8 de abril de 2011

Girona fruits

EN la calle Fernando VI hay una frutería que tiene un nombre ingenuo y bonito, “Tomad mucha fruta”. Se dirían las palabras de un apóstol vegetariano y esperantista. Parece hablarnos en un lenguaje universal. Es una tiendecita pequeña, estrecha y sumamente ordenada, en la que se ven obligados a menudo a sacar  a la acera algunas cajas. Al tropezarse con esta, ¿cómo no recordar aquel “Ceci n’est pas une pipe” de Magritte? Sólo que aquí se diría que el azar fue algo natural, brotado de la vida, sin veleidades artísticas. Probablemente el tiempo en el que ese cartelito permaneciera allí sería muy breve, unos minutos. Alguien advertiría el error, y lo enmendaría. Pero durante ese tiempo fue la prueba, ante la mirada del mundo, de que todas las cosas y criaturas están relacionadas por galerías que mantienen unidos secretamente los contrarios/diversos/complementarios, el hombre a la mujer, el fuego al agua, el amigo al enemigo. La ciudad está llena de ellas, misteriosos pasajes baudelairianos. A esa armonía la llamamos poesía. El que nos arranque además una sonrisa no es más que una dádiva, como lo es el perfume, a veces maravilloso y embriagador, que con frecuencia nos dan por añadidura algunas rosas. Decir por último que tal humor se lo debemos a dadá y al surrealismo no es sino reconocerles algo en verdad muy valioso.


3 comentarios:

  1. De una frutería conservo una caja de fresas de marca Fuentepiña.Las fresas,de Moguer,me supieron a gloria.

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