4 de julio de 2013

La modernidad cauta


SE ha celebrado hace tres o cuatro semanas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y dirigido por el poeta y profesor Antoni Marí, un encuentro entre profesores y creadores en torno al enunciado "La modernidad cauta", en el que uno participó con algunas cuartillas, de las que se publican a continuación estas, escritas a la par que la entrevista en Jot Down, donde se trataban de pasada asuntos parecidos.
* * *
¿Es compatible la modernidad con un congreso académico? ¿No son, en principio, realidades antagónicas, no señalan cosas inmiscibles o, no adivinamos en esta formulación una pequeña humorada por parte de quienes han querido darle aquí ese título, por lo demás muy sugerente, a estas jornadas?
Pues diríamos que la modernidad lo es precisamente por su audacia, no por su cautela ni por atenerse a normas, sino que más bien inventa las suyas propias a cada momento, y juega, oculta tras de una máscara, a cambiar de fisonomía, en tanto que la academia se emplea en el estudio de aquello de lo que ha podido ya establecer leyes y pautas, aquello en definitiva ha mutado de lo vivo y cambiante a lo rígido, si acaso no al rigor mortis, para más fácil estudio suyo. Quiero decir, que la academia estudia, limpia, fija y no siempre da esplendor a lo que la modernidad vive a menudo de un modo atropellado, jovial, divertido no exento en ocasiones de truculencias y exageraciones.
Hace unas semanas y preguntado por ciertos libros más o menos memorialísticos, agrupados bajo el título general de Salón de pasos perdidos, recordé la célebre frase de Pascal “El yo es odioso”.
De hecho, la mayor invención de la modernidad fue el yo, sin él, sin la conciencia de yo no habría habido modernidad o la modernidad sólo fue posible porque el hombre romántico adquirió conciencia de sí mismo, de la trágica fugacidad de su vida y de la dificultad de ser feliz en este mundo sin fiar su dicha a ninguna clase de trascendencia. Pero la modernidad de la modernidad, quiero decir, a donde la modernidad acabó llegando fue a una especie de conciencia superior, a una instancia en la que al yo parecía sobrevenirle un cierto agotamiento, una especie de cansancio fatal. Y así la formulación de Juan Ramón Jiménez a propósito de la implantación del anagrama de su nombre, JRJ, como “el cansado de sí mismo” vendría a hacer compañía a un poeta que por esos mismos años empezaba a hablar de “el tú esencial”. Nos referimos a un poeta, Juan Ramón, el poeta que modernizó con su Diario del poeta recién casado la poesía en español, y a otro, Antonio Machado, que en cierto modo seguía siendo hermano de Gustavo Adolfo Bécquer.
La fusión de ese cansancio del yo (la modernidad en su voraz dinamismo gusta fingir acaso por dandismo cierta lasitud por lo mismo que los niños aman saltar las tapias de los cementerios) la fusión de ese cansancio, decía, y aquel tú esencial de que nos hablaba Machado, podría quedar formulado por un “del yo, el menos”. Frente a un yo, y habla uno aquí desde su experiencia de escritor de esos libros a los que me he referido y nunca, en ningún caso, no podría hacerlo, como un estudioso de esas cuestiones, frente al yo, decía, el tú se le muestra a uno como inagotable, siempre hay en él algo nuevo, desconocido, algo que nos despierta, que nos pone en movimiento, que nos aleja de cualquier solipsismo. Diríamos que el yo está sentado, en tanto el tú nos reclama, nos invita a levantarnos. Por esa razón hablar de “literatura del tú” vendría a ser como hablar de “literatura del otro”. La modernidad nace precisamente de la conciencia del otro, frente a la conciencia del yo, asunto plenamente romántico. Rimbaud tuvo el acierto de decirlo mejor que nadie: “Yo es otro”. Esto es mucho más agudo que su otro gran aserto: “Hay que ser absolutamente moderno”. No estoy muy seguro de que eso vaya a ser siempre así. ¿Qué es ser moderno? Lo decía también Carlos Pujol: “A fuerza de adelantarse a todas las vanguardias uno puede acabar pasándose al enemigo”. Hay que ser lo que podamos y lo que nos dejen. Ahora, yo fundiría las dos frases de Rimbaud en una sola: “Hay que ser absolutamente otro”.
Cierto que hemos llegado a estas alturas del siglo XXI con un vago descreimiento de la modernidad, a lo que no es ajeno en absoluto el hecho de que en nombre de la modernidad y de los tiempos modernos se cometieron en el siglo XX los mayores crímenes que había conocido la Humanidad hasta ese momento. ¿Olvidaremos que los totalitarismos del siglo XX, avalados por los artistas, intelectuales y literatos jóvenes más talentosos y modernos, se presentaban como la modernidad? Y sin embargo, percibimos que renunciar a ser modernos sería poco menos que renunciar a ser otro, obligándonos a ser, en consecuencia, identitarios, lo que paradójicamente nos entrega de nuevo en manos de una modernidad ligada a los totalitarismos, que no dejan de ser sino la consecuencia lógica de lo identitario.
Si pensamos sólo en términos literarios o artísticos el panorama es tanto o más desolador que la visión de los paisajes humanos y morales por los que campearon los totalitarismos políticos. El hecho de que buena parte de los frutos de esa modernidad artística y literaria los encontremos aún envueltos en papel de celofán en museos asépticos o entre las páginas de libros que los han canonizado no quiere decir nada. O dicho de otro modo, y contra lo que pensaron acaso los modernos de antaño: no hay modernidad que cien años dure.
Que alguien como JRJ, el primero en denunciar el carácter totalitario de las vanguardias artísticas en España, fuese la primera víctima literaria y artística de las depuraciones de la modernidad y de aquellos modernos de antaño (la guerra que le declararon estos y el ostracismo al que se le condenó en España durante más de cincuenta años dan fe de ello), que alguien como él, decía, el gran poeta moderno español del XX, se nos presente como un moderno incauto, no viene sino a confirmar la radicalidad de toda verdadera y originaria modernidad, la del origen de ese yo que desarrollado en otro tanto le iba a cansar.
(...)
“Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No: otro yo que ha realizado tal obra. Y, ahora, muerte, ven a por mis huesos. Ahora, siglos, venid contra mi Poesía.”
En estas palabras percibimos algo más que un texto que se prestaría a ser analizado en un congreso. Oímos en ellas el eco de esa modernidad originaria a la que nos referíamos. Nos habla otro yo a un yo que no somos. Y en esto no hay cautela, en esto sólo hallamos una manera de vivir, de  crecer, de seguir nuestro camino sin pausa y sin aceleración, haciendo difícil el retrato a quien lo querría ver quieto, posando para la posteridad, que es lo contrario, como sabemos, de aquello a lo que aspiraba Juan Ramón, que no era, como ya habréis adivinado, ser moderno (eso que pasa pronto), sino actual, eso que nunca acaba.


El Rastro, 26 de mayo de 2013


4 comentarios:

  1. Las vanguardias son lo que antes envejece. Es mucho mas moderna "La Odiesa" que "Ulises", mucho mas actual un cuadro de Rembrandt que "Las demoiselles de Avignon". Quizás esté relacionado con un concepto del tiempo histórico y de referencias culturales. Cuando uno lee a Homero no se da cuenta del tiempo histórico en que se desarrolla la acción, allí no hay intención de ruptura, en el "Ulises" se trata deliberadamente de romper con la tradición pero sin renunciar a ella y por lo tanto la temporalidad histórica está permanentemente presente haciendo de esta obra un mero libro coyuntural.

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  2. Machado decía que los novedosos apedrean a los originales.

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  3. Hay bastantes cosas del artículo que no entiendo bien pero quería preguntar sobre una cosa concreta que le he oído repetidas veces y que me gustaría entender. Es sobre “el odioso yo”.

    A mí me desconcierta mucho cuando usted dice que en el Salón de Pasos Perdidos no habla de su vida. No querría que lo tomara usted como una crítica -porque no lo es- pero a mí me parece que no hace otra cosa. Le explico por qué digo esto. Por ejemplo: cuando usted habla de sus propias lecturas públicas de poesía o las conferencias y dice que es tirar su vida ¿No está hablando de sí mismo y su particular sentimiento?
    ¿En qué sentido dice que habla usted de los otros? ¿Se refiere al hecho de que describe usted al presentador o al público o a los demás? No creo que se refiera usted a eso. Parece inexcusable hablar de los otros para contar la propia vida porque “mi” vida es siempre “nuestra” vida. Sus hijos, su mujer, los libreros de viejo, los Xs son parte esencial de sí mismo porque usted hace su vida ineludiblemente entrelazada con la suya. Yo para contar mi vida no podría hacerlo sin relatar la de mis alumnos. Pero es que además muchas veces lo que el lector encuentra no es tanto una descripción –que también- de su mujer, sus hijos, el público de la charla, los otros escritores… sino el amor, la admiración, el rencor, o lo que sea que siente por unos y otros. Quizás por eso Miriam Moreno no se reconoce del todo en los diarios porque M. es aquella mujer siempre acogedora que apoya a A.T., aquella a la que él echa en falta en sus viajes, la persona que nunca molesta… No recuerdo una mala palabra contra ella, pero supongo que no es porque no tenga defectos sino porque usted se los disculpa o su amor le impide mostrárselos al lector. M. es la mujer en tanto que amada por AT no la mujer real.

    ¿En qué sentido creo que podría decir que usted no habla de su vida o no solo de su vida? En el sentido de que cualquiera puede identificarse con usted y vivir con usted. Su “yo” puede ser el yo de muchos otros. Referido al ejemplo de más arriba: porque también los lectores han experimentado muchas veces que pierden su vida en cosas que no llenan. En ese sentido todos podemos sentirnos autores de su diario. Porque también los lectores se han sentido felices en casa con su mujer y sus hijos sin hacer nada especial. Porque han disfrutado del canto de los pájaros o la paz del campo. ¿Es eso lo que se quiere decir con eso de “yo es otro”? ¿O, como me temo, es otra cosa que yo no alcanzo?
    Si cuando usted dice huir del yo se estuviera refiriendo a esto último, yo en la manera como usted lo expresa no lo veo expresado claramente. Me parece confuso decir “no cuento mi vida cuento la vida de los otros”. ¿O es que usted quiere decir otra cosa que yo no entiendo?
    He leído recientemente el episodio en el que usted atropella a una liebre y luego discute a muerte con una amiga de siempre. Ambos episodios me parecen profundamente "suyos" pero quizás por eso, porque usted profundiza en sus sentimientos, encuentra el yo que nos es común a todos y los convierte en sentimientos universales.

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    1. Manuel Cañedo Gago6 de julio de 2013, 0:55

      Extracto de la conferencia de Andrés Trapiello "La mano izquierda. Veracidad y verosimilitud en el Salón de los pasos perdidos". 19-11-2009. Universidad Complutense de Madrid.
      "Estos diarios son el relato no tanto de cómo se cuenta una novela, sino de cómo se hace una novela, porque es cómo se hace una vida, cómo se hace mi vida. Quienes los han seguido desde el principio han visto crecer a unos niños que tienen unas iniciales y que se están haciendo no solamente en la vida, sino que se están haciendo en esa novela. Cuando alguien se encuentra en esta novela que incumbe a mucha gente, lo paradójico es que no están leyendo cómo se hace mi vida, sino cómo se hace su propia vida, por el pacto del libro con el lector, por el principio de verosimilitud. Creen verosímil que ellos puedan ser esa persona, esa X. Habrá mucha gente que proyecte justamente y legítimamente en esa situación su propia vida. Estos diarios renuncian a la veracidad en favor de la verosimilitud. La voluntad de hacerlo novela es la voluntad de trascenderlo; es decir, que dentro de un tiempo esa novela incumba también a aquellos que no han vivido este tiempo y que no lo han vivido como un hecho real, sino que lo están viviendo como un hecho novelesco y que les incumbe desde la literatura, no desde la realidad; les incumbe desde la verosimilitud y no desde la veracidad. Es cierto, además, que el camino que hace la literatura partiendo de lo verosímil nos lleva a una verdad superior; es decir, no es que lo verosímil renuncie a la verdad, es que la verosimilitud nos lleva a la fundación de una verdad de orden diferente, puramente literaria, una verdad que está dentro de la literatura, y esa verdad puramente literaria es ejemplar en el sentido que incumbe a muchas más personas, traspasa fronteras, traspasa lenguas y traspasa épocas.
      Cuando los escritores que nos gustan nos dan personajes con los que nos identificamos, con los que sentimos, no nos están dando personajes literarios, nos están dando compañeros, amigos, muchas cosas a las que atribuimos no virtudes literarias sino virtudes humanísimas; por eso decimos que la literatura que nos incumbe no esta plagada de personajes literarios sino de carne y hueso que no distingo personalmente, porque esos personajes me dicen más cosas en la intimidad que mi familia."

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