SE publica hoy en El País Semanal, dentro de la sección Amos y mascotas una cosa que le hicieron a uno en relación con sus animales. Me niego a llamarlos mascotas, precisamente porque son de la familia. Han colgado también este vídeo. Aquí va, completa, la entrevista de la que Carolina Pinedo extractó algunas frases, acompañadas por las fotos de Nani Gutiérrez:
Tu edad y lugar de nacimiento:
Nací en una casa de labranza, en medio del campo, cerca de Manzaneda de Torío, en León, el 10 de junio de 1953.
-¿Cuántos animales tienes? Sus razas, nombres y edad.
Dos mastinas: Rita (nueve años) y Quijana (uno y medio); y dos gatos y media (la población de gatos es flotante, dependiendo de las mastinas); los gatos, machos, dos años, Benito y Pantone o Rubio; la gata está acogida, aparece y desaparece; se la llama y no acude, la decimos la Gata Negra.
-¿Cómo llegaron a tu casa? Adopción, compra, regalo, casualidad…
Las mastinas por un regalo; Quijana de uno de los mejores criadores de mastines de León. Los gatos acudieron a mi mujer y a mí un día en medio del campo, uno detrás de otro, seis, con dos o tres meses; los cuatro restantes acabaron sus días en combates desiguales con Rita.
-Rasgos y peculiaridades que destacarías de ellos.
Rita: se fuma un puro (literalmente; desde pequeña tiene la costumbre de llevar un palo grueso en la boca; por ello la llamamos también Sarrita Montiel). A Quijana quizá habría que llevarla a un psicólogo, es buena y leal, pero reservada, y no hace nada sin mirar antes a su compañera, que no quiere compartir con ella el afecto de la familia. O sea, que Rita también necesita terapia.
-¿Qué aportan en tu vida o qué te enseñan?
Nos dan compañía y guarda. Y enseñan a no quejarte mucho: en el fondo es una faena haber nacido perro, te pongas como te pongas.
-¿Alguna anécdota con ellos?
Otra mastina que acaba de morírsenos, Tuna, era fuguista. La llamábamos Houdini. No se le resistía tranca, pestillo, cerrojo. Menos candados, lo abría todo. Tenía la fantasía de fugarse una o dos horas, campo a través. Las otras la imitaban. Siempre volvían. Estas, por suerte, no son tan listas. Sin la inductora, ya no se escapan. Son conformistas.
-¿Qué crees que es lo más difícil de tener animales?
En el campo es sencillo: hacen su vida, y a echarles de comer, desparasitarles a su tiempo y ponerles las vacunas no se le puede decir trabajo.
-Eres un hombre que conoce el entorno rural, ¿Consideras que los animales son más felices en el campo? ¿En la una ciudad convivirías con animales, como perros y gatos?
El concepto “felicidad” me parece excesivo para un animal, pero sí, en el campo están acaso más a su aire, aunque en Madrid tuvimos unos meses una mastina, hasta que fue adulta, y siete años un gato. No obstante, todo es relativo. Que se lo pregunten a los gatos que periódicamente mata Rita. En un piso habrían sobrevivido. Quijana, sin Rita, quizá estuviese más a gusto. Cada uno de nosotros tiene lo suyo.
-¿Cómo definirías tu relación con los animales?
De compañeros de fatigas: juntos pero no mezclados.
-¿Te han influido o inspirado de alguna manera los animales con los que has convivido en tu obra?
Supongo. Cuando mueren, sobre todo algunos de ellos, pasas unos días malos, pensando en la muerte y en esas cosas que pensamos todos. Pensamientos negros que pones en el vacío que dejan ellos.
-¿Cómo compaginas tus viajes a Madrid con el cuidado de tus animales?
Durante treinta años los asistió un hombre, Manuel. Los entendía bien. Él mismo los tenía a docenas. Ahora los asiste una mujer. Cuando estamos nosotros, me encargo yo de todo, o los de casa. A mi mujer le encanta regalarles con las sobras de las comidas caseras, para variarles el pienso. En el campo la gente entiende a los animales sin muchas tonterías. En el campo se tiene con ellos una sentimentalidad un poco áspera, quizá, pero de ley.
-¿Tu proyecto profesional actual?
Parecido al de los perros: ir tirando.
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28 janvier 2018
24 février 2017
La Plaza del Grano
COMO acaso sepas, las autoridades de León tienen el propósito de acabar con el rincón más hermoso de esa ciudad, la Plaza del Grano. Desde hace años una plataforma cívica trata de detener los planes placicidas de los municipales. Ayer, convocada por esa plataforma, se celebró una manifestación en la que participaron miles de vecinos. Los convocantes le pidieron a uno unas palabras que les acompañaran en esa jornada. Estas son:
Ninguna causa
me es más grata que esta de intentar salvar la Plaza del Grano de un mal
entendido Progreso, y ninguna, hoy por hoy, más justa.
La Plaza del
Grano es lo que es y ha llegado a nosotros en su estado original (más o menos)
gracias a que no había despertado hasta ahora el interés de los especuladores y
la autoridad municipal, que tantas veces han ido de la mano en la destrucción
de nuestro patrimonio histórico, material e inmaterial.
Tenemos
derecho a recordar, y queremos recordar esa plaza como lo mejor de un tiempo en
que la palabra "pueblo" tenía un significado noble que quieren
avasallar hoy en nombre de esa otra palabra dudosa, "el público".
Vivimos hoy en esta plaza una lucha entre público y pueblo.
Todo lo que no sea conservar cada una de las hierbas que crecen en las
llagas de los cantos rodados de la plaza, será un atentado gravísimo. Acabad
con esas hierbas humildes, corregid y nivelad el firme, moved de sitio una sola
de sus piedras, y habréis acabado con el carácter del rincón más sereno y
poético de la ciudad. Acabad con esa plaza y esa será para muchos que la
conocieron una tristeza tan viva, que preferirán no volver a poner los pies en
ella nunca más. Será mi caso y tal vez el de muchos más. Si eso llegara a
suceder, tras esta ejemplar campaña de los quijotescos activistas contra los
molinos de la administración y el lucro, sería una burla y quedaríamos a un
tiempo, como decía don Quijote, ofendidos y afrentados.
10 janvier 2013
El campito
DESDE el tren, en medio de un paisaje de fragas y tierras sin cultivo, asilvestradas, una vereda blanca. Es un camino de herradura que sube y baja dando vueltas y revueltas entre colinas de poca monta. Quedan en él algunos charcos, de las lluvias recientes. Serpea solitario hasta desembocar allá a lo lejos en un confín de estos confines apenas visible, un campito, labrado con esmero y sin una mala hierba. Nos decimos: alguien piensa aún en ese pequeño campo, alguien cada cierto tiempo recorre una larga distancia para ararlo y mantenerlo limpio. ¿Qué sembrará en él? Es labor de secano y el terreno parece pobre, pedregoso. ¿Qué nacerá en terreno tan áspero? El trabajo de ese hombre nos conmueve. ¿Podría ser una mujer quien lo ara, acaso una mujer que lo ara porque su marido ya no puede hacerlo? Cabría. La idea hace que sintamos el deseo de conocer a una labradora así. Sigue el tren su marcha y no podemos retener mucho tiempo nuestras propias ensoñaciones. Se pierde a lo lejos el campito, como un pañuelo que nos dijera adiós. Pero antes nos ha llenado de fe en el ser humano. Cuando ya lo hemos perdido de vista, y cruza el tren otros montes y otras tierras, seguimos pensando en él. Decimos: quien lo ha labrado, lo ha labrado para nosotros, viajeros, sabiendo que lo veríamos desde el tren, para sostenernos en nuestra propia tarea misteriosa.
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| Puertollano. 29 de febrero de 2012 |
4 septembre 2011
Alto potaje y otras cosas sueltas de domingo
"CREO recordar que en tu último diario hablabas de las erratas. "Pulgas", decías. Ayer tuve que escribir un correo a una señora muy rica y muy mirada de Venezuela. Al despedirme en vez de "Un saludo cordial" colé "Un salido cordial". Cuando me percaté era tarde".
En ese caso, quizá hubiese sido preferible el "abraso" del que se hablaba aquí el otro día.
En ese caso, quizá hubiese sido preferible el "abraso" del que se hablaba aquí el otro día.
* * *
LE vio tentar los higos en la higuera, antes de arrancar los que estaban en sazón, y se le vino a los labios una copla de sus años mozos:
No te enamores, galán,
de moza que sirva a un amo,
que lleva más atentones
que una breva en el verano.
Y no fue tanto que en esta letrilla licenciosa viniesen declarados tantos matices tácitos de la historia de las relaciones entre amos y criados, y que tanto juego dieron a las óperas bufas del siglo XVIII, sino lo que nuestro amigo, sabiendo la afición que uno le tiene a apuntar y publicar según qué cosas, añadiera, riéndose, que no fuese a decir que había sido él quien me la había apuntado, acaso por creer que tampoco le sentaba bien a sus años acordarse de según qué cosas.* * *
ASEGURA en su página semanal haber leído, estar leyendo o ir a leer diez o quince libros nuevos cada semana, algunos de quinientas o seiscientas páginas. Ha hecho uno el cálculo: unos seiscientos libros al año, dos al día. Lleva con esa página en el periódico unos diez años, por tanto, habrá leído seis mil nuevos libros, haciendo la media.
Lo raro no es que uno no haya leído nunca ninguno de los libros que ese hombre asegura devorar a la semana, o que no le hayan echado del periódico por embustero (aunque si se demostrara que dice verdad, el director tendría que echarlo del periódico con mayor razón), sino que pueda nadie creer que a eso haya de llamársele lectura y no ingesta. Claro que algo de ese atragantamiento se transmite en sus gacetillas, alto potaje de marujeo literario.
27 août 2011
Nuevo Libro de Yerbas (y 3)
Nos dice de ellas si son dehesas de pasto o de labor, montaneras, boyales. Ha ido a buscar las fuentes, los manantiales y pozos y nos habla de su caudal, si es abundante o escaso, si corren las aguas todo el año o si se secan en verano. Sabe que una casa sin agua es inhóspita, y por eso es puntilloso en averiguar si la tiene, si es buena y copiosa, si están bien o mal surtidas de ella las propiedades, si el acceso a ella es fácil o no. Nos señala igualmente las casas, tinados, cuadras, trojes, corrales, pajares, zahúrdas que hay en esas fincas, así como de las majadas, palomares, gallineros y paveras. De las casas nos informa de las habitaciones que tiene cada una y su importancia. De sus dueños nos dice nombre y apellido, y título, si lo tienen, si son propietarios, condóminos, renteros, pegujaleros. Nos dice, claro, su extensión en hectáreas o fanegas de la región, y sus lindes al norte, a mediodía, a poniente y al sur. Y los caminos, los ríos, las ermitas, si las hay. Nada se escapa a su curiosidad, porque su autor piensa en nosotros, en nuestra curiosidad. La vida, sabe, es afán de saber; la literatura afán de contarlo.
Y claro, los nombres, siempre fascinantes. Los de las fincas tienen su aquel, todos nos gustan, unos por la intriga que llevan dentro, como el Alcoz de Juan Robles, que contaba con un polvorín arruinado, o Reyerta, tinto en sangre: otros por su simplicidad: Aguas Vivas o Garabato; otros por su sonoridad, como las Suertes del Desposado, o por su lirismo, Rosal, Palacio de la Golondrina, Gavilanes.
Quienes escriben una novela saben lo difícil que es hallar nombres convincentes. La realidad siempre supera la ficción. ¿Podría ningún escritor idear nombre mejor que Puerto Urraco para el drama que iba a tener lugar en ese lugar egregio de la España negra? ¿Alguien, de no ser Galdós, se habría atrevido a emprender la novela de doña Luisa Pérez de Guzmán el Bueno, duquesa de Valencia, dueña del Heredamiento de Santiago de Vencaliz?
Vamos leyendo sus páginas sin importarnos la monotonía de sus recuentos.
Aunque no conozcamos a ninguno de sus propietarios percibimos de inmediato los afanes, las disputas hereditarias, sus alianzas matrimoniales. Y hay algo opiáceo en esos nombres también: Montenegros, Mogollones, Higueros, Chaves, Mayoralgos, Carvajales, la Vizcondesa de Tapia, la Duquesa de Hernán Núñez, la Condesa de los Corios, el Marqués de Oquendo...
Tampoco nos resulta difícil imaginar la mísera vida de los que cultivaron esas tierras. No se les cita, desde luego, pero están cada vez que aquí aparece la palabra labor… Fueron la sal de esas tierras, quedaron regadas con su sudor. Unos y otros, señores, propietarios y criados han muerto. Lo percibimos como cuando paseamos entre las lápidas de un cementerio. Nos decimos, esos nombres, esos apellidos, ya no contienen nada, son vainas secas y hueras. Algunas o muchas de esas propiedades habrán desaparecido, se habrán convertido en otra cosa. Muchas de ellas, si sus dueños resucitaran, las hallarían irreconocibles, como se irreconocerían a ellos mismos. Y sin embargo, aquí, en El Libro de Yerbas, están como entonces, tal y como las vio aquel don Alfredo Villegas, autor de esta empresa colosal. Algunos, apuntará su prologuista, dirán que es anacrónica. ¿Lo fue? Nada tan actual como este libro. Nos ha traído la vida de hace un siglo, y eso sólo lo logran las grandes obras de arte, las grandes novelas y poemas. A su modo esto es este Nuevo Libro de Yerbas.
Nada más. El libro se vendió al precio considerable de 15 pesetas en la papelería de El Noticiero, en la calle de Alfonso XIII, y en la casa del autor, el Palacio de las Veletas, en el más hermoso, recoleto y sosegado rincón de la ciudad.
26 août 2011
Correspondencia
¿Nos disculpará que sean unas líneas de su carta, aun entresacadas, las que sirvan de entrada? ¿Nos disculpará si le decimos que nos hubiese sido difícil encontrar hoy nada cerca de nosotros, tan… cercano?
No rompemos nada publicándolas ni las rompemos. La intimidad es transparente, y pasa a través de las cosas, como la luz, sin mancharlas. Contra lo que se cree, toda intimidad es luminosa y nadie ve tanto del mundo como quien cierra tras de sí la puerta de sí mismo.
“Hoy he dejado los campos y los ganados para acercarme a un cíber y ver cómo va el mundo. He leído todo lo que he podido y me lo he pasado bien, hay un montón de cosas muy bonitas, de verdad, que no me importa no leerlas en papel normal. El resto del mundo lo dejo para otra ocasión.
(…)
“El verano, dentro de lo que cabe, se está portando. La enfermedad de mi madre avanza, pero curiosamente está siendo más llevadera (para nosotros, y también me hago a la idea de que ella sufre menos).
“Antes en verano tenía mi puestecico, que era darles de comer a las vacas, que es una tarea muy agradecida. Pero este año se han comprado un tremendo carro alimentador que me ha dejado vacante. Ya ves que no paro de dar pasos atrás en la vida: se ve que no hay que subir muy alto para caer.
(…)
“De las cosechas del campo: el maíz pinta bien y la cosecha de patatas, que empezaremos a recoger mañana, parece que va a ser buena.
“Por cierto, precioso lo del Libro de Yerbas.
“Espero que las cosas vayan bien y especialmente para M.
“Un abrazo, N.”
Querida N.:
Aquí van bien las cosas…
(El resto de la carta te llegará en un correo aparte, como suele llegar el otoño también).
25 août 2011
Nuevo Libro de Yerbas (2)
El ejemplar perteneció, en efecto, a un tal Martín Paredes, de Alange. Quien escribió ese nombre en la cubierta del libro no fue él. No es esa su letra. La suya, florida, figura en una cuartilla con membrete de imprenta en la que se declara eso mismo, “Martín Paredes. Alange. Teléfono 5”. Acaso fuese un abogado. Tal vez administrador. De su puño y letra hace constar que Doña Isabel Freire de Andrada, vecina de Lisboa, tenía en una de las fincas que figura en el Libro, “Encinilla”, una participación de 333 maravedíes. Alguien en Alange nos daría más noticias, si las buscáramos. No las vamos a buscar. Sobran a este libro noticias de todas clases.
Nosotros, como el prologuista, don Daniel Borjano, tratamos de encontrar ideas generales, más que noticias particulares o de particulares.
Ha querido ser exhaustivo don Daniel Borjano, ilustre registrador de la propiedad, y en su prólogo no deja fuero sin citar ni principio del derecho romano sin lucimiento. No ve tampoco contradicción alguna entre ricos y pobres; todos, con un poco de buena voluntad, podrían llevarse bien. Lo dice bien alto y claro en el “Corolario”, con el que ha querido cerrar su prólogo: “Es un hecho triste, que exige pronto remedio en bien común, el de que, teniendo Extremadura harta tierra por laborear, nuestros labriegos emigren a bandadas en busca de suelos, ya que no más fértiles, más susceptibles de ser adquiridos y explotados”.
A don Daniel Borjano le duele la incuria de un campo en mano de absentistas. ¿No está hablando Joaquín Costa por él?: “Non omne quod licet honestus est (no todo lo que es lícito es honrado). La enfiteusis y aparcería en sus variadas formas (…) serían lazos que anudaran la armonía y convivencia de pobres y ricos; así como el cultivo por los dueños y la supresión del absentismo, que padecen las ciudades y villas provincianas desde el comienzo del siglo XVII, practicando con el ejemplo y educando y dirigiendo a sus clientes, cuyas necesidades verían y sentirían de cerca y completaría la hermosa obra del retorno a los campos, que ha de ser la redentora de nuestra anémica patria”.
Pero basta una lectura atenta de este Nuevo Libro de Yerbas, para advertir de dónde proviene la anemia: mucha tierra en pocas bocas. Los apellidos se reiteran en todas las propiedades y un puñado de gentes y títulos se han repartido la provincia. Bastaría presentar este libro en el Registro de la Revolución, para que fuese bendecida una de inmediato para Cáceres y comarca.
23 août 2011
Nuevo Libro de Yerbas (1)
Su prologuista, Don Daniel Bejarano, del Ilustre Colegio y Registrador de la Propiedad de Cáceres, nos dice de este libro que “será quizá calificado de verdadero anacronismo”.
¿No lo es consignar en un libro de apretada tipografía, y sin salirse de los contornos de la ciudad de Cáceres, todas y cada una de las huertas, huertos, molínos y alcáceres, en primer término; de las haceras o tierras de labor, en segundo, y de las dehesas y montes en tercero y último, así como el nombre que reciben todos ellos, el lugar en el que se encuentran y sus lindes, los cultivos, casas y edificaciones que contienen y, claro, el nombre de sus propietarios y el monto al que ascienden sus rentas puestas al día en el año de 1909, en el que se ha hecho público este trabajo ímprobo, este cabaleo penoso?
¿Lo fue realmente para su autor? Se diría, al contrario, que disfrutó reuniendo en un libro un universo a un tiempo tan doméstico y tan vasto
Pues tanto o más que el reír, humano es el grave propósito de los recuentos, la inclinación a levantar testimonio notarial de ellos. ¿Habrá algo más serio que un notario? Lo fue Noé (Gn., 7, 1) llevando escrupuloso asiento de todos y cada uno de los animales, puros e impuros, que registró en su arca, y después de él todos los demás, Homero, contando las naves (II., 2. 495-759), Melville repasando las ballenas o Proust, fascinado por la toponimia de los pequeños pueblos . En todos estos autores advertimos la fascinación por concentrar en un solo punto la vastedad de las especies, el numeroso firmamento o las simas de la memoria, una puerta secreta que nos comunica en realidad con el paraíso, aquel lugar en el que el todo no excede a ninguna de las partes y en el que cada parte es un todo inabarcable.
Nos imaginamos a su autor, Don Alfredo Villegas, reuniendo en torno a sí ese universo rural en el que todo gira con lentitud y regularmente, como giran los astros.
Ha titulado su libro Nuevo Libro de Yerbas de Cáceres. Son libros de yerbas todos aquellos en los que se consignan las propiedades rústicas. Nunca algo tan prosaico tuvo un nombre tan lírico, tan poético. Y añade, a modo de subtítulo o epígrafe: “O sea, descripción de todas las dehesas sitas en su término, con expresión detallada de sus dueños y la participación que a cada uno le corresponde, con otros datos útiles a propietarios, ganaderos y labradores”.
¿Qué le ha llevado a acometer esa tarea colosal? Como el Villaamil galdosiano, ha pensado sin duda en los beneficios que una ordenación de esta naturaleza podrá reportar a la nación. Los males de la patria española están relacionados con su espíritu caótico, anárquico. En el orden hay prosperidad, pensaría; acaso: en el orden hay belleza, en la belleza, verdad.
La suya es la de los hechos. Va a consignarlos. Lo hace de una manera modesta, en la portada. No es vanidoso. No ha querido que su nombre figure en la cubierta. Lo importante son las yerbas, no el administrador de la Excelentísima señora duquesa de Fernán-Núñez, el cargo que ostenta.
Y a la señora duquesa dedica su libro, “en prueba de gratitud”.
La gratitud es tanta que don Alfredo Villegas no deja pasar la ocasión, y ya en esa tercera página proclama su fe en la enumeración: “A la excelentísima señora Doña María del Pilar Loreto Osorio y Gutiérrez de los Ríos, Duquesa de Fernán Núñez, del Arco y de Aremberg; Princesa de Barbanzón y del Sacro Romano Imperio; Marquesa de la Alameda, de Miranda de Auta, de Castelnovo, de Pons y Plandogau, de Villatorcas, de Nules y de Quirra; Condesa de Cervellón, de Elda, de Anna, de Pezuela de las Torres, de Barajas, de las Hachas, de Molina de Herrera, de Saldueña, de Frigiliana, de Egremón, de Puertollano y de Montehermoso; Vizcondesa de la Torre de Abencález y de Dave; Baronesa de Azuévar, Soneja, Serra, Masalábez, Mosquera, Prada, Paranchet, Ronchines, Anef, Armell y Ría; Grande de España de Primera Clase, etc., etc., etc.”
Tal vez ningún título nobiliario ni ningún amor mayor que el que se insinúan en esos tres candorosos etcéteras, exhaustos pero señeros, con los que el solícito administrador abrocha su dedicatoria, antes de dar entrada a la gran novela que nos espera en este libro (Continuará).
19 août 2011
Reclamos
VIO a lo lejos, en el alfoz del pueblo, la casita donde el carpintero tenía su taller. La suya en medio de otras, cinco o seis en ringlero, blancas, de una planta, todas humildes, separadas del pueblo por la carretera, un estanque donde nadaban unos patos sucios y una pradera cuyos yerbajos pastaban media docena de mulos y una cabra, atada a un largo cordel. El dueño de esas bestias, un merchán, y su extensa familia vivían allí como los bereberes, sin que nadie pudiera distinguir entre los chicos quién era hijo, quién era nieto ni de quién. Estas criaturas, medio desnudas, se entretenían en correr delante de la casa detrás de los patos, detrás de las gallinas, detrás de los gatos y de los perros. En cuanto al lugar, estaba tan apartado de todo, que de esos alborotos no lograba pasar la carretera ni un solo ruido. Se les veía a lo lejos, a humanos y animales, sin sonido, tras el estanque y los prados, como una fotografía muerta del siglo XIX.
El carpintero trabajaba en aquella casa, pero no vivía allí por ser a todas luces inapropiada conforme a la idea que tenía del decoro.
En las paredes encaladas de su carpintería se había ido posando el polvo fino de la madera, y que un polvo tan fino se quedara en la pared, sin caerse, daba al lugar un aire venerable, vetusto y tranquilo.
En una de esas paredes blancas, al lado de una sierra arcaica en forma de hache unida en su base por la lama dentada y en su cabeza por una cuerda, había seis clavos alineados y de cada clavo, a una altura considerable, colgadas, seis jaulas de perdiz. En todas ellas había siempre un macho. Si alguno se le moría era pronto sustituido por otro. Todo antes que desperdiciar una jaula.
Pensó muchas veces que de haber visto Rilke una de estas perdices, habría dejado de lado la pantera enjaulada del Jardín de las Plantas de París, conmovido por el trágico destino de un pájaro tan hermoso, y le habría dedicado su poema a él.
Tenían aquellas jaulas de perdiz, como todas, la forma de la punta de un obús y sus barrotes, de alambre, les venían tan justos a los pájaros, que estos apenas tenían espacio para girar sobre sí mismos. La mayor parte del tiempo sus picos repasaban los barrotes de su prisión, de los que arrancaban, como a un arpa, una monótona y desesperada canción que no cesaba ni un minuto, desde el amanecer a la noche. Era evidente que se habían vuelto locos.
Al pasar por allí, columbró, como tantas veces, aquellas casitas alineadas. De lejos le pareció abierta la puerta de la carpintería, nada extraño, porque aunque su amigo se había jubilado hacía años, seguía guardando allí sus reclamos de perdiz.
Cuando llegó no sólo encontró cerrada esa casa, sino todas las demás. De los contornos habían desaparecido las bestias, en el estanque tampoco había patos. Los pastos ralos y salitrosos de aquella pradera crecían sin provecho.
Se acercó a la carpintería y miró por el cristal de una ventana. A pesar de que también sobre él se había apelmazado el fino y rubio polvo de la madera, pudo ver las jaulas en una habitación de la que habían desaparecido herramientas, máquinas, tablones. Las jaulas seguían clavadas en la pared, pero vacías.
Se acordó de los tiempos en los que iba a visitar a su amigo. Le veía trabajar en silencio bajo la mirada desorbitada de las perdices locas. El mismo parecía igualmente enjaulado en aquel pequeño taller, día tras día.
Al llegar a su casa, como homenaje a su amigo, buscó en su biblioteca algunos libros curiosos que trataban de la cría y la caza de la perdiz. Le gustaba tener a mano esa clase de libros inútiles. No había sido cazador. Le producía congoja la visión de los pájaros en aquellas prisiones tan crueles y sólo la idea de la caza con reclamo le resultaba plebeya, indigna, y sin embargo le gustaba leer los libros donde se describe. ¿Buscando en ellos qué? Sin duda encontrarse en las palabras con una naturaleza ya perdida, indagar quizá cómo podía nadie vivir sin libertad. Presentía acaso los tiempos en los que las especies, incluida la humana, sólo en cautividad podrían garantizar su supervivencia.
Al llegar a su casa, como homenaje a su amigo, buscó en su biblioteca algunos libros curiosos que trataban de la cría y la caza de la perdiz. Le gustaba tener a mano esa clase de libros inútiles. No había sido cazador. Le producía congoja la visión de los pájaros en aquellas prisiones tan crueles y sólo la idea de la caza con reclamo le resultaba plebeya, indigna, y sin embargo le gustaba leer los libros donde se describe. ¿Buscando en ellos qué? Sin duda encontrarse en las palabras con una naturaleza ya perdida, indagar quizá cómo podía nadie vivir sin libertad. Presentía acaso los tiempos en los que las especies, incluida la humana, sólo en cautividad podrían garantizar su supervivencia.

10 août 2011
Final con el que empieza el día (El canto de los pájaros)
¿Qué tiene el canto de los pájaros que nos embelesa pese a no haber en él una melodía articulada ni armónicos acordes, sólo una sucesión de finos cristales rotos? Ha quedado ya lejos el canto del ruiseñor, excepción de esta regla, y el de la oropéndola, demasiado breve, y jilgueros y golondrinas, tórtolas y gorriones, rabúos y cucos campean a su sabor todo el día como alegres tahúres que hacen sonar sobre la mesa azul del cielo sus monedas de plata, sin dejarse amedrentar por la camorra de las chicharras.
Cuando llegada la noche se recogen en sus nidos y ocupan su lugar los búhos, lechuzas, autillos y mochuelos con sus fúnebres cantos, y el sonido de los grillos y el de los piques sonámbulos de las ovejas, ensartados en el hilo que une las estrellas, nos preguntamos igualmente: ¿Qué tienen esos cantos nocturnos que nos abisman tanto tiempo, a qué puerta están llamando con su voz de madera?
Hace dos días nos acordamos de las golondrinas pinzadas en el cable, chiando al mismo tiempo. Nos hicieron pensar en un coro anárquico que ensayara por cuerdas.
Hoy al fin lo hemos comprendido. Los pájaros diurnos, las aves nocturnas, aliadas con grillos, con esquilas… ensayan todo el día, toda la noche, para sólo esos minutos de absoluto silencio con los que el mundo recibe a la aurora. Misterioso silencio, maravilloso e inconsútil silencio el de ese instante. Pocas cosas impresionan tanto como esos minutos de ausencia completa de cantos, de sonidos, de ruidos, la afinación de ese silencio, inalcanzable en cualquier otro momento, la maravillosa cadencia de ese acorde final con el que empieza el día.
9 août 2011
Madreselva
HABLA Bécquer en la segunda de sus cartas desde la celda de Veruela, de “la memoria del olfato, memoria extraña y viva que indudablemente existe”, al verse asaltado por el olor a tinta fresca del periódico de Madrid que le llega cuando tan lejos está de esta ciudad. Otros antes hablaron de la memoria del oído y otros hablarían después de la memoria del gusto. El olor de la tinta y del papel, desvaído, nos dice el poeta, llega a imponerse a la ineludible y poderosa fragancia de las flores de la pradera donde ha recibido ese periódico. En realidad parece sugerir que aunque el olor de la tinta de imprenta está ya debilitado, no le ha impedido sin embargo traer hasta su memoria, con fuerza arrolladora, un tropel de recuerdos: la vida de la corte, los teatros, los cafés, la redacción donde sus amigos tratan de cambiar el mundo…
El perfume desleído de esa ramita de madreselva que está en su vaso de agua ha traído a nuestra memoria el perfume de esa misma madreselva el primer año que dio flor, a poco de ser plantada, hace ya de eso un cuarto de siglo. Esa fragancia apenas es un acento en el aire, y pese a su brevedad, pese a su fragilidad (en cualquier momento tememos vaya a desaparecer durante otros veinticinco años), sentimos que ha tensado algo como un arco, uno de cuyos extremos se sitúa, sí, hace veinticinco años y otro ahora, ahora mismo. La cuerda tensada es el perfume, pero a diferencia de la flecha que el arquero lanza hacia delante, hacia el futuro, esta del delicado perfume de madreselva ha lanzado nuestra memoria hacia el pasado, hacia ese momento de pureza en el que plantamos aquel mínimo esqueje que estaba a su vez prefigurando este momento, del que nada, claro, podíamos saber.
(Foto: Las Viñas, 2011. G.T.)
7 août 2011
Una habanera
Ya han hecho sus nidos, ya han criado a sus crías. Han cosechado los campos. Se posan en ese cable cada mañana, cada día, cada verano. Apenas unos minutos. Pinzan el azul del cielo o una nube blanca, como corpiño, y luego desaparecen hasta el día siguiente. No cantan propiamente, todos saben que las golondrinas chían. Lo hacen al mismo tiempo, unas al lado de las otras. Se diría, sí, que más que pinzas de la ropa fuesen corcheas negras en ese pentagrama de una sola línea. Su jolgorio recuerda al cuarto donde ensaya a su antojo, por cuerdas, un coro anárquico. Pero su ensayo va en serio, ensayan una habanera, la partida: se preparan para no volver. Eso es todo. Y lo dicen a su manera, cada mañana, cada día, cada verano, admirablemente. Alegres al llegar, alegres al irse, por no hablar de la alegría que gastaron a manos llenas mientras estuvieron de huéspedes, las oscuras, las alegres.
Y si la habanera, como el otoño, es triste, a nadie importa.
6 août 2011
La arboleda
EN un almanaque no debieran faltar historias como la que sigue. Es célebre y conocida por muchos, pero lo raro es que podamos datarla, atinar con exactitud en su atribución. Existe un libro de Iribarren, El porqué de los dichos, de lectura gratísima, donde se sigue el rastro de muchos de ellos, remontándose hasta sus orígenes, aunque no pocas de sus explicaciones parezcan fabulosas y apócrifas. No lo es esta. Se la oímos por primera vez a Eduardo Calvo. La resumiremos. En cierto cortijo de Maracena, un pueblo entonces, años cincuenta, y hoy arrabal de Granada, los señores convencieron al encargado, un anciano a la sazón, de que visitara de una vez por todas la Alhambra, en la que nunca había estado a pesar de lo cerca que la tenía. Lo subieron en el coche de línea de la mañana, y el anciano volvió en el de la tarde. A su alrededor se congregaron todos los de la casa, señores, cortijanos y gañanes, expectantes por conocer lo que aquel hombre fuese a decirles. Y cuando le preguntaron qué le había parecido la Alhambra, su respuesta, lacónica, le llevó en volandas a la popularidad, y dio a su nombre, Frasquito de Maracena, esa prestancia que en su tierra sólo alcanzan algunas figuras del toreo: “La Alhambra, como todas las Alhambras, pero la arbolea, ¡qué arbolea!”.
Viene esto a cuento de las cosas “extraordinarias” que se nos obliga a conocer a redropelo por estar de vacaciones, pueblos, ciudades, playas, desfiladeros, que acaban siendo como todas las Alhambras.
Y a cuento viene la que también suele referir E. C., uno de los hombres que más gustan de oír y referir historias, uno de esos dicheros, como los llamaba Carmen Martín Gaite, cuya memoria atesora el espíritu de un pueblo.
Recuerda él a uno de los peluqueros de Granada, cuando era estudiante, célebre igualmente por la pregunta que solía hacer a sus parroquianos en cuanto se sentaban en el sillón de barbero: “¿Conversación o lectura?”, dando a entender con ello que si estos preferían leer el periódico, no había más que hablar, aunque si declaraban, por el contrario, preferir la cháchara, no se libraban de otra pregunta, entre cínica y cortesana: “¿A favor o en contra?”.
5 août 2011
De las cunetas
CRECEN en las cunetas de algunas carreteras comarcales de León, al pie de las viejas y derruidas paredes de adobe de esos pueblos fantasmales que dejamos atrás, a veces en medio de los prados abandonados. Tienen esa tristeza incurable de las flores que naciendo sin savia reciben el nombre de siemprevivas, y quizá por ello la naturaleza, que les privó de verdadera juventud, quiso concederlas la inmortalidad, flores de cementerio. Como visita el rocío a rosas y azucenas unas horas, el polvo las va vistiendo a estas a todas horas, haciendo de la eternidad algo muy fatigoso. No puede afirmarse que sus colores sean apagados porque llegaran a este mundo sin luz: ¿quién diría que esos amarillos no han volado alguna vez en el pecho de un jilguero? Las hemos visto al pasar, antes de seguir nuestro camino, contagiando al paisaje con su fatiga. Al acercarnos, sin embargo, y sólo por gratitud, se abrieron para nosotros, desplegándose como hacen las altas columnas en la bóveda de una catedral. Su verdadero y hermoso florecer estaba debajo, a hurto de todas las miradas, en el mayor silencio. Fue un instante tan sólo, y al poco eran un vago recuerdo en un rincón del espejo retrovisor del coche, como acaso lo seamos todos un día en el espejo retrovisor del mundo. Únicamente nos falta su nombre verdadero, y si como el del asfódelo permite a los muertos hacérsenos visibles, el suyo acaso nos hiciera felices.
9 juillet 2011
Oropéndolas
Pobre X, aún no se había publicado ninguno de los dieciséis tomos que siguieron a aquel primero, y ya advirtió que a El gato encerrado le sobraban oropéndolas. Lo cierto es que sólo salía una. Sin duda su canto en el libro le impacientó por abrumador. Creo también que le parecía una insolencia ocuparse de oropéndolas, vete a saber por qué. Luego X se murió, y ya no criticó más nada, que diría el joven promesa. Sin embargo, sin oropéndolas la vida no sería la misma. ¿Alguien lo duda? Al menos la nuestra, y tampoco sin violetas, y sin rosas, y, claro, sin ratas. Gracias a que oímos a la oropéndola, nos olvidamos un poco de las ratas.
Desde aquí pueden oírse. A todas ellas, a las ratas galopando por el tejado, y a la oropéndola en algún lugar escondido. ¿Por qué habríamos de prestar más atención a las ratas? ¿Dónde está escrito?
Es muy difícil ver a una oropéndola. Se diría que cuanto mejor canta un pájaro es más difícil verlo. Nace así su canto de ningún sitio y de todos. Sucede con el ruiseñor, que se esconde en la umbría para hacer su nido y raramente se muestra. Se ha dicho muchas veces que hay pájaros de aspecto anodino y canto melodioso, como el ruiseñor, y aves majestuosas, como el pavo real, o vistosísimas, como el loro, a cuyos gritos y parloteos no podría dárseles el nombre de canto. Sólo unas pocas, como las oropéndolas, parecen reunir todas las virtudes. Hasta su nombre es bonito por lo que dice y por lo que suena: Plumas de oro, textualmente, o si se prefiere, “pájaro de fuego”. Y sucede, también, con la oropéndola, que su canto modulado recuerda al oficio del pendolista, ondulando el aire con la pluma.
Canta “nuestra” oropéndola a unas horas fijas cada día, unos pocos minutos, muy pocos, y luego no vuelve a hacerlo más, hasta la mañana siguiente. Acaso la tengan empleada, así lo sugiere tanta puntualidad. Y más que el canto, del que apenas se puede disfrutar por lo breve que es, resulta impagable esa puntualidad con la que viene a recordarnos precisamente eso, el carpe diem de este lugar, de estos días. Por eso querría uno salir a su encuentro y darle las gracias en nombre de todos nosotros, incluso de las ratas, antes de que su presencia sin orilla, se adentre un día sin orilla en su ausencia.
2 juillet 2011
Pedreros
Si todos los oficios resultan fascinantes, algunos lo son no tanto por la técnica que se necesita para desarrollarlos, sino por la inspiración sin la cual no serían posibles y que les acerca a la poesía, cuyo origen fue precisamente ese: el hacer, el fabricar.
No habrá ni un solo profano que no se haya quedado prendado en el taller del carpintero, en la fragua del herrero, en el obrador del colmenero cuando tales artesanos están aplicados en su trabajo. Olor embriagador a madera y a resina, hipnótico fuego, abismal geometría de los panales. En todos los casos se trata, además, de oficios que pueden ejercerse en silencio y con frecuencia así lo prefieren quienes los ejercen, como quien ha de guardar silencio para ese instante en que, insuficiente la técnica, han de estar atentos para la siempre misteriosa epifanía de la inspiración.
El del pedrero es uno de esos oficios portentosos, acaso porque ni siquiera necesite de un lugar cerrado. Al contrario, es oficio al aire libre, que une al silencio singular del pedrero el silencio concertado de la naturaleza. Su labor es ir levantando, en estas callejas extremeñas, las paredes o portillos que limitan las propiedades. Se construyen con la técnica de la piedra seca, como aquí se la llama, piedra sobre piedra. El pedrero ha buscado las piedras, si se trata de una pared nueva, o utiliza las viejas cuando levanta la que se ha caído por el paso del tiempo o, como en el caso de los últimos temporales, por la acción de la lluvia y las riadas. Sin aceleración ni descanso, con un martillo en una mano y la otra libre, el pedrero va partiendo la piedra o adaptándola como le viene, buscando el lugar idóneo. Al verle trabajar sin titubeo, y colocar con una precisión de virtuoso cada piedra en su sitio, sin verle rectificar jamás, el pedrero nos confiesa con la mayor naturalidad el secreto de su oficio. Lo son todos los buenos artesanos, humildes y desafectados. “El único intríngulis (y es esta la palabra que ha utilizado, antigua como sus piedras: el único busilis, podría haber dicho también) de este oficio es no soltar nunca la piedra que se ha cogido de primera intención. Esa tiene que tener su sitio. El ojo ya ha elegido antes de sacarla del montón. Y va directa a su sitio. Es ella la que pide su sitio. No falla”.
Imaginamos que es así como Lope de Vega escribiría muchas de sus comedias, aquellas, que componía en una sola noche, según cuentan, sin detenerse jamás ante la dificultad de una rima. Y no lo decimos porque a las piedras chicas, que sirven para llenar los huecos pequeños, se las llame precisamente así, ripios. Pues el resultado no puede ser menos ripioso. Al contrario, cuánta elegancia final en la pared recién terminada. Planteamiento, nudo y desenlace en una sola tirada, y con qué aplomo. Recuerda incluso la pared a un telón de teatro, o mejor, a una buena biblioteca, con todos los libros encajados, asentados, esperando ser leídos, ordenados por su tamaño para no desperdiciar hueco, que es así como suelen tenerla al final los buenos lectores que ven crecer más deprisa sus bibliotecas que los lugares en los que viven.
En la pared que el pedrero C. levanta estos días pueden verse incluso las raíces que quedaron al descubierto cuando la anterior se vino abajo este invierno. Como deberían verse las raíces en toda biblioteca.
El pedrero no se detiene, sigue su silenciosa tarea de ordenar y arropar el caos, de encerrarlo con su ciencia. El ojo elige, la mano ordena, y el mundo queda hecho.
El pedrero no se detiene, sigue su silenciosa tarea de ordenar y arropar el caos, de encerrarlo con su ciencia. El ojo elige, la mano ordena, y el mundo queda hecho.
PIEDRA Y SUELO
Cada vez que una piedra
se rompe, nunca vuelve
a soldarse.
Así desde el principio
de los tiempos ocurre
y todas son heridas
que no cierran.
Ya sé por qué a menudo
mientras voy paseando
no levanto los ojos
del camino.
No es misantropía. Así las piedras
cada vez más pequeñas
y yo nos consolamos.
(De Un sueño en otro)
(De Un sueño en otro)
30 juin 2011
A la buena de Dios
LA estrategia es el mejor ejemplo de la necesidad hecha virtud, por lo mismo que la astucia es propia de los animales que han de sobrevivir a otros más fuertes y poderosos. Un gran estratega, pues, aunque sea Napoleón, es alguien siempre a la defensiva, y la estrategia es propia de los hombres de mundo. Por el contrario, los hombres fuera del mundo, “gli uomini di Dio”, como Francesco, Il Poverello, o nuestro no menos desastrado don Quijote, van por la vida, eso, “a la buena de Dios”.
*
AL mirar las estrellas, en una de estas ilimitadas noches de verano que se levantan sobre nosotros como la bóveda de una de esa catedrales góticas en ruinas de la que paradójicamente sólo han quedado en pie los muros y parte de las columnas, descubrimos, en primer lugar, la Osa Mayor, y a continuación la Osa Menor… y poco más, cierto, pero sabemos que entre todas esas estrellas están el centauro, el toro, los peces, el cangrejo, el gallo y otros más sutilmente dibujados si supiéramos unir las estrellas adecuadas, animales que están en la noche como imaginamos que estarían los animales en el arca de Noé, esperando que acabe un día ese big bang universal que los mantiene dentro ociosos para salir por ahí y reproducirse en paz. Pero acaso más prodigioso que todo ello es lo que un buen día sucede: buscando entre las estrellas hallamos el dibujo de nuestra vida, nuestro rostro de niño, de adulto, de viejo, el de los seres queridos, vivos y muertos, el de la copa de la cual bebimos la juventud y el de las puertas que nos fueron franqueadas y también el de aquellas otras que se cerraron para nosotros sin saber po qué. Basta buscar las estrellas adecuadas y trabarlas con el hilo de Ariadna. Una noche descubrimos la constelación del deseo, porque en ella aparece la cara de la primera persona de la que nos enamoramos (como aquellos tres puntitos blancos en una estampa negra en la que acababa viéndose el rostro de Santa Teresa si se tenía la paciencia de mirarla sin pestañear durante tres minutos y, claro,… si se tenía fe); otra, la constelación de la risa, porque hay algo en ella que nos causa una gracia infinita, con el rostro de Sancho, otra, la de la libertad, con un parecido extraordinario a la efigie de don Quijote… Y así, una noche y otra, hasta que el giro de la tierra empieza a hacerlas más largas y frías y nos devuelve a ese otro universo que llamamos memoria, donde espera el invierno.
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