28 de abril de 2011

¿Adónde vas?

Decíamos, a propósito de Comandante Durán, que a menudo la emoción sólo la hallamos en los pliegues. Extraño personaje, decíamos también, o extraña manera de presentárnoslo en la biografía de Javier Juárez, condenándolo a arrastrar para los restos ese “comandante” que Gustavo Durán llevó tan sólo unos meses de su vida, a sus treinta años, y que trató de quitarse de encima a toda costa los otros treinta que le quedaban por vivir. Acaso el biógrafo se haya visto inerme ante silencios fosilizados al cabo de tantos años: sí, no debe de serle fácil a nadie preguntar a unas hijas por la homosexualidad declarada de su padre, amante de un hombre que acabaría siendo por azares de la vida tío de ellas, o de quien llegó a ser un funcionario del gobierno de los Estados Unidos por su antiguo estalinismo o sobre su responsabilidad en los crímenes del terrorífico SIM durante la guerra civil española. O, algo más sencillo, las verdaderas razones por las que alguien deja una labor de creación cuando ni siquiera ha dado frutos medianamente en sazón. ¿Realmente alguien puede creer que Rimbaud deja de escribir poesía porque quiere dedicarse a la venta de armas y esclavos o, salvando las distancias, que Durán deja la música sólo por servir a la República Española? Con todo, la biografía de Juárez, en los pliegues, nos ha regalado alguna historia extraordinaria. Citábamos el otro día la crónica de la visita de Durán al manicomio de Ciempozuelos, para visitar a su madre, a finales de 1934. A mediados de 1939, el 6 de julio, un amigo de Durán, el músico Enrique Casal-Chapí, le escribe, con la amargura de la derrota, una carta, en la que nos tropezamos con el más hermoso retrato que nadie haya hecho jamás de España, y que por extraño conducto nos remite a aquel “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”.
Casal-Chapí habla en pasado, como quien marcha al destierro:
“España era el país maravilloso en el que la gente podía decirte:
–¿Adónde vás?
–A ningún sitio.
–Entonces te acompaño”.

2 comentarios:

  1. Gracias.

    En estos momentos tener alma y vista para "(...) haber dejado una vez más/ preguntas sin respuesta/ y respuesta sin luz,/ igual que esta inefable brisa nace/ y se extingue en sí misma". Cuando el antes marcha como ayer y sin saber adónde. Para discutir distinto y común que este sol "(...) Tiene otros ritmos, otros modos,/ otra lentitud para roer/ la cal, morderme los ojos./Hasta cuando ciega canta al arder".

    Entrecomillados: Trapiello/ De Andrade.

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  2. Un hermoso retrato, sin duda. Para llevar con uno, aunque sea a ningún sitio.

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