16 de octubre de 2013

Otro caso sin resolver (fábula)

AL cerrar el balcón reparé en una mosca que trataba de ganar el exterior atravesando el cristal con ese cerrilismo propio de las de su nación. Me distraje unos instantes mirándola. Traté de espantarla, sin éxito. Aquella infeliz estaba sólo a unos centímetros de la libertad, le habría bastado un airoso giro y hubiera salido al jardín, pero parecía decidida a romperse el cerebro contra el cristal. No obstante, no había tiempo para observaciones. El claxon del coche me apremiaba. Cerré la contraventana y oí su zumbido detrás de la madera, atrapado, buscando inútilmente una escapatoria, una rendija que no existía. Estará muerta cuando volvamos, aunque será poco probable que recuerde a esa mosca cuando volvamos, pensé. Ha sucedido muchas veces, aparecen tiesas, secas, con las patas hacia arriba, sobre la moldura. Salí de casa con una sensación extraña,  como el brahamán que no ha podido apartar a tiempo su pie sobre la hormiga. Nadie merece ser enterrado vivo. Pensé en los faraones o en los aztecas que hacían enterrar vivos a sus servidor*s más jóvenes, cuando aquellos morían. El suplicio de morir teniendo ante los ojos la magnificencia de la vida, mirando un otoño sublime, es en todo caso mejor que acabar tus días a oscuras en la angosta cámara de una pirámide, trataba de persuadirme, para no tener que volver. Cuando ya estábamos en el coche para irnos, fingí haber olvidado un libro, y subí de nuevo a la casa. Antes de abrir la contraventana, puse mi oreja junto a la madera, repiqueteé con los dedos en ella, por delicadeza, para prolongar la dicha del insecto, que pensara: han venido a sacarme de aquí, vienen a liberarme. No se oía nada. Levanté la traba y giré lentamente la contra, pero ni rastro de la mosca, nada. Ni libertad ni orden. Hice un minucioso escrutinio. Había desaparecido. ¿Regeneración? Otro misterio, otro caso sin resolver. 

Museo de Arte de Bogotá. Septiembre de 2013

10 comentarios:

  1. La guerra , los curas y el caimán comiendo el canal de Panama ( esto me suena )

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  2. Mosqueada, siempre hallaría un resquicio mínimo la mosca para librarse de su emparedamiento. Suerte ser su cuerpo flexible y de mínima anchura que el pobre Fray Luis de León no tuvo al despertar en el interior del ataúd y descubrir con espanto que había sido enterrado vivo. Cuántos males de los humanos no sufren los desgraciados animales. Y el poeta, ignorando esta moraleja, con mala conciencia había vuelto a casa queriendo salvar al aire, según nos cuenta.

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    1. ¡Habiendo muerto en Madrigal de las Altas Torres parece imposible! ¿Menos horror, siquiera poco tiempo, recordando versos propios? Qué espanto solo pensar esa muerte suya; bendita cremación, cósmica y sana. De ser cierta, ojalá los arañazos en la madera únicamente testimoniaran la lucha inconsciente de su cuerpo por la vida solo al final.

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  3. ‒ Libertad ‒ Orden = Regeneración.
    ‒ Libertad + Orden = Legalismo.
    + Libertad ‒ Orden = ¿Democracia?
    + Libertad + Orden = El Séptimo Cielo.

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  4. Lo de la mosca me ha hecho recordar unos cuentos de A Monterroso : La mosca que soñaba que era un águila



    Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

    En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

    En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

    Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada.

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  5. Yo también conllevo de adulto un franciscanismo, más traumático que puro, a causa de las horribles torturas que de muy niño infligí a determinados insectos. En las paredes junto al pozo, alfileres banderillas en el escasísimo lomo de aquellos “conejitos de la humedad” (Dios sabrá su nombre, saltaban mucho si les pisabas con una uña los pelillos de la cola); o enterrarlos, a ellos (o a moscas, o a cochinillas…) en un arriate tras introducirlos con hormigas o avispas en los botecitos de penicilina bien cerrados con sus tapones redondos de goma para tras unos días desenterrarlos y ver qué había pasado… No se preocupe, no sigo. Basten estos detalles, que sesentaitantos años después tan bien recuerdo, como prueba de que la indudable inocencia del muy niño torturador nunca llegó a eximirle del todo de sus crímenes. Que usted, bienaventurado señor Trapiello, no recuerde ninguna perrería será señal de que su franciscanismo no es como el mío, sino completamente santo, completamente puro.

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  6. Es un dibujo alquímico terrorífico, ni libertad, ni orden, regeneración presidida por la muerte y unas manos como del conde Drácula.

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