19 mars 2014

El espíritu de nuestro tiempo


LEEMOS, oímos, vemos, cuando muere alguien que ha tenido alguna notoriedad (en las artes, el cine, el deporte, la ciencia, la universidad, la política), y a menudo no sólo en ámbitos restringidos y locales, que se dice: “Se ha ido uno o una de los grandes de todos los tiempos”. 
Si alguien, dentro de doscientos años, por ejemplo, leyese de los periódicos únicamente las necrológicas, podría llegar a pensar que este fue un nuevo Renacimiento, cuando lo cierto es que a menudo tenemos la convicción de vivir en una época ramplona y sombría que señorean la codicia, la corrupción y la mediocridad de todo género, y no en el paraíso que tratan de pintar las necrológicas no tanto para saldar las cuentas con el muerto de turno, como por pasarle luego la factura de la esquela a alguien, principalmente a las masas, a cargo de las cuales suele correr el espectáculo.

El Rastro, 5 de junio de 2011

18 mars 2014

Deseandito


Y qué hermosos los matices sutiles de una lengua, cuando esta puede llegar a rincones inalcanzables para quienes no se han podido criar a sus pechos. ¿No hay algo en “deseandito”… (“estoy deseandito de llegar a casa” o, como estos días de primavera, "deseandito de ir a Las Viñas") que es propio sólo de confidencias en verdad íntimas?

Las Viñas, 29 de diciembre de 2013



17 mars 2014

La sangre y las disculpas


CUANDO Pinchas Goldschmidt, líder de los rabinos de Europa, pide que España se disculpe por la expulsión de los judíos de 1492, tiene razón en una cosa, que los judíos de ahora como él son acaso los mismos de entonces, pero tal vez va demasiado lejos suponiendo que los españoles de hoy somos los mismos que aquellos. Desde luego, la parte infinitesimal que me corresponde de aquella nación, y por mucho que esa parte se conduela de aquel grandísimo atropello, no piensa pedir disculpas a nadie, ni de ninguna otra tropelía cometida en nombre de España o por los españoles más allá de 1960, que es cuando esta parte infinitesimal que les habla alcanzó el uso de razón. Teniendo en cuenta, por lo demás, que no sabe uno qué parte de la sangre que corre por mis venas es judía, estaría uno más en disposición de recibir disculpas que de darlas. Por otra parte la parte infinitesimal de la sangre ibérica que corre por mis venas renuncia igualmente a pedirle disculpas al gobierno italiano por lo que hicieron los romanos en Numancia. Quiero decir que podrá el gobierno español dar esas disculpas, incluso pedirlas, y me parecerá bien, pero no podrá hacerlo en mi nombre. Y si pedimos, por ejemplo, que el Parlamento español condene el golpe de 1936 contra la República es porque en este caso nos estamos pidiendo perdón todos a todos, paso imprescindible para un olvido justo, nacido de la ecuación paz y justicia.

Al mismo tiempo que Goldschmidt hacía esas declaraciones, el gobierno español ofrecía la nacionalidad española a cuantos judíos sefarditas la solicitaran (unos tres millones), medida ejemplar que debería completarse con el reconocimiento del rabino correspondiente a los españoles que deseamos ser judíos (es mi caso, y no sólo porque siendo de Manzaneda de Torío sólo podría salir ganando), en atención a las gotas judías que corren por nuestras venas. Se objetará a esto que el sufrimiento que han padecido los judíos no es en absoluto equiparable al que ha sufrido uno por ser de León (aunque... si yo les contara). Cierto. Y claro que la tenacidad de su memoria, que ha mantenido unidos a los judíos, sufriendo por ello persecuciones seculares, les da derecho a exigir reparaciones tanto como a merecer el reconocimiento y respeto generales. Pero se diría que en esta clase de brindis no ya al sol, sino a Sirio, suele buscarse una excusa para no ofrecer nunca las propias disculpas a terceros.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de marzo de 2014]

16 mars 2014

JRJ por dentro

JUNTO al escrito que sigue, publicado ayer en El País, se publicaron una serie de textos inéditos del propio JRJ, extractados de Vida, la autobiografía del poeta que se publica estos días en la editorial Pre-Textos.
* * *

Juan Ramón Jiménez fue uno de los hombres más desdichados y atormentados de su tiempo, habiendo sido también uno de los más grandes. Acaso por eso fue el escritor más combatido y parodiado de todos. “Más calumniado”, dirá él. No creo que ningún otro poeta viviera durante casi sesenta años, desde sus dieciocho, sacudido por ataques tan continuados de pánico, excusados en dolores físicos que lo mismo lo levantaban al vértice de la locura que lo hundían en la desesperación y la misantropía. Un verdadero infierno para un enfermo no siempre imaginario. Tanto como su obra, conmueve su vida, y anonada. Y pese a su extraña enfermedad, o precisamente por ella, escribiendo sin desmayo miles de páginas: poemas, aforismos, retratos, críticas, prosas, ensayos, recuerdos, cartas, conferencias, cuentos… y la mayor parte de ello de primer orden, con mil registros distintos, desde la lírica más exaltada hasta la sátira. “El martirio de escribir”, lo llamará. Nadie trabajó tanto como él, ni los grandes galeotes de la literatura. ¿Cuál fue, pues, la fórmula, cómo pudo entonces hacer posible que una obra tan colosal como esa cupiese en una vida tan rota como la suya? Yo creo que pudo ser esta: “No os toquéis en el dolor”.
La historia de este dolor ve ahora la luz: “Si yo estuviera sano, sería uno de los hombres más grandes del mundo… ¡Ah, si supierais los jérmenes decididos a estallar que llevo dentro! ¡Si yo pudiera emplear mi vida entera en mi pensamiento! ¡Si mi salud igualara a mi voluntad, al ansia de saber, al afán de viajar, de obrar, de aniquilar, de construir”, confesará.
Fue este uno de sus libros más largamente acariciado y pensado, y otro más de los que truncó su muerte. Le importaba mucho, porque iba a ser la historia de su vida, pero también la de su voluntad: “Me he propuesto que sea, por encima de todo, honrado, exacto y justo”, dirá en uno de los prólogos, y después de decirnos que hace ya mucho que no se desnuda en público leyendo, confiesa que “hoy me deshueso ante ustedes. Verán ustedes huesos escritos”.
Tras muchos títulos provisionales, tituló este verdadero testamento vital y poético de una forma sencilla: Vida.
Iban a ser mil páginas, y se ha quedado en quinientas, muchas inéditas (más otras tantas de notas). JRJ conocía la importancia de su obra, y por ello sabía que su vida no podía dejarla en manos extrañas.
Empezó a pensar en este libro hacia 1928: recuerdos, fragmentos de obras anteriores que hacían referencia a cosas de su vida pasada, cartas suyas y de otros, aforismos biográficos, poemas que le dedicaron, polémicas de los periódicos, sueños, genealogías estéticas, políticas y morales, retratos de amigos, familia, enemigos, conocidos y saludados, en fin: el siglo. Porque, y pese a ser un retraído, no hay ningún poeta español que conociera a tantas gentes ni hubo nadie que, pudiendo, no quisiera conocerlo a él. De la suma de todo eso, algo en verdad de locos, papelitos, carpetas, recortes, cajas, quedó este collage. Todo puesto en primer plano, como un presente sucesivo. Porque JRJ no creía mucho en la historia. Decía: la poesía es presente o no es. Y la vida, lo mismo: “Escribir poesía es aprender “a llegar” a no escribirla, a ser, después de la escritura, poeta antes que escritura, poema en poeta, poeta verdadero en inmanencia conciente”.
Todo esto lo cuentan Mercedes Juliá Y Mª Ángeles Sanz Manzano en el estudio introductorio, y en los cientos de notas, documentadísimas, que vienen a completar los textos de JRJ. Porque de lo que estamos hablando es de un mosaico del que se han perdido o no se llegaron a escribir muchos fragmentos, pero del que existen otros mil que sus editoras han tratado de ordenar de una manera paciente y respetuosa con la posible voluntad del poeta. Claro que de vivir el poeta este libro no sería así (detestaba las notas, la filología en sus propios libros), pero  eso no quiere decir que aquel libro difiriera mucho de este: en los dos casos se parecería mucho a un pequeño laberinto.
Desde luego la intención de JRJ con este libro era, en parte, hablar de sus orígenes, de su familia, de su vida, pero también de sus razones morales, para deshacer en lo posible la leyenda negra que lo persiguió desde muy joven: el sambenito de la cursilería que le colgaron no se sabe muy bien por qué, acaso porque fue un hombre pulcro, un editor exquisito y una persona de conducta recta; el baldón de su excentricidad e intransigencia para con sus contemporáneos (el tiempo le ha dado la razón casi siempre); o lo que se tenían por extravagancias de conducta (su intolerancia al ruido o al humo del cigarro, el trato expeditivo a los pesados, su higiene desaforada, a pesar de terminar diciendo aquello tan gracioso, “a todo se llega, he aprendido a ser sucio, y me parece bien”).
Y él, que tan grandes “caricaturas líricas” nos dejó (tuvo ojo de águila, y como crítico literario, un lince), no quiso dejarse fuera del fresco que pintó: “He sido niño, mujer y hombre; amo el orden en lo exterior y la inquietud en el espíritu; creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad y la impaciencia; no fumo, no bebo vino, odio el café y los toros, la relijión y el militarismo, el acordeón y la pena de muerte; sé que he venido para hacer versos; no gusto de números; admiro a los filósofos, a los pintores, a los músicos, a los poetas; y, en fin, tengo mi frente en su idea y mi corazón en su sentimiento”. Es decir, poco español.
Esta Vida, es, además, como no podía ser de otro modo, muchas vidas, y JR, está atento a lo que los demás veían en él: “Me lo dijo Rubén Darío el primer día que me vio: “Usted va por dentro”. “Dentro”, esto es para mí lo moderno y universal, porque español, para mí, era “lo fuera”. Luego he visto que el “dentro” estaba también en la poesía popular española”.
Y el ir por dentro hizo de él el poeta que conocemos, uno de los líricos más extremados y versátiles, capaz a un tiempo de la conmovedora epopeya rural de Platero y yo o del desgarrado Animal de fondo, pero también ese inadaptado al teatro social que acabó teniendo mil pendencias literarias, siempre que le dejaba en paz la lamentable hipocondría que le obligaba a vivir cerca de una casa de socorro.
A pesar de lo sincopado del collage, el lector hallará aquí textos clave y sobre todo la “melodía-juanramón”, en la que reconocerá la probidad de alguien cuyo principal defecto fue acaso exigir a los demás lo que se exigía a sí mismo, recordándonos que todo empezó, para bien y para mal, aquel día en que su padre, ya arruinado, murió de forma súbita, siendo él un adolescente. “Yo vivía una doble vida, la de mi vida y la de mi muerte”, dirá de aquellos días. Creyó volverse loco. Lo mandaron a un sanatorio francés, el primero de los muchos por los que pasó a lo largo de su vida, volvió, lo recogieron en otro sanatorio, lo protegieron los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, que vieron en él un diamante puro. Se tuvo que volver al pueblo (ni toleraba la vida de la bohemia madrileña ni tenía dinero para vivir con su decoro), pero cuando volvió a Madrid siete u ocho años después, traía en la maleta libros que asombrarían a todos (entre ellos el Platero, que Francisco Giner tenía en su mesilla la noche que murió) y el deseo de  construir su vida conforme a una idea que por entonces empezó a cristalizar en un lema (“a la inmensa minoría” (…) Siempre que yo he dicho “minoría” he pensado particularmente en el pueblo. Mi minoría es “inmensa minoría”, no se olvide”) y una enseña (el perejil con el que coronaban a los héroes en Esparta, frente al laurel ateniense). Y entonces, 1913, conoció a Zenobia. Un antes y un después en su vida.
Esta Vida suya es imposible leerla sin tener presentes, desde luego, las largas conversaciones que mantuvo durante años con Juan Guerrero Ruiz (Juan Ramón de viva voz) o las que ya en el exilio reflejó Ricardo Gullón en otro libro conversado o el interesantísimo que acaba de aparecer también hace unas semanas (Por obra del instante: recoge cuantas entrevistas y retratos y semblanzas se escribieron de JRJ a lo largo de su vida, muchas de ellas inéditas o desconocidas incluso para aquellos que hemos prestado atención a estos asuntos desde hace tantos años, y todo ello admirablemente editado por otra gran juanramonista, Soledad González Ródenas), pero esta Vida y la vida de JRJ, decíamos, no se entenderían ya sin el admirable Epistolario del propio JR, y, sobre todo, los Diarios y el Epistolario de Zenobia Camprubí, el “monumento de amor” que quiso devolverle ella a él (y no debemos olvidar aquella dedicatoria que pensaba poner JRJ al frente de su obra, muerta ya Zenobia: “A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo, y no pudo hacerla feliz”), tras toda una existencia juntos “en la salud y en la enfermedad, en el dolor y en la alegría, en la vida y en la muerte”.
Y esto es esta Vida, rota como la de aquellos que decidieron “ir por dentro”: “Bien está el robo de mi trabajo de toda la vida, la ingratitud y la calumnia, el honor de la lista negra, la pérdida “oficial” de la ciudadanía; bien estaría el “entierro” en mi tierra de España. Pero ¡a qué precio! el destierro de mi lengua de España (…) No lo puedo soportar porque “desterrado” no tengo lenguas mías alrededor, no soy nadie, estoy más muerto que muerto, estoy perdido”, dirá casi al final, perdido tras la muerte de Zenobia y después de veinte años de un exilio que le llegó ya viejo, solo y más enfermo que nunca.
Por gusto reproduciría aquí cien fragmentos admirables de esta Vida que hacen aún más admirable su obra. No es posible. Pero sí recordar que esa Obra, cuya mayúscula legitimó con un trabajo de coloso, de héroe espartano, no podemos leerla ya desentendiéndonos de su Vida, porque tal y como hizo una y vivió la otra, las dos vienen a ser lo mismo: ética y estética juntas.

Santander, 20 de octubre de 2013


15 mars 2014

Nuestro nombre (Aforismos)


CUANDO hemos de escribir a mano nuestro nombre completo, en un impreso, por ejemplo, asoma en una esquinita el niño que fuimos, y nos mira con tanta curiosidad como asombro.
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LA pobreza es a la bondad lo que aquel “no sabiendo” es a la sabiduría.
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A menudo la cultura es un obstáculo al "toda ciencia trascendiendo".

Madrid, Conde de Xiquena, 4 de marzo de 2014

14 mars 2014

... y Azaña

OTRA de las novedades de la 5ª edición de la 3ª de 2010 de Las armas y las letras, que recoge la de bolsillo de Austral que se comentaba ayer aquí, fue esta fotografía de Azaña, que debo a Miguel Ángel Merodio. 
Es una de las grandes fotografías de Azaña, un personaje del que se hicieron cientos, comparable a esa en la que se le ve jugando contra sí mismo al ajedrez, muy conocida y también reproducida en el libro. Esta, inédita hasta su inclusión en Las armas, habría sido tomada según el biógrafo de Azaña Santos Juliá, que tampoco la conocía, en la finca La Barata (Tarrasa, Barcelona) en 1938. El nombre de la finca, las labores de poda por un Azaña en zapatillas, la escalera mal sujeta con un cordel y ese seto que le estorba la visión de lo que haya al otro lado, se diría en ese 1938, cuando hace ya mucho que la República ha perdido la guerra y Azaña el poder, una suma cervantina de ironía y metáfora. La absoluta soledad de Azaña, podríamos decir.



13 mars 2014

José Castillejo

UN año después de publicadas la edición de 2010 de Las armas y las letras y algunas reediciones de esta, el librero y escritor Enrique Montero me preguntó por qué no se mencionaba a José Castillejo. Le respondí la verdad: ignoraba que el institucionista José Castillejo, secretario de la Junta de Ampliación de Estudios, hubiese escrito nada significativo de la guerra. Fue él quien me puso sobre la pista de un libro, War of Ideas in Spain, publicado en  1937, no traducido ni reeditado, creía él [hay edición en Revista de Occidente, 1976, con prólogo de Julio Caro Baroja, supe luego], y este me llevó a su vez a Democracias destronadas (editorial Siglo XXI, 2008), un libro extraordinario y equiparable a los de Chaves Nogales o Clara Campoamor, que había permanecido inédito desde que, en los primeros años cuarenta, lo escribió su autor, y traducido ahora del inglés, lengua en la que se escribió y en la que tampoco está publicado... y que había pasado aquí, como no podía haber sido de otro modo, sin pena ni gloria.
Su lectura supuso tal conmoción, que no quiso uno esperar más, y en la siguiente edición (5ª de las aparecidas en Destino, 2011), ya que no incorporarlo en el cuerpo del libro, como hubiese querido, añadí al dramatis personae una semblanza del autor y comentarios al texto.
Al poco apareció también la edición de bolsillo de Austral, la misma que acaba de reeditarse estos días, y que reproduce textos y fotografías de la edición de 2010. En ella se incluye, claro, la semblanza de Castillejo.
Para aquellos que ya tuvieran las anteriores y no quisieran comprar esta (acaso mi preferida por su aspecto vagamente soviético y por reproducir, ampliar y corregir errores de las otras y conservar, en blanco y negro, todas sus ilustraciones, incluida la memorable ilustración de cubierta de Carlos García Alix), aquí se publica con algún añadido que no figuraba tampoco en ninguna de las anteriores, ni siquiera en esta, por si quieren incorporarlo a su ejemplar. 
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José Castillejo (Ciudad Real, 1877-Londres, 1945). Jurista y secretario de la Junta de Ampliación de Estudios, vinculada a la Institución Libre de Enseñanza y decisiva en la modernización de la enseñanza y la investigación científica españolas. La sublevación militar le sorprendió en Suiza. Logró volver a España, y después de sacar a su familia, que veraneaba en Benidorm, se dirigió a Madrid, que tuvo que abandonar a los pocos días para salvar su vida, como ocurrió con tantos intelectuales de su generación, republicanos y liberales como él. Cuenta Ramón Carande, quien le dedicó un escrito magnífico a su labor pedagógica, que la última vez que le vio "fue en julio del 36, en una oficina de la planta baja de la Dirección General de Seguridad, calle de Víctor Hugo, detenidos ambos: él por unas denuncias y yo por otras. A los pocos días salió de España". Se instaló entonces en Inglaterra, país con el que mantenía vínculos familiares, desde donde apoyó de una manera decidida la causa de la República. En 1937 publicó su libro War of Ideas in Spain, estudio de la historia de la enseñanza en España desde sus orígenes hasta la Revolución, y trabajó hasta su muerte en otro, Democracies Dethroned in the Light of the Spanish Revolution, 1823-1939, inédito hasta 2008, en que se publicó traducido al español. Acusado por Serrano Súñer como el hombre «más funesto que había visto nacer España», lo cierto es que su personalidad y su magisterio lo señalan como uno de los más extraordinarios, inteligentes, tolerantes y eficientes que ha dado este país. En ese su póstumo, lúcido, exhaustivo e imprescindible libro, el diagnóstico y el análisis que hizo de la República y de la guerra explican sobradamente el orillamiento que sufrió su memoria y su obra durante tantos años, al igual que la de quienes, como Américo Castro, Albornoz, Campoamor o Azaña, hubieran compartido sus palabras: «La guerra civil no fue una lucha entre dos mitades geográficas o raciales de la Península, ni siquiera entre dos mitades de sus ciudadanos que mantuvieran doctrinas opuestas claramente definidas. Fue la consecuencia natural de una revolución de más de doce años que comenzó cuando Primo de Rivera violó la Constitución. [...] Para salvar la Monarquía, los monárquicos tomaron medidas que o causaron, o aceleraron, o no fueron capaces de impedir su caída. Para defender la democracia, los republicanos utilizaron métodos que la hacían imposible. ¿Cómo podría haber sido de otra manera? El talento, el instinto, la prudencia, la experiencia, la educación política no pueden ser dones reservados a los hombres de un partido político y negados a los otros. El nivel medio de incomprensión e intolerancia tenía que ser obligatoriamente el mismo entre los monárquicos y entre los republicanos. Puede ser que los republicanos quisieran algo totalmente imposible, o algo que no era factible en las condiciones que se daban en España en aquel momento, o que escogieran los métodos equivocados para llevar a cabo un plan viable. [...] Es difícil creer que en media España el espíritu de justicia hubiese, súbitamente, pasado a morar en los corazones de los trabajadores, mientras en la otra mitad se hubiese vestido con uniformes militares y camisas azules. [...] El carácter, los vicios y las virtudes de la España republicana no podían ser muy diferentes de los de la zona nacional [...]. Ha sido más bien un cisma interno de conciencia como fueron las guerras de religión, hasta el punto de que la escisión se produjo dentro de cada familia, en cada pueblo o ciudad y en cada provincia, por toda la Península. Lo único que hizo la guerra civil fue delimitar el mando: en una parte de España el control cayó en manos de aquellos partidos que estaban sojuzgados en la otra, y los que en una zona eran las víctimas eran los jefes en el otro lado. Los asesinatos y las ejecuciones a millares alteraron gradualmente, y hasta cierto punto, el peso estadístico de cada fuerza en ambas zonas; pero después de dos años y medio de lucha había todavía millones de fascistas en los territorios controlados por los republicanos y millones de rojos en el campo opuesto. Cualquier solución a la que se llegase a través de una victoria implicaría el sometimiento forzoso de aproximadamente la mitad de la población; sin embargo, una solución basada en la tolerancia mutua y en concesiones era prácticamente impensable teniendo en cuenta las creencias fanáticas existentes, fortalecidas por el apoyo moral y material que ambos bandos encontraban en países extranjeros». Y si su diagnóstico político era devastador, no lo fue menos la idea que tuvo de los intelectuales en guerra: «La opinión pública fue totalmente amordazada. La libertad de expresión era proporcional al número de fusiles que había detrás de cada escritor; pero no había armas ni partido alguno que respaldase la igualdad para todos los ciudadanos. La mayoría estaba aterrorizada y buscaba la seguridad en el silencio o en la aquiescencia fingida. Desde el inicio de la revolución no existieron mecanismos para verificar las verdaderas corrientes de opinión y su volumen. No pocos apologistas de la causa republicana se retractaron enérgicamente una vez cruzada la frontera francesa. Para evitar este riesgo y esta afrenta a la España que se suponía estaba luchando por la libertad, el Gobierno se vio espoleado a hacer más severas las restricciones sobre la emigración, una medida anticonstitucional que convirtió el país en una enorme prisión para millones de personas aterrorizadas y muertas de hambre. [...] Hombres que se autoproclamaban demócratas ordenaron la ejecución de ciudadanos por el crimen de haber votado a candidatos de partidos contrarios, o por haber sido elegidos miembros del Parlamento en las últimas elecciones. Escritores que hasta entonces habían defendido la libertad de conciencia y de prensa publicaron en sus periódicos “listas negras” de individuos que serían librados a asesinos profesionales por haberse atrevido a publicar artículos denunciando lo que ellos consideraban errores políticos». Su visión de la zona nacional no fue menos terrible: «La estructura política real en la España nacional era similar a la del lado republicano, excepto en que en este último había más facciosos compitiendo unas con otras por el predominio. En cada ciudad, uno o más caciques se hicieron con el apoyo de grandes partidos o de las autoridades centrales y se convirtieron en los amos: controlaban los instrumentos de la fuerza y ejercían un poder omnipotente al margen de la ley. Cuando eran hombres honestos su poder arbitrario era una bendición, pero cuando eran unos maleantes los ciudadanos honestos eran las víctimas. Estaban auxiliados por espías voluntarios que, con celo apostólico, o con un ruin espíritu de venganza o de ambición, denunciaban a las personas sospechosas. [...] La mayoría de los intelectuales fueron tratados como peligrosos agitadores en el bando nacional, y como reaccionarios poco prácticos o ambiguos en el republicano. Fueron denunciados como cobardes o como traidores. A esto siguió la persecución; algunos cayeron en ambos lados y aquellos que pudieron escapar iniciaron la gran diáspora». Estas ideas hicieron de él uno de los más silenciosos, nobles y conspicuos representantes de una tercera y tolerante España, posible únicamente para él si nacía de las escuelas.
Bibliografía: War of Ideas in Spain. John Murray, Londres, 1937. Democracias destronadas, Editorial Siglo XXI, Madrid, 2008.