4 de diciembre de 2016

Esplendor americano

YA se conocen, claro, los resultados de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, pero yo, cuando empiezo a escribir este artículo, no los conozco aún. Podría esperarme unos días,  y escribirlo entonces, pero acaso no haga falta. Durante el mes de octubre pasamos un par de semanas en Nueva Inglaterra y comarcas limítrofes. Oímos hablar mucho allí esos días de Trump y Clinton. Era llamativo lo siguiente: los clintianos vivían la victoria  hipotética de Trump  como algo catastrófico, con miedo y tristeza. Decían: ¿adónde nos llevará ese hombre, en qué convertirá nuestro país? Pero lo cierto es que el país ya se había convertido en algo que explicaba la irrupción de Trump y la aceptación de una candidata como Clinton, que a pocos de sus votantes satisfacía, tras el recuerdo de un presidente de leyenda como Obama. 

Una de las leyes de Murphy (“las cosas siempre pueden ir a peor”), inclinaba la balanza hacia Trump, pero eso no era lo peor, sino esta constatación desoladora, extensible a todos los líderes populistas que en el mundo han sido y son: ninguno de sus seguidores es mejor que su jefe de filas. Por eso a los trumpianos no parecía importarles ver saltar por los aires el sistema, incluso el planeta. “¿Cambio climático?”, se preguntaba Trump: “Propaganda de los comunistas”, respondía sardónico, al tiempo que hablaba de devolver a su país el perdido esplendor americano. 

Es curioso. Cuando oímos a Trump hablar del esplendor americano no nos fijamos tanto en sus palabras, sino en el pelo injertado color panocha que se le desborda de la frente como un portaviones. Nos decimos: esa es la idea que tiene ese hombre del esplendor americano y aun del esplendor humano; ese injerto, que trata de hacer pasar por auténtico, lo extenderá a toda su política social, militar, comercial, medioambiental y económica norteamericana. Hitler, a quien millones de alemanas encontraban atractivo y seductor, probablemente inició la segunda guerra mundial para someter a todos aquellos que encontraban ridículo su bigote. Tanto si Trump pierde o como si gana, el problema hoy es que hay ya millones de norteamericanos deseando ser sometidos por ese tupé patriótico o algo parecido.

   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el día 4 de diciembre de 2016]

6 comentarios:

  1. A los demagogos y populistas pueden reprochárseles muchas cosas, excepto una: la de haber creado el estado de cosas que ha permitido que su demagogia y su populismo prosperen.

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  2. J.F.Kennedy planea realizar una visita a Dallas según he leído, y tengo un presentimiento raro...

    Quizá ese tupé sea como la diosa Ocasión de los romanos. Que era hirsuta por delante pero calva por detrás, así que no había forma de agarrarla por los pelos si corría montada en una rueda. De hecho, ya ha cruzado la primera meta...

    De J.F Kennedy les seguiré informando (espero que a él nada le despeine).

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  3. La cara oculta de Lula5 de diciembre de 2016, 20:41

    Vivimos en la más completa anomia, y una gran mayoría de la humanidad padecemos un cataclismo. Trump ha conseguido que se compartan unos valores, controvertidos o incluso falsos pero valores. No descarto que Trump sepa ser un presidente que evite la descomposición de nuestra sociedad, tiempo al tiempo.

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    1. Eso es como preferir la injusticia al desorden. Yo prefiero el desorden: porque es más creativo y porque permite la mejora. Además no existen imperios salvadores, aunque repartan chocolatinas desde un tanque al acabar la guerra.

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  4. Creo que buena parte de las amenazas dialécticas de Trump son puras bravatas de un paleto pendenciero que se sabe muy poderoso. Le place asustar. Yo diría que ni él nos conducirá al infierno ni con la Clinton llegaríamos al cielo. En realidad son las dos caras de la misma moneda: una suave al tacto y la otra áspera.

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    1. Exacto. Sólo habría que saber quién (o qué) tira al aire la moneda.

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