5 de noviembre de 2013

Madrid ayer

A dilucidar qué es nuestro Madrid, el de cada uno en particular y el de los dos juntos, nos convocaron ayer a Juan Manuel Bonet y a mí a un alimón en CaixaForum, mediados por Carlos Abella. Querían que habláramos del Madrid de la movida, qué aburrimiento, y acabamos haciéndolo del nuestro, JMBonet, del de los pintores y escritores que van de 1900 pongamos hasta 1980 y en el que él se mueve como pez en el agua, y del mío, si es que tiene uno un solo Madrid para él solo. Porque lo mejor de Madrid es que es de todos y de ninguno.
Algunas de las ideas que salieron ayer van en este escrito, publicado en La Vanguardia  hace 10 años, a raíz de los atentados del 11M, y del que publico unos fragmentos sólo, y otro de El País, ya publicado aquí hace un año y pico.

(...)
Creo que a nadie le molestará que se diga que Madrid es un pueblo pobre. Quizá por ello la gente está tan a gusto aquí. Digamos que en Madrid se está “como en casa”. Podría uno recorrerlo incluso con zapatillas de orillo y en bata. 
La mayoría de las capitales son más bonitas que Madrid, con más empaque. Cuando se piensa que el monumento emblemático de la ciudad es la puerta de Alcalá, le nacen a uno del corazón infinitas ternuras, como ante una criatura desvalida. Y la Puerta de Alcalá es la imagen misma del desvalimiento, inútil, como el decorado inservible de una película. Una puerta sólo para el aire y para el rebaño de ovejas que pasa por allí una vez al año. Es casi lo único que le queda al tipismo de Madrid. 
Si al menos a Madrid le hubieran dejado tener sus ruinas, como a Roma, sería quizá una ciudad admirable, pero no, porque es la ciudad en la que más se ha demolido y más se ha construido, y casi siempre para peor. Así que este es uno de los pueblos más elegíacos de la tierra, porque se pasa la vida recordando el pasado, lo que había y no hay, la casa que estaba y ya no está, el café que hubo y cerró, el circo que permaneció tantos años y que al fin se lo llevaron a otra parte, la corrala que transformaron en unos apartamentos y el palacio que devoró el especulador. Y recordar el pasado le ha vuelto también al pueblo de Madrid muy fatalista, porque sabe por experiencia que las cosas siempre pueden empeorar. El de la piqueta, como se llama a ese afán de demoler casas y urbanizar desmontes, roer calles y descuadrar plazas, es el artículo con el que en Madrid se han consagrado siempre los escritores y los periodistas, desde Quevedo o Larra hasta Gómez de la Serna y Ruano. Madrid es la ciudad de la piqueta y a los alcaldes, por lo menos desde Carlos III, se les recuerda aquí más por lo que han demolido, que por lo que han construido. El madrileño, si por él fuera, no querría que se le tocara nada de la ciudad, y lo dejaría todo como él se lo encontró. 
Eso no ocurre nunca. De modo que Madrid es una suma de cosas a medio hacer y otras a medio destruir, y no sé cómo, pero acaba uno de amar todo ese destartale con verdadero amor. Creo que no ha visto uno en ninguna ciudad tantos chuchos averiados, mancos, ciegos, cojos, como aquí en Madrid, de la correa de sus dueños, que los pasean por la calle como si fueran galgos aristocráticos, y los meten en los bares y allí comparten con ellos el azucarillo del cafelito.
Y al ver a esos chuchos el que llega por primera vez a esta ciudad sabe que quizá no le irá nunca demasiado bien en ella, pero tampoco demasiado mal. Madrid es la ciudad del ir tirando
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Con todos sus defectos, con su caos, sus ruidos, sus inconvenientes, con ser para muchos un poco la ciudad del medio pelo, Madrid es para los madrileños y para los que vivimos aquí una pasión violentísima, un amor turbulento y creciente que no cambiaríamos por ningún otro. ¿No es eso extraño? 
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A menudo se pregunta uno cuál es el origen de la rivalidad que algunas de esas ciudades españolas han sostenido con Madrid, siendo evidente que no ofrecen casi ni comparación.
En Madrid sabe todo el mundo que sin salir de España hay también media docena de ciudades que harían mucho mejor que ella el papel en el concierto de las naciones. Barcelona por ejemplo es cien veces más importante, próspera y lucida que Madrid, está mejor trazada, las casas son sólidas y convincentes; las calles, anchas; el comercio, abastecido y variado, y la población, como decía Cervantes, archivo de cortesía y respetuosa con su patrimonio, con todo el Mediterráneo en la misma puerta, esperando. Los madrileños eso lo saben muy bien. O Sevilla. ¿Cómo podría compararse Madrid con una ciudad como Sevilla, con el Guadalquivir entrando y saliendo de allí, con todos esos barcos llenos de silenciosa poesía, oliendo al mismo tiempo a mar y a azahar? ¿O San Sebastián, el anfiteatro más hermoso de Europa sobre las olas, con ese paseo de la Concha que es como un acantilado de mármol?
De modo que esa rivalidad con Madrid resulta un tanto misteriosa. Yo creo que reside en el hecho de que Madrid muestra frente a las demás, más descollantes, próbidas y vistosas que ella, el orgullo de los pobres, y hace como que sólo se interesa en sí misma. Madrid siempre ha estado, como los pobres de verdad, muy solo. Quizá eso haya dado origen al malentendido de esa suficiencia y arrogancia que tan injustamente se le ha atribuido. Y no, es únicamente esa fatalidad del que busca un rincón para lamerse sus heridas. 
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Un castizo diría que en el pecado de su importancia como capital del Estado, lo cual sin duda le ha proporcionado cierto viso, que en el pecado, digo, lleva Madrid su penitencia, a saber, el tener que acoger a todos aquellos que llegados aquí a medrar, pedir, proveerse, prosperar, colocarse, probar, lograr, conseguir, se han quedado sin nada o no han llegado a tenerlo nunca.
Madrid es la ciudad de los cesantes. Lo vio bien Galdós en una de sus más logradas novelas, Miau, atravesada por vidas fallidas, malogradas, expectantes, ilusionadas, fantásticas, irreales que ponen todos sus cálculos y combinaciones en formar parte de la Administración.
No es infrecuente que muchos vean Madrid como una cuna de ambiciones, zancadillas, conspiraciones y politiqueos que la convierten en una especie de ciudad alterada y sistólica. En parte la antipatía que en algunos despierta aún, viene de saberla llena de servidores del Estado, un tanto casuísticos, circunstanciados y premiosos, como la burocracia. Su largo pasado como capital del Estado franquista tampoco ha contribuido mucho a deshacer ese malentendido.
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Y por todo lo dicho, es poco probable que haya una ciudad tan hospitalaria como ésta. Creo también que no es un mérito especial de la gente que vive aquí. De hecho viene dada por el pasado de la mayoría de todos nosotros. Se ha dicho, con cierta chufla, como cuando se habla del río Manzanares, que nadie es de Madrid. Nadie ha nacido en Madrid, y sin embargo todos somos madrileños, un poco miaus y un poco de medio pelo (si pensamos, sobre todo, en París, en Milán, en Roma, en Londres). Y lo ha dicho antes uno: es posible que nadie esté demasiado orgulloso de esta medianía, pero a nadie le importa tampoco demasiado. Hay que ir tirando.
 De vez en cuando alguien afirma, con cierto orgullo: yo nací en Madrid, mi madre era de Madrid y mi padre también. Y la gente que oye esto, se le queda mirando incrédula, como diciendo, ¿y qué? En Madrid se da a los árboles genealógicos, a diferencia de Sevilla, Barcelona o San Sebastián, la misma importancia que al hueso de una de esas aceitunas que comparten con las gambas madrileñas el suelo de los bares más sucios de la tierra.
Recuerdo que a base de hacer aquellos viajes en tren de Madrid a Torrejón de Ardoz, y de Torrejón de Ardoz a Madrid, y luego, tras las vidas de Miguel de Cervantes, de Madrid a Alcalá de Henares y de Alcalá a Madrid, llegaba uno a conocer a todo el mundo. 
La gente se ponía a hablar de cualquier cosa. Nadie sabía el nombre de sus interlocutores, pero todos nos conocíamos y a todos nos interesaban las cosas que se decían. En verano, con los días más largos, llevaba el tren por delante unos crepúsculos insuperables, como llevábamos la aurora por la mañana. Iban y venían entre nosotros las ninfas aquellas, camino del Henares, y los obreros jóvenes, con sus chirigotas siempre, fumando a escondidas de los factores y revisores.
A menudo en aquellos trayectos que duraban una hora se hablaba de Madrid. La gente, venida de fuera, conocía mal la ciudad. Aprovechaba los fines de semana para venir al centro. Y se informaban entonces entre los compañeros de viaje. Algunos al llegar a Atocha, buscaban combinaciones que les llevaran a otro extrarradio, Móstoles, Carabanchel, Alcobendas. Daba para mucho tanto camino. 
Así como la mentira parece hecha de retales y trapacerías, y hay muchas clases de mentira, la verdad es única y berroqueña, pero hecha entre todos. Siente uno que Madrid, tan verdadero, con todas sus imperfecciones, lo hemos hecho un poco entre todos, aborígenes y forasteros, el que viene aquí a triunfar, y triunfa, y el que viene a triunfar, y fracasa; el cesado, el cesante y el meritorio: el parado y el fortunoso, el pluriempleado y el gandul (y Madrid es una ciudad en la que puede uno encontrar todavía los más divertidos gandules), el extranjero y el castizo de pura cepa. 
En ningún otro lugar importan menos las partes y en ninguna parte se le da más importancia al todo. Uno por uno, un madrileño no es nada. Ahora, el pueblo de Madrid, lo es todo. Que se lo pregunten a quienes han perdido las elecciones el día 14 de marzo.
En aquellos trenes parecidos a los que el otro día volaron, pasó uno, sí, lo mejor de su juventud. Sin saberlo acaso, entre todos estábamos haciendo una ciudad, en ella y sin ella, dentro y fuera, entrando y saliendo todo el tiempo. Sin movernos de donde estábamos, donde seguimos estando. Éramos el pueblo de Madrid. Somos Madrid.
Tiende el escritor a menudo a hablar de literatura y a buscar los mitos literarios del pasado, y sin embargo la vida suele encontrarse mucho más cerca. Hoy, en Atocha, en ese enjambre de candelilejas y velitas en las que arde, anónimo, el espíritu de un pueblo que saldrá adelante porque ha sufrido como pocos. Ensimismado y taciturno. Y por eso es, como pocos, cuando le llega la hora, tan extrovertido y alegre a su manera; una manera que es casi trágica y triste, completamente gris.


Madrid, patio de luces.  4 de noviembre de 2014



10 comentarios:

  1. Menos las plantas, todo desconcierta. Sin más ánimas ni ánimos, en lo vegetal debió quedarse la cosa. (2114)

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    1. ¿2014?, ¿2114?... Es tantico igual; y así viene a decir Cervantes en uno de sus aforismos peregrinos, nunca mejor adjetivados:

      PENSAR que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos que la limiten.

      ¿Qué muros limitan ese picassiano patio de luces? ¿La planta junto a la pared y, lo que parece, una escrutadora ventana asomando por la izquierda ?

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  2. Preciosa descripción del Madrid que yo también he conocido...

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  3. Madrid es el enemigo a batir por la periferia muchas veces costrosa. Quizá esta realidad, ignorada o al menos no del todo explicada, fuera merecedora de un análisis profundo si somos capaces de quitarnos un rato la pinza. ¿También será esta ciudad otro producto exclusivo de la factoría franquista? ¿Todavía a estas alturas resulta admisible la dialéctica centralismo-perímetro? Los que no somos madrieños y hemos conocido otras urbes españoles donde nada más entrar se nos recuerda nuestra condición foránea vemos en la capìtal el cosmopolitismo que esas grandes aldeas nunca tendrán. El cosmopolitismo es mucho más que hospitalidad. Lo tiene Nueva York, lugar no precisamente acogedor.

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  4. Creo que Madrid lleva un derrotero tipo Detroit . Tuvo su glamour pero son muchos años de corrupción y está cogiendo fama de ciudad insegura y contaminada .

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  5. No sé si el Anónimo de las 18:05 se habrá leído el texto que se supone comenta. No es precisamente de "glamour" de lo que se habla en él. Y no sé si los "años de corrupción" de que habla son los de la democracia. A lo peor cree, ingenuamente, que en tiempos de Franco no la había, o había menos. Lo que hace el no saber. En resumen, mi impresión es que AT habla aquí, un poner, de las plantas de interior, y el Anónimo contesta que claro, que los tiovivos de feria... Nada que ver, vamos.

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  6. Quizás no tenga nada que ver, pero da que pensar, La mayoría de las ciudades grandes han tenido un decurso histórico y un desarrollo dependiente de circunstancias evaluables, pero Madrid se fundo sobre un villorio por voluntad de un rey que temía a sus cortesanos y recelaba de la corte, siempre ha sido una de las ciudades mas arbitrarias y artificiosas y eso produce una especie de desarraigo paralelo a un apego por lo imposible.

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  7. Lo malo del anonimo 148 es que no habría sido capaz de hacer un comentario de no ser por el que hizo el de 1805 ,
    Hablamos de Madrid y estoy de acuerdo con Josë Maria que da mucho que pensar y breve ( hablando de sabios reconozco que el de la 1.48 parece saber mucho , claro que a veces somos tan ignorantes que pensamos que sabemos y los demás se chupan el dedo y es al revés ).

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  8. Gracias al amigo "veneciano" por sus palabras, pero las apariencias engañan: uno es un aprendiz, y lo sabe. Pero no sabe mucho más que eso.

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  9. Aprendices somos todos , aquí el coach es don Andrés ( el profesor que diría Diego Costa ) , escribir de comentarista es algo nuevo pero te permite codear con figuras de la Literatura y progresar aceleradamente ; sentir que has hecho un muy buen comentario es como meter un gol y cualquiera puede lograrlo .
    gracias a ti anónimo , el buen talante importa , cuando hagas un buen comentario usa mejor un Nick y así pones el Nick en Hemeroflexia y ves los post donde opinas ( buen detalle por parte del blog pues todos tenemos nuestro ego ).

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