29 juillet 2013

El mensajero y los chanclos

CUANDO usted lea estas líneas habrá leído u oído ya, como yo, cien artículos y opiniones parecidos sobre Snowden, el joven que hizo públicas las prácticas y abusos de la Cía, para la que trabajaba. En primer lugar hemos de recordar las protestas de los gobiernos aliados de los Estados Unidos a los que, con el pretexto del terrorismo, estos espían sin la menor consideración por razones comerciales y económicas, pero también las de aquellos particulares que denunciaron de manera airada que alguien pueda entrar en un ordenador cualquiera para escrutar sus más ocultos y secretos pensamientos y archivos. 

Dejemos de lado el comportamiento de los países aliados de los EU, que, tras  elevar “las más enérgicas protestas”, dejaban tirado a Snowden en un aeropuerto de Moscú mendigando asilo político y haciendo bueno aquello de que “Roma no paga a traidores”, dejemos, sí, la alta política a los que se dedican a ella (que suelen ser los mismos que se ocupan de su alcantarillado), y vengamos a las cosas menudas que apenas tienen cabida en las “enérgicas protestas”. 

Empecemos por Snowden. Nos cae bien Snowden, pero a pocas novelas o películas de espías que hayamos leído o visto, nos preguntaremos qué pensaba que era la Cía cuando entró a trabajar en ella. En una de espías, creo que lo preguntarían de otro modo: ¿para quién trabajaba, o más exactamente, quién le pagó para contar lo que contó o de quién espera cobrar ahora? 

Es muy probable que nunca se conozcan las respuestas a estas preguntas, ni el conocerlas haría que olvidáramos la clase de gentes en cuyas manos está nuestra privacidad e intimidad, desde el presidente de los EU, si consintió esas escuchas y miroteos, hasta el último de los “oscuros” funcionarios que como Adolf Eichmann se amparan en la “obediencia debida” para perpetrar el mal.  Hay quien asegura, incluso, que el mal es  invencible, y también quien afirmó no tener ordenador, porque  ya se barruntaba que acabaríamos en esto: o esclavos de la técnica o a merced de los bandidos. No sé. Ve uno las cosas de otro modo. Decía don Francisco Giner: "Cuidado, los chanclos no son una patente de corso para andar por el lodo", lo que podría también formularse al revés: no voy a convertir mi vida en lodo sólo porque nadie lo sabrá nunca. Que puedan entrar en los ordenadores no siempre es un abuso intolerable (no lo es para desarticular redes de terrorismo, drogas, trata de blancas, pederastia), sí cuando se persiguen informaciones para obtener ventajas comerciales, políticas, financieras. Agradecemos y debemos a Snowden que nos haya recordado que nuestro ordenador no es la alcoba, ni siquiera el retrete, y que el día que lo metimos en casa metimos al Gran Hermano con el que hemos de aprender a convivir. ¿No lo hacemos con los cuchillos, la lejía y otras cosas peligrosas? Y si delante de un chivato o de un chismoso no se habla de lo que no queremos que sepa, ¿por qué hacerlo delante de nuestro ordenador? En cuanto a los delincuentes se sabe que  procuran ir siempre por delante de la ley o donde la ley no llega, por lo que la ley debería tranquilizarnos ahora poniendo entre rejas a los que la infringen con la excusa de que están haciéndola cumplir, y no matando al mensajero.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de julio de 2013] 

22 juillet 2013

La aldea global


EN 1963 McLuhan profetizó que esto iba camino de convertirse en una aldea global.  Suponía McLuhan que la televisión, la radio y demás medios de comunicación (ni siquiera había entonces internet) terminarían haciendo creer a la gente que tiempo y espacio se estrechaban tanto como ocurre con la vida de las aldeas. ¿Ha sucedido así? Es posible que la aldea global sea cada día que pasa más pequeña, pero el cementerio que la rodea no es cementerio de aldea, sino una de esas grandes necrópolis en las que todo es muerte. 

Muchos nos afanamos estos días en escrutar los libros que nos acompañen durante las vacaciones. Como el acopio lo hago más de libros viejos que de nuevos, la casualidad ha querido que de uno de ellos, hojeado al azar, cayera al suelo una hoja de propaganda editorial. Anuncia en ella el editor barcelonés Luis de Caralt su “Colección gigante”, de la que forman parte esos “10 best sellers internacionales” del año 1963. Paseamos la vista por esos diez autores que gozaron de su celebridad, pero al momento ha de admitir uno, con alarma, que no sólo no ha leído ninguno de esos libros gigantes, sino lo que es peor,  el nombre de esos escritores le resulta tan exótico como el que nos encontramos sobre las lápidas paseando entre las tumbas del cementerio de una civilización perdida: Paul Scott (Inglaterra), Onuora Nzekwu (Nigeria), Laszlo Passuth (Hungría), Carlo Coccioli (Italia), Morris West (Australia), Gilles Marcotte (Canadá), Pandelis Prevelakis (Grecia), Will Berthold (Alemania), James Leo Herlihy (Norteamética) y Eugene O’Donnel (Sudáfrica). La alegría al reconocer el nombre de este último fue tan grande como efímera: lo había confundido con Eugenne O’Neil, Premio Nobel. Alguna vez ha repasado uno también la lista de los Premios Nobel y ha tenido la misma sensación: un cementerio global, cosmopolita, en el que esta fuese, gran e involuntario sarcasmo, la frase más repetida: “La literatura no te olvida”.

No querría que el lector de estas líneas sacara una falsa impresión antes de tiempo, que pensara que lo que se le está diciendo aquí es que todo es menos, que las reputaciones gigantes se liliputizan con el paso de los años y que al igual que antaño, los prestigios de hogaño serán en unas décadas polvo, ceniza, nada. Esto ha sido, es y será siempre así, ciertamente, pero por una vez podemos comportarnos como aldeanos y no como cosmopolitas más o menos sobrevenidos. Esperan nuestras vacaci0nes, tenemos ocasión de quedarnos con unos pocos, pero doctos libros juntos, y eso haremos, recordando, los versos de Alberto Caeiro, hermano de Pessoa: “El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea, pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea, porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea”. Una aldea con uno de esos pequeños cementerios como los que vemos en Inglaterra junto a una iglesia, a su medida, en un prado verde,  y en el que todo sigue siendo vida: niños que juegan entre las tumbas, novios que lo cruzan cada tarde camino de sus citas, ancianos que allí mismo cuidan desinteresadamente de los rosales que plantaron vecinos cuyos restos reposan allí, y que podrían repetir, sonrientes, aquel verso de Unamuno: “El mundo entero es un Bilbao más grande”.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 21 de julio de 2013]

15 juillet 2013

Cucos, cuervos, buitres


CREO, dicho con la mayor modestia, que poco o nada de lo que se diga en esta página será tenido en cuenta. Tampoco siente uno la vocación redentora, mesiánica. Durante años he comparecido aquí con mi pequeña maleta de buhonero, la he abierto y expuesto el género a la curiosidad de los lectores, y al rato ha seguido uno su camino, tal y como hacen los buhoneros en los días de feria y mercado. ¿Qué vende uno, qué y quién le compra? No lo sé. Mercar, lo que se dice mercar, poco o nada, ideas generales acaso, de las llamadas multiuso, como esas navajas suizas que sirven al mismo tiempo para pelar patatas, levantar claras a punto de nieve y moler café. También suele llevar uno en su maleta algunos hechos corrientes, encontrados en los suelos de las calles, como aquellos papeles rotos de las calles que Cervantes decía leer llevado por el gusto que le daba leerlo todo, hasta eso. Sí, pocas cosas habrá más sabrosas que las que pasan en la calle, esos famosos sucesos consuetudinarios que acontecen en el rúa. La calle es el cine de los simples y pobres de espíritu, y uno, sin salir tampoco de la modestia, aspira a ser simple y pobre de espíritu.

Hay que serlo en estos tiempos para no darse de cabezadas contra la pared. Miren atentamente cada mañana la primera página de los periódicos: parece uno de aquellos collages que hacían los surrealistas recortando los grabados de las revistas viejas. En este que tengo hoy ante mí los mismos que exigen a cuatro columnas inflexibilidad para los corruptos son llevados ante la justicia, a dos columnas, por corrupción, amenizados por los enredos de una zarzuela real y los patéticos jipíos del asesino de sus dos hijos pequeños. ¿No llegará jamás a este mundo un poco de serenidad y  cordura? Y sobre todo, ¿qué podremos hacer nosotros, pobres de espíritu, para no acabar formando parte de este mosaico desquiciado?

Un remedio acreditado es hacerse el loco. Hace unos años se habló aquí de las memorias de infancia de W.H.Hudson, Allá lejos y tiempo atrás, libro extraordinario. Con libros así no hay crisis que valgan. El pasado, nos decimos, es al menos hospitalario. El azar ha vuelto a traer a nuestras manos uno de los libros de este naturalista, Aventuras entre pájaros, editado hace ya más de medio siglo. Aunque a muchos de esos pájaros, criaturas boreales, no los conoce uno, las historias que cuenta Hudson van haciendo poco a poco que nos olvidemos del mundo en que vivimos. Pero esto es sólo transitorio: al rato comprendemos que la tarea de evadirse no es sencilla. Hudson, que tiene las cualidades de un ornitólogo sutil (infinita paciencia y el ánimo jovial para trabajar en silencio y soledad) nos habla de cucos, cuervos, buitres y describe de tal modo el temperamento y los hábitos de estas aves que se diría lo estuviera haciendo de personajes bien conocidos de todos nosotros, de cualquiera de los que que salen a diario en la primera página de los periódicos. ¿Adónde iremos que no formemos también nosotros parte de este disparatado collage surrealista?, se pregunta uno, al tiempo que vamos cerrando nuestra maleta de buhoneros y pensando desalentados si no sería mejor hacerse titiriteros. Al menos aprovecharíamos la maleta.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de julio de 2013]

9 juillet 2013

Medio cerrado por vacaciones

DESEÁNDOOSLAS buenas, hasta el primero de septiembre, amig*s. 


El Sur (y 3)

3. Felipe Benítez Reyes. Cada cual y lo extraño (Destino, 2013). Un libro de relatos, que como todo los relatos buenos suceden en ninguna parte y en todas, en ningún tiempo y en todos. Los relatos, se ha dicho, son el eslabón entre la poesía y la novela, pero han de ser más poesía que novela, si quieren conservar intacto el germen de novela que lleva en sí todo gran relato. Benítez Reyes, poeta y novelista, ha pensado para cada mes del año un asunto propio de ese mes; por ejemplo: el libro se abre en enero con un relato sobre los Reyes Magos y casi lo cierra, es noviembre, otro sobre el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Menciono estos dos porque son para mí acaso dos de los mejores relatos no sólo de este libro sino de los que se hayan escrito en mucho tiempo, brazos de una horquilla en la que hay variados tonos y recursos de narrador y de poeta. El recurso del Benítez Reyes narrador es la amenidad y la intriga, el humor y el "dezir donoso"; el recurso del poeta Benítez Reyes... la poesía no tiene recursos ni trampa, se da de una vez, entera, sin trucos, y aquí la vamos a encontrar muchas veces. La naturaleza del relato es su argumento, la de la poesía la ausencia de él. Estos relatos nacen todos de una pequeña anécdota, del mismo modo que la semilla del sicomoro, árbol frondoso, se pierde en la palma de la mano, y los vemos crecer asombrados, a su sombra (el más largo del libro es un desternillante relato a bordo de uno de esos megacruceros trasatlánticos de quince pisos y veinte mil pasajeros). Nos decimos, ¿y ahora el mago Benítez Reyes qué se sacara de la chistera?, por decirlo con una imagen que le es grata. Y sí, en todos hay esperando una paloma o un conejo o una sombra chinesca que salta por su cuenta de la pared para ir a recorrer el mundo. Y en todos ellos encontraremos poesía, lo que va más allá de un argumento. Cuando termina el libro, que hemos leído arrobados, con la sonrisa de los niños (si un relato no nos devuelve a la infancia, de qué sirve), cuando todo ha acabado, nos decimos como esos niños que han asistido a un drama de marionetas o a unos fuegos artificiales: ¿No hay más? 
Sí, claro que hay más. Lo que se queda con nosotros, de vuelta a casa: la rumia, o sea la poesía. 


Rota, 20 de junio de 2013

8 juillet 2013

Qué sabemos nadie


SE contaba aquí la semana pasada la denuncia que hizo uno de los jurados del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de los tejemanejes y trapisondas de otro de los jurados, Luis María Ansón, quien había anunciado en su periódico con horas de antelación, y antes de que se efectuara la última votación, el nombre del ganador. La vida, que es de mecánica simple, y el mundo, que es un pañuelo, me llevaron a encontrarme unos días después con otros dos miembros de ese mismo jurado, cosa nada difícil, ya que ese jurado lo forman, como suele decirse, ciento y la madre. 

La madre de todas las batallas  suele ser casi siempre la verdad, y la imposibilidad de conocerla completa. En ese caso, y tal como lo relataba yo hace una semana, mi crónica daba a entender que el extraño culebreo de Ansón obedecía a unas ansias infinitas suyas de inclinar la balanza a favor del escritor que finalmente obtuvo el premio, cuando había sido exactamente al revés: anunciar el nombre del favorito horas antes de que se produjera la votación no fue sino una maniobra desesperada de abortar los tejemanejes y trapisondas que lo habían hecho favorito. Aunque tuviera mucho más espacio, no perdería ya más tiempo en contar los pormenores de esas luchas por el poder entre facciones, periódicos, patrocinadores y diversas instituciones y en las que no faltó, para que todo fuese completo, cierto académico, quien, después de hacérsele creer que podría desbancar al favorito, se dedicó a  telefonear uno por uno a los miembros del jurado postulándose él mismo como premiable óptimo, sin sospechar que sólo era una pobre marioneta en los hilos de Rasputín.

Hemos llegado a creer que sabemos muchas cosas sólo porque esta es la sociedad mejor informada. ¿Pero informada de qué? Los periódicos y televisiones nos muestran a ciertas gentes a todas horas, a menudo en ámbitos reservados, incluso íntimos. Pensemos en la figura pública española por antonomasia, el rey. Los presidentes de gobierno, los ministros, los ídolos deportivos o artísticos, lo son durante un tiempo, y luego se eclipsan y se olvidan. Hemos visto al rey día a día durante los últimos cuarenta años y en toda clase de situaciones y actitudes, distendido, preocupado, sano, enfermo, riéndose, llorando, en aprietos políticos y personales... Por verle, le hemos visto inlcuso pidiendo perdón en público y prometiendo portarse bien. Y sin embargo, apenas sabemos nada de él, y cuanto sabemos nos resulta siempre fragmentario e incontrastable. De ahí que quienes amamos la realidad sobre todas las cosas nos sintamos fascinados por los grandes novelistas del pasado, aquellos narradores omniscientes que llegaban al último rincón del pensamiento de sus personajes o que sabían colocarse en el momento y lugar adecuados en el que iba a suceder algo crucial para el desarrollo y la comprensión de los acontecimientos. Es decir, una gran novela nunca defrauda ni escamotea la realidad. Hace unas semanas alguien nos mostró por el cerrojo de la cerradura los enjuagues de un premio, y ahora uno ve que sólo podría llegar a la verdad a través de una novela, claro que en este caso saldría un esperpento.


     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de julio de 2013]

7 juillet 2013

El Sur (2)

2. JOSÉ Mateos. Cantos de vida y vuelta (Pre-Textos, 2013). Un libro de poemas, que como todos los poemas de un gran poeta apenas leerán un puñado de lectores contemporáneos. En él coplillas y romances de una sencillez misteriosa. De la poesía, como de las palabras esenciales, se puede decir muy poco, por lo mismo que el único que puede responder a una campana es el eco. Yo me haré eco de uno de los poemas más hermosos de este libro de alguien que ha decidido llevar en el Sur la vida y vuelta de los mejores: solitario, silencioso, verdadero:
    
   PADRE I

   Metí la mano
en la dura corteza de ese cuerpo
que yacía entre sábanas,
                                               ausente.

Llegué al fondo y palpé no sé qué entraña
viscosa, qué
pliegues que al retirarse,
dejaban el vacío como única
forma de entrega.

(Del amor que me diste nace ahora
el amor que yo doy).

Goteaba mi mano,
                                  y no de sangre.


Playa de la Luz, Rota, 18 de junio de 2013