30 juin 2013

Astillas

LA lectura de un librito reciente de Rosa Chacel, Astillas, que reúne textos inéditos recopilados por Ana Rodríguez Fisher y publica la colección Obra Fundamental de la Fundación BS, nos lleva a un escrito en el que Chacel recuerda cómo el título de su novela La sinrazón estaba tomado de aquellas palabras de Feliciano de Silva que don Quijote "encontraba de perlas" ("la razón de la sinrazón que a mi razón se hace..." etc.). En ese texto o en otro vecino Chacel recordaba, con elogio, el de Maeztu a propósito de Cervantes, y eso hizo que a uno le entraran ganas también de acercarse al de Maeztu, visitado hace ya muchos años, y refrescarse la memoria.
Quede para otro lugar la impresión de esta nueva lectura del escrito de Maeztu, pero no la cita que este hace de un pasaje de Nieztsche: "Ver la verdad por la óptica del artista, pero el arte por la óptica de la vida".

Pollo de rabúo. Las Viñas, 22 de junio de 2013.

29 juin 2013

El buque fantasma (1992)

APARTE de que a algunos se les atragantara de esa novela que se dijese en ella que habían hecho más por los parias-del-mundo-uníos las hermanitas de los pobres y demás monjitas de la caridad, que todos los soviets juntos, aparte de eso, creo que molestó mucho su desafortunada y fea cubierta, encargada a una agencia de publicistas. En ella se veía a Lenin sacando la lengua. Más que una lengua parecía un pimiento del piquillo. Yo creo que habría sido mejor esta que se reproduce aquí, que hice yo por mi cuenta, sin que nadie me la hubiese pedido y que rechazaron acaso sólo por eso. No es gran cosa, pero era más divertida, aunque sólo fuese para molestar a los del PCCh, aún en el poder. (Las tipografías, ni que decir tiene, venían impuestas, quiero decir que eran las habituales de aquella casa). 
Acaba de aparecerle a uno en una carpeta con papeles viejos. La creía perdida. Estaba hecha a partir de la foto de un guardia rojo interpretado por un bailarín de la Ópera de Pekín (folleto oficial), y las piernas de una vedette norteamaricana, para no salirnos del mundo del espectáculo. Los colores del guardia rojo eran de revista porno años sesenta, en cambio las piernas de la vedette eran, cómo decirlo, de lo más convincentes.


28 juin 2013

Jot Down

AYER presentamos Félix de Azúa y este su humilde servidor de ustedes el número cuatro en papel de Jot Down en la librería Alberti, en compañía de dos jóvenes, Guadalupe de la Vallina y Ricardo Jonás, redactores de la revista. Se dedica el número de manera monográfica al viaje. Es un número, como los anteriores, voluminoso, con un diseño potente y sobrio de riguroso blanco y negro e infinidad de colaboraciones entre las que puede leerse una mía, sobre la carretera secundaria y aun cuaternaria que une Lugo y La Fervenza. Jot Down es la demostración de que todo cuanto habían vaticinado los gurús a propósito de la literatura y el periodismo en papel, de las revistas culturales y de la falta de interés de los más jóvenes por la lectura era una pequeña filfa.  
Ayer también empezaba mi colaboración en el Jot Down digital con el escrito que va a continuación, y hace unas semanas este mismo Jot Down publicaba este responsorio al preguntorio de los también jóvenes Marcos Abal y Ernesto Baltar, que colaboran también en ese número cuatro.
En lo que concierne a mi persona, no es este desde luego un gran paso para la humanidad, pues sigo en, de, con zapatillas, pero se siente uno bien, porque a cierta edad ya no busca uno sino un rincón donde le dejen estar tal como es. Si es, como ocurre en Jot Down, una revista de jóvenes y con futuro, que nos dejen con nuestro propio pasado y la fuerza del pasado, sin tener que disimular que hace ya mucho que dejamos de ser jóvenes. Porque lo que de veras importa, jóvenes, viejos, raramente se mide con minutos, horas, años.
* * *
LOS PAPELES ROTOS DE LAS CALLES 
Nadie ha descrito mejor la afición a la lectura que Cervantes. Lo  hizo, como es sabido, en el capítulo noveno del Quijote. No dijo por qué le gustaba tanto leer ni tampoco por qué escribía, a menudo en condiciones adversas. Tan sólo nos informa de su extrema afición a leer. Debió de leer también en condiciones poco gratas, en casas modestas, pequeñas y ajetreadas, calurosas en verano y heladoras en invierno, cuando no en ventas o posadas, colonizadas por gentes de paso que son, por naturaleza, las más escandalosas, o en carro o sobre una caballería. Sólo así se alcanza a comprender el entusiasmo y devoción con los que Cervantes nos habla en el Quijote de la casa del Caballero del Verde Gabán y del “maravilloso silencio” y sosiego que reinaban siempre en ella. ¿Pero si la afición a leer está bien arraigada no es cierto que puede uno abstraerse? ¿No vemos a diario a cientos de gentes que viajan en metro, abismadas en la lectura, ajenas al estrépito ensordecedor de hierros viejos, a las sacudidas violentas, al trajín de viajeros que entran y salen o a las megafonías que anuncian el nombre de las estaciones con el mismo énfasis que ponen las azafatas aviadoras para anunciarnos que estamos llegando felizmente a un remoto confín del orbe?
Claro que internet no es un vagón de metro, ni siquiera uno de tren o un avión; se parece más a uno de esos platillos volantes que llevan a la gente en teletransportaciones súbitas sin pasos intermedios, y acaso por eso la persona que ha empezado a leer estas líneas, ahora ya está en otro lugar, por arte de magia, urgido no tanto por una tarea concreta, sino sólo por la magia, al igual que esos millones de turistas a quienes nada reclama en ese remoto confín, sino sólo la necesidad de comprobar que se puede llegar a él y que son ellos precisamente, gentes a menudo demasiado comunes y sedentarias, quienes pueden hacerlo.
Y como habrá constatado también quien aún siga leyendo estas líneas, uno también puede teletransportarse en este artículo donde quiera, ir y volver. Claro que no al buen tuntún, sino con un fin preciso, como verá quien continúe leyendo y llegue a su término.
Y que Cervantes leyó y escribió en condiciones penosas, decíamos, no hay que dudarlo. Él mismo confesó que había empezado su Quijote en “una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. A ella le había llevado su mala suerte, mala suya y buena nuestra,
porque sin esa circunstancia acaso no habría empezado él su libro y hubiese seguido dedicándose a sus negocios, esos precisamente por los que le acusaron de malversación y apropiación indebida de fondos públicos. Únicamente cuando se vio expulsado de la Administración para la que trabajaba, Cervantes, que había llegado a la Administración tras fracasar como novelista y autor de comedias, volvió a agarrarse a la literatura como a un clavo ardiendo. Durante todos los años que estuvo alejado de la péñola (digámoslo así en honor de Cide Hamete, que colgó la suya, “matando” a don Quijote en el último capítulo, para evitar, qué ingenuo, cualquier secuela), todo el tiempo que estuvo sin coger la pluma, decía, Cervantes leyó, y leyó mucho, a su manera, sin demasiado orden y todo género de obras, tal y como haría hoy cualquiera de los lectores llamados compulsivos.
Tiempo tenía de sobra. Se pasó media vida de aquí para allá, solo, viviendo, decíamos, en ventas y posadas, sin contar los cinco pasados en el cautiverio de Argel y casi otros tantos acogido a la milicia, acuartelado o en el hospital, reparándose de las heridas que lo dejaron manco, o los meses que pasó en Esquivias, el poblachón manchego, recién casado él y soñando en la manera de salir de allí como fuese. En todos esos lugares le sobrarían ocasiones y momentos para dedicarlos a la lectura y hacer más liviana su soledad y sentir que su vida estaba un poco más viva de lo que en realidad lo estaba cuando la dedicaba a negocios que tampoco le interesaban lo más mínimo. ¿No leemos todos a veces por esa misma razón, porque nuestra vida, empleada en trabajos tediosos o irritantes, nos resulta insuficiente y tratamos de meter en ella algo de las vidas ajenas, como cuando entra una persona, una ciudad o una novela que nos iluminan de pronto?
El lector o la lectora que está leyendo estas líneas lo hace en un soporte que se parece poco a un papel, a un libro. Yo mismo las escribo en esta pantalla en la que puedo borrar y escribir, como en un viejo palimpsesto, sin dejar huella de las probaturas, y sin embargo se siente hoy uno igual que Cervantes confesó sentirse en ese capítulo nueve al que nos referíamos. Después de haber seguido los primeros pasos del Quijote, Cervantes, que seguramente no pensaba escribir una novela demasiado larga, debió de considerar que la cosa daba para mucho más, que sería una lástima dejar aquello en otra de sus novelas ejemplares, y así, sin saber muy bien cómo continuar ni por dónde tirar, nos fue contando al mismo tiempo la historia de don Quijote y la historia de su novela, cómo iba haciéndola. Quiero decir que contaba la historia de don Quijote y en cierto modo la suya propia como novelista, sin ocultarnos nada, y así el lector del Quijote asiste entre admirado y divertido a cómo Cervantes se pregunta a cada paso: ¿y cómo voy a salir yo ahora de esto, qué voy a hacer con este hombre, lo mando a Zaragoza o a Barcelona, hago que muera o le dejo vivir un poco más?
En el capítulo octavo ya había decidido que don Quijote siguiera un poco más, pero necesitaba contarnos cómo y dónde se encontró el resto de la historia. Eso lo contará en el noveno, cuando relata que se fue al zocodover o plaza principal de Toledo, donde se celebraba el mercado, buscando información sobre don Quijote, y allí quiso la casualidad que asistiera a una escena bien curiosa: vio cómo un chaval le traía a un sedero unos cuantos “cartapacios y papeles viejos”, y, añade, “como yo soy aficionado a leer aunque sea los papeles rotos de las calles, llevado de esta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con caracteres que conocí ser arábigos”. Pero la afición a leer de Cervantes era tanta, que el que estuvieran escritos en caracteres arábigos, no le desanimó, y buscó por allí cerca alguno que los conociese, cosa harto fácil, nos dice, pues en Toledo quedaban muchos que leían esa lengua, y aun la hebraica.
Dejemos de lado que aquellos papeles fuesen los que Cervantes iba buscando, donde se proseguía la historia de don Quijote (si no ocurren tales hallazgos fabulosos en una novela, ¿dónde, si no, podrían ocurrir?), y centrémonos en eso de los papeles rotos (y mucho le cuesta a uno no hablar ahora de los “papeles viejos” y de la afición de Cervantes a comprarlos donde se los encontraba, colándose incluso en los tratos, como aquí, para hacerse con el objeto codiciado sin el menor escrúpulo ni respeto por las leyes tácitas que rigen los negocios del baratillo y el regateo). Hablemos, sí, sólo de los papeles rotos de las calles.
¿Qué puede haber de interesante en ellos como para pararse a leerlos? ¿Cervantes detiene su camino porque acaso halló alguna vez en alguno de ellos algo que resultó primordial en su vida? ¿Le sucedió tal vez lo que sólo sucede en las novelas, a saber, que uno de esos papeles rotos le condujo a un tesoro, alguno que mejoró su vida tal vez o que la amenizó, al menos? Quien como Cervantes se para a leer los papeles rotos de las calles es alguien a quien, seguramente, le gustan mucho la vida y sus gentes, aunque espere ya muy poco de ellas, como prueba el hecho de cifrar en leerlos quién sabe qué momentáneas ilusiones. No nos imaginamos a un duque ni a un comendador ni a ningún personaje principal leyendo papeles rotos en la calle, ni siquiera los imaginamos caminando por la calle (esos, diríamos, sólo leen ejecutorias y papeles orlados y timbrados y actas académicas o el Boletín Oficial del Estado, y de ir por la calle, lo hacen en coche o en carroza o con un séquito apresurado), y sí en cambio veremos en la calle detenido ante uno de esos papeles al tipo curioso, sin oficio ni beneficio, como suele decirse, que mira en ellos como por una ventana abierta a lo desconocido.
Y ¿qué es lo desconocido y el deseo y el impulso de conocerlo sino la naturaleza misma del ser humano? De hecho el estar más o menos vivo se relaciona estrechamente con estar más o menos reclamado por lo que desconocemos, y, al contrario, nadie más muerto que aquel que cree conocerlo todo y estar de vuelta, aquel para quien los papeles rotos de las calles no son nada ni pueden decirnos nada que no sepamos.
Bien, ¿pero qué tiene que ver todo esto con nosotros, dónde están hoy los papeles rotos de las calles?
Creo que, en el sentido en el que habla Cervantes, están aquí, en esta pantalla en la que tú lees y en la que yo escribo. Internet, que es la calle por excelencia, los sirve a millares, más aún que nuestras sucias calles reales, infectados de papeles rotos y sucios por todas partes. En internet saltamos de unos a otros con una aceleración inimaginable, a la velocidad de la luz, como los ovnis. Leemos un papel roto aquí y otro allá, y a menudo ni los terminamos de leer, urgidos por lo desconocido, sí, pero acaso no tanto por el deseo de conocerlo y desvelarlo, como de curiosearlo por encima antes de seguir nuestra carrera, que no camino, hacia otro de esos destellos o lampazos de la pantalla de nuestro ordenador.
Porque, y aquí queríamos llegar, Cervantes nos confiesa que le gusta mucho leer, “aunque” sean los papeles rotos de las calles. Es decir, que lee en ellos cuando no tiene otros mejores y completos que echarse a los ojos, que esos papeles rotos no son sino aperitivos o entremeses o postres, si se quiere, de los verdaderos papeles que están esperándole siempre, aquellos en los que tratará de averiguar la razón por la que lee y por la que escribe, aquellos en los que tratará de averiguar por qué el que está roto por dentro es siempre el lector que necesita reposo, “maravilloso” silencio, tiempo dilatado y tranquilo para descubrir el sentido desconocido de la vida.


Félix de Azúa y Andrés Trapiello. Foto: Guadalupe de la Vallina, 27 de junio de 2013. Librería Alberti.

27 juin 2013

Huellas (y 2)

NO sólo es el momento estelar de ese libro, sino uno de los más asombrosos de la historia de la novela y aun de la literatura: Robinson Crusoe, tras años de soledad despiadada en la isla, descubre en la playa las huellas de un hombre al que acabará llamando Viernes (y lo que habríamos deseado conocer La novela de Viernes). El lector siente en ese momento el misterio como algo real, y comprende que lo visible y lo invisible son parte de la misma realidad.
Pocas cosas nos fascinarán tanto como las improntas de nuestros pasos en la arena, acaso porque pocas veces se nos dirá de modo más gráfico que nuestro paso por esta tierra es efímero y que tarde o temprano llegará una ola que nos igualará en la nada.
Sin embargo el hombre es en sí un pecio del universo, y lo es su alma, llevada por la marea del tiempo, arrojada una y otra vez aquí y allá, en las fatigadas costas de este viejo planeta o en la lejanísima playa virgen de una remota estrella.
Aquí o allá dejará su huella para alguien, igual a los millones de huellas que le precedieron, igual a todas las que le seguirán. Escribimos nuestro nombre en el agua o en la arena no para que lo lean, sino para que no se nos olvide.

Arriba: foto de Chema Madoz; abajo: foto de AT, pecio (cascote de ladrillos)  de la Playa de la Luz, junio de 2013

26 juin 2013

Huellas (1)

EN una playa todo parece adquirir una dimensión mágica, de tesoro inesperado y devuelto generosamente por las olas, conchas, piedras, pecios pulidos por la arena y blanqueados por el sol, como huesos de una civilización extinguida... Y por eso cuánto nos cuesta dejar tales tesoros donde los encontramos. Se diría que el abandonarlos allí es una traición y un pecado mayor aún que el pecado original por el que el hombre perdió un día el Paraíso. 
Los móviles, como en esta ocasión, nos permiten a menudo llevarnos algo de aquello que quedó allí, tal esta imagen que sin duda no habríamos visto si Chema Madoz no nos hubiera estado aleccionándonos a mirar las cosas de otro modo.

Playa de la Luz, Rota, 19 de mayo de 2013




25 juin 2013

Dos noes



NO sabemos por qué razón siendo muy superior el número de lectoras respecto al de lectores, el de buscadores de libros viejos es infinitamente superior al de buscadoras de libros viejos. ¿Hormonas, educación, naturaleza, cultura? En todo caso a los varones, al menos a los que buscan libros viejos, el polvo, los hongos, la mugre congénita que traen consigo los libros viejos suelen importarles mucho menos que a las mujeres. Y cuando aquellos se mueren, suelen las mujeres de estos, en su papel de viudas, vender sus bibliotecas, contribuyendo de ese modo a que la rueda siga girando y alimentando las fantasías de tantos a quienes poco importa el polvo, los hongos, la mugre congénita que traen consigo los libros viejos.
* * *
NO deberíamos hablar de los premios, al menos con los desconocidos, como tampoco de las enfermedades. Hablar de los que le han dado a uno es una cosa bien triste, porque entonces raramente nos acordamos de lo que decía Cervantes: que “el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona y el segundo la mera justicia”. Y de los que les dan a los demás es algo todavía más triste, precisamente por ser esas palabras de Cervantes en las que solemos pensar en primer lugar, antes que en cualquier mérito.

El Rastro, 5 de mayo de 2013

24 juin 2013

Elogio de las cosas que duran

“CUANDO Edison puso a la venta su primera bombilla en el año 1881, la duración de este artículo ascendía a las 1.500 horas. Tres décadas después se anunciaban unas bombillas con una duración certificada de 2.500 horas. Sin embargo, en 1924, los principales fabricantes de Europa y Estados Unidos pactaron limitar la vida útil de las bombillas eléctricas a 1.000 horas”. El informe de El Confidencial en el que viene esto incluye otros ejemplos: las medias de nylon (pasaron de ser  prácticamente indestructibles a algo delicadísimo que se rompía con un rasguño, lo que duplicó las ventas), las lavadoras, las impresoras, los coches... La cifras son escalofriantes.

Hay dos modos razonables de enfocar este asunto. Uno, tal y como lo hacen diferentes asociaciones de consumidores y organizaciones ecologistas, es decir, atendiendo al interés del consumidor y a la protección del medio ambiente, y dos, desde un punto de vista estético, es decir, ético. 

El primero no ofrece lugar a muchas interpretaciones. En Francia esas asociaciones y organizaciones, ante la obsolescencia programada y la intencionada perecebilidad de muchas manufacturas, llevan años exigiendo que se etiqueten “los productos con la vida útil estimada por el fabricante, así como obligar por ley a incrementar la duración media de una lista de productos y, si se estropean antes, la garantía debería cubrir su coste”. En cuanto al medioambiente, a nadie se les escapa que el incremento desbocado del consumo nos está llevando a un presente inhóspito y a un futuro tan incierto como inquietante: el planeta Tierra acabará como esa calavera que se mete en ácido para despojarla de todo rastro de materia orgánica y blanquearla, una colosal calavera deshabitada dando pausados giros alrededor del sol en medio de un silencio sobrehumano. 

El aspecto ético-estético ofrece no menos interesantes perspectivas. Ha sido necesaria esta crisis para que muchos hayan descubierto acaso la belleza de las cosas que duran en uso. Si las cosas viejas en su doble acepción de trastos viejos o antigüedades tienen su indudable nobleza, hay algo aún más conmovedor en las cosas que siguen a nuestro lado activas. Se diría que se van impregnando de nuestra vida y nosotros de la que ellas proporcionan: la camisa que, vueltos cuellos y puños, sigue “como nueva”, es más que una camisa; nuestros viejos cuchillos que cortan “como el primer día”, si no más, porque han sido afilados con mimo, nos traen a la memoria todos los años que han sabido permanecer a nuestro lado, y los conservamos por lo mismo que nadie tira a la basura las viejas fotografías sólo porque tiene de las personas queridas que aparecen en ellas otras más recientes. Los ejemplos podrían multiplicarse... Es decir, hay en las cosas que duran una épica especial (esa supervivencia no deja de ser heroica en muchas ocasiones y milagrosa), y esa épica despierta en nosotros sentimientos y emociones que nos ayudan a descubrir en ellas, y en nosotros, algo de naturaleza lírica, o sea algo que nos hace fuertes y delicados, como quienes saben que siempre habrá algo superior en los zapatos ahormados por el uso que en unos enteramente nuevos y rígidos: nos llevan más lejos.
          [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de junio de 2013]