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31 mars 2020

Todos somos Viernes

                                                                Para Carlos García-Alix

En los confinamientos los días no pasan, se arrastran. Sucede así cuando alguien no se siente libre (en la prisión, en un hospital, en un barco o en la ciudad sitiada o invadida, por ejemplo). 
El mundo atraviesa hoy una situación que tiene algo de todo ello: nos sentimos cercados por un virus y encarcelados en nuestras casas, cuando no en un hospital, pero no por ello dejamos de saber que esta penosa travesía algún día dará fin, para algunos, por desgracia, en alta mar, antes de llegar a puerto, y para la mayoría en tierra firme, en un lugar a salvo de las enfermedades, privaciones y motines propios de esta clase de viajes.
No obstante, la mayor parte de  los presos, marineros y pasajeros, enfermos y sitiados sienten en lo más hondo de sí que su situación es transitoria, porque sin esperanza no se puede vivir. Podemos vivir sin grandes expectativas, para decirlo con palabras de Dickens, incluso sin las pequeñas, de hecho la mayor parte de nuestras expectativas se han angostado hoy lo indecible o han desaparecido, pero no sin esperanzas; algunas personas incluso, cuantas menos expectativas creen tener, más esperanzas conciben, conscientes de que sólo el que tiene esperanzas logrará sobrevivir y tener acaso expectativas. 
Cada uno de nosotros alimenta su esperanza conforme a su naturaleza, su carácter o sus afectos. Unos cuantos lo hacen empezando un diario. Gentes que nunca antes habían escrito una sola línea de nada se ven impelidos de una manera misteriosa a hacerlo, a contarse lo que está sucediendo y lo que les sucede a ellos también. Hallan la  libertad que no tienen  en contar que no son libres: el preso resume su vida en los muros de la celda mediante rayas que va uniendo de cinco en cinco con otra que las cruza; en el hospital el enfermo escruta esperanzado cada día las barritas de su termómetro; el capitán del barco lleva a su cuaderno de bitácora los resaltes de la derrota y el sitiado en una guerra se complace igualmente en hacer el arqueo de sus pequeñas cuitas con los bastimentos o el mercado negro. La mayor parte de ellos, concluida la travesía, olvidarán esa rutina y jamás volverán a escribir una línea (entre nosotros, Carlos Morla Lynch, llevando un puntilloso diario del confinamiento de cientos de asilados políticos en su embajada de Chile, durante la guerra civil); otros (Ana Frank es el caso más conmovedor y admirable) verán interrumpida abrupta y trágicamente esa costumbre salvadora.  En la mayoría de los casos esa rutina que se han impuesto y que en cierto modo les esclaviza, es la única que les permite ser enteramente libres en algún momento de su jornada. Lo empiezan sólo porque esperan terminarlo un día y a quien le cuentan las cosas es todos y es nadie, es él o ella, y es ninguno.
Lo titularán Diario de la pesteDiario de un infectado,Diario de nadieincluso... Han visto lo sencillo que es, bastan unos minutos al día y tener algo que contar. Incluso sin tener nada que contar. Azorín dice en El licenciado Vidriera: «Si nuestro Tomás hubiera consignado en un libro los sucesos que le habían acaecido durante la vida,este libro debería titularse Diario... de nada. De nada, y, sin embargo, de tanto”. Este diario de nadaes tal vez el más difícil de los diarios, pero no es hora de preceptivas literarias.
Los más decididos (o los más solitarios) los van publicando en las redes sociales o en sus blogs a medida que los escriben, les parece que su experiencia no sólo les ayudará a ellos, sino a otros muchos, porque pese a ser parecida a la de cualquiera, también la sienten especial y única. Y lo es, porque a pesar de que la muerte es, en sí misma, igual para todas las personas y todas las muertes se parecen, no hay dos vidas que no sean diferentes. De modo que cuando escriben en su diario todo lo que nos está sucediendo, están tratando de decirnos dos cosas. La primera: «Me resisto a creer que todo lo que me está sucediendo sea real y no una pesadilla. Yo soy real, y por eso escribo: para recordármelo». Y la segunda: «Mi temor, mi esperanza y mi confinamiento son diferentes de los tuyos, yo no soy tú, pero tú tal vez vas a sentirte, cuando me leas, igual a mí, en la medida que yo me siento tú». Esa complicidad, no muy diferente de la que siente el más común de los lectores leyendo una obra maestra de la literatura, es el primer paso en el camino de la esperanza: la novela de la vida la escribimos entre todos y cuanto más ordenadamente lo hacemos, más placentera e instructiva es su lectura.
Pese a que las noticias e informaciones que manejamos son más o menos las mismas (pescadas en las mismas almadrabas: telediarios, periódicos, internet y bulos), si pudieramos echar una ojeada a los cientos de diarios que se están escribiendo ahora mismo veríamos de qué diferente manera se decantan en ellos las noticias y el modo que tenemos no sólo de abordar los hechos, sino de contarlos.
Ha visto uno citados estos días muchos libros, algunos directamente relacionados con las epidemias. Sin embargo, de todas las obras a que dio origen un confinamiento tal vez sea mi preferida Robinsón Crusoe. Tuvo además este hombre la fortuna de ver aparecer en su vida un compañero, Viernes, tan providencial como lo fue Sancho Panza en la vida de don Quijote. La sorpresa de Robinson el día que descubre las improntas de unas pisadas humanas en la playa de la que consideraba una isla desierta es para contada con la emoción con que lo hace Defoe. 
Tengo un amigo pintor (saludos, amigo; ánimo) que está pasando el confinamiento solo, como muchas otras personas. Hace unos meses alquiló un estudio/vivienda en uno de esos barrios de Madrid que son viejos y nuevos al mismo tiempo. Hoy, como toda la ciudad, es la vida imagen de la desolacion. Tampoco puede creer que esto esté sucediendo. Cuando encontró una peluca de mujer entre los pecios de los anteriores inquilinos, indagó y ha llegado a saber que aquello había sido antes un prostíbulo de travestís. De la costilla de su soledad se ha fabricado ahora un maniquí rudimentario y le ha calzado la peluca: «Se pasa el día durmiendo en el sofá. Es friolero y no se quita ni para dormir mi gorro de pieles. Me ayuda mucho a soportar el aislamiento. Voy a pintar gracias a él algunos cuadros». Sin Viernes, y no digamos sin Viernesas, la vida es más difícil. 
Nadie puede saber si esta pandemia dará origen a algún libro comparable al DecamerónLa pesteLa muerte en Venecia. Ni siquiera si habrá algunos libros parecidos a Robinsón Crusoe, la prueba más fehaciente de que con nada, como sabía Azorín, se puede escribir un libro. De lo que sí está uno seguro es de que los testimonios de las gentes que hoy mismo se están escribiendo, anónimos o no, circulados en las redes o secretos, vienen a ser como unas improntas en nuestras vidas solitarias, pues si bien no muchos podrían ser Robinsón Crusoe (y mucho menos Daniel Defoe), para Viernes valemos todos, gentes tal vez poco decisivas en el mundo de las expectativas, pero imprescindibles en el de las esperanzas.

     [Publicado en La Vanguardia el 31 de marzo de 2020]



10 mars 2020

En la muerte de José Jiménez Lozano

ERA un ángel. No lo digo sólo porque fuera un hombre religioso y creyera en el misterio, sino porque procuraba fijarse en las cosas sin mancilla, y se ponía detrás, como los ángeles de la guarda, para que el mundo (ese «ruido de moscas» como él lo llamaba tomándoselo prestado a una de las señoras de Port- Royal), para que el mundo, digo, no las corrompiera. Como uno también cree algo en el misterio, parece que lo estuviera oyendo en esta hora tristísima: «Por favor, Andrés, quita lo de ángel, no me hagas eso». Lo era. Como el que acompañó a Tobías, como los de Flannery O’Connor, como los que saca él en sus libros, que cuesta al principio distinguirlos de los mortales.
Al no tener una gran estatura estaba acostumbrado a mirar de abajo arriba. Lo hacía con tanta humildad como nobleza, con tanta malicia e inteligencia como compasión, a través de unos ojos azules maravillosos, perpetuamente asombrados y risueños, que nunca dejaban de hablar sin preguntarte. Quiero decir que como persona y escritor nunca te orillaba. Sabía que la literatura era un camino que hay que recorrer solo, y que viviera desde hace un siglo en Alcazarén, una aldea, da idea de ello. Los desaires que trae emparejados nuestro querido oxímoron («la vida literaria») le divertían por exóticos. «En Alcazarén, decía, no gastamos de eso».
Cuando la mayor parte de los poetas de su tiempo habían dejado de escribir, empezó él a publicar sus poemas, breves y sencillos, intensos como los de Emily Dickinson. Habla en ellos de tú a tú al espliego y al cuco, al amigo muerto y al joven que lo reclama para dar un paseo entre las mieses verdes aún. Un universo grande y pequeño al mismo tiempo, como esa mirada suya, única, insólita en un mundo hecho de lugares comunes. Quienes van de lamento en lamento, olvidan los milagros diarios, su negociado: la vida de san Juan de la Cruz (El mudejarillo es uno de los libros más emocionantes y luminosos que se hayan escrito en España en el último medio siglo) y los procesos inquisitoriales, los cementerios civiles y la persecución religiosa durante la guerra civil, las damas de Prot-Royal y aquellos seres humildes que él noveló con sobriedad chejoviana, o’connoriana… Se dirá que tales asuntos son propios de un escritor que va por libre. Es verdad, iba por libre, pero sólo porque era libre, o sea, sin darse la menor importancia, habiéndola tenido toda.

   [Publicado en El País el 10 de marzo de 2020]

2 avril 2019

Ferlosio

El primero de estos textos, algo más extenso que aquí, aparece en El País, y el segundo salió hace uno o dos años en La Vanguardia.

1,


EN LA MUERTE DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Alfanhuí es un libro prodigioso, escrito por un joven que llevaba la escopeta, como el del romance, “cargada de maravillas”. Muchos, miles, lo leyeron en una edición de quiosco, Libros Rtve, años sesenta, la primera acaso que metió en las casas españolas más humildes la gran literatura. Es imposible no sucumbir al embrujo de algo que siendo tan pequeño en dimensiones, es tan grande como el Lazarillo, solo que a diferencia de Lázaro, Alfanhuí es un muchacho luminoso y sagaz, pero no pícaro ni resabiado. Por más que se le mire las costuras no acaba de verse dónde está el truco. No lo tiene. Ese es el truco. Está tan vivo que casi no es ni literatura, ese don que tienen tan pocas obras literarias.

La vida quiso luego que conociese y tratase uno a su hija Marta y a Carmen Martín Gaite y después al propio Ferlosio y a Demetria y, a Liliana Ferlosio, su madre. La personalidad de Rafael les conformaba un poco a todos ellos, y aunque no estuviese él delante, se le tenía tan presente que se diría que no daban por buena una cosa o una idea sin pasarla antes por el fielato imaginario de él.

A veces Liliana pasaba temporadas sin ver a su hijo, pero tenía en su casa a la vista el dibujo que Rafael había hecho para ilustrar la cubierta de Alfanhuí, el retrato de su protagonista, en esa primera edición cuyos gastos sufragó ella. Se parecía mucho, claro, al propio Rafael de entonces, cara de pájaro y ojos de alcaraván, muy vivos.

En cierto modo la vida intelectual de Ferlosio no hubiera diferido de la de su Alfanhuí, si él nos la hubiera contado. Su misma curiosidad, su falta de vanidad pero no de ambición, su agudeza para buscar el punto de vista menos trillado y, por descontado, su delicadeza intelectual y personal, un poco áspera siempre, como el olor de los geranios.

Es verdad que dejó demasiado pronto de lado la literatura imaginativa por la ensayística, pero sin una imaginación como la suya jamás se habrían escrito algunos de los mejores ensayos españoles sobre una infinidad de asuntos, coplas de Jorge Manrique, comunidades de Castilla o el comportamiento del fuego, por extenso o en pecios. Y al modo de Alfanhuí, nadie ha sido más libre que él para pensar y decir lo que ha querido, sin demasiadas ceremonias. La hipertrofia de su famosa hipotaxis se compensaba con creces con el don, único, que tenía para aislar el sonido de una esquila de convento. Una vez, en los ochenta, le propuse escribir a medias su biografía (porque sabía que a solas no lo haría jamás), y me puso una cara rarísima. Lo intentó el propio Ferlosio en “De la forja de un plumífero”, que da una idea exacta de lo que hubiera sido una de las mejores autobiografías de la literatura española, si su autor no hubiera aborrecido tanto lo biográfico y si no hubiese sido una aleación tan compacta de timidez y de orgullo, de altivez, discreción y arrojo.

Ha muerto Ferlosio y se pregunta uno “en esta hora”, como Alfanhuí a las puertas de Madrid, pero con harto más pesar, sobre esos asuntos, pequeños y grandes, del pensar y del vivir, que sin él quedarán para siempre no resueltos. En alto, como las espadas de las vidas que han merecido la pena.


y 2


FERLOSIO, ENTRE LA HIPOTAXIS Y LA CAMPANITA DE CONVENTO

El papel que tuvieron Unamuno y Ortega en la vida pública española y en el debate de ideas lo ha desempeñado en cierto modo durante los últimos cuarenta años Rafael Sánchez Ferlosio. Sin embargo, este reduce a Unamuno prácticamente a un puñado de ripios y a Ortega a unos cuantos ortegajos, palabra que él puso de moda y que no por jocosa es menos injusta. ¿No encuentra en ellos nada de valor? Por supuesto que sí. Esto es parte de su complejidad como intelectual. Porque, aunque no esté él muy de acuerdo, Ferlosio es un intelectual, alguien que se ha tomado en serio lo de pensar, un pensar que no necesariamente desemboca en la acción. De hecho, si de algo sospecha Ferlosio es de la acción, y si algo evita él con cautela es la acción.

La del intelectual es una categoría diferente de la del escritor o la del filósofo. La mayor parte de los filósofos seguramente considerarían a Ferlosio un escritor, pero no está claro que la comunidad de los escritores lo tenga por uno de los suyos, siquiera como venganza (Ferlosio ha confesado muchas veces que dejó de escribir ficción –novelas y cuentos que gozaron al mismo tiempo del éxito de verdad y del succès d’estime–, cuando decidió tempranamente no seguir interpretando “el bochornoso papelón del literato”).

Pero el suyo es un caso parecido al de Unamuno y Ortega. A Unamuno, autor de importantes textos filosóficos, lo consideramos más un escritor, y Ortega, autor de notables piezas literarias, sigue siendo para la mayoría un filósofo. ¿Y Ferlosio? ¿Cómo hemos de leerle, como escritor, como filósofo del lenguaje? Él tiró por la calle de en medio al describirse como “plumífero”.

Tenemos ante nosotros los dos voluminosos tomos recién publicados, con sus ensayos y escritos de no-ficción. Muchos de ellos aparecieron en los periódicos y contaron con un apreciable número de lectores, que los leía con verdadera devoción, insuficiente a menudo para desmigar su hermetismo. La culpa la tenía en parte el estilo, y eso que Ferlosio es todo lo contrario de un estilista. Nos referimos a la hipotaxis a la que su autor se ha referido en tantas ocasiones, esa capacidad que tiene un texto de implementarse en oraciones subordinadas, paréntesis y meandros que amenazan con estancar o colapsar el propio texto y dejar sin oxígeno al lector. Con los años ha reconocido que las responsables de su barroquismo fueron las anfetaminas, y que eso de la hipotaxis es en el fondo una presuntuosa bobada. Pero le cuesta no dejar de admirarla en ocasiones: “En la hipotaxis la frase ha de doblar limpiamente el cabo de Hornos, sin meterse por el estrecho de Magallanes”, ha dicho. O sea, el texto como un imponente bergantín a todo trapo.

Pero esa majestad de su prosa que ha admirado a unos, también ha desanimado a muchos. ¿Vale la pena leerlo?, se preguntan estos. Aunque el propio Ferlosio haya respondido a esto con bastante humor (“Yo estoy sobrevalorado” ha declarado alguna vez también, y a Arcadi Espada le hacía este autorretrato: “Yo tengo unas lecturas demasiado superficiales y demasiado pobres para hablar seriamente y con competencia de muchos autores que cito. No soy un hombre culto. Yo no soy más que un ilustrado a la violeta. He leído por encima. A veces acierto y digo las cosas bien. Pero sólo eso”), sí, yo creo que merece mucho la pena leerlo. Desde luego ha valido la pena haberlo leído, día a día, durante estos cuarenta años.

En primer lugar por estar en presencia de alguien que ha pensado con una libertad inusitada y sobre todo tipo de asuntos peregrinos, en el sentido que se daba antiguamente a esta palabra. El punto de partida, como si dijéramos, la metodología, ha sido siempre el mismo, aplicar a las palabras la filosofía de la sospecha: las carga el diablo y conviene mirar sus costuras, porque es en ellas donde suelen anidar los piojos que infectan todos los lenguajes, principalmente los del poder.

Eso le ha llevado a escribir con escrupulosa precisión, como quien redacta prospectos de medicamentos. En cuanto al tono que emplea, ese tono tonante, valga el retruécano, esa imprecación, furia e indignación suyas con las que parece sermonear a sus lectores (La homilía del ratón tituló a uno de sus libros, él, que tiene aspecto de león viejo), hay que tomárselo más bien como otro rasgo de humor, pero no de mal humor. Es, digamos, su carácter, lo que lo hace característico, como a Charlot sus andares.

Y aunque los temas que le han ocupado sean numerosos, podríamos resumirlos en estos: contra la identidad y las patrias, empezando por España, y, por extensión, contra el Progreso, origen de la violencia y las expiaciones a que da lugar; contra la guerra, presentada como instrumento divino, y, por tanto, contra el Estado (“si aceptas el Estado, aceptas la razón de Estado”) y contra la épica, aunque, paradójicamente, por contagio acaso, su prosa tiene a menudo un empaque épico; contra las religiones que niegan el principio de realidad a favor de la trascendencia; y contra todo aquello que sustente cualquiera de las identidades, por insignificante que parezca, y de ahí que Ferlosio acabe disparando a todo lo que se mueve con el nombre de rock, Walt Disney, deportes, publicidad, museos, procesiones, cultura de masas, televisión; y, en fin, contra la literatura (sus caladeros son preferentemente extraliterarios y preliterarios, se llamen Plutarco, Bernal Díaz o don Pascual Madoz).

No es necesario tampoco que el lector muestre su acuerdo con todas y cada una de las tesis ferlosianas, para empezar porque el propio Ferlosio no parece precisar nuestro acuerdo ni lo contrario, pues se diría que escribe para aclararse él mismo esas cuestiones. La experiencia es única. Y cuando asistimos a  su pensar sin la mediación de la hipotaxis (como en la fascinante conversación que mantiene con Miguel Delibes hijo a propósito del fuego y de la naturaleza, publicada en uno de esos tomos, o cuando ha mantenido una entrevista con un interlocutor de altura, sean Azúa o Espada, o en la dedicatoria a su hija Marta, “quien más he querido en este mundo”, que le recuerda una “campanita de convento”, o en tal o cual pecio), entonces, es algo único. Nadie tan fino para descubrir el habla viva en los libros viejos o en la calle (su injusta denostación de El Jarama ha de verse como un rasgo de su dandismo, porque se nos olvidaba decir: Ferlosio ha sido y es, incluso con zapatillas de orillo y ese destartale indumentario suyo, uno de los hombres más elegantes de España, espiritualmente hablando me refiero) ni nadie tan sagaz como él para poner al descubierto las trampas sutiles del lenguaje. Podrá comprobarlo cualquiera en estos tomazos que ha editado Ignacio Echevarría, quien los ha dotado de unas oportunas y utilísimas notas. Si como Pirrón de Elis, el primer elitista de verdad, no practica la acción (“lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere”, decía en uno de sus célebres aforismos), tratándose de él tampoco es grave.









29 mars 2019

Pagola

YA he contado en alguna ocasión cómo trabajé durante dos años de ñáñigo (cruce de chino y negro) en una revista de arte. De esto hace más de cuarenta años. La dirigía un tipo increíble, que pese a ser feróstico en grado sumo (cruce de feo y sobrecogedor), se hizo rico cogiendo, sin el menor escrúpulo, los sobres de los artistas que compraban de ese modo las críticas que aparecían en ella y que me tocaba escribir a mí, ora de negro, ora de chino. Nunca le agradeceré lo bastante que me despidiera, pero por lo mismo que digo una cosa, confieso también otra: sería un desagradecido si no reconociera las muchas enseñanzas que saqué de aquel trabajo. La primera de todas: los artistas suelen ser criaturas muy frágiles, incluso cuando, como Van Gogh, parecen tener una voluntad de hierro. Traté a muchos. Vagan desconcertados y a merced de sus neuras. Si son trabajadores, se pasan las horas muertas solos en sus estudios o sueltos por el campo, como Van Gogh, cargando con el caballete y la caja de colores, y aunque no se quiebren como el pintor holandés, bordean el abismo muchas veces a lo largo de su carrera. Cuando dejan el estudio y se relacionan con otros colegas y tratan de vender sus cuadros, no siempre saben hacerlo en las mejores condiciones, porque tantas horas de soledad han mermado mucho sus habilidades sociales. Produce cierta congoja verles mirar en las inauguraciones a los posibles clientes, sin acabar de encontrar su lugar, porque o resultan demasiado solícitos y serviles o, por el contrario, se muestran altaneros y displicentes. Tal y como sucede con los huérfanos de una inclusa el día en que vienen a inspeccionarles los futuros e hipotéticos padres adoptivos. Por eso digo que nunca agradeceré lo bastante que El Feróstico, al que un tiempo llamé también El Fenicio con patente resentimiento, me despidiera, incluso de la manera artera con que lo hizo. De haber seguido en aquel trabajo habría acabado con el corazón roto, no habría podido soportar ver a los hermanos pintores remando bajo el corbacho de esos piratas y a merced de los ñáñigos cínicos como lo era yo en aquel tiempo. Solo conservé la amistad de unos pocos artistas, contados con los dedos de la mano. Javier Pagola es uno de ellos.
Y aquí viene la segunda dificultad. No me resultará en absoluto difícil escribir de su trabajo, aunque sea la primera vez que lo haga, después de tantos años, pero no voy a saber hacerlo sin referirme a su persona. De aquella oscura edad media de mi vida a la que acabo de referirme, extraje también esta otra enseñanza: los artistas (y los escritores, desde luego) necesitan que se valore y elogie su trabajo. Tienen derecho a ello. Lo piden de muy diversas maneras, como los de la inclusa también: unos con dignidad, otros sin mesura, algunos de una manera impertinente, quién en silencio, quién a voces. Y no lo hacen, desde luego los mejores, por vanidad, ni mucho menos. Lo hacen para saber que no están perdidos, que el impulso de verdad y belleza que les llevó a hacer tal o cual obra es real, no una ilusión, y que ellos son reales y su trabajo digno de ser tenido en cuenta. Pagola, sin embargo, jamás le ha pedido a uno nada, ni ahora. Al contrario, fui yo quien le pedí a él uno de los grandes favores que me haya hecho nadie. El trabajo que Pagola realizó a lo largo de unos meses para El arca de las palabras es uno de los más hermosos que ningún pintor haya llevado a cabo en un libro. De hecho creo que ningún pintor contemporáneo, hasta donde yo conozco, habría sabido resolverlo como él lo hizo, porque era un trabajo que exigía a la vez versatilidad, recursos técnicos y, principalmente, un temperamento poético. Y siempre, claro, a la debida distancia. Ni echándose encima del texto ni quedándose lejos de él. Acompañándolo. Y aquí es donde hemos de referirnos a la persona, antes de proseguir ocupándonos de su trabajo. Javier Pagola es una bellísima persona. No piense nadie que esto es una manera de salirse por la tangente, como tampoco lo es cuando lo referimos a Antonio Machado. Lo dijo él de sí mismo, y no lo pudo decir mejor: bueno, en el buen sentido de la palabra bueno. Y Pagola lo es también. Y no lo dice uno tampoco porque Pagola aceptara un trabajo que le iba a distraer de sus tareas durante unos meses (trescientos sesentaicuatro dibujos) y con un horizonte por delante de exiguas retribuciones económicas. Lo digo porque solo una buena persona se puede relacionar con el trabajo de una manera luminosa. La bondad es una luz, como una lámpara. Y transforma aquellas cosas que ve en algo diferente y valioso, en luz. Las viñetas de este libro tienen todas luz. Pagola es un pintor luminoso.
Sus figuras, herederas de las picassianas, se deforman lo preciso para quedarse más cerca de la caricatura lírica que de la sátira. Se las ha relacionado también con cierto expresionismo (por eso le gustaban tanto a Saura), y algo tienen de expresionistas, pero sin meter miedo. No hay una figura suya que no veamos con una sonrisa, como nos sucede con las películas de Charlot, por cruel que sea la realidad que nos muestra. En todos los personajes de Charlot adivinamos a Chaplin. En todas todos las obras de Pagola está el autorretrato del artista. Fíjense bien: su cara redonda, sus pelos un poco rebultados y sin peinar, su sonrisa, esa sonrisa que parece encogerse siempre un poco de hombros, estoica pero no ausente, las cejas permanentemente levantadas ante el asombro que le causa el mundo, y bajo esas cejas que parecen arcos de medio punto, sus ojos, pequeños, muy pequeños, claros, vivos y llenos de vida, ojos que parecen estar diciéndote «qué te voy a contar», y con cuánta delicadeza. En cada dibujo suyo hay algo de sí, que nos pone delante con firmeza, porque nada hay tan fuerte como la intimidad. La intimidad es inexpugnable. Se refirió Paul Klee a esos «mundos intermedios», el de «los niños, los locos, los primitivos (…) y lo que estos ven o forman es para mí la confirmación más valiosa». Las criaturas de Pagola son un poco como él, tienen algo de los «duendes» a los que se refiere Klee, y se encuentran a medio camino también: no son niños, no son viejos, tienen algo de los dos, el aspecto de clowns tristes y la ligereza de joviales fantasmas. Por eso cuando nos hallamos delante de una obra suya, de estilo inconfundible, yo no digo nunca, «mira: un pagola, sino mira: Pagola».
De cuantos libros ha escrito uno, El arca de las palabras es uno de mis preferidos. Aunque yo no he venido aquí ni mucho menos a hablar de mi libro, son precisas algunas aclaraciones.  Durante un año, entre 2001 y 2002, día a día, fue uno abriendo al azar el diccionario ilustrado de Calleja (1911) y escogiendo de cinco de sus páginas las palabras que más me gustaban, para glosarlas. En 2003 lo corregí y se lo pasé a Pagola. La idea era publicarlo también día a día, entre el 23 de abril de 2004 y el 23 de abril de 2005 en el periódico La Vanguardia, como homenaje a la lengua castellana en general, y en particular al Quijote, que celebraba entonces su cuarto centenario. Pagola tuvo también un año para escoger, una por día, la entrada que mejor le pareciera o la que más le inspirara para ilustrar nuestras entregas, a imitación de los grabaditos que figuraban en el diccionario de Calleja y en tantos otros diccionarios ilustrados.
Nuestro trabajo apareció como estaba previsto en el periódico catalán a lo largo de ese año, y poco después, también en 2005, en un libro, a mi modo de ver (tipográficamente, me refiero) precioso, que editó la Fundación Lara. En él van todas las palabras y, claro, todas las ilustraciones. Voy pasando las hojas y miro los dibujos de mi amigo, y me asombra, vuelve a asombrarme, su capacidad para dejar en unos pocos trazos el espíritu de la letra. Hay viñetas humorísticas, serias, melancólicas, medio abstractas, figurativas, misteriosas, transparentes, pero siempre líricas. Tienen siempre que ver con el texto. Después de dedicarle nueve o diez meses al diccionario de Calleja, le dediqué tres al de Covarrubias, de 1611. Es este un libro maravilloso, como sabe todo el mundo, mucho más que un diccionario. Las palabras en él parecen recién sacadas del horno. La primera palabra que glosé del Covarrubias fue atahona. La viñeta de Pagola sirvió luego también para la cubierta del libro. Atahona o tahona significaba antiguamente, además de horno de pan, el molino de harina, movido por bestia: «Llamamos ‘atahona’ el oficio y ocupación de pesadumbre que se repite hoy y mañana y siempre, como hace la bestia del atahona, que siempre anda unos mismos pasos y los vuelve a  repetir infinitamente». Se diría que Covarrubias estaba hablando de Pagola y de mí. La viñeta que hizo este es portentosa, porque se ve en ella a un hombre uncido a un molino… pero de viento, como si el hombre tuviera que moler lo suyo y lo que hacen los otros por él, su propia vida y los sueños, como una mise en abîme.
Yo creo que podrían glosarse todos sus dibujos, sin tener en cuenta los textos a los que sirvieron en origen, y el libro resultante sería de lo más curioso. Porque también nuestro trabajo está metido en una de esas infinitas abismaciones especulares. Pondré un ejemplo. La primera viñeta que hizo fue para el título de nuestro libro. En todo momento pensé, claro, en el arca, arqueta o cajón donde había ido poniendo las palabras, pero Pagola lo interpretó de otro modo y se presentó con un arca como la de Noé. Ni que decir tiene que me pareció mucho más apropiada y hermosa su acepción que la mía, y desde entonces mi libro es para mí ese aparatoso y primitivo navío donde las palabras se ponen a salvo y evitan los famosos «acantilados de la vida cotidiana!».
Desde ese ya lejano 2001, ha ido uno viendo cómo Pagola multiplicaba sus criaturas. Las hemos visto crecer, han ido con él siempre. Porque se me olvidaba decir que toda su obra, por lo menos la que a mí más me gusta, tiene unas pequeñas dimensiones, como duendes. Se podrían guardar y sacar del bolsillo de la chaqueta, como las llaves de casa, como un pañuelo, como cualquier cosa que nos sea imprescindible para vivir. Es prodigioso ver cómo nacen de sus pinceles, lápices, bolígrafos y plumines, y cobran vida. Con qué naturalidad. Cuando hojeo alguno de esos fabulosos cuadernos suyos, siempre espero que las criaturas que están allí encerradas salten afuera, como los animalejos que trepan por la fachada de la catedral de Estrasburgo o se agazapan en las misericordias de las sillerías góticas. Tienen todas un aire risueño, la modernidad les ha quitado esa cosa triste que les daba el gótico, sustituyendo en ellas las zampoñas por unas maracas. Cuánta jovialidad, y qué elegantes son siempre los trajes que Pagola les pone, esos colores tan apagados y corteses, tan líquidos y complementarios, a lo Klee también. Participan de la jovialidad de su autor, de su manera de estar en este mundo, a un lado, sonriendo, sin pedir nunca nada. Al contrario, dándonos a los ñáñigos que un día estuvimos a punto de perder la fe en el arte, la esperanza de que el arte, en artistas como él, empieza cada día. Y por supuesto, con su sonrisa, con su bondad y con su misma luz.

[Publicado en el texto del catálogo de la exposición Tú y yo que se puede ver en el Museo de Abc de la calle Amaniel, de Madrid]