4 de febrero de 2013

Hablan las cosas


Le gusta a uno más hablar de las personas que de las cosas y  más de las cosas que de los libros, pero a veces tenemos la suerte de tropezarnos con un libro que habla de las cosas que hablan de las personas y que lo hace, además, mejor de lo que lo harían muchas personas de sí mismas. Es  lo que ocurre con este centón asombroso, La historia del mundo en 100 objetos, que he leído en dos sentadas, a pesar de sus setecientas páginas y gracias también a que muchas de ellas son fotografías y sus capítulos, referido cada uno de ellos a cada uno de los objetos glosados, son muy cortos. ¿Y de qué trata? Como indica su título, de contar la historia del mundo desde que el hombre talló su primera hacha de sílex hasta que ideó la tarjeta de crédito que usamos en los cajeros automáticos. Su autor, Neil MacGregor, director del Museo Británico, es además muy astuto, y es raro el capítulo en el que no le ceda la palabra a un especialista solvente para hablarnos de esos objetos, una vasija, un pergamino, un astrolabio, una pieza de ajedrez, el primer papel moneda, una copa, un tambor, así hasta completar los cien objetos, todos ellos pertenecientes al Museo Británico, que es acaso la más asombrosa almoneda de lujo, donde podemos encontrarnos la piedra Rosetta o uno de los peniques que las sufragistas inglesas circularon después de reacuñar en ellos sus consignas subversivas. 

Decía Walter Benjamin, hijo de anticuario y él mismo coleccionista, que todo documento de cultura es un documento de barbarie, y si cada objeto dice mucho de los hombres que lo idearon e industriaron, también lo hace de la violencia sin la cual no habría podido llegar a ser. Ese sarcófago nos recuerda al fino orive que trabajó en él, pero también la esclavitud sin la cual jamás habría sido levantada la pirámide donde el arqueólogo, inglés por supuesto, lo encontró, al tiempo que nos declara algo no menos valioso: sin la maquinaria militar de la rapiña, en este caso del Imperio británico, ese sarcófago no estaría hoy en Londres, y seguiría en Egipto. Algo así como dos historias del mundo, una dentro de otra. El señor MacGregor cuenta muy bien la primera de las dos historias,  y con la otra hace prácticas de elocuencia: el Imperio británico “tomó a su cargo”, cierto, enormes riquezas, que descubrió y salvó de su destrucción cuando otros las desdeñaban, invirtiendo en ello grandes sumas de dinero, pero a su entender tampoco está tan mal que sigan donde están, o sea, en “su” museo, ayudando a la gente a entender que la cultura es algo que nos pertenece a todos; en resumidas cuentas, que si los griegos, por ejemplo, piensan que los frisos del Partenón van a volver algún día a Atenas, como reclaman desde hace décadas, están muy equivocados; de hecho piensa, aunque no llega a decirlo jamás (las formas son las formas, y para eso es inglés), que en ningún otro lugar del mundo estarán mejor estudiados, custodiados, expuestos y admirados por más gente que en este Museo Británico, lo que seguramente era cierto hace cien años. Pero ese no era el propósito de su libro, sino el de poner de acuerdo a los hombres en  lo que nos concierne y compartimos, y esa historia  casi mágica la cuenta como nadie.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 3 de febrero de 2013]

9 comentarios:

  1. Los ingleses han conseguido algo tan sorprendente como practicar la piratería en sus diferentes variantes durante siglos sin que sus descendientes se avergüencen de ese pasado innoble. En silencio unas veces y otras con la voz templada, se enorgullecen de haber arrebatado a la historia algunas de sus esencias, igual que no tienen el menor inconveniente en anunciar la ruta a un castillo escocés que después de un trayecto por carreteras infames son restos paupérrimos de sillería retocada.
    Poco nos parecemos a ellos, por suerte o por desgracia. Aunque las últimas páginas de nuestra democracia son para sentir envidia de las suyas.

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  2. Hay un microrrelato de Saiz de Marco que se titula "Tan Cultos":

    Eran tan cultos… Sabían sumar, restar, multiplicar, dividir. Conocían el alfabeto, el número pi, el área del triángulo, los teoremas de Tales, Euclides y Pitágoras, el principio de Arquímedes... Entendían de círculos, hipotenusas, fluidos, cálculos… Lo sabían casi todo. Pero ignoraban la fórmula, el principio, el teorema para no hacer esclavos.

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  3. WALTER BENJAMIN andando por galerías o de citas por los libros: “Libro de los pasajes. Apuntes y materiales”. Unas líneas del material reunido bajo el enunciado “El coleccionista”:

    «Los animales (pájaros, hormigas), los niños y los ancianos como coleccionistas.

    Una especie de desorden productivo es el canon de la memoria involuntaria, y también del coleccionista. “Y mi vida era ya lo suficientemente larga como para que a más de uno de los seres que ella me ofrecía encontrase en regiones opuestas de mis recuerdos otro seer para completarlo… Así, un aficionado al arte a quien se le muestra la hoja de un retablo se acuerda de en qué iglesia, en qué museo, en qué colección particular están dispersas las otras; (al igual que, siguiendo los catálogos de ventas o frecuentando los anticuarios, acaba por encontrar el objeto gemelo al que posee y que forma pareja con él, y puede reconstruir en su cabeza la parte inferior del cuadro, el altar completo)”: MARCEL PROUST, “Le temps retrouvé”. La memoria voluntaria por el contrario, es un registro que dota al objeto de un número de orden bajo el que desaparece.

    Escribí que “en todo caso un volante en un vestido es más eterno que una idea”. [WB se autoentrecomilla como para fundirse con sus citas]

    “Yo creo… en mi alma: la Cosa.” LEON DEUBEL (“Obras”, París 1929). El interior es el refugio del arte. El coleccionista es el verdadero habitante del interior. Hace del ensalzamiento de las cosas algo suyo. Sobre él recae la tarea de Sísifo de poseer las cosas para quitarles su carácter mercantil. Pero les otorga sólo el valor de quien las aprecia, no el valor de uso. El coleccionista no se sueña solamente en un mundo lejano o pasado, sino también en uno mejor, en el que ciertamente los hombres tampoco disponen de lo que necesitan, como en el mundo cotidiano, pero en el que las cosas quedan libres de la servidumbre de tener que ser útiles».

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    1. http://books.google.es/books?id=Kd_l4FneuVUC&printsec=frontcover&hl=es#v=onepage&q&f=false

      Arcadas y arcadas de citas de Benjamin para su “Libro de los pasajes”. La escritura, particularmente sagrada para un judío como Benjamin (o Kafka, Canetti…). Tantas personas, palabras y cosas. Hay que distraerse mucho y bien con cada calle y su nombre, cada cita, cada pelirrojo desaparecido… o en contacto con el momento presente, un instante del pasado puede estallar y el consiguiente vértigo adelantar la caída para siempre en el agujero negro del futuro. La realidad, siempre excesiva. Y vista desde ahora, la no-realidad también excesiva de WB en los años 30 por biblotecas documentándose tanto para un libro que paró la frontera española. Él mismo lo dijo: “¿El mejor libro? Uno de sólo citas bien seleccionadas”. Casi al azar en cambio, de lo poco leído ahí van otras cuantas:

      «HASTA 1870, los carruajes fueron los dueños de la calle. Apenas se podía caminar por las estrechas aceras, y por eso la “flânerie” se realizaba con preferencia en los pasajes, que ofrecían protección contra el tiempo y el tráfico. “Nuestras calles más amplias y nuestras aceras más espaciosas han vuelto fácil la dulce "flânerie", imposible para nuestros padres en otro sitio que no fueran los pasajes”: EDMOND BEAUREPAIRE, “Paris d’hier et d’aujourd’hui. La chronique des rues”, Paris 1900.

      NOMBRES DE PASAJES: pasaje des Panoramas, pasaje Véro-Dodat (charcuteros), pasaje du Désir (que antiguamente conducía a un lugar galante), pasaje Colbert, pasaje Vivienne, pasaje du Pont-Neuf, pasaje du Caire, pasaje de la Réunion, pasaje de l’Opéra, pasaje de la Trinité, pasaje du Cheval-Blanc, pasaje Pressière (¿Bessières?), pasaje du Bois de Boulogne, pasaje Grosse-Tête…

      TIENDAS DEL PASAJE DES PANORAMAS: Restaurante Veron, sala de lectura, comerciante de música, Marquès, comerciantes de vinos, merceros, sastres, boneteros, Théâtre des Varietés…

      ¡HAY que investigar la influencia de la actividad comercial en Lautréamont y en Rimbaud!

      ¿LOS PASAJES como origen de los grandes almacenes?

      GRITO de los vendedores callejeros del boletín de la Bolsa: en caso de alza, “La subida de la Bolsa”. En caso de baja, “Las variaciones de la Bolsa”. El término "baja" estaba policialmente prohibido.

      SE ATRIBUÍAN a Luis Felipe estas palabras: “Alabado sea Dios y mis tiendas también”. Los pasajes como templos del capital mercantil.

      EL ÚLTIMO PASAJE de París, en los Campos Elíseos, erigido por un rey de las perlas americano, ya no fue negocio.

      CALLEJÓN SIN SALIDA MAUBERT, hasta hace poco d’Amboise. En los números 4 y 6 vivió hacia 1756 una preparadora de venenos, junto con sus dos ayudantas. Un día amanecieron todas muertas por haber respirado gas venenoso.

      JULIUS RODENBERG sobre la pequeña sala de lectura en el pasaje de l’Opéra: “Qué acogedora se me presenta en el recuerdo esta pequeña cámara en penumbra, con sus altas filas de libros, sus mesas verdes, su encargado pelirrojo (un gran amante de los libros, que siempe estaba leyendo novelas en lugar de servírselas a otros), sus periódicos alemanes, que alegraban el corazón del alemán cada mañana (con excepción del ‘Kolnische Zeitung’, que aparecía por término medio sólo una vez cada diez días). Y si acaso había novedades en París, éste era el lugar donde enterarse, aquí es donde las escuchábamos. Apenas en un susurro (pues el pelirrojo está muy pendiente de que nadie le molestara, ni a él ni a los demás) pasaban de los labios al oído, de la pluma apenas rumorosa al papel, del pupitre al buzón más próximo. La buena señora de la oficina tiene una sonrisa amable para todos, cartas y sobres para los corresponsales: el primer correo ha salido, Colonia y Augsburgo tienen ya sus noticias; y ahora ―¡las doce!― a la taberna”. Rodenberg, “París a la luz del sol y a la luz de las lámparas”, Leipzig, 1967, pp.6-7.»

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  4. Título original de la novela de Daniel Defoe, publicada en 1719.

    «La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, de York, marinero, quien vivió veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada en las costas de América cerca de la Desembocadura del Gran Río Orinoco; habiendo sido arrastrado a la orilla tras un Naufragio, en el cual todos los Hombres murieron menos él. Con una Explicación de cómo al final fue insólitamente liberado por Piratas. Escrito por él mismo.»

    Se dice que” Robinson Crusoe”, autobiografía ficticia del protagonista, es todo un símbolo del colonialismo.

    Del aspecto moral y posiblemente redentor de todas las demás violencias y oscuridades que lo habitaron.

    Lo que no se le puede negar a la novela es su intención de fundir épica y moral. Aspectos que por otra parte siempre estuvieron unidos, si no en la realidad, sí en el arte.

    «Más vale vivir con otro que solitario;
    dos tienen una buena recompensa en su
    (trabajo,
    porque si caen, uno de ellos puede relevar
    (a su compañero.
    Pero desdichado de aquel que solo está
    y cae sin tener a un segundo que le sustituya.
    ¡Del mismo modo si dos duermen juntos, se
    (dan calor,
    pero un hombre solo ¿podría calentarse?
    Y si alguno domina a quien está solo,
    los dos juntos podrán resistirle,
    y el hilo de tres cabos no se rompe fácilmente.»

    MICHEL TOURNIER en “Viernes o los limbos del Pacífico” hace una recreación del mito.

    Buena dosis de ingenuidad se pierde respecto a la versión original; pero se gana en lucidez y poesía.

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  5. Coleccionar, inevitable actitud de agarre a la vida. Cada cual elige sus objetos, que en función de aficiones o intereses pueden ser de lo más variado.

    Parece que Ramón Gómez de la Serna fue un pertinaz coleccionista.

    «Mi péndulo oscila entre dos polos contradictorios, entre lo evidente y lo inverosímil, entre lo superficial y el abismo, entre lo grosero y lo extraordinario, entre el circo y la muerte.»

    Estas condiciones se cumplen en sus breves e ingeniosos “objetos literarios” que también colecciona; las GREGUERÍAS.

    "Venecia es el sitio en que navegan los violines.

    El reloj del capitán de barco cuenta las olas.

    Trueno: caída de un baúl por las escaleras del cielo.

    Los grandes reflectores buscan a Dios.

    El olivo tiene cara de haber dormido mal.

    El lápiz sólo escribe sombras de palabras."

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  6. Neruda entomólogo. Coleccionista, entre otros "objetos" naturales, de mariposas. De ello también hace materia poética.

    LA mariposa volotea
    y arde —con el sol— a veces.

    Mancha volante y llamarada,
    ahora se queda parada
    sobre una hoja que la mece.

    Me decían: —No tienes nada.
    No estás enfermo. Te parece.

    Yo tampoco decía nada.
    Y pasó el tiempo de las mieses.

    Hoy una mano de congoja
    llena de otoño el horizonte.
    Y hasta de mi alma caen hojas.

    Me decían: —No tienes nada.
    No estás enfermo. Te parece.

    Era la hora de las espigas.
    El sol, ahora,
    convalece.

    Todo se va en la vida, amigos.
    Se va o perece.

    Se va la mano que te induce.
    Se va o perece.

    Se va la rosa que desates.
    También la boca que te bese.

    El agua, la sombra y el vaso.
    Se va o perece.

    Pasó la hora de las espigas.
    El sol, ahora, convalece.

    Su lengua tibia me rodea.
    También me dice: —Te parece.

    La mariposa volotea,
    revolotea,
    y desaparece.

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  7. Bueno , conozco a uno que tiene docenas de álbumes con fotografías taurinas en papel de prensa . La piedra Roseta en un principio la robaron soldados francesas y paso a Inglaterra como botín de guerra , el gobierno de Egipto esta reclamando lo saqueado a los países ladrones ya que necesita revitalizar su turismo y dar una alegría al pueblo . La no devolución del patrimonio egipcio puede dar lugar a actos violentos que no interesa .
    Chao

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  8. Sobre las citas Borges dice : cada vez que escribas algo mio , tu te conviertes en el autor .
    Sobre lo que nos acontece ¿ tanto dinero habia ? voy a poner un extracto de " El joven rico " de Francis Scott Fitzgerald : " cuando oigo a uno que se proclama a si mismo ·un hombre normal, leal y honrado· estoy compeletamente seguro de que padece alguna precisa y qiuizá terrible anormalidad que intenta disimular, y que su declaración es una manera de recordarse a sí mismo sus imperfeciones "
    Nadie se arrepiente ni reconoce sus fechorias
    saludos

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