20 de octubre de 2013

Peatonio sentimental de París (1936-194...)

¿ES este hermoso libro una guía? ¿Literaria, vital? Es cosa que nos importa dilucidar. Del mismo modo que su autor, José Muñoz Millanes, ha caído en el embrujo de Azorín a la hora de contarnos París, ha caído uno también en él, y titulo esta hoja del almanaque con esta palabra, peatonio: vademécum de un peatón. A quien no habría disgustado ni mucho menos este reposado y atento paseo, bien al contrario, sería al propio Azorín.
Es un libro (La ciudad de los pasos lejanos, Pre-Textos, 2013) que ha sido escrito, si se nos permite el símil, "cámara en mano". 
Lo empieza su autor siguiendo los pasos de Azorín en el París del exilio. Los de Azorín son los de un hombre viejo, que camina despacio. Su vida, como la de todos los exiliados de París, es triste, pero trata de sobreponerse. Escribe. ¿Qué puede hacer si no?
En la lectura de los libros que Azorín ha escrito en París o con los recuerdos de París, también demorados, cuidadosos, sutiles, el autor de estos pasos lejanos ha encontrado algo hondo, frágil, misterioso. Ha encontrado la vida. La admiración hacia la vida de esos libros le lleva a los escenarios en los que transcurren: hoteles, patios, metros, cementerios, comercios, callejones, plazas, museos, muelles del Sena. Nada que recuerde ni por asomo a la empachosa mitomanía literaria. La erudición, las lecturas, el cultivo del autor están de tal modo en la masa de su sangre, que circulan por su texto como la sangre, sin el menor ruido, sin sobresaltos, sumando su pulso al pulso de la realidad, al de la vida. Es sólo, sí, el testimonio de una gratitud hacia la literatura y la vida, y también...
El autor sigue a Azorín hasta sus hoteles, sus buquinistas, sus bistrós. Pregunta igualmente a los personajes de sus novelas. Y le responden, porque son personajes vivos que tienen la misma entidad que el escritor. Son de la familia.
A veces Azorín se detiene y la cámara, vacilante y discreta, se detiene también. A su lado pasa alguien y la cámara se ladea curiosa para verlo pasar. Es Baroja, Gómez de la Serna, Solana, son los personajes de tal o cual novela de Modiano, de Torrente Ballester, de Brasillach. Otras veces son Atget, Brassai, Coppola que le dicen: detén tus pasos, no vayas tan deprisa, mira esa esquina. Y el autor mira, como miraba Malte Laurids Brigge. Azorín espera escrutando el escaparate de una de esas tiendas raras que tanto le gustan. No tiene prisa. El autor, con esa confianza sigue a ese transeúnte casual. Otras calles, rincones desconocidos, un pasaje nuevo con su encanto moderno. Se lo ha señalado Benjamin, Breton, Henri Calet. Permanece con ellos unos instantes, pero el autor es un hombre responsable y no ha olvidado que ha dejado a Azorín esperando, y vuelve donde lo tenía distraído (la vida de un exiliado está llena de vacíos, de tiempos muertos, necesita distraer su pesadumbre), y se encamina ahora hacia la Ciudad Universitaria, donde le espera su amigo Baroja. Hablan sin esperanzas, deseando que ese tiempo del destierro pase pronto, y lo hacen apenas sin consuelo. 
Azorín vuelve a España (el autor nos recuerda que en París se lo tropiezan Alberti y Neruda que no quieren saludarlo porque vuelve con los vencedores de la guerra), pero se queda Baroja, y la cámara ahora sigue a Baroja, por donde Baroja, que es viejo también, va. Le lleva a ver una de las últimas ejecuciones públicas de la guillotina, a algunas casas burguesas, al parque del Monte de los Ratones, a los suburbios, que tanto le gustan también a Gutiérrez-Solana, con quien Baroja comparte el hospedaje del Colegio de España y a quien Baroja detesta. La vida de los exiliados, sí, está llena de pequeñas miserias que se suman a sus propias tristezas. Muñoz Millanes no los juzga, está a su lado, los sigue, cámara en mano, los escucha con respeto, con admiración, con agradecimiento: lo hace porque ha descubierto que no hay un solo paso de los que dan en el que no hayan puesto el alma, ¿y quién da su alma en tiempos tan arruinados? Y sin embargo, ahí sigue París, suntuoso, espléndido, fascinante, pero... inalcanzable, se diría, para esos pobres españoles que van dando tumbos por él, como tramoyistas entre las bambalinas de un teatro al que acaban de llegar. Al otro lado, en la escena, los actores, privilegiados, representan la joie de vivre de una ciudad que aún no puede sospechar su propia tragedia de ignominiosa ocupación, de ignominiosa colaboración. Los españoles ven de lejos la función, ellos, cada cual el suyo, arrastra su propio drama, dramas deslucidos y tristes, sin dinero, sin ilusiones, sin perspectivas...
El libro toca a su fin. Lo abrocha el Javier Mariño de Torrente Ballester. El autor, de una discreción insólita, admirable, nos ha estado hablando, con el París de Solana, Azorín o Baroja, del suyo propio, que ha levantado con mano paciente de cartógrafo (y no le hubiese venido mal a esta cuidada edición un plano de París con sus itinerarios). En cada línea hay la experiencia de los otros y su propia experiencia. 
Volvemos atrás y empezamos de nuevo la lectura, esta vez lápiz y papel en mano: vamos anotando sugerencias, pasajes, lecturas  desconocidos para nosotros. 
Muñoz Millanes ha seguido a esos hombres durante estos últimos años, allí, en el mismo París, y nosotros lo hemos seguido aquí en Madrid, como si fuese allí. Lo ha hecho como se hacen las cosas en la literatura, como un embrujo. Y sentimos que puede llevarnos donde quiera, porque no hay una sola página de este libro, guía de vidas, que no merezca visitarse dos veces, como no hay una sola vida que no espere ser contada.



4 comentarios:

  1. "We´ll always have Paris"

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  2. Miré quien es Muñoz y me llevó a escuchar un rato su conferencia sobre Leopardi , inevitablemente me condujo a leer unos poemas del italiano y estremecen , son insuperablemente tristes pero a la vez esperanzadores y rebosantes de arte . No cabe duda que es un libro estupendo y un autor de merecida lectura ; propone algo nuevo , lo apunto .

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  3. ¿Azorin también aquí? Parece mentira que ayer mismo unos amigos me hayan enseñado un retrato suyo (grave y distante su pose, como le corresponde), pintado por el gran Zuloaga, cuya venta pretenden.

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  4. De esos pasajes que se comentan hay una foto de Azorin con Baroja en la puerta del Colegio de España, los dos con boina y con las firmas de ambos.

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