18 janvier 2013

Mimosas

LAS primeras del año. Tan luminosas siempre, tan joviales. Vino con ellas el olor del campo, los dijes de la aurora, la canción de una abeja. Ese olor vino también tensado, como un arco. Parecía un idioma recién hecho, con la tinta fresca. Y aunque se fue de allí a unas horas, lanzadas ya sus flechas, dejó esta nota, propia de un huésped distinguido: "El heraldo de todos los misterios".

Mimosas. 15 de enero de 2013

17 janvier 2013

Rotaciones a tres bandas

EL crítico Ignacio Echevarría se despepitaba el viernes pasado al comprobar cómo los críticos literarios de su periódico siempre meten en sus recuentos anuales a los mismos, y aunque no a todos, como si hubiese alguno al que tratara de poner a salvo de su escabechina sacándolo de la colla, citaba a algunos de esos novelistas seleccionados: “Es decir, más de lo mismo: los autores consabidos en constante rotación, según hayan publicado o no libro nuevo”. 
Son palabras a tres bandas. Oímos en ellas no ya la suficiencia del que se cree superior a sus colegas y por supuesto a tales escritorejos (primera banda), sino una sedicente venganza, pues a diferencia de aquellos a los que se resiste a soportar "según hayan publicado o no libro nuevo", de él se podría asegurar que no rota, como Baroja decía de los vascos, "que no datan", quiero decir que ese crítico está siempre ahí recortándoles cada semana, sin faltar una, a quienes son más-de-lo-mismo: “Jodeos, yo siempre estoy” (segunda banda). Lo cual tampoco es exactamente así, pues acaso toda esa enajenación suya provenga de que antes él estaba en El País, y ahora no le queda otra que seguir compartiendo páginas con los críticos a su entender más ineptos en El Cultural, que así de voltaria y caprichosa es la rueda de la Fortuna, mientras espera que esta cambie para apoderarse él mismo de El Cultural y administrarlo, como habría hecho con Babelia si no lo hubieran echado antes, y poner al fin un poco de orden (tercera banda) en la crítica, la literatura, los periódicos y el mundo con unas cuantas depuraciones imprescindibles.


Dos retratos y un autorretrato. El Rastro, 13 de enero de 2013

16 janvier 2013

Lance Armstrong

LANCE Armstrong, el ganador de siete tours de France, después de haber negado siete veces siete que se había dopado, y siempre con el mayor aplomo y dispuesto a batirse en duelo con quien sostuviera lo contrario y aun a denunciarlo ante los tribunales llegado el caso (como ocurrió), reconoce al fin haberlo hecho. Está de más saber las razones por las que lo confiesa ahora tanto como saber por las que hasta hoy lo había negado. Se habló de ello aquí hace unos meses. El daño que ha hecho Armstrong no es al deporte, como se está repitiendo, sino a la verdad. Él solo ha acabado con la presunción de inocencia para mucho tiempo. Nadie volverá a creer a ningún deportista cuando diga: no me he dopado, así veamos su rostro arrasado por el llanto. Por suerte para la vida, el olvido, que raramente trabaja por la verdad, es imprescindible para sobreponerse a la mentira. Por cierto, ¿quién era Lance Armstrong?


El Rastro, 2 de septiembre de 2012

15 janvier 2013

Guarda el secreto

DECÍA Balzac que llevaba "una sociedad en mi cabeza". Los fotógrafos Jonás Bel y Rafael Trapiello se han propuesto fotografiar a lo largo del 2013 a unos cientos de personas. Lo que Gaya llamaba el hombre común, hoy tan excepcional como él lo entendía. Subirán sus retratos cada día a este sitio en la red. Nulla dies sine linea. El trabajo diario da sus frutos a diario. JRJ soñaba con publicar cada día, en una imprenta próxima a su casa, el trabajo de la víspera. Internet ha metido nuestra imprenta en casa y la ha llevado a la casa de todos. Y, desde luego, ninguna mejor compañía para un solitario que el trabajo de otros solitarios. Podremos decir, con Emily Dickinson: "Yo no soy nadie, ¿y tú? ¿No eres nadie tampoco? Entonces somos dos, guarda el secreto. Ya sabes que podrían desterrarnos". Sí, ya somos dos. Tres. Cien. Los días que tiene un año, guardando el secreto.

Foto: Rafael Trapiello

14 janvier 2013

La advertencia (alegoría)


 SI nos atenemos a la definición de alegoría, “ficción en virtud de la cual algo representa o significa otra cosa diferente”, al folleto que acaba de imprimir y enviar a sus amigos Alfonso Guerra podríamos darle el nombre de alegoría, incluso el de libelo, a tanto se ha llegado. Lo ha titulado “La advertencia”. 

Alfonso Guerra es un político español conocido. Esto puede parecer hoy obvio, pero no dentro de unos años. A tanto llegaremos. Y Guerra envía desde hace años por estas fechas a sus amigos una peculiar felicitación de Navidad: tal o cual poema, texto o relato de algún escritor en los que viene cifrado su estado de ánimo o aquello que a él le habría gustado poder decir. Este año ha escogido una carta del prerromántico Johan Gottfried von Herder de 1794 en la que Walter Benjamin vio una “advertencia ante las amenazas del nacionalismo y el fascismo”. Cómo le llegan a uno estas plaquettes de Guerra no siendo amigo suyo, ni desde luego enemigo y casi ni saludado, es un misterio, pero mucho le agradecemos la fineza, hoy más que nunca. 

Leemos la carta de Herder apesarados y con el corazón encogido o más exactamente, descorazonados: ¿la historia no nos ha enseñado nada? “La locura nacional es todavía algo más terrible”, nos recuerda Herder, y sigue: “Lo que ha echado raíces en la nación, lo que un pueblo aprecia y reconoce, ¿cómo es que no va a ser verdad?, ¿quién podría dudarlo? El lenguaje, las leyes, la educación, la manera cotidiana de vivir, todo lo consolida y nos remite a ello; quien no comparte la locura es un idiota, un enemigo, un hereje, un extranjero. Si además, como suele suceder, esa locura es cómoda o beneficiosa para grupos sociales bien concretos, o incluso beneficiosa para todos (según lo que ella misma nos informa), si la han cantado los poetas y la han demostrado los filósofos, y, en fin, si la boca del rumor proclama que justamente la locura es la gloria total de la nación, ¿quién le llevaría la contraria?, ¿quién no querrá, por cortesía, sumarse a ella? (...) Un jurista culto llegó a anotar que una serie de imágenes dañinas se encuentra unida a la palabra “sangre”: “limpieza de sangre”, “justicia de sangre”, “sed de sangre”; con la palabra “herencia” o “posesión” o “propiedad” sucede lo mismo... Palabras y signos que no tenían ningún significado han sido adoptados por partidos, y con la locura y su contagio han trastornado mentes, destruido amistades y familias, asesinado a personas y arrasado países y naciones”...

Resulta patente que Alfonso Guerra ha querido decirnos algo, y no es difícil adivinar su propósito al circular la carta. Por eso nos preguntamos por qué él, que puede, no toma la palabra en el Parlamento, y allí, ante los representantes de la nación, incluso sólo para aquellos de su propio partido que parecen haberse sumado jubilosos a la locura nacional, lee la juiciosa carta de Herder recordada por Benjamin en plena orgía nazi. Pero ya que no contamos con una respuesta, contentémonos al menos con la alegoría y esperemos esa bendita y dorada edad de la que hablaba don Quijote, en la que nadie es más que nadie, y menos por haber nacido a este o al otro lado de una raya.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de enero de 2013]

13 janvier 2013

Lígrimos, lánguidos, íntimos

A la carta anterior de nuestro amigo, siguió esta: "Nuestros nombres son de verdad muy sonoros y evocadores. Y tienes razón en que debería llamarse La laguna Oculta. (...) Volviendo a los nombres: resulta que toda la vereda (región, parte rural de un municipio) se llama La Oculta, porque así era el nombre de la hacienda más importante del sitio (fue propiedad de Don Abad, mi tatarabuelo), pero podría cambiarse por La Laguna Oculta, en una novela, y sonaría más literario, es cierto. La Oculta queda en el corregimiento de Palermo, municipio de Támesis, que antes formaba parte del municipio de Jericó, que es la tierra de mis antepasados, y cuya foto también te quiero mandar. Es más, la foto adjunta de Jericó es un regalo para Miriam: la tomé desde el Morro de Las Nubes, como poéticamente se llama el morro que domina el pequeño pueblo montañoso, donde se cultiva sobre todo café. Sobre todo esto yo escribí un poema, muy imperfecto, pero como está lleno de nombres, tal vez te pueda gustar y por eso te lo copio. Es este:

El Nuevo Mundo

Leía libros de países lejanos
como quien tiene ganas
de inventarse otra vida:
Islas del Báltico, bahías del Atlántico,
montañas en el límite del Tíbet y la India,
planicies extenuadas por el viento
helado en Patagonia.
Nunca una finca en Jardín
o una granja en La Ceja,
nunca una casa en Cali o en Pereira.
Valles en el Tirol,
los bosques otoñales de Vermont,
el Lago d’Orta, el Lago de Costanza,
rías gallegas, radas de Mallorca…
No el páramo de Urrao o el río Arma,
no las cavernas del Nus
ni las llanuras de Mapiripán.
Pero una tarde a orillas del Cartama,
afluente del Cauca, cerca de La Pintada,
sin libros en la mano
ni recuerdos de viajes,
mecido en una hamaca y a la sombra
de los cedros sembrados por su padre,
pensó que sus abuelos
o sus tatarabuelos
habían llegado aquí con ese mismo sueño
de encontrar otra vida.
Bautizaron potreros y baldíos
con nombres fabulosos,
soñando con ciudades ilusorias:
Antioquia, Jericó, Salento, Armenia,
Támesis, Salamina, Titiribí, Urabá,
Amalfi, Tarso, Pácora, Angostura,
Mesopotamia y Entrerríos
(sin ser la misma cosa),
para creer de nuevo en otro mundo
quizá no para ellos,
pero al menos
para nosotros,
los tataranietos.
Y el sudor de las sienes
fue tanto
que les salieron canas y calvicies,
y tanto el sol ardiente
del trópico inclemente,
que la piel
se volvió arrugas y pellejo seco,
manchas, pecas, lunares,
y el trabajo fue tanto
que todo fueron callos en las manos,
lumbago y reumatismo.
Y fue entonces que vio
con claridad,
mecido en esa hamaca deleitosa,
la brisa tibia acariciando el sueño de la siesta,
que la nueva vida
está en lo que se añora, sí,
y en la ilusión de un nuevo paraíso,
por supuesto,
pero que en cualquier tierra todo se construye
solamente
moviendo los terrones y picando las piedras,
tumbando selvas y sembrando bosques,
pegando adobes y plantando espigas,
desviando ríos y allanando montes,
trayendo agua y abriendo carreteras,
criando animales y cosechando frutos,
con el sencillo sudor de la frente.
                               Héctor Abad

Y esto nos lleva al "Durium Duero-Douro", el poema de Unamuno de su Cancionero en el que figura uno de los versos más hermosos de la lengua española ("lígrimos, lánguidos, íntimos", con un lígrimos que Ferlosio, según le contó a uno él mismo, oyó cierto día en boca de un labrador de Salamanca como palabra de lo más corriente y sobre la que él mismo, Ferlosio, después de llamarle a don Miguel pedantesco y refitolero a San Juan, escribió estos pecios):

Arlanzón, Carrión, Pisuerga, – Torres, Águeda, mi Duero.
Lígrimos, lánguidos, íntimos, – espejando claros cielos
abrevando pardos campos, – susurrando romanceros.
Valladolid, le flanqueas. – de nieblas le das tus besos...
                                                                                                     Etc.

Por suerte existe un registro de voz del propio don Miguel, a quien tanto gustaban los nombres por su sonoridad y rareza (aquellos Teotista, Liliosa, Felícula, Olviescencia y Prepedigna o el de los hermanos Potenciano, Crescenciano, Fidenciano y Marciano que Paco Vighi recogió en Palencia para él) aquí tenemos, decía, a don Miguel recitando este poema, ningún regalo mejor para esta mañana de domingo.

Cauca desde Jericó. Foto de Héctor Abad

12 janvier 2013

Ferlosio, sus pecios y un dramatis personae

DEJÓ ayer en este almanaque un lector o lectora anónima unos cuantos pecios atinadísimos de Rafael Sánchez Ferlosio que vienen a confirmar lo que decíamos: es la parte más sensitiva y colorista, la más sentimental también, de su obra. Y acaso alguien debería recoger esos cientos de fragmentos en un libro, entresacando muchos de sus prosas tal y como hacen los garimpeiros con las esmeraldas que arrancan a los abrumadores barrancos de las Minas Gerais de Aimorés. 
Entre los citados, dos, que figuran desde hace muchos años, entre mis predilectos. 
Uno, de un cura, nos recuerda el que sea acaso uno de los retratos de curas más prodigioso de nuestra literatura (de Gutiérrez-Solana, en su libro Dos pueblos de Castilla, y así lo vio Camilo José Cela en su discurso de ingreso en la Real Academia, tal vez lo más sentido que escribiera este), y el otro, uno de un gato.

El primero: 
UN ALMA BUENA. Mi padre [Rafael Sánchez Mazas] me contó cómo yendo una vez en un metro atestado hasta el extremo humanamente posible de apreturas, sus ojos se encontraron con los de un cura pequeñito que venía al lado de él, aún más agobiado y sudoroso que todos los demás a causa de la inferioridad de la estatura, y que mirándole con una sonrisa llena de dulzura y de soportación le dijo: “Así cupiéramos en el paraíso”. Aquel corazón piadoso estaba dispuesto a aceptar que la Eterna Bienaventuranza fuese un lugar tan oprimente e incómodo como aquel vagón de metro con tal de que todos los hombres se salvaran.

Y el segundo:
PAISAJE PARA DEMETRIA. Por el lomo de la alta pared del huerto coronada con cascotes de botella venía andando esta tarde un gatito, sin cortarse.

Este último me ha recordado siempre un poema de Keats, también de mis preferidos, "Al gato de la señora Reynolds", de asombroso parecido:

Has pasado ya, gato, el climaterio:
en tantos años, ¿cuántos ratones, cuántas ratas
destruiste? ¿Cuántos bocados tú robaste? Mírame
con esas verdes, luminosas, lánguidas hendiduras, y aguza
esas orejas aterciopeladas –mas te ruego no claves
en mí tus escondidas uñas–, y lanza al aire
tu ligero maullido, y cuéntame tus duelos
con peces y ratones y ratas y polluelos fragilísimos.
No bajes la mirada, ni lamas esas delicadas patas.
A pesar de tu asma jadeante, a pesar
de que el extremo de tu cola esté pelado, aunque los puños
de bastantes criadas ya te dieron bastante,
tienes aún tan suave tu pelaje como cuando saltabas
en tus tiempos las tapias con cristales de botellas.
                             (Traducción de Lorenzo Olivan. Ed. Pre-Textos)

Así pues, gracias, por orden de aparición,
al lector o lectora anónima (y cómo le gustaría a uno que quienes entraran en esta casa, pues casa es, vinieran con su nombre propio, porque todo ha de quedar entre nosotr*s y por recibirlos como merecen),
a nuestro admirado Rafael Sánchez Ferlosio,
al cura de Buitrago,
a nuestro admirado José Gutiérrez-Solana,
a Camilo José Cela, hélas,
a nuestro admirado Rafael Sánchez Mazas,
al cura del metro,
a nuestra querida Demetria,
al gatito extremeño de los erizados cascotes de botella,
al gato de la señora Reynolds y a la señora Reynolds
a nuestro siempre amado John Keats
y, por último, a nuestros amigos Oliván, los pretextos y Jaime García Máiquez, que me envío la foto aquí incluida, vista por él en un altar de la catedral de Cádiz y cuyo motivo tanto le gustaría a RSF, por aquello de que son al fin y a la postre las letras las que han de estar sobre las armas, y no al revés.


Catedral de Cádiz. Altar dedicado a San Pablo. Foto: Jaime García Máiquez