18 de abril de 2011

Cuando éramos pobres

Acaba de aparecer un libro extraordinario, Los palacios de la Castellana (Turner), cuajado de fotos antiguas. Sólo hojearlo, y al constatar  tanta belleza destruida, produce una grandísima melancolía y una irreprimible irritación: ¿Cómo se permitió acabar con todos esos palacios, con paseo tan noble?, nos preguntamos. Y sobre todo: ¿A cambio de qué? A cambio de la modernización, se nos sermoneó con esa pedantería municipal característica, o sea, a cambio de absolutamente nada, porque lo que nos dejaron en su lugar, edificios y rascacielos de medio pelo, sólo habla de especulación y vasallaje del espacio público. Y esto que se dice aquí resulta tan evidente, que no hay una sola persona que viendo en ese libro lo que destruyeron en nuestro nombre, no deseara volver al pasado, convencido de que podría impedirlo.  Sí, nadie que no se diga: “Esto hoy no habría sucedido”. Así de ingenuo es el ser humano. Porque lo cierto es que acaba de volver a ocurrir, el crimen es parecido y lo han cometido en nuestro nombre, ante los ojos de todos. Lo de menos incluso es que además lo hayan cometido con nuestro dinero.

Como acaso sepa el lector ya, en Madrid contábamos con un gran Palacio de Comunicaciones, Correos y Telégrafos. No era ni siquiera bonito. Carmen Martín Gaite, hablando de él, recordaba lo que le decía su hija Marta cuando la oía denostar su aspecto de merengue vienés, de mole presuntuosa: “Ya se pondrá bonito”. No le han dejado, no le han dado tiempo. Este debe de ser el único país del mundo en el que cumplir un siglo es un baldón. Y eso que por fuera no ha cambiado nada. Ha sido peor, lo han atacado por dentro, lo han vaciado, como los taxidermistas. “Rehabilitado” es la palabra de moda hoy. “Modernización”, fue la de ayer. Y lo han convertido en uno más de esos centros de arte contemporáneo con aspecto de vestíbulo de estación de autobuses que no tardará en degradarse. Es decir, que lo peor está aún por venir: tendrán que llenarlo de eventos (la palabreja asusta) y darle contenido, y esperar a que, como esas ginetas, raposos y perdices disecadas, se llene de polvo y piojos.

Las mayores críticas las ha recibido, no obstante, por haber sido un dispendio irresponsable de millones de euros que los madrileños no podemos permitirnos, y menos ahora, por ser el delirio de un alcalde convencido de que iba recibir en él, convertido ya en casa consistorial, a todos los mandatarios del mundo cuando Madrid fuera la sede de los Juegos Olímpicos. ¿Se acuerdan? Pues bien, tal baladronada, para uno, con serlo y mucho, ni siquiera es lo más grave. Para uno hay razones de otra índole, sentimental e íntima, diríamos. Allí, y durante más de treinta años, ha ido uno, como tantos, a enviar y recoger sus cartas, a veces a diario. Era maravilloso poder hacerlo en aquel palacio vetusto, monumental y un poco des­tar­talado ya, recogido, remansado y pe­­­num­­­broso, que seguía prestando el servicio para el que fue creado hace un siglo, dándonos a los pobres la ocasión de pensar que nuestras cartas merecían una estafeta a la altura no de las cartas, sino de los sueños que poníamos en ellas o esperábamos de ellas, sueños que hoy maldicen su triste destino.

       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 17 de abril de 2011]

5 comentarios:

  1. El libro de "Los palacios de la Castellana" es una maravilla. También pusieron un reportaje en Telemadrid sobre el tema. Lo más sangrante me pareció lo del palacio de Medinaceli, que derribaron para levantar ese engendro horrible que es el Centro Colón. ¿Para qué está el Código Penal? Alguien debería pagar por esas cosas.
    Por cierto, hace poco han tirado el último palacete que quedaba en la Castellana, enfrente de Nuevos Ministerios. Era precioso, con cierta decadencia casi romana. Era un descanso quedarse mirándolo al pasar. Ahora sólo queda un hueco.
    Un saludo.

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  2. Andrés un placer tenerle en formato blog. Hace poco terminé su nueva edición de Las Armas y las Letras; me parece un libro imprescindible para las nuevas generaciones.
    Creo que tenemos una visión de la vida y una forma de ser muy parecidas, lo cual me lleva a pensar lo que feliz que hubiera sido siendo escritor como usted. La vida y la gente realmente agotan.

    Saludos!

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  3. Andrés, una cita de Nietzsche que me imagino ya conocerá, pero me ha saltado hace un rato de entre las páginas de "El viajero y su sombra" y por razones obvias me le ha traído a usted a la cabeza: "Utilizar neologismos o arcaísmos en el lenguaje, preferir lo raro y lo extravagante, buscar la riqueza de las expresiones en lugar de su limitación, es siempre el signo de un gusto que todavía no ha alcanzado su madurez o que ya está corrupto". David Fdez.

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  4. Para Fernando: siempre se puede ser escritor, al menos para uno mismo. Incluso aunque uno (por razón de otras ocupaciones, por ejemplo) escriba poco, eso sigue siendo cierto. Baste recordar que uno de los mayores, si no el mayor, de nuestros poetas, San Juan de la Cruz, lo es por un puñado de versos tan exiguo que las ediciones de su poesía han de ayudarse de prólogos y otros aditamentos muchísimo más largos que el texto, para llegar a un mínimo de páginas comercialmente viable. Alguno de mis libros de cabecera no es mucho más extenso que ése (que, naturalmente, también está).

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  5. Nostalgia entremezclada con ira siento cuando mis pasos me llevan cerca, lo cual es casi siempre cuando estoy en Madrid, del edificio de Correos, ahora túmulo vivo del faraón Gallardón. No pienso volver a poner pie en él; quiero quedarme con lo que hay en mi memoria, la dignidad del antiguo espacio, con su decadencia postindustrial y sus cadenas sin bolígrafo en los escritorios. Me molestó cuando reemplazaron los sellos por etiquetas autoadhesivas, pero reemplazar el Palacio de Comunicaciones con lo que han metido ahí es caso de saña vesánica contra una institución social, el correo, y contra una ciudad, Madrid. Gracias por la mención, señor Trapiello. Ya habrá visto que me ha tocado la fibra sensible.

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