9 de septiembre de 2012

No dejaban de pensar en ello

EN este almanaque tiene uno a veces la tentación de hablar de sí mismo más de la cuenta, pensando acaso que no lo oye nadie o que nadie le oye, las dos cosas, como esas gentes que caminan por la ciudad hablando solas (y bienaventuradas ellas, porque "quien habla solo, espera hablar a Dios un día"). Pero al punto decide dejar estos soliloquios para otro lugar, por ejemplo para ese Miseria y compañía que se está amasando ahora en su artesa con el hurmiento de hace ¡ocho años! y en el que la intimidad de nuestra vida trata de elevarse como puede hasta la novela de nuestra intimidad, pan bendito.
Alguien decía en aquel Vidario, y cómo atinó, a mi modo de ver, que en realidad todo lo que ha escrito uno podría formar parte del Salón de pasos perdidos, sus poemas y novelas, sus ensayos y artículos, los prólogos y, claro, añado yo, las hojas sueltas de este almanaque. Y así le gustaría ver también a uno su propia obra y vida, como un arco del que salen otros pequeños arcos tal y como sucede en la arquitectura musulmana o en los relatos orientales. El de Las mil y una noches es un buen ejemplo, pues acabamos olvidando el origen del relato, sin que tengamos prisa tampoco por conocer su final, prendados únicamente de su presente, y eso es también gloria bendita.
Y mi presente fue este verano la lectura del libro de Bernal Díaz del Castillo, en el que me topé con aquel pasaje que dos siglos más tarde rescribió Antonio de Solís en su Historia de la Conquista de México y que sirvió de pórtico a ese libro de poemas, Segunda oscuridad, que ha pasado oscuramente, hélas, por este mundo.
Se refería Solís, tomándolo de Bernal, al momento en el que la noche caía, tras bregadísimas batallas, sobre unos conquistadores extenuados que habían de dormir en una tierra del todo punto extraña para ellos y con las armas puestas y los caballos ensillados. "Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda obscuridad", escribió Solís.
¿Y cómo describió Bernal ese momento en el que al crepúsculo apenas le quedan monedas que apostar sobre el horizonte, y entra la noche embozada bajo su capa? Fue la suya la confesión de un hombre que había probado ya, en cien apretados combates, haber sido "muy varón", y sólo por eso es aún mucho más conmovedora: "Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello". Y pensarlo años después parece llenarle de renovadas ansias de vivir la vida y de gozar sus goces esperando que llegue ese momento en el que habrá de morir de su muerte, el más grande don que pueda serle concedido a nadie.

Sepulcro del caballero Francesco Perdicaro, s. XVI en la iglesia La Magione. Palermo, 10 de abril de 2012





5 comentarios:

  1. Entrada “salonesca” prácticamente gratis. Gracias.

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  2. Todos los blogs, sean o no hemeroflexias, tienen no poco de confesonarios: alguien cuenta y otros escuchan. Quizá en este se perciba cierta distancia, tanto entre el penitente y el casual confesor como entre los oyentes.
    No obstante, el tono educado y correcto que aquí se prodiga significa que este anfitrión marca la pauta adecuadamente. En espacios de otros escritores he encontrado, por el contrario, bastante mezquindad y una enfermiza tendencia al politiqueo barateiro de barra de café provinciano.
    Si me admite la sugerencia, Andrés, le pediría que se acerque un poco más.

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  3. "Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda obscuridad"

    Reveladora metáfora del que muere de su muerte. Tras el crepúsculo de la vejez ha de llegar la segunda oscuridad, no por el miedo, como los soldados, sino acaso como liberación. Hay luces cegadoras y oscuridades luminosas.

    Una de las más bellas, y acaso consoladoras, narraciones de la muerte que he podido encontrar en la literatura se debe a Lampedusa cuando nos relata los últimos días, horas, minutos y segundos de la vida del último de los Salina, el príncipe Fabrizzio.

    Morir de viejo es un don porque del mismo modo que uno siente como la fuerza vital le abandona –un continuo goteo de vida que se nos escapa, transformada en los últimos días en un arrollo cuyo rumor no podemos dejar de oír para ser en las últimas horas un torrente desbordado de vida que se precipita y todo un océano en los últimos minutos, como Lampedusa magistralmente nos dice- también junto a esa vida que nos deja, nos abandona asimismo la voluntad para seguir viviendo. La muerte, entonces, es liberación.

    El príncipe, en la extraña lucidez de su semiinconsciencia, hace balance de sus días. Setenta y tres años de hastío y dolor de los que salva momentos puntuales, y algunos aparentemente insignificantes, en los que fue feliz. Sumándolos todos le dan dos o tres años de vida “verdadera”. Comprende por qué prefería las matemáticas y la observación de las estrellas al trato de los hombres. Sólo fue feliz cuando se pudo liberar de sí mismo.
    La muerte, entonces, se le presenta amable y bella, el remedio definitivo para dejar atrás una conciencia dolorosa.

    Tal comprensión, o si se quiere aceptación, sólo les es posible alcanzarla a la mayoría cuando los años han hecho su labor puliendo, desgastando, sin prisa pero sin pausa, las resistencias de la fuerza formidable de la vida que nos inunda en nuestros primeros años y que gota a gota vamos perdiendo en cada revolución solar. Un don morir de viejo y dejar que la naturaleza nos inunde de sabiduría para estar, por una única y última vez, de acuerdo con ella.

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  4. Durante siglos la gente ha muerte de vieja siendo aun joven , en principio estamos hechos para vivir muchos menos años, de ahí el exceso poblacional .
    Suena la " tormenta solar " , lo mismo nos encontramos con sensaciones desconocidas que nos devuelva al pasado .
    Chao

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  5. Qué buena la pieza del caballero, que ni en el descanso eterno duerme relajado. Aunque en ésta la pose es casi teatral para mostrar su disposición alerta. Respira tranquilidad y también humor el cuerpo reclinado y como absorto en sus ensoñaciones o será la pieza heredera de las figuras etruscas reclinadas que sonríen celebrando la muerte o tratándola como algo natural. La representación en Francia en general de éstas esculturas es mucho más relajada y solemne, descansan realmente, con toda la espalda sobre el lecho aunque siempre llevan a un costado la mano presta empuñando la espada.

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