10 avril 2011

Perú

Hoy hay elecciones en Perú. Vimos hace un momento las imágenes de un pueblo remoto del altiplano, unos indios pobres que tenían que caminar algunos kilómetros para ir a votar. Cuanto sucede en las tardes de los domingos va a su aire. Puede uno haber pasado una buena mañana, pero se dobla el Cabo de Buena Esperanza del domingo, y el tiempo se encrespa, se encapota el cielo, se cierran las nubes y se desata sobre nosotros la galerna en la que irá dando tumbos nuestro spleen como una vieja goleta. Cuenta Foxá que en su viaje por tierras bolivianas se encontró en la calle a un niño pobre, allí, parado, como perdido. Le preguntó qué estaba haciendo, y el niño le respondió que nada, “aquí, tristeando”. La palabra le gustó tanto, que cuando eligieron a Foxá académico la recordó, y se propuso como primera tarea que incluyeran ese verbo en el diccionario. No le dio tiempo, porque murió al poco. La palabra tristear no figura aún en él. Tampoco tristumbre. Esta la escribió Vallejo en un bellísimo verso de sus Poemas humanos: “Mas mi triste tristumbre se compone de cólera y tristeza”.  Y como era peruano, lo dijo en voz baja en otro sitio: “(Perdonen mi tristeza)”. Ambas, tristear y tristumbre, son palabras nobles y expresivas. Dicen que entre los esquimales y los islandeses cuentan con sesenta palabras distintas para nombrar la nieve y los escoceses con doce para la lluvia. No se comprende por qué no tenemos más palabras para decir la tristeza, pasando como pasamos en la vida tantos momentos tristes, a menudo en largos periodos de nuestra existencia, sin que conozcamos otro estado que ese de la tristumbre en el que no podemos hacer otra cosa que tristear. Y eso es lo paradójico, sin dejar muchas veces de estar alegres, entrando, saliendo, hablando con unos y con otros sin que nadie note nada, casi sin que lo notemos nosotros mismos, por lo mismo que dijo el propio Vallejo: “Todo está alegre, menos mi alegría”. Podríamos decir, pues, De la tristeza y sus isótopos.

Una foto del Rastro

8 avril 2011

El último escalón

El último escalón hacia la música es el silencio. Y no es de subida, sino de bajada, como supo Orfeo.



Girona fruits

EN la calle Fernando VI hay una frutería que tiene un nombre ingenuo y bonito, “Tomad mucha fruta”. Se dirían las palabras de un apóstol vegetariano y esperantista. Parece hablarnos en un lenguaje universal. Es una tiendecita pequeña, estrecha y sumamente ordenada, en la que se ven obligados a menudo a sacar  a la acera algunas cajas. Al tropezarse con esta, ¿cómo no recordar aquel “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte? Sólo que aquí se diría que el azar fue algo natural, brotado de la vida, sin veleidades artísticas. Probablemente el tiempo en el que ese cartelito permaneciera allí sería muy breve, unos minutos. Alguien advertiría el error, y lo enmendaría. Pero durante ese tiempo fue la prueba, ante la mirada del mundo, de que todas las cosas y criaturas están relacionadas por galerías que mantienen unidos secretamente los contrarios/diversos/complementarios, el hombre a la mujer, el fuego al agua, el amigo al enemigo. La ciudad está llena de ellas, misteriosos pasajes baudelairianos. A esa armonía la llamamos poesía. El que nos arranque además una sonrisa no es más que una dádiva, como lo es el perfume, a veces maravilloso y embriagador, que con frecuencia nos dan por añadidura algunas rosas. Decir por último que tal humor se lo debemos a dadá y al surrealismo no es sino reconocerles algo en verdad muy valioso.


6 avril 2011

Confinados

Nos esperan en los pliegues revelaciones que no hallamos en campo abierto, meridiano. Ha ocurrido en uno de los pliegues de este libro, Los confinados, que a su vez lo fue en quién sabe qué librería de viejo, de qué ciudad, de qué tiempo, de un para mí desconocido Juan Antonio Pérez Mateos (Plaza&Janés, 1976). Tiene uno la sensación de que lo poco que ha llegado a saber de esto o de lo otro le ha venido de la misma forma azarosa, al doblar una esquina, al desdoblar un papel, al plegar una tarde antes de guardarla en el sobre de la noche a la que iba dirigida. Se habla en este de muchos confinados, desde Unamuno y Soriano a Peces-Barba, Morodo o Elías Díaz, a los que Franco embarcó en confinamientos de veta berlanguesca, pasando por el doctor Albiñana, Hedilla, Ridruejo y tantos otros. Al hacerlo de Unamuno, el autor reproduce una carta suya a uno de los amigos de la isla, don Ramón Castañeyra Schamann. La carta es de fecha muy posterior a su confinamiento en Fuerteventura, en realidad sólo tres meses antes de que estallara la guerra civil, ocho antes de su propia muerte, del 22 de abril de 1936. Nuestra cabeza está también llena de pliegues, se diría, en la que se entierran, como semillas, ideas de otros, caídas allí quién sabe cómo, cuándo, de la mano de qué sembrador, con secreta antelación. Yo no conocía esta carta y sin embargo, cuántas veces ha repetido uno algo parecido sin poder citar la fuente: “Veo esto muy mal. Lo que toma aquí fuerza es algo que no se da ya en la Europa civilizada (???), y es el socialismo, en el fondo anarquista, de la CNT, y de otro lado crece el fascismo. Y uno y otro en una forma peor que de barbarie, de estupidez. La degeneración mental es espantosa. Están arrastrando a los mayores unos chiquillos corporalmente de 17 a 23 años, pero que mentalmente no llegan a los cinco años”.  La República bajó de 25 a 23 la edad para poder votar, por tanto la guerra acabaron haciéndola quienes ni siquiera habían pasado por las urnas, convencidos de que no era preciso pasar por ellas para traer a España una revolución o una contrarrevolución. Nada más. Queden aquí esas líneas proféticas como un pliegue nuevo de Las armas y las letras que parecen llamadas a plegarse y desplegarse hasta el infinito, como toda búsqueda de una verdad difícil, que tampoco hallaremos nunca en campo abierto.

4 avril 2011

Una placa vergonzosa... y vergonzante

Hace unas semanas el presidente de Chile descubrió, en realidad encubrió, una placa en la que fue embajada de su país en Madrid, Prado 26, durante la guerra civil.

Morla fue un hombre culto,  encantador, diletante, confidente de Lorca y amigo de muchos poetas. Al estallar la guerra, su jefe, el embajador  Núñez Morgado, franquista pregonado, salió de España de modo poco gallardo. Morla se quedó solo al frente de la legación, y su tacto diplomático libró de una muerte segura a cientos de falangistas, militares, curas, aristócratas, políticos derechistas o particulares en declarada indefensión, de muchos de los cuales nos dejó en España sufre, testimonio apasionante, sincero y veraz de la revolución en Madrid, unos retratos devastadores. Al terminar la guerra Franco premió a Núñez Morgado su valentía con una calle, mientras Chile represalió a Morla desterrándolo a Berlín por haber asilado al final de la guerra a dieciséis comunistas. Era de justicia, pues, que se hiciese una reparación a Morla. Así se pidió hace un año en estas mismas páginas. Pero ¿cuándo se ha visto que a lo que llega setenta años tarde podamos darle el nombre de justicia? Ni siquiera poética.

Le han puesto una placa, sí, pero...  en el paso de carruajes. Nunca habíamos visto nada parecido, una placa vergonzante, diríamos, pues nadie que no entre en el portal podrá verla, y si entra, acaso se lo impedirá el portero (a mí me sucedió). Morla diría: una humillación más. La verán, claro, los propietarios de la casa, los mismos que en tiempos de Morla. Semanas antes de estallar la guerra, la marquesa de Campo Real se la alquiló al embajador, y al poco de acabada, pasó de nuevo a manos de su dueña. Esta circunstancia providencial la libró de ser saqueada, como tantas, y pudo conservar sus fabulosos cuadros, bargueños y gobelinos que hacen de ella un palacio único en España... Por lo demás, la redacción de la placa, una hojalata municipal, resulta tan descuidada en la forma como oportunista e inexacta en el fondo: “Aquí estuvo la embajada de Chile desde donde el diplomático, escritor y humanista Carlos Morla Lynch asiló a miles de españoles sin distinción política en la guerra civil entre 1937 y 1939”. Para empezar: Morla los asiló desde 1936 (se ve que han querido cubrirle las espaldas a Núñez Morgado), y no “desde la embajada”, sino “en” la embajada y hasta en su propia casa. Y sí, sí hubo distinción política: dos mil cien fueron de derechas y dieciséis de izquierdas. No hubo simetría ni mezcla, como da a entender la derecha municipal madrileña, con ese hiperbólico “miles de españoles”. Así que nos preguntamos por qué han tardado setenta años en ponérsela, quién se lo hubiese estorbado a alcaldes franquistas y propietarios. Sólo ahora, cuando la ejemplaridad de Morla se ha hecho visible, corren a decorarse con ella... hurtándosela de nuevo a la mirada pública. Por eso hubiese sido mejor la placa que se propuso aquí: : “En esta casa y en otras de la embajada de Chile, el diplomático y escritor Carlos Morla Lynch salvó durante los tres años de guerra civil la vida de más de dos mil españoles que se lo agradecieron con el desprecio y el olvido”.  En el acto, por cierto, hubo banda municipal, discursos y, supongo, mucha retórica, el agua que mejor lava la mala conciencia.

                    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia, 3 de abril de 2011]

3 avril 2011

Spiraux

RASTRO, 3 de abril, 2011. Esta mañana, a la vista de todos, para su liquidación, compareció el trabajo de un hombre, cuanto fue su vida. Era fácil imaginar, imaginarlo, sesenta, setenta años, sentado en su banqueta, detrás de su mesa, doblado por el peso de la luz, como una de esas figuras de Rembrandt, Spinoza, quizá. Se saldaba su taller de relojero, las cajas como Cornells ya ultimados, sus herramientas, martillos, calibres, berbiquíes, limas… Ante todo aquello, sólo una certeza: alguien ha muerto. De otro modo, ¿se habría desprendido de lo que fue su sueño? ¿Pensó que su vida acabaría aquí, dispersada por un golpe de azar? En cada cajita el universo, en realidad, los engranajes, volantes, resortes, ejes, ruedas, rubíes que precisa un universo para moverse majestuoso, grave y silente dentro de otro. Cuánto orden aún en el desorden de la venta. Apenas duraron estos misteriosos objetos en la batea sobre borriquetas que el almonedista sacó a la calle. Unos se llevaron unas cosas, otros otras, cada cual las suyas, en unos minutos, sin porfías ni regateos, sin hablar, minucioso laborar de un hormiguero. Se habría asegurado que el tiempo para el que fueron creadas, el tiempo futuro que no llegaron a medir nunca, se deshacía como ceniza, en tanto que el pasado de donde procedían, se volvía indestructible, hecho piedra, como un fósil. Aquí, ahora, contigo, cada pequeña pieza de acero, minúsculas algunas como semilla de amapola, las flores de esta primavera lluviosa. Crecen al margen, del mismo modo que el nuestro es un tiempo en la cuneta. Y sientes que has de hacer con tanta viruta tu propia casa.