29 de julio de 2013

El mensajero y los chanclos

CUANDO usted lea estas líneas habrá leído u oído ya, como yo, cien artículos y opiniones parecidos sobre Snowden, el joven que hizo públicas las prácticas y abusos de la Cía, para la que trabajaba. En primer lugar hemos de recordar las protestas de los gobiernos aliados de los Estados Unidos a los que, con el pretexto del terrorismo, estos espían sin la menor consideración por razones comerciales y económicas, pero también las de aquellos particulares que denunciaron de manera airada que alguien pueda entrar en un ordenador cualquiera para escrutar sus más ocultos y secretos pensamientos y archivos. 

Dejemos de lado el comportamiento de los países aliados de los EU, que, tras  elevar “las más enérgicas protestas”, dejaban tirado a Snowden en un aeropuerto de Moscú mendigando asilo político y haciendo bueno aquello de que “Roma no paga a traidores”, dejemos, sí, la alta política a los que se dedican a ella (que suelen ser los mismos que se ocupan de su alcantarillado), y vengamos a las cosas menudas que apenas tienen cabida en las “enérgicas protestas”. 

Empecemos por Snowden. Nos cae bien Snowden, pero a pocas novelas o películas de espías que hayamos leído o visto, nos preguntaremos qué pensaba que era la Cía cuando entró a trabajar en ella. En una de espías, creo que lo preguntarían de otro modo: ¿para quién trabajaba, o más exactamente, quién le pagó para contar lo que contó o de quién espera cobrar ahora? 

Es muy probable que nunca se conozcan las respuestas a estas preguntas, ni el conocerlas haría que olvidáramos la clase de gentes en cuyas manos está nuestra privacidad e intimidad, desde el presidente de los EU, si consintió esas escuchas y miroteos, hasta el último de los “oscuros” funcionarios que como Adolf Eichmann se amparan en la “obediencia debida” para perpetrar el mal.  Hay quien asegura, incluso, que el mal es  invencible, y también quien afirmó no tener ordenador, porque  ya se barruntaba que acabaríamos en esto: o esclavos de la técnica o a merced de los bandidos. No sé. Ve uno las cosas de otro modo. Decía don Francisco Giner: "Cuidado, los chanclos no son una patente de corso para andar por el lodo", lo que podría también formularse al revés: no voy a convertir mi vida en lodo sólo porque nadie lo sabrá nunca. Que puedan entrar en los ordenadores no siempre es un abuso intolerable (no lo es para desarticular redes de terrorismo, drogas, trata de blancas, pederastia), sí cuando se persiguen informaciones para obtener ventajas comerciales, políticas, financieras. Agradecemos y debemos a Snowden que nos haya recordado que nuestro ordenador no es la alcoba, ni siquiera el retrete, y que el día que lo metimos en casa metimos al Gran Hermano con el que hemos de aprender a convivir. ¿No lo hacemos con los cuchillos, la lejía y otras cosas peligrosas? Y si delante de un chivato o de un chismoso no se habla de lo que no queremos que sepa, ¿por qué hacerlo delante de nuestro ordenador? En cuanto a los delincuentes se sabe que  procuran ir siempre por delante de la ley o donde la ley no llega, por lo que la ley debería tranquilizarnos ahora poniendo entre rejas a los que la infringen con la excusa de que están haciéndola cumplir, y no matando al mensajero.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 28 de julio de 2013] 

22 de julio de 2013

La aldea global


EN 1963 McLuhan profetizó que esto iba camino de convertirse en una aldea global.  Suponía McLuhan que la televisión, la radio y demás medios de comunicación (ni siquiera había entonces internet) terminarían haciendo creer a la gente que tiempo y espacio se estrechaban tanto como ocurre con la vida de las aldeas. ¿Ha sucedido así? Es posible que la aldea global sea cada día que pasa más pequeña, pero el cementerio que la rodea no es cementerio de aldea, sino una de esas grandes necrópolis en las que todo es muerte. 

Muchos nos afanamos estos días en escrutar los libros que nos acompañen durante las vacaciones. Como el acopio lo hago más de libros viejos que de nuevos, la casualidad ha querido que de uno de ellos, hojeado al azar, cayera al suelo una hoja de propaganda editorial. Anuncia en ella el editor barcelonés Luis de Caralt su “Colección gigante”, de la que forman parte esos “10 best sellers internacionales” del año 1963. Paseamos la vista por esos diez autores que gozaron de su celebridad, pero al momento ha de admitir uno, con alarma, que no sólo no ha leído ninguno de esos libros gigantes, sino lo que es peor,  el nombre de esos escritores le resulta tan exótico como el que nos encontramos sobre las lápidas paseando entre las tumbas del cementerio de una civilización perdida: Paul Scott (Inglaterra), Onuora Nzekwu (Nigeria), Laszlo Passuth (Hungría), Carlo Coccioli (Italia), Morris West (Australia), Gilles Marcotte (Canadá), Pandelis Prevelakis (Grecia), Will Berthold (Alemania), James Leo Herlihy (Norteamética) y Eugene O’Donnel (Sudáfrica). La alegría al reconocer el nombre de este último fue tan grande como efímera: lo había confundido con Eugenne O’Neil, Premio Nobel. Alguna vez ha repasado uno también la lista de los Premios Nobel y ha tenido la misma sensación: un cementerio global, cosmopolita, en el que esta fuese, gran e involuntario sarcasmo, la frase más repetida: “La literatura no te olvida”.

No querría que el lector de estas líneas sacara una falsa impresión antes de tiempo, que pensara que lo que se le está diciendo aquí es que todo es menos, que las reputaciones gigantes se liliputizan con el paso de los años y que al igual que antaño, los prestigios de hogaño serán en unas décadas polvo, ceniza, nada. Esto ha sido, es y será siempre así, ciertamente, pero por una vez podemos comportarnos como aldeanos y no como cosmopolitas más o menos sobrevenidos. Esperan nuestras vacaci0nes, tenemos ocasión de quedarnos con unos pocos, pero doctos libros juntos, y eso haremos, recordando, los versos de Alberto Caeiro, hermano de Pessoa: “El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea, pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea, porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea”. Una aldea con uno de esos pequeños cementerios como los que vemos en Inglaterra junto a una iglesia, a su medida, en un prado verde,  y en el que todo sigue siendo vida: niños que juegan entre las tumbas, novios que lo cruzan cada tarde camino de sus citas, ancianos que allí mismo cuidan desinteresadamente de los rosales que plantaron vecinos cuyos restos reposan allí, y que podrían repetir, sonrientes, aquel verso de Unamuno: “El mundo entero es un Bilbao más grande”.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 21 de julio de 2013]

15 de julio de 2013

Cucos, cuervos, buitres


CREO, dicho con la mayor modestia, que poco o nada de lo que se diga en esta página será tenido en cuenta. Tampoco siente uno la vocación redentora, mesiánica. Durante años he comparecido aquí con mi pequeña maleta de buhonero, la he abierto y expuesto el género a la curiosidad de los lectores, y al rato ha seguido uno su camino, tal y como hacen los buhoneros en los días de feria y mercado. ¿Qué vende uno, qué y quién le compra? No lo sé. Mercar, lo que se dice mercar, poco o nada, ideas generales acaso, de las llamadas multiuso, como esas navajas suizas que sirven al mismo tiempo para pelar patatas, levantar claras a punto de nieve y moler café. También suele llevar uno en su maleta algunos hechos corrientes, encontrados en los suelos de las calles, como aquellos papeles rotos de las calles que Cervantes decía leer llevado por el gusto que le daba leerlo todo, hasta eso. Sí, pocas cosas habrá más sabrosas que las que pasan en la calle, esos famosos sucesos consuetudinarios que acontecen en el rúa. La calle es el cine de los simples y pobres de espíritu, y uno, sin salir tampoco de la modestia, aspira a ser simple y pobre de espíritu.

Hay que serlo en estos tiempos para no darse de cabezadas contra la pared. Miren atentamente cada mañana la primera página de los periódicos: parece uno de aquellos collages que hacían los surrealistas recortando los grabados de las revistas viejas. En este que tengo hoy ante mí los mismos que exigen a cuatro columnas inflexibilidad para los corruptos son llevados ante la justicia, a dos columnas, por corrupción, amenizados por los enredos de una zarzuela real y los patéticos jipíos del asesino de sus dos hijos pequeños. ¿No llegará jamás a este mundo un poco de serenidad y  cordura? Y sobre todo, ¿qué podremos hacer nosotros, pobres de espíritu, para no acabar formando parte de este mosaico desquiciado?

Un remedio acreditado es hacerse el loco. Hace unos años se habló aquí de las memorias de infancia de W.H.Hudson, Allá lejos y tiempo atrás, libro extraordinario. Con libros así no hay crisis que valgan. El pasado, nos decimos, es al menos hospitalario. El azar ha vuelto a traer a nuestras manos uno de los libros de este naturalista, Aventuras entre pájaros, editado hace ya más de medio siglo. Aunque a muchos de esos pájaros, criaturas boreales, no los conoce uno, las historias que cuenta Hudson van haciendo poco a poco que nos olvidemos del mundo en que vivimos. Pero esto es sólo transitorio: al rato comprendemos que la tarea de evadirse no es sencilla. Hudson, que tiene las cualidades de un ornitólogo sutil (infinita paciencia y el ánimo jovial para trabajar en silencio y soledad) nos habla de cucos, cuervos, buitres y describe de tal modo el temperamento y los hábitos de estas aves que se diría lo estuviera haciendo de personajes bien conocidos de todos nosotros, de cualquiera de los que que salen a diario en la primera página de los periódicos. ¿Adónde iremos que no formemos también nosotros parte de este disparatado collage surrealista?, se pregunta uno, al tiempo que vamos cerrando nuestra maleta de buhoneros y pensando desalentados si no sería mejor hacerse titiriteros. Al menos aprovecharíamos la maleta.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 14 de julio de 2013]

9 de julio de 2013

Medio cerrado por vacaciones

DESEÁNDOOSLAS buenas, hasta el primero de septiembre, amig*s. 


El Sur (y 3)

3. Felipe Benítez Reyes. Cada cual y lo extraño (Destino, 2013). Un libro de relatos, que como todo los relatos buenos suceden en ninguna parte y en todas, en ningún tiempo y en todos. Los relatos, se ha dicho, son el eslabón entre la poesía y la novela, pero han de ser más poesía que novela, si quieren conservar intacto el germen de novela que lleva en sí todo gran relato. Benítez Reyes, poeta y novelista, ha pensado para cada mes del año un asunto propio de ese mes; por ejemplo: el libro se abre en enero con un relato sobre los Reyes Magos y casi lo cierra, es noviembre, otro sobre el Don Juan Tenorio de Zorrilla. Menciono estos dos porque son para mí acaso dos de los mejores relatos no sólo de este libro sino de los que se hayan escrito en mucho tiempo, brazos de una horquilla en la que hay variados tonos y recursos de narrador y de poeta. El recurso del Benítez Reyes narrador es la amenidad y la intriga, el humor y el "dezir donoso"; el recurso del poeta Benítez Reyes... la poesía no tiene recursos ni trampa, se da de una vez, entera, sin trucos, y aquí la vamos a encontrar muchas veces. La naturaleza del relato es su argumento, la de la poesía la ausencia de él. Estos relatos nacen todos de una pequeña anécdota, del mismo modo que la semilla del sicomoro, árbol frondoso, se pierde en la palma de la mano, y los vemos crecer asombrados, a su sombra (el más largo del libro es un desternillante relato a bordo de uno de esos megacruceros trasatlánticos de quince pisos y veinte mil pasajeros). Nos decimos, ¿y ahora el mago Benítez Reyes qué se sacara de la chistera?, por decirlo con una imagen que le es grata. Y sí, en todos hay esperando una paloma o un conejo o una sombra chinesca que salta por su cuenta de la pared para ir a recorrer el mundo. Y en todos ellos encontraremos poesía, lo que va más allá de un argumento. Cuando termina el libro, que hemos leído arrobados, con la sonrisa de los niños (si un relato no nos devuelve a la infancia, de qué sirve), cuando todo ha acabado, nos decimos como esos niños que han asistido a un drama de marionetas o a unos fuegos artificiales: ¿No hay más? 
Sí, claro que hay más. Lo que se queda con nosotros, de vuelta a casa: la rumia, o sea la poesía. 


Rota, 20 de junio de 2013

8 de julio de 2013

Qué sabemos nadie


SE contaba aquí la semana pasada la denuncia que hizo uno de los jurados del Premio Príncipe de Asturias de las Letras de los tejemanejes y trapisondas de otro de los jurados, Luis María Ansón, quien había anunciado en su periódico con horas de antelación, y antes de que se efectuara la última votación, el nombre del ganador. La vida, que es de mecánica simple, y el mundo, que es un pañuelo, me llevaron a encontrarme unos días después con otros dos miembros de ese mismo jurado, cosa nada difícil, ya que ese jurado lo forman, como suele decirse, ciento y la madre. 

La madre de todas las batallas  suele ser casi siempre la verdad, y la imposibilidad de conocerla completa. En ese caso, y tal como lo relataba yo hace una semana, mi crónica daba a entender que el extraño culebreo de Ansón obedecía a unas ansias infinitas suyas de inclinar la balanza a favor del escritor que finalmente obtuvo el premio, cuando había sido exactamente al revés: anunciar el nombre del favorito horas antes de que se produjera la votación no fue sino una maniobra desesperada de abortar los tejemanejes y trapisondas que lo habían hecho favorito. Aunque tuviera mucho más espacio, no perdería ya más tiempo en contar los pormenores de esas luchas por el poder entre facciones, periódicos, patrocinadores y diversas instituciones y en las que no faltó, para que todo fuese completo, cierto académico, quien, después de hacérsele creer que podría desbancar al favorito, se dedicó a  telefonear uno por uno a los miembros del jurado postulándose él mismo como premiable óptimo, sin sospechar que sólo era una pobre marioneta en los hilos de Rasputín.

Hemos llegado a creer que sabemos muchas cosas sólo porque esta es la sociedad mejor informada. ¿Pero informada de qué? Los periódicos y televisiones nos muestran a ciertas gentes a todas horas, a menudo en ámbitos reservados, incluso íntimos. Pensemos en la figura pública española por antonomasia, el rey. Los presidentes de gobierno, los ministros, los ídolos deportivos o artísticos, lo son durante un tiempo, y luego se eclipsan y se olvidan. Hemos visto al rey día a día durante los últimos cuarenta años y en toda clase de situaciones y actitudes, distendido, preocupado, sano, enfermo, riéndose, llorando, en aprietos políticos y personales... Por verle, le hemos visto inlcuso pidiendo perdón en público y prometiendo portarse bien. Y sin embargo, apenas sabemos nada de él, y cuanto sabemos nos resulta siempre fragmentario e incontrastable. De ahí que quienes amamos la realidad sobre todas las cosas nos sintamos fascinados por los grandes novelistas del pasado, aquellos narradores omniscientes que llegaban al último rincón del pensamiento de sus personajes o que sabían colocarse en el momento y lugar adecuados en el que iba a suceder algo crucial para el desarrollo y la comprensión de los acontecimientos. Es decir, una gran novela nunca defrauda ni escamotea la realidad. Hace unas semanas alguien nos mostró por el cerrojo de la cerradura los enjuagues de un premio, y ahora uno ve que sólo podría llegar a la verdad a través de una novela, claro que en este caso saldría un esperpento.


     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 7 de julio de 2013]

7 de julio de 2013

El Sur (2)

2. JOSÉ Mateos. Cantos de vida y vuelta (Pre-Textos, 2013). Un libro de poemas, que como todos los poemas de un gran poeta apenas leerán un puñado de lectores contemporáneos. En él coplillas y romances de una sencillez misteriosa. De la poesía, como de las palabras esenciales, se puede decir muy poco, por lo mismo que el único que puede responder a una campana es el eco. Yo me haré eco de uno de los poemas más hermosos de este libro de alguien que ha decidido llevar en el Sur la vida y vuelta de los mejores: solitario, silencioso, verdadero:
    
   PADRE I

   Metí la mano
en la dura corteza de ese cuerpo
que yacía entre sábanas,
                                               ausente.

Llegué al fondo y palpé no sé qué entraña
viscosa, qué
pliegues que al retirarse,
dejaban el vacío como única
forma de entrega.

(Del amor que me diste nace ahora
el amor que yo doy).

Goteaba mi mano,
                                  y no de sangre.


Playa de la Luz, Rota, 18 de junio de 2013


6 de julio de 2013

El Sur (1)

ANTES de cerrar por vacaciones este almanaque hasta el primero de septiembre (aunque se seguirán trayendo aquí cada lunes los artículos publicados en el Magazine de La Vanguardia la víspera), antes de ello, decía, no querría uno despedirse sin haber dicho al menos tres palabras de cada uno estos tres libros. Los tres son de autores del Sur, que es de donde debería ser todo el mundo o adonde debería viajar todo el mundo, de creer a Eliot, al menos una vez en la vida, como a la Meca. Se publica hoy el primero, mañana el segundo y el martes próximo el tercero, después del cual este servidor de ustedes se despide hasta septiembre.

1. Juan Bonilla. Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral, 2013). Una novela, que como todas las buenas novelas acaba teniendo un poco de todo, comedia y tragedia, miseria y compañía. Claro que no siempre las cosas en ella son lo que parecen, porque tiene de novela tanto como de biografía de Mayacosqui (por escribirlo de la manera más futurista que se me ocurre) y de crónica de la época (una de las más siniestras del siglo XX, aquella en la que se identificó vanguardia artística con vanguardia política, las dos caras del mismo monstruo, el totalitarismo. El totalitarismo político en Europa fue más o menos derrotado el día que cayó el muro de Berlín; el totalitarismo artístico campea aún en todos los comités centrales de los museos y medios de comunicación del mundo). Bonilla ha querido contárnoslo todo con el lenguaje más adecuado. Ha pensado, "si ellos pintaron bigotes a la Monalisa e iban por el mundo reventándolo todo y sacudiendo la badana a los que se les ponían por delante, ¿por qué no le voy a tocar yo un poco los güevos a Mayacosqui, a Marinetti, a Lenin y a su puta madre?". Las comillas no son de Bonilla, pero el tono y habla del libro son esos, y no podría ser de otro modo. Es uno de sus mayores aciertos, junto al propiamente narrativo: la novela no se puede dejar. Bonilla les ha salido más futurista que ninguno. Mayacosqui, Marinetti, Lenin y su puta madre pensarán en sus tumbas (el único sitio donde acaso piensen, porque aquí pensaron poco y mal): "Cría cuervos". Yo no he leído en ninguna otra parte una crónica de aquella época más divertida, sagaz e inteligente que la de Bonilla. Pero vivimos en un país que no se ha enterado aún de dos cosas, nos recuerda Bonilla, por si lo habíamos olvidado: que todo ese cuento de la revolución rusa y las vanguardias es uno de los más tenebrosos que se le ha ocurrido al ser humano, y que hay que ir pensando en ir dándole a las cosas un nombre más apropiado: camelo (el futurismo), asesino (Lenin), soplón, delator y poeta de quinta fila (Mayacosqui). Todo eso sin acritú, como la leche que corta el café, haciendo su dibujo. Quiero decir que Bonilla aquí y allá trasluce una vaga nostalgia de todo ello, la nostalgia que sentimos de mayores por los cuentos de la lechera que nos contamos y comamos a otros siendo jóvenes. La joven Europa acabo quitándose la máscara un día: una calavera. Esa es la primera cosa: qué suerte hemos tenido con no haber vivido aquella época ni conocido a aquellos sovietarios peligrosos. La segunda: que si este libro, sin cambiar una tilde, hubiese aparecido en España como traducción de un autor, por ejemplo, sajón, cartaginés o galo, estaríamos hablando de un libro de culto, aplaudido en todas partes. Bonilla ha hecho lo que tenía que hacer. Que esta época haga lo que hacen las épocas, o sea, estorbar, y a nosotros que nos quiten lo leído.

Sanlúcar de Barrameda, 19 de junio de 2013

5 de julio de 2013

Una postal

                                               Para Miguel Delibes e Isabel


A bordo de este barco, el Real Fernando, réplica del primero que hizo la derrota Cádiz-Sevilla, se pasa desde Sanlúcar a Doñana. De lo que allí sucedió se hablará en otro lugar, pero queden constancia aquí, con esta foto que recuerda a un cuadro de Marquet, de aquellas horas en las que todo cuanto vimos parecíamos verlo por vez primera, como aquellos que llamaron "nuestros primeros padres" en el paraíso, confirmando que la belleza tiene algo siempre, y aun mucho, de original y originario.

Sanlúcar de Barrameda, 19 de junio de 2013

4 de julio de 2013

La modernidad cauta


SE ha celebrado hace tres o cuatro semanas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y dirigido por el poeta y profesor Antoni Marí, un encuentro entre profesores y creadores en torno al enunciado "La modernidad cauta", en el que uno participó con algunas cuartillas, de las que se publican a continuación estas, escritas a la par que la entrevista en Jot Down, donde se trataban de pasada asuntos parecidos.
* * *
¿Es compatible la modernidad con un congreso académico? ¿No son, en principio, realidades antagónicas, no señalan cosas inmiscibles o, no adivinamos en esta formulación una pequeña humorada por parte de quienes han querido darle aquí ese título, por lo demás muy sugerente, a estas jornadas?
Pues diríamos que la modernidad lo es precisamente por su audacia, no por su cautela ni por atenerse a normas, sino que más bien inventa las suyas propias a cada momento, y juega, oculta tras de una máscara, a cambiar de fisonomía, en tanto que la academia se emplea en el estudio de aquello de lo que ha podido ya establecer leyes y pautas, aquello en definitiva ha mutado de lo vivo y cambiante a lo rígido, si acaso no al rigor mortis, para más fácil estudio suyo. Quiero decir, que la academia estudia, limpia, fija y no siempre da esplendor a lo que la modernidad vive a menudo de un modo atropellado, jovial, divertido no exento en ocasiones de truculencias y exageraciones.
Hace unas semanas y preguntado por ciertos libros más o menos memorialísticos, agrupados bajo el título general de Salón de pasos perdidos, recordé la célebre frase de Pascal “El yo es odioso”.
De hecho, la mayor invención de la modernidad fue el yo, sin él, sin la conciencia de yo no habría habido modernidad o la modernidad sólo fue posible porque el hombre romántico adquirió conciencia de sí mismo, de la trágica fugacidad de su vida y de la dificultad de ser feliz en este mundo sin fiar su dicha a ninguna clase de trascendencia. Pero la modernidad de la modernidad, quiero decir, a donde la modernidad acabó llegando fue a una especie de conciencia superior, a una instancia en la que al yo parecía sobrevenirle un cierto agotamiento, una especie de cansancio fatal. Y así la formulación de Juan Ramón Jiménez a propósito de la implantación del anagrama de su nombre, JRJ, como “el cansado de sí mismo” vendría a hacer compañía a un poeta que por esos mismos años empezaba a hablar de “el tú esencial”. Nos referimos a un poeta, Juan Ramón, el poeta que modernizó con su Diario del poeta recién casado la poesía en español, y a otro, Antonio Machado, que en cierto modo seguía siendo hermano de Gustavo Adolfo Bécquer.
La fusión de ese cansancio del yo (la modernidad en su voraz dinamismo gusta fingir acaso por dandismo cierta lasitud por lo mismo que los niños aman saltar las tapias de los cementerios) la fusión de ese cansancio, decía, y aquel tú esencial de que nos hablaba Machado, podría quedar formulado por un “del yo, el menos”. Frente a un yo, y habla uno aquí desde su experiencia de escritor de esos libros a los que me he referido y nunca, en ningún caso, no podría hacerlo, como un estudioso de esas cuestiones, frente al yo, decía, el tú se le muestra a uno como inagotable, siempre hay en él algo nuevo, desconocido, algo que nos despierta, que nos pone en movimiento, que nos aleja de cualquier solipsismo. Diríamos que el yo está sentado, en tanto el tú nos reclama, nos invita a levantarnos. Por esa razón hablar de “literatura del tú” vendría a ser como hablar de “literatura del otro”. La modernidad nace precisamente de la conciencia del otro, frente a la conciencia del yo, asunto plenamente romántico. Rimbaud tuvo el acierto de decirlo mejor que nadie: “Yo es otro”. Esto es mucho más agudo que su otro gran aserto: “Hay que ser absolutamente moderno”. No estoy muy seguro de que eso vaya a ser siempre así. ¿Qué es ser moderno? Lo decía también Carlos Pujol: “A fuerza de adelantarse a todas las vanguardias uno puede acabar pasándose al enemigo”. Hay que ser lo que podamos y lo que nos dejen. Ahora, yo fundiría las dos frases de Rimbaud en una sola: “Hay que ser absolutamente otro”.
Cierto que hemos llegado a estas alturas del siglo XXI con un vago descreimiento de la modernidad, a lo que no es ajeno en absoluto el hecho de que en nombre de la modernidad y de los tiempos modernos se cometieron en el siglo XX los mayores crímenes que había conocido la Humanidad hasta ese momento. ¿Olvidaremos que los totalitarismos del siglo XX, avalados por los artistas, intelectuales y literatos jóvenes más talentosos y modernos, se presentaban como la modernidad? Y sin embargo, percibimos que renunciar a ser modernos sería poco menos que renunciar a ser otro, obligándonos a ser, en consecuencia, identitarios, lo que paradójicamente nos entrega de nuevo en manos de una modernidad ligada a los totalitarismos, que no dejan de ser sino la consecuencia lógica de lo identitario.
Si pensamos sólo en términos literarios o artísticos el panorama es tanto o más desolador que la visión de los paisajes humanos y morales por los que campearon los totalitarismos políticos. El hecho de que buena parte de los frutos de esa modernidad artística y literaria los encontremos aún envueltos en papel de celofán en museos asépticos o entre las páginas de libros que los han canonizado no quiere decir nada. O dicho de otro modo, y contra lo que pensaron acaso los modernos de antaño: no hay modernidad que cien años dure.
Que alguien como JRJ, el primero en denunciar el carácter totalitario de las vanguardias artísticas en España, fuese la primera víctima literaria y artística de las depuraciones de la modernidad y de aquellos modernos de antaño (la guerra que le declararon estos y el ostracismo al que se le condenó en España durante más de cincuenta años dan fe de ello), que alguien como él, decía, el gran poeta moderno español del XX, se nos presente como un moderno incauto, no viene sino a confirmar la radicalidad de toda verdadera y originaria modernidad, la del origen de ese yo que desarrollado en otro tanto le iba a cansar.
(...)
“Estoy contento del trabajo de mi vida y creo que, al fin, conmigo, tiene España un poeta completo que puede unir a los universales. A ver, ahora, cuántos siglos pasarán antes de que venga otro español a ponerse a mi lado. Esto no es orgullo. Es gozo. No: otro yo que ha realizado tal obra. Y, ahora, muerte, ven a por mis huesos. Ahora, siglos, venid contra mi Poesía.”
En estas palabras percibimos algo más que un texto que se prestaría a ser analizado en un congreso. Oímos en ellas el eco de esa modernidad originaria a la que nos referíamos. Nos habla otro yo a un yo que no somos. Y en esto no hay cautela, en esto sólo hallamos una manera de vivir, de  crecer, de seguir nuestro camino sin pausa y sin aceleración, haciendo difícil el retrato a quien lo querría ver quieto, posando para la posteridad, que es lo contrario, como sabemos, de aquello a lo que aspiraba Juan Ramón, que no era, como ya habréis adivinado, ser moderno (eso que pasa pronto), sino actual, eso que nunca acaba.


El Rastro, 26 de mayo de 2013


3 de julio de 2013

Abrecartas (3)

SE ha hablado aquí otras veces de los abrecartas. Estos cuatro aparecieron a lo largo del curso que acaba, el último hace unos días, grande, ancho y corto. Un gladio, dijo Guillermo que parecía. Tiene algo de asirio, como el casco de un guerrero, y de secesión vienesa lo que recuerda a un loto. Entre ellos, una plegadera, que es a los abrecartas lo que los patitos feos a los cisnes. ¿Qué nos fascina tanto en esos pequeños artilugios que permanecen en nuestra mano mientras vamos abriendo las páginas del libro intonso? Nos acompañan en la aventura, trazan con nosotros, como machetes en la selva, el camino desconocido, el camino hacia lo desconocido, y en las cartas que llegan, abren con delicadeza la puerta, por si quien viene de tan lejos es tímido.


2 de julio de 2013

Colmos


COLMOS. En mi niñez circulaban largas listas de colmos, como también se imprimían una gran cantidad de chistes que, leídos, apenas tenían gracia. El colmo venía a ser una especie de acabose o, como se decía también, la repanocha. El colmo de la cursilería acabamos de verlo en un restaurante: alguien comía las cerezas con cuchillo y tenedor. Y por la mañana, en el Rastro, oí el colmo de la tontería: “ese es tan tonto", decía alguien en voz alta de un político, "que se pone condón para hacerse una paja”.
* * *
A uno le pasa lo que a ciertos tenistas: sólo juego bien cuando voy perdiendo. Incluso más: el mejor juego es precisamente aquel en el que uno ya no tiene nada que perder, porque lo ha perdido todo.
* * * 
INVIDIA, tamquan ignis, summa petit (Livio). La envidia, como el fuego, busca lo más alto, leo en en las letras de una amiga. La tragedia, no obstante, es que casi siempre envidiamos lo más bajo, el éxito y los honores, el lujo, la vulgaridad, etc.


Entre los libros que nos aparecen en el Rastro hay muchos, como este, que se quedan en su tablero o en el suelo, como quien agita un pañuelo en el muelle ante el barco que se aleja. Lo que no daría uno por leer la aportación española a este sesudo tratado, este "La timidez en España" del escritor Eusebio Blasco, y "La timidez en general", del premio Nobel e ingeniero don José Echegaray. El Rastro, 30 de junio de 2013. 


1 de julio de 2013

El famoso compromiso de los intelectuales

CUANDO se habla del famoso compromiso, suelen referirse, claro, al de los intelectuales, los únicos a los que parece exigírseles que se comprometan con todo lo habido y por haber, artes, ciencias, guerras, medio ambiente... Antiguamente eso era cosa de las casas comerciales, bancas, industrias y establecimientos públicos, comprometidos todos ellos con sus clientes. Para dar fe solían poner una placa o grabar al ácido en los vidrios de la entrada: “Casa fundada en 1887”, por ejemplo. Esto quería decir “Casa comprometida desde 1887 con sus clientes en darles un buen servicio, productos de calidad, etcétera, como acreditarán la Casa Real o la Red de Ferrocarriles de España a quienes proveemos y suministramos”.

En un espacio tan corto como este no es posible dilucidar quién o qué es un intelectual, pero en general creo que podríamos ponernos de acuerdo en que intelectual es todo aquel que puede hablar de cualquier cosa, a ser posible con cara de pocos amigos. Recuerda uno cierto artículo de Savater a propósito de quienes orquestaron en el festival de cine de San Sebastián cierta campaña contra la guerra de Irak. Al año siguiente, viendo el entusiasmo que algunos actores e intelectuales habían puesto en defender una causa justa y tratándose de San Sebastián, o sea, el País Vasco, algunos particulares, entre ellos el propio Savater, les propusieron orquestar otra contra Eta. No hubo modo, los intelectuales y los actores, sensibles y fieros con la violencia que sucedía a miles de kilómetros, se arrugaron ante la que tenían a su lado llevándose por delante las vidas de sus indefensos vecinos.

Así que podría darse el siguiente paso en la definición de intelectual: todo aquel que se compromete con causas colosales y lo bastante lejanas como para brindar con ellas al sol. ¿Qué intelectual no querrá decorarse hablando de un banquero, de una trama corrupta, de unos políticos ineptos, de una guerra injusta? ¿Pero quién querrá nombrar y aun apellidar la mísera poquitería cercana? “Cuando voy a salir de casa para ir a la reunión del Jurado”, escribía en Facebook el poeta y crítico García Martín, “me entero de la noticia que aparece en El Imparcial: «Antonio Muñoz Molina, premio Príncipe de Asturias de las Letras». Y aún no hemos votado entre los dos finalistas. Llego al Reconquista y pido a Luis María Ansón que rectifique inmediatamente el titular de su periódico o yo me retiro del jurado. Lo que sigue es una situación bastante desagradable. Le llamo mal periodista por publicar una falsedad, le digo que coloca al premio a la altura del Planeta. «¡Tú no me das a mí lecciones de periodismo!», me grita. Pero se las doy. Y de ética profesional”. El incidente es minúsculo, cierto, comparado con las grandes causas, pero tampoco vimos que nadie pidiera una sanción para nuestro empachoso Rasputín, como la pedimos a diario para el juez que prevarica o el banquero que roba. ¿Qué intelectual de los que tiene a sueldo en su periódico se atrevería con la fechoría de su jefe? Los entuertos que desfizo don Quijote fueron siempre de poca monta, cierto, pero significativos y ejemplares, y por ello vemos en su noble brazo tanto o más valor que en el del mismísimo Aquiles.
     [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 30 de junio de 2013]