17 de diciembre de 2011

Golondrina

CUENTA Gilles Deleuze en una de las entregas de su Abecedario que la necesidad de escribir sobre Leibniz nació de su necesidad de pensar en el pliegue. No sabe uno nada de Leibniz ni de Deleuze ni de cómo este relacionó ambas cosas (tampoco por qué, hablando de tenis, al que era aficionadísimo, pensaba en Borg como un aristócratica de ese deporte y a todos los demás tenistas de su tiempo los veía como “proletarios” del mismo), pero sí algo de pliegues. Lo más sorprendente del pliegue es que pone en contacto realidades sin transición, quiero decir, que al igual que una parte del papel besa la otra inopinadamente sin que se vea el camino que las une, hemos de vivir también de ese modo, presentándonos en los sitios sin avisar. Para entendernos: se hace camino al andar, pero a veces llegamos a un lugar sin haber ido, como si las cosas pudieran también aparecer súbitamente, o nosotros en ellas, y claro, en otro pliegue de la vida, desaparecer, transformándonos en otra cosa con un simple tirón de una esquina que nos convierte de una simple, elemental y plana hoja de papel en golondrina.


Palacio del Condestable, Pamplona, otoño 2011

1 comentario:

  1. A veces, sabemos mucho de cosas que nadie nos ha enseñado. Hay sitios a los que se llega sin dar un sólo paso. Saludos

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