos los ademanes de los demás, que acaso estén haciendo visajes más chocarreros aún, empeñado cada cual en atraer sobre sí la atención del público y a expensas, claro, de sus compañeros de chirigota, que también están haciendo lo propio. JpCat, Erc y Cup parecen cantar lo mismo, pero lo cierto es que cada formación reclama para sí el favor del electorado con aspavientos singulares.Terminada la función, los chirigoteros arrojan en un cesto sus disfraces y retornan a su rutina, hasta el año siguiente, conscientes de que parte de su éxito depende de la brevedad de su actuación y lo espaciado de sus apariciones públicas. En Cataluña sucede al revés. Que los separatistas no quieran dejar el escenario se comprende, incluso que traten de cerrar las puertas del teatro para que nadie del público pueda irse, pero ¿que se les aplauda?

Es comprensible también que los que declararon la república independiente de Cataluña, algunos encarcelados y otros huidos, se resistan ahora a abandonar su propósito. Les van en ello “vida y peculio”. ¿Las leyes, la Constitución? La repúplica es su última esperanza de burlar la cárcel, volver del destierro y saldar sus deudas con Hacienda. Fuera del 3% hace mucho frío. Un buen programa. Puigdemont pasaría de ser considerado un tipejo ridículo a tener una estatua en el parque de la Ciudadela (con un brazo levantado, señalando el camino al “poble de Catalunya”). ¿Por qué no podría suceder algo así? ¿Podía alguien imaginar hace sólo tres años que Ada Colau sería alcaldesa de Barcelona? Es cierto que la mayor parte de los dirigentes independentistas jamás creyeron que la independencia fuera viable. Da igual. Ellos viven de hacérselo creer a otros. Y llegados a este punto, la política es ya un juego de azar rudimentario, como las chapas: cara o cruz. O todo o nada.

Lo resumirían aquellas palabras de Manuel Benítez El Cordobés, dichas a su hermana e inspiradoras del título de un famoso bestseller: “O te compro un piso o llevarás luto por mí”. El pisito, Cataluña. “¿Que hay que seguir con los embustes? Se sigue. ¿Que hay que sostenella y no enmendalla? Se sostiene y no se enmienda. ¿Que en Europa y en España nos llaman espantajos, tarascas, mamarrachos? Que nos lo llamen; más cornadas da el hambre, Bruselas, la cárcel, Hacienda. Todo, incluido el ridículo, antes que responder ante la ciudadanía de nuestras fechorías parlamentarias, constitucionales, económicas y sociales, todo antes que hablar de nuestro golpe de Estado, de las empresas que se fueron por nuestra mala cabeza, de las familias que hemos roto, de la peste que hemos traído a Cataluña. Nada de esto importa”.

Conviene recordar a quienes proclaman que el procés ha muerto, que la matraca hoy del 155 y los “presos políticos” es el procés por otros medios. Les hemos visto y oído debatir imperturbables y cada día más fúnebres, acaso porque cada día se ven más cerca del luto que del pisito. Miran a sus interlocutores con semblante marmóreo, como retándoles con un “pregunta lo que quieras, que te responderé lo que me dé la gana”: “¿Fuga de empresas? Sí, azuzadas por el Estado, que trata de humillarnos por ser Cataluña  la nación más civilizada de Europa, representada hoy en España por el franquismo. ¿Fractura social? Desde luego, causada por el 155. ¿Constitución? ¿Pero cómo aceptaremos una constitución que nos aporrea y encarcela?” (y el juego que no le habría dado a Marta Rovira, la dolorosa, ese baño de sangre que ella parecía estar exigiéndole al Estado, acusándole de ello sin pruebas). Podrán, pues, los independentistas no tener un programa electoral, pero esas son las argucias con las que tratarán de ganar las elecciones. Muchos se preguntan: ¿Pero puede haber alguien que se crea estas cosas? Entre uno y dos millones de catalanes.

Yo, que diría Churchill, no los conozco a todos, claro, sólo a diez o doce: amics, coneguts i saludats. Algunos de ellos votaron el 1-O al ver las cargas policiales. Hasta que las vieron no pensaban votar, arguyeron. Gente culta, pacífica y honrada. Colegas, escritores, editores, profesores, libreros de viejo y de nuevo. Nuestro mimado mundo de pastaflora. Gente que prolonga el saludo mientras te calumnia y te desprecia, lo que nunca pensó uno que vería. Personas que aseguran que Cataluña no es Murcia (“y, entiéndeme, me caen genial los murcianos”). Gente convencida de que el aire que se respira en el resto de España es africano (“y a mí me encanta Marraquesh”). Personas que se ofenderán si les hablas de fascismo, xenofobia y supremacismo. Que dirán que la inmersión lingüística en la escuela es un acierto y se desquiciarán negando la existencia de adoctrinamiento. Y que te piden con una sonrisa de Esfinge, pactado, lo que antes no pudieron robarte, el derecho a decidir (que no podamos decidir todos los que tenemos derecho a ello), al tiempo que lees en su mirada: “A ver cómo te convenzo de que me des de grado, y a cambio de nada, lo que no he podido obtener hasta ahora por la fuerza”.

Cuando al fin se llega al argumento estrella (“No hay en España cárceles suficientes para encarcelarnos a todos; no se puede encarcelar a todo un poble”), reconoces que todo está perdido.  Y eso también es mentira. Hay cárceles de sobra, no hay un solo poble de Cataluña y prueba de que en España no existen presos políticos es que hay entre uno y dos millones que pueden decirlo libremente sin tener que ir a la cárcel. Votarán lo mismo, pero ninguno tendrá excusa ni podrá decir: “Nosotros no sabíamos, nadie nos advirtió”. Ni siquiera los que no son ni cultos ni formados ni informados. Están en el “si Cataluña no es para nosotros, no será de nadie, y menos de España”. No se resignan a que la función acabe, quieren cerrar el teatro, bloquear las puertas con los tractores, proseguir la chirigota. Es posible, no obstante, que algunos de ellos, para sobrevivir, un día reconozcan el daño causado y decidan tumbar su narcisismo en el diván del psicoanalista, acomodando su relato. Y si quiero creer que esto sucederá es porque algunos de ellos son mis amigos, aunque a días lo que le pida a uno el cuerpo es lo que antes ya han hecho tres mil empresas de Cataluña: sacar mi corazón de allí y ponerlo en otra parte. Quiero decir que a este paso todos vamos a necesitar un diván. En un país democrático el problema no son las cárceles, sino que no haya divanes suficientes para todos.

      [Publicado en El País el 19 de diciembre de 2017]



16 de diciembre de 2017

JLGMartín y la cochambre

HA publicado JLGMartín una reseña de Mundo es. Sus opiniones literarias, políticas, ortográficas o tipográficas son ahora irrelevantes, elogiosas o críticas, y para mí no tienen interés. Algunas otras, sustentadas en citas manipuladas y sacadas de contexto, pretenden sólo la intoxicación, y son risibles. Van aquí completas esas citas y, para la contextualización de una de ellas, este enlace a una carta mía publicada en El País en 1998, donde aparece el fragmento de GdBiedma, cuya pederastia ha querido encubrir y disculpar  a toda costa GM., escamoteándolo y finalmente vetándolo con cinismo: (“Sólo fue pederasta, que se sepa, en una ocasión y en su juventud”, ha dicho GM., como el obispo que declara ante el papa: “Pero si solo fue con monaguillos y ¡hace ya tanto!).

1: "Al contarle luego a M. todo lo sucedido en un trayecto de apenas veinte minutos y menos de dos kilómetros, me dijo con aire circunspecto: «Menos mal que eran dos chicas, porque de haber sido chicos, podrían haberte dado una paliza al ver el dinero, pensando que les ofrecías otra cosa». Ni se me había pasado por la cabeza. Decididamente la novelista es ella. Uno no da más que para hechos, sólo hechos". 

2: "Se dirá que Proust no habla de un hombre o de una mujer, sino del deseo amoroso, común a todos, y es cierto, eso lo hace como pocos. El deseo va más allá del género. Pero el deseo, para que sea verdaderamente universal, ha de encarnarse en un particular. Y ese particular ha de ser hombre, mujer u homosexual, en todas las proporciones que se quiera (alguien es más hombre que mujer, o más mujer que hombre, u homosexual, siendo heterosexual, etcétera), ya que el deseo no siempre es «puro»".

y 3: "Hace años, y a ­propósito de la pederastia del poeta GdBiedma, cruzamos RR. y yo en La Vanguardia un par de cartas curiosas. Ella no lo defendía, claro, por pederasta, a tanto no se atrevía (en el fondo, la pederastia de un amigo le daba lo mismo, siempre que no se cebara con sus nietos), sino por creer que a un «gran poeta» amigo suyo, inteligente y rico, se le debe tener una consideración y disculparle como excentricidades lo que en otros serían delitos".

Y como se dice en esa reseña: sin comentarios.
Bueno, sí, uno, pero pequeño, como recuerdo. Su reseña dio lugar a un centenar de intervenciones, unas jocosas, y casi todas escandalizadas por la doble moral del reseñista y favorables con la obra reseñada. En ellas la gente se tomaba a pitorreo la incapacidad del reseñista para la lógica, el pensamiento abstracto y la rectitud intelectual, y también al propio JLGM., que no quedaba mejor en esos comentarios que el padre Ladrón de Guevara (el de Novelistas malos y buenos). No es de extrañar, pues, que haya querido suprimirlos, porque pocas veces eran tan patentes la estupidez y el retorcimiento bizantino. Lo que llama la atención es la nota:
"He decidido limpiar este lugar, que se había llenado demasiado de basura. Dejo solo los dos comentarios del autor que completan las citas que hago de su diario en mi reseña. Luego, que cada uno saque sus conclusiones. Y pido disculpas por haber contribuido a que estos comentarios se llenaran también de "chapapote”.
En efecto, si suprimió los comentarios (él, que se pasa la vida presumiendo de no alterar la realidad, como testigo fiel de ella), tenía que haber suprimido también su reseña, un monumento a la cochambre y al chapapote, si acaso le quedara un poco de la susodicha rectitud intelectual (añadido del 27 de diciembre de 2017).

10 de diciembre de 2017

El mapa del tesoro

PUEDE visitarse estos días en la Biblioteca Nacional una exposición fascinante. Volveré a verla cuantas veces me sea posible. La han titulado “Cartografías de lo desconocido”. Es una exposición prodigiosa de mapas, el mundo en toda clase de mapas con toda clase de representaciones en toda clase de tamaños y soportes. Pasar a un papel un país o un continente fue en tiempos tanto o más arduo que la creación de ese país o el descubrimiento de ese continente. Hasta llegar a los caballeros del punto fijo (aquellos  científicos que cargados de toesas y teodolitos recorrieron América fatigando la invisible línea del Ecuador), el hombre  necesitó de toda su capacidad de abstracción para representar en dos dimensiones lo que tiene tres. Un milagro no menor que el del niño que quería, ante la mirada perpleja de Agustín de Hipona, meter con una venera todo el mar de Cartago en un hoyo de la playa.

Decía Unamuno, cuando romanceó los ríos castellanos, que los nombres “geográficos y los toponímicos llevan un paisaje, y a veces basta sólo con oír la palabra para adivinar lo que pueda ser la tierra que recibió aquel nombre”. Esto mismo lo sabía bien Emily Dickinson. Nació, vivió y murió en Amherst, pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra, y acaso por ello mismo necesitó viajar en sus poemas al Teide y al mar Caspio, al Himalaya y a Italia, sinónimos para ella de dicha y libertad.

Me recuerdo de niño (y el recuerdo lo comparten otros) leyendo en el dial del viejo aparato de radio familiar los nombres que para mí se asociaron desde entonces a melismas especiados (Tánger, El Cairo), a lenguas de pedernal (Sofía, Helsinki) y a otras musicales (Lisboa, Roma, San Marino). A aquel niño le bastaba el nombre de cualquiera de esas ciudades para transportarse hasta allí como en un cuento de Las Mil y una noches. En esa exposición están los mapas que contienen todos los nombres imaginables, incluidos los de las islas Baratarias que en el mundo han sido, advirtiendo de paso que el mejor amigo del hombre es un mapa. Cuántas expediciones, peligros y fracasos detrás de cada uno de ellos. Miramos absortos, fascinados, minuciosos. Gracias, cartógrafos, por recordarnos que el mapa del tesoro es casi siempre más valioso que el tesoro y el mapa mismo tanto o más hermoso que el país que representa.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de diciembre de 2017]

2 de diciembre de 2017

Qué sé yo

Hace siete siglos y huyendo de la peste de 1348, diez jóvenes se refugiaron en una villa próxima a Florencia. Ese retiro les permitió hablar de lo humano y lo divino, dando origen sus cuentos, historias y relatos a un libro  más serio de lo que se cree y menos licencioso de lo que se dice, el Decamerón. Huyendo de la peste actual, seis amigos, no tan jóvenes, nos dimos cita en un paraje idílico de la Aquitania, departamento de Dordoña, distrito de Bergerac y cantón de Vélines. El paraje es extraordinario por su belleza, desde luego, pero tanto o más por su carácter simbólico. Allí nació, vivió y murió Miguel de Montaigne, señor de aquel dominio. Durante unos días conversamos también nosotros de todo lo humano y lo divino, sin evitar los asuntos licenciosos (en realidad de aquello que en política es obsceno). Fueron en verdad dos días memorables. Ni siquiera la tristeza que cruzó de modo pasajero, como pasan los ángeles, algún pensamiento íntimo, nubló la alegría que reinaba en el grupo. Al contrario, acaso fuese esa tristeza la que “acendró la alacridad”, dicho en expresión del señor de la Montaña.

Pertrechado con mi primer Montaigne (unas páginas escogidas y editadas hace cien años en un tomito de viaje que el sabio Alfonso Reyes tenía por la joya de su biblioteca),  nos acercamos a ese lugar que hoy se llama Saint-Michel-de-Montaigne. Él habría sido el primero al que le hubieran hecho gracia esos equívocos guiones que le acercan a la santidad, teniendo en cuenta que “nada de lo humano” le fue ajeno. Sus Ensayos, que debieran retitularse Ensayos íntimos, nos retratan maravillosamente a un gran hombre (no por su estatura) juicioso, divertido, culto, inteligente, noble, desprovisto (casi siempre) de prejuicios, atento a los detalles exactos, sincero (ma non troppo: “no siempre hay que decirlo todo”), leal con el amigo (“porque era él, porque era yo”, así resumió, de modo sublime, su amistad con Étienne de la Boétie) y siempre animoso en el fragor de los negocios, de la política, de la guerra, de la peste (también él) y de unos achaques de salud que a otro hubieran malhumorado o amargado. La vuelta a casa la hicimos pertrechados con una de sus míticas preguntas: Que sais-je? Quien está en condiciones de hacérsela, ya sabe y tiene andado mucho. Nosotros, modestamente, también: la peste pasará.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de diciembre de 2017]

1 de diciembre de 2017

Mundo es

PARECE que ha llegado ya a las librerías estos días de atrás la última entrega del Salón de pasos perdidos. Se la deseo a sus lectorxs corta y larga, como suele decirse. Bien sé los buenos ojos con que la mayoría de ellos las lee. Se lo he agradecido siempre y se lo agradezco ahora. Todos y cada uno de ellos forman parte para mí de ese "a quien conmigo va" que lo dice todo.
Aquí va el prólogo. No te quitará mucho tiempo. Es corto, no sé si largo.

* * *
«Cuando escribo, me las arreglo muy bien sin la compañía ni el recuerdo de los libros, por miedo a que interfieran en mis ideas», escribe Montaigne. Una de las fantasías que más tientan a los hombres inteligentes es la de fingirse sinceros y menos inteligentes de lo que son en realidad. ¿Por qué? Quién lo sabe. En su caso, no hay libro que dependa más de los libros ajenos que esos Ensayos en los que glosó todos los que se habían escrito desde la Antigüedad hasta ese momento. En cambio, se acercó bastante a la verdad al confesar esto (y habría que retitularlos Ensayos íntimos): «Para lo que yo quiero me viene muy bien escribir en mi casa, en una región medio salvaje, donde nadie puede ayudarme ni corregirme y en la que no suelo oír a nadie que entienda el latín de su padrenuestro, y apenas el francés. La hubiera hecho en otro lugar, pero habría sido una obra menos mía. Y su fin y perfección principal radican en que sea exactamente mía». Y declara a continuación que no evita ni los errores de lengua que le son propios ni «ninguna de las expresiones descaradas de las que se emplean en las calles francesas».
La aspiración de Valdés y Cervantes de escribir como se habla se ve que es secular y de cualquier parte, y «que toda afectación es mala», por carta de más o de menos.
Al publicarse Sólo hechos, X y Z, dos buenos amigos, me aconsejaron suprimir los prólogos que van al frente de cada entrega. En el último se trataban asuntos de oficio, si este Spp es o no una novela, y cosas por el estilo... «Mejor el asesinato que la explicación», recordó X, citando a su amigo JBergamín, y añadió: «Haz como Knausgård, y entra directamente en el relato. Su obra es ­extraordinaria. ¿La has leído?». Reconocí avergonzado que no, perdiendo con ello la oportunidad de parecer un hombre de mi tiempo. En cuanto a Z, me aconsejó que debería ir desentendiéndome de las porfías literarias que tanto afean cualquier obra distinguida. 
El caso es que a mí me gustan los prólogos, porque casi nadie les presta atención. Vienen a ser como esos carraspeos de los instrumentos musicales, antes de que salga a escena el director de orquesta. Y si no cuento las cosas que me pasan, ¿de qué podría hablar? Pero estoy de acuerdo con Z: nada me mortifica tanto como formar parte del «mundillo literario». Y qué vergüenza paso cuando en una oficina cualquiera o en la consulta del médico me preguntan qué profesión tengo. Ya casi nunca digo «escritor». Estoy deseando que me llegue la edad para poder presumir de «jubilado». Y claro que podría escribir de otras cosas si llevara otra vida, pero eso significaría que habiendo llevado otra distinta, no habría vivido lo mejor de la mía ni, por descontado, conocido a X y a Z, también del «mundillo», a su pesar. Decididamente, hace uno lo que puede con lo que tiene a mano, «exactamente mío». 
Me parece bien dejar que estos libros se vayan haciendo un poco solos. Comprendo que se les reproche la falta de cultivo o cultivarlos en estos arenales nuestros, pero entiéndase también que quiera yo «sembrar avena loca ribera de Henares». Me gustaría que se tomara esta mía por literatura estival. Y que quede a la orilla de un camino o de un río, alegrando a los que pasan. Si pasan; y si no, ya pasarán. Hay tiempo. 
No cabe por mi parte mayor sinceridad. 

Ilustración de cubierta: dibujo de Javier Pagola