9 de diciembre de 2014

Inagotables fuentes

HACE diez años dijo uno a una asamblea de sabios cervantistas y editores del Quijote congregados en la Universidad Autónoma de Madrid, que probablemente la nuestra sea la época en la que puede leerse el Quijote en ediciones más cuidadas y rigurosas filológicamente, pero también la más pobre en interpretaciones de ese libro. O dicho de otro modo: sus grandes intérpretes (Unamuno, Azaña, Ortega, Azorín, Pérez de Ayala, Américo Castro, Zambrano y tantos más), lo leyeron en ediciones llenas de erratas y no tan fiables como las nuestras, lo que no obstó para... etcétera, y que esto debería hacernos pensar. No gustó.
Cada cierto tiempo se nos hace partícipes de hallazgos de más o menos importancia. Hace unos meses unos investigadores hallaron la huella de Cervantes en la vida de una bizcochera sevillana y hoy la de ciertos personajes reales en la configuración de don Quijote. Da cuenta de ello este reportaje, publicado ayer en El País y para el que le pidieron a uno estas líneas:
El deseo de poner un nombre y apellidos reales a las grandes figuras literarias es antiguo, y responde acaso a la reticencia de quienes se resisten a creer que personajes tan vivos y descomunales hayan salido "sólo" de la imaginación del autor. Y nadie más vivo y descomunal que don Quijote. Por otro lado, ¿en qué pueblo o ciudad no hay un loco? Cervantes, que anduvo por cientos de pueblos, tuvo que conocer a cientos de locos. Ha frecuentado uno el mundo de los libreros de viejo y lectores de viejo y bibliófilos desde hace cuarenta años, y he conocido a unos cuantos locos de remate que se han vuelto locos leyendo, si acaso no leían ya desaforadamente porque estaban locos, unos graciosos y otros menos. Esto, tampoco es nuevo. De modo que no es extraño que se rastreen cada cierto tiempo en los archivos "casos" reales, "figuras históricas" que guardan una o varias semejanzas con don Quijote. Al margen de lo que digan los eruditos en este o aquel caso, don Quijote es la suma de todos ellos. El genio de Cervantes no habría estado en inspirarse en tal o cual caso real, sino en hacer de uno o varios locos comunes, uno solo excepcional y cuerdísimo para todo lo que no tocaba con la caballería andante. Menéndez Pidal hizo también la consiguiente pesquisa por la literatura, y encontró el antecedente de don Quijote en cierto Entremés de los romances, de autor desconocido y que él fecha en 1591, y en el que aparece alguien, Bartolo, que enloquece leyendo romances. Y en su caso de erudito eminente, al igual que en el caso de los eruditos aficionados, tampoco añade gran cosa al meollo de don Quijote.


Rafael Rivelles en el papel de don Quijote, en la película de Rafael Gil (1948). Foto original en una cartelera.

3 comentarios:

  1. Buena lección para los que intentan cambiar y hacer fácil y accesible una obra maestra...

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  2. En mi pueblo, Mieres del Camino, fascinó mi infancia un hombre llamado Pergentino Fernández que, de tanto leer aquellas novelitas del Oeste que se vendían y cambiaban en los quioscos, se le secó el cerebro y vino a parar en la locura de creerse un pistolero de western. Y como tal salía cada tarde por el pueblo, con su sombrero y su cartuchera. Y en esta siempre una pistola, de pega, claro está. Y ya no era Pergentino, sino Johnny.

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  3. Hubo un verdadero Quijote y también un falso Quijote. No llegaron a coincidir, pero con uno y otro hubo quien estuvo y habló, aquel don Álvaro Tarfe que Cervantes trajo del Quijote de Avellaneda al suyo, o de la realidad a la ficción. Cosa esta, por cierto, que el Andrés Trapiello biógrafo de Cervantes apuntó hace años teniéndolo por el iniciador de la metaliteratura. Ahora es el Andrés Trapiello tenido por novelista el que trae la ficción de Cervantes a la suya propia. La literatura convertida en literatura.

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