15 mai 2013

Bis del ruiseñor

SE traía aquí el otro día el minuto de un ruiseñor que tiene su nido en el laurel de la fotografía. Vuelve de nuevo el mismo ruiseñor con otro de sus minutos. Quienes escuchen este con atención advertirán las grandes diferencias entre uno y otro. Tituló uno hace años y no sin ironía uno de los suyos como El mismo libro, y así es cierto que los libros, las auroras o las gentes se parecen entre sí lo que el canto de ese ruiseñor un día antes y un día después. Y quien dice días, habla de siglos. "Que el canto es sólo uno, siempre el mismo, / y que la rama cambia y cambia el pájaro, / mas no la melodía". Y que siendo el mismo canto nos conmueva no dice sino que somos nosotros quienes vamos cambiando, como cambia el mundo, aunque estemos destinados también como el ruiseñor, con otra fortuna, a escribir siempre el mismo libro.


Laurel del ruiseñor, a mediodía y al atardecer

14 mai 2013

Vivir lo es todo


LOS lectores de este periódico, en el que Félix de Azúa lleva publicando sus artículos tantos años, conocen bien “el tono Azúa”.

Hay “un tono Azúa”, como hay un “tono Baroja” o un “tono Pla” o, por venirnos a lo de ahora, un “tono Savater” o un “tono Ferlosio”. Con todos estos escritores tiene que ver Azúa, por lo mismo que todos ellos tienen entre sí algo en común. En primer lugar son escritores que piensan críticamente, o sea que piensan donde otros pasan de largo, o por decirlo con palabras de don Pedro Mourlane, gentes que se dedican en buena medida al arriesgado “arte de repensar los lugares comunes”. También comparten estas tres cosas: la fuerte personalidad de cada uno de ellos, su intolerancia a la afectación, y el humor. Decía Ortega, a quien el cielo dio otros muchos pero no el don de la llaneza ni el del humor, que la claridad era la cortesía del filósofo. Creo que Azúa y sus conspicuos colegas han dado por hecho que la claridad se le debe suponer al escritor, y por eso en ellos la verdadera cortesía no es la claridad, que también, sino el humor y la ironía como antídotos de la retórica, eficacísima triaca contra la melancolía y, no pocas veces, atajos hacia la verdad.

Azúa acaba de publicar Aubiografía de papel, continuación de Autobiografía sin vida, en la pauta confesa de La forja de un plumífero, aquel bosquejo en el que Ferlosio hablaba de sí con una desusada autoironía: “yo creo que estoy sobrevalorado”, declaró el día que le dieron el premio Cervantes.

En este libro Azúa describe y evalúa su trayectoria intelectual ejercitando la “pedagogía de la modestia”. Claro que no habla tanto de él como particular, sino como “caso”, el “caso Azúa” diríamos nosotros. Quien venga buscando aquí efusiones sentimentales o tráfico de intimidad, se habrá equivocado de libro. Hallará en cambio cosas mucho más valiosas contadas por un seductor nato que le llevará embebecido desde la primera a la última página. Este es el tema, musical como si dijéramos: sobre el bajo continuo (la transformación del mundo en los últimos cincuenta años y la incapacidad de la poesía, la novela y la filosofía tradicionales para dar cuenta de él como en el pasado), una sincopada melodía (la vida de un hombre, Azúa, que relata en paralelo su incapacidad o descreimiento para ser poeta, novelista y filósofo). El contrapunto queda para los chuscos traspiés y la palabrería de la época, que no se ahorra, cosa muy de agradecer en quien reconoce haber formado parte de la “coqueluche” o gauche caviar, conocida también como Club de las Almendritas Saladas. “La corriente general”, dirá entre irónico y piadoso. Pero que nadie se llame a engaño: jamás ese proceso se ha descrito con mayor jovialidad y lucidez. Lo decía Gracián: “La queja trae descrédito”. Y si tras lo que él llama su fracaso como poeta llega a decir que “un nuevo fracaso [como novelista] era lo más estimulante que me podía suceder”, resulta no menos admirable ser testigos, por ejemplo, de la confesión de Azúa a propósito de Benet, cuyo “inmenso talento” acaso “fuera usado de un modo inadecuado”.

Obras, autores, hitos culturales e intelectuales contemporáneos irrumpen, pues, como timbales y trompetas en esta sinfonía cuyo director prefiere hacer el papel del “idiota” (el estafado), al de los “humillados”, resentidos y cómplices de la barbarie. Azúa trata de explicar y de explicarse lo que denomina “la decepción” que ha sufrido al comprender que “las medicinas que nos venden agravan la enfermedad que padecemos”. El mundo moderno ha conocido en muy pocos años la llegada de la “democracia total” que, junto al dominio de la técnica, nos ha puesto a las puertas de un mundo enteramente nuevo, verdadera tierra ignota. Y a la decepción ha seguido la perplejidad de un “hombre bisagra” como él, entre el Antiguo Régimen de los grandes relatos y las utopías que vendían la felicidad y esta nueva era en la que “aún estamos ensayando cómo se sobrevive en una sociedad sin dios y sin ayuda externa, después de veinte siglos de religión cristiana y sobreprotección divina”. La poesía, la novela y el ensayo, dirá Azúa, convergen hoy en el periodismo, entendido como el oficio de palabras e imágenes donde se funden todos los géneros, y este, insistirá, no es un hecho valorativo, sino descriptivo.

Quien en menos de doscientas páginas ha hecho un repaso trepidante, amenísimo y serio de todo lo que nos ha venido sucediendo en este tiempo, no creo que espere ni que todos le den la razón ni que se la demos en todo. Es cierto, pero pocas veces sentirá el lector más deseos de darle la razón a alguien, incluso discutiéndosela. Porque el propósito del verdadero pensador es hacernos pensar, no reclutar prosélitos, decía Unamuno. Y porque en un género, el de las memorias, en el que la gente tiende a ponerse estupenda, Azúa suele preferir hablar de otros más que de sí mismo, siguiendo el impagable consejo de Ferlosio: ocuparse de las cosas y no medirse con los demás. Y esto podrá verlo quien llegue al último capítulo, páginas magistrales que desmienten al propio Azúa: aún es posible la gran literatura, del mismo modo que la dedicatoria a la niña con la que se abre el libro desmiente que la poesía se vaya a perder en lo venturo: “A Inés, la estrella que me permite navegar sin pensar en el puerto”. Azúa, que tituló la primera parte de esta obra Autobiografía sin vida, bien pudo haber titulado esta Vivir lo es todo.
     [Publicado en El País (Babelia) en 11 de mayo de 2013]

Las Viñas, 11 de mayo de 2013

13 mai 2013

Lírika

EN esta vida, que a menudo se corta de golpe, casi todo viene de lejos. Hace cien años los reveses de la fortuna, la filoxera y los limos que acabaron con la navegabilidad del Tinto, arruinaron a una familia acaudalada del sudoeste español. En el camino que va de ser ricos a ser pobres la gente desesperada suele hacer una parada en los bancos, convencida de que estos tienen un corazón de oro, fantasía común y triste, pues todo el mundo sabe que los bancos lo tienen de cualquier cosa menos de oro: de acero, de turba, de heces, y que prestan su dinero con la secreta esperanza, bendita usura, de que no puedan devolvérselo para quedarse con todo a bajo precio. Y eso ocurrió hace cien años. Del disgusto, el padre y jefe de aquella familia sincopó, y a la madre y los hermanos no les sirvieron de nada los pleitos, al contrario, lo poco que podía quedarles acabó en manos de los abogados. No obstante lograron retener algunas propiedades sin gran valor, que se repartieron buenamente. Ni siquiera entonces hubo alegría: aquellas poquiterías, que ninguna renta les proporcionaban, iban a recordarles de por vida el esplendor y la magnificencia perdidos. 

Hasta aquí la somera historia. Así arrancan muchas novelas. Esta tiene como protagonista, sin embargo, a un poeta, Juan Ramón Jiménez. Él fue uno de los que heredó una de aquellas poquiterías,  una finquita a las afueras de Moguer, llamada Fuentepiña, que no le dio otro fruto que una pequeña piedra, que llevó en el bolsillo de su chaqueta los años que duró su exilio, hasta su muerte. Le recordaba aquel paraje en el que ideó y en parte escribió y ubicó sus historias de Platero. 

El tiempo corre para todo el mundo, la finca a la muerte del poeta cambió de manos, y hoy su dueña, que no hace ningún uso de ella, se halla en pleitos que han llegado al Tribunal Supremo, pues, a diferencia de aquel río que cegó su lecho con lodos de las minas de cobre, el de la justicia es hoy por hoy el cauce más navegado de España. 

No le ha sido a uno sencillo comprender la naturaleza de las desavenencias entre la propietaria y el alcalde de Moguer y demás autoridades, tal y como vienen contadas en el periódico Huelva información, pero parece que todo nació de la declaración de la finca  como “bien de interés cultural”, en lo que no se muestra de acuerdo su propietaria. ¿Por qué razón? Supongo que siendo bien de interés cultural, esa finca vale menos. Ah, el dinero, dijo Bécquer. Entre tanto, informa ese periódico, cuatro inmigrantes marroquíes han okupado la finca y viven en la modesta casa que hay en ella en condiciones de extrema miseria. Allí ranchean y duermen, allí pasan las horas que no dedican a buscar trabajo, esperando que cambie su suerte. Algunos con cierto filisteísmo denuncian el abandono en el que se halla un lugar tan sagrado para la poesía y piden el desalojo (no la dueña, que de momento se inhibe), pero lo cierto es que, conociendo a JRJ, estaría feliz de ver que la vida ha vuelto a aquel paraje, que al fin su abandonada  Fuentepiña le sirve a alguien que de veras la necesita, y él, que conjugó la lírica de todas las maneras, hoy, a la espera de lo que digan los jueces, la escribiría con k.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 12 de mayo de 2013]

11 mai 2013

El ruiseñor en persona

Ruiseñor del laurel

RUISEÑOR DEL LAUREL

Se podría argüir otros mil años
en contra o a favor sobre si el mundo
está bien hecho o no, pero yo quiero
decir aquí otra cosa: por lo mismo
que en las grandes ciudades es difícil
hallar un solo justo, aquí, a unos metros,
en el viejo laurel, un ruiseñor,
poco más que una nuez, 
lanzó su canto melodioso al aire
sin el menor esfuerzo y sin temor
a que caudal tan alto le rompiera 
su pequeño pulmón.
Todo quedó encantado.
Que los golpes funéreos de la azada
no le asustaran, tuvo un no sé qué
de santo y prodigioso y de candor.
Después de unos minutos, y aunque no lo veía, 
tan escondido estaba, pregunté
sin levantar la voz
qué quería decirme.
Dejó por un momento su canción
y pudimos oír los pensamientos
como el huso sutil del tejedor.
Hablamos el silencio, nuestra lengua,
pues él no sabe azada y yo no ruiseñor,
y nos dijimos cosas 
que han de quedar entre él y yo.
Y si ahora me dijeran, en la cena, 
que han pasado diez siglos 
desde que esta mañana salió el sol,
lo daría por bueno, sin importarme mucho
si el mundo está bien hecho o no.
               
                    (Las Viñas, 10 de mayo de 2013)

Amanecer del 10 de mayo de 2013



10 mai 2013

Progreso rápido

TIENE lugar estos días en Santander, en la Fundación Botín, una exposición de dibujos de Gutiérrez-Solana, que ha preparado María José Salazar, de quien esperamos en breve un catálogo razonado de los dibujos del pintor.
Y acaso por eso, porque llevara uno a Solana en la cabeza ("sólo vemos lo que nos mira"), nos salió el otro día en el Rastro este aguafuerte tan solanesco. A lápiz figuraba en él una atribución que alguien borró, pero no tanto como para no dejarse leer: "Carnaval: aguafuerte de Leonardo Alenza". Algunos amigos historiadores se han avenido a confirmar la paternidad o a encontrarle la suya, si la otra fuese espúrea (y si alguien la conoce, se agradecerá), dejándonos hasta entonces suspensos.
Pero tanto como esto, nos emociona seguir el rastro de una cierta España eterna que hoy más que nunca parece ir en una carreta de bueyes como la de ese grabado, en cuyas ruedas se lee irónicamente un "progreso rápido". No hay más que echar la vista al retortero: Ley de Enseñanza, proyecto de reforma de la Ley para la regulación del aborto, impuestos en las actividades culturales, recortes en la universidad y en la investigación... Como diría Rubén, no menos cáustico: "y hacia Belén la caravana pasa".


Se admiten atribuciones



9 mai 2013

Frei aber einsam

"EN octubre de 1853 y con ocasión de una visita del violinista Joseph Joachim a Düsseldorf, Schumann decidió homenajear por sorpresa a su amigo haciéndole entrega de un original regalo: una sonata para violín y piano compuesta, por así decir, a seis manos. De esta forma Schumann escribió en dos días los movimientos segundo y cuarto (Intermezzo en fa mayor y Finale en la mayor) y Dietrich, uno de sus alumnos, redactó el primero, un Allegro en la menor. Sobre Brahms recayó la tarea de componer su tercer movimiento, un Scherzo en do menor. El trabajo colectivo quedó dispuesto en una semana y el propio Schumann redactó el encabezamiento: "F.A.E. Con ocasión de la llegada de su estimadísimo y queridísimo amigo Joseph Joachim. Esta sonata ha sido escrita por Robert Schumann, Johannes Brahms y Albert Dietrich". Las siglas representaban la divisa del dedicatario, Frei aber einsam (Libre pero solitario), y se corresponden con las notas fa-la-mi en su notación alemana". (Del catálogo de mano del concierto en que se oyó ese scherzo en do menor el pasado martes en el Auditorio de Madrid)
Nada que añadir. Libres pero solitarios. Aunque acaso sería mejor enunciarlo de este modo: Solitarios, pero libres.


1: Gredos; 2, 3 y 4, Las Viñas, 8 de mayo de 2013