4 de septiembre de 2012

Retórica y verdad

ES la crónica de Bernal Díaz del Castillo, como es bien sabido, un verdadero vivar de la lengua castellana, pero no sólo. Hay tanta vida en ella, que no resulta extraño hallar en cada página algo que no nos incumba de una u otra forma, empezando por lo que bien pudo ser el lema de su autor, consciente de que su prosa no era tan buena como la de otros cronistas más floridos pero mendaces, y a los que recuerda a cada paso que no estuvieron presentes como él en la conquista ("Y digo otra vez que yo, yo, yo, dígolo tantas veces, que yo soy el más antiguo", irrumpirá al borde de la desesperación): "La mejor retórica es la verdad".
Especialmente emotivo es el capítulo, muy al final, dedicado a todos los hombres que conoció o con quienes tuvo trato de guerras (su particular catálogo de las naves) y de quienes va desgranando su fortuna y sus finales, la mayor parte de ellos a manos de indios, enfermos o heridos en las batallas; pocos, afortunados, los que "murieron de su muerte" y a su hora.
Vengan aquí hoy un par de pinceladas de ese fresco inmenso que compuso casi sin conocer la monumentalidad de su gesta literaria, más colosal aún si cabe que su propia vida.
En ese capítulo nos habla de alguien que merecería figurar en una obrilla de Cervantes: "Se llamaba Francisco Martín Vendaval, y este nombre Vendabal se le puso por ser algo loco". Cuando le tocó el turno a otro, no se privó de cierto humor negro: "Digamos ahora el astrólogo Botello; no le aprovechó nada su astrología, que también murió allí con su caballo". Lo decía porque, a cambio de sacarles unos cuartos, predecía este Botello a todos sus compañeros el porvenir, y pudiendo adivinar el suyo se lo dejó sin adivinar, lo que sin duda le habría librado de morir a manos de los indios, como murió.


El Rastro, 15 de julio de 2012


6 comentarios:

  1. Don Bernal era un artista y por suerte no se dio cuenta; así se ahorró el peligro de artistizarse aunque tampoco lograse algo como el Quijote. Lo que es probable es que pudiese casar mejor a sus hijas que Cervantes, con todo no sentirse bien pagado.

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  2. A lo largo de la Historia parece ser una constante la triste fortuna de los veteranos de guerra. Al volver a su patria tras múltiples penalidades en las que creían estar ganando fama y gloria no les esperan arcos de triunfo ni desfiles triunfales escenificados por Cecil B. DeMille sino la indiferencia, cuando no la hostilidad, de sus compatriotas, ajenos a la dureza de su aventura y despiadadamente críticos con la utilidad y justeza de la misma.
    El ejemplo más famoso, por su difusión en el cine, de este amargo regreso es el de los veteranos del Vietnam. Una sociedad hipócrita, liderada por políticos e intelectuales, que les recrimina sus crímenes y que no obstante saca beneficio de ellos.
    La personalidad de estos hombres que creían estar cumpliendo su deber, sedientos incluso de heroísmo, y que son tratados a la vuelta como criminales y desechos sociales, da mucho juego literario. Pérez-Reverte lo sabe bien.
    Mucho antes del Vietnam y de la atormentada conciencia norteamericana, algo parecido le sucedió a hombres como Bernal Díaz del Castillo. El golpe lo sufrió el español no derrumbándose psicológicamente, ni acudiendo a las drogas, como sucedió con frecuencia con los veteranos del Vietnam. El decidió escribir un libro sobre lo que pasó y nos dejó una maravilla que asombra por su capacidad para conectar con el lector. Parécenos que también nosotros avanzamos, entre el asombro y el miedo, hacia esa fabulosa y mastodóntica metrópoli que era el México de los aztecas.
    El intelectual de la época que más daño les hizo a estos conquistadores fue Bartolomé de las Casas y su denuncia de las matanzas de indios, en su opinión injustificadas. Díaz del Castillo estuvo allí, rodeado por millones de indios guerreros, víctima de emboscadas y complicadas estrategias diplomáticas para sobrevivir. La aristocracia, la que no se manchó de sangre, ni de barro, la que no puso en juego su vida, sacó provecho de esa temeraria aventura a la vez que hipócritamente condenaba moralmente, junto con de las Casas, las matanzas de indios. Díaz del Castillo estuvo allí. Era matar o morir.
    Por favor, que nadie me haga ahora la pregunta estúpida de si estoy a favor de las matanzas de indios. Indicará que o no me he sabido explicar o que no ha entendido nada

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  3. No sé si "bmh" no se habrá sabido explicar, tal como él dice, o más bien ha preferido ignorar lo que no le interesa. Copio aquí un párrafo de la "Brevísima relación de la destrucción de las Indias", donde podrá verse que no se alude a enfrentamientos bélicos, sino a asesinatos a sangre fría, y en circunstancias particularmente atroces, de gente desarmada, sin excluir mujeres o niños, incluso los todavía no nacidos:

    "Entraban en los pueblos, ni dejaban niños ni viejos, ni
    mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete, o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando, y cayendo en el agua decían: “bullís, cuerpo de tal”; otras criaturas metían a espada con las madres juntamente, y todos cuantos delante de sí hallaban. Hacían unas horcas largas, que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redemptor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca: pegándoles fuego, así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos y dellas llevaban colgando, y decíanles: “Andad con cartas”, conviene a saber, llevad las nuevas a las gentes que estaban huidas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles desta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos, en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores (y aun pienso que había dos o tres pares de parrillas donde quemaban otros), y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen; y el alguazil, que era peor que verdugo, que los quemaba (y sé cómo se llamaba y aún sus parientes conocí en
    Sevilla), no quiso ahogallos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen, y atizóles el fuego hasta que se asaron despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas. Y porque toda la gente que huir podía se encerraba en los montes y subía a las sierras huyendo de hombres tan inhumanos, tan sin piedad y tan feroces bestias, extirpadores y capitales enemigos del linaje humano, enseñaron y amaestraron lebreles, perros bravísimos que en viendo un indio lo hacían pedazos en un credo, y mejor arremetían a él y lo comían que si fuera un puerco. Estos perros hicieron grandes estragos y carnecerías".

    (He escogido este párrafo porque en él se presenta como testigo presencial de lo que cuenta: "YO VIDE todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas". La cita la he tomado, corta y pega, de "Iglesia viva. Revista de pensamiento cristiano"; puede también ver, si lo desea, por ejemplo en la wikipedia, la información de que en el año 2000 la Iglesia católica inició el proceso de beatificación de Las Casas).

    Y un último detalle: el investigador estadounidense H. F. Dobyns ha calculado que un 95% de la población total de América murió en los primeros 130 años después de la llegada de Colón. Otros dan otras cifras, en todo caso siempre altísimas. Hay que señalar, eso sí, que las muertes no se debieron sólo a guerras o atrocidades, sino también a enfermedades llevadas de Europa y contra las que la población indígena carecía de defensas.

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  4. Evidentemente no me he sabido explicar, Pedrete. Desconozco exactamente a qué hechos o campañas se refiere el atroz relato que transcribes. Quise dejar claro que no hablaba de la conquista en sí ni tampoco de la denuncia justa que de matanzas de indios se hicieran. Intenté explicar la utilización que primero de los soldados y luego de quienes denunciaban las atrocidades de la guerra hicieron los que siempre salen beneficiados: los poderosos que hacen el doble juego de enriquecerse con la guerra y posteriormente denunciar a los que han posibilitado su enriquecimiento, negándoles lo que les habían prometido. De la amargura y desengaño personal de esos hombres que arriesgaban sus vidas quise hablar.
    No se si has leído la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, que es en definitiva, a lo que se limitaba mi comentario, es decir, a los hechos allí narrados y no a lo que otros hombres en otras campañas pudieran hacer.
    La expedición de Bernal Díaz del Castillo tenía un fuerte componente religioso. Les acompañaba un cura, cuyas opiniones eran importantes, y eran habituales las misas de campaña. Según cuenta se evitó en todo momento la crueldad innecesaria. Has de saber que desde el primer momento se les unieron en su avance hacia México numerosos pueblos indígenas sometidos a la más cruel servidumbre de Moztezuma, cuyos métodos de dominación eran especialmente sanguinarios y crueles. En numerosas ocasiones fueron los propios españoles los que tuvieron que apaciguar a dichos pueblos para que no se tomaran la cruel venganza que querían matando a mujeres y niños y no siempre les fue posible conseguirlo, pues en la cultura indígena era algo lógico y natural exterminar totalmente a los oponentes, salvo que se les quisiera esclavizar. Has de situarte, pues, en la posición de un puñado de hombres, pocos más de trescientos, inmersos en unas culturas especialmente sanguinarias con eternas luchas entre sí y sometidos a continuas emboscadas de las que sólo la habilidad e inteligencia de Cortés les salvó. Si no has leído el libro, la película Apocalypto te puede dar una idea de esa cultura de la sangre y la muerte que guiaba a aquellos pueblos. Acercándose a México, en Cholula, por ejemplo, supieron que les iban a matar dentro de la ciudad. Habían abierto fosos en las calles con estacas debajo para impedir el paso de los caballos, las azoteas rebosaban de piedras para atacarles desde ellas, habían visto incluso las enormes perolas en las que los iban a cocer para comérselos. Eran un puñado de hombres que habían entrado engañados a una ciudad de miles de indios dispuestos a matarlos. Sólo la astucia y la matanza de los dirigentes locales pudo salvarles la vida, y luego impidieron a los indios aliados suyos que esperaban en las inmediaciones que fueran a la ciudad para arrasarla como querían, a pesar de que eso erosionara sus importantísimas alianzas con los nativos. Si tú te ves en una de esas ¿qué hubieras hecho? A eso, y sólo a eso, quise referirme. A que unos cardan la lana y otros se llevan la fama. De las Casas, que tiene todo mi reconocimiento, hubiese acabado en una de aquellas perolas si antes esos hombres no se hubiesen internado en ese territorio, poniendo en juego lo único que tenían: su vida y su honor.

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  5. bmh olvida que los indios a los que se refiere estaban luchando por su país y su cultura, que fueron arrasados por los conquistadores. Pero no pretendo hacer de todo esto una historia de buenos y malos. La conquista española fue algo que tuvo tanto luces como sombras. Lo que me incomoda es que, en lugar de hacer como -digamos- Alemania, que reconoce y no oculta las atrocidades cometidas bajo el régimen nazi, tiendan algunos a hacer como -digamos- Turquía, que prefiere negar, ocultar o disimular la matanza de los armenios. Reconocer las sombras de su historia no convierte a los alemanes en asesinos: todo lo contrario. Esa actitud es la que me gustaría ver en España respecto a la conquista de los territorios americanos.

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