14 octobre 2019

Monumentos de amor

ASÍ llamó el poeta Juan Ramón Jiménez al libro que pensaba dedicar a Zenobia Camprubí, su mujer  y la mujer de su vida, Monumento de amor: cartas, poemas, retratos y fotografías,   evocaciones... Ninguno de los dos pudo verlo publicado. Murió ella de un cáncer voraz en 1956, después de cuarentaitrés  años de matrimonio, y un año y medio más tarde, desquiciado por el dolor y la vida,  murió el poeta. El libro apareció al poco tiempo, en 1959. No llega a cien páginas. La segunda edición, que se publicó en 2017, pasa de las mil doscientas. En algún momento, y muerta ya la que fue mujer, amante, madre, hija, hermana, Juan Ramón redactó la dedicatoria que pensó poner al frente de su  obra: «A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz». No era verdad. Si hubiera leído los diarios que Zenobia dejó inéditos, habría visto cuán errado anduvo en eso: Zenobia, que lo adoraba, fue feliz a su lado, y de qué modo.

Ha recordado uno toda esta historia al leer ahora La peor parte, de Fernando Savater, que este dedica a Sara Torres. Lo ha subtitulado «Memorias de amor». Al morir ella, también de un cáncer devastador, Savater se ha quedado a la deriva, azotado por la pena más honda y a menudo sintiéndose culpable por no haberla acompañado en ese «amor constante más allá de la muerte» que es todo verdadero amor. Y añade: ahora lo sé, cuando era amado era fuerte y amaba porque era alegre, y la muerte de la persona amada es el fin de la alegría. Una pena observada es el título del libro que C.S.Lewis escribió en un trance parecido, pero el de  Savater no es la historia de una pena, ni una pena observada, sino una historia de amor emocionante, desgarradora a veces y verdadera siempre. Se la cuenta a ella, sólo a ella, por hacerla real, quiero decir, por devolverse a la vida, y deja que nosotros estemos presentes en ese darle vueltas en la cabeza y el corazón una y mil veces sin acabar de comprender tanto naufragio. Lean este libro, esperanzador en medio de todo: si alguien ama así, el mundo está salvado. A los que sufren desamor, les consolará, y los hapyy few agradecerán que se les recuerde que son tanto más privilegiados cuanto más frágil es ese don de amar y ser amados, el único don que cuenta.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de octubre de 2019]

7 octobre 2019

Elogios, ríos, reyes, gallos

UN obispo español  ha promulgado un edicto para los feligreses de su diócesis: prohíbe en él los elogios fúnebres en los funerales católicos. 

Lo que diferencia al ser humano de los animales la establece, como es bien sabido, la conciencia de la muerte, que el hombre posee y los animales no. Y lo que distingue al hombre civilizado del que no lo es, es su capacidad para honrar a los muertos mediante el elogio. Si a un muerto se le priva del elogio, puede que no le quede nada. Viene siendo así desde Aquiles, que pronunció ante el cadáver de Patroclo elogios memorables, y los de Jorge Manrique a su padre  el caballero don Rodrigo con ocasión de su muerte  («Amigo de sus amigos, / ¡qué señor para criados / y parientes! / ¡Qué enemigo de enemigos! / ¡Qué maestro de esforzados / y valientes!») nos siguen conmoviendo por su  hondura y verdad. ¿Qué razones aduce el señor obispo, pues, para suprimirlos de sus iglesias? Que la mayor parte de quienes hacen uso de la palabra en las exequias no son ni Aquiles ni Manrique, y resuelven el trámite con un sartal de lugares comunes, a menudo alejados de una idea trascendente de la muerte, o sea, que recuerdan y celebran del difunto la vida terrena que tuvo, sin reparar en la eterna, que es precisamente la que da sentido a los obispos, a los responsos y al agua bendita.

Al conocer que en los libros de textos de algunas comunidades autónomas habían suprimido los ríos de España o a los Reyes Católicos, porque en una no había ríos y en otra no había ganas (de relatar los hechos), advertimos que el impulso era parecido al del obispo, suprimir el elogio del agua, que es un río, y el elogio de la Historia (magister vitae), que debería enseñarnos a no repetir los mismos errores. Cuando alguien denuncia a un gallo (y esto sucedió en Francia por las mismas fechas) y trata de que un juez lo sentencie a permanecer callado, busca también que se suprima del mundo el canto del gallo, que es, como también sabemos todos, el mayor elogio que nadie haya hecho jamás de la rosada aurora. Sí, no hay más noble modo de conducirse que elogiando a  los vivos y a los muertos, y prescindir del elogio es dejar el camino expedito a todos aquellos que viven de levantar falsos testimonios de la vida. “Quien admira siempre tiene razón», decía Paul Claudel.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de octubre de 2019]

30 septembre 2019

El principio de Arquímedes

EL gran logro de Arquímedes consistió no sólo en formular una ley física de carácter universal y muy común en la naturaleza, sino en la belleza que se deriva de ella al poder aplicarse de un modo sencillo a los ámbitos del espíritu: “todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado”.  El amor nuevo desplaza al anterior; cada vez que una obra irrumpe en un museo, desaloja otra de igual tamaño,  arrumbando en ocasiones una tendencia estética que dominó la escena largos años, etc.

En Alsasua se celebró el Ospa Eguna o Día de la Expulsión que persigue los pogromos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional y sus familias de ese pueblo navarro, de Navarra y del País Vasco, todo ello promovido por colectivos abertxales y en cierto modo alentado desde la fiscalía de Navarra que no vio razones para suspenderlo. La eurodiputada Pagazaurtundúa habló de “humillación y odio a las víctimas”. Podría haber citado a don Quijote, que tan sutilmente distinguió afrenta de ofensa, y habló de quien además de ofender, afrenta. La misma Pagaza conoció no un día sino años de expulsión a raíz del asesinato de su hermano a manos de Eta: tuvo que salir del Euzkadi y fijar su residencia, y la de los suyos, en un rincón incógnito de la provincia de Burgos.

Una de las cosas que más sorprenden al viajero que atraviesa hoy ciertas localidades del País Vasco y Navarra es la profusión de pintadas, visibles, de brocha gorda, violentas, jactanciosas, ocupando no sólo los espacios públicos, sino, a menudo, institucionales, o sea, de todos, de ellos, los victimarios, pero también de sus víctimas, que han de verlas cada día. En la mayor parte de esos grafitis se pide, en vascuence, en castellano y a veces en inglés: “Presos a la calle”. Una pintada es siempre una anomalía, y lo saben: se quiere dar a entender con ellas que en el País Vasco no hay libertad de expresión, y por eso han de recurrir a las paredes. En Alsasua creen también que aplicando el principio de Arquímedes (el desalojo de los guardias civiles), podrán ocupar su lugar los asesinos que cumplen condena en las cárceles, y ello, sin recordar ni expiar ninguno de los crímenes que les llevaron a ellas, o sea, la letra pequeña, esa que no sirve para hacer pintadas.

    [Publicado en el Magzine de La Vanguardia el 29 de septiembre de 2019]

23 septembre 2019

Rafael Juárez

HA muerto Rafael Juárez. Era un ser angélico, en la poesía que escribió y en su vida. Siempre discreto, inteligente, finísimo de humor y hondura. Como sólo sucede con los mejores, la levedad y la gracia en él era una parte de la firmeza. Gracias a él existe La Veleta, donde aparecieron dos de sus libros. Ha muerto y todo alrededor, campos y pájaros que aún no han vuelto al Sur, al conocer la noticia ha empezado a plegarse sobre sí mismo dos, tres, infinitas veces, como una carta... Y la carta no cabe en ningún sobre ni hay franqueo suficiente para ella. Dondequiera estés, amigo Rafa, irá contigo lo mejor de este tiempo, de todo tiempo.

Unamuno: agonía y contradicción

La única virtud que no tuvo don Miguel de Unamuno fue el humor, carecía de él por completo. En un hombre que escribió uno de los ensayos más originales sobre la vida de don Quijote y Sancho puede resultar extraño, pero no: el humor fue cosa de Cervantes más que de don Quijote, y Unamuno creyó siempre más en don Quijote que en Cervantes, al que se pasó la vida (genio y figura) enmendándole la plana. ¿Tenía razón Unamuno? En esto yo creo que no, porque ni don Quijote ni Sancho son concebibles sin la mirada, humanidad y humor de Cervantes. Don Quijote podía no tenerlo, pero Cervantes lo dotó de esa vis cómica muy parecida a la de Buster Keaton, que resulta hilarante apenas asoma su faz equina en la pantalla. Así sucedió con don Quijote y su traza estrambótica: no había rincón del orbe en el que su sola mención o su triste figura no moviera al regocijo de las gentes. 

Quitando esta pequeña tacha, uno sólo ve en Unamuno virtudes literarias y humanas colosales. Nadie en España se le pudo comparar en su época, y eso tratándose del segundo siglo de oro de la literatura española es portentoso. Y en Europa lo mismo, codeándose de igual a igual con los pensadores más influyentes, de Bergson a Croce, de Russell a Husserl. Una novela como Niebla puede que no sea superior a las de Valle-Inclán o Baroja, pero no es inferior a la mejor de cada uno de ellos, y lo mismo diríamos de los poemas de Unamuno en relación a los de Darío, Machado o Juan Ramón Jiménez. Sus libros de viajes están a la altura de los de Azorín y leemos sus ensayos con tanto o mayor provecho que los de Ortega, al que aventajó en la concepción misma de la filosofía como la alianza nietzscheana de pensamiento y poesía (a Ortega diríamos que le estorbaba la poesía cuando filosofaba, o para ser más exactos, que al verse incapaz de alcanzarla, trataba de disimular tal carencia echando mano de esa cursilería suya de altísimo vuelo, «dizque poética», tan característica de su prosa y sin menoscabo de su valor). De sus artículos de periódico, miles y escritos a lo largo de cincuenta años, sólo cabe decir que muchos de ellos fueron el pulmón de España, a través de los cuales lo mejor de este país pudo respirar y mantenerse vivo en épocas negras de su historia, cuando no dormía profundamente en medio de prolongadísimas y peligrosas apneas. Los lectores españoles, y muchos hispanoamericanos, pues los artículos de Unamuno se buscaban en una y otra parte del océano, sabían que el artículo suyo que se encontraban esa mañana en el periódico (y no sólo en un periódico, sino a menudo en varios, pues de todos ellos necesitaba para pensar y pagar la factura del carbón) iba a poner en movimiento dentro en su cabeza lo mejor de sí y a hacerlo a toda máquina: tanto para discutir (casi siempre: con Unamuno lo normal es discutir, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, no estar de acuerdo con él, sino completarlo, del mismo modo que creía él que sus observaciones sobre don Quijote o sus disensiones con Cervantes los completaban a uno y otro), tanto para discutir, decía, como para sacar del «hondón de nuestra alma» (expresión suya) lo mejor de nosotros mismos. Sí, no hay nadie a quien la lectura de Unamuno deje indiferente. 

Claro que para ello hay que leerlo. 

Por lo que uno ha ido viendo a lo largo de estos años, con Unamuno se produce un hecho del todo extravagante: gentes que en absoluto lo han leído, o lo han leído en el pasado o muy someramente, tienen de él una idea firme y acorazada. A mí sin embargo me sucede lo contrario. Excepto sus obras de teatro, que no he leído ni visto representar nunca, se precia uno de conocer bastante bien sus poemas, novelas, ensayos y artículos, de estos unos más ligeros y otros menos, así como centenares de cartas y entrevistas, y cada vez que releo algo de él reconozco: «Es mejor, mucho mejor de lo que recordaba». Incluso cuando halla uno en tal o cual pasaje algo en lo que el tiempo le haya quitado la razón o vuelto viejo, siempre me parece que el arranque, el núcleo, el origen de tal o cual idea es de una originalidad y fuerza formidables. Leer a Unamuno es asistir al nacimiento de un hecho y a su desarrollo. 

Dicho de otro modo, a Unamuno o se le coge o de le deja, o gusta en general o produce rechazo, casi siempre de una forma emocional. 

Probablemente no haya en toda la historia de la literatura en español alguien de tal complejidad y a la vez de tal naturalidad. La complejidad la expresó en forma de paradojas. Ya en su tiempo le acusaron de ello, de ser un ser demasiado contradictorio y extravagante y de no saber nunca por dónde iba a salir. Él se justificaba y decía, muy cervantino en eso y luchando contra su temperamento conceptista, que si un pensador no pierde por carta de más, jamás ganará nada. Y eso es lo que hacen las paradojas, forzar la jugada. Se exponía con ello, claro, a ser malinterpretado (como cuando escribió aquel “que inventen ellos”, en el que cifraron algunos el energumenismo o cerrilismo español), o a que lo fusilaran (como el día que profirió otra de sus frases más recordadas, “Venceréis pero no convenceréis”, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, frente Millán Astray, en octubre del año 36, en un gesto de valor que habría merecido tres laureadas de san Fernando). 

Ese amor por los juegos de palabras (él habría dicho por los «jugos» del idioma, aprovechando su apellido materno, Jugo) es de corte barroco y conceptista, pero se daba en él aquello que decía Juan Ramón de que la naturalidad en un temperamento barroco es el barroquismo. Lo vemos en su manera de escribir y pensar, siguiendo el hilo, sin detenerse, dejándose llevar, como aquel que atraviesa un riachuelo saltando de piedra en piedra sobre la corriente. Advertimos, de vez en cuando, que Unamuno apoya mal un argumento o una idea, y mete el pie (no me atrevería a decir la pata) en el agua, pero ese traspiés no le detiene y sigue decidido el camino trazado, hasta llegar a la otra orilla. Porque Unamuno se pasó la vida cruzando ríos, y metiéndose en charcos. Un gran charco fue, por ejemplo, el quedarse prácticamente solo en su lucha contra el dictador Primo de Rivera, que lo desterró a la isla de Fuerteventura, de la que acabó fugándose para iniciar un exilio en Francia que puso fin el advenimiento de la República. Y charcos fueron los sucesivos desencuentros con las autoridades republicanas, primero, y con las franquista luego, durante la guerra. 

La gracia de Unamuno no es que pensara de mil asuntos, pequeños y grandes (ya digo, tenía que escribir mucho porque tenía muchas bocas que alimentar, pero no sólo por esto), sino el que lo hiciera desde lugares siempre insólitos, únicos, presentándonos la realidad como nunca antes hubiéramos imaginado que podría mirarse. 

Todo ello le originó infinitos inconvenientes y disgustos, y se pasó la vida de pendencia en pendencia. Unamuno teorizó mucho lo de la lucha, la agonía, y habló de ella como del motor del ser humano, en particular, y de los pueblos en general, y algunos años antes de la guerra civil pedía una para España, convencido de que sacudiría un poco la modorra nacional y purificaría el ambiente. Luego llegó la de verdad, y quedó tan espantado como todos (empezando por su propia familia y dos hijos luchando cada uno en bandos enfrentados). 

A mí me admira cada vez más el modo en que llevó a cabo su obra monumental, trabajando no sólo de catedrático de griego (no pudo sacar la cátedra de filosofía, que era la que pretendió), sino de rector, escribiendo, como he dicho, a destajo en los periódicos, atendiendo su correspondencia (unas cincuenta mil son las cartas que escribió, algunas extensas como un artículo), atendiendo a su activismo político (que pasó por asistencia a mítines, conferencias, manifiestos, sesiones en al ayuntamiento o en las cortes constituyentes), y llevando adelante toda su ingente obra literaria. 

Y la manifiesta y suprema paradoja: en medio de esa vida atropellada, ruidosa, épica, trágica en algunos tramos de ella, logró llevar dentro de sí un rincón silencioso, a resguardo de todo, donde lograba aislarse y escribir su poesía, eminentemente lírica, y a la que él daba la mayor importancia. Cuando repasamos su Diario poético, escrito en los últimos diez años de su vida, más de mil setecientas composiciones fechadas, nos maravilla comprobar la portentosa fuerza de ese caudal. No sé, como estar asomado a la boca de un volcán que mana sin destruirnos una lava benéfica. 

A esa facilidad y a su capacidad de trabajo, incluso a la naturalidad con la que se mostraba su enorme talento, se las tuvo, como no podía ser menos en España, por un inconveniente o una limitación y no una virtud fuera de lo común. Si a Baroja se le comparaba con Valle Inclán, o a Machado con Juan Ramón, por ejemplo, para mostrar nuestra preferencia por uno o por otro, a Unamuno no suele comparársele con nadie, sólo con él mismo y en detrimento de sí, como si de todos estos Unamuno (el poeta, el novelista, el articulista, el ensayista, el político, el profesor) sólo pudiéramos quedarnos con uno en detrimento de otro. Eso explica el consenso general al que se ha llegado, que tienen en cuenta al Unamuno pensador sobre todos los demás, como si no hubiera pensamiento en sus poemas o novelas, y, desde luego, perdonándole un poco la vida. Es verdad que Unamuno, «metiéndose» con todo lo humano y lo divino, y sobre todo con tantos humanos que van de divinos, dio pie a que se metieran con él y con su obra, tomando del personaje lo único que está al alcance de los más tontos, que es la impertinencia. Y todo en vez de admitir de una vez por todas que tenemos en Unamuno a cinco o seis escritores de primer orden, capaz él de constituir por sí solo todo un siglo de oro. Contra lo que se ha creído, Unamuno no era un hombre que tuviera de sí más alto concepto del que le correspondía. También él, como don Quijote, pudo haber dicho: «Yo sé quien soy». «El genio es el que llega a ser voz de un pueblo: el genio es un pueblo individualizado», escribió, y desde luego que no pensaba en él, porque no le hacía falta. Pero yo sí, y para mí Unamuno es lo mejor de ese pueblo, sea pueblo lo que cada cual quiera entender. 

* * * 
AFORISMOS 

EL mundo entero es un Bilbao más grande. 

¿QUÉ me importan “mis ideas”. No hay ideas “mías” ni “tuyas”, ni de “aquél”; son de todos y de nadie. La originalidad de cada cual estriba en vaciar su alma; en el soplo que anima su obra. Nadie se apropia de nadie y todo lo sabemos entre todos. 

OBRA de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir (…), y si [como decía Sénancour en aquella inmensa monodia de su Obermann] es la nada lo que nos está reservado, hagamos que morir sea una injusticia. 

HAY que ser rígido y antipático hasta los sesenta años; después lo contrario. 

LA libertad es un bien común, y cuando no participen todos de ella, no serán libres los que se crean tales. 

DENTRO de la carne está el hueso y dentro del hueso, el tuétano, pero la novela humana no tiene tuétano, carece de argumento. Todo son las cajitas, los ensueños. Y lo verdaderamente novelesco es cómo se hace una novela. 

HASTA cuando la mujer tiene menos inteligencia, tiene más sentido común que el hombre. 

LOS seres empiezan a vivir de veras cuando quieren ser otros de los que son, y seguir, al mismo tiempo, siendo los mismos. 

LA última y definitiva justicia es el perdón. 

ES evidente que los placeres más exquisitos son los más baratos. 

PERO ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda: es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo, y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte. 

LA falta de sencillez lo estropea todo. 

LA verdad antes que la paz! 

VIVIR es solamente, vida mía, 
saber que se ha vivido. 
(De un poema) 

HAN vuelto los vencejos 
(las cosas naturales vuelven siempre); 
las hojas a los árboles, 
a las cumbres las nieves… 
(De un poema) 

[Publicado en El Mundo el 22 de septiembre de 2017] 

16 septembre 2019

Lapidaciones de salón

A estas alturas casi ni nos maravilla saber que llevamos en el bolsillo la Enciclopedia Británica y el Cuarto Poder al completo, decenas, cientos de doctos libros y miles de periódicos recién actualizados, todo ello junto a las llaves de casa o unas monedas. Ha llegado a parecernos tan natural nuestro teléfono móvil como que la humilde bombilla nos dé su rúbrica incandescente, prodigio equiparable, en cuanto el sol se pone.

Los veranos son propicios a estos dos hechos: las noticias de verano y las especulaciones.  Las noticias de verano están en proporción inversa a la plantilla de los periódicos, a menor número de redactores en ellos más noticias de verano y a mayor tiempo sin hacer nada, más curiosidad ociosa o morbosa entre los lectores. Las especulaciones, incluso las de maduración rápida, precisan de esta enzima: el creernos superiores y mejores a los demás y, por tanto, con derecho a juzgarles. Cuando hace dos veranos se habló de la madre que retuvo a sus hijos contra la decisión de un juez, hasta el presidente de gobierno, tan poltrón para todo lo demás,  se apresuró a sumarse al «clamor popular»: «Juana somos todos». Apenas se supo que una mujer había denunciado a un célebre tenor por algo ocurrido hace cuarenta años, faltaron minutos para que se oyeran silbar en el aire las primeras piedras lanzadas contra él, y dos teatros de Estados Unidos, de donde partió la denuncia, fulminaron de su programación al acusado. ¿Pasado el verano habrá juicio, la denunciante retirará la demanda en cuanto cobre por «daños y perjuicios» y reflote su hibernado honor?

Por los mismos días, se publicó la entrevista de quien fue “carismático alcalde de Jerez”. Acaba de salir de la cárcel, cuatro años, asegura, por un “un contrato irregular por el que podrían ir a prisión cuatrocientos alcaldes, sin hablar de todos esos políticos que habiendo robado millones están en libertad». El tenor llegó incluso a balbucir: Hace cuarenta años estas cosas se juzgaban de otro modo. No se refería, claro, sólo a él,  sino también a ellas, a ese «hombres que ofrecen poder a cambio de sexo, mujeres que ofrecen sexo a cambio de poder». Esta ha sido una de las noticias del verano en la misma medida que ha sido también la excusa para todos los amantes de las lapidaciones, en disfrute de su ocio veraniego. Lapidaciones de salón, por supuesto, tan letales como las otras, claro.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de septiembre de 2019] 

9 septembre 2019

El mal

EL estar escribiendo un libro sobre Madrid le ha llevado a uno a leer otros muchos sobre esta ciudad que consideramos propia todos aquellos que vivimos en ella. De Madrid no es nadie y lo es cualquiera, todo el que pretenda serlo, nada ni nadie se lo va a impedir, y esto es acaso lo mejor que puede decirse de cualquier lugar. Alguien se preguntaba hace poco cómo se llamaba a los que habían ido al país Vasco a trabajar desde otras provincias españolas: maquetos. ¿Y en Cataluña? Charnegos. ¿Y en Madrid?... Madrileños.

Y bien, lo que he visto en esos libros es que aquellos en los que se dicen cosas agradables, nos caen mejor que los que se dedican a descubrir bubas y lacras. Pero lo cierto es que no hay uno solo que no cite la frase de las memorias íntimas de Alcalá Galiano, por lo demás fascinantes: «Era Madrid un pueblo feísimo [a comienzos del XIX], con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío». O sea, Larra mejor que Galdós. La sátira, sin embargo, está bien para un rato, pero caduca antes que la empatía. No es  extraño que la modernidad se iniciara con un libro que se tituló Las flores del mal. La pregunta es: ¿El mal da flores? Si creyéramos a José María Pemán, sí: no se le ocurrió otro modo de refutar a Baudelaire que un largo poema de título sonrojante: Las flores del bien

La mayor parte de la gente se relaciona, o procuramos hacerlo, con buenas personas. Y sin embargo, en la ficción (novelas, películas, seriales) no hace uno otra cosa que seguir las peripecias de mafiosos, criminales, estafadores, gentes que engañan a sus semejantes, que maltratan a los más débiles y que no tienen escrúpulos. Más aún que la frase de Alcalá Galiano se ha citado la de Tolstoi, uno de los escritores con más fe en la redención: “Todas las familias felices se parecen, sólo las desdichadas lo son cada una a su manera”. No sé. Todas las familias felices son al mismo tiempo desdichadas, y al revés, y no hay nadie a poco cabal que sea, que no trabaje para que la suya sea de las aburridas, quiero decir de las felices. Puede que a la modernidad sólo le interese el mal como tema, intriga y ajetreo, y es evidente que los barrios sórdidos y la noche dan mejor en el cine, pero todos queremos que por la mañana se hayan llevado la basura, dejando al arte lo que no deseamos para la vida.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia 8 de septienbre de 2019]

1 septembre 2019

Doscientos cincuenta

HA dicho Arnaldo Otegui: «Hay doscientos cincuenta presos de Eta y habrá doscientos cincuenta recibimientos». Se refería a los homenajes a los presos que van saliendo de la cárcel, a veces tras largas condenas por crímenes horribles. Muchos de esos recibimientos los acompañan de antorchas al más puro estilo Leni Riefenstahl. El dirigente justificó estas algazaras   pirotécnicas: «No estamos dispuestos a que nos digan a quién podemos recibir ni a quién podemos abrazar». 

El debate del siglo XIX sobre las penas carcelarias  no ha cesado. Su cumplimiento persigue no tanto el arrepentimiento del reo (al fin y al cabo quién puede saber lo que lleva en su cabeza un asesino, y más aún descerebrado), sino su reinserción social, esta mucho más fácil de comprobar conforme a las leyes que nos rigen a todos. Es sabido que la mayor parte de los presos de Eta no se han arrepentido de ninguno de los asesinatos que cometieron, al contrario, y que tampoco necesitan reinsertarse porque no vuelven al mundo de la ley, sino a la misma comunidad de doscientas mil personas que los alentaron para que los cometieran. Por eso regresan como héroes y no como villanos. El propio Otegui lo expuso con su proverbial  jovialidad: «Lo siento si hemos generado más dolor a las víctimas del que teníamos derecho a hacer». O sea, volverán a causarlo, si está en su mano y se dan las circunstancias. 

Al acceder al gobierno de Navarra, la socialista María Chivite, estokolmizada al fin por el mundo abertxale, susurró: «Eta ha dejado de matar ya hace ocho años». No es exactamente así. Cada vez que un preso es recibido con honores, resuena de nuevo el tiro o el estallido de la bomba y el dolor que causó se recrudece.  Pero tienen derecho a causarlo, nos dicen. El 83% de los militantes socialistas navarros han dado la razón a Chivite, doscientos mil aborígenes en el País Vasco se la dan a Otegui y quedan trescientos asesinatos sin esclarecer, o sea, sin “celebrar”. Eso es todo. ¿Qué hacer?  Acaso sólo recordar a JRJ. Le pidió su mujer que fuera a saludar a Serrano Poncela, a la sazón su jefe en la universidad de Puerto Rico y relacionado con las matanzas de Paracuellos en la guerra civil. El poeta fue tajante: «No he llegado hasta aquí para acabar dándole la mano a un asesino». Y era sólo la mano. De ir a cenar, ni siquiera hablamos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de septiembre de 2019]

25 août 2019

Entrevista con Karina Sáinz Borgo

Se ha publicado en Voz Pópuli

Errata: Donde se dice 190 millones de euros ha de decirse 290. Claro que con esa familia y el Proceso en general estos detalles no tienen la menor importancia.

19 août 2019

Dichoso aquel...

ATRIO es un sitio especial, mucho más que un hotel o un restaurante con dos estrellas Michelin. Julián Rodríguez era también un tipo especial,  finísimo en todo aquello que hacía. Atrio, en la vieja ciudad de Cáceres, acaba de cumplir veinticinco años y el escritor y editor Julián Rodríguez acaba de morir con cincuenta.  Horas antes de su inesperada muerte contó en facebook lo que había hecho ese día, nada especial y todo ello, a la luz del desenlace, extraordinario y luminoso: un paseo por la sierra segoviana, el encuentro  con un vendedor ambulante de melones, un libro generoso, una música escogida, una cena tan frugal como exquisita junto a su perra y una copa de buen vino, mientras esperaba a su mujer. Era un hombre benéfico y discreto, y dejó la escena con sigilo.

Tanto, que ni siquiera llegó a ver publicado su último libro, este monumental Atrio que celebra precisamente esos veinticinco años de trabajo. Se lo encargaron sus dueños José Polo y Toño Pérez, protagonistas de una de las historias más fascinantes relacionadas con el dificilísimo arte de comer y beber sin perder las formas. Al fin y al cabo defienden que lo mejor de una buena comida y un gran vino es la conversación. Y esto precisamente fue lo que Julián Rodríguez ideó para ese libro: conversaciones. Convocó en Atrio a tres personas relacionadas con ese proyecto. Cada una de ellas es especial en lo suyo, sobresaliente, único.Y aunque los convocó, claro, por separado, se ve bien lo que todos ellos tienen en común: hablan en voz baja, no presumen, no son vanidosos, no van de nada: Rafael Moneo (en cuyo estudio trabajaron Tuñón y Mansilla, autores de la asombrosa y refinadísima arquitectura de Atrio), Ferrán Adriá (en cuyos fogones se formó Toño) y Telmo Rodríguez (a cuyos saberes vinateros no es ajena la mítica bodega que ha reunido Jose). 

Nada más. Palabras y unas fotografías. Y nada menos. Unas y otras dan cuenta de aquello a lo que tiene derecho cualquier ser humano: gozar los dones materiales y espirituales de esta vida sin causar pesadumbre, dolor ni injustica a nadie. Noblemente. Algo que no tiene que ver, por cierto, con el lujo o el dinero. Así lo prueban los orígenes de ese Atrio y el final, tan horaciano, tan «beatus ille...», de nuestro amigo, nuestro «dichoso aquel...».

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 18 de agosto de 2019]

12 août 2019

Escaparates

EL centro histórico de una ciudad es como un escaparate, donde guarda y muestra al mismo tiempo lo mejor de sí. La gente busca esos centros y los recorre con un detenimiento y atención que no pone en otras partes, lo cual los ha vuelto, principalmente en la Era del Turismo, muy codiciados como fuente de ingresos. Cuando las autoridades municipales madrileñas invirtieron un dinero considerable en buscar los huesos de Cervantes, no les movía únicamente un propósito piadoso o cultural, sino convertir el Barrio de las Letras en algo parecido a Stratford-upon-Avon, rentable santuario chespiriano.

Las razones para restringir el tráfico en la zona conocida como Madrid Centro son de índole diversa: ambientales, culturales y económicas: mejor calidad del aire y disminución de atascos y ruido, invitación a una más humanizada socialización de la ciudad mediante paseos e incremento de los negocios relacionados con estas mejoras indudables. Uno de los más ardientes defensores (valga la hipérbole) de Madrid Centro ha sido uno: confiaba en ahorrarme los tres mil euros anuales de garaje. En los seis meses que lleva funcionando Madrid Centro, sin embargo, siguen sin verse sitios libres para aparcar en la calle, al contrario, todo sigue igual o peor al respecto. 

En Venecia, ciudad-escaparate por antonomasia, no hay coches, como es sabido, pero tiene otros problemas, el mayor de los cuales acaso no sean ni las lanchas motoras y sus erosivos oleajes ni los grandes cruceros, sino esa gentrificación que la está vaciando de vecinos. Eran estos la sangre que la mantenía viva, pero cada día se parece más a un hermoso animal disecado, alambres y serrín con preciosos ojos de cristal (de Murano, naturalmente).  Como tantos, sueña uno con un Madrid sin coches; también sin el nuestro. Pero en ese sueño hay pasajes de verdadera pesadilla (basada en hechos reales), cuando ve uno desaparecer a una velocidad de vértigo vampirizado por el turismo todo aquello que había convertido nuestro barrio en un centro en verdad histórico, tiendas, talleres, tabernas... y sobre todo vecinos. Era, sí, un modesto y encantador escaparate de ciudad provinciana, pero los vecinos están teniendo que emigrar a barrios más baratos. De modo que los coches empiezan a no ser tampoco el mayor de nuestros problemas.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 11 de agosto de 2019]

5 août 2019

Una derrota memorable

EN la práctica del deporte muchas derrotas causan una cierta tristeza, por fortuna pasajera, y otras son además dolorosas, pero sólo unas pocas son homéricas, es decir, aquellas que, como sucede en la Ilíada, engrandecen por igual al vencedor y al vencido. Nadie puede asegurar que Aquiles o Héctor fuesen unos perdedores, por más que el destino les tuviese reservada la muerte en el campo de batalla. En la final de Wimbledon de este año, en verdad épica, como lo fue la de hace once años entre Nadal y Federer, ganó, como es sabido, Djokovic, pero no podemos decir que perdiese Federer.

Nadie hubiera podido expresarlo mejor que Toni Nadal, uno de esos raros sabios que adivinan donde otros hemos de deducir: “Francamente, antes de empezar el partido de esta increíble final de Wimbledon no me apetecía ver ganar a ninguno de los dos contrincantes. Creo que las razones son obvias. A medida que fue avanzando el encuentro, sin embargo, sobre todo en los últimos juegos del quinto set, no me apetecía ver perder a ninguno de los dos”. 

En su crónica, Toni Nadal, que es un cronista generoso, dejó de mencionar la actitud del público de la pista central de Wimbledon, tan manifiestamente favorable a Federer como hostil a su adversario. Los aplausos para uno y los abucheos hacia el otro tenían a menudo un punto de arbitrariedad irritante. El caso es que cuando, contra todo pronóstico (llegó Federer a disponer de dos matchball con su servicio) y contra el mayoritario deseo de la grada ganó Djokovic, este lo celebró de una manera extraña. Se plantó en medio de la pista, miró desafiante a la grada con una sonrisa irónica, se puso en cuclillas y le vimos pellizcar el césped, arrancar unas briznas de hierba, llevárselas lentamente a la boca y empezar a masticarlas. Lo repitió dos veces. Suele hacerlo, pero esta vez sin dejar de mirar a la grada, atónita. Lo ha dicho uno alguna vez: Federer es la lírica, Nadal la épica y Djokovic el psicoanálisis. Es posible que este no tenga un estilo definido y propio de jugar, frente a Federer y Nadal que sí lo tienen, pero aun respetando aquel abismado gesto del jugador serbio (el público había dejado de serlo para pasar a ser sólo una turba maleducada), nos ayudó a todos a  comprender que este Wimbledon será recordado tanto o más  por quien lo perdió que por quien lo ganó.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 4 de agosto de 2019]

29 juillet 2019

Refugiados del Borba

LA cosa que más gusta a un alcalde (y a una alcaldesa) es poner y quitar. Poner y quitar es la cristalización del mando, la zona erógena, como si dijéramos, de la ordenanza. No hay alcalde o alcaldesa que no haya ordenado un buen día a su cuadrilla de municipales como quien dispone de su propia casa: «Me van ustedes a quitar esta estatua de aquí, la calle que se llamaba desde el siglo XVI Costanilla del Duende pasará a llamarse de Hermógenes Becerra porque lo digo yo, y en esta plaza vamos a levantar, con cargo al erario público, por supuesto, un gran monumento a la peineta, copete de las esencias nacionales».

La póstuma contribución de la alcaldesa Carmena a la ciudad de Madrid ha sido un monumento a los refugiados, en el Paseo de Recoletos. El monumento en cuestión es un gran turrón de noble piedra, cortado a escuadra. En la parte superior están sentadas con las piernas colgando unas cuantas figuritas, como enanitos, eso sí, de bronce. De no leer la placa costaría adivinar a quién o qué le está dedicado, quiénes son esos liliputienses, y decir que son tremendos, es no decir nada. 

Ajeno a la vida municipal ignoraba uno que este monumento estuvo precedido de una gran polémica (parece de saldo, pero ha costado casi trescientos mil euros, de los cuales doscientos mil han ido al artista). En una placa bien visible se lee para sacarnos de duda: «MADRID A LOS REFUGIADOS», y en otra línea «DEL BORBA». Las letras son versales de palo seco estrechas, todas del mismo cuerpo. Sólo tras consultar en el móvil en qué región o país se encontraría Borba, advertí que la d y la b se confunden, y  no es «del»  sino «Bel», y Borba, el apellido del artista. Ha acabado resultando, pues, un monumento  tanto a los refugiados como a su autor, autopublicitado sin recato. Naturalmente ese trasto debiera irse por razones urbanísticas a un depósito municipal con la mayor parte de las estatuas y monumentos que los alcaldes han puesto en Madrid estos últimos cuarenta años, pero ¿quién se expondrá a que lo acusen de no estar a favor de los refugiados? La picardía de los artistas aliada a la demagogia y oportunismo de los políticos produce monstruos. ¿Y los pobres refugiados? A la desgracia de serlo han de sumar ahora la desdicha de tener que ser recordados de esta manera tan, tan... Ni un mísero adjetivo se me ocurre.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de julio de 2019]

22 juillet 2019

Julián Rodríguez. Atravesado de estrellas

NO recuerdo hace ya cuántos años Julián Rodríguez abrió un pequeño restaurante estacional, sólo para ese verano, ocho o diez mesas. En un solar con vestigios de haber sido escombrera, entre yerbajos secos y cerca de una casa cuartel de la Guardia Civil. Aquel día hacía un calor volcánico, opresivo, pero el «Todo por la patria» ayudaba bastante. Estaba, claro, al aire libre, por eso lo llamó «Atravesado de estrellas». Incluso diría que eligió aquel pueblo sólo por el nombre, pulsando el humor: Malpartida de Cáceres. No hemos conocido a nadie de humanidad tan envolvente y contagiosa. Cualquier asunto que emprendiera, y emprendió muchos, venía con su sonrisa y una jovialidad que jamás renunció al escepticismo. Nunca una queja, un destiempo, un temor excesivo, y ni siquiera cuando le diagnosticaron su rara y grave enfermedad hace un par de años dejó de tomárselo con calma.

Decimos «emprendió», y en realidad habría que corregir: «logró». Logró muchas cosas, y algunas de estas muy importantes en un universo, el de la cultura, tan lleno de prejuicios. La primera: el talento no tiene origen conocido, no tiene identidad, y aunque hayamos de dotarle de sentido, no tiene tampoco finalidad. Ahí está su biografía para probarlo: dos muchachos (en ese momento les conocimos), él y su hermano Javier, también poeta, ajenos al mundillo cultural (qué exacto este diminutivo), en una provincia del confín español, leyendo, escribiendo, editando como en pocas metrópolis del mundo. Con qué tino, con cuánto gusto y acierto. Y su proyecto, el de ambos, cada uno con su personalidad: traer del pasado familiar, del hurdano Ceclavín, de la provincia y las relaciones personales y mínimas la poesía escondida, y de cualquier historia, la modernidad. Porque Julián Rodríguez se propuso ser moderno… sin parecerlo. Esto último, por delicadeza y, claro, por discreción. En la periferia, no sólo en la ciudad levítica sino, sobre todo, en los márgenes de la literatura, del arte, de cualquier cosa, si alguien no es discreto, lo devoran las consabidas fieras. Julián entendió como pocos la manera de llevarse bien con todos sin renunciar a nada de lo que era. No sólo: haciéndose respetar, querer, admirar. De ahí que una vez más atinara poniendo a su editorial el nombre de Periférica. Sabía que en la modernidad el centro se desplaza allá donde va quien lleva consigo su novela, y que en la ciudad moderna las cosas importantes suelen llegar de los arrabales o barrios bajos tanto como del centro histórico. De ahí que se moviera como pez en el agua entre escritores, pintores, fotógrafos casi desconocidos de países a trasmano. Buscaba en ellos su incontaminación, el aire libre. Decía Julián: «De la novela me interesa la verosimilitud». Y sin embargo la suya, quiero decir, su vida, se nos presenta casi irreal y prodigiosa: cualquier cosa que hiciera, la hizo bien, aparentemente sin esfuerzo, pero con una determinación y voluntad de hierro: sus relatos (en ese estilo tan personal, percutido y seco), la elección de títulos para su catálogo (con Paca Flores, con Irene Antón) o de unos muebles (con su cuñada Anatxu Zabalbeascoa), de fotógrafos para su galería, sus trabajos tipográficos (memorable la carta de vinos de Atrio) y en su juventud aquel pequeño restaurante. Cocinaba en él personalmente en unos hornillos de campaña. Nos eligió los vinos y el menú: una de las cenas más maravillosas que recuerdo. De gran chef, pero no se dio importancia. Al contrario, le gustaba quitársela en todo. Le recuerdo en esta hora tristísima, allí, jovial como Rossini, con el que tenía cierto parecido físico y, desde luego, interior, tan luminoso. Así lo recuerdo ahora, sí, benéfico y tratando de hacer más habitable el cada día nuestro, y así querría recordarle siempre, atravesado todo él de estrellas, como la bóveda celeste de nuestra querida y maravillosa Extremadura, el arrabal de Europa.

     [Publicado en El País el 8 de julio de 2018]

Tarjeta de visita del restaurante Atravesado de estrellas.

15 juillet 2019

Una apropiación necesaria

EN el mundo sutil del arte sartorio Carolina Herrera es a nuestro tiempo lo que Mariano Fortuny fue al suyo.  No hay patronaje, telas, perifollos, por elegantes que nos resulten en el momento, que no parezcan a los venideros, pasados algunos años, extravagantes y exageradas modas, sosas o cursis. Pocos virtuosos de la aguja consiguen, no obstante, ser recordados con respeto. Fortuny fue de estos, desde luego. Y Coco Chanel. Y Balenciaga. E Yves Saint Laurent. Carolina Herrera forma parte de ese restringido grupo, los elegidos, aquellos que interpretaron los aires de su época y los elevaron a una categoría difícil de establecer: la distinción. Como en todos los órdenes de la vida hay dos clases de distinción, para mal y para bien. Esta última es acaso la que alcanza la rara síntesis entre buen gusto y naturalidad, conceptos igualmente movedizos e indefinibles. Independientemente de la mujer que llevara sus trajes, joven o anciana, hermosa o fea, alta o de corta estatura, gruesa o delgada, sus creaciones proporcionaban y proporcionan a quienes las lucen un porte en verdad distinguido. ¿Y qué es un porte distinguido? 

Contaba José Luis de Vilallonga en uno de los tomos de sus memorias la respuesta que dio su padre, marqués de no sé cuántos y persona que pasaba en la corte por un gran dandy, a Alfonso XIII el día en que este le alabó especialmente su tenue. «¡Qué elegante vienes hoy!». «¿Sí? No vendré tan elegante si el señor se ha dado cuenta». Esa es la principal distinción: que la distinción no se note... ni tampoco, claro, la falta de distinción.

Quienes se dedican a idear trajes y vestimentas viven en el mundo de las variaciones. La eterna novedad del mundo, decía Pessoa. La más célebre creación de Fortuny, que elogió Proust, se conoce con el nombre de Delfos, porque su creador se inspiró en ciertas túnicas de las estatuas jónicas. La venezolana Carolina Herrera se ha inspirado ahora en algunos tejidos populares mejicanos para su nueva colección. Y el gobierno de Méjico, un ente populista demagogo (gran redundancia), la ha acusado de robo y exige su devolución... ¡al pueblo! Tal vez alguien debiera explicarle que en cualquier asunto cultural las apropiaciones no sólo no son ilícitas, sino muy necesarias y obligadas.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de julio de 201

8 juillet 2019

Ir tirando

LA irrupción de Vox, el partido de ultraderecha, lo ha trastocado todo, más aún que, en su día, la irrupción de Podemos. Podemos es un partido republicano, y por consiguiente un partido que quiere cambiar la Constitución que consagra la monarquía parlamentaria como el régimen por el que se rige el Estado; considera igualmente que la transición democrática se hizo ignorando a las víctimas del franquismo y se muestra favorable a los referendos de autodeterminación en España, lo que es recibido por las fuerzas independentistas, como es natural, con complicidad y agrado. Su discurso ha llevado a su líder a recordar que la sociedad sigue dividida en clases sociales, los pobres y los ricos, quienes para no tener que pagar al fisco se valen de sus miserables filantropías y obras de caridad.
  
Vox, aparte de ser, como Podemos, un partido populista, no ha logrado salir aún de sus balbuceos prepolíticos, de la misma manera que el lenguaje de sus líderes tampoco parece haber abandonado lo presintáctico. Las fuerzas de la izquierda constitucional se escandalizan de ver cómo el centro y la derecha constitucionales tienen estómago para pactar con Vox, pero encuentran muy natural pactar con Podemos, y aun con anticonstitucionales. Es decir, la izquierda parece más intolerante con los ultras de los otros que con los ultras propios. Unos llaman a los suyos pactos de progreso, y reaccionarios a los demás, y los de derecha llaman a los suyos pactos responsables o patrióticos, y aberrantes cualesquiera otros que no sean los suyos. 

Ha oído uno a personas moderadas disquisiciones según las cuales los pactos con Podemos no son deseables, pero sí admisibles; en cambio pactar con Vox lo encuentran indeseable e inadmisible. Uno, por el contrario, ve que la política real es pactar precisamente con aquel que apenas se parece a nosotros, siempre que respete las reglas del juego y no se aproveche del pacto para destruirnos. O sea, con un mínimo de lealtad. “El mal menor es en realidad el bien”, decía García Calvo, y el bien en este caso sería no tener que pactar, en mi humilde opinión, ni con unos ni con otros. Pero parece que en política, como también en la vida, la única ley es “ni blanco ni negro”, o sea, ir tirando y llevar una china en el zapato. Y eso sí, procurar que nadie nos siegue la hierba debajo de los pies.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de julio de 2019]

1 juillet 2019

Parad el mundo

La foto ha dado la vuelta al mundo: en el último y escarpado tramo del Everest, una fila de alpinistas. La ha hecho  uno de ellos, Nirmal Purja, a quien acaso sólo se le recordará por eso y no por haber escalado el Everest. Están sobre un filo de vértigo, como hormiguitas, detenidos,  esperando “hacer cumbre”. A diferencia de las hormigas, de color tan discreto, los atuendos son multicolores... El infinito azul del cielo y  un mar sereno de picachos nevados es la imagen de lo sublime, pero produce angustia. Angustia viene de angosto. La senda es estrecha. Un paso en falso significa el vacío y el fin. Para “coronar” es preciso ceder el paso a los que bajan. La aglomeración ha colapsado el tránsito y provocado la muerte de nueve o diez montañeros por congelación y falta de oxígeno. La instantánea de Purja, tan elocuente como aterradora, nos ha dejado estupefactos, mudos, cavilosos.

Lo sucedido en el Everest está sucediendo a diario en otros mil lugares de la tierra, ante la indiferencia general. Las hordas del turismo, de cuyas levas formamos periódicamente parte todos, están colapsando las ciudades, los museos, los rincones pintorescos o significativos por alguna razón, no siempre razonable. En muy poco tiempo los bienes más preciados serán la soledad y el silencio, sólo accesibles a los más ricos. Sólo ellos alcanzarán ese lugar privilegiado que retrató como nadie el pintor romántico Caspar David Friederich, un viajero, solo, de espaldas, en la cima del mundo contemplando a sus pies la quietud de las nubes, veladas de un azul  tan misterioso como el de los ojos de un lactante. Parece estar divisando el futuro, pero lo cierto es que ya ciego sólo ve el pasado.

Alcanzar la cumbre del Everest era hasta hace un siglo prerrogativa únicamente de los más grandes, místicos y visionarios. Lo cuenta Wade Davis en su maravilloso libro En el silencio, la historia de George Mallory, el mejor alpinista británico de su tiempo. El Everest está a punto de desaparecer. Era el silencio más alto del planeta. Venecia, Sevilla o París  van camino de ello. ¿Estamos aún a tiempo de impedirlo? Se logró con las cuevas de Altamira, cerrándolas al público. Si no lo impiden los gobiernos, acaso lo único responsable ya, en la medida que pueda cada cual, sea quedarnos en casa y parar el mundo.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de junio de 2019]

24 juin 2019

Una entrevista con Daniel Gascón

Ha aparecido este mes en Letras Libres, a preguntas de Daniel Gascón.


En cierta manera Las armas y las letras es un libro siempre infinito: ahora, cuando se cumplen 25 años, aparece una edición ampliada. ¿Cuáles son para ti los cambios más importantes?

La idea es la misma desde la primera edición: contar la historia de escritores, artistas e intelectuales durante la guerra civil, pero especialmente de quienes siendo de izquierdas, de centro o de derechas fueron estigmatizados por razones políticas. El libro ha ido creciendo desde entonces, unas veces incorporando figuras centrales, como Morla Lynch o José Castillejo, cuyos libros se publicaron sólo recientemente, y otras, de segundo orden, como Estelrich. En esta edición hay cientos de citas y datos nuevos, que completan algún pasaje (todo lo relativo a Chaves Nogales, por ejemplo, con las ediciones de sus libros inéditos, o a Unamuno, de quien podemos fijar mejor el episodio del paraninfo de la universidad de 1936, tras las investigaciones últimas del matrimonio Rabaté), o añaden detalles interesantes. Por ejemplo: al lado de la sección “A paseo” de El Mono Azul, que “paseaba” en efigie a algunos intelecutuales en el momento que se “paseaba” de cuerpo presente a otros muchos, había un José Luis Salado, escritor comunista, que llevaba otra sección en un periódico madrileño que se titulaba “Tiros al blanco”. El crimen como un deporte. Hay, igualmente, fotos inéditas y desconocidas de guerra, entre las mejores que yo haya visto nunca. Una por ejemplo que ilustra uno de esos tiros al blanco, en la que se ve cómo disparan sobre un hombre indefenso y por la espalda como sobre una alimaña. El resultado final ha sido un trabajo de taracea. No hay una página que no haya sido corregida, ampliada, matizada. Creo que esta edición tiene unas cincuenta páginas más que las otras. Y confío en que sea la definitiva.

El libro cambió la forma en que muchos veían la guerra y el papel de los escritores. Incluye muchos nombres que ahora son más conocidos que entonces, analiza las obras, y construye un relato. Reediciones, estudios, rescates o incluso ficciones son, en cierto modo, herederos Las armas y las letras. ¿Como ha variado la forma en que vemos esa época en este tiempo?

Creo que la gente ha acabado asumiendo que aquello no fue cosa sólo de buenos y malos. Porque entre los malos había buenos, y entre los buenos, malos. Que no todos los que apoyaron el levantamiento militar eran fascistas, ni demócratas todos los que lucharon en el bando republicano, sin que esto oculte el que el 18 de julio se produjo un golpe de estado contra un régimen legítimo que para muchos, Chaves Nogales entre ellos, desapareció el 19 de julio porque no podía proteger a ninguno de los que le reconocían como legítimo. Y desde luego, que la especie de que los mejores escritores e intelectuales se pusieron de parte de la República es falsa, un triunfo de la propaganda republicana, con la que trataron de demostrar la idea de superioridad moral que creían tener sobre los sublevados, primero y sovre los venvedores de la guerra después, superioridad moral que aún siguen inexplicablemente sintiendo algunos.

En el prólogo de 2019 dices: “Muchos escritores e intelectuales, como tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramática, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas”. Estas dos visiones, en el fondo minoritarias, se imponen a una mayoritaria. ¿Qué define para ti esa tercera España?

Aquella que hubo de elegir bando a la fuerza, sin que ello significara que de haber  elegido el contrario, estaría también a gusto en él. La tercera España es la que acabó sometida a cualquiera de las otras dos, y en definitiva, la silenciada, la mayoritaria. Por eso los verdaderos vencedores de la guerra civil fueron, políticamente, los falangistas y los comunistas. Falange Española y Pce contaban al principio de la guerra con unos veinte mil afiliados, y al final, con dos millones cada uno de estos dos partidos. Los falangistas administraron la victoria real, y los comunistas el relato, es decir, la ficción. Los escritores de derecha, sin embargo, perdieron los manuales de literatura; y a muchos de los de izquierda, se les tributó trato de grandes escritores, sólo porque la perdieron. Y en medio los perdedores absolutos, los Chaves Nogales, Elena Fortún, José Castillejo, Clara Campoamor, a esos ni unos ni otros les resarcieron con nada, fueron condenados al olvido. Demasiado libres y, sobre todo, testigos incómodos de los crímenes de los republicanos. Y en esa tercera España silenciada estuvieron también quienes como Juan Ramón Jiménez no le servía plenamente a ninguna de las otras dos. Acaba de pasarme Carmen Hernández-Pinzón una carta de JRJ de 1943 en la que dice que no quiere saber nada ni de los falangistas ni “de ciertos elementos” que andan por el exilio. Se refería, entre otros, a Segundo Serrano Poncela, uno de los responsables de las sacas de Paracuellos. Y tercera España, son, dentro de España Gaziel, Espina, Répide y tantos más.

Una de las ideas del libro es que la República gana la guerra de la propaganda desde el principio, dentro y sobre todo fuera de España. Nadie, ni las mentes más admirables (JRJ o Gaya, por ejemplo), está por otra parte siempre libre de su influencia. Uno de los éxitos de la propaganda sería popularizar la idea de que los escritores importantes se quedan el República.

Aunque va contra la idea que tiene uno de la literatura, en la penúltima edición me atreví a poner en dos columnas a unos ciento cincuenta esctritores, setentaicinco de un  bando y setentaicinco del otro, o adscritos por las circunstancias a cada uno de ellos. En esta he añadido algunos nombres más. Es la única manera de desmontar la propaganda. Con la República estuvieron Juan Ramón, Lorca, Machado, Azaña, sí… ¿Pero son menos que ellos, como escritores, Baroja, Unamuno, Azorín, Gómez de la Serna o Ortega y Gasset? ¿Américo Castro es más que Menénende Pidal? A otros la guerra y su muerte les dio una gran notoriedad, como a Miguel Hernández, pero ¿es menos poeta él que Manuel Machado? Me entusiasma Rosa Chacel, pero no podría decir que es “mejor” que Cunqueiro. Me gusta mucho, como es notorio, Chaves Nogales, pero nadie puede decir que Pla no esté a su altura como periodista. De modo que ese es el mito que hemos de desmontar.

¿De qué escritores te sientes más cercano o lejano de esa época? ¿Ha cambiado en algo tu opinión sobre ellos desde 1994 hasta ahora?

En general estroy más cerca de aquellos que fueron refractarios al sectarismo de su propio bando, y más lejos de los sectarios, sobre todo de los sectarios oportunistas y aprovechados, tipo Neruda o los Alberti…. Aunque le gusten a uno poco Luisa Carnés o Arconada, sus vidas difíciles de exiliados parece justificar que su literatura no fuera algo mejor. Y aunque no me gustara lo que escribían antes de la guerera ni después, admiro la valentía de León Felipe al reconocer que también se equivocó afirmando que los poetas republicanos “se llevaron la canción” . Me emocionan siempre Antonio Machado, Juan Ramón, Gaya. Me admiran Unamuno y Azaña, tan enemigos uno del otro. Baroja, Azorín. Ortega, Clara Campoamor, Chaves, Castillejo… Y al contrario, no sólo no he cambiado mi opinión sobre ellos, sino que ha crecido mi admiración por su obra. Algunos, como Azorín y Barojan, escriben y publicabn, en lo más duro de la dictadura franquista y pese a todo, algunos de sus mejores libros. En general la gerra hizo mucho daño a la literatura y la poesía en el momento, y fue necesario que la guerra pasara para que dieran lo mejor de sí, por ejemplo María Zambrano. Sus escritos de guerra son aterradores. Cuando anda por medio la propaganda, la literatura y la poesía se evaporan. Lo decía Machado, la retórica de la guerra es igual en los dos bandos.

Una diferencia que señalas en el campo republicano, entre los intelectuales, es una mayor discusión, a veces problemática, mientras que entre la zona nacional dice “una sola crítica adversa de los poemas de Rosales, Pemán, Vivanco o Ridruejo, o de la novela de Foxá o de las teorías de Laín habría significado para su autor represalias sin cuento”. Hablas de una uniformidad de juicio.

En general es como digo. Una revista como Hora de España no existía en la zona nacional. Y aunque Cernuda se va de España porque esa revista censura su poema a Lorca por razones morales (evocaba y descubría el amor a los efebos del poeta granadino), el nivel intelectual es muy alto. La derecha trata en sus revistas de estetizar la política, y la izquierda de politizar la estética. Quizá el tiempo sea menos cruel con la estética que con aquellas dos políticas totalitarias. O por lo menos yo tolero mejor la literatura de evasión que la del compromiso con las políticas totalitarias.

Escribes: “A los intelectuales republicanos parece interesarles España. A los nacionalistas, más el imperio, o sea, una bandera. A unos el pueblo y a otros los tercios, los cruzados. Y ya se sabe: nada como la patria para para arrancar sentimientos insinceros o solemnes, de los que insufla el viento y el tiempo dispersa como vilanitos secos”. Me gusta ese recurso, que usas más veces en el libro, de un contacto de repente con lo natural o lo concreto. En el prólogo nuevo hablas también de nuestro tiempo de populismos y nacionalismos, “reactivación de la roña carlista”.

Se ve que uno es irremediablemente un escritor realista. Me gusta que las palabras tengan color y olor. Debe ser cosa instintiva. Escribir con imágenes, metáforas y sinestesias tiene la ventaja de los atajos, es como darle alas al pensamiento. Es algo que hacemos todos hablando constantemente, y por eso decía JRJ aquello de que “quien escribe como se habla llegará más lejos en lo porvenir y será más leído que quien escribe como se escribe”. Y en eso hace uno lo que puede.

Dices: “el humor heterodoxo en España tiende a hacerse de derechas”. ¿A qué se debe?

El escritor de izquierdas, sobre todo el marxista, tiene por lo general una idea de sí mismo más complaciente y satisfecha. Suele creer que tiene la Historia de su parte, y se exhibe orgulloso su compromiso político, y ve el humor como una debilidad o una frivolidad, un obstáculo y una alienación. El Quijote se vio durante casi doscientos años como una obra menor, porque era obra humorística. El humorista, si es inteligente, sea de izquierdas o de derechas, se mofa de esas distinciones, por eso pueden verse en los chistes de Tono sátiras improbables en la otra zona. Es incluso difícil saber cómo algunos de sus chistes pasaron la censura, como ese en que se ve a un miliciano goerdo de la Cnt en la consulta del médico. Este le dice, para su gordura le conviene paser; y el miliciano responde: ¿A quién? El chiste va dirigido a lectores que sin duda tenían parientes y amigos “paseados…”. Y sin embargo…. Después de la guerra el humor fue la única válvula de escape de crítica al régimen franquista, y acabó en manos de gentes que siendo más bien de derechas, como el gran Chumy Chúmez, resultan de izquierdas, o de izquierdas, como Vázquez Montalbán, que con servicio doméstico uniformado y parque móvil, son indistinguibles de cualquier burgués de derechas.

También me ha llamado la atención la comparación que haces entre Sender y Cela.

Son los dos escritores un tanto tremebundistas y un poco toscos. Simpatizaron mucho después de la guerra, se reconocieron como de una misma tribu. Por eso su amistad acabó en una reyerta.

Este es, entre otras cosas, un libro sobre la memoria. En los últimos años se ha hablado mucho de la cuestión de la memoria histórica. Criticas la ley. ¿Qué es lo que se ha hecho mal y qué es lo que habría que hacer?

Nuestros padres hicieron algo bien, no importa del bando que fueran: inculcar a sus hijos que todo antes que repetir otra guerra civil. Y fueron más honestos que muchos de sus nietos: conocían la verdad de los hechos y sabían hasta qué punto todos, unos y otros, tenían mucho de que arrepentirse. Por eso llegada la transición lo confiaron todo al olvido, en aras de la convivencia y la paz. Y aunque supieran que sin justicia no hay paz posible, sabían también que a veces la paz es preferible a la justicia. Goethe lo sintetizó en un célebre díctum: Prefiero la injusticia al desorden. Y como dice Nietzsche: un exceso de memoria acaba con la vida. Y así lo entendieron Carrillo, Pasionaria, González, Suárez, incluso Fraga. No es que cerraran en falso la historia. Confiaban en que el tiempo acabara de cicatrizar las heridas. Y todo parecía hacer pensar que se iba a lograr, hasta que… llegaron al poder quienes parece que  legislaron no para resarcir a las víctimas, sino para reescribir la historia.

A la par que ha habido una reivindicación de la memoria histórica, hemos visto alarmas ante los excesos del recuerdo y su instrumentalización para ganar las batallas del presente. ¿Es algo que te preocupa, crees que ha ido en aumento?

Los que hicieron la transición, que fue modélica, no se olvide, se equivocaron en algo: el deseo de los nietos de algunos derrotados de la guerra civil, víctimas después del franquismo, decidieron hacer olvidar con los crímenes franquistas la condición de victimarios de algunas de esas víctimas. Y para ello decidieron en no pocos casos reconstruir la historia, ennoblecer la derrota. En una exposición reciente sobre la Defensa de Madrid organizada por el populista Ayuntamiento de Carmena se hizo desaparecer el papel de los militares, Miaja y Rojo, sólo para presentar la defensa de Madrid como un logro “del pueblo de Madrid”, cuando todos hemos leído cómo Miaja tuvo que disparar sobre el pueblo de Madrid que en desbandada desertaban de las defensas de la la Casa de Campo. Y por supuesto, hay que recordar, pero hay que recordarlo todo. De ahí que resulte un exceso retórico y una caricatura volver a oír el grito de “No pasarán” (la última vez la noche de los resultados electorales frente a la sede del Psoe por enardecidos y exultantes que celebraban la victoria), conociendo lo que sucedió en 1939: no sólo pasaron, sino que se quedaron cuarenta años, y Franco murió en su cama.

Hablas y defiendes muchas novelas, pero dices que no es el mejor género: Las mejores novelas de esta época, dices, son los testimonios. ¿A qué crees que se debe esto?

La muerte y el peligro dejan en la memoria una impronta indeleble. A su lado la ficción palidece casi siempre. Aunque Chaves Nogales diga que sus relatos de A sangre y fuego sean mezcla de ficción y realidad, el lector los percibe como crónica. Lo mismo sucede con la que para mí es acaso la mejor novela de la guerra civil, Celia en la revolución, de Elena Fortún. Todo en ella tiene esa impronta, y el lector percibe que la vida en un bien muy frágil y que bien pudo morir relmente en cualquiera de las peripecias. De ahí que a las novelas de la guerra les sea tan difícil competir no sólo con memorias y diarios, sino con cualquier página de periódico de la época de la guerra.

Escribes que si la primera edición fue responsable de la reivindicación de Chaves Nogales, la nueva versión debería servir entre otras cosas para hacer más conocidos a Carlos Morla Lynch y José Castillejo. ¿Qué te interesa de ellos?

En el caso de Morla, la visión de alguien que ni siquiera es un intelectual ni nun escritor. Alguien que apenas tiene los rudimentos de la liuteratura, que se limita a describir lo que ve, y que es libre porque escribe bajo el pabellón chileno, es un testigo fiel e imparcial. De Castillejo, pese a alguna de sus ideas disparatadas (llegó a creer que la solución a la guerra era partir España en dos, una para cada bando, adelantándose en eso a la partición de Alemania), interesa todo, el tono tan institucionista, la mesura, los modales, diríamos, y el querer ir a la raíz del problema: la incuria de la nación española, la falta de instrucción, el fanatismo religioso, la intransigencia. Lo mismo que Clara Campoamor. Lo que ahora hemos de preguntarnos nosotros como españoles es por las razones por las que hemos tardado casi sesenta años en descubrir sus obras, sus conductas, su ejemplo. Fue lo primero en lo que se pusieron de acuerdo las dos Españas, en callarlos y hacerlos desaparecer como testigos incómodos.

Otra forma de leer el libro es verlo como un libro sobre la retórica. Una reflexión sobre la guerra y la retórica está casi al principio, y uno de los momentos más emocionantes es la parte final, cuando Manuel Machado viaja a Collioure, donde acaba de morir su hermano. Dices “ahí deberíamos ver el arranque de la reconciliación nacional”. ¿Por qué?


Es algo que también hemos aprendido. Los hermanos Machado eran más que hermanos, eran almas gemelas, se veían a diario, escribían juntos, se admiraban uno al otro sinceramente y lo manifestaban con los mayores encomios. Pensaban parecido en todo, eran liberales. De haber caído Antonio con los franquistas y Manuel con los republicanos, ¿no habría hecho Antonio lo que hizo Manuel, y Manuel lo que hizo Antonio? La propaganda, la retórica de los perdedores, puso a Antonio en el puesto más alto de la literatura, rebajando al tiempo a Manuel, pero lo cierto es que el soneto a Líster de Antonio es peor aún que el de Manuel a Franco. La reconciliación pasa por leer lo mejor de uno y de otro sin la mediación de la propaganda, y descubrir los poemas maravillosos que uno y otro escribieron, sabiendo que lo que acaso tenga Antonio de superior sobre su hermano no fue desde luego consecuencia de su postura en la guerra civil, ni a la inversa, Manuel no es menor en relación a su hermano, porque pasara la guerra en Burgos. Esa es la libertad que trata de inculcar ese libro mío. Despojar a los lectores de los prejuicios que inculcaron en él muchos años de propaganda, de uno y otro bando.