9 décembre 2019

Mentiras pintonas

UNO de los libros más bonitos sobre esta ciudad, Vivir en Madrid, lo escribió un catalán, Luis Carandell. Se publicó en pleno franquismo, 1966, y no sabe uno cómo pasó la censura. Incluye un divertido glosario de modismos oídos en calles y tabernas: “Cabrón: Mala persona. Cabrón con pintas: Uno muy cabrón”. Repite la fórmula con Gilipollas, acaso una de las palabras más madrileñas: “Insulto que sugiere una variada gama que va desde la timidez y la intención hasta la fatuidad y la seriedad desproporcionada a las circunstancias. O sea, que es un gilipollas». Cuando llega a la voz Soplapollas, resume: «Gilipollas en grado sumo”. La vida y nuestras conversaciones están llenas de ambos modismos, con matices incluso jocosos.

Todos hemos asumido que  la velocidad a que ha llegado la información y su propagación vertiginosa favorecen las mentiras. Mentiras banales o peligrosas, chismes o “revelaciones” presentadas como secretos de Estado. Ni wikipedia se libra (“mi” entrada estuvo años en manos de un enmascarado que la llenó de sesgos mal intencionados y medias verdades con pintas (peor que mentiras), y supongo que seguirá así, pero yo ya me he desentendido. ¿Para qué insistir?). 

Durante las campañas electorales circulan muchas mentiras. En la última, dos muy abultadas: España es el segundo país, después de Camboya, con más fosas comunes (Montero e Iglesias) y el 70% de los integrantes de las manadas de violadores son extranjeros (Abascal). La primera la desmontó Arcadi Espada por k.o. y la segunda, diferentes medios. Mucha gente se preguntaría: “¿Cómo será posible que en España hubiera más asesinatos políticos que en la Urss o en China?” o “¿cómo ningún periódico informa de ese dato relevante de las manadas?”. En este caso porque es exactamente al revés: el 70% son españoles; y en el otro porque se trata de insinuar que el franquismo sigue mandando y Franco vive (y por eso se le ha desenterrado). Naturalmente ninguno de los mentirosos se ha defendido ni tampoco han reconocido públicamente sus embustes. Cuentan con la pereza, el cansancio o desinterés de la gente en conocer la verdad. Incluso con su buena fe: “¿Cómo van a mentirnos en algo tan grave?”, dirán, sin sospechar que por eso lo hacen: “miente con pintas, que algo queda”.
   
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 8 de diciembre de 2019]

7 décembre 2019

La Cenicienta

A LA de 1812 se la llamó la Pepa, a la del 31 la Niña bonita... Han pasado cuarenta años de la de 1978 y, que yo sepa, no tiene aún ningún nombre popular y cariñoso. Hoy, más atacada que nunca, podríamos darle este: La Cenicienta. A duras penas logra mantener la casa común limpia contra el empeño de populistas y nacionalistas, que quieren acabar con ella. Y esta constatación: los partidarios de nacionalizar la luz, la banca y todo lo demás suelen ser los mismos que quieren privatizar el Estado, haciendo de él estados más pequeñitos administrados por quienes en esos territorios independizables, naturalmente los más ricos, hoy hacen negocio con la luz, la banca y todo lo demás. 

1 décembre 2019

Heterodoxos

JOSÉ María Blanco White fue un cura sevillano que vivió a caballo entre el siglo XVIII y el XIX y entre España e Inglaterra. Su condición de cura prevaleció sobre su condición de escritor, y como escritor prevaleció en él la lengua inglesa sobre su lengua materna, para él “como un rumor lejano de una mazmorra en que hubiese sufrido encarcelamiento, grillos, heridas, insultos”. Él no había sufrido nada de eso, claro, pero a los sevillanos les gustan las imágenes y los ingleses estaban deseando oír de España cosas así. También les contó que la Inquisición lo habría quemado vivo por relapso, de no haber emigrado en 1808. Pero lo cierto es que en 1808 se abolió la Inquisición (aunque no lo hizo definitivamente hasta 1834), y Blanco pudo volver, pero se ve que esa no fue la única razón de su huida.

De no haber participado en un acto sobre heterodoxos andaluces, ve uno poco probable que hubiera leído a Blanco White (Cartas de España, Autobiografía y España), algunos ensayos suyos y otros sobre él de Menéndez Pelayo, Vicente Lloréns y Juan Goytisolo, así como la biografía de Fernando Durán. Goytisolo culpaba del ostracismo de Blanco White a la roña derechista española, pero no a los ingleses, lo cual es bastante absurdo, teniendo en cuenta que Blanco White es principalmente un autor que escribió en inglés y publicó toda su obra en Inglaterra. ¿Por qué no lo reeditaron ellos? Una vez más se cumplió aquello de “Roma no paga a traidores”. Por su lado la roña española (Menéndez Pelayo) lo tuvo por “el renegado de todas las sectas”. A estas alturas lo que Blanco opinara de la Santísima Trinidad a muchos nos pilla ya tan lejos como Franco.

Ser heterodoxo (o revolucionario) tiene en nuestro mundo un prestigio del que carecen otros más ordenados. La conclusión que he sacado yo es que Blanco White quizá fuera un heterodoxo en Sevilla, pero en Londres era de lo más ortodoxo (cobró incluso una pensión de 250 libras por publicitar la hispanofobia que convenía al Foreing Office). ¿Y como escritor? Tiene tres temas: hablar de sí, victimarse y culpar a España de todas sus penurias. En ese sentido, la verdad, hoy Blanco triunfaría. Lloréns alabó la sinceridad de sus confesiones, pero “la sinceridad es una virtud cuando no se tienen otras”, decía Galdós, sin entrar en aquello de “la queja trae descrédito”,  que decía Gracián.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de diciembre de 2019]

25 novembre 2019

Ya

YA. Ya podría visitar (si quisiera, que no querré de momento) ese lugar siniestro al que me he negado ir toda mi vida y lo probable es que a estas alturas usted no pueda ya tampoco con el empacho del Valle de los Caídos. No obstante, si me lo permite, intentaré decir algo que acaso no resulte trillado. El triunfalismo del gobierno en la exhumación de los restos de Franco lo encuentra uno más que justificado en estos dos hechos, uno en verdad humillante y otro en verdad irrebatible: Franco murió en su cama y Franco llevaba más de cuarenta enterrado allí sin que nadie, rojo o azul, hubiera mostrado en ese tiempo acucia alguna para desalojarlo de su sepulcro. 

¿Era necesaria la exhumación y se hubiera podido llevar a cabo de otro modo? Sí, pero si lo primero es obvio, al menos para mí, lo otro también es ya banal.  No lo es en absoluto la operación que el gobierno y algunas asociaciones y partidos quieren poner en marcha: no el paternal consejo de Nietzsche, también citado aquí muchas veces (“un exceso de memoria daña la vida”), sino la mitificación y exculpación  de parte de las víctimas (“las nuestras”), pese a que se haya repetido un millón de veces (una por cada muerto) que el problema en una guerra civil es precisamente ese: algunas víctimas fueron también victimarios y causaron con sus crímenes parecidas injusticas a las que ellos mismos sufrieron.

Ni un solo condenado a muerte o a penas de cárcel durante el franquismo lo fue con garantías jurídicas. Al contrario, a menudo lo fueron tras procesos aberrantes y vejatorios. Es un hecho también irrefutable. Como que el haber padecido cuarenta años de exilio, la brutalidad de las instituciones penitenciarias y policiales de la dictadura o la prevaricación criminal de sus jueces, fiscales y abogados de oficio (militares a menudo) no les exime a muchos de ellos de su responsabilidad en los atropellos que perpetraron durante la guerra.  Los que  tratan ahora de recordar sólo una parte cometerán algo más que una equivocación, será una vileza: se debe rehabilitar a todas las víctimas, pero no blanquear las atrocidades cometidas por algunas de ellas. ¿Nombres? Algunos mejor olvidarlos, y mejor olvidar, como supieron bien los franquistas, socialistas y comunistas que firmaron en la Transición la reconciliación de todos. Y ya. Basta ya de guerra.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de noviembre de 2019]

18 novembre 2019

En la tumba de Chaves Nogales

JORGE Bustos hizo una crónica magnífica y sobria de aquel acto. 
Las palabras que yo leí, escritas la víspera, son estas.

"El prólogo de A sangre y fuego se escribió y publicó al inicio de la guerra civil, pero tardó más de cincuenta en ser leído y en que se le prestara atención. De haberse leído en 1937, muchos habrían comprendo al fin la naturaleza devastadora de los totalitarismos europeos que fascinaron a millones de personas, a las que alentaron a cometer los más horribles crímenes en nombre del Progreso y de la Historia. Chaves fue testigo de cómo tales crímenes empezaban a cometerse en España, de donde tuvo que salir para salvar su vida. Hoy los totalitarismos han mutado en populismos y nacionalismos e igual que entonces amenazan con destruir Europa, a sangre o, como estamos viendo estos días, a fuego. 
Estamos aquí un puñado de españoles para rendir homenaje a un hombre valiente, junto a su tumba, lejos de su país, que le ignoró durante décadas. Fue también alguien comprometido como escritor y periodista con la verdad de los hechos cuya obra no es sino la constante defensa de la libertad e igualdad de todos. Al maestro Manuel Chaves Nogales le debemos por todo infinita gratitud y consideración. Esas palabras que leí al principio y todas cuantas completan su admirable prólogo de A sangre y fuego nunca debieran ser olvidadas. Ciudadano del mundo, que esta tierra lejana y esta tumba sin nombre te sean leves".



Tumba sin lápida de Manuel Chaves Nogales, parcela CR-19, en el cementerio de North Sheen












11 novembre 2019

Vox / votos / bótox

LO que estamos viendo ahora hacer a Santiago Abascal, tras los abultadímos resultados electorales, no es sacar pecho, sino bótox. Abascal se ha convertido al fin en lo que quería: ser el bótox del nacionalismo... catalán. 

«La fábrica de voxistas trabaja a tres turnos» (Pero Grullo)

APARTE de la gratitud que todos le debemos por habernos traído hasta aquí, se pregunta uno quiénes de cuantos ayer sostuvieron que Mariano Rajoy era una fábrica de independentistas (lo que justificaba una moción de censura contra él aliándose con... los independentistas), dirán hoy que Pedro Sánchez es una fábrica de voxistas.
Y como escribe esta mañana Jorge Bustos: «El centro ha muerto, ¡viva el centro!».

El trabajo gustoso

NO ha visto uno, hasta donde yo sé, que nadie se haya tomado en serio la promesa electoral más espumillante de estas elecciones. La ha formulado Íñigo Errejón: reducción  de la semana laboral de cinco a cuatro jornadas. Tiene además sentido que lo haya propuesto ese muchacho,  que redujo las obligaciones de su  beca hasta dejarlas en cero y empantanó en el absentismo  leyes y proyectos en la Comunidad de Madrid que seguramente habrían traído ya el chavismo a este valle de lágrimas. 

Dejemos de lado si tal medida es o no viable. Yo no lo sé, yo no he estudiado  esa compleja ciencia que   analiza y pronostica los flujos monetarios, mercancías y bienes de consumo, y si un hombre docto como Errejón asegura que ha encontrado la piedra filosofal, no tenemos por qué no creerle. ¿No fue ese el secreto de Hugo Chávez, no ya subsidiar a todo el mundo, sino la de vender duros a cuatro pesetas? Cierto que los duros se le acabaron pronto a su admirado comandante, y arruinó Venezuela, pero esa es otra historia. Ni siquiera querría uno saber ahora si los patronos (y el Estado, en el caso de los funcionarios) están en condiciones de pagar lo mismo por menos. Supongamos que es posible, admitamos que trabajando menos mejorarán nuestra sanidad, nuestra educación y nuestro bienestar material e intelectual. Centrémonos únicamente en esas veinticuatro horas de ocio que el señor Errejón quiere brindarnos.

¿Para hacer qué? Ha trabajado uno desde niño (sí, como los de Dickens), sigo trabajando y me gustaría  acabar, como Cervantes, escribiendo “con el pie en el estribo” (y, ah, si además se pareciese al prólogo del Persiles). Son muchos (en Japón casi todos) los que pagarían por trabajar, gentes a las que si les acompañara la salud no querrían jubilarse nunca... El poeta Juan Ramón Jiménez habló del “trabajo gustoso” y Eugenio d’Ors de “la obra bien hecha”. En estas dos frases queda resumido el gran proyecto humano, volviendo del revés la enconada maldición bíblica: ganarse el pan sin derramar una sola gota de sudor, bien al contrario, haciendo del trabajo algo tan fácil y gustoso que las horas dedicadas a él nos parezcan pocas, incluidas las del amor, que es, como sabemos, todo menos un pasatiempo.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de noviembre de 2019]

9 novembre 2019

Mañana y Sabed que pervivo


Sabed que pervivo

JORGE BUSTOS

Es en este grave instante español cuando el liberal se levanta del sofá para comunicar a los expertos la noticia de su existencia



JOSÉ MANUEL VIDAL / EFE
El jueves me llamó Elvira Roca y me razonó lo que pasa con Ciudadanos. "Su votante no es como el de los demás partidos, que tienen clientela fija. Al votante de Cs lo tienes que convencer en cada elección". Si Elvira está en lo cierto, todos los males de Rivera proceden de su éxito de abril, cuando recibió demasiados votos prestados que lo empujaron a ser quien no debía. Desde septiembre ocupa su posición original, pero nadie regresa indemne a Ítaca, si regresa. ¿Se dará cuenta a tiempo el votante de que Cs es mucho más importante que Albert Rivera y de que ha de votar al segundo para proteger lo primero? Sin una sigla que aspire a la representación de la idea liberal, España se precipita a la reedición de su peor pasado. No se trata de salvar al general malherido, sino de mantener en pie el estandarte del centro en un país amenazado por tal grado de sectarismo que por momentos se vuelve irrespirable.
El liberalismo es un credo delgado, una temperatura moral antes que una ideología, una doctrina tan modesta que en su ideario incluye la disposición a entenderse con el que piensa de otro modo. Su único principio inamovible es la aversión al dogmatismo tribal y el recelo del poder no sometido a la ley que a todos nos iguala. Al verdadero liberal se le conoce porque sabe revisar sus posiciones y asume el precio electoral de todo pacto porque ese es el privilegio del coraje. Por eso, de cuantos errores ha cometido Rivera hay uno del que puede estar orgulloso: la acusación de veleta por levantar vetos. Llamar veleta a un centrista no es más que la forma que tienen los erizos de llorar por no ser zorros. Y gritar consignas testosterónicas no revela más valor sino menos inteligencia. La moderación exige una sosegada seguridad en uno mismo desde la que abrazar el mundo, que nunca se detiene, mientras que la aparente firmeza del fanático solo esconde el miedo infantil a lo desconocido. La voz más alta suele pertenecer a quienes más paralizados están por el pánico a lo nuevo o lo distinto, aunque esos paralíticos intelectuales en España han pasado demasiadas veces por hidalgos de mucha honra.
Hay razones prácticas para votar mañana a Cs: es el único partido que puede poner límites a Sánchez y evitar a la vez que el alma del PP sea canibalizada por Vox. Si Cs se desploma, el bloqueo es seguro. Todos sentimos que el ambiente se enrarece día día, que a un extremismo contesta otro extremismo. Pero es en este grave instante español cuando el liberal une a la cabeza el corazón. Y por muy decepcionado que esté o muy deprimido que lo quieran, oye las campanas que doblan a muerto y se levanta del sofá, serenamente, para comunicar a los expertos la noticia de su silenciada existencia. «Sabed pese a todo que pervivo. Y que España será también lo que yo diga».

Mañana

En estas elecciones, apoyemos a los que expliquen cómo pagaremos lo que necesitamos sin crear desigualdades entre españoles y sin desfondar el país





Albert Rivera, el pasado miércoles durante su intervención en un acto con simpatizantes a bordo de un barco en Sevilla.
Albert Rivera, el pasado miércoles durante su intervención en un acto con simpatizantes a bordo de un barco en Sevilla. PACO PUENTES


Despierten las almas dormidas y sobre todo las anestesiadas. Las elecciones de mañana no van de amigos o adversarios de Franco, que por mucho que insistan los rentabilizadores de tumbas no tiene intención de volver. Tampoco tratan de izquierdas generosas y derechas cicateras, amigas de los privilegiados. Fíjense un poco y verán que no faltan privilegiados de izquierdas en el mundillo cultural, en los medios de comunicación, en los puestos de gestión que nunca cambian de manos y sobre todo entre los aprovechateguis que proclaman identidades maltratadas para subvencionarse mejor. Ni por supuesto consisten en votar a quienes prometen más de lo que sea sino en apoyar a los que expliquen cómo pagaremos lo que necesitamos sin crear desigualdades entre españoles y sin desfondar el país para nuestro futuro europeo. Lo más urgente es frenar con decisión política y legal a los que pretenden descuartizar el Estado para expoliar a los compatriotas de sus derechos y apropiarse en exclusiva de lo que han conseguido gracias al esfuerzo de todos y ahora quieren disfrutar solos.

Sigo pensando que, entre los partidos constitucionalistas (o sea, que no solo soportan la Constitución por imposición legal sino que la defienden por convicción política), Cs continúa siendo necesario. Ahora han decretado que está a la baja quienes profetizan de acuerdo con sus deseos hasta lograr que se cumplan. Lo mismo hicieron en su día con UPyD, limpia y precursora, a la que los mensajeros del bipartidismo (es decir, la mayoría de los comunicadores) declararon ya descartada para que finalmente lo fuera. Pero hay un índice que no falla y marca lo recomendable: la animadversión preferente que tienen a Cs los nacionalistas de todas las latitudes y el lumpen de izquierdas y derechas. Por sus enemigos les conoceréis...

3 novembre 2019

Cinco minutos

SON tres de los títulos que más me gustan de la literatura española. Dos son libros de Eugenio d’Ors y el otro de Guilermo Díaz-Paja. El arte de quedarse solo, de Díaz-Plaja, parece un preludio para los de d’Ors: Cuando ya esté tranquilo y Cinco minutos de silencio. Los tres hablan de la vida, de todo y de nada, de esto y de aquello, más que Contra esto y aquello, título estupendo también de Unamuno. Si nos dieran cinco minutos de silencio legítimo, creo que sería suficiente. Cualquiera de estas tres cosas, soledad, calma y silencio, serían magníficos puntos de apoyo para mover el mundo, si poseyéramos además la palanca necesaria, que no puede ser otra que la voluntad de poder.

En Una leve exageración, el último libro de Adam Zagajewski publicado en España, cuenta algo enternecedor de su padre. Al parecer este se dedicó a lo largo de su vida a despreocupar a su madre, con tendencia al pesimismo. El 1 de septiembre de 1939 sus padres vivían en Varsovia. Cuando empezaron a caer sobre la ciudad las primeras bombas que iniciaban la invasión de Polonia y la segunda guerra mundial, el padre del poeta trató de restarle importancia al hecho: «Tú tranquila, son maniobras, no va a haber ninguna guerra». «Mi padre», añade Zagajewski, «le regaló a mi madre un  cuarto de hora de paz, prolongó especialmente para ella durante quince minutos el período de entreguerras». Esa es la razón por la que las orquestas de los Titanic que en el mundo ha habido, hay y habrá cuentan con tantas simpatías: hay muchos, demasiados, dispuestos a darlo todo por un cuarto de hora más de tranquilidad. 

Los informes son inquietantes: continentes helados hundiéndose en el mar a la vista de todos, miles de especies animales que se extinguen, antes incluso, algunas, de que hubieran podido ser catalogadas, extenuación de los veneros de agua potable y  millones de pájaros que dejan vacíos nuestros cielos como cuartillas en blanco... Sólo en España han desaparecido en los últimos veinte años diez millones de golondrinas. Durante un momento estos pensamientos cruzan mi frente como el vuelo de una golondrina estival. Dejo la lectura. Miro al vacío. Al poco, devuelvo los ojos a la lectura. Y como quiero, necesito, exijo cinco minutos de silencio, repito de una manera sarcástica y cínica: es todo una leve exageración.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de noviembre de 2019]

30 octobre 2019

La maté porque era mía

ESTA es la imagen: han llevado el buque, un gran trasatlántico, contra el muelle. Lejos de aminorar la marcha cuando se estaban aproximando, lo han acelerado. Habían prometido a quienes viajaban en él que a medida que llegaran a tierra el barco saldría volando: ¿quién puede juzgar un sueño? Necesitaban la aceleración para un despegue espectacular, sin precedentes: «Apreteu, apreteu!», o sea, «¡A toda máquina!». Naturalmente el barco se empotró contra el cemento, embistiéndolo con furia de cabra hispánica, pero pese a los desperfectos en proa y casco, el buque sigue a flote. Algunos han pedido al capitán que suelte el timón para llevar el barco a astilleros y repararlo, pero él y la oficialidad, incluso parte de la marinería, han declarado que si no vuela, ya sólo sirve hundirlo. Y en eso andan metidos ahora, intentando barrenarlo para llevarlo al fondo, mientas cantan a coro aquellas palabras que pronunció Giménez Caballero al entrar con las tropas de Franco en Barcelona: «¿Cataluña? La maté porque era mía».

28 octobre 2019

Con la peña hemos topado

La última película de Alejandro Amenábar ha recordado a quienes no lo frecuentan el nombre de don Miguel de Unamuno. Trata del archiconocido enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray, fundador de la Legión. ¿Dijo o no Unamuno «Venceréis pero no convenceréis»? La controversia es bastante bizantina. Según los testimonios de los testigos presentes, lo que dijo Unamuno iba en el sentido que sugieren los verbos vencer y convencer cuando van juntos. Una de las frases más conocidas del Quijote, «con la iglesia hemos topado, Sancho», se cita siempre mal, porque lo que Cervantes escribió fue «con la iglesia hemos dado». Cuando alguien me reprochó haber traducido el Quijote al castellano actual, le recordé que el primer traductor del Quijote había sido el pueblo, cambiando ese dado, arcaico y anfibológico, por un más corriente y natural topado. Y nosotros acabamos de toparnos con la peña de comediantes.

La peña de los comediantes, como se les llamaba en época de Cervantes, ha tenido siempre un fino instinto de supervivencia, desde Lola Flores a Alaska y los Pegamoides, como bien retrató Fernán Gómez en El viaje a ninguna parte. Obligados tantas veces a sobrevivir, los cómicos han aprendido a pensar a salto de mata y a distinguir sin asomo de duda una pegatina donde pone «No a la guerra» de otra que pone «No a Eta» y saber cuál de las dos es conveniente pegarse en el esmoquin durante la ceremonia de gala del Festival de San Sebastián en «los años de plomo». «La España actual es la que ideó Franco», acaba de soltar Amenábar en una entrevista, promocionando su película. El día del orgullo gay y los matrimonios homosexuales, el aborto, el divorcio, la Constitución del 78, la sanidad y la enseñanza para todos, la libertad de expresión y manifestación... exactamente lo que ideó Franco para una España que dejó atada y bien atada. Tampoco Elejalde ha querido dejar atrás a su jefe y lo ha sobrepasado por elevación, declarando que «en los últimos 83 años en España no nos hemos movido».  ¿Seguro? ¿Nada? ¿Seguimos como en 1936? Qué sé yo... En la peña de comediantes se aman los gestos y molinetes, la retórica y las grandes frases, como aquella que don Latino le dijo a Max Estrella en un diálogo inmortal de Luces de bohemia: «Max, no te pongas estupendo».

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 27 de octubre de 2019]

24 octobre 2019

De bibliotecas

“Poco y de poco valor es lo que yo puedo aportar a este asunto, porque nunca he frecuentado las bibliotecas, como no sea la mía propia, muy deficiente e incompleta como se puede imaginar cualquiera. Para mí la biblioteca es principalmente un lugar de trabajo, y el mío está en mi propia casa. He contado con la ventaja de interesarme por asuntos, autores y libros poco solicitados o a trasmano, de modo que me ha resultado más sencillo comprar los libros en el Rastro o en las librerías de viejo, mucho más visitadas por mí que las de nuevo, y por las mismas razones. Por lo general muchos de los libros que me interesan hubo un tiempo en que ni siquiera estaban en las bibliotecas, de modo que hubiera sido otra vez más una pérdida de tiempo ir a buscarlos allí. Pero hay otra razón para no frecuentar en mi caso las bibliotecas: me distraigo mucho. En general me gustan más las gentes que los libros, y aunque espero menos de las gentes que de los libros, estoy convencido de que en una biblioteca me pasaría todo el rato mirando a esta y aquella, al vecino, al bedel. Yo para leer, si no es el periódico, necesito estar solo, y aún así tampoco soy de mucho leer. A mi edad es cosa sabida que somos más de releer, y esos libros ya los tiene uno a mano. Un día fui a una biblioteca a dar una conferencia y la bibliotecaria por ser amable me sacó unos ejemplares de unos libros míos para que los dedicara; algunos estaban tremendos, sucios, rotos, pegajosos, no se cómo nadie  podía leer en ellos, y me di cuenta entonces de los pocos medios que tienen las bibliotecas y de que los lectores se merecen más respeto, y que los libros son como la ropa, visten un sueño y no los podemos tener hechos un andrajo”.

 [Publicado en El Cultural en un reportaje más amplio sobre ese asunto]

14 octobre 2019

Monumentos de amor

ASÍ llamó el poeta Juan Ramón Jiménez al libro que pensaba dedicar a Zenobia Camprubí, su mujer  y la mujer de su vida, Monumento de amor: cartas, poemas, retratos y fotografías,   evocaciones... Ninguno de los dos pudo verlo publicado. Murió ella de un cáncer voraz en 1956, después de cuarentaitrés  años de matrimonio, y un año y medio más tarde, desquiciado por el dolor y la vida,  murió el poeta. El libro apareció al poco tiempo, en 1959. No llega a cien páginas. La segunda edición, que se publicó en 2017, pasa de las mil doscientas. En algún momento, y muerta ya la que fue mujer, amante, madre, hija, hermana, Juan Ramón redactó la dedicatoria que pensó poner al frente de su  obra: «A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz». No era verdad. Si hubiera leído los diarios que Zenobia dejó inéditos, habría visto cuán errado anduvo en eso: Zenobia, que lo adoraba, fue feliz a su lado, y de qué modo.

Ha recordado uno toda esta historia al leer ahora La peor parte, de Fernando Savater, que este dedica a Sara Torres. Lo ha subtitulado «Memorias de amor». Al morir ella, también de un cáncer devastador, Savater se ha quedado a la deriva, azotado por la pena más honda y a menudo sintiéndose culpable por no haberla acompañado en ese «amor constante más allá de la muerte» que es todo verdadero amor. Y añade: ahora lo sé, cuando era amado era fuerte y amaba porque era alegre, y la muerte de la persona amada es el fin de la alegría. Una pena observada es el título del libro que C.S.Lewis escribió en un trance parecido, pero el de  Savater no es la historia de una pena, ni una pena observada, sino una historia de amor emocionante, desgarradora a veces y verdadera siempre. Se la cuenta a ella, sólo a ella, por hacerla real, quiero decir, por devolverse a la vida, y deja que nosotros estemos presentes en ese darle vueltas en la cabeza y el corazón una y mil veces sin acabar de comprender tanto naufragio. Lean este libro, esperanzador en medio de todo: si alguien ama así, el mundo está salvado. A los que sufren desamor, les consolará, y los happy few agradecerán que se les recuerde que son tanto más privilegiados cuanto más frágil es ese don de amar y ser amados, el único don que cuenta.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de octubre de 2019]

7 octobre 2019

Elogios, ríos, reyes, gallos

UN obispo español  ha promulgado un edicto para los feligreses de su diócesis: prohíbe en él los elogios fúnebres en los funerales católicos. 

Lo que diferencia al ser humano de los animales la establece, como es bien sabido, la conciencia de la muerte, que el hombre posee y los animales no. Y lo que distingue al hombre civilizado del que no lo es, es su capacidad para honrar a los muertos mediante el elogio. Si a un muerto se le priva del elogio, puede que no le quede nada. Viene siendo así desde Aquiles, que pronunció ante el cadáver de Patroclo elogios memorables, y los de Jorge Manrique a su padre  el caballero don Rodrigo con ocasión de su muerte  («Amigo de sus amigos, / ¡qué señor para criados / y parientes! / ¡Qué enemigo de enemigos! / ¡Qué maestro de esforzados / y valientes!») nos siguen conmoviendo por su  hondura y verdad. ¿Qué razones aduce el señor obispo, pues, para suprimirlos de sus iglesias? Que la mayor parte de quienes hacen uso de la palabra en las exequias no son ni Aquiles ni Manrique, y resuelven el trámite con un sartal de lugares comunes, a menudo alejados de una idea trascendente de la muerte, o sea, que recuerdan y celebran del difunto la vida terrena que tuvo, sin reparar en la eterna, que es precisamente la que da sentido a los obispos, a los responsos y al agua bendita.

Al conocer que en los libros de textos de algunas comunidades autónomas habían suprimido los ríos de España o a los Reyes Católicos, porque en una no había ríos y en otra no había ganas (de relatar los hechos), advertimos que el impulso era parecido al del obispo, suprimir el elogio del agua, que es un río, y el elogio de la Historia (magister vitae), que debería enseñarnos a no repetir los mismos errores. Cuando alguien denuncia a un gallo (y esto sucedió en Francia por las mismas fechas) y trata de que un juez lo sentencie a permanecer callado, busca también que se suprima del mundo el canto del gallo, que es, como también sabemos todos, el mayor elogio que nadie haya hecho jamás de la rosada aurora. Sí, no hay más noble modo de conducirse que elogiando a  los vivos y a los muertos, y prescindir del elogio es dejar el camino expedito a todos aquellos que viven de levantar falsos testimonios de la vida. “Quien admira siempre tiene razón», decía Paul Claudel.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 6 de octubre de 2019]

30 septembre 2019

El principio de Arquímedes

EL gran logro de Arquímedes consistió no sólo en formular una ley física de carácter universal y muy común en la naturaleza, sino en la belleza que se deriva de ella al poder aplicarse de un modo sencillo a los ámbitos del espíritu: “todo cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de fluido desalojado”.  El amor nuevo desplaza al anterior; cada vez que una obra irrumpe en un museo, desaloja otra de igual tamaño,  arrumbando en ocasiones una tendencia estética que dominó la escena largos años, etc.

En Alsasua se celebró el Ospa Eguna o Día de la Expulsión que persigue los pogromos de la Guardia Civil y de la Policía Nacional y sus familias de ese pueblo navarro, de Navarra y del País Vasco, todo ello promovido por colectivos abertxales y en cierto modo alentado desde la fiscalía de Navarra que no vio razones para suspenderlo. La eurodiputada Pagazaurtundúa habló de “humillación y odio a las víctimas”. Podría haber citado a don Quijote, que tan sutilmente distinguió afrenta de ofensa, y habló de quien además de ofender, afrenta. La misma Pagaza conoció no un día sino años de expulsión a raíz del asesinato de su hermano a manos de Eta: tuvo que salir del Euzkadi y fijar su residencia, y la de los suyos, en un rincón incógnito de la provincia de Burgos.

Una de las cosas que más sorprenden al viajero que atraviesa hoy ciertas localidades del País Vasco y Navarra es la profusión de pintadas, visibles, de brocha gorda, violentas, jactanciosas, ocupando no sólo los espacios públicos, sino, a menudo, institucionales, o sea, de todos, de ellos, los victimarios, pero también de sus víctimas, que han de verlas cada día. En la mayor parte de esos grafitis se pide, en vascuence, en castellano y a veces en inglés: “Presos a la calle”. Una pintada es siempre una anomalía, y lo saben: se quiere dar a entender con ellas que en el País Vasco no hay libertad de expresión, y por eso han de recurrir a las paredes. En Alsasua creen también que aplicando el principio de Arquímedes (el desalojo de los guardias civiles), podrán ocupar su lugar los asesinos que cumplen condena en las cárceles, y ello, sin recordar ni expiar ninguno de los crímenes que les llevaron a ellas, o sea, la letra pequeña, esa que no sirve para hacer pintadas.

    [Publicado en el Magzine de La Vanguardia el 29 de septiembre de 2019]

23 septembre 2019

Rafael Juárez

HA muerto Rafael Juárez. Era un ser angélico, en la poesía que escribió y en su vida. Siempre discreto, inteligente, finísimo de humor y hondura. Como sólo sucede con los mejores, la levedad y la gracia en él era una parte de la firmeza. Gracias a él existe La Veleta, donde aparecieron dos de sus libros. Ha muerto y todo alrededor, campos y pájaros que aún no han vuelto al Sur, al conocer la noticia ha empezado a plegarse sobre sí mismo dos, tres, infinitas veces, como una carta... Y la carta no cabe en ningún sobre ni hay franqueo suficiente para ella. Dondequiera estés, amigo Rafa, irá contigo lo mejor de este tiempo, de todo tiempo.

Unamuno: agonía y contradicción

La única virtud que no tuvo don Miguel de Unamuno fue el humor, carecía de él por completo. En un hombre que escribió uno de los ensayos más originales sobre la vida de don Quijote y Sancho puede resultar extraño, pero no: el humor fue cosa de Cervantes más que de don Quijote, y Unamuno creyó siempre más en don Quijote que en Cervantes, al que se pasó la vida (genio y figura) enmendándole la plana. ¿Tenía razón Unamuno? En esto yo creo que no, porque ni don Quijote ni Sancho son concebibles sin la mirada, humanidad y humor de Cervantes. Don Quijote podía no tenerlo, pero Cervantes lo dotó de esa vis cómica muy parecida a la de Buster Keaton, que resulta hilarante apenas asoma su faz equina en la pantalla. Así sucedió con don Quijote y su traza estrambótica: no había rincón del orbe en el que su sola mención o su triste figura no moviera al regocijo de las gentes. 

Quitando esta pequeña tacha, uno sólo ve en Unamuno virtudes literarias y humanas colosales. Nadie en España se le pudo comparar en su época, y eso tratándose del segundo siglo de oro de la literatura española es portentoso. Y en Europa lo mismo, codeándose de igual a igual con los pensadores más influyentes, de Bergson a Croce, de Russell a Husserl. Una novela como Niebla puede que no sea superior a las de Valle-Inclán o Baroja, pero no es inferior a la mejor de cada uno de ellos, y lo mismo diríamos de los poemas de Unamuno en relación a los de Darío, Machado o Juan Ramón Jiménez. Sus libros de viajes están a la altura de los de Azorín y leemos sus ensayos con tanto o mayor provecho que los de Ortega, al que aventajó en la concepción misma de la filosofía como la alianza nietzscheana de pensamiento y poesía (a Ortega diríamos que le estorbaba la poesía cuando filosofaba, o para ser más exactos, que al verse incapaz de alcanzarla, trataba de disimular tal carencia echando mano de esa cursilería suya de altísimo vuelo, «dizque poética», tan característica de su prosa y sin menoscabo de su valor). De sus artículos de periódico, miles y escritos a lo largo de cincuenta años, sólo cabe decir que muchos de ellos fueron el pulmón de España, a través de los cuales lo mejor de este país pudo respirar y mantenerse vivo en épocas negras de su historia, cuando no dormía profundamente en medio de prolongadísimas y peligrosas apneas. Los lectores españoles, y muchos hispanoamericanos, pues los artículos de Unamuno se buscaban en una y otra parte del océano, sabían que el artículo suyo que se encontraban esa mañana en el periódico (y no sólo en un periódico, sino a menudo en varios, pues de todos ellos necesitaba para pensar y pagar la factura del carbón) iba a poner en movimiento dentro en su cabeza lo mejor de sí y a hacerlo a toda máquina: tanto para discutir (casi siempre: con Unamuno lo normal es discutir, lo cual no quiere decir, ni mucho menos, no estar de acuerdo con él, sino completarlo, del mismo modo que creía él que sus observaciones sobre don Quijote o sus disensiones con Cervantes los completaban a uno y otro), tanto para discutir, decía, como para sacar del «hondón de nuestra alma» (expresión suya) lo mejor de nosotros mismos. Sí, no hay nadie a quien la lectura de Unamuno deje indiferente. 

Claro que para ello hay que leerlo. 

Por lo que uno ha ido viendo a lo largo de estos años, con Unamuno se produce un hecho del todo extravagante: gentes que en absoluto lo han leído, o lo han leído en el pasado o muy someramente, tienen de él una idea firme y acorazada. A mí sin embargo me sucede lo contrario. Excepto sus obras de teatro, que no he leído ni visto representar nunca, se precia uno de conocer bastante bien sus poemas, novelas, ensayos y artículos, de estos unos más ligeros y otros menos, así como centenares de cartas y entrevistas, y cada vez que releo algo de él reconozco: «Es mejor, mucho mejor de lo que recordaba». Incluso cuando halla uno en tal o cual pasaje algo en lo que el tiempo le haya quitado la razón o vuelto viejo, siempre me parece que el arranque, el núcleo, el origen de tal o cual idea es de una originalidad y fuerza formidables. Leer a Unamuno es asistir al nacimiento de un hecho y a su desarrollo. 

Dicho de otro modo, a Unamuno o se le coge o de le deja, o gusta en general o produce rechazo, casi siempre de una forma emocional. 

Probablemente no haya en toda la historia de la literatura en español alguien de tal complejidad y a la vez de tal naturalidad. La complejidad la expresó en forma de paradojas. Ya en su tiempo le acusaron de ello, de ser un ser demasiado contradictorio y extravagante y de no saber nunca por dónde iba a salir. Él se justificaba y decía, muy cervantino en eso y luchando contra su temperamento conceptista, que si un pensador no pierde por carta de más, jamás ganará nada. Y eso es lo que hacen las paradojas, forzar la jugada. Se exponía con ello, claro, a ser malinterpretado (como cuando escribió aquel “que inventen ellos”, en el que cifraron algunos el energumenismo o cerrilismo español), o a que lo fusilaran (como el día que profirió otra de sus frases más recordadas, “Venceréis pero no convenceréis”, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, frente Millán Astray, en octubre del año 36, en un gesto de valor que habría merecido tres laureadas de san Fernando). 

Ese amor por los juegos de palabras (él habría dicho por los «jugos» del idioma, aprovechando su apellido materno, Jugo) es de corte barroco y conceptista, pero se daba en él aquello que decía Juan Ramón de que la naturalidad en un temperamento barroco es el barroquismo. Lo vemos en su manera de escribir y pensar, siguiendo el hilo, sin detenerse, dejándose llevar, como aquel que atraviesa un riachuelo saltando de piedra en piedra sobre la corriente. Advertimos, de vez en cuando, que Unamuno apoya mal un argumento o una idea, y mete el pie (no me atrevería a decir la pata) en el agua, pero ese traspiés no le detiene y sigue decidido el camino trazado, hasta llegar a la otra orilla. Porque Unamuno se pasó la vida cruzando ríos, y metiéndose en charcos. Un gran charco fue, por ejemplo, el quedarse prácticamente solo en su lucha contra el dictador Primo de Rivera, que lo desterró a la isla de Fuerteventura, de la que acabó fugándose para iniciar un exilio en Francia que puso fin el advenimiento de la República. Y charcos fueron los sucesivos desencuentros con las autoridades republicanas, primero, y con las franquista luego, durante la guerra. 

La gracia de Unamuno no es que pensara de mil asuntos, pequeños y grandes (ya digo, tenía que escribir mucho porque tenía muchas bocas que alimentar, pero no sólo por esto), sino el que lo hiciera desde lugares siempre insólitos, únicos, presentándonos la realidad como nunca antes hubiéramos imaginado que podría mirarse. 

Todo ello le originó infinitos inconvenientes y disgustos, y se pasó la vida de pendencia en pendencia. Unamuno teorizó mucho lo de la lucha, la agonía, y habló de ella como del motor del ser humano, en particular, y de los pueblos en general, y algunos años antes de la guerra civil pedía una para España, convencido de que sacudiría un poco la modorra nacional y purificaría el ambiente. Luego llegó la de verdad, y quedó tan espantado como todos (empezando por su propia familia y dos hijos luchando cada uno en bandos enfrentados). 

A mí me admira cada vez más el modo en que llevó a cabo su obra monumental, trabajando no sólo de catedrático de griego (no pudo sacar la cátedra de filosofía, que era la que pretendió), sino de rector, escribiendo, como he dicho, a destajo en los periódicos, atendiendo su correspondencia (unas cincuenta mil son las cartas que escribió, algunas extensas como un artículo), atendiendo a su activismo político (que pasó por asistencia a mítines, conferencias, manifiestos, sesiones en al ayuntamiento o en las cortes constituyentes), y llevando adelante toda su ingente obra literaria. 

Y la manifiesta y suprema paradoja: en medio de esa vida atropellada, ruidosa, épica, trágica en algunos tramos de ella, logró llevar dentro de sí un rincón silencioso, a resguardo de todo, donde lograba aislarse y escribir su poesía, eminentemente lírica, y a la que él daba la mayor importancia. Cuando repasamos su Diario poético, escrito en los últimos diez años de su vida, más de mil setecientas composiciones fechadas, nos maravilla comprobar la portentosa fuerza de ese caudal. No sé, como estar asomado a la boca de un volcán que mana sin destruirnos una lava benéfica. 

A esa facilidad y a su capacidad de trabajo, incluso a la naturalidad con la que se mostraba su enorme talento, se las tuvo, como no podía ser menos en España, por un inconveniente o una limitación y no una virtud fuera de lo común. Si a Baroja se le comparaba con Valle Inclán, o a Machado con Juan Ramón, por ejemplo, para mostrar nuestra preferencia por uno o por otro, a Unamuno no suele comparársele con nadie, sólo con él mismo y en detrimento de sí, como si de todos estos Unamuno (el poeta, el novelista, el articulista, el ensayista, el político, el profesor) sólo pudiéramos quedarnos con uno en detrimento de otro. Eso explica el consenso general al que se ha llegado, que tienen en cuenta al Unamuno pensador sobre todos los demás, como si no hubiera pensamiento en sus poemas o novelas, y, desde luego, perdonándole un poco la vida. Es verdad que Unamuno, «metiéndose» con todo lo humano y lo divino, y sobre todo con tantos humanos que van de divinos, dio pie a que se metieran con él y con su obra, tomando del personaje lo único que está al alcance de los más tontos, que es la impertinencia. Y todo en vez de admitir de una vez por todas que tenemos en Unamuno a cinco o seis escritores de primer orden, capaz él de constituir por sí solo todo un siglo de oro. Contra lo que se ha creído, Unamuno no era un hombre que tuviera de sí más alto concepto del que le correspondía. También él, como don Quijote, pudo haber dicho: «Yo sé quien soy». «El genio es el que llega a ser voz de un pueblo: el genio es un pueblo individualizado», escribió, y desde luego que no pensaba en él, porque no le hacía falta. Pero yo sí, y para mí Unamuno es lo mejor de ese pueblo, sea pueblo lo que cada cual quiera entender. 

* * * 
AFORISMOS 

EL mundo entero es un Bilbao más grande. 

¿QUÉ me importan “mis ideas”. No hay ideas “mías” ni “tuyas”, ni de “aquél”; son de todos y de nadie. La originalidad de cada cual estriba en vaciar su alma; en el soplo que anima su obra. Nadie se apropia de nadie y todo lo sabemos entre todos. 

OBRA de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir (…), y si [como decía Sénancour en aquella inmensa monodia de su Obermann] es la nada lo que nos está reservado, hagamos que morir sea una injusticia. 

HAY que ser rígido y antipático hasta los sesenta años; después lo contrario. 

LA libertad es un bien común, y cuando no participen todos de ella, no serán libres los que se crean tales. 

DENTRO de la carne está el hueso y dentro del hueso, el tuétano, pero la novela humana no tiene tuétano, carece de argumento. Todo son las cajitas, los ensueños. Y lo verdaderamente novelesco es cómo se hace una novela. 

HASTA cuando la mujer tiene menos inteligencia, tiene más sentido común que el hombre. 

LOS seres empiezan a vivir de veras cuando quieren ser otros de los que son, y seguir, al mismo tiempo, siendo los mismos. 

LA última y definitiva justicia es el perdón. 

ES evidente que los placeres más exquisitos son los más baratos. 

PERO ¿para qué viajan la mayoría de los que viajan? ¿Hay algo más azarante, más molesto, más prosaico que el turista? El enemigo de quien viaja por pasión, por alegría o por tristeza, para recordar o para olvidar, es el que viaja por vanidad o por moda: es ese horrible e insoportable turista que se fija en el empedrado de las calles, en las mayores o menores comodidades del hotel y en la comida de este. Porque hay quien viaja, horroriza el tener que decirlo, para gustar distintas cocinas. Y otros para correr teatros, cafés, casinos, salas de espectáculos, que son en todas partes lo mismo, y en todas igualmente infectos y horrendos. Y hay quien viaja por topofobia, para huir de cada lugar, no buscando aquel a que va, sino escapándose de aquel de donde parte. 

LA falta de sencillez lo estropea todo. 

LA verdad antes que la paz! 

VIVIR es solamente, vida mía, 
saber que se ha vivido. 
(De un poema) 

HAN vuelto los vencejos 
(las cosas naturales vuelven siempre); 
las hojas a los árboles, 
a las cumbres las nieves… 
(De un poema) 

[Publicado en El Mundo el 22 de septiembre de 2017] 

16 septembre 2019

Lapidaciones de salón

A estas alturas casi ni nos maravilla saber que llevamos en el bolsillo la Enciclopedia Británica y el Cuarto Poder al completo, decenas, cientos de doctos libros y miles de periódicos recién actualizados, todo ello junto a las llaves de casa o unas monedas. Ha llegado a parecernos tan natural nuestro teléfono móvil como que la humilde bombilla nos dé su rúbrica incandescente, prodigio equiparable, en cuanto el sol se pone.

Los veranos son propicios a estos dos hechos: las noticias de verano y las especulaciones.  Las noticias de verano están en proporción inversa a la plantilla de los periódicos, a menor número de redactores en ellos más noticias de verano y a mayor tiempo sin hacer nada, más curiosidad ociosa o morbosa entre los lectores. Las especulaciones, incluso las de maduración rápida, precisan de esta enzima: el creernos superiores y mejores a los demás y, por tanto, con derecho a juzgarles. Cuando hace dos veranos se habló de la madre que retuvo a sus hijos contra la decisión de un juez, hasta el presidente de gobierno, tan poltrón para todo lo demás,  se apresuró a sumarse al «clamor popular»: «Juana somos todos». Apenas se supo que una mujer había denunciado a un célebre tenor por algo ocurrido hace cuarenta años, faltaron minutos para que se oyeran silbar en el aire las primeras piedras lanzadas contra él, y dos teatros de Estados Unidos, de donde partió la denuncia, fulminaron de su programación al acusado. ¿Pasado el verano habrá juicio, la denunciante retirará la demanda en cuanto cobre por «daños y perjuicios» y reflote su hibernado honor?

Por los mismos días, se publicó la entrevista de quien fue “carismático alcalde de Jerez”. Acaba de salir de la cárcel, cuatro años, asegura, por un “un contrato irregular por el que podrían ir a prisión cuatrocientos alcaldes, sin hablar de todos esos políticos que habiendo robado millones están en libertad». El tenor llegó incluso a balbucir: Hace cuarenta años estas cosas se juzgaban de otro modo. No se refería, claro, sólo a él,  sino también a ellas, a ese «hombres que ofrecen poder a cambio de sexo, mujeres que ofrecen sexo a cambio de poder». Esta ha sido una de las noticias del verano en la misma medida que ha sido también la excusa para todos los amantes de las lapidaciones, en disfrute de su ocio veraniego. Lapidaciones de salón, por supuesto, tan letales como las otras, claro.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de septiembre de 2019] 

9 septembre 2019

El mal

EL estar escribiendo un libro sobre Madrid le ha llevado a uno a leer otros muchos sobre esta ciudad que consideramos propia todos aquellos que vivimos en ella. De Madrid no es nadie y lo es cualquiera, todo el que pretenda serlo, nada ni nadie se lo va a impedir, y esto es acaso lo mejor que puede decirse de cualquier lugar. Alguien se preguntaba hace poco cómo se llamaba a los que habían ido al país Vasco a trabajar desde otras provincias españolas: maquetos. ¿Y en Cataluña? Charnegos. ¿Y en Madrid?... Madrileños.

Y bien, lo que he visto en esos libros es que aquellos en los que se dicen cosas agradables, nos caen mejor que los que se dedican a descubrir bubas y lacras. Pero lo cierto es que no hay uno solo que no cite la frase de las memorias íntimas de Alcalá Galiano, por lo demás fascinantes: «Era Madrid un pueblo feísimo [a comienzos del XIX], con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío». O sea, Larra mejor que Galdós. La sátira, sin embargo, está bien para un rato, pero caduca antes que la empatía. No es  extraño que la modernidad se iniciara con un libro que se tituló Las flores del mal. La pregunta es: ¿El mal da flores? Si creyéramos a José María Pemán, sí: no se le ocurrió otro modo de refutar a Baudelaire que un largo poema de título sonrojante: Las flores del bien

La mayor parte de la gente se relaciona, o procuramos hacerlo, con buenas personas. Y sin embargo, en la ficción (novelas, películas, seriales) no hace uno otra cosa que seguir las peripecias de mafiosos, criminales, estafadores, gentes que engañan a sus semejantes, que maltratan a los más débiles y que no tienen escrúpulos. Más aún que la frase de Alcalá Galiano se ha citado la de Tolstoi, uno de los escritores con más fe en la redención: “Todas las familias felices se parecen, sólo las desdichadas lo son cada una a su manera”. No sé. Todas las familias felices son al mismo tiempo desdichadas, y al revés, y no hay nadie a poco cabal que sea, que no trabaje para que la suya sea de las aburridas, quiero decir de las felices. Puede que a la modernidad sólo le interese el mal como tema, intriga y ajetreo, y es evidente que los barrios sórdidos y la noche dan mejor en el cine, pero todos queremos que por la mañana se hayan llevado la basura, dejando al arte lo que no deseamos para la vida.
  
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia 8 de septienbre de 2019]

1 septembre 2019

Doscientos cincuenta

HA dicho Arnaldo Otegui: «Hay doscientos cincuenta presos de Eta y habrá doscientos cincuenta recibimientos». Se refería a los homenajes a los presos que van saliendo de la cárcel, a veces tras largas condenas por crímenes horribles. Muchos de esos recibimientos los acompañan de antorchas al más puro estilo Leni Riefenstahl. El dirigente justificó estas algazaras   pirotécnicas: «No estamos dispuestos a que nos digan a quién podemos recibir ni a quién podemos abrazar». 

El debate del siglo XIX sobre las penas carcelarias  no ha cesado. Su cumplimiento persigue no tanto el arrepentimiento del reo (al fin y al cabo quién puede saber lo que lleva en su cabeza un asesino, y más aún descerebrado), sino su reinserción social, esta mucho más fácil de comprobar conforme a las leyes que nos rigen a todos. Es sabido que la mayor parte de los presos de Eta no se han arrepentido de ninguno de los asesinatos que cometieron, al contrario, y que tampoco necesitan reinsertarse porque no vuelven al mundo de la ley, sino a la misma comunidad de doscientas mil personas que los alentaron para que los cometieran. Por eso regresan como héroes y no como villanos. El propio Otegui lo expuso con su proverbial  jovialidad: «Lo siento si hemos generado más dolor a las víctimas del que teníamos derecho a hacer». O sea, volverán a causarlo, si está en su mano y se dan las circunstancias. 

Al acceder al gobierno de Navarra, la socialista María Chivite, estokolmizada al fin por el mundo abertxale, susurró: «Eta ha dejado de matar ya hace ocho años». No es exactamente así. Cada vez que un preso es recibido con honores, resuena de nuevo el tiro o el estallido de la bomba y el dolor que causó se recrudece.  Pero tienen derecho a causarlo, nos dicen. El 83% de los militantes socialistas navarros han dado la razón a Chivite, doscientos mil aborígenes en el País Vasco se la dan a Otegui y quedan trescientos asesinatos sin esclarecer, o sea, sin “celebrar”. Eso es todo. ¿Qué hacer?  Acaso sólo recordar a JRJ. Le pidió su mujer que fuera a saludar a Serrano Poncela, a la sazón su jefe en la universidad de Puerto Rico y relacionado con las matanzas de Paracuellos en la guerra civil. El poeta fue tajante: «No he llegado hasta aquí para acabar dándole la mano a un asesino». Y era sólo la mano. De ir a cenar, ni siquiera hablamos.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de septiembre de 2019]