10 de abril de 2016

El paraíso errante

VEMOS cada mañana en el periódico y a lo largo del día en la televisión escenas de refugiados, cientos, miles, columnas interminables en las que alguien camina detrás de alguien que a su vez sigue los pasos de otro, sin que nadie sepa bien adónde se dirige, a qué alambrada llegará, de dónde le expulsarán, envueltos todos ellos en plásticos, con las ropas mojadas tras haber vadeado un arroyo de aguas heladas, arrastrando unos  escuálidos hatillos, o ni siquiera, con las manos vacías y la mirada perdida, y siempre por caminos llenos de barro y lodo, o por el arcén de unas carreteras por las que pasan de largo camiones y coches, estos sí con un destino seguro, acogedor, hospitalario... 

Un día y otro contemplamos esas imágenes sin pronunciar palabra, sobrecogidos, avergonzados, impotentes. Son cada día las mismas, pero son distintas, todas esas gentes son diferentes, en cada persona hay una tragedia propia, intrasferible: a cada una de ellas le han desposeído de todo, de casa (en una calle concreta de una ciudad o pueblo también concretos), de  una patria (de la que acaso se sentía orgulloso), de familiares y amigos (a los que tal vez no vuelva a ver  jamás)... Así que sólo acertamos a decir, un día y otro, bajo el peso de esta certeza: Ese podría ser yo, tú, nosotros...

Por si fuese poco en muchos de los lugares a los que llegan se les acosa, persigue y humilla, haciéndoles saber que no son bienvenidos... Ah la vieja, civilizada y calefactada Europa. Esto es lo que vemos a diario, el desgarro en el que viven esas gentes extenuadas que no sabemos de dónde sacan fuerzas para recorrer un kilómetro más y no dejarse morir allí mismo. Es todo lo que hemos de saber: eso que vemos. Y en medio de esas escenas que forman parte también de la historia universal de la infamia, no se sabe cómo, como el cuco que canta en el campo de batalla, los niños. Nos los muestran a menudo jugando entre sí, correteando, ajenos al infierno que viaja con ellos, como si nada de cuanto les rodea pudiera impedir el torrente de su alegría. ¿No tienen acaso frío y hambre? ¿No están sucios y calados hasta los huesos? ¿No han roto sus familias? Por supuesto que sí. Pero ellos son el paraíso errante, los que sobrevivirán para pedirnos cuentas el día que adviertan que entre todos acabamos con su infancia.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 10 de abril de 2016]

3 comentarios:

  1. Ningún partido español hace nada, europeos tampoco, el paraíso es para los corruptos y sus familias. La corrupción es un crimen contra la humanidad, y el mayor de los pecados según el Papa de Roma, pero no pasa nada, es más se incorpora un personal con la intención que todos conocemos.
    De todas formas pronto habrá grandes migraciones por el cambio climático, el permafrost está liberando metano y CO2, el proceso de extinción ha comenzado, la suerte está echada y nadie hará nada, es cuestión de pocas décadas. El corrupto y el politico piensa que se van a salvar por tener dinero, pero son tontos.
    Los políticos de todos los lados siempre han hecho leyes a favor de la corrupción, pero pronto habrá demasiados desesperados, solo nos queda defender nuestra libertad y derechos mientras podamos ( no mientras podemos).
    ¿ Pena de muerte para los corruptos, como en China ?, yo pienso que estamos en manos de mala gente, de satánicos que se hacen los inocentes, pero el permafrost sigue derritiendo y llegara el día que Madrid tendrá playa, otra cosa es que haya algún bañista.

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  2. No importan los refugiados, igual que tampoco importan los casi trescientos mil sirios muertos hasta ahora. Y no importan porque la sensibilidad populachera está dirigida por esa izquierda ramplona que solo siente dolor si el tío Sam interviene. Esa izquierda que J. Cercas califica de pija en su acertado artículo publicado ayer en El País.

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  3. ...y ese día, en que nos pedirán cuentas, llegará.

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