A veces se reciben en el buzón de esta página o en la de fb correos que quedan sin responder por diferentes razones. Otras, tiene uno el momento de hacerlo con cierto detenimiento, como es el caso. Van aquí, pues, la carta de ese lector, y la respuesta que antes se le cursó a él.
"Soy Marcos ***, un profesor de Instituto que ha descubierto sus diarios hace muy poco, unos meses. Pero ya voy por “Do fuir”. Lo paso bien y me hacen compañía. Yo no lo leo a usted como usted dice que leía a alguien (no recuerdo ahora a quién, Jünger, creo), intentando encontrarle el valor que otros le encuentran. Yo lo leo porque disfruto, porque nunca me aburre y porque le debo algunas cosas: por ejemplo el descubrimiento del Stabat Mater de Pergolesi.
Me he encontrado estos días con el pasaje en el que conoce usted por primera vez a ***. Lo que me ha extrañado es el final del episodio. Usted en ese momento sospecha que ese muchacho puede ser un traidor, un tipo que te clava un puñal por la espalda. Quizás no lo resumo bien pero es algo así.
Pero usted no explica, o yo no he sabido verlo, qué es lo que le hace sospechar ni a cuento de qué nace ese recelo.
De repente la sospecha me surgió a mí. ¿Y si el autor hace trampa? Como el diario se publica cinco años después ¿podemos fiarnos de que está poniendo únicamente lo que sintió entonces o lo arregla a su conveniencia con lo que ha sabido de *** en los cinco años posteriores?
Digo esto porque busqué sobre la relación de ambos en Google y encontré unos cuantos pasajes (que supongo de diarios que aún no he leído) de los que deduje que han tenido desavenencias.
Yo entiendo que el diario se escribe realmente el año que se publica. Y también entiendo que no tiene que ser transcripción literal de lo que entonces se anotó. Comprendo que el autor rectifique, mejore e incluso recree lo que vivió. Pero me gustaría que usted me dijera que lo anotado entonces no se cambia hasta el punto de añadir cosas que se han sabido mucho después. En relación con esto me parece un acierto cuando usted introduce entre corchetes comentarios “actuales” sobre lo escrito entonces – y lo avisa-.
Quizás la sola sospecha es impertinente. Lo siento si así es. Sobre todo pido perdón si no llevo ninguna razón y estoy sospechando injustamente. Quizás se me pueda aplicar aquello de “piensa el ladrón que todos son de su condición”.
Como hoy en día es posible que un lector se comunique directamente con el escritor a través de un mail pruebo esta posibilidad por si usted tuviera a bien responder.
Me gustaría saber si reescribió su primer encuentro con *** apoyado en la antipatía que surgiría más tarde. Si no es así de dónde nacía aquel recelo. Y última pregunta, con independencia de lo que hiciera. ¿Cree que el autor de un diario está en su derecho de reescribir su pasado a la luz del presente en el modo antes explicado? Yo creo que no pero quizás usted piense lo contrario y quiera aportar alguna razón a favor de este otro modo de pensar.
Si usted ha llegado leyendo hasta aquí le agradezco la atención prestada y si no quiere responder –bien por falta de tiempo bien porque la sola sospecha le parezca impertinente- lo entenderé. O si quiere usted remitirme a algún sitio en el que ya haya usted reflexionado públicamente sobre esto también estaría muy bien. Gracias en todo caso.
No puedo saber si dentro de 100 años seguirá la gente leyendo su obra (preocupación que a veces nombra usted) pero puedo decirle que hoy en día yo soy uno de los que disfruta haciéndolo.
Un saludo. Marcos."
amigo marcos,
plantea usted cosas pertinentes, desde luego, aunque no sé si las responderé a su satisfacción.
está usted leyendo una obra que se presenta como "una novela en marcha", por tanto una obra que se acoge al estatuto de la ficción. que tal o cual personaje de ella, cualquiera de esas x, se parezca más o menos a tal o cual personaje histórico y real es irrelevante. unas veces el parecido es mayor y otras menor con ese personaje, pero en ese punto la obra ya no es fiel al principio de veracidad (propio de una crónica o de unas memorias o de una información periodística), sino al de la verosimilitud, como ocurre con las novelas.
que ciertos hechos le den pie al lector para creer que en tal pasaje esa x "es" fulano de tal no deja de ser arriesgado: a menudo ni siquiera tiene que ver con él (lo he repetido muchas veces: basta que en el diario se diga que "x es idiota" para que haya veinte personajes reales que se dan por aludidos y se postulen a serlo); y en el caso de que esa x haya partido de un personaje real, no significa nada: como novela llega siempre a otro lugar, que es la ficción.
dicho esto, todos los recursos son legítimos, en cuanto son propios del novelista: reescribir, corregir, aumentar, exagerar, empeorar o mejorar a un personaje. ¿cómo, si no, se entenderían en una obra que refleja supuestamente "la realidad" tantos pasajes enteramente fantásticos (pienso en aquel en el que tres jóvenes vienen a visitar al autor, resultando ser el propio autor, su mujer y su mejor amigo sólo que veinte años antes). Por eso lo importante no es nunca, en esos libros, que tal x se parezca o no en origen, en la partida, al fulano real, sino que se parezca a sí misma en tanto que x al final, en la llegada. Y si ese personaje real dijera que "su" retrato se parece poco a él, tendría razón... porque, puesto ya en una novela, no es él, por mucho que se le parezca, como tampoco soy yo, en tanto que andrés trapiello, por mucho que me parezca a él, el protagonista de mi libro. el protagonista del libro, quien lo escribe, es alguien que se me parece mucho, desde luego, pero no soy yo (yo soy, seguro, mucho peor que él), como tampoco Miriam es M. (y le aconsejo vivamente la lectura del texto que escribió sobre este asunto precisamente mi mujer, Miriam, y que se publicó en Vidario, el volumen que publicó la editorial pre-textos sobre el salón de pasos perdidos, con los escritos de muchos otros).
en fin, soy yo ahora el que se excusa por no haber podido ser más breve.
le agradezco su compañía en esos libros, que le deseo amenos. le diría que se olvidara de la crónica y atendiera más a lo que sucede allí, a la vida que viene con ellos, propia de ellos, y a prestar la misma atención, no más pero tampoco menos, a pinzones, jilgueros, mirlos, encinas, arroyos, trastos viejos, papeles de la calle, calles de madrid o callejas de las viñas y demás asuntos que tienen a veces tanta o más alma que esos personajes engañosamente reales que le movieron a escribir su interesante carta.
un saludo cordial
andrés trapiello
Y aún le habría preguntado a ese lector desde cuándo puede uno, para asuntos de nuestra intimidad o vida privada, fiarse de las cosas que dice Google.




