14 de abril de 2014

Tuvimos suerte todos

ESTUVO Adolfo Suárez muriéndose unos cuantos días, y el país siguiendo su agonía con una  gran incertidumbre,  testigos todos de algo anómalo: necrológicas anticipadas (nos hablaron hace tiempo del necrólogo oficial de un periódico que las va escribiendo en sus ratos libres y las mete luego en una carpeta con el rótulo de “Necrológicas futuras”). Cuando murió al fin, habíamos oído y leído ya tantas cosas de él, casi todas cortadas con patrones parecidos, que  cuando usted lea este artículo lo probable es que ya nadie hable de Suárez, porque todo lo que tenía que decirse de él, habrá sido ya dicho y escrito. ¿Todo? Tal vez no.

¡Cuánto lo despreciamos, y durante cuántos años! El tiempo demostró que él tenía razón y no nosotros (quienes lo llamaron "tahúr del Misisipí" y quienes no quisimos admitir que un Secretario General del Movimiento podía, contra toda ciencia política, pilotar el cambio democrático). Nos parecía lo peor, con su aspecto entre dependiente rancio y cursillista de cristiandad  y aquel hablar pastoso con la boca seca. Y su retórica. Qué   frases. Olían de lejos, como la naftalina, a las Cortes franquistas. La izquierda circuló la especie de que ganaba las elecciones porque cautivaba a las mujeres, un tipo de mujeres que la izquierda, tan feminista, despreciaba: “las marujas”, decía. Nosotros, los puros, los listos, los que llegábamos de las trincheras del antifranquismo ("contra Franco vivíamos mejor", Montalbán dixit), despreciábamos a todos cuantos no eran como nosotros. Nos avergonzábamos de Suárez porque no hablaba nunca de libros y admirábamos, por el contrario, a Felipe Gonzalez porque no hacía otra cosa que hablar de ellos, aunque luego empezamos a sospechar que tampoco los leía. Mirábamos por encima del hombro a quienes no habían sido antifranquistas como nosotros (en sectas estalinistas y maoístas, desde luego) ni sabían que no se podía esperar nada bueno de ningún Secretario General del Movimiento. Sí, entre unos y otros, acabamos con él. Sólo el tiempo nos ha ido mostrando los cambios colosales que propició en apenas cinco años y todo lo que hizo bien, cuando lo previsible, según la ciencia política, es que lo hubiese hecho mal. Tuvo suerte, tal vez. Pero con suerte sólo no se es el gran político español del siglo XX. Así nos lo muestra ya la historia: con su retórica almidonada y preilustrada, él tenía razón y no nosotros. O sea, tuvimos suerte todos.
   [Publicado en el Magazine de La Vanguardia el 13 de abril de 2014]

2 comentarios:

  1. La derecha lo llamaba traidor y la izquierda hortera. Desprecio total desde los extremos mientras en casa lo dinamitaban de forma ignominiosa los afectos al pesebre. Lo peor fue cuando los que además lo calificaban de tahúr nos enseñaron de repente el hocico y resultó que eran los clásicos trileros engatusadores de incautos.
    Pero a la historia no se le escamotea la verdad y pondrá a cada uno en su sitio.

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  2. Suarez fue un títere del rey JC para legalizar, a través de la Constitución, la monarquía, pero el títere cortó los hilos y comenzó, cual Pinocho, una andadura en solitario, unos lo vieron como la oportunidad del poder y otros lo consideraron un traidor. La consecuencia a todo el mundo político le interesaba su desfenestración, rey, izquierda y derecha. Mas allá el abismo.

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