30 de septiembre de 2012

El pasajero

EN la palabra "pasajero" diríamos que viene implícito el adjetivo "solitario", como si recorrer la distancia entre dos puntos, entre un punto de partida y uno de llegada que a menudo ignora dónde se encuentra, sólo pudiese llevarse a cabo en soledad. A diferencia del viajero, este sí conocedor del lugar al que se dirige solo o en compañía de otros (de hecho nada tan grato como un compañero de viaje, tanto si ha sido elegido por nosotros como si nos lo ha proporcionado el azar), se diría que la naturaleza del pasajero es la de estar constantemente en camino, sin que acierte nunca a conocer con exactitud dónde le espera el final del viaje. Y naturalmente llega a tales o cuales lugares, pero sabe que al poco tiempo habrá de emprender de nuevo la marcha, y que habrá de hacerlo solo, pues no podemos sumar a nuestro errabundaje a nadie.
Repito hoy la estampa del otro día. La reservaba para algo inconcreto, cubierta o artículo, desde hace muchos años, desde que la encontró uno en una almoneda, sin saber qué era ni de quién. Sólo por ese aire romántico que desprende. La primera mirada la creyó del siglo XIX, tal vez por todo ese aire vangothiano que tiene la misteriosa figura, el aire que agita su capa, la copa de los árboles y las espigas de ese trigal.
El que fuese grabada por un artista francés a lo Claudio de Lorena nos debería hacer pensar que en arte las cosas que suceden suceden porque vienen sucediendo desde mucho tiempo atrás.

Detalles del aguafuerte de Perelle.



29 de septiembre de 2012

La cuestión catalana (glosa a la manera de d'Ors)

EN dos días se cruzaron estos documentos a propósito de la cuestión catalana. El primero, de Félix Ovejero, es un artículo magnífico. Podríamos decir que es la seriedad sin afectación. El segundo es, por el contrario, bastante cómico, por lo que tiene de afectado, y nos ha pasado con él lo mismo que con la poesía de ese hombre: se lee una vez, no se entiende, pero se lee una segunda vez y entonces se da uno cuenta de que no había querido decir absolutamente nada, yéndose por las ramas y palmas académicas, y es entonces cuando nos acomete una sincera hilaridad. Pasada esta, lo que se despierta en uno, sin embargo, es una tenebrosa y taciturna misantropía.
Foto: Autoridades en una inauguración ferroviaria, Barcelona, 27 de septiembre de 2012. En ella Artur Mas, en campaña electoral, rehusó la invitación del Rey a colocarse a su lado para evitar salir en las fotos junto a él, acaso uno de esos desaires inconcebible en un subordinado para quien sigue siendo su Jefe de Estado. Quienes vieran la secuencia completa en televisión, advertirían no obstante que Artur Mas no fue capaz de sostener la mirada del rey, arrastrando la suya por la moqueta como un buen vasallo, mientras todos fingían una jovial mundaneidad en una de esas escenas embarazosas en la que nadie queda bien. Ni los testigos.

28 de septiembre de 2012

Las pinturas de Andrés Rábago


SE inauguró el 26 de septiembre, y estará hasta el 24 de febrero, en el Centre d'Art Tecla Sala de Hospitalet de Llobregat, una exposición con las viñetas de Ops, las sátiras de El Roto y las pinturas de Andrés Rábago. De estas últimas trata el siguiente escrito, que incluido junto a uno de  Felipe Hernández Cava y otro de Ángel González García, se publica en el catálogo editado para la ocasión.
* * *
Cuanto sucede en las pinturas de Andrés Rábago sucede en silencio. Este del silencio es acaso su rasgo íntimo más reseñable, como sus rasgos visibles, de los que hablaremos también, son otros. Pero llama la atención en ellas, ante todo, ese silencio que se extiende por todo el cuadro, un silencio silencioso. Hay también silencios clamorosos (el del ruiseñor lo es, quiero decir ese silencio que sigue a su canción una noche de primavera, dormidos los húmedos campos, lejos de cualquier ciudad), o rumorosos (el que sigue o el que precede a la lluvia de una tormenta de verano, por ejemplo). El silencio de las pinturas de Andrés Rábago es el silencio de los solitarios. No porque la mayor parte de las figuras que aparecen en esos cuadros sean seres solitarios que siguen siendo solitarios incluso cuando se acompañan de alguien, sino porque se trata de silencios que son a nuestros pasos lo que nuestra sombra a nosotros mismos: adondequiera vamos, no se despegará de nuestro lado. Adondequiera vayan los cuadros de Andrés Rábago, les seguirá su silencio. 
El silencio de su pintura viene subrayado en cierto modo, como en el caso del ruiseñor al que aludíamos, porque hay otra parte de la obra de Andrés Rábago que es todo lo contrario, aquella en la que la imagen no es nada sin la palabra. Me refiero a su trabajo como dibujante satírico con el seudónimo de El Roto. En tales dibujos sus figuras hablan siempre, no podrían no hacerlo, son en tanto que piensan en voz alta, son en tanto que dicen o, a menudo, por aquello a lo que aluden, sin tener que concretarlo (esa es la alusión y la elipsis: un decir a medio desvelar). 
Y antes de seguir hemos de referirnos, desde luego, a este hecho significativo en alguien que ha sido y es, además de sí mismo, otro, siguiendo el mandato de Rimbaud, aquel su célebre Je est un autre. Aunque no hemos de confundir a Andrés Rábago con El Roto, como tampoco fue Andrés Rábago aquel Ops que dibujaba inquietantes escenas mudas (y, ojo, no confundir silencio con mudez, ni al silencioso con el mudo), hemos de tener presente que Andrés Rábago es, diríamos como el pequeño filósofo de Azorín, Andrés Rábago, alguien que es en su pintura, que es pintura. 
Claro que el Andrés Rábago que fue en tiempos Ops, es en la actualidad, a ratos, El Roto. De hecho se levanta siendo El Roto, con su viñeta satírica en El País, pero deja de serlo en cuanto se pone delante del caballete o hace vida corriente con su familia y sus amigos. En ese punto es Andrés Rábago, un hombre alto, flaco, de modales reposados y distinguidos, cabeza de caballero de El Greco y cabellera de don Quijote, y de carácter reservado, pero sumamente afable, risueño podríamos decir, lo que aún parece hacer más excepcional esas viñetas diarias en las que ha cristalizado el más fino, discreto y desolado espíritu crítico de nuestra época, tan cercano a menudo a las truculencias de Gutiérrez Solana, que fue, como el propio Rábago, un ser puro, delicado y bondadoso, ocupado de las cosas, nunca de medirse con los demás. 
Y decía que si las pinturas de Andrés Rábago nos parecen tan abrumadoramente silenciosas, acaso sea por todo lo que se dice y se habla en El Roto, tanto más hondo y memorable cuando más conciso y lapidario (y tiempo y lugar habrá para referirnos a ese hablar de El Roto, que encuentra en su brevedad, casi conceptista, buena parte de su fuerza, como si se tratara de verdaderos aforismos en la mejor tradición de la literatura moral aforística, de Lichtenberg a Cioran, pasando por Nietzsche; y para otro momento esa hibridación de Ops y El Roto en algunas de sus viñetas mudas, que tantas semejanzas tienen a menudo, en tanto que dibujos, con algunas de sus pinturas). Acostumbrados a que las figuras de sus viñetas se adelanten a nuestro pensamiento y nos digan algo, por lo general atemporal, pese a nacer de hechos y circunstancias cercanas y reconocibles por todos, acostumbrados a esa elocuencia parva, acostumbrados en sus viñetas satíricas a escuchar, decía, en sus pinturas parece suceder lo contrario: somos nosotros los que hemos de abrirles el alma y hablar a los personajes que hay en ellas, que están esperándolo. 
Le ha oído uno algunas veces hablar al propio Andrés Rábago del alma, en la que cree como creemos todos, de una manera tan vaga como firme, un alma que está un poco por todas partes, no sólo en nosotros, sino en las cosas y en la pintura también. Un alma que trasciende pero no es trascendental, un alma inmanente, como la llamaba Juan Ramón Jiménez. No es ajeno a ello, quizá, el hecho de ser él persona que practica la meditación, cuyo objeto es poder mirar todo lo nuestro desde un lugar fuera del espacio y durante un tiempo fuera del tiempo. Así tal vez podríamos explicar que el alma a la que él se refiere, la que nos piden sus cuadros, no tenga  propiamente edad, como tampoco ojos. Envejecemos, pero en nuestros ojos mira el niño que fuimos, y la mirada no podría envejecer. Tampoco el alma lo hace, y el lenguaje que entiende el alma, en pintura, es el sentimiento, en el que tampoco hay edad. 
Edad tienen, por el contrario, las formas. 
De estas ideas ha hablado uno con el pintor algunas veces. De estas cosas conviene hablar, sin embargo, sin levantar la voz, incluso sin terminar las frases. Con sobreentendidos. Quien busque convencer con ellas a alguien, habrá perdido su tiempo y lo habrá hecho perder. Decíamos que el ama de sus pinturas no tiene edad, pero sí la tienen las formas en las que están pintadas, el traje que ha querido darles. Las formas son principalmente tiempo, modo, lugar. Todos hablamos de una manera, los pintores pintan cada cual con la suya. Nos distinguen por ella, y sabrán de nosotros y de nuestro tiempo sólo con mirar esas maneras. Las formas de las pinturas de Andrés Rábago remiten a una época concreta de la vanguardia. No es difícil encontrar para estas pinturas unos precedentes en la vanguardia europea, como tampoco nos resultará difícil encontrarle a sus dibujos parentescos en dibujantes españoles. Que si surrealismo, que si constructivismo, que si tubismo, como decía el vanguardista Francisco Vighi con un humor finísimo: “que si patatín, que si patatán” (y he traído a colación al humorista Vighi porque no ha de olvidársenos que a las a menudo desoladoras y dramáticas viñetas de El Roto la gente común todavía las sigue llamando “chistes”). Dejémosles, pues, las genealogías a los historiadores del arte, a los críticos. El lenguaje de la vanguardia, hoy, cien años después, es ya para nosotros común y circulado. Lo hallamos en todas partes, en la alta cultura o en la cultura popular y de masas, en forma de cuadro museable o de calendario publicitario, sin que a menudo podamos o sepamos distinguir unas de otras. Que las pinturas de Rábago se parezcan a este o al otro pintor, da un poco igual. Todos nos parecemos a alguien (y ay, del que no se parezca a nadie) y a la postre, si somos auténticos, como es el caso de Rábago, y en el suyo en grado superlativo, nada ni nadie se parece a nosotros. Los parecidos no son mejores o peores. Importa lo que somos, importa lo que estas pinturas son y quieren ser, por lo que son, no por lo que parecen. De hecho podrían haberse revestido de cualquier forma del trecento italiano: ¿no hay algo en ellas arcaico y elemental, y sus personajes, como los del Giotto o Fra Angelico, pareciendo caminar, no están detenidos esperando algo, el acontecer? Que Rábago haya recurrido a ese lenguaje un tanto frío, pulido, esmaltado, tiene que ver no por lo que suena en él, sino por lo que quiere decirnos: ese silencio, dicho además en el lenguaje del sentimiento, que es siempre la temperatura del alma. Por eso advertíamos que los personajes de sus cuadros están suspendidos en ellos, en silencio, esperando una voz, y ésta la esperan en el tono más cálido. 
Pero suspendidos no quiere decir inactivos, por lo mismo que el silencio no es la inacción, al contrario. Percibimos algo religioso en sus pinturas. Al principio no sabemos qué, como un generalizado ora et labora. Los personajes de sus cuadros son gentes modestas que viven de sus manos, que parecen ir y venir (ya hemos convenido que están esperando) como vive de las suyas el propio Andrés Rábago. Ahí tenemos al malabarista, al pintor de brocha gorda, a los cazadores, a la mujer que porta la luz, al pescador, al aguador, al bombero (y el propio Rábago llama nuestra atención sobre la importancia que el agua tiene en su pintura, como símbolo de la vida, y uno llama a su vez la atención de su amigo recordándole que del agua hacía nacer el pintor Ramón Gaya a la misma pintura), al niño de la cometa (los niños no juegan con su cometa, trabajan con ella y con el aire, por lo mismo que el adulto juega con fuego, y aquí hay también algunos personajes que juegan con el fuego), al que indaga en las raíces de la tierra, al mercenario herido… 
Todos ellos hacen cosas y no nos extraña en absoluto vérselas hacer. Es propio del hombre hacerlas. Y las hacen en silencio, y de pronto, advertimos nosotros el misterio que rodea a esos personajes: saber que son en tanto que callan, como los de sus viñetas son en tanto que dicen. 
Y llegados a este punto acaso hayamos llegado al meollo de las pinturas de Andrés Rábago, a su misterio, ese alma de la que siempre nos resultará difícil decir algo en su justo punto. 
Son desde luego pinturas de clima, pinturas literarias. Pero la pintura no es literatura ni tampoco clima, sino aire. Percibimos en ellas algo extraño, algo que está sucediendo, aunque no acabamos de saber qué exactamente. Algo, sin embargo, nos detiene a nosotros también y nos retiene y suspende como les ha sucedido a los personajes que participan en esas escenas. ¿Qué es ello? Sentimos que ese silencio y ese tono cálido, lo más evidente de ellas, nos resultan acogedores, nos amparan, nos asilan. 
Nosotros mismos nos sentimos atañidos por algo de lo que no puede hablarse, como apenas podemos hablar de cierta poesía religiosa, mística. 
Nos gusta reconocer en sus cuadros a las gentes, saber que son personas que trabajan con sus manos, que están cerca del agua, del fuego, del aire y de la tierra. Que son solitarios y silenciosos. Que no parecen ni temer ni esperar, como los estoicos, sino que viven en el recogimiento. Que son, como el espíritu, constantes en su labor y que dejan en un rincón de sus vidas, como deja el hombre fino en un rincón de sus labios, un lugar para la sonrisa que nos arranca el misterio, el prodigio, lo inesperado cuando se presentan ante nosotros sin malas intenciones. Que participan de la autenticidad inconfundible de su creador como participaba aquel Augusto Pérez de la de Unamuno, cuando tomó un tren para  visitarlo en Salamanca con el fin de solicitarle el indulto en la novela Niebla, gracia que se les concede a los toros bravos, pero no a los grandes solitarios y silenciosos. 
Se me ha convocado en un mundo estrepitoso y precipitado, y a menudo cargado de malísimas intenciones, para esto tan excepcional: celebrar las pinturas de un hombre al que nadie podría tildar de extraño viendo con cuánta naturalidad, y afabilidad, vive su inquietante mundo de solitario.


El Roto, El  discurso. Tarjeta anunciadora de la exposición.






27 de septiembre de 2012

Lo uno por lo otro

HORAS después de que el presidente de la Generalidad Artur Mas pusiera la primera piedra para la soberanía de Cataluña, su socio el presidente de gobierno Mariano Rajoy, como en los buenos tiempos, reclamaba en el pleno de las Naciones Unidas la soberanía española de Gibraltar. Como si este dijera: "Menos es nada, o vaya lo uno por lo otro". Y aquel: "Que nos quiten lo bailao". Se ve que los nacionalistas se tocan por los extremos, como el oportunismo y la mediocridad.
* * *
NO hay "yo" grande a la distancia adecuada. Y a la distancia adecuada todos los "yos", si no son pequeños, son ridículos. 


El Rastro, 2012.

25 de septiembre de 2012

Una triste historia (y 4)

EMPEZAMOS esta historia con una fotografía rota, y la acabamos con otra. Fueron hechas en días de vino y rosas. Lo demás es algo que ha sucedido mil veces, que sucederá otras mil, siempre distinto, como las olas del mar. 
Alguien de los que trabajan en la busca del Madrid eterno, noctívagos de los contenedores, encuentra unas maletas con papeles. No sabe lo que son ni tiene idea de su valor, a menudo ese alguien ni siquiera sabe leer. Les hemos visto en el Rastro corriendo su mercancía, con su aspecto de pordioseros e indigentes... Pero la vida les han enseñado que todo vale algo. Incluso les ha enseñado a tasarlo vagamente y a llevarlo a la persona adecuada, que se lo comprará y lo venderá a su vez a la persona idónea (un librero de viejo, por ejemplo, como en este caso), quien se quedará una parte y desechará otra ínfima que acabará en manos del rastrero, por ejemplo en las de aquel al que se lo compramos, todo, por tres euros. No siempre la decantación obedece a principios de excelencia. No es en absoluto infrecuente que los verdaderos tesoros vayan pasando por manos que los desprecian, quedándose en cambio aquellos que pensaban valiosos, sin serlo.
Les dedicamos unas horas. Nos decimos: deberían servirnos para indagar en esas vidas. Si han llegado a nosotros no es por casualidad. Y nuestra alma, sensible a las señales, se deja impresionar como quien oye hablar al espíritu familiar en la sesión mesmérica. 
Pero al fin ha comprendido uno que la vida es un trayecto, más largo o más corto, en el que suben y bajan gentes, como subimos y bajaremos nosotros para otros, y que no podemos quedarnos con todos y cada uno de aquellos con los que nos cruzamos e irnos detrás de ellos, sino seguir nuestra derrota con la esperanza de descubrir y poblar algún día un tiempo virgen, mientras les decimos adiós a esas pobres cenizas que seguramente nunca más volverán a juntarse, después de que el último airón las haya dispersado para siempre.

Pilar López y Tomás Ríos. Foto de Alfredo Valente, NY, h. 1950.


Una triste historia (3)

ENTRE uno y otro pasaporte, en apenas diez años, algo ha cambiado en la vida de este hombre que fue el marido de la bailarina y coreógrafa Pilar López. Es la constatación de una historia frecuente: las ilusiones perdidas. Ha pasado de ser, en el primero, "compositor" a ser, en el segundo, "empresario". Figura en alguno de estos papeles como director del Ballet Español de Pilar López. ¿Fue ese el origen de sus desavenencias, lo fueron sus escarceos con las jóvenes balletistas? De Pilar López, que fue una persona desdichada, se pueden encontrar muchos datos. De Encarnación, su hermana, de quien aparecieron también en el revoltijo cartas y unos diarios en los que anotaba con escrupulosa puntualidad cada céntimo que ganaba o gastaba, de ella, digo, también. De Tomás Ríos, no. Fue primero Tomás Ríos, pero después, cuando intentó el salto americano, se lo cambió por Thomas y, al final, por Tomy Ríos, más acorde, debió de pensar, con el sonido de las maracas y una orquesta de sambas.
Nació en La Coruña el 12 de diciembre de 1909, y a los pocos meses emigró con sus padres a La Habana. A los cuatro años empezó los estudios de solfeo con su madre, que era profesora de piano. A los siete cogió su primer violín y dos o tres más tarde empezó en el conservatorio de La Habana y luego en España y luego otra vez en La Habana donde trabajó, acabados sus estudios, como primer violín de la Orquesta Filarmónica de La Habana. Entonces inició su vida errante de músico, con esa orquesta, y a los diecinueve años (se empezaba muy pronto porque no estaba asegurado que se viviera mucho) formó su propia orquesta con repertorio original suyo y adaptaciones de las películas de la época, hasta que la irrupción del cine sonoro, dos años después, le lleva a formar una nueva orquesta con la que inaugura la emisora del Diario de la Marina, Estación C.M.W. Tuvo un gran éxito con esa orquesta y le contrataron para ir a España. Fue entonces cuando conoció a Pilar López. Prosigue su vida de galas y turnés, por España y por el mundo, Europa, América, Asia y África.
Asegura en las cuartillas en las que cuenta su vida que después de interpretar sus primeras obras como compositor en los Estados Unidos, regresó a España en 1945, tras la muerte de su cuñada. "Apenado por esta desgracia", asegura, "decidí no continuar mi vida artística como intérprete y pensé dedicarme sólo a la composición", pero los amigos le convencieron para que no abandonara sus otros menesteres musicales, y así es como debuta, como cantante interpretando sus propias composiciones en la modalidad de "música sinfónico-moderna", acompañado por su propia orquesta. Obtuvo "un éxito de clamor popular, siendo, durante seis años, la personalidad radiofónica más conocida por sus interpretaciones musicales y amenísimas charlas". Le reclaman de todos los teatros y graba una gran cantidad de discos, al tiempo que crea la cabalgata de Reyes de Radio Madrid. De ahí pasa a dirigir la orquesta famosísima del Teatro Cine Windsor, de Barcelona.
El último párrafo de ese curriculum es una melancólica y probablemente falsa serenata: "Tomás Ríos, cantante popular, famoso director de orquesta, acostumbrado a sus propios éxitos, sacrifica estos, en aras del Arte Mayor de su famosísima esposa Pilar López compartiendo su trabajo anónimo de la Dirección del Ballet con el de su inspiración como Compositor. Algunas de sus obras figuran dentro del repertorio del Ballet Español que un día fuera creado por Encarnación López, "La Argentinita".
Era el primer peldaño en la ascensión hacia el altar del Arte Mayor, aquel en el que se confunden  los sacrificios supremos y los grandes fracasos, quién sabe si ante el cáliz de la amargura y el remordimiento. (Continuará)

Pasaportes de TR, el primero de 1950 y el segundo de 1957, expedidos para "todos los países del mundo excepto Rusia" visados en diversos consulados y matasellados en los puertos, aeropuertos y fronteras terrestres de Bilbao (para el Vapor Merit-Udala), Argentina, Uruguay, otra vez Argentina, Cuba, Barajas, Puerto de Barcelona, Hendaya (muchas idas y salidas), Méjico, La Coruña, Dover y Newhaven. En el segundo de los pasaportes estampones de Irún, Barajas, Le Perthus, Dover, Dublín, Bruxelles, Algeciras, Tánger, Marroc, Bildchen, Nederland, Marseille, Laos, Singapore, Kobe, Yokohama, Saigon, Colombo, Viet-Nam, Port Said y Folkestone, entre otros que no se dejan leer.

24 de septiembre de 2012

Por qué nos gusta tanto hablar del tiempo

DECIMOS “hablar del tiempo” cuando se supone que no tenemos mucho de que hablar o cuando queremos evitar los asuntos embarazosos, pero lo cierto es que, además, nos gusta hablar del tiempo. Hace dos día ha entrado el otoño. En realidad vino antes. Lo vimos, al menos en Extremadura, paseándose solo por el campo algunas tardes de agosto, a esa hora en que  los días empiezan a perder luz. Cada estación se hace preceder de momentos que la presagian y gusta prolongarse en otros; por ejemplo, sin que haya terminado aún el verano, un día, de pronto, sentimos que ha pasado ya, y con él la algarabía azul de sus mañanas y la templanza de sus noches estrelladas, al igual que algunos días de abril podemos sentir cómo el invierno, que en principio había salido de escena, regresa intempestivamente atemorizando a la gente y metiéndola de nuevo en las casas con sus bravatas de escarcha y hielo.

De joven le llamaban a uno poderosamente la atención estas dos cosas de las personas mayores: la cantidad de entierros a los que tenían que asistir (como consecuencia, acaso, de la entusiasta afición que todas ellas solían mostrar por leer las esquelas de los periódicos) y las muchas horas que le dedicaban a hablar del tiempo y el modo conveniente de no dejarse amedrentar por él en ningún sentido: si era o no conveniente dormir con una manta más o menos, si había que desconfiar de un sol engañoso o de las corrientes arteras de aire. Me parecía entonces que el interés que sentían los ancianos por el tiempo y sus meteoros era inversamente proporcional a su edad, quiero decir, que cuanto más viejos eran más interés parecían mostrar por ese asunto, o sea, que cuanto menos tiempo de vida les quedaba más se acentuaban sus manías por todo lo relacionado con el barómetro.

Bien porque ya esté uno lejos de la juventud (en 1605 o en 1887 un sexagenario era no sólo un viejo, sino un superviviente), bien porque sea poeta (que los poetas se ocupen de las nubes o de la luna tiene que ver con la supervivencia, pero nos llevaría muy lejos explicarlo), el caso es que creo haber comprendido al fin por qué nos gusta tanto hablar del tiempo a medida que vamos cumpliendo años: porque la edad nos vuelve escépticos. Uno puede perder la fe en todo menos en la primavera, y decepcionarle un amigo, pero no una rosa,  y sabemos que cada estación traerá su dádiva: los almendros florecerán y se granarán los trigos; ellos tampoco defraudan. Incluso el invierno es pródigo en belleza. La vida podrá desengañarnos de muchas cosas, pero raramente de las relacionadas con nuestra infancia: qué sabio el hombre o la mujer que empezó a contar nuestros años en abriles, y cuánto mejor atender al tiempo y a lo que viene envuelto en él, simbólico y poético. Lo que desearía uno leer en la primera página de los periódicos, hoy, ahora mismo, sería el poema al otoño de Keats. Sigue siendo noticia, dos siglos después de ser escrita, al contrario que estas noticias que se marchitarán antes de que se ponga el sol. Ninguna de ellas es tan importante como esos versos. Y eso sólo se sabe, por desgracia, cuando se van cumpliendo años. Lo mismo que esto: todo puede esperar, crisis, ruinas, estafas (de la política ni hablamos), pero no el otoño. Tengo entendido, por cierto, que algunos consideran reaccionario hablar del  otoño, o peor, cursi.
      [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 23 de septiembre de 2012]

23 de septiembre de 2012

Una triste historia (2)

TODO lo que llegó a nosotros lo hizo en tres pequeñas maletas de cartón. Todo era nada. La mayor parte de una vida se puede contar en una cuartilla. En una cuartilla rota en mil pedazos hay mil vidas. Papeles rotos, pasaportes, fotos, facturas, recibos, talonarios del Bank of British West Africa Limited. Y cartas, cartas, cartas. Algunas milagrosamente escapadas de la escabechina como Moisés en las aguas del Nilo. Salvadas como él en la crecida. El Rastro como el río de la vida. Cartas misivas de Tomás a Pilar. Casi todas de amor. Las más antiguas. De desamor algunas, cerca ya de la muerte. Tomás pide, Tomás promete, Tomás se queja. Al principio. Después Tomás no escribe, Tomás calla. No hay cartas de Pilar. Si están las de Tomás, es porque el legado de Tomás, que murió separado de ella, volvió a manos de su mujer Pilar. Mujer a distancia, marido errante. Pilar, mujer de los legados. Pilar mar, primero: todos los ríos de su vida, Encarnación, Fernando Villalón,  Ignacio Sánchez Mejías, Tomás, Thomas, Tomy Ríos fueron a morir en ella. Pilar, después, mar de Aral. ¿Volvieron como el bumerán las cartas de la Pilar joven a la Pilar anciana? Si volvieron, ¿las destruyó ella y decidió conservar sólo las de él? No lo sabemos. No lo sé yo. En los despojos no estaban. Muchas de las otras están aquí. Algunas rotas en fragmentos tan pequeños que servirían como nieve en una bola de cristal. En otras la herida es limpia, pero no se atreve uno a leerlas. No deberían haberles sobrevivido. (Continuará)

Sobre con la letra de Pilar López. Carta de Tomás Ríos a Pilar López, 1935, y sobre con sello de Blasco Ibáñez (esta historia la hubiese escrito él) de TR a PL dirigido a la Lista de Correos de Lima, Perú, 1935: "Cuidado con los Compadritos...... ya sé que no hace falta que te haga esta advertencia".

22 de septiembre de 2012

Una triste historia (1)

FUE Encarnación López, La Argentinita, una de las musas de Lorca y amante de Ignacio Sánchez Mejías. La muerte trágica de este la convirtió en heredera de manuscritos, cartas de sus amigos poetas y libros dedicados por ellos al torero. A la muerte, igualmente temprana, de La Argentinita, pasó el legado de esta a su hermana, Pilar López, también bailarina y coreógrafa, llamada a ser la reina de los escenarios durante décadas. Hace más de treinta años, a punto de publicar en Trieste la poesía completa de Fernando Villalón, cuya biblioteca había ido a parar a Sánchez Mejías, fuimos el responsable de aquella edición, Jacques Issorel, de la universidad de Montpellier, y yo a visitar a Pilar López a su casa. Quería el investigador francés mirar algunos de aquellos papeles. Era una mujer difícil, con mucho mando. No le mostró apenas nada, celado todo con usura. Nadie podía pensar que no pocos de aquellos papeles y otros, más personales e íntimos, llegarían al Rastro como una de esas olas sin fuerza que apenas tienen aliento para rozar nuestros pies en una playa. Entre ellos, esta fotografía. Se ve en ella a Pilar López junto a su marido, el empresario Tomás Ríos. Se la hizo en Nueva York el fotógrafo de moda entonces en Broadway Alfredo Valente, célebre por haber retratado a los artistas y actores más famosos de aquellos años. La foto, de tamaño cuartilla y rota en dos mitades, estaba dedicada. La dedicaron ambos hace más de medio siglo para una persona que jamás la recibió. Los que se deshicieron de los restos que quedaban aún en el piso en el que vivía Pilar López eran inexpertos. Ni sabían lo difícil que es destruir un papel ni que en el Rastro vale todo, incluso los restos de un naufragio. Sobre todo los restos de un naufragio.

Pilar López y Tomás Ríos fotografiados por Alfredo Valente hacia 1950.

21 de septiembre de 2012

A bordo del Creoula

HACE cosa de dos o tres años José Luis García Martín viajó a bordo del Creoula, un lugre de cuatro palos, antiguo bacaladero destinado en la actualidad a labores de buque escuela. Al año siguiente lo hizo en el Cervantes Saavedra, bergantín-goleta en funciones igualmente de buque escuela, en el que costeó desde Marín a San Fernando. Leímos entonces las crónicas de aquella derrota, publicada una, si la memoria me no falla, en la Nueva España, y el resto, las del Cervantes Saavedra, en El Comercio de Gijón. Aquellas y otras páginas las ha reunido su autor en este nuevo tomo, "de cámara" lo llama él, bajo el título Enigmas con jardín, que edita de modo ejemplar la editorial Impronta.
El tomo lo abren, a modo de batería de un buque artillado, citas de diez escritores célebres. Leemos en la primera de ellas que "todo enigma es una respuesta a una pregunta que no sabemos formular", y de no saberla de Nietzsche podríamos creerla del propio JLGM, maestro en mixtificaciones, heteronomías y suplantaciones. La última es de Baroja. Siendo de Baroja, habla de Baroja, pero JLGM la recuerda porque sabe que habla igualmente de él y de este libro que tiene el lector en sus manos: "Yo nunca me he puesto a leer libros impulsado por el consejo de los críticos"... Teniendo en cuenta que GM se ha pasado la vida, como crítico literario, recomendando libros o disuadiendo de su lectura, nos arranca una sonrisa y suponemos que nuestro amigo no se habrá dado por enterado. ""En la elección de lecturas me he entregado siempre a la casualidad. Tengo una gran afición a los centones y a las misceláneas. A mí me sucede un fenómeno que no sé si es raro o frecuente. Una novela de Chateaubriand o de Anatole France no la puedo soportar, a pesar de sus perfecciones; en cambio una obra hecha de retazos, con descosidos, una obra que se puede empezar a leer por cualquier página, si está llena de la vida y la personalidad de su autor, nunca me cansa", dice Baroja y repite JLGM, y repetimos muchos otros con él.
El libro de JLGM es un libro de retazos y está impregnado de la personalidad del autor. A veces sus opiniones nos impacientan y exasperan y hemos aprendido, con los años, a no discutir con él (se necesita para ello la paciencia de Abelardo Linares), pero a menudo también lo oímos con atención y respeto, admiración y asombro. Si nos asombran sus muchas lecturas, no nos admiran menos sus exóticas experiencias. La de embarcarse en el Creoula y en el Cervantes está al alcance de bien pocos. Ni siquiera Baroja llegó a tanto.
Había decidido uno posponer la lectura de ese libro unos días por falta material de tiempo, pero pudo más la curiosidad y la curiosidad nos llevó ayer a subir a bordo. Cuando quisimos darnos cuenta, el barco había zarpado. Hemos seguido embarcados hasta la página 87, y lo que sabíamos del primer relato se ha confirmado. El autor se propone con sus crónicas entretener e ilustrar, recordar y hablarnos de nosotros haciéndolo de él. Libros, lecturas, opiniones, impresiones de viaje, retratos de compañeros de viaje, soliloquios, impromptus poéticos, paseos por las ciudades en las que atracan. Nos decimos: si JLGM se llamara de otra manera, si no tuviese a sus espaldas la leyenda que tiene, ese libro llegaría lejos, sería la suya una travesía de altura. Llamándose JLGM le será difícil. Claro que si no lo han apresado ni hundido a estas alturas, no lo harán ya, feliz él de ser el verdadero holandés errante de la literatura española.
Obligado a bajar a tierra, le queda a uno aún la mitad de la travesía. Nos encontraremos escritos que ya leímos en su día, evocadores de Ginebra o Zamora, Venecia o Avilés. No nos importa, porque sólo hay un placer mayor que el de conocer nuevos lugares: volver a los antiguos donde fueron hospitalarios con nosotros.



20 de septiembre de 2012

Una muerte

TODA vida va seguida de una muerte. La de Santiago Carrillo estuvo precedida de una vida que él contó en unas memorias insuficientes, presentadas en su día por Alfonso Guerra, de quien esperamos aún las suyas, a la altura de su personaje (escribió unas en esa edad temprana en la que un político tiene más cosas de las que olvidarse que las que recuerda). De su vida, en esta hora postrera, quedémosnos con el atinado artículo de Santos Juliá, acaso el único respetuoso con la verdad en la hora de la alabanzas. Especialmente justo Juliá recordando a León Trilla y a Wenceslao Carrillo. Y las palabras que tuvo para cada uno de ellos el hijo de este último, propias de uno de esos secundarios sespirianos que conspiran por los rincones. 
Pero de todo lo que ha visto uno, leído y oído estos dos días de esa figura (es así como principalmente se le ha llamado: "figura de la transición"), le deja a uno pensativo lo que le hemos oído a él mismo, en una entrevista que se le hizo mientras estaba vivo (así lo diría uno de nuestros clásicos, figura contemporánea). Siento no reproducir sus palabras textualmente, pero variarán poco: "¿Que si me preocupa lo que vayan a decir de mí cuando me muera? Pues, mire, no. No espero grandes alabanzas cuando me muera. Ni siquiera espero que se ocupen de mí. Me olvidarán. Y eso es normal. Me recordarán mis hijos, mis nietos, los amigos que he tenido, mientras ellos vivan. Pero la gente, poco a poco, se olvidará de mí. La gente se olvida. Y es normal que suceda así. Es la vida. Mientras vive uno, se le recuerda. Luego se muere uno, y no queda nada, nada, todo se olvida". Era aún más impresionante oírlo de sus labios, con sus mismas palabras. Pensé no en lo que le diría don Miguel de Unamuno, sino todos aquellos otros que vivieron justamente para dejar buena memoria de sí, como dejó de sí y de su propio padre nuestro Jorge Manrique. Pues el mundo mejora recordando, y gracias a ello, y a sus extraordinarias y valerosas acciones recordamos aún todos y cada uno de los nombres de los personajes de la Ilíada. Pues fueron eso, ejemplares, un faro para nosotros que sufrimos como ellos por parecidas razones veintiocho siglos después. Sí, es poco probable que dentro de veinte o treinta minutos se recuerde a este hombre. Tuvo una vida difícil y se la hizo más difícil a muchos, pero andando el tiempo también nos la hizo algo más fácil renunciando a sus viejos delirios totalitarios. Sólo por esto último, aunque jamás pidiera perdón a sus víctimas sin culpar a la Historia como responsable final de todo, que la cruel posteridad le sea leve, tal como esperaba.

Capilla ardiente de Santiago Carrillo, 19 de septiembre de 2012 (imagen tomada de un vídeo de El País). Lo chocante y ambiguo de esta imagen (al fin y al cabo Carrillo fue quien primero renunció a la bandera republicana en cuyos faralaes aparece envuelto ese viejo camarada), lo chocante de esta imagen, decía, y de otras publicadas no es tanto su parecido con aquellas de otros sepelios ilustres de los tiempos en los que el propio Carrillo paseaba por Madrid debajo de una peluca y por los que desfilaron otros cortejos involuntariamente cómicos, sino el hecho misterioso de que hayan querido exponer su cuerpo con las gafas puestas, tal y como aparece en la fotografía que han colocado a sus pies. Quien así lo decidió (seguramente el mismo que escogió esa foto de un Carrillo que parece estar riéndose a mandíbula batiente del otro Carrillo que está de cuerpo presente con su rigor mortis; ¿y quién es el que sale en esa foto detrás de Carrillo? ¿Carrillo posa ante una foto de Carrillo, mise en abîme? En ese caso habría que reconocer que el de la mise en scéne funeraria es un genio), quien lo decidió, decíamos, debió de pensar acaso en la gente que acudiría a verlo, gente a quien le gustaría recordarle tal como lo vio en vida, fiel, diríamos, a un signo distintivo sin el cual apenas sería reconocible. Pero ninguna desolación mayor que la que desprenden esas ociosas gafas en unos ojos que su nada ya ha sellado para siempre.

19 de septiembre de 2012

De societate

1,
VIVIR en "la sociedad de la comunicación" significa únicamente que se oye más a los que comunican mejor, sobre todo si no tienen nada que decir.

2
Y acaso la llamamos "sociedad del espectáculo" porque en ella está garantizado el aburrimiento.
y 3
La única aportación del Derecho Mercantil a la poesía ha sido haber acuñado estas dos expresiones: Sociedad Anónima y Sociedad Limitada, buenas las dos, como idea, para vivir. Decía Balzac que llevaba "toda una sociedad en la cabeza". Uno, en la suya, lleva unos días una sociedad anónima y otros, afortunados, una sociedad limitada.

Alijar de Trujillo, 4 de agosto de 2012



18 de septiembre de 2012

Crepúsculo

SON los crepúsculos más serenos y silenciosos del año. Acaso los más hermosos de todos. El aire se impregna de los perfumes del otoño, cosechados en los azúcares tardíos, los cielos adquieren un peso y una gravedad que no tienen en ninguna otra estación y vencejos y golondrinas, que iban y venían por ellos como si patinaran llenándolos de sus chiídos alegres, los dejan como un palimpsesto, listos para que el invierno escriba en ellos sus estrofas más breves. 
En el poste que malamente se ve en estas fotografías que tanto tienen de aguafuertes (una prueba de estado y una prueba de artista), se han ido posando sucesivamente golondrinas, torcaces, rabilargos y ayer ese mochuelo. ¿Qué tienen esas aves nocturnas que tanto nos intrigan? ¿Es la noche que viene con ellas, la serenidad con la que miran un mundo que raramente es sereno, el silencio que subraya a veces su monótono y entrecortado cántico, como si lo cosieran con su triste hilván a las tinieblas? Llegó nuestro mochuelo en el mayor sigilo, estuvo a nuestro lado como sólo lo están los dioses de basalto. Su hieratismo nos enseñó que la atención es la forma menos ruidosa de la inteligencia, atento él a un acontecer extraño y prodigioso nacido de la mayor quietud y del paso del tiempo. 

Las Viñas, 16 de septiembre de 2012. Sin y con flash. Réparese en su ojo de oro.

17 de septiembre de 2012

La mentira crece (las reglas del juego)

LA noticia de que desposeerán de sus siete tours al ciclista Lance Armstrong es apabullante, pero acaso convendría que la explicaran mejor. Para empezar, no parece fácil vivir sin drogas en sociedades que no sólo no pueden prescindir de ellas, sino que las favorecen y ensalzan: ¿no somos todos drogadictos en una u otra medida? Probablemente una gran parte de las personas decentes del mundo no pasaría un control antidopaje en su oficina, en su Vaticano o en su Casa Blanca: ansiolíticos, calmantes, antidepresivos o medicamentos que los deportistas no pueden ni oler, por no mencionar aquellas drogas que están fuera de la ley, pero no del mercado, accesibles y proliferantes, están a la orden del día. La pastilla que a usted o a mí nos ayudaría a atajar un catarro podría arruinar la vida de un deportista y privarle de las recompensas obtenidas con el esfuerzo extremo y sostenido durante años. Se ha mencionado aquí otras veces que si se aplicaran a todos los récords olímpicos de la historia las normas actuales, una gran parte de los deportistas tendría que devolver sus medallas: no pocas de ellas se obtuvieron bajo el efecto de sustancias que eran legales en, por ejemplo, 1920, pero en absoluto hoy, por no recordar que en 1920 tampoco se había generalizado entre nosotros la costumbre de hacer orinar a los atletas en un tubito.

Imaginemos, decía con muchísimo humor Clemente Auger, ex presidente de la Audiencia Nacional, lo que ocurriría si analizáramos la orina de los estudiantes  y opositores al término de sus exámenes y suspendiéramos a todos aquellos que se hubieran servido de las anfetaminas, en detrimento de aquellos que los pasaron a palo seco. ¿Haríamos, se preguntaba él, dos categorías de jueces, según lo que hubiesen tomado para aprobar sus oposiciones?

De hecho podríamos montar dos clases de Olimpiadas, ligas, mundiales, etcétera: con drogas y sin ellas. Ni que decir tiene que el espectáculo y el negocio estarían garantizados en el primer caso: aunque a la larga significara el fin del deporte y acaso de los mejores valores humanos, cada día se batiría un récord. Y siendo así, ¿qué importancia tendría para una civilización que sólo parece mirar las cosas a corto plazo? ¿No estamos haciendo algo parecido con nuestros alimentos? Una buena parte de los tomates, pollos o terneros que llegan a nuestras mesas, lo hacen ciegos de drogas que han hinchado sus musculaturas o pulido su aspecto externo para hacerlos más apetecibles. Por eso la sospecha de dopaje está tan extendida: cuesta creer que se pueda ganar un tour comiendo sólo macarrones (y será cosa de ver cómo los tours de Armstrong acaban en manos de colegas implicados a su vez en sus particulares casos de dopaje). ¿Está más limpio, y es mejor, el que pasa un catarro sin aspirinas que quien recurre a ellas? Uno prefiere, desde luego, una vida sana, y un deporte sano, y las reglas que garanticen una y otro, pero ¿cómo ser cabal en un mundo en el que sólo parecen ser estrictos con los deportistas y que premia a tantos tramposos que nos mangonean la política, la economía o la vida? Le parecen a uno bien, sí, ya lo creo, las reglas del juego, y lo reprobable en Armstrong no sería tanto que se hubiera dopado como que hubiese mentido, porque lo del dopaje, como hemos visto, es cosa relativa: las drogas le salvaron de un cáncer. La mentira, no; jamás es relativa, nunca salva y, en todo caso, crece.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 15 de septiembre de 2012]

16 de septiembre de 2012

Ámsterdam

AGRADECEMOS que otros ojos miren las cosas, las ciudades, las personas que hemos visto nosotros también, que nos descubran lo que no pudimos o supimos ver. 
Ayer, en un evocador texto que tenía algo de los clásicos de la vanguardia de los años treinta (pensemos en Le Piéton de Paris de Léon-Paul Fargue), Antonio Muñoz Molina nos mostraba su Ámsterdam, y días atrás se tropezaba uno en los cuadernos de Miseria y compañía, que se escribieron en 2004 y transcribo ahora, con algunas anotaciones sobre esa ciudad en la que estuve apenas unas horas. 
Asegura AMM que "bastantes ciudades empiezan bien, pero casi todas acaban mal", pertinente observación que señala cómo a medida que nos vamos alejando de los centros históricos de las ciudades, más o menos cuidados, estas empeoran indefectiblemente (y acaso por eso mismo, qué grato llegar a cualquier parte en tren, atravesando suburbios y barrios periféricos, embalsamados en fealdad y presente, y arribar donde nos espera un centro ennoblecido por el pasado, y tanto más fascinante cuanto más vivo). 
Por razones que no vienen ahora al caso,  Ámsterdan no acabó mal para mí, pero no empezó bien: viajaba solo. 
Quédense, junto a la gratitud por el artículo que le ha despertado a uno estos recuerdos, el relato de aquel efímero viaje en ese nuevo tomo del SPP que pronto verá la luz, y aquí estos versos que escribió uno como si fuesen una tarjeta postal, bastante funérea por cierto y que por suerte se quedó sin franquear, sentado en la terraza de un café en un angosto canal, viendo ponerse el sol y entrar la noche, acordándome de Spinoza y otros lapidarios y talladores que nunca pudieron regresar a su patria. Aquel día el holandés errante parecía que fuese yo.

DE PASO

Los canales sombríos; las gabarras 
donde vive la gente junto a flores
que tienen prisioneras y que riegan
con teteras pequeñas, como a convalecientes;
las callejuelas grises; los libreros de viejo
y las pobres mujeres de la vida que fingen
con un libro en la mano estar leyendo
en su estrecha cabina de cristal,
mientras acaso piensan sin fingir
que la carne es más triste a la luz de un neón;
las tiendas de anticuarios; los joyeros
que se pasan la vida contando los diamantes
con un ojo de nécora incrustado
en sus caras rosadas de cigala;
los tranvías que valsan marchas fúnebres
con muchachas de barrio que vuelven del trabajo 
en silencio, mirando también tras el cristal;
los timbres de las bicis como grillos
y el ruido de las bicis corruscante
sobre los adoquines, y el olor
que está por todas partes a brea y a vinagre
y que llega hasta aquí, hasta este Café.
Me ha sonreído un niño en holandés
sin que pudiese yo corresponder, 
sin que me diera tiempo. ¿Eso por qué?
¿Por qué de la belleza de Ámsterdam
yo sólo reconozco mi tristeza,
que allá por donde va, va haciendo patria?
En los brazos oscuros de ese canal me duermo
mientras la luna teje en el agua su nana.
                                 (2004)



15 de septiembre de 2012

Cual estival vilano

ESTÁBAMOS en otras cosas, y nos llegó esta fotografía encontrada por G., vete a saber dónde, con estas únicas palabras suyas: "... y sin embargo, tan ligera".
Y esa palabra nos recordó los versos de JRJ: "tan leve, van voluble, tan ligera / cual estival vilano...". Y comprendimos que el alma de la Victoria de Samotracia flota en el aire, alada, como la alegría, como estos vilanos que son la póstuma sonrisa del verano y que nosotros le enviamos de vuelta con este soplo.



14 de septiembre de 2012

De la fobia social

                                                                              Para Martín López Vega
AL entrar, quedó paralizado. Consideró en ese momento un error haber aceptado la invitación. Las luces, el gentío, el alboroto, el ambiente festivo y la promiscuidad de los saludos, besos y abrazos de todos con todos, a menudo con la mayor ligereza y sin que obedecieran a ninguna razón especial, entre personas que con frecuencia ni siquiera se estiman, sólo porque en tales ocasiones la gente se saluda, se abraza, se besa, intercambia frases banales sobre esto o lo otro en medio de risas estrepitosas y ruidos de copas y vasos de cristal. Sintió que le sudaban las manos, que se le secaba la garganta, al tiempo que se le fosilizaba la columna vertebral. Le resultaba imposible dar un paso al frente y hundirse en aquella alegre multitud. Observó las caras de los invitados y eso redobló su pánico. Aunque nadie se fijaba en él, creyó que todos le estaban observando. Se dijo: "Dios mío, no conozco a nadie". Pero en ese momento la frase se dio la vuelta, como un yukata, y lo que por uno de los lados era una seda negra, por el otro resultó una luminosa verdad: "Pero también yo soy un desconocido para todos ellos". Y sólo así pudo deambular por la fiesta como un fantasma entregado al placer de observar a las gentes y escuchar lo que se gritaban casi siempre sin llegar a oírse.


Aguafuerte de Grabriel Perelle, h. 1650. 

13 de septiembre de 2012

Papel secante

HACE acaso cincuenta años que dejaron de usarse los papeles secantes, desde la irrupción de los bolígrafos y las nuevas tintas con secativos incorporados, del mismo modo que los papeles secantes arrumbaron para siempre el uso de la salvadera. 
Aún las personas de mi tiempo que aprendimos a escribir con plumín, palillero y tinta, los usamos a menudo, para evitar los zafarranchos que solíamos causar en nuestros cuadernos, llenos de borrones y cuchilladas negras que los hacían parecer salidos directamente de una reyerta y no de una clase de caligrafía (había clases de eso). 
¿Dónde se usó éste, en qué escritorios o mesas de despacho? ¿Sobre qué secretos se posó, carta de amor o sentencia de muerte?
Siempre quiso uno escribir un poema con las palabras que fueron quedándose atrapadas en el papel secante, como si fuesen los espectros o las almas robadas.
De este, encontrado el otro día donde se encuentran los papeles secantes usados, llama la atención el aire que tiene de un objeto minimal, concebido también cincuenta años antes de que se formularan los principios de esta tendencia estética. El reverso es homenaje al halo de aquel relato/poema que nunca llegó a escribirse, carta de amor o sueños sin ilusiones de Bernardo Soares en su oficina de la rúa de los Doradores.

Del Rastro, 9 de septiembre de 2012. Y ahora caigo en la cuenta, al mostrarlo aquí, de que el papel secante en realidad es un espejo anémico.




12 de septiembre de 2012

Los espejos alejan

SE publicaba ayer aquí una fotografía del Rastro en la que se veían unas poquiterías en el suelo reflejadas en un espejo. Se reflejaban también en él dos hombres, uno de rodillas, el puestero, el hombre que aparece de vez en cuando por el SPP cantando admirablemente flamenco mientras coloca el género, y nuestro amigo Vicente Verona. Estaban sólo a uno o dos metros de mí, a mis espaldas, conversando. Ni siquiera reparé que eran ellos cuando hice esta foto con el móvil. Eso vino luego, en casa. En el espejo estos dos amigos de carne mortal parecen figurillas, de no mayor estatura que las que están sobre la acera (se ha dejado a la izquierda en ese encuadre la pierna de un paseante para que puedan establecerse las escalas: esas dos figuras, que no levantan apenas dos palmos, le llegarían a la rodilla) o sea, que cuando decía Stendhal que había que pasear un espejo a lo largo del camino, estaba queriendo decir que las cosas acaso convenga mejor mirarlas en ese espejo, más que en la realidad, pues allí se muestran con una pequeñez que les conviene, más grandes y memorables cuanto más alejadas de nosotros.
Por no referirnos tampoco hoy al abigarramiento que aparece en el espejo, como si en él hubiese muchas más cosas que las que estaban fuera y en las que tampoco habíamos reparado en un primer momento (las casas del fondo, los árboles, la figura remota), tal vez porque están en él más juntas, siendo las mismas, tal y como vemos que sucede a menudo en una novela o en una obra de arte, entre cuyos estrechos márgenes nos parece encontrar un universo ilimitado.

Detalle. El Rastro, 9 de septiembre de 2012

11 de septiembre de 2012

Tenía que haberle dicho

SE publicó anteayer en EPS una entrevista con Aaron Sorkin, el guionista de la memorable serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca. Habla en ella de muchas cosas interesantes, la mayor parte relacionadas con la realidad y la ficción. 
Como no podía ser de otro modo en quien confiesa que su libro de cabecera es el Quijote, ha comprendido que el principal problema del hombre contemporáneo no es no distinguir entre algo real y algo ficticio, sino entre la verdad y la mentira, por no referirnos a todos aquellos que tratan de presentarnos, por razones espúreas casi siempre, la ficción como la única verdad. Sorkin es un maestro de los diálogos, a menudo ingeniosos e inteligentes (esto no siempre es un oxímoron), y por ellos le pregunta la entrevistadora, Rocío Ayuso. Sorkin le responde: "Mis diálogos no pretenden ser reales. Lo son. Es como hablaría la gente si tuviera el tiempo suficiente para pensar lo que quiere decir, si les dieras media hora para responder". 
Eso es exactamente la literatura, lo que la hace en cierto modo superior a la realidad al convertirse en el lugar en el que todos acabamos encontrando tarde o temprano las palabras adecuadas. El lugar donde se nos acoge hospitalariamente a aquellos que nos pasamos media vida llegando a nuestra casa abatidos o furiosos, mascullando después de habernos encontrado con este o con aquel: "tenía que haberle dicho..." sólo porque no se nos ocurrió decírselo a tiempo. O sea, el único y mágico lugar donde todo sucede a tiempo, la conjunción en la que el autor, el lector y los personajes, la ficción y la realidad, se ponen en fila como los planetas.


El Rastro, 9 de septiembre de 2012

10 de septiembre de 2012

El paraíso y los buenos alimentos

La gente, en general, se muestra bastante tolerante con lo que comen otros, pero si damos un poco de pena contando el sueño que hemos tenido la víspera, con la comida ocurre más o menos lo mismo. Alguien se deleita relatándonos que comió en tal o cual lugar un guiso imponderable, y si no pensamos ir nosotros mismos a comprobarlo más tarde o en otra ocasión, nos encogemos de hombros.  Y excepto el canibalismo, en efecto, admitimos que la gente coma lo que le venga en gana, y aunque tal o cual plato nos repugne, comprendemos que la comida está tan íntimamente ligada a la cultura de un pueblo y a nuestra propia historia individual, que encontraríamos una crueldad o sólo una necedad privar a nadie de su propia magdalena de Proust. De hecho, ninguno de nosotros cambiaría el sabor de tal o cual manjar de nuestra infancia por otro, viniéndose a igualar así los requesones de Sancho y el caviar de los zares.

“Llegó un hombre con un saco de gustos, y los vendió todos”, dice un refrán, y esta es la base de la vasta industria del gusto. En lo que se refiere a alimentos, la escala es amplia, del que está dispuesto a pagar una fortuna por probar tal o cual peterete al que es feliz alimentándose de altramuces, como Diógenes. Pertenece uno al amplio grupo de personas que come, como suele decirse, lo que le ponen, y aunque agradezca la comida sazonada, acaso valora más que sea saludable. Pero hemos llegado a un punto en que tampoco es fácil saber qué es o no sano. Suele decirse que las cosas que nos gusta comer engordan más o son más nocivas (colesterol y todo eso) que las que nos gustan menos, acaso porque de las primeras tomamos más cantidad que de las segundas. Pero lo cierto es que cada día “las últimas investigaciones demuestran” que tal o cual alimento, tenido por nocivo o desaconsejable, está lleno de propiedades panaceas, en tanto que otros, considerados tradicionalmente como saludables, son un caballo de Troya que mete en nuestro organismo milites cancerígenos y otros agentes arteros y satánicos.  La lista de alimentos que pasan de nocivos a recomendables y a la inversa es interminable y oscila a diario, como la cotización bursátil. Es el caso del café. Pese a que le gustaba a uno mucho,  dejé de tomarlo hace treinta años porque ciertos “expertos” nos lo estorbaron con informaciones inquietantes, como aquel doctor Tirteafuera que trajo a Sancho por la calle de la amargura en la Ínsula, pero ahora otros “expertos”, acaso a sueldo de los cafeteros,  aconsejan vivamente su ingesta, dando a entender que si nos sobrevienen no sé cuántos males, habrá sido por no haberlos prevenido tomando dos tazas al día.  ¿Qué hacer?  

Hace unos meses murió la joven amiga de un amigo. Se había hecho vegetariana hacía cinco años porque buscaba la longevidad de los frugales cartujos, pero los pesticidas de unas acelgas cenadas a diario le vendimiaron la vida sin que se diera cuenta. Hace unos años se temía que el café podía provocar infartos; hoy parece que los previene. Verdaderamente no sabe uno qué llevarse a la boca. Una manzana acabó con Adán y Eva. ¿El Paraíso? Aquella edad de oro, no tan lejana, descrita en La montaña mágica, en la que los médicos recetaban a los tuberculosos y enfermos de pulmón un par de cigarrillos diarios, y una vez más, el carpe diem.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 9 de septiembre de 2012]

9 de septiembre de 2012

No dejaban de pensar en ello

EN este almanaque tiene uno a veces la tentación de hablar de sí mismo más de la cuenta, pensando acaso que no lo oye nadie o que nadie le oye, las dos cosas, como esas gentes que caminan por la ciudad hablando solas (y bienaventuradas ellas, porque "quien habla solo, espera hablar a Dios un día"). Pero al punto decide dejar estos soliloquios para otro lugar, por ejemplo para ese Miseria y compañía que se está amasando ahora en su artesa con el hurmiento de hace ¡ocho años! y en el que la intimidad de nuestra vida trata de elevarse como puede hasta la novela de nuestra intimidad, pan bendito.
Alguien decía en aquel Vidario, y cómo atinó, a mi modo de ver, que en realidad todo lo que ha escrito uno podría formar parte del Salón de pasos perdidos, sus poemas y novelas, sus ensayos y artículos, los prólogos y, claro, añado yo, las hojas sueltas de este almanaque. Y así le gustaría ver también a uno su propia obra y vida, como un arco del que salen otros pequeños arcos tal y como sucede en la arquitectura musulmana o en los relatos orientales. El de Las mil y una noches es un buen ejemplo, pues acabamos olvidando el origen del relato, sin que tengamos prisa tampoco por conocer su final, prendados únicamente de su presente, y eso es también gloria bendita.
Y mi presente fue este verano la lectura del libro de Bernal Díaz del Castillo, en el que me topé con aquel pasaje que dos siglos más tarde rescribió Antonio de Solís en su Historia de la Conquista de México y que sirvió de pórtico a ese libro de poemas, Segunda oscuridad, que ha pasado oscuramente, hélas, por este mundo.
Se refería Solís, tomándolo de Bernal, al momento en el que la noche caía, tras bregadísimas batallas, sobre unos conquistadores extenuados que habían de dormir en una tierra del todo punto extraña para ellos y con las armas puestas y los caballos ensillados. "Íbase acercando la noche, que en tierra no conocida trae sobre los soldados segunda obscuridad", escribió Solís.
¿Y cómo describió Bernal ese momento en el que al crepúsculo apenas le quedan monedas que apostar sobre el horizonte, y entra la noche embozada bajo su capa? Fue la suya la confesión de un hombre que había probado ya, en cien apretados combates, haber sido "muy varón", y sólo por eso es aún mucho más conmovedora: "Y como somos hombres y temíamos la muerte, no dejábamos de pensar en ello". Y pensarlo años después parece llenarle de renovadas ansias de vivir la vida y de gozar sus goces esperando que llegue ese momento en el que habrá de morir de su muerte, el más grande don que pueda serle concedido a nadie.

Sepulcro del caballero Francesco Perdicaro, s. XVI en la iglesia La Magione. Palermo, 10 de abril de 2012





8 de septiembre de 2012

En la estela de Juan de Mairena


EL silencio ha tenido desde la antigüedad un gran prestigio, como lo tiene cualquier confín. ¿No piden los profetas con frecuencia a Yaveh ser mudos? Para muchos escritores es el silencio el horizonte lejano del que esperan, acaso, el advenimiento del sol y, con él, una nueva aurora. Pero hablar del silencio puede ser un recurso de literatos perezosos o sólo narcisismo de quien se asoma a él, como a un abismo, por oír mejor el eco de sus no-palabras. No es el caso de Camus, seguramente, pero en uno de sus Carnets antiguos leemos que  “lo mejor es callarse para siempre”. La juventud ama la retórica como ninguna otra edad (si los viejos parecen a menudo más retóricos, es sólo porque tratan de parecer aún jóvenes, excediéndose en su celo, quiero decir que, además de viejos, son vanidosos). La tentación del silencio sólo parece admisible, pues, si va seguida de un innegociable mutis. Si no, para decir que hay que mantenerla cerrada, es mejor, en mi opinión, no abrir la boca.

Mascarones de la Villa Palagonia, Sicilia, 11 de abril de 2012