30 de noviembre de 2013

Donde se halla el remedio


EL amigo Félix Ovejero, patriota ejemplar, pone al pie de sus correos el que es lema de su vida: ubi bene, ibi patria ("donde se encuentra tu dicha, está tu patria"). Algo parecido decía en 1590 Diego de Saldaña, indiano, a su mujer Águeda Martínez. La animaba a dejar su aldea, Villanueva de Alcardete, y reunirse con él en Cartagena de Indias, para lo que trataba de quitarle temores de navegación y otras melancolías: “Ni se os ponga delante [ni os lo impida] vuestra patria, pues lo que se debe tener por tal es donde se halla el remedio”.

Foto de Rafael Trapiello. Urbasa (Navarra). 10 de noviembre de 2013

29 de noviembre de 2013

Brisa marina

DE nuevo, de viejo, qué importa. No hay diferencia entre unas librerías y otras. Es un error pensar otra cosa. O las librerías son todas de nuevo, o no valen la pena; o son todas de viejo, y lo mismo. Porque la literatura y la poesía es de todos los tiempos, de todas las edades, con galas nuevas o viejas. Si en un libro de viejo no hay nada nuevo es mejor dejarlo donde está. Decía Ramón Gómez de la Serna que no se podía leer ni uno solo de los libros que aparecían en el Rastro  (está claro que no supo mirar donde tenía que haber mirado: en esos rincones en los que encontramos por suerte tantos de sus libros cuando habían desparecido de la circulación y no se habían reeditado aún). Si en un libro de nuevo no hallamos algo del pasado y de esa presencia de la lejanía que nos alcanza con él, sería mejor llevarlo al Rastro (al Rastro de Ramón, no al nuestro). 
Muchas de las librerías de nuevo o de viejo en las que entramos nos resultan no ya de viejo, sino de muerto. En algunas, sin embargo, los libros parecen haber acabado de llegar con su tonada: yo no digo mi canción sino a quien conmigo va.
Una librería de nuevo o de viejo es siempre un barco que nos aleja o nos trae, conforme lo precisamos en cada momento, la nave que nos salva.
De todas venga hoy aquí, homenaje a las librerías del mundo (uníos), esta pequeña librería de Arequipa (Perú) en la que parecía cristalizar el sueño de todos los lectores, aquel que mejor que nadie expresó Mallarmé en su brisa marina: Fuir, là-bas fuir! Lo hizo precisamente en aquel célebre poema que empezaba: La chair est triste, hélas,  et j'ai lu tous les livres.
Pero que nadie se engañe: en la huida lo que importa es lo que nos espera, no lo que dejamos atrás. Huimos no por temor del pasado, sino por infinito amor al porvenir.

Deslumbrante, pequeña y ejemplar librería, en Arequipa, El Lector, en la que entramos sólo una vez. Acaso, quién lo sabe, vuelva la vida un día a llevarnos hasta ella. ¿No somos pecios que el mar trae y lleva a su antojo? Más que en ninguna todo en ella era de nuevo y de viejo, sin distinción, y en todos los idiomas.

28 de noviembre de 2013

Sólo Ramón, solo Ramón

RAMÓN, sólo Ramón, o sea Gómez de la Serna, ha sido acaso el único escritor que quiso alcanzar la singularidad literaria partiendo de un nombre común, el suyo. La vanguardia permitía esas cosas. Cuando firmaba incluso lo hacía con mayúsculas. Cosas también de la vanguardia.
Ayer, al hilo de unas jornadas sobre él en la Fundación Ortega, habló uno de El Rastro, y participó después en una mesa redonda (La prosa breve de Ramón, con Gustavo Martín Garzo, Blas Matamoro, José María Merino, Ernesto Pérez Zúñiga y uno mismo, moderados por Ignacio Echevarría). Estas jornadas, dirigidas por una Ioana Zlotescu a quien tanto debe el ramonismo, se montaron al hilo del cincuentenario de la muerte del escritor bajo el epígrafe Ramón (1888-1963) El futuro es ayer.
De El Rastro, un libro deslumbrante y desde luego uno de los que prefiero de su autor, ya dijo uno algunas cosas en el prólogo de la reedición que hicieron de él los libreros de viejo de Madrid. Hoy, al abrirlo de nuevo, me encuentro con estas líneas de Ramón, en las que justifica su amor por las cosas viejas: "Si no son comparables las ciudades por sus monumentos, por sus torres o por su riqueza, lo son por esos trastos filiales". En mi opinión, es todo lo contrario: las ciudades se parecen cada vez más por sus monumentos singulares, sus torres o por su riqueza (ya lo decía aquel a quien le preguntaron qué le parecía La Alhambra: "Como todas las alhambras"). Lo único que hace diferente a las ciudades es precisamente aquello de lo que la ciudad prescinde, y eso lo saben aquellos acostumbrados a visitar los rastros y mercados de pulgas del mundo. Por lo mismo que "todas las familias felices se parecen, y sólo las infelices son desgraciadas cada una a su manera". Etcétera.
Y pese a esa y otras pequeñas discrepancias, ante el libro de Ramón, una genialidad escrita a los veintitrés años, sólo cabe quitarse el sombrero. Un sombrero de copa, naturalmente.


RGdelaS., Libro nuevo, dedicado a los hermanos Manuel y José Gutiérrez Solana.




27 de noviembre de 2013

Final del verano (un poema)

ACABAN de publicarse dos antologías dedicadas a Luis Cernuda, de cuya muerte acaban de cumplirse cincuenta años. Una breve (Antigua imprenta Sur, Málaga, 2013), y otra que reúne a casi un centenar de poetas actuales (La Revista Áurea, Madrid, 2013). El que se reproduce aquí figura en esta última y fue escrito el pasado verano. 


FINAL DEL VERANO

Hubo primero extremos movimientos
de tropas en el cielo. 
Legiones apretadas de vencejos
y ansiosas golondrinas parecían,
entre gritos de júbilo, estar
preparando su anábasis.
De ayer a hoy el aire
se vació de vuelos. Qué extraña
su partida. El silencio que han dejado
cubre los negros árboles y montes
como cubren de sábanas los muebles,
fantasmales y blancas, de un palacio.
Incluso se diría que los últimos
en partir se olvidaron de cerrar
la puerta de los campos,
y ruedan por el suelo, como papeles rotos
en un final de fiesta, desoladas
hojas secas y abrojos.
Siguen sin cosechar algunas uvas
maduras en la parra y el perfume
opulento del nardo
se pierde entre las zarzas. Lo llamamos 
otoño. Alguien aquí
tenía que quedarse y rendir cuentas
de momentos tan frágiles,
alquien también que cuando llegue el día
de salir al encuentro del invierno
y rendirle la plaza de la vida,
le diga con voz firme:
“Nada de cuanto vengas a llevarte
es en verdad valioso;
la alegría la dimos a los pájaros,
y está a salvo”.



26 de noviembre de 2013

Lorca-Morla-Bebé-Villepin

HACE años se tropezó uno en una sala de subastas con un cuadro de Carmen Laffón. Aparecía en él una casa con jardín, en el jardín una mesa, en la mesa... Era una pintura bastante grande y sin duda uno de sus cuadros más hermosos. Telefoneé a CL., y se lo conté. Para mí era una noticia alegre, haber podido ver un cuadro tan bueno y desconocido al menos para mí, que saliera a la luz. En cuanto se lo describí nuestra amiga lo recordó perfectamente, a pesar de haberlo pintado hacía cincuenta años, y recordaba también a su dueño, de quien, como es natural, no reveló su nombre, pero sí que para ella era una noticia triste, porque, me dijo, "cuando alguien vende un cuadro es por una de estas tres razones: porque ha muerto su dueño, porque necesita el dinero o porque ya no le gusta".
¿Por qué ha llevado Dominique de Villepin a Drouot  su fabulosa biblioteca, o una parte de ella, sin duda la más valiosa? ¿Era un lector o, como parece, sólo un coleccionista de ediciones originales de escritores prestigiados y famosos, uno de esos esnobs cultos que creen llevarse a su casa el talento sólo porque pueden pagarse el soporte en el que lo dejó su autor? ¿Habrá sido por alguna de las razones que recordaba nuestra amiga? La verdadera novela, lo decíamos el otro día, empieza cuando acaba el periodismo, y el periódico no dice mucho más.
Entre los libros hay uno, sin embargo, que ha hecho que nos preguntáramos: ¿cómo llegaría a sus manos esta Oda a Walt Whitman de Lorca (Alcancía, México, 1933; edición, si no recuerdo mal, de cincuenta ejemplares), dedicado a Bebé Vicuña ("Para mi queridísima Bebé con el cariño más grande de su Federico. Madrid-Méjico, 1934")? Al periodista nada le dice ese nombre. Fue la mujer de Carlos Morla Lynch, íntimo amigo de Lorca y autor de un libro sobre el poeta,  que les dedicó a los dos Poeta en Nueva York. Años después Morla publicó una especie de memorial de aquellos años, imprescindible para conocer el ambiente del 27, al menos el de los círculos más cumbayá de esa generación. 
Bebé Vicuña, gran familia chilena, siguió yendo a París después de que a su marido le destinaran a la embajada de Madrid, donde pasaron la guerra (a él le debemos uno de los testimonios más veraces e incontaminados de esos tres años) y en París terminó Morla, como embajador, su carrera en los años sesenta. ¿Se desprendió Bebé Vicuña de ese libro, lo regaló, lo prestó, lo vendieron sus herederos, alguien se lo llevó de su biblioteca...? Nada sabremos. Bástenos hoy con leer la noticia y ver esa dedicatoria en un periódico (junto a otras, una de Camus a Sartre o de Malraux... ¡a Celine!), antes de que de nuevo la vida se lo lleve mar adentro, pero no la leyenda alegre y trágica de sus protagonistas que aquí sigue en esta playa, como un pecio precioso.


25 de noviembre de 2013

Hombres como los de antes

HE aquí los hechos, expuestos con sencillez. Un buen día de hace unas semanas empezó  a circular por la red cierto artículo de Pérez Reverte. Al comprobar que era de hace unos seis años (El Semanal, 22/7/07), el grado de desconcierto inicial no digo yo que se rebajara un ápice, pero entraron en juego otras consideraciones. En todo caso, se sintió uno como el flâneur o paseante  baudelairiano, en la definición de Benjamin: “Aquel que llega tarde o que se va antes de tiempo del lugar de los hechos”. Esa es, desde luego, la historia de mi vida, y acaso, lector, lectora, la de la tuya, por lo que no creo que te moleste tampoco leer el mío seis años tarde también.

El del famoso escritor cartaginés se titula “Mujeres como las de antes”, y empieza con brío y gerundios inmarcesibles: “Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de él. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sentías temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Marías saliendo del hotel Palace, donde en el vestíbulo vemos a una torda espectacular. «Aunque ordinaria», opina Javier”. Al rato uno y otro amigo hacen repaso a su cinefilia erótica hasta llegar a Sophia Loren y Grace Kelly: “Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo –no de nuestro género, imbéciles– que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantalón pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro «por allí resopla» va con ellas”. Bulle la rúa,  la pesca sigue, los  miembros avizoran y la testosterona pone al fin  su piquita en Flandes, al cruzarse con “una rubia (...) que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente –¿acaso no se mata a los caballos?–, abatirla de un escopetazo”. 

En un país en el que mueren cada año medio centenar de mujeres abatidas de un escopetazo o apuñaladas, esa desenvoltura anonada. Pero seis años son muchos. En una entrevista con Jordi Évole, esta sí reciente, Pérez Reverte invoca una Revolución que no acaba de llegar (deplora él en otro lugar que España no hubiese tenido una buena guillotina). También en sus artículos su amigo Marías nos recuerda cada semana la mierda de país en el que vivimos, soez y casposo. Cuánta razón lleva. Y cierto que es raro que ni él ni nadie hayan denunciado ese artículo en un juzgado por apología de la violencia de género, de la caspa y de los gerundios (podrían haberlo hecho las miembros de su Academia, por ejemplo, mientras toman allí el té, entre pasta y pasta, o entre caspa y caspa), o que siga colgado en la web del escritor, pero debe de haber razones de peso para ello que se me escapan. Y lo digo porque lo normal es que cuando un caballero español piensa que no quedan mujeres como las de antes, es porque se cree un hombre de verdad, de los de toda la vida, con las turmas bien puestas. No como aquellos de hace un siglo  que no se envilecían en cada una de las palabras que escribían. Y si bien no se siente uno colega de Pérez ni por rumores, nada, aquí estamos también a ver si sabemos hacernos revolucionarios. Aunque me queda esta duda: ¿para esa famosa Revolución nos valdrá la misma escopeta que acabó con el toc-toc?
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia  el 24 de noviembre de 2013]

24 de noviembre de 2013

Trivio y cuadrivio (y 4, de momento)

"SON de invención moderna los Pozos llamados artesianos? Qué dio lugar a que Montgolfier inventara los Globos aerostáticos? Es antigua la invención de los dados? Qué significan los Gigantes en las procesiones? Fue moda algún tiempo en las señoras el balbucear? Cómo se cerraban las cartas antes de inventarse las Obleas y el Lacre? Por qué S.M. la Reina Isabel II al visitar últimamente el hospital de Sevilla, besó la mano a un pobre enfermo? De dónde se deriva y qué significa el nombre de Coqueta? Qué es la siesta del carnero? Cuál fue el privilegio singular concedido a Mosén Borra para robar toda clase de vinos? Es antiguo el juego de Cara o Cruz?"... son algunos de estos apartados que daría gustoso en esta página, porque en todos hay enseñanzas que no vienen en ningún otro lado. Pero ninguna acaso tan útil como la última: "Tiene algún origen notable la forma de la Toca que llevan las Hermanas de la Caridad?". Se refiere a aquellas grandes tocas blancas y almidonadas que llevaban las monjas, como alas de una gran papiroflexia que parecía las fuesen a levantar del suelo. La historia que se cuenta es fascinante y desde luego no menos apasionante que la del nacimiento del cubismo. De hecho, diríamos, fueron esas tocas, primero, y el tricornio de la guardia civil, años después, los más claros antecedentes de esa corriente estética que dominó los albores del siglo XX. Pero acaso no sea este el tiempo de referirla, tal y como nos aconsejan los índices de audiencia de este blog, quiero decir de videncia o visoreo, en los días que nos hemos dedicado aquí al trivio y al cuadrivio.

No sé de dónde viene esta imagen ni qué hay detrás de ella.  Cosas de internet. No he visto otra mejor a mano para ilustrar a los más jóvenes que no las conocieron de qué tocas se habla.

22 de noviembre de 2013

Trivio y cuadrivio (3)

"HA habido también lujo en las ligas de las señoras?" es otro de los breves tratados de este Trivio y cuadrivio. ¿Podría alguien no interesarse por un asunto tan prometedor? "Antiguamente se llamaban en España las ligas senogiles o genogiles, de la rodilla, ligagambas o sea atapiernas, jarreteras entre los militares, de atárselas más arriba de la jareta [jarrete] del pie, y también se llamaron apretaderas.
(...) Creíase antiguamente que los magos podían dar una liga encantada, por medio de la cual era fácil hacer mucho camino y sin fatigarse en muy poco tiempo o sea con estraordinaria velocidad".
Y así, leyendo, hemos llegado a saber algo que sólo ahora comprendemos en toda su importancia, asustándonos el recuerdo: ¿cómo hemos podido vivir hasta el presente en esta ignorancia?
"La Orden de caballería que hemos insinuado se formó de haber caído una liga a una dama y haberla cogido el rey, es la de la Jarretera o Jarretiera, nombre derivado del francés y que equivale a liga. Instituyóla Eduardo III, rey de Inglaterra el año 1345, bajo la advocación de San Jorge, patrón de aquel reino...(...)
"Sainte-Pelaye, nuestro padre Flores y muchos otros autores dicen que la ocasión de su institución provino de que en un gran baile, en que danzaban la condesa Alicia de Salisbury, a la cual el rey amaba en estremo, se la cayó una liga azul, que Eduardo levantó prontamente, y para manifestar la pureza de sus intenciones en aquella acción, que los cortesanos interpretaron a su modo, fundó la Orden de la Jarretera, dándola por divisa la misma liga, y por lema la espresión que en el idioma de aquel tiempo soltó enseguida de haberla cogido: Honni soit qui mal y pense. «Es un hombre sin honor, un mal caballero, el que piense mal de esta acción».
"Este hecho, sin embargo de ser generalmente creído, no se halla referido por ninguno de los escritores contemporáneos: así es que algunos autores cuentan su institución de otro modo".
Naturalmente el doctor Bastús nos contará ese otro modo, y aun cuatro más, a cada cual más fascinante, pues no parece de los que gusten de dejar las cosas a medio contar, como tampoco nosotros nos conformamos con el medio saber. Aunque me temo, amig*, que por hoy tú habrás de quedarte a dos velas, las mismas que apago ahora, soplando en ellas suavemente, antes de decirte: buenas noches.


Trivio y cuadrivio (2)

SI alguna vez alguien tuviera que buscar para este mío algún antecedente, acaso no iría descaminado pensando en los almanaques de Stifter. Se leían estos en voz alta, cada día, a una reunión de gentes, por la noche, junto a la chimenea. Los presentes oían con atención y contento las historias del lector, siempre amenas, aptas para toda clase de públicos y sólo por eso dechados de virtudes narrativas.
No sé si son estos tiempos los más propicios para pensar en ello. Todo va muy deprisa, hay demasiadas distracciones a nuestro alrededor y ha dejado de haber fuego en las casas. A menudo es difícil distinguir el día de la noche, la soledad y la muchedumbre, el silencio de los ruidos, el niño del anciano.
A menudo me digo: aquí estás contando historias para nadie, como quien echa de vez en cuando un leño para no dejar apagarse el fuego. Alrededor un puñado de soldados taciturnos, después de la derrota, pensando en su Emperador, que alguien asegura haber visto muerto por una bala de cañón, bajo su caballo.
Si por mí fuese, publicaría cada día una de las entradas de este trivio y cuadrivio, cerca de mil doscientas, me daría para unos tres o cuatro años, pero... ¿será que sólo me llaman la atención a mí? ¿Han perdido su capacidad de encantamiento para todo el mundo?
Apenas abro el libro al azar, me encuentro con esta entrada. Todas vienen tituladas con una pregunta, en negrita y con sólo un signo de interrogación.: "Qué decía Carlos V acerca de la excelencia de las lenguas? Atribúyese a Carlos V haber dicho que: A Dios debe hablársele en español; en francés al amigo; en italiano a su dama; en alemán a los caballos, y en inglés a los pájaros". Es ya imposible apartar la vista del libro, se han avivado las llamas y crepita el fuego y las centellas forman su pirotecnia...
"Con esto al parecer quería demostrar el carácter particular de cada lengua, entre las cuales la española se distingue por su nobleza, la francesa por su claridad, la italiana por su dulzura, la alemana por su aspereza y la inglesa por el silbido de su pronunciación.
"Cuéntase también que un caballero castellano, anterior o posterior a Carlos V, siguiendo la misma idea sostenía, que en el Paraíso terrenal Dios habló en español, el hombre en francés, la mujer en italiano y la serpiente en inglés.
"Un proverbio, seguramente anterior a las espresadas locuciones, de procedencia oriental, como espresa Quitart, dice:«La lengua árabe es propia para adular a los hombres, el idioma persa para persuadirles, y la lengua turca para reprenderles.»
"La glosa añade que en el Paraíso la serpiente tentadora sedujo a la mujer hablándole en árabe; que Adán y Eva hacían sus declaraciones amorosas en lengua persa, y que el Ángel al echarles del Edén les habló en turco.
"En árabe fue como Mahoma escribió el Alcorán, pero en persa, ha dicho el Profeta del islamismo, se hablará en el Paraíso, por ser esta lengua dulce y elegante.
"También decía Carlos V: Tantas lenguas como se hablan, otras tantas veces es uno hombre; o de otra manera: Uno es tantas veces hombre, como lenguas sabe".
Decíamos ayer: esto es Cunqueiro. Y no, esto es también Cervantes.
Basta por hoy, amig*s, vamos a dormir, que madrugamos. Sí, amanecerá Dios y medraremos.

Las Viñas, 14 de noviembre de 2013. Luna llena.


21 de noviembre de 2013

El trivio y el cuadrivio (1)

UNO de los personajes más divertidos del Quijote es "el primo" de Basilio, al que este pidió que acompañase a don Quijote y su escudero a la cueva de Montesinos. Ya desde el prólogo venía mostrando Cervantes su pitorreo con la erudición, que eleva a punto de nieve la aparición del primo, a quien así se le llama todo el tiempo, de forma poco erudita. Era ese primo, según confesión propia, un humanista que da a componer a la estampa libros "todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la república; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta setecientas y tres libreas" (...) "Otro libro tengo también, a quien tengo de llamar Metamorfóseos, o Ovidio español, de invención nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio en lo burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quien el caño de Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la del Caño Dorado y de la Priora (...) Otro libro tengo que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invención de las cosas (...) y las cosas que se dejó decir Polidoro de gran sustancia las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico..."
Yo creo que si este Trivio y cuadrivio no son el Metamorfóseos le anda muy cerca, pues no se dejan de dar cuenta en él de algunos saberes tan escondidos y prodigiosos que habrían hecho la delicia de alguien como Cunqueiro, si acaso este no lo conocía al dedillo, como creo yo. Mañana se verá.







20 de noviembre de 2013

Roldán

VIMOS a Roldán durante unos años casi a diario. Fue así como llamó a uno de sus perros nuestro vecino, cuando puso de moda ese nombre aquella trama increíble de corrupción y desgobierno que culminó con la detención de Luis Roldán, el director de la Guardia Civil más famoso de su historia. Le echaron el guante, vendido por un espía que al parecer se quedó todo su dinero, una fabulosa cantidad de millones, en uno de esos países exóticos del que sólo conocemos su existencia por el cine. Cuando habla de ese dinero y del espía parece que dice la verdad, pero pocos le creen. La vida de ese hombre daría igualmente para una novela. ¿Buena, mala? Dependería mucho del novelista. Veinte años después de todo aquello y de los quince que ha pasado en la cárcel, Juan José Millás lo entrevistó para El País. Es, se nos dice, un hombre acabado y roto: "Estoy agotando las últimas vendimias de la vida" (dice él, o lo que JJMillás haya puesto de su cosecha), "espero el final con serenidad".
Lo que fue el viejo Roldán interesaba poco (aún recuerda uno las fotos de alguna de sus orgías, que cortaban el aliento por lo que había en ellas de casposo y plebeyo). Lo que sea el nuevo Roldán intriga. A la pregunta de qué leía en la cárcel, responde: "Leí a Nietzsche, a Kafka, a Hannah Arendt, todo el teatro de Sartre, Derrida, Jean Améry... Leí también todo lo que conseguí sobre personas que habían sufrido largos procesos de privación de libertad, no sé, Eugenia Ginzburg, Mandelstam, Larrina-Bujarina, Margaret Bauer Newman. Descubrí a Walter Benjamin. Y leía mucho la Biblia, los salmos, sobre todo". 
Mintió a menudo, cuando estuvo privado de libertad y antes. ¿Y ahora? Más que reconocer sus errores parece perplejo, no acaba de explicarse cómo los cometió, como llegó a degradarse tanto. Sigue leyendo la Biblia, parece, pero no dice nada del resto de aquellas lecturas. Quizá ya no le sirven. O sí. La novela, la que habla de la verdad de las personas, empieza cuando el periodismo cierra la puerta tras de sí.





19 de noviembre de 2013

Tiburcio y Cogollo

NOS enteramos por el Diario de León que acaban de reeditarse las cinco entregas de Las aventuras de Tiburcio y Cogollo. Nos alegra que hayan visto la luz. Son a Hergé lo que la zampoña al violín, algo ásperos, quizá, pero música igualmente, sentimental y pegadiza. Ernesto Escapa, que trató a su autor, César Trapiello, traza de él un retrato cordial, que sin duda merece. Era un personaje del que se podría escribir una novela a lo Palacio Valdés, a lo Pereda. En esos tebeos aprendimos a leer mis hermanos y yo, lo mismo que en los libros que trajo consigo, propios y de un tío suyo poeta modernista, cuando, a la muerte de la abuela, con la que vivía en el viejo hospicio de León, se vino a vivir a nuestra casa. Lo ha contado uno en otras partes, como recuerda Escapa. Me fascinó entonces esa pareja tartarinesca, y me fascina hoy, y puedo asegurar que en los estrechos límites de sus viñetas podría meter todo el mar de Cartago con una concha, tan sin orillas es la memoria de aquellos años de la infancia.


César Trapiello, Aventuras de Tiburcio y Cogollo, León h.1950





18 de noviembre de 2013

Almorranas

ALGUNOS comentarios anónimos online vendrían a ser (y me excuso por una comparación tan ordinaria) las almorranas de internet, algo que todos hemos de sufrir en silencio. Así había sido al menos hasta ahora, hasta que  el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dicho basta, mostrándonos su emoliente. El TE ha puesto coto a los comentarios ofensivos en la Red en una sentencia que establece que “los medios online son responsables de los insultos, injurias o expresiones vejatorias de sus lectores”.

Hace tiempo sufrió uno la persecución en internet de uno de esos anónimos. Me distinguió, y de paso a mi familia, con sus insultos, injurias y calumnias día y noche, durante no sé ya cuántos años, seis, siete, ocho. A los dos o tres meses perdimos la cuenta, y nos desentendimos de ese agitado, quien, acaso por no haberle respondido jamás,  se enardeció lo indecible y fue subiendo el tono y la enormidad de los insultos y amenazas. No obstante, viendo que no conseguía nada, se fue olvidando de nosotros y aunque de vez en cuando le ataca el mal o se olvida de la medicación, ha acabado enmudeciendo, bien por haberse ahogado en sus propios orines, bien por tener que ganarse la vida tocando la gaita de pueblo en pueblo.

La impunidad en la que podían actuar él y otros como él, encebollados cada uno con sus propias “bestias negras”, los envalentonaba. Unas veces insultaban solos y otras salían juntos a insultar por los mismos cazaderos, porque siendo humanos, también se cansaban, así que se turnaban y se decían: hoy le echas tú un poco de porquería al mío y yo le echo un poco de porquería al tuyo, o lo hacían en orfeón como las ranas, y así se les iba pasando la vida. 

Precisamente porque no pensaba replicar a nadie con un pasamontañas (hasta ahí podíamos llegar), recuerdo que telefoneé al autor del blog, a quien conocía. Le pedí que suprimiera de él aquellos comentarios en verdad injuriosos y ofensivos, y me dijo que no, que su blog era como una sábana en la que la gente colgaba sus cosas y que la libertad blablablá. Pero sucedió que los anónimos, por aburrimiento o por naturaleza, empezaron a morder la mano que les daba de comer (o sea, que los publicaba a diario), y su fe en las sábanas blancas empezó a flaquear justo entonces, hasta suprimir los comentarios de los anónimos. Estos, supongo, se buscarían otras charcas, donde ensayarán sus destempladas arias y hoy el TEDH ha venido con una sentencia desinfectante a poner un poco de orden en ese caótico Far West que puede ser internet. De entrada muchos periódicos han suprimido de sus ediciones digitales los comentarios, ante la imposibilidad de supervisarlos todos. Pero lo más importante, precisamente, ha sido lo que hemos de leer entrelíneas, que honra la tierra ilustrada donde se firmaron hace dos siglos los derechos humanos: la mayor conquista del ser humano es su derecho a ser persona, a ser ciudadan*, a tener nombre y poder sostener con él sus opiniones libremente, y más si estas son nobles, frente a aquellos anónimos que las atacaban de forma miserable  sólo porque podían hacerlo impunemente. (Y no confundir, claro, con aquellos otros anónimos que quieren serlo por nobleza).
       [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 16 de noviembre de 2013]

17 de noviembre de 2013

Propaganda, que algo queda

EN los primeros números de la mítica Hora de España, apenas iniciada la guerra civil, un jovencísimo Ramón Gaya mantiene una enconada polémica con José Renau, un cartelista ya célebre entonces pero sobre todo hombre poderoso y estalinista temible. El objeto de la polémica: los carteles y su función propagandista en la guerra. La observación de Gaya es tan irreprochable (los carteles nazis se están pareciendo a la propaganda soviética y de la República española como dos gotas de agua), que unos meses más tarde el colaborador más insigne de la revista, Antonio Machado, se hace eco de la misma idea de Gaya en uno de sus “mairenas”: la retórica de la propaganda, la retórica de la guerra, pueden acabar haciendo de los dos contendientes la misma cosa, lo cual sería grave. Si Michel Lefebvre-Peña hubiese incluido en su espectacular libro propaganda de los dos bandos (de uno de ellos hay sólo algunas pequeñas muestras), se habría podido ver eso mismo que también quedó patente en su día en los hasta hoy canónicos y monumentales tomos de los hermanos Carulla: en la propaganda, como en la guerra, vale todo y nada se aviene mejor con la estética que un poco de política, y con la política otro poco de estética. Si se hace así, ya tenemos uno frente a otro a los dos grandes totalitarismos del siglo XX, o por decirlo con énfasis épico: nazismo y comunismo disputándose el FF (final feliz). 
Lefebvre-Peña, francés, hijo de un soldado republicano español que fue dirigente comunista en el exilio, ha renunciado a darnos un libro de “los dos bandos”, centrándose en “el suyo”, y lo hace sin engaño (“Mi guerra de España” titula su efusivo prólogo): Guerra gráfica (Lunwerg, 2013) Y esa España la conoce con minucia aportando documentos únicos y desconocidos incluso para los especialistas: carteles, fotos, folletos, revistas, periódicos cosechados en archivos privados y públicos de medio mundo… Hemos de decir también que estamos ante un libro especialmente bien editado. ¿Libro para ver, para leer? Prima en él, claro, la profusión de ilustraciones, pero haría mal quien no se perdiera por el vericueto de notas y pies que acompañan tantas imágenes. ¿Y qué prueban estas? Que únicamente con propaganda no se ganan las guerras. Se quejaba Dionisio Ridruejo, jefe de la propaganda de “la otra parte”, de no haber tenido los medios con los que habían contado sus enemigos. Era, digamos, una queja retórica y un brindis al sol, porque lo dijo cuando ya habían ganado la guerra. Este libro nos muestra alguno de los hitos propagandísticos republicanos, caudillados por artistas como Picasso o Miró y fotógrafos como Gerda Taro, Chim, Capa, Reuter y tantos más, y aunque escamotee otros (la espeluznante foto del saqueo y profanación de momias en la iglesia del Carmen en Madrid, que dio la vuelta al mundo precisamente porque se circuló como propaganda: propaganda anarquista primero, y propaganda antirrepublicana después, la misma foto), el conjunto vuelve a despertar en nosotros antiguos discernimientos. Pues a estas alturas ya nadie puede dudar de que la guerra militar la ganaron los rebeldes desde el primer día, y la guerra de la propaganda, también desde el primer día y en todo el mundo, los republicanos. Los franquistas dejaron de ganar la suya en 1975 (más o menos), pero la propaganda de la República sigue ganando la suya aun hoy, en la medida que nos lanza preguntas de no fácil respuesta. Desde luego de respuesta no tan simple ni esquemática como quería José Renau y como vemos en tantos de los documentos reproducidos en este libro.
    [Publicado en El País (Babelia) el 16 de noviembre de 2013]

Asalto a la Iglesia del Carmen, Madrid, 1937

15 de noviembre de 2013

La emperatriz de Ruritania

SE retrató y se hizo retratar este Angus MacBean cientos de veces. La fotografía anónima de la Biblioteca de la Universidad de Oviedo que se publicó ayer le apareció a uno el mismo día que esta otra de McBean, aunque no en el mismo sitio, cierto. Y aunque esta segunda llevara en el dorso el sello del fotógrafo surrealista festivo, para mí, no sabiendo entonces de quién se trataba, era tan anónima como la otra. Y no sabía uno quién era el fotógrafo, pero tampoco la retratada. Fiado de la anotación manuscrita que figura junto al sello del fotógrafo, nada hacía pensar otra cosa: "Emperatriz". 
¿Y cómo no rescatar de los baños del Rastro a una dama tan principal, cómo no levantarla de ese infortunio? Porque su sola imagen, verdaderamente regia, venía a recordarnos a todos, como en El gran teatro del mundo de Calderón, lo pasajero de la vida y cómo las galas, cualesquiera que hayan sido, hemos de dejarlas en un cesto al acabar la función. 
Así que se vino uno a casa con esa fotografía como quien ha encontrado una pequeña vanitas para poner encima de su mesa, en su retiro, al lado de una calavera y una rosa.
Pero la curiosidad humana no tiene límites, y quiso uno saber de quién se podría tratar, y para ello nadie mejor que nuestro admirado amigo Ricardo Martí-Fluxá, ojo de halcón de los linajes. Lleva él el Gotha en su cabeza como Balzac La comedia humana, pero también es diplomático de carrera, y su sms no pudo decir más en menos, quiero decir con sesgo, tal como hizo siempre aquel balzacquiano que fue Proust: "¿Emperatriz de Ruritania? No conozco a la señora. En todo caso tiene una gran pinta". Minutos después Google nos aclararía algo quién había sido este McBean, fotógrafo eminente de teatro, con su pequeña moraleja de almanaque: emperatriz, actriz ("emperactriz",dijo Gabriel García Santos) pasados cien años, ¿dónde está la diferencia?


Biblioteca con fantasma

AL comprar esa foto este domingo en el Rastro, positivada como era costumbre en los años veinte en un papel fotográfico cuyo reverso servía de carte postale, no podía uno imaginar en qué parte del mundo se encontraría esa biblioteca ni si aún existiría. 
En el extranjero, sin duda. Siempre que se tropieza uno con alguna serenidad neoclásica y un ambiente de estudio y de silencio, piensa en lejanías, piensa en nosotros el lejos que todos llevamos dentro. Sólo una paciente indagación con lupa, en el rosetón del plinto, nos llevó a leer: "Donativo del Dr. Roel". No resultó fácil, porque esa parte de la fotografía parece envuelta en una nube. El resto fue trabajo de Google, y el Dr. Roel nos llevó a la biblioteca de la Universidad de Oviedo. ¿Y la figura del fondo? En realidad fue esa figura un tanto hierática la que le llamó a uno la atención desde el primer momento, tan pessoana, tan fantasmal. Sabemos que cada castillo tiene su fantasma, pero con mucha más razón lo tienen, y más de uno, las bibliotecas. ¿Quién sería el de esta?
Sólo ahora, que sabemos que se trata de la biblioteca de la Universidad de Oviedo, podemos asegurarlo con pocas probabilidades de error: José Luis García Martín. Y no solo por ser él un pessoano acreditado. Es el único poeta que sale no sólo en todas las fotografías que se hacen en Oviedo y aun en el mundo o que le hacen otros a él, lo cual, si se es trasgo, no es cosa fácil, sino que aparece incluso en las que él mismo hace no importa a quién, no importa a qué, no importa dónde: asoma en todas ellas, al fondo o en primer plano, tranquilo y más o menos feliz, tal y como vemos cada semana los que seguimos sus diferentes páginas de internet. Ni Angus McBean, de quien se hablará aquí mañana, llegó a tanto.
Confío en que nada de esto le moleste. No querría, porque a pesar de que me he pasado la vida porfiando con él, aunque no tanto como él hubiese querido, lo aprecio de veras. Hubo unos años en que GM se peleaba con todos sus viejos amigos, tenía él esa fantasía, e iba mostrando por todas partes la empuñadura de su Colt 45 con las muescas de las bajas. La única muesca que le faltó, decía también por ahí, acaso con vaga nostalgia, fue la mía, y no querría uno que ahora, precisamente ahora que le ha dado por reconciliarse con todo el mundo (en alguna de esas reconciliaciones ha tenido que ver uno, en otras no), vaciara el cargador sólo para decir: "Yo fui el hombre que mató a Liberty Valance".
A menudo nos repite GM en sus diarios que es una persona tan suspicaz como vanidosa, fiado, supongo, en que esa confesión le pondrá a salvo o le traerá la benevolencia del lector. Es posible. Vuelve a ser una cosa y la otra en el último tomo de ellos, esta Línea roja (Impronta, Oviedo, 2103) que acaba de publicarse y que leemos como de nuevas, porque a nuevo nos sabe todo él, aunque lo hubiéramos leído en sus entregas dominicales en los años 2009 y 2010 como un verdadero almanaque, el primero en revitalizar el género. Hay en sus páginas, como en las de los anteriores, muestras de su humor voltario: no sólo vanidoso o suspicaz, como presume. Es generoso, uno de los críticos más generosos, pero puede ser también uno de los más cicateros y casuísticos (se diría que mide en millas o en pulgadas y aun en micras, sin término medio, tan coralino es) y jamás se le ha visto vacilar, que lo mismo te elogia sin reparo que te sacude un sartenazo de esos de no te menees que sólo se ven ya en los dibujos animados, de los que dejan a la víctima con la cabeza oscilando de uno a otro lado a la mayor velocidad. Leerlo a veces es como darle un bocado a un limón. Quien lo probó, lo sabe. Hay que echarse a temblar cuando alguien repite, como él, su frase favorita: "Soy amigo de Platón, pero más de la verdad". Y si entre sus virtudes no se encuentra la de dar su brazo a torcer jamás ni reconocer un error o una inexactitud si eso no le decora, lo compensa todo con su pasión por la vida, los libros, los viajes y la infinita curiosidad con la que ve el mundo, y lo cuenta, lo discute, lo celebra y lo comparte desde hace años en estas entregas de las que ha expurgado buena parte de su intimidad (la personal o familiar sin excepción), aunque no siempre la de los otros, si la conoce y le cuadra. JLGM, temperamental e irreductible, es mucho JLGM. Y aunque algunos amigos comunes me aseguran que se ha enternecido con los años, uno lo prefiere cercano, aunque más leído o entrevisto que visto, hablado o telefónico.
Lo acredita esa fotografía comprada este domingo en el Rastro, cuando ni siquiera sabíamos en qué parte del mundo pudiera haber sido hecha: que su amor por lo posible le hace incluso estar en el pasado, como en esta foto, cuando ni siquiera él mismo sospechaba que existiría. 


14 de noviembre de 2013

Aquellos polbos (una atribución)

HACE ya años (Las armas y las letras, 1994) puso uno en relación los tristemente famosos  "paseos" que se popularizaron en los primeros meses de la guerra civil en la zona republicana con la sección "A paseo", que se publicaba en la revista El mono azul, dirigida al alimón y sub rosa por Alberti y Bergamín. Algo tan obvio tardó en decirse cincuenta años, y eso que ya existía entonces facsímil de la revista. Esa es parte también de nuestra historia y de la historia de la memoria histórica. La publicación de El mono azul se solapó como quien dice con Cruz y raya, que dejó de aparecer justo entonces, cuando estalló la guerra, por razones obvias: no sólo estaba financiada por conocidos miembros de la carcundia católica, como Ruiz Senén y congregaciones como la de los marianistas, sino que contaba entre sus colaboradores con algunos de los más conspicuos intelectuales del fascio español (Rosales, Luys Santa Marina, Vivanco, Valdecasas).
Leyendo estos días la Enciclopedia Cervantina me tropiezo con la entrada "calles acostumbradas", aquellas por las que se paseaban a los sambenitados de la Inquisición y reconciliados, es decir, las más concurridas y por las que tenía la gente costumbre de pasar. "Expresiones análogas son", se dice en la Enciclopedia, "'pasear las calles' o 'pasear las acostumbradas' (...) 'mandar pasear' o simplemente 'paseo'". 
El "paseo" de 1936 arraigó muy pronto como expresión popular porque nunca había estado ésta desarragiada del todo de la memoria española, pero tampoco ofrece para mí la menor duda que quien volvió a circular esa palabra sólo pudo ser alguien que conocía la expresión por su trato con las cosas de Iglesia y los textos clásicos: José Bergamín, de cuya mano salieron no pocos de aquellos tristes "A paseo" de El Mono Azul (llevan su sello inconfundible), instigadores de los otros, los de verdad. Ni que decir tiene que el gran Bergamín, y está dicho este "gran" sin la menor reserva poética, jamás pidió perdón a las víctimas, cosa digna de la mayor reserva ética. Y Bergamín, que había servido al Santo Oficio en su doble vertiente (Vaticano y Pce), murió, como es sabido, siendo secuaz de Eta, Santo Oficio de nuestro tiempo, que le despidió con honores militares. Y viene esto último a cuento de un brillantísimo análisis de Santiago González sobre víctimas y verdugos y el nexo que une la justicia que reclaman unos y la paz que buscan los otros: la memoria. Nadie mejor que González nos lo recuerda. De obligada lectura.


Goya, Aquellos polbos. Aguafuerte de Los caprichos.


13 de noviembre de 2013

Las mismas letras sirven para muchos nombres, y yo me llamo Andrés Trapiello, como todo el mundo

SIEMPRE encontró uno un poco tonto el gemidico de Baroja, cuando llegó este a un hotel de Córdoba. Al decir su nombre en la recepción, no sabían cómo se escribía. Se lamentaba de esa incuria española: "Escribe cincuenta libros para esto".
Entiendo que si se es Baroja, le siente a uno mal que no sepan cómo te escribes, pero esa es una senda que no tiene fin. Hace un rato tuvo uno que llamar a una conocida editorial de Barcelona (podría haber sido de Madrid, incluso de León). Al fin y al cabo una editorial, incluso una grande, tiene más que ver con la literatura que un pequeño hotel cordobés. Y el diálogo, literal, fue como sigue:
–¿De parte de quién?
–Andrés Trapiello.
–Andrés qué.
–Trapiello.
–De acuerdo, señor Drapello. ¿De qué empresa es?
–Me hace usted dudar... Trapiello más o menos.
–No importa. Le paso con su secretaria, señor Drapello.
A mí, al contrario que a Baroja, me ha hecho ilusión todo esto. Hace un rato no sabía qué traer hoy a este almanaque. Larra decía que escribir en España es llorar, y no es verdad. Yo lo prefiero así. Al menos hoy. Estuve un rato riéndome yo solo de muy buena gana con lo de la empresa.


El Rastro, 23 de septiembre de 2013

12 de noviembre de 2013

Pruebas de imprenta

HIZO ayer tres años que nos convocó Gabriel Sánchez Espinosa a una serie de amigos a ciertas jornadas tipográficas en su universidad de Belfast.  Allí se leyeron las ponencias que se publican en este libro (Pruebas de imprenta, Iberoamericana-Vervuert, 2013), entre ellas la de Nigel Dennis, a quien le está dedicado. Qué lejos estaba el amigo Nigel y estábamos todos de imaginar lo injusta que puede ser la vida con los mejores. Fueron días felices, de los que da cuenta este escrito que iba para prólogo y se quedó en el camino, como esos que yendo de romería se echan en un prado, mordisqueando el tallo de una flor. 
Faltan del tomo, por inconvicción académica acaso tanto como por andar azacaneados en esto y lo de más allá, lo que deberíamos haber escrito Juan Manuel Bonet y yo mismo (JM sobre las tipografías de vanguardia y yo sobre el JRJ tipógrafo), pero lo compensan con creces los trabajos de Elvira Villena (sobre tres tipógrafos del XVIII), el del propio Nigel (sobre Bergamín y sus ediciones del Árbol), el de Julio Neila (y los altolaguirres) o el del propio Gabriel (sobre la editorial Trieste, primero que se haya escrito sobre ese asunto, y que aquí se publicará en breve, por entregas). 
* * *
LOS TRASPAPELADOS DE BELFAST
O LOS DUEÑOS DEL ÁTOMO
(Prólogo desenfadado para las actas de un congreso serio)
  
Hace dos años nos reunimos en Belfast unos cuantos amigos y no amigos, y digo esto último no porque fuésemos enemigos sino porque algunos de nosotros no nos conocimos sino en ese momento. Son, somos, los que comparecemos en este libro.
Nos reunía el propósito de presentar nuestros trabajos sobre diversas y a veces raras imprenterías. Las reuniones, a puertas abiertas, resultaron a la postre a puerta cerrada, teniendo en cuenta que nadie nos encontró ni encontró nuestros trabajos lo bastante interesantes como para asomarse y ver el aspecto que tenían unas gentes que habían recorrido miles de kilómetros para hablar de unos asuntos sobre los que los mortales no suelen mostrar la menor curiosidad, si acaso saben que existen.
De modo que allí nos tenéis, mañana y tarde, leyéndonos nuestras cuartillas y debatiéndolas como un sínodo de sabios locos convencidos de que el mundo sería mejor si fuésemos capaces de componerlo en una letra u otra.
Ahora mismo, mientras escribo este prólogo, puede verse en Madrid una gran exposición sobre las tipografías de vanguardia. A propósito de ella ha escrito uno algo que creo viene a cuento.
Los ordenadores han hecho que todos y cada uno de nosotros seamos tipógrafos. Incluso aquellos que ni muestran curiosidad ni conocen la existencia de estas cosas, lo son. Es decir, hoy día cualquiera, usted mismo, puede lograr que las palabras digan una cosa u otra. Basta elegir un tipo de letra. Este ejemplo servirá: la palabra España no dice lo mismo en letra gótica que en una helvética. Haga la prueba. Si usted la lee en letra gótica está legitimado para sospechar que se ha deslizado en ella una idea rancia de España (y si la palabra elegida es Reich no digamos, el sentido se dispara exponecialmente y no precisamente en la mejor dirección), por lo mismo que el logotipo de Eta lleva una tipografía nacionalista cuyas letras (talladas con el hacha que aparece en él y naturalmente en mayúsculas, ya que carecen de minúsculas, debieron concebirla en Bilbao) parecen llevar txapela. Lo decía JRJ, y lo ha repetido uno hasta la saciedad: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. Por tanto, cuando se habla de tipografía lo hacemos de algo decisivo. Lo fue en el siglo XVI, en el XVIII y, desde luego, en el siglo XX, principalmente en su primer tercio, el de la propaganda política y el de los totalitarismos, unidos estos por el istmo de la tipografía.
De esto, como del aforismo de JRJ, ya nadie tiene hoy la menor duda. De ahí que a todo lo relacionado con la tipografía le concediéramos tanta importancia los traspapelados de Belfast.
Cada uno de nosotros pusimos allí, a la vista de nuestros colegas, nuestros descubrimientos, nuestras dudas, nuestras hipótesis. También podría habérsenos dado el nombre con el que Gómez de la Serna tituló una de sus novelas: los dueños del átomo.
Porque cada una de las letras en las que van compuestas las creaciones es como un átomo, y del tipógrafo y del impresor, tanto como del escritor, poeta, novelista o ensayista, es responsabilidad de organizar armoniosamente esos átomos, para evitar que la colisión de unos con otros acaben rompiendo sus núcleos, haciendo saltar el sentido por los aires. ¿Qué leeríamos entonces, en las virutas?
Conforme a la idea de verdad que todos tenemos de nuestras obras, se organizan nuestros impresos, que buscan una manera hermosa y limpia de darse a conocer. Claro que meternos en las profundidades de la verdad y la belleza nos llevaría lejos y acaso nos desconcertaría, pues tendríamos que admitir al fin y a la postre que la mayor parte de los libros que cambiaron nuestra vida, allá en la juventud, los leímos en ediciones baratas y feas, como baratas y feas son muchas de las primeras ediciones de los mejores libros de nuestra literatura, del Quijote a las Soledades de Antonio Machado, pasando por tantos otros libros.
Pero incluso en estos casos esas ediciones pobres, descuidadas y a menudo llenas de erratas dicen más y mejor de ese libro y del país en el que nació, que otros que llegaron a este mundo envueltos en grandes ropajes y randas, pero sin alma.
¿La tenemos nosotros, la tuvimos mientras duraron aquellas justas eruditas? Oíamos hace unos días a cierto académico, Pedro Álvarez de Miranda, en el curso de la presentación de una antología de poesía ultraísta, hecha por uno de los traspapelados de Belfast, Juan Manuel Bonet, le oímos hacer, decía, un gran elogio de la erudición. Nos recordaba que la erudición había sido una actividad prestigiosa hasta fechas relativamente recientes, pero que fue cayendo en el descrédito, hasta convertir la palabra erudito en sinónimo de árido, inútil y en el fondo irrelevante. Le parecía al académico, siendo como es él mismo un erudito, una cosa injusta que le apesaraba, y nos habló de que había una erudición oportuna y otra inoportuna, una necesaria y otra inútil. Y así lo cree uno también. De la erudición puede decirse lo que del colesterol, que hay una buena y otra mala, y que la mala esclerotiza el saber, pero la buena hace que este fluya de modo orgánico por el cuerpo de la historia y de la ciencia.
Que los que nos reunimos aquel otoño en Belfast éramos eruditos buenos lo prueba para mí un hecho irrefutable. A menudo la aridez de alguno de los trabajos aquí publicados era patente incluso para aquel que estaba exponiéndolo, más aún si la hora coincidía con la que seguía al almuerzo. Otra de las generalizaciones malintencionadas que se han hecho circular de los eruditos es la de creerlos gentes horchatazadas o aplatanadas, de espíritu expandido y sin brío, como nalgas aculatadas por miles de hora de estudio y de investigaciones en asientos no siempre cómodos. Nada menos exacto. Si alguien hay verdaderamente heroico ese es un erudito, capaz de resistir en la terrible hora de la siesta la comunicación de algún colega, incluso la suya propia, como podemos dar fiel testimonio ahora todos los presentes en el congreso de Belfast, recordando al excelente amigo y mejor investigador que no pudo evitar dar una cabezada, mientras leía su propio trabajo, víctima del imprudente vaso de vino irlandés que se había bebido en el almuerzo. Él sabe quién es y lo sabemos nosotros, que allí mismo, como caballeros de la Tabla Redonda, juramos por nuestro honor y el de los decanos respectivos (el que los tuviera) no revelar jamás su nombre. Leído ese trabajo en hora distinta, hemos de confesar que es uno de los más interesantes, divertidos y apasionantes de los aquí publicados. Y así hemos llegado al momento de revelar el gen distintivo que nos confirma como eruditos buenos, frente a tantos eruditos malos como circulan por las universidades: llegados a un punto ni uno solo de nosotros dejó de reconocer el pequeño asomo de chifladura que nos había llevado a consagrar nuestra vida a esas pequeñas grandes minucias de la tipografía, que actúan en la masa intelectual del mundo secretamente, en silencio, como la levadura. Pues ninguno de nosotros puede dudar que sin esa levadura el mundo sería mucho peor y los libros serían inexpugnables. Digámoslo ya: en cierto modo los traspapelados de Belfast somos aquellos que estudiamos a cuantos fueron de uno u otro modo los jardineros de las imprentas, los que organizaron los libros viales, setos, arriates, quienes descubren en los impresos la música callada de la imprenta.
Prometí al director del congreso, el profesor Gabriel Sánchez Espinosa, cuando me solicitó este prólogo, referirme a mi propia experiencia como tipógrafo y editor de algunos textos de poesía y literatura contemporánea, así como referirme a quienes antes que nosotros pusieron el listón de la edición tan alto como inalcanzable, especialmente nuestro siempre admirable JRJ. Se lo prometí, pero no quiero cansar a nadie. He confesado antes con la mayor humildad que aun sin ser erudito, no tengo el menor reparo en considerarme un no-erudito bueno, frente a los millones de no-eruditos malos que sufrimos cada día.
Sí diré, antes de irme con el átomo a otra parte, que todo lo que he impreso me gustaría que pasara desapercibido si no contribuye de manera especial a resaltar las virtudes de lo escrito. Quiero decir que la mejor tipografía es la que no se nota, como el traje más elegante es el que no se ve, o se ve sólo después de que advirtamos la excelencia de la persona o del escrito. De eso tratamos en Belfast unos traspapelados que no dudaríamos en manifestar nuestro entusiasmo por los clásicos de traje gris, admiradores a un tiempo de lo clásico y del gris. Que las jornadas de Belfast fueran de puertas abiertas y que no fueran estas franqueadas, no nos importó en absoluto: dejaron hacer a la levadura su trabajo. Aquí os presento los panes recién hechos, sabrosos, crujientes, necesarios.
Nada más. Dichas estas cosas, este átomo, servidor de ustedes, no se desintegra, ni mucho menos, pero se va con la música callada a otra parte.

Belfast, muelle de donde salió el Titanic. 11 de noviembre de 2010





11 de noviembre de 2013

El protocolo

Nota: Le comentan a uno que la circulación de este artículo ha armado cierto revuelo en las famosas redes. Un artículo escrito con una sonrisa con el propósito de que se lea con otra. Alguien llega a afirmar, sin embargo, que es un insulto a las miles de personas que se dedican al protocolo. ¿Miles? Supongo que sólo será una hipérbole, porque de ser cierto eso sería preocupante en un país que ha empezado los recortes por la sanidad y la educación. También es posible que alguien haya querido ver aquí un ataque intolerable desde el punto de vista protocolario a las autoridades catalanas que han hecho valer el protocolo para ciertas actuaciones políticas. Se afirma aquí: se puede llevar una corbata fea, pero sabiéndolo. Y los que trabajan con el protocolo saben que arbitran arbitrariedades, vanidades, jerarquías que no proceden del derecho natural, como acaso piensen o desearían algunos, sino de convenciones de limitada circulación y circunscripción acotada que dicta siempre el más fuerte o el que ejerce el poder, quien no dudará en cambiar el protocolo sin el menor rebozo, si le perjudica. 
* * *
El protocolo está para saltárselo, de lo contrario no es más que un montón de normas acartonadas y polvorientas que con el tiempo causan tanta risa como asombro. En el protocolo sólo creen los que no tienen en la vida más que el derecho al protocolo. La gente con sentido común no se rige por el protocolo precisamente porque el protocolo está pensado para aquellas ocasiones en las que el sentido común brilla por su ausencia. No creo que a nadie se le ocurriese comparar al protocolo con la buena educación, porque por lo general cuando ha de echarse mano del protocolo, hay alguien que está siendo maleducado.  Exigen el cumplimiento del protocolo los que ya no creen en nada y menos aún en el protocolo. ¿Y cuántas veces el protocolo no es sino el arbitraje de vanidades enfrentadas? Si alguien piensa que el protocolo es universal es idiota: el protocolo del ártico exigía, si yo no estoy mal informado, que el forastero que se deslizaba en un iglú , incluso inadvertidamente, debía acostarse con la señora esquimala para no afrentar al marido esquimal, y en Inglaterra al que mojaba un bollo en el té se lo llevaban a la Torre de Londres. De ahí que el “¡A mojar!” “ de Alfonso XIII exhortando a sus secuaces a mojar las pastas en un tea palace (hay versión con churro en una chocolatada) alcanzase una merecida fama tanto por la vindicación del moje español como por saltarse a la torera los protocolos.

Casi todas las disputas protocolarias se producen por chorradas y entre gentes que están deseando no sólo que se resuelvan los famosos problemas de protocolo, sino que se agraven, para cargarse de razón. Hace años le tocó a una amiga recibir a la delegación española del Congreso de la Lengua en Cartagena de Indias y Medellín, y bien por su inexperiencia en ese trabajo o porque era una persona normal, estaba escandalizada por el problema que había surgido inesperadamente. El entonces director del Instituto Cervantes se negaba a montar en el coche que habían puesto a su disposición, de una marca y cilindrada al parecer ligeramente inferior al que le habían puesto al director de la Real Academia, cuando, según él, tenía que ser de rango parejo, si acaso no al revés. Lo normal es que ante un problema de tal calado, el protocolo contemplase la posibilidad de mandar a freír puñetas (fusión de hacer puñetas y freír espárragos) a los amantes despepitados del protocolo. Luego supimos que uno y otro venían disputándose a dentelladas ciertas parcelas y solares de su poder, prebendas, honores, la vesania corriente.

El problema nunca es de protocolo. Todo el mundo sabe, incluidos los que dicen que las formas son importantes para las instituciones y bla bla bla, que cuando las cosas van bien y hay un clima de entendimiento y cordialidad, la gente acaba mojando el churro, y no pasa nada. Al contrario, se celebra que alguien exima a los demás de ese corsé, porque se puede llevar una corbata fea, pero sabiéndolo. Lo delirante es cuando alguien ha decidido “creerse” el protocolo, porque entonces habrá poco que hacer, y todo el mundo dejará de mirar la realidad y los verdaderos problemas para enfrascarse en la lectura del reglamento y cortar pelos en tres.
    [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 10 de noviembre de 2013]