4 de diciembre de 2011

Postrimerías de la vanguardia

EL azar, que a veces tiene nombre propio (Antonia Picazo, Toni Cassola), nos llevó al pueblecito de Pessac, próximo a Burdeos. Allí se encuentra la célebre Cité Frugès, que proyectó Le Corbusier entre 1925 y 1926. Se trata de una colonia de casas entonces tan modernas y fotogénicas como modestas, pero, al parecer, poco confortables, lo que ha hecho que los inquilinos que han vivido en ellas desde entonces y cuyas vidas han sido como todas las vidas, cortas y precarias, hayan preferido mudarse sucesivamente a cualquier otra parte para no tener que residir en las mayúsculas de la Historia del Arte, por lo general más vistosas que las minúsculas pero también mucho más inhóspitas. Orillemos ahora las razones por las cuales tal colonia podrá desaparecer un día y si deberíamos o no evitar que la vanguardia sobreviva a sus utopías y a costa de qué sacrificios nuestros, y recordemos sólo aquel momento. Cuando llegamos allí atardecía y el barrio vivía las postrimerías de la vanguardia y del día en medio de un silencio exhausto, devastado. Sólo parecían estar vivos la sombra de los árboles sobre la fachada de una casa, el gato que husmeaba en la basura de uno de los jardinillos abandonados y la anciana que al vernos temió ser asaltada, y volvió a meterse en una de aquellas pobres casas. Y la melancolía que flotaba en el aire, ¿era igual a todas las melancolías, románticas o clásicas? Había en ella algo distinto: al emanar del presente y ser moderna, se diría más aguda que otras, más cercana, sumándose a la nuestra.

2 comentarios:

  1. La verdad es que tienen una pinta más que correcta como unidad de habitación. Por lo menos dice algo más que el dada de Seseña o el fovismo de Las Tablas.

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  2. Se ve el sello Le C, parece que los propietarios no se han preocupado del mantenimiento y que no tiene ascensor interior ni estará pensado para personas mayores, si estuvieran en una ciudad seguro estaba restaurado. Pasó con el capricho de Gaudí, lo compro un japonés, nadie le ayudaba a restaurarlo y se gasto mucho en conservarlo, puso un restaurante que era deficitario aunque antes de la crisis iban grupos de ejecutivos de empresas niponas de vacaciones al palacio. Lo heredó su hijo y más de lo mismo, el gobierno de Cantabria se hacia el sueco, el hijo opto por abrirlo al publico cobrando sobre 5 euros por visitante, el heredero vende los tickets a la entrada y en épocas vacacionales se llena de turistas, el japonés esta feliz y permite a las familias hacer su picnic , los niños se hacen fotos y el palacio sobrevive. El caso es que mucha gente se queja de que cobre, así somos los europeos . Eso sí, en el interior no hay nada que un "listo" se pueda llevar y el palacio forma parte de la oferta turistica de Comillas y Cantabria. Saludos, Manuel E

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