25 de abril de 2011

El beso menos pensado

No hay que perder de vista nunca los asuntos importantes. Por ejemplo, la primavera. Se pueden perder unas elecciones, podemos perder nuestro trabajo, incluso la razón, pero sería muy grave perder una cualquiera de las primaveras que nos ha tocado en suerte vivir.

Cada año sucede de la misma manera, pero en éste acaso haya sucedido de modo más imprevisto, teniendo en cuenta lo largo, intempestivo e intratable que ha resultado el invierno. Cada año, sí, se diría que de las ganas que nos entran para verla de nuevo, llegamos a temer que se haya olvidado de nosotros, y pase de largo. En realidad este temor es manifestación de otro más íntimo: terror de que la primavera no nos encuentre aquí cuando ella llegue. Y cuando llega, ¿no nos sorprende siempre, como si de un año para otro se nos hubiese olvidado lo maravillosa que es? Nos avergüenza incluso secretamente nuestra falta de fe o nuestra impaciencia. Pero no, nadie que haya vivido una primavera podrá olvidar ninguna otra en el futuro: cómo de la noche a la mañana se llenan los árboles de minúsculos brotes que se despliegan en hojas como papiroflexia, la brisa trenzada en nuestras sienes como pámpanos de vid, el estar en casa con las ventanas abiertas, la hierba que los jardineros empiezan a segar, el gorjeo enloquecido de los pájaros... ¿De dónde han salido tantos?, nos preguntamos. Por no hablar de la primavera en el campo, donde se bordan las orillas de ríos, estanques, albercas y regatos con un millón de margaritas blancas, y el balar de los corderos y el soñoliento bordón de las abejas libando en flores tan pequeñas que ni siquiera tienen nombre.

El buen tiempo le ha sacado a uno de casa y le ha llevado a un banco de la Plaza de París.A un lado está el Tribunal Supremo, al otro la Audiencia Nacional. Nada de lo que sucede en la plaza parece tener en cuenta lo que tan graves tribunales estarán juzgando. Los que están dentro no pensarán en lo que sucede fuera. Hace años esta plaza conoció mejores tiempos, llena de mendigos y vagabundos. La policía los ahuyenta, acaso porque son el mayor alegato contra la justicia que se imparte a dos pasos. A falta de mendigos vino una pareja de adolescentes.Ni siquiera tenían veinte años. Parecían haber hecho novillos. Estaban contentos, hablaban en voz alta, reían por todo, como los gorriones. Ni siquiera repararon en mí, con tenerme a un metro. De vez en cuando interrumpían su cháchara y empezaban a besarse con cuánta seriedad y aplicación, apasionadamente pero sin ninguna concupiscencia. Cuando se cansaban, volvían a reírse, a hablar, él se levantó, se fue, volvió con dos bollos, los comieron, se besaron se nuevo para no desperdiciar ni uno de los granos de azúcar que les habían quedado en el bozo, volvieron a reírse. De pie, a unos metros, unos escoltas veían como yo esa escena con una sonrisa en los labios. Pero sin tomársela a broma, sin chacotas, comprendiendo que puede uno perderlo todo, pero no la inocencia que vuelve a nosotros, no sabemos cómo, cada primavera. ¿Qué podría haber más importante que ella, que los besos de esos jóvenes?¿Las elecciones, el trabajo, la razón?

         [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 24 de abril de 2011]

1 comentario:

  1. Nada más importante, en efecto. Y qué tristes, qué solemnemente ridículas las fachadas ante las que transcurría lo realmente importante.

    ResponderEliminar