17 de noviembre de 2013

Propaganda, que algo queda

EN los primeros números de la mítica Hora de España, apenas iniciada la guerra civil, un jovencísimo Ramón Gaya mantiene una enconada polémica con José Renau, un cartelista ya célebre entonces pero sobre todo hombre poderoso y estalinista temible. El objeto de la polémica: los carteles y su función propagandista en la guerra. La observación de Gaya es tan irreprochable (los carteles nazis se están pareciendo a la propaganda soviética y de la República española como dos gotas de agua), que unos meses más tarde el colaborador más insigne de la revista, Antonio Machado, se hace eco de la misma idea de Gaya en uno de sus “mairenas”: la retórica de la propaganda, la retórica de la guerra, pueden acabar haciendo de los dos contendientes la misma cosa, lo cual sería grave. Si Michel Lefebvre-Peña hubiese incluido en su espectacular libro propaganda de los dos bandos (de uno de ellos hay sólo algunas pequeñas muestras), se habría podido ver eso mismo que también quedó patente en su día en los hasta hoy canónicos y monumentales tomos de los hermanos Carulla: en la propaganda, como en la guerra, vale todo y nada se aviene mejor con la estética que un poco de política, y con la política otro poco de estética. Si se hace así, ya tenemos uno frente a otro a los dos grandes totalitarismos del siglo XX, o por decirlo con énfasis épico: nazismo y comunismo disputándose el FF (final feliz). 
Lefebvre-Peña, francés, hijo de un soldado republicano español que fue dirigente comunista en el exilio, ha renunciado a darnos un libro de “los dos bandos”, centrándose en “el suyo”, y lo hace sin engaño (“Mi guerra de España” titula su efusivo prólogo): Guerra gráfica (Lunwerg, 2013) Y esa España la conoce con minucia aportando documentos únicos y desconocidos incluso para los especialistas: carteles, fotos, folletos, revistas, periódicos cosechados en archivos privados y públicos de medio mundo… Hemos de decir también que estamos ante un libro especialmente bien editado. ¿Libro para ver, para leer? Prima en él, claro, la profusión de ilustraciones, pero haría mal quien no se perdiera por el vericueto de notas y pies que acompañan tantas imágenes. ¿Y qué prueban estas? Que únicamente con propaganda no se ganan las guerras. Se quejaba Dionisio Ridruejo, jefe de la propaganda de “la otra parte”, de no haber tenido los medios con los que habían contado sus enemigos. Era, digamos, una queja retórica y un brindis al sol, porque lo dijo cuando ya habían ganado la guerra. Este libro nos muestra alguno de los hitos propagandísticos republicanos, caudillados por artistas como Picasso o Miró y fotógrafos como Gerda Taro, Chim, Capa, Reuter y tantos más, y aunque escamotee otros (la espeluznante foto del saqueo y profanación de momias en la iglesia del Carmen en Madrid, que dio la vuelta al mundo precisamente porque se circuló como propaganda: propaganda anarquista primero, y propaganda antirrepublicana después, la misma foto), el conjunto vuelve a despertar en nosotros antiguos discernimientos. Pues a estas alturas ya nadie puede dudar de que la guerra militar la ganaron los rebeldes desde el primer día, y la guerra de la propaganda, también desde el primer día y en todo el mundo, los republicanos. Los franquistas dejaron de ganar la suya en 1975 (más o menos), pero la propaganda de la República sigue ganando la suya aun hoy, en la medida que nos lanza preguntas de no fácil respuesta. Desde luego de respuesta no tan simple ni esquemática como quería José Renau y como vemos en tantos de los documentos reproducidos en este libro.
    [Publicado en El País (Babelia) el 16 de noviembre de 2013]

Asalto a la Iglesia del Carmen, Madrid, 1937

8 comentarios:

  1. Hoy en día ese despliegue propagandístico de unos y otros, tan cargados de potente retórica, se nos aparece casi como un manual de urbanidad a dos tintas, si comparamos aquel ingenuo método de hacer proselitismo con la apabullante capacidad de los actuales poderes mediáticos para hacernos ver blanco lo negro y a Satán convertido en Dios verdadero, sintiéndonos además muy agradecidos por el feliz descubrimiento.

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  2. Sí en 1975 se empezaba a respirar otro aire , había ilusión y nos hicimos irreverentes . En 1976 vimos en vivo a Carlos Puebla ( un canto a Fidel ) y llegó el Bob Marley que trajo libertad y banalizó el uso del cannabis ( algo impensable 2 años antes ) y poco a poco dejamos de ser " unas tajadas de bacalao " , eran mejores tiempos que ahora aunque y éramos mejor gente , conocimos mucha adversidad pero abundaba la felicidad . Sobre carteles no conozco el tema , si me gusta
    mucho el graffiti y el trabajo de Banksy, el gran publicista anti capitalista , sus videos surrealistas son insuperables .

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  3. Recortada también su foto, señor Trapiello. A la derecha, junto al sillón del joven de medio lado con pose de ir a pegarle un tiro al fotógrafo, hay otro sillón. Bien sentado en él ―mística, perdida al frente la mirada―, el miliciano más importante: el de la escoba por mosquetón al hombro, apuntando al cielo. Imagen de la que aquí nos ha privado usted. Imperdonable.

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    1. Tiene razón. Lo sabía y lo sé. Estuvo hecho con prisas y cogí la primera que me salió en la red. No tenía tiempo de buscarla ni de pedírsela a Carlos García Alix, que escribió de eso memorable artículo. Ayer hablé con Carlos, y no quise molestarle tampoco con eso. Enviémela, y la cambio. Gracias.

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  4. Entera, con el miliciano de la escoba y mejor foto, en:

    http://uninstantedecaos.blogspot.com.es/2010/11/las-armas-y-las-letras-3-interesante.html

    “Zambra de la revolución”, el artículo de Carlos García Álix sobre el destino de cada personaje fotografiado, en:

    http://elpais.com/diario/2009/03/14/babelia/1236989175_850215.html

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    1. Yo también le doy las gracias por el enlace al fantástico cuan ilustrativo artículo de C G Alix.

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  5. Gracias. Sobre todo por el enlace del artículo de Carlos García Alix, ejemplo de probidad y precisión. La última edición de Las armas y las letras, aparte de la ilustración de la cubierta (será para siempre LA ilustración de ese libro), le debe algunas de las mejores fotos (la de las guardas, la de los milicianos después de haberle dado el "paseo" a alguien o la pista de la de Koestler en actitud de Ecce homo, entre otras). Recuerdo aún las mañanas de verano mirando las diez mil fotos de su archivo, eligiendo, separando:

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  6. Con la escoba más grande, tampoco el tiempo, ese otro miliciano, respeta nada.

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