QUE algo huele mal en España, y aun mucho, salta incluso a la nariz menos avezada. Dicho abiertamente: vivimos en la hedentina. Es un chiste muy viejo (no hay chistes viejos, como saben, siempre hay alguien que no lo ha oído). El maestro le pregunta a Jaimito por el ácido sulfhídrico. Jaimito, que ha oído campanas, apenas medita su respuesta y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, como suele decirse, se lanza a responder: “Es un ácido que se caracteriza por su agradable olor”. “Hombre, Jaimito”, le corrige el maestro, “precisamente huele a huevos podridos”. Jaimito no se arredra y le replica como un resorte: “Pues a mí me gusta”. ¿El dinero huele bien o mal?
Recopiló hace años Sánchez Ferlosio una serie de escritos con el título de uno de ellos, Non olet, que tomó a su vez del opúsculo de cierto clérigo del que ignoramos su nombre, oscuro arbitrista granadino del siglo XIX. Contó este una “sobradamente conocida anécdota del emperador Vespasiano” que algunos conocimos por primera vez en el libro de Ferlosio (quiero decir, que no está nunca de más contar lo que creemos del dominio público). “Tito, hijo de Vespasiano, le recriminaba a su padre el cobro de impuestos sobre las letrinas públicas. El emperador le acercó al hijo el dinero de la primera recaudación preguntándole si le molestaba el olor, y al contestarle Tito, «non olet» (no huele), le replicó «y sin embargo es producto de la orina»”. Naturalmente, Vespasiano tenía razón, pero también la tenía Tito. Si a algo se amolda la pituitaria, y no digamos la pituitaria moral, es a los malos olores. Pasado un tiempo, el sentido del olfato se embota, si acaso la imaginación y la necesidad de salir del aprieto no nos hacen decir que a nosotros ese olor nos deleita, como a Jaimito el del ácido sulfhídrico.
Es probable que al señor Bárcenas la fortuna que ha amasado como tesorero del Pp no le huela a nada en absoluto, pero de ahí a ver a Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, y a todos sus secuaces, haciendo piña en el papel de Jaimito para convencernos que ellos, tras beneficiarse de los enjuagues y trapisondas de su contable, huelen a rosas, hay un largo trecho. Decíamos aquí hace unas semanas que más reprobable aún que su delito, será acaso la mentira y la arrogancia con que la sostienen, el modo en que han ido inficionando una sociedad próxima al colapso moral. Cada vez hay menos gente que no crea: 1/ que todos los políticos, sin excepción, no son unos ladrones; 2/que no lo es el rey y su parentela; 3/ que muchos robarían, si pudieran. Esto último nos confesó un taxista hace unas semanas: él no robaba porque no tenía dónde y no sabía cómo. Llegados a este punto de corrupción moral, política y económica, la tarea de regeneración se presenta difícil y lenta, y en tantos frentes que resulta abrumadora. Lo más descorazonador, sin embargo, es que el votante español y a pesar de saberlos corruptos seguirá, nos dicen, dándoles su voto. ¿Cuantas veces hemos oído a gente, incluso decente, que iba a votar tapándose las narices? Desde luego que la inmensa mayoría no somos responsables de la hedentina, pero sí, acaso, de haber embotado nuestra pituitaria con una dejadez y frivolidad irresponsables.
[Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de febrero de 2013]