14 de agosto de 2016

En los márgenes

CON el título de Letras clandestinas puede verse estos días en Madrid una exposición extraordinaria. Pasará inadvertida, quizá, porque está en un lugar poco conocido y transitado, la Imprenta Municipal, y porque  trata de un asunto en apariencia menor, los papeles, libros, panfletos, revistas que circularon durante el franquismo bajo cuerda. Es una exposición a un tiempo deprimente y esperanzadora. Deprimente, porque la insignificancia y fragilidad  de  muchos de esos testimonios, verdaderas reliquias, nos recuerda la blindada y todopoderosa dictadura contra la que se circularon. Imaginen al lado de sofisticados misiles, la honda de David, dos cuerdas y una badana vieja. Y aquí entra en juego la esperanza: no hay tirano que cien años dure, y aunque Franco murió en la cama estas letras clandestinas prepararon el camino hacia la democracia. 

Hasta aquí el relato romántico que nos cuentan estos papeles milagrosamente conservados, y que a uno tanto le han interesado desde un punto de vista tipográfico. Porque si leyéramos lo que muchos de ellos decían, nos quedaríamos paralizados de espanto. Antifranquistas, sí, pero demócratas poco. Antifascistas, desde luego, pero en muchos casos también estalinistas. “Nos hemos llevado la canción”, dijo León Felipe, tras la derrota. Esas palabras se hicieron célebres, pero no las que escribió quince años después, también desde el exilio: “Yo no me llevé la canción. Hay que confesarlo: de tanta sangre a cuestas, de tanto llanto y tanta injusticia no brotó el poeta... Los que os quedasteis... vuestros son el salmo y la canción”. Hablaba de quienes escribían poesía en España y la publicaban aquí, pese a todo lo irrespirable del ambiente y la censura. “Desde luego, que [la censura] es una impedimenta terrible para la creación. No basta con poder escribir o pintar, y meterlo todo en un cajón o de cara a la pared, sino que se necesita respirar...”, le dice Ramón Gaya a un amigo en 1960, y añade: “La libertad que se necesita para crear, no es una libertad para ser aprovechada, sino tan solo para ser sentida y sabida; es un margen”. Y sí, a menudo lo más interesante queda escrito en los márgenes. Basta con darse una vuelta por esa exposición. En ella figura lo mejor (y lo peor) de un pasado reciente, la letra pequeña de la Historia, esa que suele quedarse sin leer.

    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de agosto de 2016]

4 comentarios:

  1. Un placer leerle, como es habitual.

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  2. Querido Andrés

    Lamento disentir, pero ¿no parece un poco contradictorio que unos papeles estalinistas preparasen el camino hacia la democracia?

    Un abrazo

    David Fdez.

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  3. Para mí el fenómeno más digno de estudio es la cínica indulgencia y la ceguera voluntaria de los intelectuales (no sólo españoles antifranquistas) en relación con los crímenes y purgas del stalinismo, del castrismo y del maoísmo. Me refiero a esa aceptación implícita de una "opresión buena", un "genocidio bueno", una "censura buena", una "dictadura buena"... Todavía hoy Pablo Iglesias y Alberto Garzón felicitan al tiranuelo Castro. No cambian nunca, no aprenden ni quieren aprender.

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  4. Eran clandestinos que luchaban contra ley, cuando les metían en una celda escribían en la pared, maldecían la ley. No era peor gente que ahora, pero ahora vivimos en la complacencia, sobre todo en la auto complacencia, eran unos valientes y la valentía es un don que se está perdiendo.
    El hombre hace la historia pero no la planea ( Marx el filosofo ), que parece ser lo que sucedió con estos inquilinos del mundo , sin olvidar que todos somos inquilinos y la clandestinidad tiene o tenía un gran atractivo .

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