17 de septiembre de 2013

Hágase la luz


EL primer recuerdo que tengo de niño es de un hecho que sucedió cuando yo tenía un año y medio. Esto, según la ciencia, no es posible, porque se empieza a recordar a partir de los dos años. Pero yo me acuerdo perfectamente de ello, como si hubiese sucedido ayer, sólo que fue hace cincuenta y ocho años, diga lo que diga la ciencia.
Ese recuerdo me ha acompañado siempre, desde que tengo memoria, y desde que tengo uso de razón he querido conservarlo, porque recuerdo que cuando era niño ya me acordaba de él, me decía: qué afortunado soy, y me parecía que tenía que custodiar algo más valioso que un tesoro, que por nada del mundo permitiría que aquello se me olvidara.
Vivíamos en la Vega de Manzaneda, un lugar remoto, en un valle paradisíaco pese al temor del maquis. Mi padre trabajaba unas tierras que había comprado mi abuelo diez años antes. Poco después de adquiridas, mi abuelo, ventajista y especulador por naturaleza, revendió un trozo de la propiedad a unos montañeses de Luna que habían tenido que abandonar las suyas, anegadas por un pantano. Eran gentes bonísimas, él un hombre alto y bondadoso, al que yo, según me han contado, tenía mucha afición. Vivían en una casa cercana. Estaba aprendiendo yo a andar y quien me llevó en brazos me dejó en el suelo junto a la puerta de su cocina. Se esperaba que caminara por mi cuenta unos pasos hasta donde aquel coloso me aguardaba con los brazos abiertos. Recuerdo que puse toda mi atención en conservar el equilibrio, en llegar hasta aquellos brazos fuertes que se adelantaron justo cuando iba a caerme y me alzaron, en un impulso decidido, por encima de su cabeza. Recuerdo que apenas se veía dentro, todo estaba en penumbra. Fuera anochecía, pero en aquellos años de miseria la gente del campo no encendía la luz eléctrica, un bien escaso y caro, hasta que no se distinguían prácticamente los contornos de las cosas. Y sucedió entonces. En el momento en que aquel San Cristóbal me arrancó del suelo para llevarme a lo más alto, la bombilla se encendió, justo delante de mí, a unos centímetros de mi cara. Fue una casualidad, desde luego. Recuerdo el garabato incandescente del wolframio, la pobreza de aquella estancia y la alegría que reinaba allí, pues en mi recuerdo oigo también las exclamaciones que celebraron el hecho de que yo hubiese culminado la proeza de caminar sin ayuda. Esto fue todo. Lo que añadiese a este recuerdo sería literatura, y yo, que he hecho literatura con casi todo, jamás me perdonaría hacerla con un recuerdo para mí sagrado.
Me he repetido a menudo que tuvo que haber algo excepcional y simbólico en la luz de aquella bombilla de voltaje exhausto que sigue ardiendo en mí como llama de una lámpara de aceite. Y tanto como el hecho de que aquel hombre, que murió al poco tiempo y del que nada más recuerdo, me tomara en sus brazos, supongo que lo es el que no recuerde que mi padre hubiese hecho algo parecido antes, ni tampoco después, aunque en el segundo recuerdo que tengo está él velándome de noche en un sanatorio, tras ser operado yo, a vida o muerte, de una apendicitis. Recuerdo, alucinado y febril, que era invierno, uno de esos inviernos intratables de León; tenía cuatro años.
             [Publicado en la revista Entrelíneas, agosto de 2013]

La Vega, Manzaneda de Torío, años 40, antes del incendio que destruyó la casa (a la izquierda) y parte de los pajares y establos (derecha). La mía natal se construyó sobre esa al año siguiente del incendio  

9 comentarios:

  1. El afecto es un don , no nos ponemos en lugar de los demás.
    Walt Whitman fue un héroe y no por acciones bélicas , durante la guerra civil americana asistió a los heridos graves ( morían casí todos ) para darles afecto , pasaba 7 horas al día con ellos dándoles calor humano y sí alguien lo pedía se quedaba a dormir en el hospital , aparte trabajaba y escribía . A
    Estupendo escrito , un canto muy bonito.
    Saludos

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  2. Me lo imprimo y lo guardo. Hacía mucho tiempo que no leía algo tan bueno.

    Sandra Suárez

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  3. En el bonito relato detecto dos curiosidades que al autor no se le habrán pasado por alto. Una es la redundancia juguetona con el verbo recordar (utilizado dieciseis veces)y otro el volcado consciente de determinados glóbulos que continúan incorporados a su sangre cristiana sin escocerle demasiado: "Hágase la luz" y "San Cristóbal".
    Un corrector de textos sacaría enseguida el cincel y la gubia. Pero no estamos leyendo a un corrector de textos.

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    1. Hermosos recuerdos de infancia... Es verdad que la reiteración del verbo "recordar" puede ser un buen recurso para conjurar la memoria, y acercarla con más viveza al presente.

      Y así recuerda nuestra hija Inés los años vividos en Guatemala, ejerciendo como periodista y madre.

      "Sábado, abril 17, 2010

      Me acuerdo de...Guatemala

      Me acuerdo del Volcán de Agua, de Fuego, del Acatenango y del Pacaya.

      Me acuerdo del Día de la Altagracia, de cómo la gente hace cola para llevar a sus niños ataviados con el traje indígena para ver a la Virgen en la Iglesia del centro.

      Me acuerdo de cómo encalaban las tumbas de los cementerios el 1 de noviembre, de los pétalos de colores que les echaban por encima (parecían pasteles), y los grandes barriletes (cometas) que, si el viento acompaña, vuelan por encima de los muertos y los vivos reunidos para celebrar el Día de los Todos los Santos.

      Me acuerdo de los frijoles volteados y las tortillas.

      Me acuerdo del estruendo de los fuegos artificiales el día de Nochevieja.

      Me acuerdo del pájaro que se estrelló contra el cristal de la terraza y que Ana le echó confeti por encima.

      Me acuerdo de los quetzales.

      Me acuerdo de los paseos por Antigua los fines de semana y de la fuente de la Plaza con las estatuas de las mujeres que vierten agua por los senos. De las calles empedradas.

      Me acuerdo de la marimba.

      Me acuerdo de la cantidad de velas que había en una procesión en La Antigua y que Ana decía que los tronos eran trenes. De las alfombras de flores de la Semana Santa.

      Me acuerdo del maíz amarillo y del maíz blanco. Del Popol Vuh. De que la carne de los primeros guatemaltecos fue hecha de maíz.

      Me acuerdo de La Bohème en la zona 14. De las calles sin nombre. De las cuadras y los condominios.

      Me acuerdo de los paseos con Ana cargada en la mochila por plaza Futeca hasta la panadería-pastelería La Francesa y vuelta a casa.

      Me acuerdo de la Ceiba en las ruinas de Tikal, del lago Atitlán.

      Me acuerdo de “sentate vos”.

      Me acuerdo de los niños indígenas corriendo por la vereda de la carretera de arena camino del colegio.

      Me acuerdo de los grandes contrastes entre ricos y pobres. De las habitaciones de servicio. De los uniformes de las empleadas domésticas.

      Me acuerdo de los cristales tintados de los coches. De que “coche” significa “cerdo”. De los vigilantes armados.

      Me acuerdo de los estadounidenses rubios con bebés indígenas en los brazos por las calles de Antiguay en los hoteles de la zona 13.

      Me acuerdo de las pachas, de los güipiles de colores, del mercado de Chichicastenango y el olor a incienso.

      Me acuerdo de la estación húmeda y de la seca.

      Me acuerdo de dos avestruces en un restaurante de carretera camino de Monterrico.

      Me acuerdo de los conejos de Tikes. De lo que le gustaban a Ana.

      Me acuerdo de escuchar la radio en el coche y de que cada día había mucha gente que moría asesinada.

      Me acuerdo de los paseos de los domingos por la Avenida que cortaban al tráfico cerca de casa. De Ana montada en los ponis o saltando en las camas elásticas. De los perros tan bonitos que había.

      Me acuerdo del árbol de Navidad de plástico que compré en el mercado central y de los adornos. De que lo dejé en el armario en Guatemala.

      Me acuerdo de Maya, de Celia y su hija Alfonsina.

      Me acuerdo de Adela y de las clases de Belly Dance en un local en el que también solía reunirse un grupo que creía firmemente en la profecía maya de que el mundo se acaba en unos años y se estaban construyendo una especie de refugio en las montañas para escapar de las inundaciones.

      Me acuerdo de la Araucaria que se veía desde el balcón. De las muchas noches que canté a Ana "Madrugaba el Conde Olinos" mientras trataba de que se durmiera en brazos".

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  4. Un relato precioso, además, me ha alegrado leerlo porque tengo recuerdos de los tres años muy nítidos y en general me dicen que no es posible guardar ésta memoria temprana. Es posible que "la impresión" de las personas y las cosas, al ser descubrimientos primeros son más intensas. En la foto parece que está nevando.

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  5. Q bonito recuerdo! Mi primer recuerdo es tb con esa edad. Creo q nisiquiera habia cumplido dos... Recuerdo a mi madre cogiendome en brazos y dejandome en una cuna al aire libre, bajo la ventana de la cocina, a mis hermanos y a mis primos correr y reir, mientras yo, me sentia afortunada de tener en mis manos una pulsera de mi madre. Recuerdo su tacto, contra mis manos y mi boca, el frio de la plata en mis labios, el grosor de la pulsera.. y su redondez plena y absoluta y su olor...

    Hace dos meses, viendo las cosas de mi madre, la reconoci entre un monton de joyas y al cogerla con mis manos senti el frio de la plata y su tacto y entonces... recorde aquella tarde en la cuna bajo la ventana de la cocina en el jardin...

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  6. Hermosos recuerdos, tan sugerentes y vívidos que parece que los que los leemos hubieramos estado allí y sentido el fogonazo del wolframio, es el símbolo de la vida mas que el de la memoria. Se agradece sinceramente.

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  7. De la Alegría de escribir :
    Nada sucederá, si yo no lo ordeno,
    contra la voluntad no caerá la hoja,
    ni una brizna se inclinará bajo la pazuña del punto final

    ¿Existe , pues , un mundo
    cuyo destino regento con absoluta soberanía ?
    ¿Un tiempo que retengo con cadenas de signos ?
    ¿Un vivir que no cesa si éste es mi deseo ?

    Alegría de escribir.
    Poder de eternizar.
    Venganza de una mano mortal.

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  8. Je me souviens
    Des jours anciens
    Et je pleure;
    Decía Verlaine en su canción de otoño. Estos recuerdos no son melancólicos ni tristes, son tan hermosos que refuerzan la vida, que sigue exactamente como se describe en ellos.

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