JUNTO al escrito que sigue, publicado ayer en El País, se publicaron una serie de textos inéditos del propio JRJ, extractados de Vida, la autobiografía del poeta que se publica estos días en la editorial Pre-Textos.
* * *
Juan Ramón Jiménez fue uno de los hombres más desdichados y
atormentados de su tiempo, habiendo sido también uno de los más grandes. Acaso
por eso fue el escritor más combatido y parodiado de todos. “Más calumniado”,
dirá él. No creo que ningún otro poeta viviera durante casi sesenta años, desde
sus dieciocho, sacudido por ataques tan continuados de pánico, excusados en
dolores físicos que lo mismo lo levantaban al vértice de la locura que lo
hundían en la desesperación y la misantropía. Un verdadero infierno para un
enfermo no siempre imaginario. Tanto como su obra, conmueve su vida, y anonada.
Y pese a su extraña enfermedad, o precisamente por ella, escribiendo sin
desmayo miles de páginas: poemas, aforismos, retratos, críticas, prosas,
ensayos, recuerdos, cartas, conferencias, cuentos… y la mayor parte de ello de
primer orden, con mil registros distintos, desde la lírica más exaltada hasta
la sátira. “El martirio de escribir”, lo llamará. Nadie trabajó tanto como él,
ni los grandes galeotes de la literatura. ¿Cuál fue, pues, la fórmula, cómo
pudo entonces hacer posible que una obra tan colosal como esa cupiese en una
vida tan rota como la suya? Yo creo que pudo ser esta: “No os toquéis en el
dolor”.
La historia de este dolor ve ahora la luz: “Si yo estuviera
sano, sería uno de los hombres más grandes del mundo… ¡Ah, si supierais los
jérmenes decididos a estallar que llevo dentro! ¡Si yo pudiera emplear mi vida
entera en mi pensamiento! ¡Si mi salud igualara a mi voluntad, al ansia de
saber, al afán de viajar, de obrar, de aniquilar, de construir”, confesará.
Fue este uno de sus libros más largamente acariciado y
pensado, y otro más de los que truncó su muerte. Le importaba mucho, porque iba
a ser la historia de su vida, pero también la de su voluntad: “Me he propuesto
que sea, por encima de todo, honrado, exacto y justo”, dirá en uno de los
prólogos, y después de decirnos que hace ya mucho que no se desnuda en público
leyendo, confiesa que “hoy me deshueso ante ustedes. Verán ustedes huesos
escritos”.
Tras muchos títulos provisionales, tituló este verdadero
testamento vital y poético de una forma sencilla: Vida.
Iban a ser mil páginas, y se ha quedado en quinientas,
muchas inéditas (más otras tantas de notas). JRJ conocía la importancia de su
obra, y
por ello sabía que su vida no podía dejarla en manos extrañas.
Empezó a pensar en este libro hacia 1928: recuerdos,
fragmentos de obras anteriores que hacían referencia a cosas de su vida pasada,
cartas suyas y de otros, aforismos biográficos, poemas que le dedicaron,
polémicas de los periódicos, sueños, genealogías estéticas, políticas y
morales, retratos de amigos, familia, enemigos, conocidos y saludados, en fin:
el siglo. Porque, y pese a ser un retraído, no hay ningún poeta español que
conociera a tantas gentes ni hubo nadie que, pudiendo, no quisiera conocerlo a
él. De la suma de todo eso, algo en verdad de locos, papelitos, carpetas,
recortes, cajas, quedó este collage. Todo puesto en primer plano, como un
presente sucesivo. Porque JRJ no creía mucho en la historia. Decía: la poesía
es presente o no es. Y la vida, lo mismo: “Escribir poesía es aprender “a llegar” a no
escribirla, a ser, después de la escritura, poeta antes que escritura, poema en
poeta, poeta verdadero en inmanencia conciente”.
Todo esto lo cuentan Mercedes Juliá Y Mª Ángeles Sanz
Manzano en el estudio introductorio, y en los cientos de notas,
documentadísimas, que vienen a completar los textos de JRJ. Porque de lo que
estamos hablando es de un mosaico del que se han perdido o no se llegaron a
escribir muchos fragmentos, pero del que existen otros mil que sus editoras han
tratado de ordenar de una manera paciente y respetuosa con la posible voluntad
del poeta. Claro que de vivir el poeta este libro no sería así (detestaba las
notas, la filología en sus propios libros), pero eso no quiere decir que aquel libro difiriera mucho de este:
en los dos casos se parecería mucho a un pequeño laberinto.
Desde luego la intención de JRJ con este libro era, en
parte, hablar de sus orígenes, de su familia, de su vida, pero también de sus
razones morales, para deshacer en lo posible la leyenda negra que lo persiguió
desde muy joven: el sambenito de la cursilería que le colgaron no se sabe muy
bien por qué, acaso porque fue un hombre pulcro, un editor exquisito y una
persona de conducta recta; el baldón de su excentricidad e intransigencia para
con sus contemporáneos (el tiempo le ha dado la razón casi siempre); o lo que
se tenían por extravagancias de conducta (su intolerancia al ruido o al humo
del cigarro, el trato expeditivo a los pesados, su higiene desaforada, a pesar
de terminar diciendo aquello tan gracioso, “a todo se llega, he aprendido a ser
sucio, y me parece bien”).
Y él, que tan grandes “caricaturas líricas” nos dejó (tuvo
ojo de águila, y como crítico literario, un lince), no quiso dejarse fuera del
fresco que pintó: “He sido niño, mujer y hombre; amo el orden en lo exterior y
la inquietud en el espíritu; creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad
y la impaciencia; no fumo, no bebo vino, odio el café y los toros, la relijión
y el militarismo, el acordeón y la pena de muerte; sé que he venido para hacer
versos; no gusto de números; admiro a los filósofos, a los pintores, a los
músicos, a los poetas; y, en fin, tengo mi frente en su idea y mi corazón en su
sentimiento”. Es decir, poco español.
Esta Vida, es, además, como no podía ser de otro modo, muchas vidas,
y JR, está atento a lo que los demás veían en él: “Me lo dijo Rubén Darío el
primer día que me vio: “Usted va por dentro”. “Dentro”, esto es para mí lo
moderno y universal, porque español, para mí, era “lo fuera”. Luego he visto
que el “dentro” estaba también en la poesía popular española”.
Y el ir por dentro hizo de él el poeta que conocemos, uno de
los líricos más extremados y versátiles, capaz a un tiempo de la conmovedora
epopeya rural de Platero y yo o del desgarrado Animal de fondo, pero también ese inadaptado al
teatro social que acabó teniendo mil pendencias literarias, siempre que le
dejaba en paz la lamentable hipocondría que le obligaba a vivir cerca de una
casa de socorro.
A pesar de lo sincopado del collage, el lector hallará aquí
textos clave y sobre todo la “melodía-juanramón”, en la que reconocerá la
probidad de alguien cuyo principal defecto fue acaso exigir a los demás lo que
se exigía a sí mismo, recordándonos que todo empezó, para bien y para mal,
aquel día en que su padre, ya arruinado, murió de forma súbita, siendo él un
adolescente. “Yo vivía una doble vida, la de mi vida y la de mi muerte”, dirá
de aquellos días. Creyó volverse loco. Lo mandaron a un sanatorio francés, el
primero de los muchos por los que pasó a lo largo de su vida, volvió, lo
recogieron en otro sanatorio, lo protegieron los hombres de la Institución
Libre de Enseñanza, que vieron en él un diamante puro. Se tuvo que volver al
pueblo (ni toleraba la vida de la bohemia madrileña ni tenía dinero para vivir
con su decoro), pero cuando volvió a Madrid siete u ocho años después, traía en
la maleta libros que asombrarían a todos (entre ellos el Platero, que Francisco Giner tenía en su
mesilla la noche que murió) y el deseo de
construir su vida conforme a una idea que por entonces empezó a
cristalizar en un lema (“a la inmensa minoría” (…) Siempre que yo he dicho
“minoría” he pensado particularmente en el pueblo. Mi minoría es “inmensa
minoría”, no se olvide”) y una enseña (el perejil con el que coronaban a los
héroes en Esparta, frente al laurel ateniense). Y entonces, 1913, conoció a
Zenobia. Un antes y un después en su vida.
Esta Vida suya es imposible leerla sin tener presentes, desde luego,
las largas conversaciones que mantuvo durante años con Juan Guerrero Ruiz (Juan
Ramón de viva voz)
o las que ya en el exilio reflejó Ricardo Gullón en otro libro conversado o el
interesantísimo que acaba de aparecer también hace unas semanas (Por obra
del instante:
recoge cuantas entrevistas y retratos y semblanzas se escribieron de JRJ a lo
largo de su vida, muchas de ellas inéditas o desconocidas incluso para aquellos
que hemos prestado atención a estos asuntos desde hace tantos años, y todo ello
admirablemente editado por otra gran juanramonista, Soledad González Ródenas),
pero esta Vida
y la vida de JRJ, decíamos, no se entenderían ya sin el admirable Epistolario del propio JR, y, sobre todo,
los Diarios y
el Epistolario
de Zenobia Camprubí, el “monumento de amor” que quiso devolverle ella a él (y
no debemos olvidar aquella dedicatoria que pensaba poner JRJ al frente de su
obra, muerta ya Zenobia: “A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la
adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”), tras
toda una existencia juntos “en la salud y en la enfermedad, en el dolor y en la
alegría, en la vida y en la muerte”.
Y esto es esta Vida, rota como la de
aquellos que decidieron “ir por dentro”: “Bien está el robo de mi trabajo de
toda la vida, la ingratitud y la calumnia, el honor de la lista negra, la
pérdida “oficial” de la ciudadanía; bien estaría el “entierro” en mi tierra de
España. Pero ¡a qué precio! el destierro de mi lengua de España (…) No lo puedo
soportar porque “desterrado” no tengo lenguas mías alrededor, no soy nadie,
estoy más muerto que muerto, estoy perdido”, dirá casi al final, perdido tras
la muerte de Zenobia y después de veinte años de un exilio que le llegó ya
viejo, solo y más enfermo que nunca.
Por gusto reproduciría aquí cien fragmentos
admirables de esta Vida que hacen aún más admirable su obra. No es posible.
Pero sí recordar que esa Obra, cuya mayúscula legitimó con un trabajo de
coloso, de héroe espartano, no podemos leerla ya desentendiéndonos de su Vida,
porque tal y como hizo una y vivió la otra, las dos vienen a ser lo mismo:
ética y estética juntas.
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| Santander, 20 de octubre de 2013 |