21 de abril de 2014

Pobret, pobret

AL llegar estas fechas suele hablar uno aquí del ruiseñor. A veces, si el invierno ha sido largo e intratable, como este año, el encuentro con él se llena de efusiones inauditas. Nos decimos: ¡Cómo hemos podido vivir todo este tiempo sin oír su canto! Hace doce años una lectora envió a este Magazine una breve carta, cuya letra temblorosa, de otra época, insinuaba una edad avanzada. ¿Vivirá aún? Nada desearía más. “Hay una canción catalana”, decía en ella, “que cantaban en el campo de concentración (1937). Pobre l’usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret, et aquel usiget q’anaba de branca en branca, pobret, pobret. No sé catalán y estará incorrecto, pero usiyet, o usinet, o siget era ruiseñor. He tenido un ruiseñor silvestre japonés. Cantaba en tono bajo. Precioso”. La carta era apenas esto, y nunca la respondí, ni siquiera para decirle que ocellet es pajarillo. Venía sin remite. Desde entonces ahí la tengo, esperando. Para ella era ruiseñor, y es lo que cuenta.

En otras ocasiones se habló aquí del modo tan extraño en que viene definido el ruiseñor en el diccionario de la Rae. Se dice allí todo de sus tarsos, pico y plumas, pero nada de lo único que le ha hecho inmortal: ese canto que hizo escribir a Shakespeare uno de los pasajes más hermosos de su Romeo y Julieta, y a Keats uno de los grandes poemas de siempre. Seguramente algún académico, a quien fastidiaba la misteriosa e inagotable armonía del ruiseñor, suprimió de la definición esa cualidad que figura en todos los diccionarios del mundo. Desde que se escribió aquel artículo, cada vez que se ha actualizado ese diccionario, yo he ido a él para ver si al ruiseñor de la Academia de la Lengua le han devuelto la suya, quiero decir, el habla, el canto que le distingue del resto de las aves, pero hasta ahora no ha habido suerte. Acaban de cerrar su 23ª edición, y anuncian su publicación para este otoño. Hace unos meses, y siendo uno tan partidario del ruiseñor y de su oficio y como quien pide indultar a un preso, le fui exponiendo el caso a un académico con quien coincidí, y me dijo lo que suelen decir los hombres importantes a los que tratamos malamente de ir de rama en rama: “Vuelva usted mañana”. Al saber que habrá un  nuevo diccionario, “ay, tragedia del alma” decía Unamuno de los libros, se pregunta uno, ¿volverá a oírse en este su melodioso canto? Y responde el eco del silencio: Pobret, pobret.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 20 de abril de 2014]

4 comentarios:

  1. Una amiga me envía la foto de su orquídea florecida. Ruiseñores, jilgueros y el cortante "canto" del mirlo esculpen la atmósfera, como diría Thoreau, en estos días de primavera. Esculpir en el aire para hacerlo más respirable y ligero:

    "No sé de ningún hecho más estimulante que la incuestionable capacidad del hombre por elevar su vida por medio del esfuerzo consciente. Es algo, ciertamente, el poder pintar un cuadro particular, el esculpir una estatua o, en fin, el hacer bellos algunos objetos; sin embargo, es mucho más glorioso el esculpir o pintar la atmósfera, el medio a través del cual nos miramos, lo cual es factible moralmente. Influir en la calidad del día, ésa es la más elevada de las artes. Todo hombre tiene la tarea de hacer su vida digna, hasta en sus detalles, de la contemplación de su hora más elevada y crítica". (Thoreau, "La desobediencia civil")

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  2. Es un placer volver a buscar en este almanaque aquello que AT escribió acerca del ruiseñor del laurel y el del lillo, regalándonos también su melodía.Y aunque"abril es el mes más cruel...", ahí está el ruiseñor para reconciliarnos con la vida.

    Victoria.

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  3. Mis lejanos recuerdos de la naturaleza me trasladan a mi feliz niñez, a los paseos con mi padre por los montes asturianos, al cantar del mirlo, (inconfundible su sonido como su pico amarillo, con que te fijes una vez bastará)

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  4. En la rosaleda del Paseo del Parque espiamos en marzo las idas y venidas de los mirlos al corazón de un naranjo: en él, bien escondido, tenían su nido. Subidos al banco de al lado, solo acertamos a ver, pico erecto hacia la lombriz, una cabecita hambrienta. Ahora en abril el nido está vacío.

    http://es.wikipedia.org/wiki/Turdus_merula

    “El cortejo masculino se compone de carreras oblicuas, combinadas con movimientos de cabeza, el pico abierto, y un canto emitido en tono profundo y estrangulado. La hembra permanece inmóvil hasta que levanta la cabeza y la cola para permitir el apareamiento. Esta especie es monógama, la fidelidad es la regla general, hasta la muerte de uno de los partenaires. La separación de las parejas, sin embargo, se produce en el 20% de los casos después de una temporada de cría con una baja tasa de éxito.

    (…) A pesar de que el macho ayuda en la construcción del nido, principalmente mediante el suministro de materiales de construcción, las hembras construyen casi ellas solas un nido en forma de taza, con musgo, hierbas, raíces y pequeñas ramitas, que bordean de barro o de hojas fangosos. A continuación, pone de 2 a 6 huevos (generalmente 4), de color azul-verdoso, con manchas marrones-rojizas, que son más numerosas en la parte más gruesa de éste. Los huevos de las subespecie T. M. merula tienen un tamaño medio de 2,9 x 2,1 cm y, en general, pesan 7,2 gramos (el 6% de esta masa corresponde a la cáscara).

    (…) La hembra incuba durante 12 a 14 días antes de la eclosión. Los polluelos nacen desnudos y ciegos, con una masa de 5 a 6 g. Los padres se ocupan los dos, tanto de la alimentación como de eliminar del nido las bolsas fecales de los pequeños. El peso alcanzado por los pollitos a la edad de ocho días es crucial para su supervivencia. La masa ideal sería de 35 a 45 g, por debajo de estos valores el pollito tendría muy pocas posibilidades de sobrevivir. De hecho, el período posterior a la estancia en el nido es esencial para la supervivencia. Durante treinta días, los jóvenes son particularmente vulnerables: los que alcanzan mayor peso tienen más posibilidades de sobrevivir que los más ligeros. En doce días, los polluelos pesan entre 60 y 65 g.

    Abandonan el nido muy temprano, entre 10 a 19 días desde su nacimiento (13,6 días por término medio con un peso de 70 a 80 g). Una semana antes de saber volar se salen fuera del nido, se dejan caer revoloteando, y se esconden cerca. Seguirán siendo alimentados por sus padres durante tres semanas después de dejar el nido y ellos siguen a los adultos pidiéndoles alimento. Si la hembra comienza una segunda cría, únicamente el macho atiende a la alimentación de los jóvenes. Una segunda cría es bastante común, reutilizando las hembras el mismo nido si la primera nidada se ha visto coronada por el éxito y en el sur del área de extensión de esta especie puede tener hasta 3 generaciones por año o más. Durante el período en que los pequeños son alimentados por sus padres aprenden a elegir sus alimentos. A medida que su experiencia y su confianza aumentan comienzan a aventurarse más en el territorio de sus padres. Los jóvenes acaban por hacerse independientes y marcharse, siempre por su propia iniciativa, nunca son obligados por sus padres. Son capaces de reproducirse al cabo de un año, después de elegir su propio territorio.”

    Ruiseñor, mirlo.
    Todo tan increíble
    y hay que creérselo.

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