5 de febrero de 2016

De Juan Marqués

Lo que se dijo aquí el otro día de la reseña de la traducción del Quijote, que se publicó aquí hace unos días, vale para esta de Juan Marqués, que aparece en el número 100 del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Acaba de salir, y el buen amigo que él es sabe cuán sinceramente se la agradezco, siendo como es una de las más generosas y hermosas que podrá recibir nunca ese trabajo.
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HUBO una vez un pequeño pueblo, en algún lugar de la Mancha, en el que el habitante que menos horas dormía era el único que soñaba, o por lo menos el que lo hacía con horizontes más altos y heroicos. No sabemos con exactitud su nombre, pero no importa mucho, porque aquel hombre anónimo fue mucho menos real que la criatura que, al final de su vida, inventó: un caballero andante de los de la mejor estirpe, de admirable fuerza y comprobado valor, enamorado ejemplar, cristiano impecable, cuyas aventuras, desgracias y temeridades consiguieron elevar, iluminar y acaso justificar una existencia que hasta ese momento había sido desesperantemente gris, estéril, anodina. No soy cervantista y no domino la ingobernable bibliografía sobre El Quijote, y por tanto no sé si alguien ha estado de acuerdo conmigo en que una de las principales claves del libro está en ese momento final (cap. LXI de la segunda parte) en el que se nos explica que, al llegar a la playa de Barcelona, el anciano don Quijote, por primerísima vez en su vida, pudo contemplar el mar. Tengo para mí que, en ese renglón, Miguel de Cervantes muestra una complicidad definitiva con su propia criatura (de la que, a su vez, sabemos muchas más cosas que del propio escritor, más fantasmagórico y desdibujado aún que Alonso Quijano), y nos está explicando claramente que, en su opinión, aquel viejo hidalgo, loco o no, hizo muy bien en marcharse de su pueblo en busca de peligros y fatigas, como deberíamos hacer todos, huyendo de comodidades y rutinas. Esa visión primera del mar es el impagable detalle que acaba de dar la razón al personaje, y lo que de paso da la razón a Luis Rosales respecto a lo que escribió en aquel libro solemne pero precioso que escribió sobre Cervantes y la libertad.
                  Jamás pensé que escribiría una reseña sobre El Quijote. Parece casi una afrenta, pero ahora, de nuevo en “año cervantino” (se han cumplido cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha), Andrés Trapiello da lugar a ello al publicar el resultado de un trabajo que, en secreto, ha ido llevando a cabo durante los últimos catorce años, y de ese modo nos invita a releer y comentar “el mejor libro del mundo” con ojos menos eruditos, más relajados. Sucede, en efecto, que Trapiello ha traducido El Quijote al español de hoy, cumpliendo con un proyecto que en principio es fácil de atacar si no se lee, pero que resulta altamente convincente en cuanto uno lo hojea unos pocos minutos. En un primer momento a mí mismo me pareció innecesaria tal actualización, pues Cervantes no queda tan lejos y es famosa la modernidad de su lenguaje, de su prosa o desde luego de sus técnicas narrativas…, pero lo cierto es que en el original hay cientos de muestras de paremiología, vocabulario rural o términos técnicos (que ahora ya son arcaísmos) que en efecto siempre han necesitado ir acompañados de una explicación para el lector de nuestro siglo. Lo que otras ediciones hacían con un aparato de notas más o menos profuso, minucioso o directamente agotador, Trapiello lo resuelve por el atajo de la versión, algo que sólo podrá parecer una profanación a quienes ignoran que apenas existen clásicos literarios (también, por supuesto, españoles) que no hayan sido adaptados para facilitar su comprensión. Seguramente ninguno de los que han protestado por la idea de Trapiello ha leído jamás el Cantar de Mío Cid o las sublimes Coplas de Jorge Manrique en la versión literal de sus autores, y no  me refiero tanto a las grafías originales, que por supuesto hay que traer hasta las de nuestro tiempo, como a la morfología de las preposiciones y conjunciones, o incluso a determinadas y casi imperceptibles cuestiones sintácticas. Aportando otras razones, lo explica muy bien el responsable en su introducción, en la que además alude desde el principio a que quiso hacer algo comparable a lo que las Misiones Pedagógicas hicieron con los cuadros de El Prado: llevarlos hasta sus dueños legítimos, aunque fuera a través de copias. Devolver al pueblo lo suyo. Descubrir a la gente que son propietarios de un patrimonio cultural gigantesco, y que tienen derecho a disfrutarlo, sin que limitaciones de ningún tipo puedan impedirlo. Es decir, conseguir que quienes no se vean con fuerzas, ánimos o códigos como para atreverse a enfrentarse con un texto de 1605 puedan beberlo y disfrutarlo en un idioma que, si no es el estándar de 2015, es incomparablemente más próximo, sin necesidad de manipular demasiado el de la época que lo engendró.
                  Es verdad que El Quijote de Cervantes, en lo esencial, se entiende todavía y se entiende bien, pero cabe preguntarse si esto es así también en los casos de quienes no leen con frecuencia, o en el caso de los lectores más jóvenes, o en el de quienes no tienen el castellano como lengua materna… Todos éstos van a encontrar en este ímprobo trabajo de Trapiello una enorme ayuda, lo cual no va a impedir en absoluto que puedan afirmar que han leído a Cervantes con todas las de la ley, pues el novelista de hoy ha tratado al de ayer con todo el respeto y la admiración que ya ha demostrado en muchas otras ocasiones (como en esa osadía de continuar la obra maestra contando qué sucedió Al morir don Quijote, y después, con todavía más talento e imaginación, al narrar El final de Sancho Panza y otras suertes), y sus intervenciones, siendo numerosísimas, son muy discretas y sutiles, nada invasivas, nunca maniáticas ni caprichosas. O casi nunca, pues para decirlo todo he de advertir que he detectado un pasaje en el que Trapiello sí se pone creativo, pero el resultado es tan genial que merece la pena, logrando un aforismo que es también toda una lección para poetas: sucede en ese episodio inolvidable y ya casi epilogal (cap. LXVIII de la segunda parte) en el que el cada vez más intuitivo y contestón Sancho Panza, con más razón que un profeta, afirma en la versión original que “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos”. Pues bien, lo que en Cervantes se refería a la exigua cantidad de los motivos inspiradores, en Trapiello, con un giro estupendo y un tanto escéptico de poeta veterano, alude más bien a la sospechosa calidad de los mismos: “los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de serlo mucho” (p. 976).
Antes de recorrer esta versión de Trapiello había leído El Quijote tres gozosas veces, en 1996, 1999 y 2004. Supongo que siempre que en el futuro vuelva a él recurriré al texto de Cervantes, pero me alegra haber podido conocer esta adaptación, que sin duda me ha acercado a algunas zonas oscuras que antes pasaría por alto, y sé que cuando revisite el original tendré muy cerca esta edición, para consultarla con frecuencia y aprovecharme de sus comodidades y ventajas. También sospecho que, cuando algún día mis hijos quieran leerlo, será este volumen el que les recomendaré, y de hecho eso es algo que no ha estado lejos de suceder ya. Cuando mi hijo mayor, de tres años y medio y gran lector de cuentos, levantó sus ojos de su Animalario y me observó leer, en pruebas, uno de los cuadernos de Trapiello, me preguntó con curiosidad:
–Papá, ¿tú también estás leyendo un cuento?
–Sí, Bruno –respondí yo–. Es, de hecho, el cuento más hermoso que se ha escrito jamás.
–¿Me lo cuentas?

Juan Marqués

2 comentarios:

  1. Fidelidad no es guardar las cenizas, sino mantener encendida la llama.

    (Esto es también aplicable a la fidelidad a un texto literario.)

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