29 de enero de 2016

De Luis Alberto de Cuenca y el Quijote

RARAMENTE ha traído uno a esta Hflexia las reseñas que se hacen de mis libros. Este es un caso aparte: el libro no deja de ser el de Cervantes, la persona que la ha escrito, Luis Alberto de Cuenca, es un poeta pero también un filólogo y traductor él mismo de las mal llamadas lenguas muertas (el griego de Homero revive cada vez que se le lee en cualquier otra lengua a la que se le traduzca) y ha aparecido en una revista, Ínsula, que no siempre tenemos a mano. Viene también a salir al paso a algunas objeciones que se hicieron a esa traducción en un primer momento, objeciones teóricas en su mayor parte (de si era necesario o no traducir el Quijote; aunque hubiera también alguien a quien pareciole una vergüenza que se hubieran suprimido de mi traducción los pronombres enclíticos, en los que reside, como sabemos, el unto de la lengua de Cervantes, y sin los cuales no vale la pena leerlo).
Con mi agradecimiento a LAdeC., aquí va su escrito.

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Cuenta Jorge Luis Borges en su libro Ficciones (1944) la historia de un supuesto escritor francés de la primera mitad del siglo XX que, además de una obra variopinta que incluía monografías sobre Leibniz y Ramon Llull, sonetos simbolistas y hasta una transposición en alejandrinos del Cimetière marin de Valéry, legó a la posteridad un Quijote que, a la postre, sin desviarse un ápice  del cervantino, supuso un desafío personal de imprevisibles consecuencias en las letras europeas que acabó superando el modelo sin apartarse de su escritura literal. Dice Borges también en ese delicioso cuento que Menard, pese a la apuesta íntima que lo llevó a elegir el Quijote como empresa capital de su proyección literaria, era perfectamente capaz de imaginar el universo sin la historia del hidalgo manchego, pero no sin un determinado verso de Poe (que se cita en el curso del relato), sin el Bateau ivre de Rimbaud o sin The Rime of Ancient Mariner de Coleridge. Mi buen amigo Fernando Iwasaki ha argumentado recientemente en alguna parte que la genial broma borgiana sobre Pierre Menard y su Quijote procede de una lectura previa por parte del maestro argentino de la Vida de don Quijote y Sancho de Unamuno, un libro que dejó perplejo al autor de Ficciones por limitarse, según él, a reescribir algo preexistente que no necesitaba ser reescrito. Sea como sea, parece inevitable una alusión inicial al cuento «Pierre Menard, autor del Quijote» a la hora de hablar, siquiera brevemente, de este Quijote «puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello», aparecido en la añeja y gloriosa colección «Áncora y Delfín» de Destino (volumen 1338), perteneciente en la actualidad al grupo Planeta.
            Andrés Trapiello, leonés de 1953, es uno de los más brillantes escritores españoles de su generación. Autor de un monumental Salón de pasos perdidos que alberga dieciocho volúmenes hasta la fecha (verano de 2015) y que constituye uno de los diarios más amplios, enjundiosos y sugestivos que se han escrito nunca en cualquier idioma, ha destacado en el campo de la narrativa con novelas como Los amigos del crimen perfecto (Premio Nadal 2003) o las secuelas cervantinas Al morir don Quijote (2005) y El final de Sancho Panza y otras suertes (2014), y en el del ensayo con Las vidas de Miguel de Cervantes (1993) y el más célebre de sus trabajos, Las armas y las letras, tantas veces reimpreso y del que tanto se aprende. Como poeta, ha publicado varios libros de gran singularidad y belleza, lo que lo sitúa, dada la variedad de géneros abordados y la gran calidad que imprime en todos ellos, en un lugar de privilegio dentro de  la literatura española del momento.
            El Quijote de Cervantes ha sido para Andrés Trapiello desde su infancia un libro de cabecera, una presencia obsesiva, un amuleto desde el que crear, un símbolo de lo mejor que ha dado la escritura universal, un paradigma de la excelencia literaria. Otro de los autores de cabecera de Andrés es, precisamente, don Miguel de Unamuno, el modelo del Pierre Menard de Borges, con lo que no puede extrañarnos que haya tenido en mente desde siempre la idea de reescribir él también, como Unamuno y como Menard, el Quijote de sus entretelas. Trapiello acaba de publicar su propio Quijote, esta vez sin atisbo de ironía menardiana, sino con la única, sanísima y pedagógica intención de que su versión de la novela cervantina, mediante un proceso exegético y modernizador que le ha llevado muchos años de dedicación no exclusiva, pueda ser entendido por un número mayor de lectores, al eliminarse las barreras de comprensión lingüística que levantan los cuatro siglos que nos separan de su redacción original. De ahí que dedique el prólogo del libro «a la memoria de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas».
            A este respecto, recuerdo empresas de acercamiento de los clásicos al lector de hoy tan beneméritas como la «Biblioteca Literaria del Estudiante», auspiciada a partir de 1922 por la Junta para Ampliación de Estudios (JAE) y dirigida por un institucionista tan prestigioso como don Ramón Menéndez Pidal, secundado por su esposa, doña María Goyri, que se hizo cargo de más de una de las 30 entregas de la serie planificadas en origen (el Consejo Superior de Investigaciones Científicas retomó, después de la guerra civil, la iniciativa de la JAE, patrocinando la salida de algunos de los volúmenes, siempre bajo la supervisión de don Ramón). O la muy meritoria colección «Odres Nuevos», de Castalia, donde se han ido publicando espléndidas versiones en castellano actual de algunas de las joyas literarias de nuestro Medievo, como la de María Brey del Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, la de Andrés Amorós de los Entremeses de Cervantes, la de Daniel Devoto de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, la de Ángel Rosenblat del Amadís de Gaula o la de Soledad Puértolas de La Celestina (por citar solo aquellos títulos que me vienen ahora a la memoria).
            El resultado del noble afán de Andrés Trapiello por ampliar el número de lectores del Quijote por medio de una versión, íntegra y fiel, de la novela en español de hoy ha sido un tomo pulquérrimamente editado (Trapiello es un maestro en el arte de la tipografía y ha cuidado personalmente de la edición, con la colaboración inestimable de Alfonso Meléndez), que alberga, además del Quijote de Cervantes reescrito por Andrés en castellano actual, unas líneas preliminares de Mario Vargas Llosa («El Quijote, hoy») y un prólogo del propio Trapiello («Algunas razones»). La envoltura exterior del libro no puede ser más apetecible. Presenta una encuadernación en tela azul oscuro que da gloria verla, lo mismo que da gloria tocar el papel biblia ahuesado elegido para la ocasión, que a lo largo de más de mil páginas despliega unos niveles óptimos de legibilidad, escasa transparencia y una prestancia extraordinaria. La camisa o sobrecubierta presenta en sus solapas sendas notas informativas sobre Cervantes y Trapiello, y el motivo gráfico de la misma es una preciosa ilustración de un paisaje manchego actual dibujada por Guillermo Trapiello, hijo de Andrés, en la que no pueden faltar esos artefactos eólicos que tanto abundan hoy en La Mancha y que constituirían hoy para un Quijote contemporáneo el equivalente a los molinos de viento de entonces y serían, por tanto, susceptibles de ser identificados con los gigantes que vio Quijano en ellos. De hecho, el homenaje a esos monstruos del siglo XXI no se detiene en la ilustración de sobrecubierta, sino que invade las guardas, que repiten ad nauseam en blanco sobre azul, con una gran eficacia plástica, las tres inquietantes aspas de los aerogeneradores, que es como se llaman esos horribles postes que transforman la energía del viento en energía eléctrica. Por raro que parezca, el diseño de las guardas con las aspas de esos aerogeneradores no puede resultar más atrayente y seductor. La verdad es que todo el libro es una fiesta de la elegancia y de la distinción formal. No en vano Trapiello es un entusiasta del estilo gráfico de otro gran príncipe del diseño editorial —y, de paso, de la poesía española— que se llamó Juan Ramón Jiménez, sobre el que Andrés ha escrito mucho y bueno (recuerdo, por ejemplo, un sabroso texto, titulado «Platero o la breve historia de un libro feliz», que acompañaba al facsímil de la primera edición de Platero y yo que publicó el diario ABC, con motivo del centenario, en diciembre de 2014).
Acerca de las modificaciones que ha llevado a cabo Trapiello sobre el texto cervantino, a fin de hacerlo más accesible y familiar al público contemporáneo, no voy a opinar, porque es evidente que entraríamos en un territorio muy personal, ya que la dificultad de una palabra o de un giro sintáctico no se puede medir en términos incontrovertibles. Lo que para unos es meridiano puede ser para otros enigmático y hasta tenebroso. Del primer capítulo de la novela se ha venido citando con profusión la traducción por Andrés de la expresión cervantina «de los de lanza en astillero», ininteligible hoy, por «de los de lanza ya olvidada», que acerca el texto al lector actual. En este caso, a mí me parece idónea la traducción, pero eso no quiere decir que sea la única posible. Habrá, como es natural, quien no esté de acuerdo con tal o cual traslación de Trapiello, porque cada español culto tiene en la cabeza una idea diferente de aquellas expresiones o palabras del Quijote original que deberían o no deberían ser explicadas en una versión actual de la novela.
Y ahí entra un factor importante en la discusión, que es el criterio de la auctoritas, residente aquí en la valía indiscutible de la persona que ha llevado a cabo la tarea de poner en castellano del siglo XXI (sin incurrir, como es natural, en solecismos o coloquialismos propios del habla de nuestra centuria, sino buscando ese español neutro y distinguido, pero sin afectación, que vale para todos y que no tiene contraindicaciones) el Quijote de Cervantes, o sea, de Andrés Trapiello, uno de nuestros escritores de referencia. El hecho de que sea él el protagonista de la aventura, y no cualquier otro nombre desprovisto de su relieve, hace que recibamos su traducción (o como queramos llamarla) como un ejercicio más de su devoción por la literatura, de su amor por Cervantes, de su deseo de tender puentes entre el Quijote y el —cada vez más hipotético— lector del mundo en que vivimos, tan reacio a sumergirse en un discurso literario que le suponga esfuerzo de comprensión tanto en el plano de la morfosintaxis como en el semántico.
            En la estela de proyectos editoriales citados más arriba como la «Biblioteca Literaria del Estudiante» o la colección «Odres Nuevos», tras las huellas de los siempre atinados y generosos planteamientos didácticos de la Institución Libre de Enseñanza y de las Misiones Pedagógicas, Trapiello ha urdido un Quijote más fácil de leer que el original por el lector de nuestros días, pero en esencia idéntico e igual de mágico e intenso que el que brotó de la pluma de Miguel de Cervantes a comienzos del siglo XVII. Mi más cálida, fervorosa y entusiasta enhorabuena por ello. LAdeC.

3 comentarios:

  1. Totalmente certero Luis de Cuenca, gran poeta por otra parte. Si hay halguna cosa que admiro de AT es su variedad de temas y escritoa. Le regalé a mi hija el Quijote para animarle a leerlo y estoy dsifrutando como siempre de la ùltima entrega de los SPP, y tambien de acuerdo con lo que dice sobre las armas y las letras que me descubriò muchos de los autores e historias de la guerra que no conocia. Buen fin de semana

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  2. Me alegra que LAdeCuenca haya escrito de AT estas elogiosas líneas. Un hombre cultísimo como él, que además es magnífico poeta y tertuliano de humor chispeante, no goza, precisamente, del favor de esos censores de la vida española que los mediocres han aupado a los altares. Hemos pasado de una inquisición a otra, se ve que el potro nos produce mucho placer. Mientras lo escribo abjuro de esta época denigrante que nos ha tocado sufrir.

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  3. Completamente de acuerdo, y muy oportuno el recordatorio de que, hace ya varias décadas, la "traducción" de obras medievales al castellano actual fue auspiciada por la editorial Odres Nuevos con "Los Milagros de Nuestra Señora", "El Cantar de Mío Cid", "El libro del buen amor" o "la Celestina". El Quijote no es, obviamente, una obra medieval, sino más bien renacentista, pero su castellano también es de otra época. No he leído el Persiles, a pesar de que me constan autorizadas opiniones sobre su gran valor literario (Cervantes lo anteponía al propio Quijote), y me gustaría alguna vez poder leerlo en español moderno, a ser posible actualizado por Andrés Trapiello.

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