6 juin 2014

Ortega, malgré tout


LA principal virtud de José Ortega y Gasset, de Jordi Gracia (Taurus, 2014), ha sido hacer que la sobriedad de su título se haya desplegado a todo el libro. Y el acierto de Gracia no haberse contagiado de la prosa de Ortega, quien a menudo, como es bien sabido, más que escribir le gustaba hacer bordado de Lagartera, cuando no encaje de bolillos, como en la guerra, y darnos este ensayo biográfico, tan sobrio como exhaustivo y fascinante, tal vez el mejor con el que cuenta el filófoso español. 

Ni siquiera ha sucumbido Gracia a la tentación de discutirle o enmendarle la plana a Ortega las ideas filosóficas, estéticas o políticas, lo que ha sido desde hace cien años un deporte nacional de biógrafos, filósofos, políticos, críticos, creadores y periodistas, y se limita a exponerlas, tal y como las concibió el laberíntico Ortega, y a contextualizarlas. Y si cada uno es un "yo y mi circunstancia", rastrea Gracia en el yo ligeramente hipertrofiado de Ortega y en su circunstancia, que fue, como sabemos, la de un nuevo siglo de oro de la literatura española, y la de una temporada que acabó en el infierno de la guerra civil, el exilio y la dictadura.

Es también una biografía hecha por muchas voces y citas, taracea de oportunísimos entrecomillados de cartas, juicios ajenos, extractos de artículos, obras, discursos... que Gracia ha tenido el acierto de dejar en su orden cronológico, sin desatender los episodios sentimentales y familiares del filósofo y sus opiniones personales, que tanto celó. Cabe decir, además, que Gracia, que ha escrito aquí su mejor libro, no ha caído, como es moda, en escribir una biografía contra Ortega, sino de Ortega. Y de él salimos un poco más reconciliados con el filófoso. Acaso sea este de Gracia el último hito en una reconciliación tantas veces pospuesta, porque se diría que nunca acabamos de estar reconciliados del todo con él.

¿De dónde proviene esta especie de indiferencia, animadversión u hostilidad hacia Ortega? Procede, en parte al menos, de lo sucedido durante la república, en la guerra y en la posguerra. Fue una de sus víctimas intelectuales, como lo fue Azaña, caído entre dos fuegos, sobre todo el fuego amigo. Y diríamos que si es injusto que se haga responsables a los hijos de los pecados de los padres, tal y como se menciona en el evangelio, aún lo es más que se haga responsables a los padres de los pecados de los hijos, y la guerra que ganaron los hijos de Ortega, Pérez de Ayala o Marañón, les hizo perder durante muchos años a los padres el lugar que merecían en la historia de España y, desde luego, el lugar que merecían sus obras. Pero este hecho no explica toda la desafección o distancia con las que se le castigó, principalmente a partir de 1932. Tomemos como ejemplo antagónico de Ortega a Unamuno. A diferencia de Unamuno, que necesitaba tanto de la gente, aunque sólo fuese como frontón de unas ideas expresadas siempre en un castellano cortante y empedernido, Ortega se diría que se complacía en escribir para no sentirse gente, sino subrayando, desde su mismo estilo literario, abundante en fililíes y ortegajos, como los llamaron Ferlosio y Martín Gaite, todo lo mucho que le distinguía y separaba de ella. Acaso este prurito aristocrático haya sido lo que ha suscitado en algunos cierta antipatía hacia una obra por lo demás inmensa, extraordinaria. Expresado en términos paradójicos: el ríspido Unamuno o el reticente Juan Ramón, tan misantrópico este y tan laberíntico también el otro, acabarían siendo mejor aceptados en el salón de la historia literaria que el sociable y en cierto modo salonnard Ortega. 

Y aunque no es el momento de abordarlo, habría que distinguir entre la aristocracia de intemperie de JRJ y la aristocracia de Ortega, de raíz institucionista ambas, la primera una aristocracia popular y la orteguiana... tal y como advirtió su discípula María Zambrano, algo señoritil. Y de aquí, tal vez, las afinidades que sintieron hacia la obra de Ortega quienes se reclamaron discípulos suyos, desde Ledesma Ramos a José Antonio Primo de Rivera, sin el acuerdo, hay que recordar, de quien no aceptó jamás el ejercicio de ese magisterio. Y esta es una de las lecciones que sacamos del libro de Gracia: ¡Qué poco crédito han tenido aquí la mesura, la tolerancia, el sosiego! La razón, ¡de qué poco ha servido! ¡Cuánto fascina el ruido y la pólvora, inseparables! ¡Qué pocos liberales ha tenido este país o qué silenciosos han sido, o qué silenciados! Pero vamos a dejarlo aquí, para no sumarnos al deporte nacional ni a quienes, tras la guerra, trataron de sepultar en la misma fosa común a JRJ, Azaña, Unamuno, Madariaga, Castillejo, Jiménez Fraud, por no citar a los hoy ya hipercitados Morla, Chaves o Campoamor.

Quedémonos con un libro que nos recuerda, y de la manera más respetuosa pero sin hurtarnos ni una de las debilidades o contradicciones personales y políticas del filósofo, que Ortega fue, es y será mucho Ortega. Cuando le preguntaron a Gide por el mejor poeta frances dijo: "Victor Hugo, hélas!". Puede que alguien esté tentado de responder de la misma manera si nos preguntaran quién ha sido el gran filósofo español. Pero en este caso habrá que responder sin titubeo: "Ortega, malgré tout!".
    [Palabras leías ayer en la FMarch en la presentación del libro, en la que intervinieron, con el autor, Javier Gomá, Santos Juliá y AT]

José Ortega y Gasset ante el micrófono de Radio San Sebastián, 1949. Foto: Marín, San Sebastían.




5 juin 2014

Adelante con el champán

ESPAÑA empieza a parecerse mucho a aquella que le hizo exclamar a JRJ: "¡Qué melonar!". Claro que esa impresión la amplifica bastante la lectura de la magnífica biografía de Ortega y Gasset de Jordi Gracia que presentamos esta tarde en la FMarch su autor, Javier Gomá, Santos Juliá y uno mismo. La principal lección que sacamos del libro es esta: ¡Qué poco crédito han tenido aquí la mesura, la tolerancia, el sosiego! La razón, ¡de qué poco ha servido! ¡Cuánto fascina el ruido y la pólvora, inseparables! ¡Qué pocos liberales ha tenido este país o qué silenciosos han sido, o qué silenciados!
Los más jóvenes, ruidosos por jóvenes, creen que no se puede ir a peor, y por esa razón se han puesto en manos de quienes parecen estar diciendo: cuanto peor mejor. ¿Acabarán por fantasía con el periodo más próspero, justo y pacífico de la historia de España? Sí, se ve, que piensan que ha llegado el momento de tirar la casa por la ventana y hacer los experimentos con champán.
Así que uno, como aquel Gutiérrez-Solana que se encontró al tonto del pueblo al que ayudó a hacer sus necesidades, está tentado de encogerse de hombros y seguir en solitario su camino. Si le dejan, que decía Azaña a Sánchez Albornoz a punto de perder la guerra, porque una cosa es segura: a diferencia de las casas, la historia ha mostrado que España nunca ha estado asegurada de incendio.

Calle del Aire, casa donde vivió Luis Cernuda. Mayo, 2014

4 juin 2014

El reyezuelo

SI fuese uno un hombre supersticioso, vería en este hecho algo extraordinario. Veinticuatro horas después de que abdicara su corona el nuestro, vino a visitarnos con la suya un reyezuelo. No es el de la foto que aparece aquí, sino otro, porque siempre que sucede algo importante o no tiene uno su móvil a mano o pasa todo tan deprisa, que acaba preguntándose: ¿fue un sueño?
Lo es la vida, y eso se estará diciendo ahora el Rey, a poco shakespeareano que sea (que no lo parece mucho). Todo ha sucedido muy deprisa, sí, la vida es sueño.
Y el reyezuelo nos dio a escoger entre un dulce despertar o prorrogarnos el sueño, una difícil elección, porque no suele haber despertares dulces ni sueños que no estén amenazados por una pesadilla.
Luego, como los pájaros suelen ser graciosísimos, se echó a volar, como diciendo: ahí queda eso.


3 juin 2014

El Rey abdica. Derecho a decidir.

YA no puede uno escribir en su diario "El Rey abdica; tarde, escuela de natación", porque algo parecido ya lo escribió otro y porque no sería verdad: no es aún temporada de baños y la noticia es lo bastante importante como para prestarle atención. 
En 1998 Ramón Serrano publicó 89 Republicanos y el Rey ¿Esta es la España que queremos? El título indica claramente que Serrano trató de llegar a los 100 republicanos, acaso para emular otros éxitos editoriales como 100 españoles y Dios, sin conseguirlo. Los republicanos se ve que entonces escaseaban. Allí está uno. En todo caso debo de ser un republicano especial, porque en aquel momento, y aun hoy, prefiere uno la compañía de muchos monárquicos y accidentalistas (*) a la de tantos republicanos, herederos de aquellos que no sólo no defendieron a la República durante la República (1934) y la guerra, sino que la atacaron con saña en nombre de la revolución stalinista o cenetista o del oportunismo nacionalista.
La abdicación del Rey ha llegado en el peor momento para la Institución y seguramente para España; con la probable y cercana imputación de la Infanta Cristina, el descrédito de los políticos y "el problema catalán" (**), la realidad parece necesitada del vigor de un rey joven e instituciones reformadas y reforzadas que no se dejen arrebatar un trozo del reino y acaso, después, el reino mismo, y no de la actuación errática de un anciano caprichoso y estrafalario que entre elefantes, sospechas de corruptelas y enredos sentimentales estaba a un tris de dejar en un tebeo cándido Los borbones en pelota de los hermanos Bécquer.

(*) Aquellos que, como los fundadores del Psoe y muchos militantes socialistas de hoy, (Felipe González, Alfonso Guerra), no se consideran ni republicanos ni monárquicos, por ser esto algo accidental, no fundamental, en el bienestar de los pueblos.
(**) Apenas unos minutos después de la abdicación del Rey, Artur Mas sugirió que esta podría obedecer a otras razones, cómo no, derivadas del proceso secesionista, y por su parte IU y Podemos, aliados del secesionismo, con idéntica rapidez gimnástica formaron su propia Marcha Verde hacia la II República (***), haciendo bueno aquello de "a río revuelto", etc.
(***) Sí, no es una errata: II República. Quienes más nos hablan de futuro y de III República precisamente ahora, son aquellos que salen a defenderla con banderas del pasado, o sea, de la II, aquella que decapitó una sublevación militar-fascista con la inestimable colaboración de movimientos revolucionarios en absoluto democráticos, gran bucle. Pasar por alto, ningunear o negar que durante la monarquía juancarlista se cumplieron, y a menudo con creces, todas y cada una de las aspiraciones sociales, políticas y económicas sustanciales de la II República nos alejará aún más de la III. Y mientras no haya garantías de que la III mejore en España la estabilidad política que hemos alcanzado con tantos esfuerzos y las libertades y aspiraciones de todos (no sólo las de minorías republicanas o nacionalistas), habrá que recordar a San Ignacio: "En tiempos de tribulación, no hacer mudanza". Derecho a decidir no hacer mudanza, o las mudanzas que piden algunos, tan legítimo y democrático como todos los derechos a decidir del mundo. Y las otras mudanzas o reformas que pide el conjunto de la sociedad, a su paso, sin olvidar que los pactos son la esencia de la democracia y las urnas, no sólo la calle o las asambleas, donde se legitiman.



2 juin 2014

El envés


ALGUIEN, durante años, va recortando en periódicos y revistas los artículos de un escritor al que sigue. A veces no se trata de un escritor, sino de un dibujante satírico, y acopia sus viñetas. En todos los casos, quien va reuniendo esos papeles, los va metiendo en una carpeta o en un álbum. Piensa, con afán archivero, que el mundo quedará más ordenado así, que la realidad es en definitiva un gran acorde que contribuimos a completar y armonizar entre todos. Un día ese alguien se muere, suele pasar, y “su obra” llega a rastros, mercadillos y almonedas: colecciones de las viñetas de Xaudaró,  artículos de Azorín y reportajes varios.  Cuando la persona que está coleccionando ahora mismo los papeles de éste o de aquel otro se muera (suponemos que esa costumbre tampoco se perderá), aparecerá en el rastro, en la almoneda y el mercadillo, sístole y diástole del mundo, la carpeta donde los va recopilando ahora minucioso y discreto.

El temor de que un día mi ordenador pueda reventar como el caballo de Miguel Strogoff, correo del zar, le ha llevado a uno a juntar también en una carpeta, por precaución, estos artículos del Magazine. Así, pues, es uno, antes de que la edad nos descabale, el acabalador de sí mismo. Y esto ha sucedido: cuando alguna vez se ha puesto uno a repasar esos papeles suyos, se encuentra en su envés anuncios publicitarios, fotografías extrañas, un titular, una noticia. No siempre lo que viene en el envés coincide por tamaño con el haz, y lo que vemos está mutilado, es sólo el trozo de una foto, de un artículo, de un titular... Y, sin embargo, de pronto, todo eso que está por detrás, como la urdimbre de un tapiz, cobra tanto o más sentido que el propio artículo que se había recortado. Como si esas síncopas encerrasen la melodía completa del tiempo. Así, antes de que nos queramos dar cuenta, seducidos por tal inesperada y temporal visión, vamos pasando el rimero de hojas. Miramos directamente su envés, y nos reconocemos mejor, más que en lo importante, en lo que no lo era: tal modelo anticuado de coche, el refresco que ya no se fabrica, unas ropas que han pasado de moda, unos rostros que habrán envejecido con nosotros, las palabras de un colega... 

Esto nos deja pensativos. Lector, lectora, vuelve la hoja. Mira el envés. En la página que acaso acabas de pasar por alto, es posible que halles dentro de unos años tanto o más sentido que en esta.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 1 de junio de 2014]

1 juin 2014

Leopardi, el poeta moderno


Si es cierto que todo empieza a suceder un poco antes de su comienzo y no se extingue del todo con su fin, la poesía moderna no comenzó, como suele repetirse, con Charles Baudelaire, sino treinta años antes, con Giacomo Leopardi (1798-1837).
De Leopardi acaba de publicarse este libro que tiene tanto de biografía como de ensayo. Es la obra de un autor octogenario sumamente apreciado en su país, Italia, Pietro Citati, de quien conviene recordar algunos de sus trabajos anteriores con el fin de saber por qué necesitaba escribir también de Leopardi: Goethe, Tolstoi, Proust. Pues sucede con los escritores en verdad grandes, parece recordarnos Citati, que están los hombres abocados a leerlos en todas las épocas y cada uno de nosotros en todas nuestras edades, juventud, madurez, vejez, sin que les agotemos y sin que nos agoten.
La modernidad de Leopardi (el objeto del libro de Citati es en parte recordarnos que Leopardi es un autor moderno) es muy rara porque escribía no como se supone  que escriben los poetas modernos, sino como lo hicieron los clásicos, con cierto aplomo y una delicadeza contagiada de Homero o de Virgilio y de todos aquellos autores que Leopardi conocía al dedillo y tradujo a un italiano que trataba también de parecerse mucho al latín. Eso es lo que hace al menos en sus versos, en esos apenas veinte poemas que le han consagrado como uno de los grandes poetas de todos los tiempos, pero resulta que Leopardi es también el autor de una obra monumental, sus Zibaldone (algo así como “Miscelánea”), una especie de diarios, personales e intelectuales, de cuatro mil doscientas páginas.
Aunque sea una manera retórica de abordar las cosas, acaso no esté del todo fuera de lugar. El Leopardi de los poemas es y no es el mismo que el Leopardi de su increíble Zibaldone y de sus cartas. ¿Qué suerte le hubiera deparado la posteridad al poeta Leopardi sin sus diarios, y al revés, cómo se leerían estos sin esos poemas?
Es una pregunta retórica porque es imposible responderla, pero nos ayuda a dilucidar su extraño caso. “Leopardi da miedo”, dirá Citati, citando a Pietro Giordani.
Si Leopardi es en prosa un ser a menudo cáustico y desesperado en la medida que es también de una lucidez intratable (no olvidemos que, amando como pocos la belleza, fue un hombre contrahecho, con dos jorobas y un metro cuarenta de estatura, y tuberculoso desde muy joven, sumida su existencia en continuos y prolongados estados de postración, cegueras transitorias, cefalalgias y una caravana tan larga de “secuelas” que lo raro es que llegara a vivir en esas condiciones treinta y ocho años (“la idea de suicidio me proporcionaba una suma y feroz alegría”, llegará a decir), a todo lo cual ha de añadirse la relación torturada que mantuvo con una madre estúpida y cruel y un padre que amó a su hijo de la peor de las maneras hasta hacérsele insoportable tanto como imprescindible), si Leopardi en prosa, decíamos, es ese escritor que ve a través de su propia ruina física la ruina moral de su época, y nos la cuenta en un estilo sublevado (“Tiempo vendrá en que ese universo y la misma naturaleza acabarán (…) No quedará ni un vestigio; tan solo un silencio desnudo y una quietud altísima llenarán el espacio inmenso”), el Leopardi poeta es… ¿todo lo contrario? No, desde luego, pero sí alguien que alberga la esperanza de ser feliz (“la felicidad es la perfección y el fin de la existencia”) o de explicarse las razones de su desdicha. Alguien que ha asumido que el poeta es, al fin y al cabo, un ser solitario frente al misterio de la vida común (los instantes después de la tormenta, el sábado en la aldea, el canto de un pájaro solitario) y la vida cósmica (la visión de los astros errantes, el infinito visto desde un otero, el coloquio perpetuo con la luna). ¿Y cómo hablar de todo esto? Desde luego en tono bajo, casi en silencio. Por dentro. Y su afuera y su dentro lo completan. “¿Haré algo grande alguna vez?”, se preguntaba a menudo.
Citati tiene la habilidad de ir trenzando su vida, sus zibaldone, sus poemas y sus cartas. Es verdad que va y viene y a veces uno se pierde un poco, porque querría que el cultivadísimo Citati nos contara más de la vida de nuestro poeta (para eso habrá que esperar aún la espléndida biografía de Rolando Damiani, All’apparir del vero), pero su libro está tan cuajado de ideas sagaces, citas deslumbrantes, datos desconocidos, que no querríamos  terminarlo nunca. Si Leopardi conocía bien a Heráclito (“A la naturaleza le gusta esconderse”), Citati conoce muy bien a Leopardi, creador, nos dice, “de aquella poesía moderna, melancólica y sentimental que había imaginado”. Es decir, aquella poesía de siempre que, sobre todas las cosas, le gustar decir el mundo escondiéndose de él y de ella misma.
[Publicado en El País, Babelia, el 31 de mayo de 2014]
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"Cada vez que me convencía a mí mismo de la condición necesaria y perpetua de mi desdichado estado y que, volviéndome desesperada y frenéticamente adonde fuera, no hallaba remedio posible ni esperanza alguna, en lugar de ceder o de consolarme considerando lo imposible y que lo necesario era independiente de mí, concebía un odio furioso contra mí mismo, en la medida en que la infelicidad que odiaba estaba sólo en mí; yo era, pues, el único objeto posible del odio, y no tenía ni podía reconocer a ninguna persona fuera de mí con la que pudiera irritarme a causa de mis males y, con ello, a ningún otro objeto de odio por ese motivo. Concebía un deseo ardiente de vengarme en mí mismo y en mi vida de mi infelicidad necesaria e inseparable de mi existencia, y la idea de suicidio me proporcionaba una suma y feroz alegría". (Giacomo Leopardi, Zibaldone, 1821)


31 mai 2014

De la admiración

ADMIRAR a pocos no garantiza admirar a los mejores.
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TENDEMOS a creer que el ser exigentes con nosotros mismos nos da derecho a serlo con los demás. Esa suele ser la excusa para no tener que admirar a nadie, variación del "estar encantado con uno mismo".
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CUANDO admiramos es siempre preferible equivocarse por carta de más que de menos. 
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L*S más grandes de cada época admiran entre sus contemporáneos a gentes que valen, como es de suponer, mucho menos que ell*s. Eso, desde luego, no les empequeñece, sino que les hace precisamente más grandes.
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A menudo la admiración hiperbólica y exclusiva de los grandes escritores o artistas del pasado no deja de ser una manifestación de la propia poquitería, algo parecido al chiste: "¿Qué tal la literatura, maestro"; "Mal: Cervantes muerto, Quevedo muerto, y yo con ochenta años".


Las Viñas, 2014