25 de septiembre de 2012

Una triste historia (y 4)

EMPEZAMOS esta historia con una fotografía rota, y la acabamos con otra. Fueron hechas en días de vino y rosas. Lo demás es algo que ha sucedido mil veces, que sucederá otras mil, siempre distinto, como las olas del mar. 
Alguien de los que trabajan en la busca del Madrid eterno, noctívagos de los contenedores, encuentra unas maletas con papeles. No sabe lo que son ni tiene idea de su valor, a menudo ese alguien ni siquiera sabe leer. Les hemos visto en el Rastro corriendo su mercancía, con su aspecto de pordioseros e indigentes... Pero la vida les han enseñado que todo vale algo. Incluso les ha enseñado a tasarlo vagamente y a llevarlo a la persona adecuada, que se lo comprará y lo venderá a su vez a la persona idónea (un librero de viejo, por ejemplo, como en este caso), quien se quedará una parte y desechará otra ínfima que acabará en manos del rastrero, por ejemplo en las de aquel al que se lo compramos, todo, por tres euros. No siempre la decantación obedece a principios de excelencia. No es en absoluto infrecuente que los verdaderos tesoros vayan pasando por manos que los desprecian, quedándose en cambio aquellos que pensaban valiosos, sin serlo.
Les dedicamos unas horas. Nos decimos: deberían servirnos para indagar en esas vidas. Si han llegado a nosotros no es por casualidad. Y nuestra alma, sensible a las señales, se deja impresionar como quien oye hablar al espíritu familiar en la sesión mesmérica. 
Pero al fin ha comprendido uno que la vida es un trayecto, más largo o más corto, en el que suben y bajan gentes, como subimos y bajaremos nosotros para otros, y que no podemos quedarnos con todos y cada uno de aquellos con los que nos cruzamos e irnos detrás de ellos, sino seguir nuestra derrota con la esperanza de descubrir y poblar algún día un tiempo virgen, mientras les decimos adiós a esas pobres cenizas que seguramente nunca más volverán a juntarse, después de que el último airón las haya dispersado para siempre.

Pilar López y Tomás Ríos. Foto de Alfredo Valente, NY, h. 1950.


10 comentarios:

  1. El problema existencial se produce cuando somos incapaces de discernir si los pasajeros que se suben a nuestro trayecto deben dejarnos huella o si la vida son cenizas que afortunadamente se lleva el viento. ¿Una trampa, la sensibilidad? ¿No es más fácil todo si se divisa la realidad a vuelo de pájaro?

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    1. "Las grullas vuelan
      sin dejar en el aire
      ninguna huella".

      En ayuda nuestra vuelve la lluvia con tres rayitas de sensibilidad japonesa.

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    2. Interesante juego y curioso contrapunto. Gracias

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    3. Juego de palabras interesante y curiosa alusión. Gracias por el comentario.

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  2. Le felicito, una historia bien escrita con reflexiones y palabras muy certeras
    Saludos

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  3. Pocas cosas le desasosiegan a uno tanto como pensar en la vida que llevan las personas que se dedican a la busca, sobre todo si son inmigrantes, al verlas deambular por las calles sin saber en qué tiempo ni en qué ciudad viven, sin saber tampoco muy bien para qué, o en busca de qué tarea se ocupan que les permita sobrevivir. No sabemos nada de ellas. Quisiéramos seguirlas para ver qué hacen con los objetos que recogen, y no pueden aspirar a otra hospitalidad que la de nuestra memoria visual, pues tan sólo pequeñas fracciones de sus vidas se cruzan ante nosotros.

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  4. Guapa historia sobretodo, como dice el anónimo, por lo bien escrita y las certeras reflexiones.

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  5. hay derrotas y derrotas, creo, quizás por eso procede recordar lo de Góngora, goza cuello,cabello... antes que sea todo
    tierra,humo, polvo,sombra,nada.
    saludos

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  6. La fotografía gana parte de la supuesta dignidad que le falta, con respecto a otras representaciones artísticas, cuando deja de ser reproducción de una realidad y nos enseña cosas que ya no existen.
    Es así como fotografías antiguas que captaron hechos, gentes o paisajes vulgares en su día nos fascinan precisamente al mostrarnos una realidad ya inexistente, sólo presente en esa imagen sepia o en blanco y negro, atrapada, recortada, en la mirada materializada en papel de un hombre que ya tampoco existe. Vemos con los ojos de los muertos un mundo muerto. Nos recreamos y analizamos sus detalles más triviales entonces y hoy preciosos para nuestra mirada, precisamente porque dejaron de ser: ropas, calles, peinados, casas, utensilios domésticos…

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  7. Pilar López fue la maestra de Antonio Gades. Honor y gloria.

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