24 de julio de 2016

Las emociones fuertes

INCLUSO nuestros actos más irracionales obedecen a causas más o menos reconocibles. ¿Puede darse una explicación a las palabras de Putin? Aunque parecía únicamente un comentario exhibicionista (sólo doscientos de “sus” muchachos habían apaleado en una batalla campal a más de mil hinchas ingleses), iba encaminado sin duda a enardecer a todo “su” pueblo, preparándole acaso para batallas y guerras en verdad decisivas. Unos días después Gran Bretaña, en referéndum, decidía si quería permanecer o irse de la Unión Europea. Las semanas previas  a la consulta pudo olerse en todo el planeta el tufo de la adrenalina. A las pocas horas de conocerse el resultado la decepción llevó  a tres millones de británicos a pedir que se repitiera la consulta: el juego de la ruleta rusa es siempre decepcionante, sobre todo para el que pierde. No obstante los líderes populistas de medio mundo, de Trump a Le Pen, celebraron con alborozo el resultado, decididos a acabar con conquistas  y derechos que le costaron a la Humanidad “hierro, sudor y sangre”. Francia, sin ir más lejos, es lo que es gracias a los emigrados que buscaron en ella una patria ilustrada. Se ha sabido que la mayor parte de los partidarios del Brexit son gentes de instrucción nula o escasa. 

¿Y en España? Desde hace tiempo una parte de la población parece reclamar también sus emociones fuertes y hacer saltar por los aires el sistema, antes de comprobar si tiene arreglo. Cuarenta años “sin que pase nada” les parece una eternidad. Hemos llegado incluso a oír en tono jactancioso que “el pueblo tiene derecho a equivocarse”. No diría uno nunca que el yerro, la estupidez o la mentira fuesen un derecho, y se exhibe la ignorancia que trata de imponerse a los demás  (en referéndum, naturalmente). Se diría que a falta de guerras y revoluciones, sienten algunos nostalgia de emociones fuertes y espectáculos “grandiosos”. La vida como ficción.  Así la vivieron esos hinchas rusos aleccionados por su comandante en jefe. Así la vivió Alemania en 1933 (hasta 1945; y ¡en trece años, cuántos tristes récords!). Y así pretenden algunos que vivamos la nuestra, aquí y hoy, en Francia, en Grecia, en Austria, en los Estados Unidos, en Reino Unido, y siempre en nombre de las emociones fuertes... ¿Y después? Las reclamaciones al maestro armero.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de julio de 2016]

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